La periodista Begoña Aranguren vino a la radio a ser entrevistada por Olga Viza sobre su novela Alta sociedad. El Duende rondaba por allí, y como la conocía de algún viaje en ascensor la acompañó hasta la salida de la Casa de la Radio. Coincidían en el ascensor tiempo atrás, cuando comenzaba su idilio con el recientemente fallecido José Luis de Vilallonga, marqués de Castellbell y grande de España, que durante un año fue vecino del Duende sin él saberlo. Begoña y el marqués se casaron, pero pronto pasaron la página de su sorprendentemente matrimonio. En la entrevista Begoña lo recordaba amargamente. Después, en una conversación entre el estudio y la calle, el Duende no se aguantó lo que muchos probablemente querrían haberle preguntado antes. ¿Cómo es posible que se te ocurriera casarte con Vilallonga?. Fíjate -contestó-pensé que podría cambiarle…Menos mal que Begoña no se dedica al periodismo de investigación. Quizás procesaba el pensamiento de Pascal: el corazón tiene razones que la razón desconoce. De qué manera las desconoce. Sólo así puede caer un alma rendida ante un tipo como el extinto marqués, buen escritor sin duda, mejor vividor, sublime cínico, y ejemplo más sobresaliente del amoral contemporáneo. No lo dice el Duende, alardea de ello el propio Vilallonga en sus memorias y en El gentilhombre europeo, una interesante novela autobiográfica. Angelito. Basta leer lo que dedica a su primera mujer, a la noche de bodas y al hijo que tuvieron para calar al que tanto presumía de caballero. Lo de la amoralidad en esta sociedad nuestra es rentable si eres elegante como el marqués y cargas a diestra y siniestra contra todo lo que huele a la llamada España casposa, que al finado le producía alferecías. Hay que decir en su favor que no fue un parásito más de la aristocracia a la que pertenecía y fustigaba implacable. Se ganó la vida escribiendo y lanzando guiños muy rentables a los santones culturales del momento. Trabajó, lo que no es poco, incluso con mi adorada Audrey Hepburn. O sea, que algo puntuó en la escala de la meritocracia moderna. Pero aún así su presunta rebeldía contra los privilegios de su clase no le excusó de muchos de los defectos del señoritismo. El primero, y más importante, mirar a casi todo el mundo por encima del hombro por no ser tan listos, tan cultos, tan progres -qué numerito cuando después del 23-F anunció por la tele que pedía el carnet del PSOE- y con tan buena percha como él. Se podrá creer que el Duende no le apreciaba, pero me consta que se entretuvo mucho leyéndole, porque la pluma viperina -¡ay!- casi siempre es muy amena. Sin embargo no lo llorará tanto como el barman del Harrys de Venecia, el sommelier de la Tour d´Argent o la antigua cerillera de Madame Claude. Los suyos fueron otros mundos que no están en los de la gente corriente. Menos mal que Begoña, la experta en alta sociedad, se cayó del guindo a tiempo.
Archivos para Agosto 2007
Los amigos del Duende no pueden reprimir su asombro. No le faltan virtudes, pero la sombra de Braulio pesa demasiado sobre él, y al margen de la teoría general del tornillo rosca-chapa, de la aerodinámica del avión de papel y del sofisticado mecanismo del abrelatas explorador, hay en su formación lagunas tecnológicas importantes. ¿Cómo, a su pesar ha sido capaz de implementar este blog? (Diablos, por parecer más moderno he dicho implementar, uno de esos neologismos qe tanto le cabreaban a Lázaro Carreter y que me había propuesto no utilizar jamás). Seamos sinceros, es evidente que le asistía a distancia un experto. La habilidad del Duende llega hasta pasar sus ocurrencias de las musas al teatro, o sea, del caletre al ordenador y del ordenador a esta malla mágica que es internet. No mucho más. Luego está la logística: el ordenar y repartir los comentarios, las categorías, los archivos…Ni les cuento, se me hace una bola en el estómago. Y finalmente la puesta en escena, la maquetación y las ilustraciones. Al Duende le gusta entrar en el blog y ver la cabecera, ingenua y colorista, que le remite a los dibujos de García Lorca a los bocetos escenográficos de Pepe Caballero y al cartelismo de la Barraca. Se la debe a Alicia Arias - firma como Malicia- una artista muy querida por él, porque es, además, sobrina. Por cierto, que muchas gracias. Malicia. Y no vean lo que le alimenta el ego verse, por ejemplo, junto a la foto de Kathleen Turner, ayer sin ir más lejos. El problema es que el fantástico manitas que implementaba se ha tomado vacaciones. Y aunque ha encontrado un genio de guardia dispuesto a corregir los extravíos del Duende en casos extremos, seguramente el blog aparecerá durante unos días a palo seco, sin esas fotos que alegran el ojo y dan buena un toque de distinción al blog. He ahí el dilema, miro los comentarios de ayer, bastantes y muy estimables para tan corta vida, y me invaden las inquietudes. ¿Será lo mismo cuando no le adorne al Duende el glamour de las estrellas? Tú mismo, lector. Él, por si acaso, sigue maquinando cómo mantener este invento sin morir en el intento.
¿Han visto cómo un toro le dejó la cara y lo que te dije a Luis Franciso Esplá? ¿Han contemplado las pasiones y casi muertes que padeció José Tomás en sus dos últimas corridas? ¿Cómo diablos han salido vivos? ¿De qué pasta están hechos estos tíos para poder volver a torear después de las formidables palizas que les propinan los toros? ¿Cómo es posible que un picotazo de una avispa te consiga una baja laboral y por esas cornadas de trayectoria ascendente que interesa a la femoral y que desgarra ni te cuento pierdas una corrida en Palencia y dos días después torees en Córdoba tan pichi? ¿Por qué Etoo se lesiona para dos meses jugando al fútbol sin ningún morlaco de por medio? ¿Cómo se explica que Pepe, el defensa de los treinta millones de euros, tenga una rotura fibrilar por un entrenamiento y que Tomás fuera capaz de rematar la faena del toro que quiso ser Islero con un torniquete improvisado por su peón de confianza? ¿Se pueden extender los prodigios de la medicina taurina al resto de los traumatismos que nos causa, por ejemplo, el cuchillo jamonero? No soy un gran aficionado a la llamada fiesta nacional. Me divertía lo tangente, aquello que Díaz Cañabate llamó el planeta taurino: sus tipos, sus costumbres y, sobre todo, su lenguaje, tan exuberante y afiligranado como el traje de luces. Había en la radio un crítico con el pomposo nombre de Rafael Campos de España que engarzaba las metáforas como churros en el junco aquel que despachaban las antiguas churreras. A una inglesita que estudiara español le pondría yo como prueba suprema de sus conocimientos cualquiera de sus críticas. Anda, Nancy, guapa, tradúceme al inglés y después de que el rehiletero plantara dos pares de banderillas asomándose al balcón, el diestro tomó la franela y destapó el tarro de las esencias abriendo el compás en tos tandas de naturales rematados por el de pecho que provocaron el delirio del tendido. Aquí te quiero ver, estudiante español. Pero me estoy desviando demasiado. No propongo estudiar el español de los toros, sino el milagro de la medicina taurina para extrapolar después sus éxitos. El día que consigamos curar una simple sinusitis en el mismo tiempo que han tardado Esplá y Tomás en volver a nacer, el superavit de la sanidad pública va dejar en nada las siempre optimistas cifras de Zapatero. Y enhorabuena a los maestros. La Parca se ha quedado tan acomplejada por su resistencia, que a lo mejor jubila la guadaña y los declara inmortales de necesidad.

Hace cuatro o cinco años Kathleen Turner fue noticia porque en un escenario del west end londinense se atrevió a salir desnuda sin ningún tapujo haciendo el papel de Mrs. Robinson en El graduado. Ya no era la jovencita de La joya del Nilo, y seguramente los pechos caídos hacia arriba de Peggy Sue habían cedido a la inexorable ley de la gravitación de los cuerpos. Atravesaba esa difícil edad en la que las actrices se quejan de que no hay ni guiones ni comedias para ellas. El mundo, y sobre todo el Corte Inglés, los prefiere jóvenes, y las leyes del mercado son implacables para todos. Pero aunque el hombre (y la mujer) es el hombre (y la mujer) y su circunstancia, la cuestión es si se puede manipular ésta a riesgo de modificar también la sustancia. Uno (o una) puede inyectarse botox, hacer virguerías con la silicona, coserse con hilos de oro, añadirse tetas o pectorales, plancharse las estrías, perfilarse los labios, teñirse las pestañas o estirarse la piel del rostro y sujetarla tras las orejas con palometas. Pero también puede degenerar y convertirse en una Barbie o un Ken que difumine los rasgos de la personalidad. El Duende acudió una vez a una cena de amigos y amigas que no veía desde hacía tiempo. Pudo saludar a todos por su nombre, pero con una fue necesariamente menos expresivo. La reunión era en una tasca, y sólo a la altura de la leche frita se percató de que sí, que era ella, la misma presentadora de televisión que durante cientos de telediarios había contado las noticias de forma creíble y con una sonrisa cautivadora. No era la Turner, ni mucho menos aquélla maravillosa Anne Bancroft que desarbolaba la inocencia del joven graduado con uno de los juegos de seducción más perturbadores de la historia del cine. Pero era una mujer madura atractiva, con una piel preciosa una mirada inteligente y una personalidad que, después de pasar por talleres, eran irreconocibles para los que la admirábamos. ¿Será que ya no confiamos en el espíritu que anima nuestro cuerpo? En la larguísima secuencia del baile de El gatopardo -otro peliculón- Visconti, que veía la belleza hasta en la decadencia, muestra en primer plano una rosa cuyo esplendor languidece junto a una taza de café en la que se adivinan los posos. No se por qué diablos tanta rosa madura desconfía hoy del encanto que se puede conservar sin ser el bibelot perfecto. No lo se, con lo que nos encandiló a todos Mrs. Robinson. Oración final aconsejable para gente con fe: no cargues la mano en mis patas de gallo. Pero de los excesos de la cirugía plástica, líbrame, Señor, porque pese a todo quiero seguir siendo quien era..
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Alégrate si al despertar sientes molestias en alguna parte de tu cuerpo: eso significa que estás vivo. Con lo barata que se ha puesto la muerte este verano. Eres peruano y te traga un desliz de las placas tectónicas, eres griego y corres el riesgo de que te carbonice un pirómano, eres irakí y te puede volar la cabeza el fuego enemigo, amigo o mártir, según caiga la moneda, eres automovilista y quizás ni tu prudencia te defienda de un kamikaze del asfalto. Más aún: eres un futbolista cotizado con planta de atleta, en la flor de la vida y en el mejor ciclo de la historia de tu equipo, y te fulmina un corazón equivocado. Difícil sustraerse al melodrama colectivo que es la muerte de Antonio Puerta, jugador del magnífico Sevilla que ha ganado cinco títulos y sin embargo llora desconsolado. Le he visto por la tele: se daba un aire con aquel juvenil Vittorio Gasman que tantos corazones rompió en el cine de los sesenta. Dicen que era el más alegre de la plantilla, y que tendrá un hijo póstumo: más pasto para la verborrea bien intencionada, pero empalagosa hasta la náusea, con la que queremos hacernos notar en estos casos. Antonio Puerta está jugando allá arriba ese partido que todos jugaremos algún día -vino a decir, más o menos, el presidente del club rival. ¡Ojú, qué vergüencita, el pico de oro que nos da la muerte de un ídolo popular! En estos momentos de pasmo en Sevilla, no he escuchado nada de una paradoja llamativa. Hay otro Puerta sevillano, Diego Puerta, que fue la figura del toreo más cosida a cornadas que se recuerda. La muerte le rozó en innumerables ocasiones, pero salió ileso y triunfador. Los designios del Señor son inescrutables, y tanto. Otra de las bobadas que se dice en estos casos es que los elegidos del Olimpo mueren jóvenes. Pues vale, pero es muy triste y, sobre todo, absurdo, y a ver quién explica eso. Entretanto, sonriamos si al saltar de la cama nos golpeamos el meñique contra una de sus patas. Es el dolor más tonto, y jode muchísimo. Pero nos recuerda que aún tenemos la suerte que le falló a Antonio Puerta.
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Lo cual que va Franciso Umbral y se nos muere una noche de verano. Lo cual que el poder, como es habitual en este caso, le rinde tributo de admiración. Lo cual que la cultura, como es ritual, saca el incensario y le entroniza en el parnaso de glorias perdidas. Y lo cual que el Duende, que imitaba sus poco afortunadas pataletas públicas y hubiera querido imitar mejor su don de escritor, anota un nombre más en su nómina de caídos. Personalidades que caricaturicé y a las que ahora sólo puede evocar con afecto y devoción. Lo cual…Creo que no es ortodoxo empezar una oración así, algún crítico literario lo subrayó como una de las boutades del ácido escritor de la bufanda y el gato. Pero Umbral escribía tanto y tan bien que jugaba a su antojo con el lenguaje, y de vez en cuando inventaba su propia sintaxis. Uno leía cualquiera de sus libros y creía entrar en el tronco de una novela o de unas memorias, pero la novela ramificaba en pasajes memorísticos, y las memorias se convertían en un tratado de crítica literaria o de historia del arte. Los pedagogos hablan ahora de asignaturas transversales, materias que se van aprendiendo poco a poco repartidas en muchas disciplinas. Pues para mí que toda la obra de Umbral es literatura transversal: novela, ensayo, memoria, poesía. Casi toda, a mi juicio, diamante puro, quizás infravalorado por la abundancia de su producción. Acaso le faltaba el género dramático, pero es que Umbral el drama lo llevaba dentro, muy dentro, Mortal y rosa, muerto, pero muy vivo. Cuando supe que había perdido a su único hijo -alguien me dijo que conservaba el termómetro con el mercurio anclado en la última temperatura del niño enfermo- comprendí que su arrogancia, su irascibilidad y su desprecio por lo políticamente correcto no eran impostura. ¿Quién puede sonreír al absurdo? Era yo un joven con inquietudes literarias, y me gustó tanto Las ninfas que me atreví a escribirle expresando mi admiración. Me respondió enviándome dedicado Lorca, poeta maldito, uno de sus primeros ensayos literarios. O sea (otro recurso muy suyo), tan correcto y amable como muchos otros escritores. En La verbena del 92, un programa de TELEMADRID que presentaba Ana García Obregón con Javier Capitán y con este menda de peones de brega, se le hizo una entrevista, y luego le parodié yo, sentado en su sillón de mimbre tipo Emmanuelle, con su gato de angora, cuello de cisne de seda blanca, bufanda del mismo color, guedejas ya casi canas y sus gafotas de culo de vaso. Puede que no le disgustara, que sonriera incluso, porque entonces aún no le había montado a Mercedes Milá el famoso numerito de su libro que tanta carnaza nos dio. Pero yo era un humorista, el espejo travieso que deformaba su imagen. Y no tuve el valor de decirle que aquel gamberro era el mismo que años atrás le había escrito como un simple lector fascinado por su talento literario. Lo cual, que me da pena de que se fuera de allí sin saberlo. Y que espero que desde el más allá sepa al menos que, por víboras y tocapelotas que seamos los imitadores, uno no sólo tiene su corazoncito. Sino también su pequeña biblioteca, donde Umbral, junto a Larra, Valle Inclán, Julio Camba y Ramón Gómez de la Serna entre otros, sigue alimentando la fantasía y la zumba del Duende.
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La noche de las pechugas vivientes
Publicado Agosto 27, 2007 Cine , Cultura , Memorias personales 6 Comentarios
Era de la España de Carpanta, y le gustaba el pollo. Sobre todo los filetes de pechuga empanados. No demasiado acostumbrado a la compra, aquel hombre llamó por teléfono al pollero de confianza y le encargó unos filetes de pechugas de pollo. Son para empanarlos, no ponga muchos, estoy yo sólo, precisó. Sí, pero ¿cuántas pechugas?, insistía el pollero. Bueno, póngame ocho. Debió remachar quizás lo de los ocho filetes, pero creyó que habiendo dicho que eran sólo para él no habría malentendido alguno. Como no podía ir en persona a la carnicería le pidió a una vecina el favor de que se los recogiera y los pagara. La vecina se presentó en su casa con una bolsa y una cuenta de quince euros. ¿No es mucho para ocho filetes de pechugas?, preguntó. No, ten en cuenta que son ocho pechugas en filetes, total treinta y dos filetes. Primero se cabreó consigo mismo por no haberse explicado mejor, pero luego cargó contra el pollero, pues, aunque ocho pechugas den de sí treinta y dos filetes, a su entender, a nadie se le puede ocurrir que un hombre maduro se las cene empanadas de una sentada. Bueno, no habrá problema -se dijo- congelaré el resto. Vivía en el campo. Al atardecer el cielo se cubrió de espesos nubarrones cárdenos y entrada la noche descargó una tremebunda tormenta que convirtió el cielo en un apocalipsis de rayos y truenos. Saltaron los fusibles. Los fusibles estaban instalados en un armario exterior a la casa. El hombre salió con un paraguas y una linterna, abrió la tapa de los fusibles, los subió y vio que el diferencial no volvía a la posición correcta. Como no entendía nada de electricidad no quiso correr riesgos y se resignó. Fue a la cama con una vela. De repente, cuando a pesar de lo espantoso de la noche estaba punto de conciliar el sueño se acordó de las pechugas. Lamentablemente, se durmió. Y digo lamentablemente porque iba a ser víctima de una atroz pesadilla. Pechugas de pollo antropomórficas en proceso de putrefacción escaban del congelador, cercaban su habitación y se metían por las rendijas de puerta y ventanas como en aquella terrorífica película de Georges Romero. Reclamaban justicia y venganza. ¿Por qué nos compras de más, si luego nos vas a entregar a los gusanos? -chillaban con muy malos modos. Ni sabes comprar filetes nuestros ni sabes reaccionar ante el cuadro eléctrico- acusaban con gritos horripilantes sólo imaginables en pechugas de la peor calaña. Angustiado, se despertó entre sudores y palpitaciones. O al menos eso creía, porque al lado de la cama, vestida con un sayal de seda blanca a modo de vestal, y con una iluminación expresionista que acentuaba la dureza de su gesto, estaba la vicepresidenta María Teresa Fernández de la Vega. Eso te pasa por haber tardado tanto en compartir las tareas del hogar y no saber comprar pechugas de pollo ni arreglar unos fusibles-le dijo en tono de inconfundible reproche. Y de entre los pliegues de su vestidura, sacó un Manual de Educación para la Ciudadanía que, con gesto altivo, le ordenó estudiar. Hasta que no lo apruebes -le advirtió inmisericorde- no te dejo escapar de esta pesadilla. Y, como alumno castigado con orejas de burro, cercado por los aullidos de aquellos fantasmas putrefactos, tuvo que empezar a estudiar en la truculenta noche de las pechugas vivientes.
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Aquel presidente voluminoso y ostentóreo, que Dios tenga donde crea conveniente, estuvo sembrado. Decidió que la sección infantil del Atlético de Madrid no era rentable y puso de patitas en la calle a un muchachito espigado, rápido y listo. Qué clarividencia la suya, le abrió la puerta a Raúl. El despreciado fichó por el enemigo de la calle de Concha Espina y desde entonces este hombre vive por y para vengarse del club que amaba y que no hizo por él. Si el Madrid sufriera semejantes venganzas de todos aquellos a los que ha dejado en la cuneta de su camino siempre adoquinado con oro -Etoo, Milito, Valdo, Luis García, Helguera, Mista, Rivera, Pablo Hernández, Diogo, Portillo, Pavón, Mejía, Toti, etc- el opulento merengue perdería sin cesar. Como hombre de fe con espíritu crítico, tengo bastantes objeciones que hacerle a Dios. Una de ellas es que, en los duelos Madrid-Atleti siempre se viste de blanco, y si no tiene ganas de trabajar, aplica indefectiblemente la ley de Murphy en contra de los rojiblancos. Ayer se cumplió la tradición: Raúl resucitó y le metió su consabido gol al Atleti. El año pasado al Atleti le birlaron un gol legal, este año metió un gol en fuera de juego y el árbitro acertó, qué curioso. Fue un partido igualado, y pudo ganar uno u otro o quedar en un empate. Pero había que justificar a Raúl para el resto de la temporada y cumplir la tradición. No le voy a pedir a la Providencia que se enmiende, porque ya se le ven los colores. Apelaré al ejecutor de sus planes, que es hombre de principios, buen patriota, héroe nacional, ejemplar profesional, capitán carismático, esposo y padre modelo y hasta buen chico. Por si le gustan los boleros, se lo cantará un atlético con el mismo sentimiento de los Panchos: ¡Aaay Raúl, ya no te vengues tanto!… ¡Ay Raúl, no me trates así!…Si no más puedes causarme llanto…¡Ay, Raúl, olvídate de mi!
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¿Se ha mirado usted bien las orejas?¿Repara en las orejas de los demás? Las orejas son un par de curiosas ternillas que normalmente pasan inadvertidos. Están tan integradas en el rostro humano que no se las imagina uno autónomas. A diferencia de los ojos, o de la boca, no son objeto de ningún poema o canción famosa ni de ningún piropo. Pasan en un discreto anonimato, y si no fuera por el Bosco, que las convirtió en personajes de algunos de sus delirantes cuadros, y por Van Gogh, que se arrancó una de ellas, apenas tendrían algo de historia y una miaja de prestigio. Pero haga esta prueba: fíjese en las orejas de un rostro conocido. De repente saltarán al primer plano de su atención. Verá a un hombre o una mujer pegado a un par de enormes orejas que se apoderan de nosotros como si fueran lo único que abarca nuestra mirada. Aunque las orejas de los duendes son muy características -por cierto, ¿han visto que cara de duende tiene Dani Alves?- yo nunca reparé en las mías hasta hace un par de años. Me impactaron tanto que tuve que comentarlo en la radio, con general regocijo de Olga Viza, de Capitán y del ciudadano García. No son excesivamente grandes, ni los típicos soplillos tipo Luis Aguilé o Bing Crosby. Pero tienen la misma forma que las asas de la Copa del Rey de Fútbol, lo cual no deja de ser original. Lo malo es que la obsesión por la belleza que distingue a nuestra sociedad del bienestar me está contaminando. Estos días he anotado dos nuevos datos de esta carrera hacia el canon que ya no distingue sexos. Uno es el michelín de Sarkozy, desaparecido en Paris Match gracias a la amistad de su director con el presidente y, sobre todo, gracias al fotoshop. Como si un jefe de estado no pudiera exhibir los rollos de cualquier ciudadano en bermudas. El segundo dato es el bombardeo de publicidad en TV de los adhesivos de dentaduras postizas. ¿Tanto se caían antes? ¿Cómo se las apañaban los que no las sujetaban bien? ¿Se puede ser feliz sin una sonrisa perfecta? Aquí quiere estar guapo todo el mundo. Se cierra el círculo a mi alrededor, veo incluso que algunos de mis contemporáneos se tiñen el pelo, o doy el paso o me sentiré marginado: ¿ consulto lo de mis orejas con mi cirujano plástico de confianza? Con un poco de habilidad, a lo mejor me las deja como las asas de la Copa de la Champions, que da más categoría.
Esta es una historia de la puta mili. El adjetivo malsonante es una concesión al lenguaje coloquial, pero en realidad la anécdota es muy romántica. Verán, pertenezco a esa generación de españoles que hizo el servicio militar. Fueron dos veranos en el campamento del Robledo de la Granja de san Ildefonso, y cuatro meses de práctica como sargento en una unidad acorazada de Madrid y en Almería. Allí, en el desierto de Tabernas, tuve ocasión de jugar a la guerra de verdad., porque participé en el rodaje de la película Patton, oscar de Hollywood, aunque sospecho que no por mi papel. Un día batallábamos en el Alamein y al día siguiente desembarcábamos en Palermo. El lunes era americano y el martes jefe de carro de la Wermacht,. ¡Oh la magia del cine!…No dormía pensando tarde o temprano vería a Kim Novak, a Natalie Wood o a Elizabeth Taylor bajar de la roulotte de las estrellas, pero desgraciadamente un día me enteré de que no había en el reparto ninguna mujer, algo muy necesario para el soldado. En el campamento del Robledo dormíamos en una tienda circular, en cuyo techo de lona se abría un ventanuco. Tuve la suerte de que cayera sobre el espacio de mi colchoneta, con lo cual por las noches avistaba una estrella, me imaginaba que era una chica maravillosa y conciliaba el sueño pensando en ella. Al día siguiente el cartero repartía las cartas de las novias, pero no había ninguna para mí, porque las estrellas de verdad no escriben. Aunque el campamento estaba en un lugar precioso la vida regimental era un coñazo. El único consuelo eran Villabragas, donde las chicas hacían lo que entonces se llamaba Servicio Social, y Villahuevos, un bareto donde ofrecían a buen precio huevos fritos con patatas que sabía a manjar de dioses. (Villabragas, Villahuevos…¡Qué lirismo el del lenguaje castrense!) El 25 de agosto era fiesta en La Granja. A los cadetes nos daban permiso, pero teníamos que vestir de bonito. Me puse mi uniforme con charreteras y gorra de plato y me fui con una amiga de Villabragas a ver las fuentes de los jardines de palacio, que ese día chorreaban por boca de todos los tritones, delfines, caballos y angelotes imaginables. Qué hermosura de jardines, y qué bien vivían los reyes, caramba. Luego fuimos al Hípico, donde había una pista de baile y música lenta de la que invitaba a arrimar material. Ella se llamaba Teresa, y me gustaba; creo que yo también a ella. Fue un 25 de agosto, como hoy, día de san Luis rey de Francia, que es mi santo. El padre Bonete tiraría de santoral y seguro que me felicitaba, pero me dicen que ha sido visto haciendo surf en Tarifa. Ya ni la mili es mili ni los curas son lo que eran.

Viernes veintitrés de agosto, tres y media de la madrugada. Estalla un coche bomba junto la casa cuartel de la Guardia Civil de Durango, donde dormían familias con niños. No hay muertos: sólo heridos y enormes daños materiales. Encima habrá que dar las gracias a los terroristas por no atinar. ¿Se tienen en cuenta los sustos que meten en el cuerpo estas salvajadas? Hoy volverá a girar el carrusel habitual en estos casos: condenas, valoraciones, repulsas, análisis políticos. No queda nada nuevo por decir, pero el Duende se atreve a recordar el mismo pensamiento que le ronda siempre que hay atentados. No se si la negociación es o no es la única salida para acabar con el terrorismo. Pero, si lo fuera: ¿puede alguien fiarse de la palabra de un pajarraco que está dispuesto a poner coches bombas o a matar a quemarropa? Si considera el asesinato un arma política…¿qué no le parecerá mentir? ¿Qué es una raya más -y delgadita, en su escala de valores -para un tigre?
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La nostalgia es un error. La frase sintetiza la crítica de una buena amiga que ha buceado en este blog y se ha sincerado. Agárrete, Duende. Eso sí, en lugar de formular un comentario, que es lo que cuenta a efectos de tráfico, me lo dice por teléfono, que es más caro y encima duele más. Si el pasado me pesara tanto como a ti, yo no podría andar, dice mi sibilina amiga. No obstante lo cual -lo de sibilina-.admito que Simone Signoret y ella tienen toda la razón. Precisamente después de su filípica entré a lavarme las manos, dispuesto a romper con el pasado. Era uno de esos baños puestos al día, pero no tanto porque no se entendiera la complicada grifería que se gastan en las casas nuevas como por el surtido de productos que el desarrollo ha puesto en cualquier lavabo, cualquier bañera, cualquier ducha y hasta, si me apuran, cualquier bidé. Cremas, sales, geles, aceites, champúes, emulsiones, bodymilks…Miré por encima y no encontré mi producto favorito cuando quiero lavarme las manos. ¿Lo adivinan? Es la repugnantemente clásica, decadente y demodé pastilla de jabón. Me gusta el jabón en pastilla porque es el único de los productos de tocador y aseo personal que no me traiciona. Cuando me dirijo a él, se por el tacto que voy a frotar mi piel con jabón, y no con cualquiera otra cosa. Igual que el algodón, no engaña. No así la mayoría del resto de los productos, siempre maravillosamente envasados en expendedores, frascos, tubos y otros ingenios que, además de hacerte perder tiempo manipulándolos, confunden a menudo. A falta de mi querida pastilla di dos golpes en uno de esos cacharritos que normalmente sirven gel y traté de frotarme las manos con el liquidillo de espermática apariencia que fluía de él. Noté algo extraño, así que acerqué el envase a mi ojos y me percaté de que estaba usando un hidratante para la higiene diaria de la zona vulvar o perineal que alguien colocó en el lugar inoportuno. Doña María se quejaba a menudo de este tipo de errores, que son fatales si te sorprenden en la ducha sin las gafas de vista cansada. Pero como siempre, proponía soluciones: o letras salvajemente grandes para rotular los productos, o un código de colores que los identifique de un vistazo. Blanco para el body milk, rosa para el gel, azul para el champú, amarillo para los aceites, verdes para las sales…Y bandas cruzadas en productos menos convencionales advirtiendo ojo, te puedes estar lavando las legañas con un excipiente para las partes pudendas. A doña María le extraña que Elena Salgado, tan resuelta cuando fue ministra de Sanidad y Consumo, no resolviera esta poblemática con un decretazo. Y ya se que vuelvo al pasado recurriendo a mi doña, pero es procedente. Porque si la nostalgia es un error del sentimiento difícil de combatir, estos otros errores de espaldas al pueblo que tanto cabrean en el cuarto de baño tienen, como se ve, fácil solución.

Una artista como Esmeralda Clamores no podía cantar sólo a la patria, al botijo, a la peineta y la baticola, a los ojos verdes como la albahaca y al toro bonito para que embista por caridá. La épica y la lírica fueron los campos donde su arte rayaba a más altura, pero ella no podía obviar la picaresca. Lo pedían sus formas protuberantes de real hembra y el público de revista, cafetín y music hall que, pese al desprecio de la cultura oficial, quería llevarla en volandas a la gloria. De ahí que Esmeralda incluyera en su repertorio cuplés rijosillos, como aquél que en un compás de tres por cuatro decía: Dale al columpio Timoteíto/ cale al columpio muy despacito/ Dale al columpio con mucho tiento…/ ¡Que no quiero que vean/ lo que yo guardo/ pal casamiento!…Aunque para hacer justicia, ninguno tan poético como El higo, pieza que con un ritmo de chotis describe un galanteo entre hombre y mujer lleno de metáforas sugerentes. En esta joya de nuestra música popular cantaba Esmeralda: Aquí te traigo el higo/ la fruta más sabrosa/ la más estimulante/ la más apetitosa/ la fruta que a los hombres/ les gusta con pasión/ por el higo más de un hombre/ se ha quedao sin un botón…..Y replicaba el varón: Fui siempre partidario/ del fruto de la higuera/ si tú me das el higo/ yo te ofrezco la pera/ y pongo la manzana/ y hasta el melocotón/ ¡vengan higos, vengan higos/ quiero darme un atracón!…Esmeralda cantó este dúo con muchos políticos. La última vez el elegido fue José Bono que, cómo no, y a pesar de su tradicional aversión al populismo, no pudo negarse a subrayar con su voz las excelencias de un fruto tan ejspañol. La versión, como es lógico, quedó ejspectacular. Pero si hoy evoco este pasaje impagable no es para darle publicidad a Esmeralda, sino al higo. En Candeleda, se quejaban de que el verano, tan suave y agradable por otra parte, retrasaba su maduración. Aquí le sacan mucho dinero al higo, y la cosa preocupaba. Pero hoy he probado los primeros -de la clase cuellodama, que son los más finos- y estaban deliciosos. Me temo que el higo de la tonadilla hacía referencia a otra cosa (consulten el diccionario de María Moliner), pero la verdad es que un higo de estas tierras en su punto es una exquisitez que merecía este post. Compren higos de Candeleda y sabrán a qué sabía la ambrosía de los dioses.
¿Se acuerdan de Claude Rains, el policía de Casablanca? ¿Y de Agustín González, el cura de La escopeta nacional y de tantas otras películas españolas? ¿Y de Víctor Mac Laglen, Walter Houston o Ward Bond, que contribuyeron tanto como Wayne a la épica del cine de John Ford? ¿Identifican a Manuel Alexandre, o a Chus Lampreave, o a Gabino Diego? Ninguno ha llegado a estrella, pero todos han hecho grande al cine. Es la gloria de los actores secundarios, a los que a veces se les llama genéricos o de carácter. Eufemismos aparte, fueron o son secundarios de lujo, que dieron brillo a sus películas. La radio también necesita estrellas, pero ahora que está tan de moda lo coral, han cobrado singular protagonismo sus acompañantes. El Duende ha tenido ocasión de conocer a algunos que por donde aparecieron dejaron huellas de estilo y personalidad tan acusados como los de los grandes secundarios del cine. Uno de ellos es Jorge Prádanos, un hombre de RNE de toda la vida a los que he aprendido a disfrutar mejor en el último tramo de mi andadura por las ondas. Quizás es una víctima más del mito de Ingres, aquel artista francés que, además de pintar maravillosamente cometió el error de tocar el violín muy bien. No se hasta qué punto es positivo destacar en dos o tres cosas, porque la gente tiende a simplificar y a colgarte una única etiqueta. Fernando Fernán-Gómez será siempre para el vulgo un actor, y me temo que pocos recordarán en el futuro que Plácido Domingo, además de cantar como los ángeles, es un estimable director de orquesta. Es el problema de Jorge. Prádanos es al mismo tiempo presentador, humorista, gastrónomo, cronista de viajes, melómano y juglar, sin haber recabado medallas en ninguna de las facetas de su poliédrica personalidad. Mucho equipaje para ser definido con una única palabra. Por eso -y mientras dure, pues me temo que le amenaza también la fecha de caducidad- dejará un perfume delicado y profundo allí donde suene su voz. Está mal que lo diga el Duende, pero creo que la tapita del Navegador que elaboraba con doña María o el padre Bonete de pinches es de esos pellizcos felices que dejan bouquet especial en la memoria radiofónica. En el Renacimiento a los tipos como Jorge se les definiría como humanistas, pero en la nueva radio que se avecina será mejor decir que a nivel calle, mola mazo. Que no están los tiempos para la lírica, y Jorge Prádanos, además de gran actor secundario, es un amigo.
¿Está Braulio en las infraestructuras de Cataluña?
Publicado Agosto 21, 2007 Memorias de la radio , Política 18 ComentariosHay tipos literarios como Sancho Panza o el pícaro que calan hondo en el sentir popular. El Sancho Panza del repertorio del Duende es sin duda el chapuzante nacional, al que un día Julio César Iglesias bautizó con el nombre de Braulio. Imagínenselo en cualquier taller de esos decorado, cómo no, con calendarios de macizas en pelotas. Ahí le tienen, mono azul algo grasiento, un destornillador en el bolsillo y, tal vez, un lapicero gastado prendido en la oreja, barba de tres días, cabello desgreñado, una toba entre los labios, manos encallecidas con uñas más bien negras entre las que destaca poderosamente la del meñique, larga y endurecida como la de un guitarrista flamenco. Esa es la llamada uña polivalente que, a decir de Braulio, es la herramienta personal básica que no debe faltar a ningún español, pues le sacará de infinitos apuros: desde rasgar la camisa de un CD - hay que fastidiarse, lo que cuesta abrirlo-hasta apretar el tornillo que ajusta el mango de baquelita a la sartén flojona. Porque hay braulios para todo, y allí donde haya un problema mecánico hay uno que lo explica y nos convence de que la culpa es de los materiales viciosos, del bisel que produce en el cornetín de los pirolos el efecto pedorreta, del bombín del ajuste del sinenblock, o del maestro armero, a ver si me comprende. Esa es la firma de Braulio, a ver si me comprende, porque el chapuzante no arregla casi nada, pero lo explica todo, y si no le comprendemos no es porque él se explique mal -entonces diría a ver si me explico-, sino porque los demás somos unos ignorantes, a ver si me comprende. Braulio apareció en la Verbena de la Moncloa como mecánico del ejército, y el Narcis Serra de Capitán le vió tan despabilado que pronto lo incorporó a su estado mayor de asesoramiento, desarrollando su poderosa inventiva en proyectos gloriosos. Verbigracia, la pulpeta retráctil como frenada suplementaria en los F-18, la brigada de paracas amagones (que amagaban el lanzamiento pero volvían a los aviones, después de dar una colleja disuasoria al enemigo, mediante un sistema de tirantes parecido al puenting) y el llamado misil ecológico, implementado a partir de mecanismos de reloj de cuco encastrado en el morrete. Este último ingenio simbolizaba la visión más humanista del conflicto bélico que caracteriza a los ejércitos modernos, pues trata de salvar a la avifauna incauta que se cruza en su trayectoria. Dispone de un sensor que salta al detectar el aleteo de las grullas, por ejemplo. Entonces el cuco, muy solidario él, avisa a sus colegas los pájaros de que, si no les sirve de molestia, tengan la bondad de retirarse para no sufrir daños colaterales. Y es que Braulio está en todo. Empezó con el tornillo rosca-chapa y cuando aún usaban masilla los fontaneros y ahora Olga Viza y Capitán lo mismo le requerían para opinar sobre energía nuclear, plan de prevención contra seísmos, avistamiento de satélites, lucha antiincendios o infraestructuras. El Duende, que es de letras, siempre se sorprendió de que siendo un manazas y sin saber una palabra de mecánica su Braulio fuera de los personajes más celebrados, pero es que no hay quien se libre de los a ver si me comprende. Y si no miremos el carajal de las ifraestructuras en Cataluña: lo han explicado la ministra Alvarez, Montilla, el presidente de Red Eléctrica, el de Endesa, el Delegado del Gobierno…Pero no han arreglado nada, y todos imitan a Braulio: la culpa, a ver si mi comprende, es de…
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