La misión de la crítica –de arte, de libros, de teatro, de música, de cine…-no debería ser encumbrar intelectualmente a quien la firma. Sino informar, guiar e ilustrar al profano que la lee. Lo digo porque cada vez me cuesta más encontrar en ella pautas para elegir lo que verdaderamente me gusta. Por ejemplo, vi ayer la película Mi mejor amigo, una comedia de Patrice Leconte interpretada por el gran Daniel Auteil. Me pareció deliciosa: elegante, sutil, divertida y no exenta de poesía y ternura. Ni un charco de sangre, ni un polvo brutal, ni una secuencia desagradable. Cine burgués, qué gran pecado de lesa cultura. En los exhibidores del vestíbulo del cine leí una crítica. Lejos del entusiasmo militante con que se suele adjetivar cualquier film de compromiso, había que hilar muy fino para enterarse al fin de que se trataba de una buena película. ¡Qué rabia, como si el cine francés no se hubiera acabado en Goddard, en Truffaut o en Bresson! Modesta proposición al crítico: no desperdicien la ocasión de soltar su tesis doctoral y después su moralina. Pero luego, en negrita y destacado, añadan un consejo práctico. Por ejemplo, Mi mejor amigo, de Patrice Leconte: abstenerse los que prefieren el flagelo a la sonrisa.
(1) Mi mejor amigo, de Patrice Leconte. Aún en la cartelera de algunos cines.
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