Archivos para 2007

El pájaro indultado

 Volvía a casa el Duende  por un camino rural entre encinares del Valle del Tiétar, en el término municipal de Candeleda, provincia de Ávila. Empezaba a caer la tarde del veintinueve de diciembre. Paisaje invernal: había sido un día algo neblinoso, y el pasto, medio aterido por las heladas y arrebatado por la sequía, pintaba entre verde y gris. Las grullas, que se pasan el día picoteando bellotas en las dehesas, graznaban en lo alto mientras volvían volando en escuadra a los arenales del pantano del Rosarito, donde pernoctan.   Iba el coche del Duende despacio, pero aún asi alcanzó a un flamante BMW de color negro que avanzaba más lentamente, casi sin moverse. El camino era estrecho, imposible adelantarlo. El conductor del BMW no se percataba de que obstruía el paso. Iba mirando a derecha e izquierda, escudriñando el horizonte y como esperando algo. El Duende aguardó pacientemente: no suele lanzar señales acústicas ni luminosas en estos casos, prefiere que el pelmazo advierta por sí sólo que está molestando. Nada, ni por casualidad echaba un vistazo al retrovisor.

De repente el coche se detuvo. También lo hizo el del Duende. Buscó entonces el motivo, y pudo ver al lado izquierdo del camino, junto a la cuneta, un pajarillo que picoteaba entre los hierbajos. Mi amigo Cheles, que es del cercano pueblo de Navalcán, al otro lado del Tiétar y ya en la provincia de Toledo, lo hubiera designado en su jerga local. No se si era un tintín o un chamarreto, pero era del tamaño de un gorrión y tenía el plumaje del pecho de un cierto color óxido, casi anaranjado. Los libros de aves le dirían pinzón o petirrojo, no lo sabe el Duende, pero en todo caso estaba claro que el pobre corría peligro. Porque por la ventanilla de aquel BMW empezó a asomar un tubo de acero pavonado en negro. Por un instante pensó el Duende que se trataba de un sofisticado prismático monocolular, no se le ocurría que el conductor pudiera tener otras intenciones que observar la naturaleza. Pero cuando empezó a declinar hacia el suelo su ángulo de observación se dio cuenta de que era el cañón de una escopeta. Y el infeliz tintín o chamarreto, buscándose el sustento sin imaginar la que se venía encima.

No le gusta al Duende molestar, insisto. Pero instintivamente se acordó de su tío Augusto Gil Lletget, hermano de su madre y eminente ornitólogo, muerto al poco de nacer el Duende, que certificó muchos de sus interesantes  estudios sobre las aves en esta zona. Y soltó una ráfaga de luces que le llegó al presunto cazador/abusador.

No se si le bastó el aviso al del BMW para recapacitar. El caso es que escondió el cañón, cerró la ventanilla y reemprendió el camino. Por un momento pensó el Duende en los excesos del llamado instinto cazador que lleva dentro el hombre. Pero el espíritu del tío Augusto le dijo que no se metiera en jardines, que bastante alegría era que se hubiera salvado aquel pájaro. Y que, aún ignorando si era un tintín o un chamarreto -error inexcusable en alguien de su familia- aquel era un buen pretexto para  pintar más feliz el año nuevo que estaba a punto de comenzar.   

Música para filosofar

 En cuarenta y ocho horas ya estará sonando el concierto más esperado del año. En el Musikverein de Viena su brillante y machista Filarmónica -sólo dos mujeres en una formación amplísima, y aún así hubo reparos para admitirlas- interpretará las consabidas polkas y valses de los múltiples Strauss y de los Offembach, Lehar, Suppé…Música perfumada como un bombón de licor.

 Al Duende le parece un concierto empalagoso y tontorrón, pero reconoce que es un prejuicio envidioso. A él, como a muchos, le hubiera encantado dirigir una gran orquesta sinfónica, y nunca pudo. Cuando Edward Heath, amante de la vela y de la música clásica,  era primer ministro, se dio el gustazo de tomar la batuta y ponerse un día al frente de la Sinfónica de Londres. El Duende, casi imberbe,  y sin la fama, la influencia y la batuta del premier inglés,  se tenía que conformar con robar un largo macarrón de la despensa de su casa y modular con él para sí mismo lo que ponía en el pikú. La obertura Egmont y la Quinta sinfonía  de Beethoven eran su programa favorito: se los sabía de memoria, y no fallaba en una sola entrada. Se sentía un excelente director de orquesta. Sin duda por ignorancia, ahora cree que sería capaz de dirigir ese famoso concierto que la Filarmónica de Viena toca como quien lava. 

Sin embargo sólo lo sigue si le sorprende tomando un café en un bar o en la casa de un amigo. No lo busca, porqie le parece sólo un sonido de referencia. A la Navidad la anuncian los Niños de san Ildefonso, con ese tradicional sonsonete de la Lotería de Navidad que el Duende odia desde niño (nunca le dejó un duro, y  además le impidió escuchar la radio normal ese día. Sólo hay una tradición radiofónica más estólida, que es la retransmisión de los encierros de los Sanfermines). Al  Año Nuevo lo saludan los compases majestuosos de la orquesta más cara del mundo. La legión de japoneses que llena buena parte de la sala es feliz: aplaude la consabida marcha Radezky como los niños de nuestra tele jaleaban a Gaby, Fofó y Miliki cuando cantaban Había una vez un circo. Los ilustres profesores, normalmente tiesos y engreídos, les siguen el juego: hacen dos o tres chorraditas, felicitan el año a coro, venden un montón de CD y se forran ante los ojos de medio mundo. Y el maestro que los dirige, nomalmente una estrella deslumbrante del star system sinfónico, se consagra como uno de los Midas de la música.

Y aquí la sorpresa del Duende. Siempre creyó que entre divos andaba el juego, y que tal privilegio sólo se otorga a un consagrado de fama mundial. Pero nunca te acostarás sin saber una cosa más: confiesa el Duende que no tenía ni idea de quién era George Prêtre, el director francés ya octogenario en quien ha recaído este año el honor hiperbólico de encandilar a medio mundo con la música vienesa. Woody Allen tituló un libro suyo Cómo acabar de una vez por todas con la cultura. Y el polvoriento sabio que fuera Marcelino Menéndez Pelayo decía que la mayor pena de tenerse que morir es que siempre le quedan a uno muchas cosas por leer. Tenían razón. Qué desasosiego no abarcar nunca el mínimo  para considerarse un hombre ilustrado. Qué sinvivir.

Tampoco conocía el Duende el original espectáculo Música y excusas que el tenor Enrique Viana  se monta con  su voz y su arte, un piano virtuoso que le acompaña y textos de propia Minerva. Es una mezcla de ingeniososos monólogos de vanguardia trufados por arias belcantistas que desarrolla en hora y media de desparpajo y refinamiento musical. Muy recomendable.  El Duende lo disfrutó ayer, y sólo pudo llenar una de las miles de lagunas culturales genera diariamente esta sociedad tan inquieta. Lo que yo te diga, Woody. El talento creador, que no para, y que siempre le pilla a uno medio dormido y con estos pelos.   

El arcano de la guinda

 Se habla de todo, se escribe acerca de cualquier materia, se hacen estudios -científicos, políticos, económicos, sociológicos, semiológicos, antropológicos y lo que te rondaré morena- sobre todas las parcela de la realidad. De vez en cuando una universidad, generalmente norteamericana, descubre que la fertilidad de la lubina de criadero aumenta los años bisiestos. Dato en apariencia irrelevante, pero que a alguien le da pie para elaborar una teoría y aspirar al premio Nobel. O sea, se acaba sabiendo lo necesario y lo innecesario. Pero aún así sigue habiendo arcanos inexplicables.

Recuerda el Duende que en su colegio estudiaron la figura del padre Feijóo, autor de escritos tan singulares como los que se refería al arte cisoria (arte de cortar) o el de la vara adivinatoria o zahoríes. No son materias de interés prioritario, evidentemente.  A nadie se le había ocurrido hasta entonces descender a estas minúsculos detalles de nuestra civilización. ¿Fue antes el huevo o la gallina? Creo que  durante la Segunda República, en el Congreso se sometió a votación la existencia de Dios. La sabiduría popular aún no tiene claro si el caracol es carne o pescado. En el siglo XIX un sesudo comité de científicos debatió sobre el grado de temperatura que llega a alcanzar el infierno.

Y aún habrá  más incógnitas que queden por despejar.

Pero  hoy el Duende quiere interesarse por la guinda. Esa pequeña fruta tan cursi que queda olvidada al final de tarta. La que se presenta engalanando a las anguilas de mazapán, la que pone glamour a los cócteles. La que sigue dando una nota de color en la copa de cristal cuando el helado se ha despedido. ¿Sabemos de alguien que se las tome?  Si no es así, ¿qué pintan  en el plato o en la copa? ¿Actúan como excitante de la líbido? ¿Pagan IVA?

Cuánta carnaza para el comentarista. Pues nada, ni una palabra más. Al Duende se le caen los párpados de sueño. Así que le hacemos caso a Zoupon y, si no es molestia, se dignen explicar por qué, sin servir para nada, la guinda, roja o verde, glaseada o al natural, sobrevive al paso del tiempo.

También vale pensar que el absurdo es precisamente una guinda.

Más milagros, que es Navidad

 Observa con alivio y preocupación el Duende que el último post, subido el día de Navidad, ha cosechado veinticuatro comentarios. El alivio es que el propio diario EL PAÍS -como se sabe, perfecto hasta en su versión digital- confiesa que en estos días festivos su noticia más visitada sólo ha conseguido unas doce mil entradas, cuando normalmente pasa de las doscientas mil. Uno en proporción consigue una más alta tasa de fidelidad. La preocupación viene de que le ronda el fantasma de la molicie. De repente, por unos días, se podía pasar sin escribir. Divinamente.

 Más correcto sería decir que no le quedaba otro remedio: ha cocinado, ha servido mesas, ha hecho de taxista, ha corrido por el Retiro -desierto a las ocho y media de la mañana de Navidad- ha hecho las visitas propias de estas fechas, ha cumplido con la radio y con la Carcajoda, ha atendido sus llamadas, ha cantado villancicos con sus nietas. Y hasta ha ido al cine, para ver la última película de Ang Lee, que es Deseo, peligro. Se podría añadir y algo tostón, pero esto no estaba previsto por su director. La película, bella y provocadora, pero innecesariamente larga, encierra un mensaje de lo más políticamente incorrecto. La vecina de butaca, que debe de ser de armas tomar, lo definía sin perderse en matices: lo de siempre, las mujeres tontas y los hombres unos cabrones. Hay grados, caramba. Por perverso que pueda llegar a ser el Duende, nunca le llegaría a la suela de los zapatos al canalla del protagonista.

Regresa el Duende pasada la una de la madrugada y no puede irse a la cama sin dejar testimonio de dos singulares éxitos. Uno lo certifica su cuñado Mariano, hombre de temple serio y adusto, y  de tan pocas palabras que, según malas lenguas, cuando se casó utilizó el código Morse. Tal vez porque brindaron juntos por la Navidad, y con el tiempo ambos respiran más sensibleros, no sólo reconoció que leía los delirios del Duende. Sino que, de natural parco en elogios,  incluso dejó caer alguna alabanza. No estábamos hechos a resistir emociones de ese calibre.

Otra sorpresa se la ha dado Aurelio Baró, un vicesobrino vallisoletano al que no veía desde hace aproximadamente  treinta años. Le había recomendado el blog su hermana María, que es funcionaria de la Seguridad Social y está casada con un magistrado de  altas responsabilidades. Para que luego digan que el Duende es un cantamañanas.

Hablando de cantar…Pasmado nos dejó el Duende superando la prueba de ver por la tele a Raphael  cantando Llegó Navidad, un villancico multinacional aún más abyecto y con una letra todavía peor que el de Las muñecas de Famosa. El Duende admira la casta de Raphael, la frescura que aún conserva su voz,  la seguridad en sí mismo y el coraje con el que últimamente toreó su trasplante de riñón. Pero lo cortés no quita lo valiente. La supervivencia de este tipo de pasteles con gran orquesta y coro de duduás al fondo es, por repetido y empalagoso, el más asombroso, inexplicable e insuperable milagro de la Navidad.     

…¡Y paz a los hombres recojones del hogar!

Vino doña María  a Madrid a principios de los años sesenta del pasado siglo. Y entonces aún era, como tantas chicas jóvenes una mujer de ir a misa todos los domingos. Se acercaba el día de Navidad y el cura sermoneó sobre el significado profundamente cristiano de este día: es fiesta para recogerse en casa y disfrutar de la familia, apuntó el sacerdote. Y años después, cuando había cambiado su condición de empleada de hogar por la de reina de la casa -es un decir- conoció el lado oscuro del recogimiento. Se cena opíparamente, se bebe a esgalla, se intercambiar regalos. Mesa mejor equipada que nunca, exhibición de opulencia gastronómica, la mejor vajilla de la casa, cacharrería, cristal y platos finos, de los que regalan los periódicos o los bancos -eso se cree ella, ingenua- decenas de botellas, bolsas, papeles, cajas…

Pero, ¡ay!, después de la euforia llega el bajón.  Después de cenar, y  apagado el eco de los villancicos, los mayores se trasponen en el sofá mientras que  los jóvenes han descubierto que la Nochebuena-antes noche   de paz sólo rota por la zambomba y el pandero- estalla en juerga a partir de las doce de la noche. Aquéllos se despiden amablemente para irse a la cama y éstos se largan a la discoteca. Y ahí queda, sola ante el peligro, la sufrida esposa y madre, la inquebrantable ama de casa. Tiene ante sí una ingente tarea: ahora, además de ser la  gladiadora del hogar, debe abordar esa odiosa tarea de recoger la mesa, fregar los cacharros, meter en la alacena paveras y perolas, guardar las sobras aprovechables en el frigorífico,  disponer la basura en su saquito correspondiente, poner las mesas y las sillas en su sitio, agavillar papeles,  cajas, lazos, floripondios…En fin, recogerlo todo, porque también es la recojona del hogar.

Doña María pide disculpas, no es mujer que abuse de los regüeldos del lenguaje. Con su habla del campo adobada por el slam urbanita  no deja de ser una culta latiniparla. O al menos pretende hablar bien. Pero me temo que su neologismo,  recojona, que suena a exabrupto, tiene propósitos reivindicativos. Vamos, que está cabreada como una mona porque, una vez más, la tradición se pone de espaldas a la mujer. Preparar la fiesta  es estimulante, vas a dar felicidad, te van a sonreir, a besar,  e incluso recibirás las gracias. Sin embargo ella cambiaría el más delicado manjar  por el placer de que el ángel de la Navidad se encargara de recogerlo todo.Lástima que lo que tardas horas en cocinar se consuma en minutos, y que tras los dulces y las luces queden las sombras y la patética responsabilidad de devolver el orden a la casa. Y justo cuando más te apetece decir hasta luego Lucas y zambullirte entre las sábanas.

La pregunta de doña María es ésta: ¿por qué, Señor, en la gozosa fecha de tu nacimiento, no arriman el hombro todos? ¿No se podía cambiar el mensaje evangélico para que, después  del gloria a Dios en las alturas, añadieran y paz a los hombres recojones del hogar?

Pero tranquilos, que al alba del gran día vuelve a resplandecer en el alma de esta mujer su bondad natural, tan generosa y desinteresada . Recoja quien recoja -y su deseo es que se reparta la tarea- doña María desea que tengan  todos ustedes una muy feliz Navidad

De Vicky y otros entrañables cuentos de Navidad

 Miraba entre dos luces la silueta de Madrid amaneciendo al primer día de invierno, y distinguió el Duende en el alba brumosa a una especie de hada encantadora. Peinaba plácidamente, como es lo propio en ángeles y otros seres etéreos, las cúpulas y los tejados de la ciudad. Era la mañana de la lotería. Dicen que eso marca el inicio de la Navidad. Luego es de esperar que, a falta de ese puñetero gordo que nunca nos toca,  envíen algún heraldo  encantador para anunciar las buenas nuevas como mandan los cánones. Ese debía de ser.

Oteó el horizonte el Duende con los prismáticos y advirtió que aquella figura juguetona que dibujaba cabriolas y loopings  en el aire era la de Vicky. Vicky  es una chica rubia y de ojos azules que tiene una cara sólo comparable en hermosura a lo que debe de haber dentro de su corazón. El Duende tiene muchas referencias del coraje, entrega y  generosidad de esta criatura. Hace no mucho tiempo había conocido a uno de los hombres más afortunados del mundo, porque le declaró rendido que estaba enamorado de ella, y ella a su vez le dijo que sentía lo mismo por él. A Vicky le iba a recompensar el amor una vida exportando cariño, pero se cruzó el destino en motocicleta y él murió. Uno, con sus años, no sabe qué decirle a una mujer en esos casos. No hizo falta: cuando se vieron por primera vez después del día fatídico, ella se le anticipó con un beso, tal parecía que fuera el Duende quien necesitara consuelo. El Duende se quedó desarbolado: qué entereza la de algunos espíritus privilegiados.

Recientemente se encontró el Duende a José  y a María José, un matrimonio amigo que sufríó también en sus carnes el mismo hachazo del destino. Su único hijo, Iván, un arquitecto de sólo veintitrés años con un prometedor futuro, encontró la muerte  con su novia en otro accidente de moto. Lloraron lo infinito, le dedicaron un libro, jamás llenaron su hueco. Pero consiguen mantener el tipo. De vez en cuando, dicen, hasta son requeridos para charlas en las que deben animar a padres que han padecido la misma desgracia.

De igual forma murió uno de los tres hijos de Sara y Juan Uña, otro matrimonio admirable que marca el zénit del infortunio. Vieron  cómo morían sucesivamente por distintas causas sus tres hijos, y aún tenían fuerzas para sonreírte cuando te saludaban. Sara y Juan formaban una pareja de belleza, elegancia y simpatía casi cinematográficas. En verano, iban con sus nietos a las playas de Vera, en Almería, y era emocionante ver pasear su espigada figura sin que la ignominia que el destino hizo con ellos viciara la firmeza de su paso ni la nobleza de su mirada. El Duende les dedicó un soneto agradeciéndoles su ejemplo. Eran -Sara lo es todavía- una referencia tan hermosa, tan serena y fiable como la línea azul del mar en el horizonte que recortaba su perfil.

En Navidad se recuerda muy especialmente a los seres queridos que ya no están con nosotros. Hoy quería recordar el Duende a algunos de los que, a pesar de que no podrían vivir sin ellos, siguen su camino. Hay mucha literatura y mucho cine al respecto, pero quizás son la encarnación más cercana de aquel héroe  fabricado por Frank Capra y  James Stewart, y que, como señalaba un lector de este blog, es la película por excelencia de las Navidad. Gracias, entre otros, a Viky, a José, a María José y a  Sara, aún podemos poemos proclamar con cierta emoción ¡Qué bello es vivir!

Feliz Navidad a todos. La vida sigue, y el capón relleno que está en el horno está diciendo que no me ponga tan sentimental.

Un concierto de Navidad con mucho Angel

 Era bajito, vestía siempre traje oscuro con camisa de cuello de celuloide, corbata de lazo, y bombín, y se llamaba don Angel Martín Pompey. Gustaba de tocar sin dejar de fumar, siempre con el cigarrillo encendido entre los labios. Y como el humo cegaba sus ojos, leía sus partituras con éstos tan cerrados que casi parecía dormido. Entraba en la sala de canto, abría el piano, estiraba los dedos apoyándolos en los extremos del teclado y, sin más, tras una introducción del tema, decía ¡arriba todos! y nos arrancábamos como Dios nos daba a entender. Tengo un arbolito/ quén lo regará/ con agua de los cielos/ ¡cuándo lloverá….Se cantaban, o así, canciones populares regionales, coros de zarzuela o romancillos de los que grabó el propio Federico García Lorca. De los cuatro muleros/ de los cuatro muleros/ de los cuatro muleros, mamita mía/ que van al río, que van al río…Algunos los escucharía después dignamente interpretados nada menos que por Victoria de los Ángeles: Al paño fino en la tienda/ al paño fino en la tienda/ una mancha le cayó…Aunque lo que más alborozaba a aquella partida de pequeños analfabetos musicales eran sin duda los estribillos de enigmático significado: Una y una dos/ dos y una son tres/ dale a la palanca, mete la palanca, quita la palanca Andrés. O este otro: machácala chácala Pedro, machácala chácala Juan/ Qué palabritas vienen, qué palabritas van.

 Aquel personaje que sólo veíamos como un pianista de salón del Oeste  resultó ser un músico más que notable. Muchos años después recibió la Medalla de Oro de la Comunidad de Madrid, y el Duende se enteró entonces de que se había iniciado a la música de la mano de un hombre culto y refinado, autor de oratorios, zarzuelas, conciertos e incluso sinfonías al que no le dábamos la menor importancia. Tan poco se valoraba la música y la educación musical entonces. Un gran músico para apacentar un rato a un gallinero de mozalbetes que pasaron por un colegio prestigioso sin saber ni lo que era la clave de sol.

En la casa del Duende se escuchaba el Concierto de la Noche de RNE en un gran receptor Philips instalado junto a la camilla. Bajo las faldas de ésta calentaba un brasero, que entonces era un tesoro. Un día de prosperidad -no hubo muchos- el padre se presentó en casa con un pikú, y tres o cuatro discos negros. El Duende no sabía ni quién era Juan Sebastián Bach ni donde quedaba el Brandemburgo que bautizaba aquéllos conciertos del vinilo. Pero se los aprendió de memoria, y los silbaba por los pasillos. El Duende recuerda con emoción la primera vez que escuchó a la ONE en una matinée dominical del  Monumental Cinema de Madrid. Por fín veía en directo el nacimiento de esos sonidos que integran una orquesta. Por fin descubría las tripas de la música clásica. No había Auditorio Nacional, el Teatro Real, como los Nuevos Ministerios, era una de esas obras de reforma que al igual que la Sagrada Familia de Barcelona, uno cree que no acabará nunca. El Duende se resignó entonces. El privilegio de hacer música era una quimera.

Y se consoló como tantos de su generación. Pandilla veraniega, noche de luna, a ver si  hacemos manitas con Pepita, amigo despabilado que acompañaba a la guitarra, rancheras, Duo Dinámico, los  Brother Four, Paul Anka,  Charles Aznavour, María Dolores Pradera y los Gemelos, Boby Darin, Ricky Nelson, Gloria Lasso, Adamo…Y el inevitable Clavelitos que nos marcó a todos.

Espinita clavada hasta que alguien le dijo que, si es difícil dominar un instrumento, no es imposible sacar partido a la voz si la juntas con otras. La mayoría de ellas tampoco sabe lo que es una negra, una corchea o una semifusa. Pero con buen oído y memoria musical, buena mano directora,  ensayo y mucha ilusión se consiguen resultados que sorprenden a quien nunca supo música. Mañana, a las ocho y media de la tarde en la Iglesia de Los Jerónimos, es el concierto del año para el Duende y sus compañeros  de coro. Junto con una orquesta de jóvenes profesores cantan fragmentos del Oratorio de Navidad de Bach y del Mesías de Haendel, y luego un repertorio de villancicos españoles que, maravillosamente orquestados, suenan a música celestial. No es el sonido del Orfeón Donostiarra, ni el  del coro de Saint Martín on the Fields. Pero para un modesto aficionado, sentirse en él es tocar el cielo. Donde, por cierto, al igual que Clarence-el angelito de segunda clase de Qué bello es vivir, otro Angel- Martín Pompey, se asoma al balcón por ver si estos frutos tardíos de su enseñanza le ganan las alas y sube en el escalafón.    

Una cuestión muy seria

 Una de la noche. El Duende reflexiona. ¿No estará poniendo demasiado énfasis en mirar la vida siempre a través del kaleidoscopio amable? Pasa un día y otro. Gira el kaleidoscopio y los cristalitos componen un nuevo panorama. Geometrías de colores caprichosas y aristadas. La vida vida a través de un prisma complaciente y amable. Como si en realidad fuera así, ya te digo.   Los inasequibles al desaliento reciben estas visiones de buen grado, no van a comentar para decir qué  chorrada. Son gente educada y animosa.  ¡Animo, Duende, que no decaiga!

Y mira que se abona uno a la anécdota, y lo creo. Pero de vez en cuando dialogamos en serio. Oye, Duende, le pregunto. ¿Tú tienes ideas propias? ¿Tienes opinión política? ¿Te sientes con autoridad para defender la tuya? ¿Te arriesgarás alguna vez a perder amigos si te mojas? No interesan tus opiniones sobre la longitud ideal de los cordones de los zapatos. O sobre si deben desterrarse las perchas adhesivas, que siempre acabarán resbalando. O sobre la condena a cadena perpetua que debe recaer en el inventor de los calzoncillos sin bragueta. O sobre si hay que cambiar el lenguaje judicial para que los jueces nunca fallen, sino que siempre acierten. Todo eso son tonterías.

Y ponemos sobre el tapete el escabroso, delicadísimo tema del aborto, cuya regulación se vuelve a debatir en precampaña electoral. Entre dos tendencias opuestas. O primar la libertad de la mujer embarazada a decidir sobre la suerte de la vida que, más o menos desarrollada, lleva dentro, o preservar sobre todo los derechos del nasciturus.

Uff…Uno no entra ni sale sobre varios aspectos espinosos. ¿Cuándo empieza la persona, aún en fase germinal? ¿Cuáles y quién define los valores superiores que pesan más que la personita? El ciudadano que no es ni científico, ni moralista ni catedrático de Derecho Natural sólo señala, sin entenderla, lo que parece una gran contradicción en las ideologías que se dicen progresistas. Y que hacen de los derechos humanos su norte y guía. Noble escudo éste, por cierto que ampara generosamente incluso al terrorista más despreciable. Pero que, cuando se refiere al feto, que ni sale en las fotos ni protesta, se suele dejar  a un lado. Velay el sarcasmo, y, de rebote, el pasmo.

 No se suele subrayar mucho en los interminables y fervorosos discursos que se cruzan entre los partidarios y los enemigos de la llamada Ley del Aborto. Por lo que en estas vísperas de Navidad, el Duende, tan escurridizo en materias fundamentales, quería echar un cuarto espadas por el nasciturus. Es lo que aprendió cuando estudió derecho. Aún no ha encontrado razón suprema que le haya convencido de lo contrario.

Y el próximo post, de villancicos, serpentinas y matasuegras, que estas disquisiciones filosóficos levantan mucha polvareda en el blog.

Nuestra cena de empresa

 No podíamos resistirlo más. Nuestra autoestima no estaba preparada para tan severo castigo. Doscientas mil cenas de empresa el último fin de semana en Madrid, leímos en los periódicos, y nosotros sin salir de casa. A lo sumo una  tortilla francesa y una ensalada. Uno se consuela pensando que es el precio de la independencia, el coste de la libertad,  de haber elegido otra alternativa, del no tener ni amo ni reina. Pero es demasiado. Incluso desde el palomar observamos, a lo lejos, la imagen totémica de estos tiempos: un centro comercial de El Corte Inglés.

Como a los israelitas el becerro de oro, su resplandor nos deslumbró. Y quisimos ser mortales como los demás. Corrientes y molientes, pero con nuestra cena de empresa.

 Así que el Duende y yo nos hemos preparado una espléndida cena compuesta por un exquisito puré de coliflor con queso griego, rabo de toro con patatas fritas y pastel ruso con fresas del bosque. El Duende no había frito un huevo hasta bien talludito, pero rompió a cocinar y presume de pasar de Parabere y, pese a ello, dar muy buena medida en carnes guisadas, arroces caseros de verduras y pescados en salsa. Vino reserva de Rioja del 2000. No es nada aristocrático en sus gustos: prefiere la cuchara a la vianda fina y ligera. Nunca podrá invitar a cenar a princesas, pues ya se sabe que los de sangre azul evitan los guisos por no caer en el riesgo de los regüeldos. En vista de lo cual, y por aquello de parecer algo más que una minipyme (el Duende y yo), invitamos a mis sobrino Ramón y su mujer. El Duende y yo tenemos dos sobrinos ramones, ambos casados.  Si uno se come un fraile por los pies, el otro lo acompañaría con patatas. Vino el más desganado, que está casado con una chica llamada Bea, rubia y de ojos azules. Se comportó dignamente, aunque había almorzado unas carrilleras de ibérico. Es lo que tiene no acordarse del colesterol.

Cenamos divinamente, nos reímos, contemplamos el pequeño nacimiento del Duende.  En lugar de la estrella de oriente, luce al fondo de éste el Palacio de Oriente iluminado. Nos intercambiamos regalos. Y acabamos tarde. Y uno con los deberes sin hacer.

A lo que sólo se me ocurrió contar que nosotros, para no ser menos que nadie,  también celebramos nuestra humilde cena de empresa. Se que no es nada estimulante, y que hoy en poco podrá sorprender el Duende. Bueno, no desesperen. Si alguien quiere sacar algo positivo, estamos dispuestos a contar la receta.

Buenas noches   

¿Qué ha hecho el conejo para merecer ésto?

Pavo blanco NavidadDoña María contaba que cuando sus hijos eran niños, causaron asombro en el instituto porque enseñaron a sus compañeros unas fotos que se habían hecho en el pueblo. En ellas aparecían Oscar Luis, Tatianita, Petra Mari y Rubén entre un grupo de avechuchos negros y de cabeza un tanto extraña,  llena de protuberancias colgantes de color rojo, como diseñada por un maestro fallero. Los animalitos de vez en cuando estiraban el cuello, movían el moco carnoso que sobresalía de sus napias y  su papada y se inflaban como una reina del Carnaval de Tenerife, pero en feo y vestida de luto. Los chavales del instituto pensaron que eran una variedad de los gremnlins, acaso las primeras criaturitas  animaloides extrañas que parieron el cine y sus efectos especiales. Pero no eran gremlins, sino pavos. ¿Pavos eso?…-les dijeron los compañeros- ¡Vamos anda!

 Para la mayoría de los niños criados en la ciudad el pavo era algo así como el sueño de Carpanta, pero con otro nombre. Los niños modernos saben cómo es el lemur, el armadillo, el coatí y el dragón de Comodo, porque esos animales exóticos salen mucho en los documentales de la tele. Pero el pavo es un ave olvidada, y sin apenas leyenda, como no sea la negra y patibularia. No vuela, no canta bien, no es decorativa, no se caza. No hacen documentales de su vida. Y es fea. Sólo sirve para encontrársela desplumada, eviscerada, descabezada, plastificada y  ofreciendo el resto sus carnes en obscena postura en el lineal del supermercado. Así se explica que los compañeros de instituto de los hijos de doña María no supieran cómo son los pavos vivos. Para ellos no esa una criatura de Dios, sino sólo un plato que se toma por estas fechas.

 El poeta Pablo Neruda se describe a sí mismo en su autobiografía Confieso que he vivido, como un hombre con cara de pavo. Era un gran poeta, pero no simpático, y la ocurrencia tampoco le añadía nada en este sentido, porque el pavo es además un ave antipática. Más que antipática, que quizás sea mucho decir, es tonta, rematadamente tonta. A lo mejor eso explica el que se haya convertido en el chivo expiatorio de la Navidad. Porque además de todo eso, la carne el pavo es seca como el tronco de un enebro, y  no demasiado sabrosa. Necesita mucho relleno de manzana y picadillo, mucho fruto seco y muchas inyecciones de coñac o de oporto para que sea digerible.

Vamos, que al final no sabe uno qué le ha convertido en el manjar navideño por excelencia. El Duende recuerda de niño sus estancias en el campo. Muchas mañanas le despertaba el cortejo de los pavos. Eran de considerable tamaño, encabezados por el más orgulloso y encopetado, vestido de negro y con cierto aire de rey de la casa de Austria. Desfilaba como si fuera con su séquito a la Plaza Mayor para presenciar un auto de fe. De vez en cuando el cabecilla entonaba el canto del pavo, y los pelotas le coreaban. La gallina cacarea, el cuervo grazna, la paloma arrulla, la cigüeña crotora. Pero el diccionario no ha inventado ninguna palabra para definir el sonido emitido por el pavo. Tan poco se le quiere. A él se le ejecuta y se le asa de mala manera, del mismo que al centollo y a la langosta se les deja morir en el agua hirviendo mientras lanzan sus terribles chillidos sin que ninguna Asociación Defensora de Animales levante la voz en su defensa. Así de injusta es la vida.Foto de D'Arcy Norman

Esta Navidad van a caer menos pavos y mariscos de lujo. El gobierno ha sugerido que la carne de conejo es mejor para contener los precios y embridar la inflación. Y al Duende le preocupa. No conoce a un solo pavo con  nombre propio, y sin embargo puede citar al Conejo de la Suerte, a Bugs Bunny, a Roger Rabbit y a Tambor. También recuerda a un par de conejitos blancos que le regalaron un verano, y aún llora por ellos la noche de Santiago, cuando se coló un gato en el corral y los asesinó. Los conejos, tan simpáticos, tan decorativos, tan mimosones, tan castigados por la mixomatosis, tan presentes en los cuentos infantiles y en las confiterías  como animal-golosina. de azúcar o de chocolate,  son el nuevo cordero pascual que necesita nuestra economía. Pobrecitos,  con la de peluches que le ha dedicado los niños. A este paso va a tener el Duende que hacerse objetor de conciencia y rematar  el lamento con el final de aquél villancico: porque en este mundo ya no hay caridad/ ni nunca la habido, ni nunca la habrá…

El milagro de santa Lucía

Luca, velas en la cabeza

Estaba el Duende invitado a cenar entre amigos. Parejas de su edad, más o menos. Todos muy elegantes, y la casa que les acogía engalanada para recibir la Navidad como es tradicional en Europa. Los anfitriones eran José y Nuria. Los dos son abogados, y él además empresario y primo segundo del Duende. Lo primero explica parcialmente su prosperidad, que es notable. Lo segundo no sirve para nada, pero justifica su aparición aquí. De repente se apagaron las luces, y al otro lado de la puerta sonó una música apropiada. Se abrió ésta y entró desfilando lentamente al compás del villancico una niñita  que ceñía en su cabeza una corona de velas encendidas. Era la noche de santa Lucía, que en Suecia es el pórtico de las fiestas navideñas. La niña reconoció entre los invitados a una pareja que la miraban embobada. Eran sus abuelos, que seguramente recibían así su primer y más emocionante regalo de Navidad. Tanto el padre de José como el del Duende nacieron en Barcelona, y pertenecían a una familia catalana de varias generaciones. Pero el padre de José era un marino inquieto y emprendedor. Empezó a buscar fortuna en América y acabó casándose con una sueca. José es alto, de buen porte, pelo ya casi blanco y exquisitos modales, y ha heredado de su sangre escandinava un cierto espíritu de  elfo benéfico que le impulsa a administrar su generosidad sutilmente, con la delicadeza y la imaginación propia de los gnomos y otras criaturas feéricas. Todos los años se las apaña para montar una fiesta que significa algo muy especial para alguien que no se lo espera. Así mantiene una tradición y, de paso, reparte dos maravillosas sorpresas: a la niña, que convierte en el ángel de la noche, y a unos abuelos que necesitaban una alegría así para aliviar un momento delicado.

El ángel y sus sorprendidos abuelos se abrazaron alborozados. Para que el cuento sea completo, en estos casos aparte de sonrisas suele asomar alguna lagrimilla. El Duende no las vió, pero apuesta a que las hubo. La ilusión no es patrimonio exclusivo de Santa Claus, San Nicolás, Father Christmas o los Reyes Magos. Como muestran Nuria y José, todos podemos ser espíritus amables, al estilo nórdico o al de Socuéllamos, que tratándose de cariño y sensibilidad nadie mira la denominación de origen. Al pie del árbol, invisible, el propio Duende descubría el regalo que este elfo medio sueco le ha dejado. Sus padres, primos hermanos, siguieron caminos distintos. Ellos coincidieron en la Facultad de Derecho  en los años sesenta del pasado siglo. Como a sus padres, también sus carreras les separaban, pero ahora  José, que es rico en amigos, ha descubierto que aunque conserva primos en América el más afín y cercano es este duende de difícil catalogación. El regalo es su afecto, inesperado a estas alturas de la película.

Ambos están empatados a nietas, hablan a menudo de ese premio tardío que la vida te trae cuando empieza a declinar, y que vuelve a encender en el hombre la llama de la ilusión y la fe en el futuro. A los dos se les ocurrió que lo mejor que podían hacer por ellas en este tiempo era montarles un gran nacimiento. El de José ocupa cuatro metros cuadrados, es más clásico, montañas de corcho y profusión de musgo. El del Duende, más pequeño y fiel a la estética de Belén, con cordilleras de papel kraft arrugado y embadurnado de engrudo, al que rocía de tierra y de esas hierbecillas medio secas que escapan de la única plancha de musgo añejo que aún conserva. La arena del desierto, con pan rallado, mejor aún que el serrín, sobre todo si no hay ratones en el portal, como dice un villancico malicioso. Ambos, José y el Duende comparten el mismo modelo de reyes magos, a camello y con pajes. Y, quizás como homenaje a su común origen, también incluyen a un caganer. El meu es millor, precisó entre risas el Duende. Será el milagro de santa Lucía: tantos años sin verse y ahora que pasan de los sesenta resulta que son los dos como niños.

El Duende se desmelena y felicita la Navidad

Lo deben saber, hay que avisarlo antes de que pasen y vean. El Duende lamenta entrar tan a menudo en el coto de su intimidad.  Admira a las personas que evitan contar su vida, y se quedan en la filosofía pura, en el terreno de lo objetivo, o en la opinión sobre materias y hechos que puedan interesar a todo el mundo. Cáscaras, pero para eso hay que ser más profundo, algo así como un intelectual. Y ya ven, encima el Duende emplea esta interjección demodé, cáscaras. ¿Quién queda que hable así? Un tipo inclasificable y escurridizo como una anguila, un transformista, un escapista. Eso, un Duende.

Nadie que le conozca fuera de su versión radiofónica le habrá visto jamás como un juerguista. Más bien lo contrario: ni trasnochador, ni bebedor, ni crápula. Quisiera guardar el horario de las gallinas, retirarse al acostarse el sol y levantarse con el alba. No es exactamente así, aborrece salir de noche, pero acaba apagando la luz entre la una y las dos, entretenido entre el blog, la radio, la lectura y un peinado de televisión para convencerse de que no pasa nada si no se le hace demasiado caso. Excepcionalmente, alguna película, si es tan buena que resiste el sopor que suele seguir a la cena, normalmente no demasiado copiosa. Amigo de la Navidad sentimental, lo es cada vez menos de su parafernalia: las cenas opulentas y las copas interminables, las borracheras, el consumo desenfrenado, los regalos tontos, el  estruendo, las discotecas, las fiestas abusivas, las resacas y el sueño imposible.

Con los años, va aprendiendo técnicas de autodefensa. Apenas juega a la lotería de Navidad. No toma las doce uvas de la suerte desde hace más de una década. Simplemente  porque  a esas horas no se le apetecen, en esta época del año son muy poco sabrosas, y porque no ha notado que le vaya peor por ignorarlas. La nochevieja pasada culminó un prolongado anhelo, que es recibir al nuevo año entre las sábanas. Nada le gusta más que salir a correr por Madrid la mañana de Navidad o del Año Nuevo, cuando toda la ciudad es para uno. Adora la música clásica, pero las polkas y valses de la familia Strauss le parecen lo más cursi y tontorrón  de la belle epoque vienesa.Y la marcha Radezky jaleada por una legión de turistas japoneses, algo así como cuando Gaby, Fofó y Miliki  cantaban con los niños ¡Había una vez …un circo!
Y a pesar de eso  sus amigos saben que le gusta celebrar la Navidad.

Uno de ellos, en este caso amiga, le ha fabricado esta broma de felicitación. Se la debe a una de las Begoñas, habituales comentaristas de este blog, y a la magia que añaden internet y la informática, con esos programas juguetones que al Duende se le resisten. Pinchen el enlace adjunto (o sobre la foto). Pinchen y vean cómo después de despotricar de Papá Noel el uno es capaz de metamorfosearse en un duende que se le parece . Nunca sería tan frívolo, ni haría semejantes cabriolas y piruetas, jamás perdería la compostura como si fuera un joven empleado después de la cena de empresa. Pero, ya se sabe que, desde Mr. Scroodge a esta parte, a todos nos gusta sorprender por estas fechas. Muchas gracias, Begoña. Y a todos vosotros, feliz Navidad.

Se aprecia mejor con altavoces.

Duende Navidad

Parecidos no del todo razonables

(Foto de Cjelli)

Uno de los problemas que tiene el Duende para ser querido por todos es que formula muchas de sus observaciones en voz alta. En su espíritu travieso y su deseo de desmarcarse de lo convencional, suele recurrir a imágenes, comparaciones y ejemplos que él considera ocurrentes, y que no siempre son  bien interpretados por todos. Buena culpa la tiene su familia. En casa su casa era corriente jugar a aquello de ¿a quién se parece fulanito? Con variantes tales como si el tío Enrique fuera animal, ¿qué animal sería? Otras veces las trasposiciones se hacían con objetos, o incluso con sensaciones O, viendo acercarse a alguien con un rostro muy peculiar, alguno planteaba una afirmación valiente que busca confirmaciones, como por ejemplo ¿verdad que ese tío tiene cara de llamarse Agapito?¿A que el tío Federico tiene voz de bocadillo de jamón?

El juego parece estúpido, pero pone en juego valores como la imaginación, la semiología inventada que sugieren ciertas palabras,  la fantasía y el conocimiento del lenguaje y de la iconografía clásica. Hay gente que tiene cara esdrújula, aunque no lleve el acento dibujado en la frente. El Duende veía en el rostro de su primer profesor de Derecho Político, don Carlos Ruiz del Castillo a un vértice geodésico, aunque estos monolitos sean en general poco expresivos. Otras comparaciones son más simples. El inefable José Bono tiene la misma mirada y mofletes del Muñeco Diabólico. Jordi Pujol es idéntico al monstruito que sale del pecho de Terminator. Isabel Tocino está diseñada con el mismo perfil tierno y pelín cursi  de la mofeta Flor, y en el mismo elenco de Bambi encontramos a un buhíto joven que se parece mucho a Chiqui Benegas. Lo de comparar al presidente Zapatero con mister Bean no tiene mérito: más sutil sería decir que, si fuera vegetal, sería lirio. La Vicepresidenta de la Vega, y que no se me enfade, es como un polluelo de rapaz de esos que pintan los tebeos saliendo del huevo y con un pedazo de cáscara en la cabeza.  Fraga, con todos los respetos, siempre tuvo una cierta mirada de rinoceronte, y si hubiera sido música sonaría como la Cabalgata de las Walkirias.  Y, por no abrumar con más ejemplos, el ex portero madridista Buyo era talmente la maqueta de Arnold Schwarzeneger.

En su ingenuidad, el Duende siempre creyó que todo el mundo apreciaría el lado bueno de estas observaciones, pero un día le dijo a una pariente suya que su niño se parecía a Pinocho-antes de mentir, precisó- y recibió a cambio una bofetada. Se había quedado sólo con el lado negativo: mi hijo no es un muñeco, replicó airada. No había reparado en la cara de sorpresa ingenua y en la ternura que respira la criatura del viejo Gepetto en la película de Walt Disney. Qué cortedad de miras.

A una buena amiga menudita, de apariencia frágil y cara de biscuit, muy favorecida ella, que aún siendo abuela desafía al tiempo luciendo un tipito quinceañero, le dijo un día el Duende que era como Almendrita, la protagonista de un cuento que contaba la radio en los años cincuenta. Almendrita nació en el cáliz de una flor, y allí dormía, tierna y grácil, como la Campanilla de Peter Pan. Además de atractiva, la buena amiga es parca en palabras, de modo que nunca supo el Duende si lo entendió como halago o, simplemente, como estupidez inoportuna.

Pero el mayor ejemplo de fracaso de esta pretendida poética de la fantasía comparativa es el que sufrió con una compañera de trabajo a la que, comparó con la cerillera de Andersen. La Cerillera es uno de los más tristes cuentos de Navidad jamás escritos, pero también de los más bellos. Eso al menos pensaba el Duende cuando lo leyó de niño en una preciosa edición de la Colección Araluce, encuadernada en tela con estampaciones en oro y delicadas ilustraciones en papel couché. Es la historia de un pobre niña que vende cerillas  en una esquina de las calles nevadas de Copenhague la noche de San Silvestre. Nadie le compra, y la chiquilla, aterida de frío, intenta calentarse con sus cerillas que, al encenderse, iluminan el cuadro mágico de un hogar caliente, con una mesa cubierta de manjares y golosinas y un abeto adornado con muchos juguetes. La maravilla se desvanece con la llama apagada, y cuando la tercera cerilla con su estampa mágica se consume,  la vida de la desdichada niña se ha consumido con ella. Al Duende la cerillera, aún con su expresión desvalida, le parecía hermosa y fascinante, y veía  la historia como la quintaesencia del romanticismo. Así se lo hizo saber a su compañera de trabajo, pero ésta volvió la cara ofendida. Prefería imaginarse como Susan Sarandon.

Falta de visión o de sentido del humor: la madre del Duende, que descansa en paz -como la cerillera de Andersen- decía de su propio hijo que era idéntico a Manolo Gómez Bur. Al Duende le hubiera gustado más ser como Steve Mac Queen, pero su madre conocía muy bien a su hijo. Además,  bien pensado, Manolo era bastante más gracioso. Qué mala suerte que se pareciera al Duende.

Un día de novillos

(Foto de Xosé Castro)

Confiesa a menudo el Duende que pasó de la infancia al otoño de la vida y se le olvidó ser joven . Y si me apuran, hasta le dio una larga cambiada a la madurez, o sea, que tampoco ésta hizo mella en su personalidad. Menudo problema: el  espíritu de Peter Pan se prolongó en él más de lo aconsejable en estos tiempos. Y además la timidez y el miedo a la transgresión le hicieron apocado y alicorto. Poca materia que contar al padre Bonete de turno, o al padre Cayo -este sí que era de verdad-, recientemente mencionado. Por no hacer, ni novillos en el colegio. Qué desperdicio.

Así que, a la vejez viruelas, ayer por la mañana, mientras muchos de los amigos de este blog se aplicaban a su curro, se tomó una de esas libertades que debió haberse tomado mucho antes. Hasta los pedagogos estarán de acuerdo en que es muy sano transgredir de vez en cuando. Aunque ahora la transgresión en forma de novillos, pella, pira o como quiera que se quiera decir,  fueran bien inocentes. El caso es que se subió al coche con su hermano Pablo -éste sí, jubilado del todo- y en la soleada y fría mañana de este tramo postrero del otoño se largó a conocer un rincón de la provincia de Madrid que es una joya de la naturaleza. Algunos aquí le dirían que se callase, que no lo revele, que se entera más gente, y que los privilegios hay que guardarlos para los amigos muy amigos. Es una bobada, y un egoísmo absurdo, y además tampoco es noticia, pues a lo largo del año el Hayedo de Montejo aparece constantemente en la tele, en la prensa y en las recomendaciones turísticas.

Se trata de un pequeño espacio muy bien protegido. Un valle umbrío que sólo es visitable en compañía de un guía. Nuestra guía era una mujer, una ingeniera de montes amabilísima con la que aprendimos cosas muy interesantes. Una, que el hayedo tiene tres mil años, y sería una pena que no siguiera cumpliendo. Dos, que el cambroño, cambrón o cambrión es el mismo arbusto solanáceo sarmentoso de ramas muy espinosas, hojas lanceoladas y fruto en baya que en otras zonas llaman piorno. Tres, que los zorros también se alimentan de escaramujos, como denotaban las semillas que observamos en unas heces zorrunas que amojonaban la senda. Y eso aún siendo un fruto astringente. Cuatro, que, a pesar de que el hayedo es lo que, a tenor de las ilustraciones tradicionales, podemos considerar como el bosque típico de los cuentos, no vimos ni al lobo de Caperucita, ni a Tambor, ni a Flor ni tampoco a ningún gnomo. Dicen que hay bastante corzo, jabalí, zorro, tejón, garduña,  águilas ratoneras, lechuzas, algún buitre leonado y pájaros pequeños como carboneros, herrerillos y pinzones. Al Duende le sorprendió ver a un joven Jarama que marca una de las lindes del hayedo. Corre tan limpio y transparente que se puede beber de él. En esas aguas crían las truchas, y el último año dicen que ha sido vista alguna nutria. Salvo el verde los acebos, que no caducan, y el de las hojas de yedra que se han ido apoderando de algunas hayas y robles, todo era desnudez y hojas muertas. La ascética belleza del bosque invernal.

Y no se pìerdan el camino. Deja el viajero la A-1  en Buitrago y se adentra en un paisaje tan bucólico y silencioso que parece traído de otro tiempo. Pueblos mínimos, serranos y adustos, casas de piedra, como las paredes que separan las fincas -alguna vez habrá que declarar a estas paredes monumento histórico-artístico-  alguna manada de vacas atravesando despreocupadamente la carretera. No estaban siendo unos novillos como para materia de confesión, pero esa isla de quietud que vivimos, esa sensación de que ahí no pasa nada, quizás sólo el tiempo, no se paga con todo el oro del mundo.

Lo que se paga, claro, es hacer novillos. De vuelta, y tras repasar el blog, el Duende comprende que no se puede escaquear uno así como así. Luego vienen Lola, y Zoupon, y Julián, y Bob, y  el Candil y demás compañeros y  se lo echan en cara.  Qué remordimientos. Olvídate de hayedos, Duende: tu bosque está en otra parte.

…¡Y Fraga le hizo llorar!

 Nadie lo hubiera dicho. Nadie hubiera tan siquiera pensado que ese político con aire de matriculín, verbo infalible, ambición incalculable y tics de repelente niño Vicente guardara en algún rincón de su alma una lágrima para tal ocasión.  Foto de Tatiana SapateiroImprevisible aquélla, la lágrima, y menos esperable aún ésta. La mayoría podríamos entender que Alberto Ruiz Gallardón, alcalde de Madrid, llorase presentando el libro que glosa la vida de una actriz, un poeta, una pianista o una princesa, porque sensible a estas materias sí que ha demostrado ser. Pero no lo de ayer. No podíamos imaginar semejante rapto de ternura por un político – Manuel Fraga-  al que sólo el tiempo ha borrado sus famosos prontos de sargento furriel. En un tiempo la calle era suya, y el Estado le cabía en la cabeza. Ahora también gimotea cuando recuerda sus servicios a la patria, y probablemente cuando cuenta Bambi a sus nietos. Llora el viejo brigadier curtido en mil batallas y aguerrido capitán que aún se apresta a asaltar la posición más inexpugnable. Ojos que no lloran, corazón que no sienten.

La cosa es que desde que la madre de Boabdil el Chico afease el llanto de su hijo por abandonar Granada con el rabo entre las piernas, lo de llorar estaba muy mal visto en el hombre. Parece que sólo se podía llorar como mujer, qué fastidio.  Lo cual hizo sufrir mucho al Duende, pues también lloró con Bambi, y con la muerte en directo de aquélla serenísima niña llamada Omaira, que quedó atrapada en una ciéanaga tras la explosión  furibunda del volcán Nevado Ruiz, y viendo una película para jóvenes titulada El club de los poetas muertos, y cuando, haciendo la mili llegó el cartero a la compañía con una carta para Angel García de su novia. El pobre Angelito, que había pedido permiso ese día para examinarse en Madrid, acababa de morir atropellado a las puertas del campamento cuando se dirigía al autobús que le iba a llevar junto a ella, la misma que ahora no tendría respuesta a su carta. Y por eso lloraba el Duende, pensando los dos corazones rotos y en la carta que nadie leería.

Había un personaje femenino de Jardiel Poncela que en Usted tiene ojos de mujer fatal invitaba desde la escena a la terapia lacrimal. ¡Llore, llore usted!- gritaba como una loquita iluminada-Es cierto que se caen las pestañas, pero…¡sienta estupendamente! Sin embargo los hombres de la generación del Duende estábamos educados para no llorar, porque eso era de nenazas.  Gary Cooper, Humphrey Bogart, Clark Gable y el Guerrero del Antifaz jamás lloraban. Pero el sentimiento es como es, y el lacrimal trabaja cuando menos te lo esperas. El Duende debe confesar que hace unos años pasaba por la Cibeles en la hora más populosa del día cuando, junto a la verja del Cuartel General del Ejército, vio a un viejecito menudo con boina y trazas de pastor serrano aireando entre el gentío apresurado su valiosa mercancía. ¡Manzanilla de la sierra a cinco duros el ramillete! Nadie le miraba, nadie le escuchaba, nadie hacía por él. Porque Madrid ya empezaba a ser la novia de Europa, la lanzadera de la economía nacional, la ciudad de ferias y congresos, meca de yupies y del pelotazo, salón del automóvil de lujo, cuna de la modernidad y templo eterno de la movida. Malos tiempos para la lírica de la manzanilla. Le dio tanta pena al Duende aquél incomprendido, le inspiró tanta ternura que  le compró dos ramilletes de la aromática planta con los que se fue caminando por Recoletos arriba. Y cuando se quiso dar cuenta lloraba. No como mujer, sino como un gilipollas. O al menos eso pensaba entonces, que no recordaba la rima aquélla de Bécquer: ¡Ya ves que soy un hombre y también lloro!

Porque, afortunadamente, las cosas cambian. Ahora ya no gustan tanto los que van de lijas del 9, y  la ternura masculina  también  cotiza. A lo mejor las lágrimas de Gallardón nos recuerdan que, además de una buena cabeza, este hombre tiene corazón.   


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