Mira que nos quejamos… Encontramos un pis canino en el ascensor y tachamos al propietario del perro de guarro, por no limpiarlo. La de arriba pone treinta y cinco veces Me cago en el verano del impagable Georgi Dann a tropecientos decibelios, y nos atrevemos a culparla de nuestro insomnio. La de abajo cuece berzas la noche de nuestra fiesta posmoderna y la acusamos de falta de delicadeza, por neutralizar tan groseramente un ambientador de sándalo que nos cosó una pasta. Y al dueño de la plaza de al lado del garaje, que se empeña en meter cutaro por cuatro y Harley a costa de no permitrnos abrir la puerta de nuestro modesto utilitario, le decimos cabrito…Qué mal carácter, Señor…¿Qué hubiéramos dicho de un convecino como el Solitario, que en lugar de esos leves pecadillos tenía la mala costumbre de atracar bancos y matar agentes? La vida en un bloque vecinal aconseja no plantearse qué pasa más allá de nuestras paredes. Un amigo y además vecino en ese pequeño Manhattan que es la madrileña Ciudad de los Periodistas, donde viví varios años, me decía que los diecisiete polvos de la noche sabatina habían acabado por inhibirle la líbido. Nos pareció exagerado, pero lo entendimos. Lo que no entendíamos es que se refería a la columna vertical en la que se ubicaban las diecisiete habitaciones principales de los diecisiete pisos. Vivía en un décimo, y no podía soportar que siete parejas por encima y nueve por debajo follaran a la misma hora.
En una casa de vecinos, cada vida es un mundo. como escribió mejor que nadie Georges Perec en La vida instrucciones de uso, maravillosa novela, por cierto. Pensemos sólo en el amable aunque mecánico buenos días que decimos al que se nos cruza en el portal. O en la simpática sonrisa de la del octavo cuando le cedemos el paso en el ascensor. Tranqulicémosnos suponiendo que nuestros vecinos son gente normalita y aburrida. Y , si ha de haber una ventana indiscreta como la de Hitchcock, mejor ver por ella una belleza desnuda que un vecino criminal.
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