Me explico: lo tienes junto al cepillo y el vaso, vas tirando de él, te blanquea los dientes durante semanas, quizá meses… Hasta que un día, flaco encorvado, como una momia de sí mismo, parece que no puede dar más de sí. No está muy boyante de aspecto, es verdad, pero…¿cuánta pasta no ha sacado uno de los tubos de dentífrico a partir del momento en que parecen agotados? Imposible de calcular. Aprietas, lo retuerces, lo dejas como un tasajo…y aún seguirá ofreciendo por su boca un resto de blanco y refrescante barniz para tu sonrisa. Inagotable.
Mi amigo Juan Ignacio Saenz Díez (1) ganó hace años un premio literario con un ensayo llamado “La civilización del desperdicio”. Aquí vender y dinamizar la economía es tan importante que nadie pierde tiempo agotando el tubo de pasta de dientes. Así está el Mediterráneo, que según Green Peace acumula cada año más de seis millones de toneladas de basura. Conclusión: antes de jubilar a los que trabajan por la sonrisa –dentífricos o humoristas- apúrelos a fondo. Por la salud de este planeta, y para que la civilización no degenere en desperdicio.
(1) La civilización del desperdicio, Juan Ignacio Saenz Díez de la Gándara, 1971. Sociólogo y profesor, pionero en cuestiones medioambientales, y compañero mío en la agencia CLARÍN.
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