Archivos para 2007

El pájaro indultado

 Volvía a casa el Duende  por un camino rural entre encinares del Valle del Tiétar, en el término municipal de Candeleda, provincia de Ávila. Empezaba a caer la tarde del veintinueve de diciembre. Paisaje invernal: había sido un día algo neblinoso, y el pasto, medio aterido por las heladas y arrebatado por la sequía, pintaba entre verde y gris. Las grullas, que se pasan el día picoteando bellotas en las dehesas, graznaban en lo alto mientras volvían volando en escuadra a los arenales del pantano del Rosarito, donde pernoctan.   Iba el coche del Duende despacio, pero aún asi alcanzó a un flamante BMW de color negro que avanzaba más lentamente, casi sin moverse. El camino era estrecho, imposible adelantarlo. El conductor del BMW no se percataba de que obstruía el paso. Iba mirando a derecha e izquierda, escudriñando el horizonte y como esperando algo. El Duende aguardó pacientemente: no suele lanzar señales acústicas ni luminosas en estos casos, prefiere que el pelmazo advierta por sí sólo que está molestando. Nada, ni por casualidad echaba un vistazo al retrovisor.

De repente el coche se detuvo. También lo hizo el del Duende. Buscó entonces el motivo, y pudo ver al lado izquierdo del camino, junto a la cuneta, un pajarillo que picoteaba entre los hierbajos. Mi amigo Cheles, que es del cercano pueblo de Navalcán, al otro lado del Tiétar y ya en la provincia de Toledo, lo hubiera designado en su jerga local. No se si era un tintín o un chamarreto, pero era del tamaño de un gorrión y tenía el plumaje del pecho de un cierto color óxido, casi anaranjado. Los libros de aves le dirían pinzón o petirrojo, no lo sabe el Duende, pero en todo caso estaba claro que el pobre corría peligro. Porque por la ventanilla de aquel BMW empezó a asomar un tubo de acero pavonado en negro. Por un instante pensó el Duende que se trataba de un sofisticado prismático monocolular, no se le ocurría que el conductor pudiera tener otras intenciones que observar la naturaleza. Pero cuando empezó a declinar hacia el suelo su ángulo de observación se dio cuenta de que era el cañón de una escopeta. Y el infeliz tintín o chamarreto, buscándose el sustento sin imaginar la que se venía encima.

No le gusta al Duende molestar, insisto. Pero instintivamente se acordó de su tío Augusto Gil Lletget, hermano de su madre y eminente ornitólogo, muerto al poco de nacer el Duende, que certificó muchos de sus interesantes  estudios sobre las aves en esta zona. Y soltó una ráfaga de luces que le llegó al presunto cazador/abusador.

No se si le bastó el aviso al del BMW para recapacitar. El caso es que escondió el cañón, cerró la ventanilla y reemprendió el camino. Por un momento pensó el Duende en los excesos del llamado instinto cazador que lleva dentro el hombre. Pero el espíritu del tío Augusto le dijo que no se metiera en jardines, que bastante alegría era que se hubiera salvado aquel pájaro. Y que, aún ignorando si era un tintín o un chamarreto -error inexcusable en alguien de su familia- aquel era un buen pretexto para  pintar más feliz el año nuevo que estaba a punto de comenzar.   

Música para filosofar

 En cuarenta y ocho horas ya estará sonando el concierto más esperado del año. En el Musikverein de Viena su brillante y machista Filarmónica -sólo dos mujeres en una formación amplísima, y aún así hubo reparos para admitirlas- interpretará las consabidas polkas y valses de los múltiples Strauss y de los Offembach, Lehar, Suppé…Música perfumada como un bombón de licor.

 Al Duende le parece un concierto empalagoso y tontorrón, pero reconoce que es un prejuicio envidioso. A él, como a muchos, le hubiera encantado dirigir una gran orquesta sinfónica, y nunca pudo. Cuando Edward Heath, amante de la vela y de la música clásica,  era primer ministro, se dio el gustazo de tomar la batuta y ponerse un día al frente de la Sinfónica de Londres. El Duende, casi imberbe,  y sin la fama, la influencia y la batuta del premier inglés,  se tenía que conformar con robar un largo macarrón de la despensa de su casa y modular con él para sí mismo lo que ponía en el pikú. La obertura Egmont y la Quinta sinfonía  de Beethoven eran su programa favorito: se los sabía de memoria, y no fallaba en una sola entrada. Se sentía un excelente director de orquesta. Sin duda por ignorancia, ahora cree que sería capaz de dirigir ese famoso concierto que la Filarmónica de Viena toca como quien lava. 

Sin embargo sólo lo sigue si le sorprende tomando un café en un bar o en la casa de un amigo. No lo busca, porqie le parece sólo un sonido de referencia. A la Navidad la anuncian los Niños de san Ildefonso, con ese tradicional sonsonete de la Lotería de Navidad que el Duende odia desde niño (nunca le dejó un duro, y  además le impidió escuchar la radio normal ese día. Sólo hay una tradición radiofónica más estólida, que es la retransmisión de los encierros de los Sanfermines). Al  Año Nuevo lo saludan los compases majestuosos de la orquesta más cara del mundo. La legión de japoneses que llena buena parte de la sala es feliz: aplaude la consabida marcha Radezky como los niños de nuestra tele jaleaban a Gaby, Fofó y Miliki cuando cantaban Había una vez un circo. Los ilustres profesores, normalmente tiesos y engreídos, les siguen el juego: hacen dos o tres chorraditas, felicitan el año a coro, venden un montón de CD y se forran ante los ojos de medio mundo. Y el maestro que los dirige, nomalmente una estrella deslumbrante del star system sinfónico, se consagra como uno de los Midas de la música.

Y aquí la sorpresa del Duende. Siempre creyó que entre divos andaba el juego, y que tal privilegio sólo se otorga a un consagrado de fama mundial. Pero nunca te acostarás sin saber una cosa más: confiesa el Duende que no tenía ni idea de quién era George Prêtre, el director francés ya octogenario en quien ha recaído este año el honor hiperbólico de encandilar a medio mundo con la música vienesa. Woody Allen tituló un libro suyo Cómo acabar de una vez por todas con la cultura. Y el polvoriento sabio que fuera Marcelino Menéndez Pelayo decía que la mayor pena de tenerse que morir es que siempre le quedan a uno muchas cosas por leer. Tenían razón. Qué desasosiego no abarcar nunca el mínimo  para considerarse un hombre ilustrado. Qué sinvivir.

Tampoco conocía el Duende el original espectáculo Música y excusas que el tenor Enrique Viana  se monta con  su voz y su arte, un piano virtuoso que le acompaña y textos de propia Minerva. Es una mezcla de ingeniososos monólogos de vanguardia trufados por arias belcantistas que desarrolla en hora y media de desparpajo y refinamiento musical. Muy recomendable.  El Duende lo disfrutó ayer, y sólo pudo llenar una de las miles de lagunas culturales genera diariamente esta sociedad tan inquieta. Lo que yo te diga, Woody. El talento creador, que no para, y que siempre le pilla a uno medio dormido y con estos pelos.   

El arcano de la guinda

 Se habla de todo, se escribe acerca de cualquier materia, se hacen estudios -científicos, políticos, económicos, sociológicos, semiológicos, antropológicos y lo que te rondaré morena- sobre todas las parcela de la realidad. De vez en cuando una universidad, generalmente norteamericana, descubre que la fertilidad de la lubina de criadero aumenta los años bisiestos. Dato en apariencia irrelevante, pero que a alguien le da pie para elaborar una teoría y aspirar al premio Nobel. O sea, se acaba sabiendo lo necesario y lo innecesario. Pero aún así sigue habiendo arcanos inexplicables.

Recuerda el Duende que en su colegio estudiaron la figura del padre Feijóo, autor de escritos tan singulares como los que se refería al arte cisoria (arte de cortar) o el de la vara adivinatoria o zahoríes. No son materias de interés prioritario, evidentemente.  A nadie se le había ocurrido hasta entonces descender a estas minúsculos detalles de nuestra civilización. ¿Fue antes el huevo o la gallina? Creo que  durante la Segunda República, en el Congreso se sometió a votación la existencia de Dios. La sabiduría popular aún no tiene claro si el caracol es carne o pescado. En el siglo XIX un sesudo comité de científicos debatió sobre el grado de temperatura que llega a alcanzar el infierno.

Y aún habrá  más incógnitas que queden por despejar.

Pero  hoy el Duende quiere interesarse por la guinda. Esa pequeña fruta tan cursi que queda olvidada al final de tarta. La que se presenta engalanando a las anguilas de mazapán, la que pone glamour a los cócteles. La que sigue dando una nota de color en la copa de cristal cuando el helado se ha despedido. ¿Sabemos de alguien que se las tome?  Si no es así, ¿qué pintan  en el plato o en la copa? ¿Actúan como excitante de la líbido? ¿Pagan IVA?

Cuánta carnaza para el comentarista. Pues nada, ni una palabra más. Al Duende se le caen los párpados de sueño. Así que le hacemos caso a Zoupon y, si no es molestia, se dignen explicar por qué, sin servir para nada, la guinda, roja o verde, glaseada o al natural, sobrevive al paso del tiempo.

También vale pensar que el absurdo es precisamente una guinda.

Más milagros, que es Navidad

 Observa con alivio y preocupación el Duende que el último post, subido el día de Navidad, ha cosechado veinticuatro comentarios. El alivio es que el propio diario EL PAÍS -como se sabe, perfecto hasta en su versión digital- confiesa que en estos días festivos su noticia más visitada sólo ha conseguido unas doce mil entradas, cuando normalmente pasa de las doscientas mil. Uno en proporción consigue una más alta tasa de fidelidad. La preocupación viene de que le ronda el fantasma de la molicie. De repente, por unos días, se podía pasar sin escribir. Divinamente.

 Más correcto sería decir que no le quedaba otro remedio: ha cocinado, ha servido mesas, ha hecho de taxista, ha corrido por el Retiro -desierto a las ocho y media de la mañana de Navidad- ha hecho las visitas propias de estas fechas, ha cumplido con la radio y con la Carcajoda, ha atendido sus llamadas, ha cantado villancicos con sus nietas. Y hasta ha ido al cine, para ver la última película de Ang Lee, que es Deseo, peligro. Se podría añadir y algo tostón, pero esto no estaba previsto por su director. La película, bella y provocadora, pero innecesariamente larga, encierra un mensaje de lo más políticamente incorrecto. La vecina de butaca, que debe de ser de armas tomar, lo definía sin perderse en matices: lo de siempre, las mujeres tontas y los hombres unos cabrones. Hay grados, caramba. Por perverso que pueda llegar a ser el Duende, nunca le llegaría a la suela de los zapatos al canalla del protagonista.

Regresa el Duende pasada la una de la madrugada y no puede irse a la cama sin dejar testimonio de dos singulares éxitos. Uno lo certifica su cuñado Mariano, hombre de temple serio y adusto, y  de tan pocas palabras que, según malas lenguas, cuando se casó utilizó el código Morse. Tal vez porque brindaron juntos por la Navidad, y con el tiempo ambos respiran más sensibleros, no sólo reconoció que leía los delirios del Duende. Sino que, de natural parco en elogios,  incluso dejó caer alguna alabanza. No estábamos hechos a resistir emociones de ese calibre.

Otra sorpresa se la ha dado Aurelio Baró, un vicesobrino vallisoletano al que no veía desde hace aproximadamente  treinta años. Le había recomendado el blog su hermana María, que es funcionaria de la Seguridad Social y está casada con un magistrado de  altas responsabilidades. Para que luego digan que el Duende es un cantamañanas.

Hablando de cantar…Pasmado nos dejó el Duende superando la prueba de ver por la tele a Raphael  cantando Llegó Navidad, un villancico multinacional aún más abyecto y con una letra todavía peor que el de Las muñecas de Famosa. El Duende admira la casta de Raphael, la frescura que aún conserva su voz,  la seguridad en sí mismo y el coraje con el que últimamente toreó su trasplante de riñón. Pero lo cortés no quita lo valiente. La supervivencia de este tipo de pasteles con gran orquesta y coro de duduás al fondo es, por repetido y empalagoso, el más asombroso, inexplicable e insuperable milagro de la Navidad.     

…¡Y paz a los hombres recojones del hogar!

Vino doña María  a Madrid a principios de los años sesenta del pasado siglo. Y entonces aún era, como tantas chicas jóvenes una mujer de ir a misa todos los domingos. Se acercaba el día de Navidad y el cura sermoneó sobre el significado profundamente cristiano de este día: es fiesta para recogerse en casa y disfrutar de la familia, apuntó el sacerdote. Y años después, cuando había cambiado su condición de empleada de hogar por la de reina de la casa -es un decir- conoció el lado oscuro del recogimiento. Se cena opíparamente, se bebe a esgalla, se intercambiar regalos. Mesa mejor equipada que nunca, exhibición de opulencia gastronómica, la mejor vajilla de la casa, cacharrería, cristal y platos finos, de los que regalan los periódicos o los bancos -eso se cree ella, ingenua- decenas de botellas, bolsas, papeles, cajas…

Pero, ¡ay!, después de la euforia llega el bajón.  Después de cenar, y  apagado el eco de los villancicos, los mayores se trasponen en el sofá mientras que  los jóvenes han descubierto que la Nochebuena-antes noche   de paz sólo rota por la zambomba y el pandero- estalla en juerga a partir de las doce de la noche. Aquéllos se despiden amablemente para irse a la cama y éstos se largan a la discoteca. Y ahí queda, sola ante el peligro, la sufrida esposa y madre, la inquebrantable ama de casa. Tiene ante sí una ingente tarea: ahora, además de ser la  gladiadora del hogar, debe abordar esa odiosa tarea de recoger la mesa, fregar los cacharros, meter en la alacena paveras y perolas, guardar las sobras aprovechables en el frigorífico,  disponer la basura en su saquito correspondiente, poner las mesas y las sillas en su sitio, agavillar papeles,  cajas, lazos, floripondios…En fin, recogerlo todo, porque también es la recojona del hogar.

Doña María pide disculpas, no es mujer que abuse de los regüeldos del lenguaje. Con su habla del campo adobada por el slam urbanita  no deja de ser una culta latiniparla. O al menos pretende hablar bien. Pero me temo que su neologismo,  recojona, que suena a exabrupto, tiene propósitos reivindicativos. Vamos, que está cabreada como una mona porque, una vez más, la tradición se pone de espaldas a la mujer. Preparar la fiesta  es estimulante, vas a dar felicidad, te van a sonreir, a besar,  e incluso recibirás las gracias. Sin embargo ella cambiaría el más delicado manjar  por el placer de que el ángel de la Navidad se encargara de recogerlo todo.Lástima que lo que tardas horas en cocinar se consuma en minutos, y que tras los dulces y las luces queden las sombras y la patética responsabilidad de devolver el orden a la casa. Y justo cuando más te apetece decir hasta luego Lucas y zambullirte entre las sábanas.

La pregunta de doña María es ésta: ¿por qué, Señor, en la gozosa fecha de tu nacimiento, no arriman el hombro todos? ¿No se podía cambiar el mensaje evangélico para que, después  del gloria a Dios en las alturas, añadieran y paz a los hombres recojones del hogar?

Pero tranquilos, que al alba del gran día vuelve a resplandecer en el alma de esta mujer su bondad natural, tan generosa y desinteresada . Recoja quien recoja -y su deseo es que se reparta la tarea- doña María desea que tengan  todos ustedes una muy feliz Navidad

De Vicky y otros entrañables cuentos de Navidad

 Miraba entre dos luces la silueta de Madrid amaneciendo al primer día de invierno, y distinguió el Duende en el alba brumosa a una especie de hada encantadora. Peinaba plácidamente, como es lo propio en ángeles y otros seres etéreos, las cúpulas y los tejados de la ciudad. Era la mañana de la lotería. Dicen que eso marca el inicio de la Navidad. Luego es de esperar que, a falta de ese puñetero gordo que nunca nos toca,  envíen algún heraldo  encantador para anunciar las buenas nuevas como mandan los cánones. Ese debía de ser.

Oteó el horizonte el Duende con los prismáticos y advirtió que aquella figura juguetona que dibujaba cabriolas y loopings  en el aire era la de Vicky. Vicky  es una chica rubia y de ojos azules que tiene una cara sólo comparable en hermosura a lo que debe de haber dentro de su corazón. El Duende tiene muchas referencias del coraje, entrega y  generosidad de esta criatura. Hace no mucho tiempo había conocido a uno de los hombres más afortunados del mundo, porque le declaró rendido que estaba enamorado de ella, y ella a su vez le dijo que sentía lo mismo por él. A Vicky le iba a recompensar el amor una vida exportando cariño, pero se cruzó el destino en motocicleta y él murió. Uno, con sus años, no sabe qué decirle a una mujer en esos casos. No hizo falta: cuando se vieron por primera vez después del día fatídico, ella se le anticipó con un beso, tal parecía que fuera el Duende quien necesitara consuelo. El Duende se quedó desarbolado: qué entereza la de algunos espíritus privilegiados.

Recientemente se encontró el Duende a José  y a María José, un matrimonio amigo que sufríó también en sus carnes el mismo hachazo del destino. Su único hijo, Iván, un arquitecto de sólo veintitrés años con un prometedor futuro, encontró la muerte  con su novia en otro accidente de moto. Lloraron lo infinito, le dedicaron un libro, jamás llenaron su hueco. Pero consiguen mantener el tipo. De vez en cuando, dicen, hasta son requeridos para charlas en las que deben animar a padres que han padecido la misma desgracia.

De igual forma murió uno de los tres hijos de Sara y Juan Uña, otro matrimonio admirable que marca el zénit del infortunio. Vieron  cómo morían sucesivamente por distintas causas sus tres hijos, y aún tenían fuerzas para sonreírte cuando te saludaban. Sara y Juan formaban una pareja de belleza, elegancia y simpatía casi cinematográficas. En verano, iban con sus nietos a las playas de Vera, en Almería, y era emocionante ver pasear su espigada figura sin que la ignominia que el destino hizo con ellos viciara la firmeza de su paso ni la nobleza de su mirada. El Duende les dedicó un soneto agradeciéndoles su ejemplo. Eran -Sara lo es todavía- una referencia tan hermosa, tan serena y fiable como la línea azul del mar en el horizonte que recortaba su perfil.

En Navidad se recuerda muy especialmente a los seres queridos que ya no están con nosotros. Hoy quería recordar el Duende a algunos de los que, a pesar de que no podrían vivir sin ellos, siguen su camino. Hay mucha literatura y mucho cine al respecto, pero quizás son la encarnación más cercana de aquel héroe  fabricado por Frank Capra y  James Stewart, y que, como señalaba un lector de este blog, es la película por excelencia de las Navidad. Gracias, entre otros, a Viky, a José, a María José y a  Sara, aún podemos poemos proclamar con cierta emoción ¡Qué bello es vivir!

Feliz Navidad a todos. La vida sigue, y el capón relleno que está en el horno está diciendo que no me ponga tan sentimental.

Un concierto de Navidad con mucho Angel

 Era bajito, vestía siempre traje oscuro con camisa de cuello de celuloide, corbata de lazo, y bombín, y se llamaba don Angel Martín Pompey. Gustaba de tocar sin dejar de fumar, siempre con el cigarrillo encendido entre los labios. Y como el humo cegaba sus ojos, leía sus partituras con éstos tan cerrados que casi parecía dormido. Entraba en la sala de canto, abría el piano, estiraba los dedos apoyándolos en los extremos del teclado y, sin más, tras una introducción del tema, decía ¡arriba todos! y nos arrancábamos como Dios nos daba a entender. Tengo un arbolito/ quén lo regará/ con agua de los cielos/ ¡cuándo lloverá….Se cantaban, o así, canciones populares regionales, coros de zarzuela o romancillos de los que grabó el propio Federico García Lorca. De los cuatro muleros/ de los cuatro muleros/ de los cuatro muleros, mamita mía/ que van al río, que van al río…Algunos los escucharía después dignamente interpretados nada menos que por Victoria de los Ángeles: Al paño fino en la tienda/ al paño fino en la tienda/ una mancha le cayó…Aunque lo que más alborozaba a aquella partida de pequeños analfabetos musicales eran sin duda los estribillos de enigmático significado: Una y una dos/ dos y una son tres/ dale a la palanca, mete la palanca, quita la palanca Andrés. O este otro: machácala chácala Pedro, machácala chácala Juan/ Qué palabritas vienen, qué palabritas van.

 Aquel personaje que sólo veíamos como un pianista de salón del Oeste  resultó ser un músico más que notable. Muchos años después recibió la Medalla de Oro de la Comunidad de Madrid, y el Duende se enteró entonces de que se había iniciado a la música de la mano de un hombre culto y refinado, autor de oratorios, zarzuelas, conciertos e incluso sinfonías al que no le dábamos la menor importancia. Tan poco se valoraba la música y la educación musical entonces. Un gran músico para apacentar un rato a un gallinero de mozalbetes que pasaron por un colegio prestigioso sin saber ni lo que era la clave de sol.

En la casa del Duende se escuchaba el Concierto de la Noche de RNE en un gran receptor Philips instalado junto a la camilla. Bajo las faldas de ésta calentaba un brasero, que entonces era un tesoro. Un día de prosperidad -no hubo muchos- el padre se presentó en casa con un pikú, y tres o cuatro discos negros. El Duende no sabía ni quién era Juan Sebastián Bach ni donde quedaba el Brandemburgo que bautizaba aquéllos conciertos del vinilo. Pero se los aprendió de memoria, y los silbaba por los pasillos. El Duende recuerda con emoción la primera vez que escuchó a la ONE en una matinée dominical del  Monumental Cinema de Madrid. Por fín veía en directo el nacimiento de esos sonidos que integran una orquesta. Por fin descubría las tripas de la música clásica. No había Auditorio Nacional, el Teatro Real, como los Nuevos Ministerios, era una de esas obras de reforma que al igual que la Sagrada Familia de Barcelona, uno cree que no acabará nunca. El Duende se resignó entonces. El privilegio de hacer música era una quimera.

Y se consoló como tantos de su generación. Pandilla veraniega, noche de luna, a ver si  hacemos manitas con Pepita, amigo despabilado que acompañaba a la guitarra, rancheras, Duo Dinámico, los  Brother Four, Paul Anka,  Charles Aznavour, María Dolores Pradera y los Gemelos, Boby Darin, Ricky Nelson, Gloria Lasso, Adamo…Y el inevitable Clavelitos que nos marcó a todos.

Espinita clavada hasta que alguien le dijo que, si es difícil dominar un instrumento, no es imposible sacar partido a la voz si la juntas con otras. La mayoría de ellas tampoco sabe lo que es una negra, una corchea o una semifusa. Pero con buen oído y memoria musical, buena mano directora,  ensayo y mucha ilusión se consiguen resultados que sorprenden a quien nunca supo música. Mañana, a las ocho y media de la tarde en la Iglesia de Los Jerónimos, es el concierto del año para el Duende y sus compañeros  de coro. Junto con una orquesta de jóvenes profesores cantan fragmentos del Oratorio de Navidad de Bach y del Mesías de Haendel, y luego un repertorio de villancicos españoles que, maravillosamente orquestados, suenan a música celestial. No es el sonido del Orfeón Donostiarra, ni el  del coro de Saint Martín on the Fields. Pero para un modesto aficionado, sentirse en él es tocar el cielo. Donde, por cierto, al igual que Clarence-el angelito de segunda clase de Qué bello es vivir, otro Angel- Martín Pompey, se asoma al balcón por ver si estos frutos tardíos de su enseñanza le ganan las alas y sube en el escalafón.    


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