Archivos para 9 agosto 2007



La verbena de la Moncloa

Le conocían los clientes del Rincón del arte nuevo, un local del Madrid de los Austrias donde se pagaba las copas cantando tangos y haciendo voces . También le conocía yo, o al menos eso me recordó él cuando por primera vez nos vimos las caras en la radio. ¿No te acuerdas cuando nos presentaste la campaña del INH?-me dijo. Y es que ambos veníamos de otros oficios fronterizos, él en el departamento de Marketing del Instituto Nacional de Hidrocarburos, yo en mi agencia de publicidad, que llamó a su puerta para escuchar eso tan habitual de lo suyo muy bien, muy creativo, gracias, pero la campaña se la damos a una multinacional. Esta vez no había publicidad por medio, estaba sólo la radio y Julio César desde el estudio atizando la osadía de los aspirantes a duendes de la radio. Si sabe usted hacer buena imitaciones, llámenos, fue su propuesta. Y de repente llamó Felipe González, o no, no era Felipe, que era un tal Javier Capitán que bordaba el discurso felipista en la forma y en el fondo. Y a mí me encendió la bombilla: ya no tendría que debatir un Fraga con un Felipe que salían de mi chistera, seríamos dos en el mismo empeño. Y así empezamos: una cita nocturna los jueves por la noche, primero media hora, luego una hora, más tarde una hora y media, y finalmente dos. En medio, la gran apuesta de Julio César Iglesias, lo que realmente marcó la diferencia entre La verbena de la Moncloa y todos los demás programas de imitadores al uso: enfrentar a nuestra dislocada realidad virtual con los políticos de verdad, el original y su caricatura vis a vis, ¿quién da más? Primeros espadas del ruedo de entonces, como Carrillo, Solana, Marcelino Oreja, Guerra, Pujol, Rodríguez Sahagún, Leopoldo Calvo Sotelo, Narçis Serra, Fraga y hasta el mismo Aznar tuvieron que lidiar con su sosias radiofónico, al mal tiempo buena cara, que al fin y al cabo aquello iba de coña, y sus asesores les dicen que el sentido del humor, aunque a veces toque las pelotas, da votos. Había adictos a aquella verbena que tenían que acostarse temprano y ponían el despertador a la una de la noche para escucharnos. Otros oyentes creían que los políticos esnifaban demasiado. Os escuché anoche -me confesaron una vez- y me descojoné con vuestras imitaciones, el único que no os sale demasiado bien es Leopoldo Calvo Sotelo. No sabía que el Calvo Sotelo de aquélla noche era el genuino, que había sido nuestro invitado. Fueron verbenas inolvidables, noches de insomnio, desmadre y carcajadas, allí nacieron Braulio, Esmeralda Clamores y el Poldo Mix (ya lo explicaré otro día). Y por ese invento en el que nunca nadie escribió un guión nos dieron a Julio César, a Javier y al Duende que les habla el Premio Ondas 1990. ¿Había mejor premio que lo que nos reíamos haciéndolo?…

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El hombre del fuelle

Creo que fue la noche el primer templo de mis auténticos desvaríos radiofónicos. Hasta entonces el Duende balbuceó algo de chispa, pero digamos que envasada en un formato tradicional. Primero fue en Radio 80 con José Luis Arriaza, en un programa matinal muy bien intencionado que se llamaba El bus del cole. Aquellas horas crueles para cualquier escolar, y para el ama de casa que, entre bostezos, se afanaba en preparar el desayuno y el macuto de sus hijos, me dieron pie para ensayar mis primeras travesuras. En ellas procuraba dosificar siempre humor con algo que entonces me sentía incapaz de definir, `pero que alguien llamó ternura. Me ponía en la piel de los legañosos chavales -nunca odié nada tanto como ir al cole en las mañanas de invierno- y de la sufrida ama de casa. Luego vendría el primer ensayo con Julio César Iglesias en RNE. Pero mi primer contrato con la radio coincidió con la puesta en marcha de Hoy por hoy de Iñaki Gabilondo en la cadena SER. Aunque sólo me conocía de referencias, me ofreció la posibilidad de contar lo que quisiera en cinco minutos, siempre que el resultado fuera, como mínimo, la sonrisa. Empezaba a germinar doña María. Pero por entonces quiso el azar que nuestro amigo Julio César diera el salto desde su casa, que era la radio pública, a la SER, donde le entregaron la noche. Vente por aquí -me dijo. Y por allí asomé con mi cuadrilla de títeres. Ambos mirábamos la vida con una cierta ironía, pero entre los dos se emulsionaba además un cierto surrealismo que nos hacía cómplices y coautores en la sátira. Mientras el Fraga de la época predicaba estentóreo que la calle era suya, el nuestro hablaba, además, de la crisis que en los valores tradicionales de la familia suponía la progresiva desaparición de los huevos de madera con los que se zurcían los calcetines. Un disparate que primero duraba media hora, y que luego fue ganando terreno a la noche. Yo era ya un perfecto neurasténico de personalidades múltiples que desbarraban. Y Julio César, el fuelle que avivaba el fuego de aquel delirio. Pero aún faltaba el soplo definitivo para que yo dejara de quejarme de la soledad de Adán. ¡Ay, Señor, si me dieras compañía para sostener tanta farsa!…Y el Señor me escuchó.

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El principio de una gran amistad

La vida es una historia demasiado grave como para tomársela en serio, ese podría ser uno de los principios que han guiado el hacer de Julio César Iglesias. Afinidades electivas: ahí coincidimos siempre. Por eso lo del Duende fue llegar y besar el santo. Corría noviembre de 1982, y creo que nuestro amigo presentaba en RNE un magazine de tarde que se llamaba Directo, directo. Después de que en la radio de Franco no sonara nunca más que la voz oficialista -correcta dicción, todo en orden y poca emoción- los micrófonos se abrían a la gente de la calle. Y el pueblo español se destapó, igual largaba contra las centrales nucleares que opinaba si era mejor la postura del misionero o el carrete filipino. El desparpajo al poder. Alguien -no se si fue el malogrado Fernando Tola o Nacho Lewin- me había visto hacer de las mías en algún guateque ilustrado donde yo demostré lo único que en realidad aprendí en la Facultad de Derecho de la Complutense. Allí, en lugar de hacerme hombre serio, parodiaba catedráticos en la llamada Fiesta del Rollo, una típica gamberrrada universitaria con la que festejábamos a santo Tomás de Aquino. Creí que la mía eligiendo derecho había sido una decisión equivocada, pero no hay mal que por bien no venga. Gracias a esa pulsión de rebeldía disparatada contra la seriedad de los claustros nació el Duende. Se trataba sólo de cambiar la caricatura de un grisáceo catedrático de derecho por la de otro, Fraga Iribarne que no me dio clase, pero que ya daba lecciones a toda España. Aparte de Franco, que incluso desde la otra vida seguía inspirando canguelo, don Manuel, Felipe González y Santiago Carrillo integraron mi primera cuadrilla de títeres radiofónicos. Recuerdo la primera tarde que me asomé con ellos al programa de Julio, donde se sentaba también Paco Rabal. Recuerdo que Julio practicando el funambulismo entre la realidad y la ficción que tanto le gusta, le vaciló con mis tres personalidades. Y que Paco, comunista confeso, flipaba al escuchar el pausado discurso de su admirado Carrillo o el flagelo colérico del entonces vehemente líder de AP. Y Julio César Iglesias disfrutaba como un niño. Era noviembre. Tal vez faltaba la bruma y el avión de hélices al fondo para remedar el final de Casablanca. Porque lo cierto es que aquél iba a ser también para nosotros el principio de una gran amistad radiofónica

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Un kaleidoscopio llamado Julio César

Escocieron sus palabras cuando se presentó la última programación de RNE, la misma que ahora se despide. Lo habían adelantado los periódicos aquel día. Al hablar de la tarde y de El navegador recurrieron al socorrido adjetivo de veterano periodista para referirse a Julio César Iglesias. En su breve alocución ante una directiva estupefacta, el mencionado se fajó aquel toro envenenado y se descaró: en lugar de veterano -precisó- adjetiven zamorano, porque lo primero empieza a ser sospechoso… Estocada hasta la bola. Los guisanderos del ERE tragaron como pudieron aquel sapito, insólito en un hombre reconocido por su tacto y su discreción (sólo en una entrevista con Anasagasti le escuché destemplado). Julio es algo mayor que el Duende, pero aún lo parece más, y me explico. Gracias a su enjundia y a su memorión elefantino, suena como si fuera el inventor de la radio de galena o el ayudante de Marconi. Algunos exégetas mantienen que cuando Boby Deglané y Gila -dos iconos en la radio de mi niñez- hacían la primera comunión, Julio César de monaguillo tocaba la campanilla. Pero su patrimonio no es la edad. Algún otro añejo tótem de la radio, alto como el olmo de Machado, peina bastante más canas y sigue en activo. Aunque no tan ágil y juguetón. Si hay alguien duende antes que fraile es precisamente Julio César Iglesias, un espíritu curioso que estudió ingeniería, se hizo periodista, y se apasionó entre otras muchas cosas por un buitre, por un guacamayo, por un Camarón, por los toros y por los dulces de sor Lola, monja deliciosa que sólo es mala en el merengue del Real Madrid (pecado éste, por cierto, poco perdonable a los ojos del inflexible padre Bonete). Julio César Iglesias es y será el mejor kaleidoscopio radiofónico. Gira el visor de la realidad y en un tris pasa de la tragedia a la comedia ofreciendo otros colores y otras formas caprichosas. Privilegio de la juventud, que según Ortega y Gasset se mantiene mientras no se pierde el asombro. Como al inquieto periodista zamorano le sigue sorprendiendo hasta el vuelo de un mosquito, le dedicaremos más entradas de este blog. De momento, escúchenlo hasta este viernes.

1. Sor Lola es la superiora del Convento de las Dominicas del Sancti Spiritus de Toro (Zamora)

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El padre Bonete pide otra oportunidad

A veces las criaturas del Duende trascendían de la caricatura y parecían encarnarse en la realidad. Al padre Bonete, tan cascarrabias, había oyentes que le reclamaban para bodas y bautizos y, como poco, que bendijera a un familiar. Padre -le pedían- bendiga usted a mi señora, que es muy devota de usted y con la menopausia se ha puesto imposible. Con fundamento o sin él, tanta fe insinuaban que a veces el pater se veía en un aprieto. ¿Defraudar al creyente o traicionar la verosimilitud de la caricatura?. Algún oyente avezado se daría cuenta del dilema, del cual el hombre trataba de salir por la tangente nadando y guardando la ropa. Pero así como los rituales religiosos le tentaban lo justo, otros más profanos le ponían los dientes largos, y le dejaban con la miel en los labios. Hace un par de años le llamaron de Bonete, provincia de Albacete, para que diera el pregón de las fiestas. Acaso había dicho yo por el micrófono que cuando era publicitario y viajaba hacia Levante con una campaña de FAMOSA, el Simca 1000 en el que viajábamos petó en Bonete. Si es difícil hacer el amor en ese coche, no vean lo que es moverlo con una biela fundida: se me grabó Bonete en la memoria, y decidí rendirle raro homenaje bautizando así a mi cura. Quizás sólo Alex Grijelmo lo guarde ya en su catálogo de palabras moribundas, pero el bonete es, además, el gorro redondo coronado por cuatro picos con el que antes se adornaban los eclesiásticos. El caso es ni con gorro ni sin él pudo pregonar Bonete, como tampoco -¡ay dolor!- acudir al Encuentro de Cocina Conventual de Vitoria al que le invitó gentilmente Antxon Urrusolo. No estaba ya la sotana para ruidos, pero el padre Bonete tomó nota. Y, clausurada la parroquia de RNE, pide otra oportunidad en estos oficios festivos. No porque llenen la andorga -vade retro, Satanás- sino, sobre todo, porque reconfortan el espíritu.

1.Bonete, villa y municipio de la provincia de Albacete

2. FAMOSA. Fábrica de juguetes

3. Alex Grijelmo, periodista y presidente de la AGENCIA EFE, es además colaborador del programa No es un día cualquiera de RNE.

4. Encuentro de Cocina Conventual de Vitoria. Se acaba de celebrar en los últimos días de julio

5. Antxon Urrusolo, periodista y presentador de TV. Ha sido el director del Encuentro de Cocina Conventual de Vitoria.

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El futuro en un click

Primer sábado de agosto, Madrid, cinco tarde. El sol implacable aplana la ciudad. Vivo desde hace cuatro meses en este lugar desde donde escribo, pero nunca he visto panorama tan despejado. Ningún coche en movimiento a la vista, nadie paseando. Sólo unos pájaros audaces picoteando en el pinar cercano. Natural: el termómetro marca 39º. En estas circunstancias… ¿puede haber alguien que no esté de vacaciones y conserve la curiosidad y el humor suficientes para entretenerse buscando un blog como éste? Sorpréndanse: lo hay. Pese a todo, incluso un día como hoy se registran entradas, qué mérito. Son los que simpatizan con lo que ha sido mi vida en la radio. Nuestra vida en la radio, más bien. Pues bien, puedo anunciar que hoy el Duende entró en contacto con otro duende. Entre ambos, y con la ayuda de la tecnología, volvieron a divertirse juntos. No puedo anunciar mucho más, salvo que estoy encantado. Si todo funciona como nos las prometemos, estaremos para nuestros amigos con sólo hacer clik. RNE pasó. El futuro está en los blogs de Javier Capitán y del Duende. Seguiremos informando…

 

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Quiero que mi osito sea como Olga

Olga Viza 

Yo la conocía, no mucho, pero la conocía, y ella tenía referencias de mí. Ella conducía EL TRANVÍA, yo sólo era uno más, pero por el rabillo del ojo quiso descubrir en mí a un tipo con voz propia. Con lo que me cuesta. Le dije que en la carrera, mis exámenes orales eran un fracaso, pero ella insistía: quiero que seas tú…Siempre agradeceré su apuesta, aunque lo pasé fatal. Si he sido alguien en la radio, es porque apenas he sido yo. Mi carro de títeres es extenso y variado, y en  cada una de sus voces hallarán un fragmento del Duende. Pero que no me obliguen a descararme, porque suspendo. Por eso me despido de Olga con conciencia de mal alumno. Quizás esperaba que me desdoblara como Javier Capitán, capaz de ser él y los otros. Yo sólo soy los otros, y de, entre ellos, había muchos que sobraban en la radio serena, inteligente y entretenida, pero no dislocada, que quiso hacer en RNE. Sorprendentemente tenía debilidad por Braulio, el único espécimen de mi España berlanguera que le hacía tilín. Quizás porque aún en la España más guay, todos tenemos un chapuzas charlatán en nuestra vida. Pero Olga Viza es, sobre todo, un cielo de mujer, y una periodista de temple y sensibilidad prodigiosa. Le hizo una entrevista -quizás la última- a Paco Fernández Ochoa que casi me hizo llorar en antena. Además,  su flequillo, sus ojos vivos y su dulce sonrisa me evocan a una niña de cuento. Me inspira respeto y ternura. Si regresara a mi infancia, quisiera que mi oso de felpa se le pareciera a ella. Para perder la timidez y poder abrazarla sin tapujos. Arrimándola al corazón, para decirle que gracias por creer que se puede creer en un travieso duende.

 

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Eternamente…¿qué?

El padre Bonete es del Atleti, Braulio también, Esmeralda Clamores tuvo hace años un lío con un utillero del Atleti, aunque ella, naturalmente, lo desmienta. Y en el baño de casa de doña María me consta que el juego de toallas, el cobertor del asiento del taburete y el forro de la tapa del retrete llevan las listas rojiblancas. Incluso un observador avezado distinguiría que yo también soy del Atlético de Madrid, aunque del sector nostalgia. Pues bien, el comentario de todos ellos a la nueva campaña de publicidad del club ha sido el mismo. ¿Por qué afinan tanto los publicitarios y tan poco el cuadro técnico? ¿No sería lógico que, en lugar de gastarse dinero en creativos pagaran a tipos como Monchi? Confieso que lo de un club grande es uno de los tópicos del fútbol que más me irrita. ¿Grande en qué? Para mí los más grandes de esta temporada han sido el Sevilla y el Geta, que han sabido sacar dos euros de jamón en lonchas gordas. Grandes a base de fanfarronadas y pelotazos financieros no los quiero. Sobre todo si siguen el esperpéntico camino que, año tras año, repite mi equipo. Así que mientras Forlán, Simao, Reyes, Luis García y demás tropa no nos hagan cambiar de opinión, sugiero que no arriesguen tanto en el slogan. Por ejemplo, en lugar de ETERNAMENTE GRANDES, pongan ETERNAMENTE ILUSOS.

Dejo una muestra de la campaña en cuestión.

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De oyentes cultos y sonetos inolvidables

La anécdota es de una presentadora de televisión justa de recursos. Uno de sus tertulianos le pregunta: ¿puedo recitar un soneto? Y ella le contesta: sí, pero que sea breve… El soneto no puede ser ni breve ni largo: son catorce endecasílabos, y dura lo que dura. Este Duende se confiesa sonetista aficionado. El soneto obliga a la musa a la faena perfecta, pues obliga a sujetar la belleza del verso sin devanarlo en rima vana. Todas las palabras han de encajar perfectamente, como un canon de marquetería literaria. En El tranvía de Olga Viza a Javier Capitán se le ocurrió que los jueves yo recitara un poema. Un día me atreví con el soneto más famoso de la lengua castellana, el enigmático y dificilísimo Amor más allá de la muerte, de Francisco de Quevedo. Me lo se de memoria, y a solas lo recito con la fluidez y la emoción que requiere. Paro…¡ay amigos!: qué difícil hacerlo bajo la mirada del inefable García, siempre buscándole a uno las cosquillas…Tropecé en una fricativa y allá naufragó Quevedo. Fue tal mi vergüenza que rectifiqué sobre la marcha, incorporando al catálogo de meteduras de pata de García una de las joyas que más ha repetido en sus resúmenes. Quién me mandaría a mí recitar en antena…Pero hoy quería recordar otro soneto, que habla de la sensibilidad, la inspiración y el afecto de los oyentes. Y de la huella que, sin darnos cuenta, deja a veces nuestra voz. Era en un Buenos días que hicimos en Alcañiz, imponente villa turolense. Allí nos escuchó Darío Vidal. Y este fue el soneto que nos dedicó

Para los artífices de Buenos días

Tropa aguerrida, abigarrada gente,

muchachada feliz, tuna de locos

que tanto gozo dais, siendo tan pocos,

con palabra ya dulce o maldiciente:

que el pueblo y Dios vuestra ventura aumente

por hacernos sentir ramas del tronco

de la ancha España, aunque, con odio bronco,

la mentira y la llama a arderla tiente.

Juglares sabios, gaya cofradía,

senado culto, liza dislocada

que traéis, de las seis al mediodía,

el ingenio y el verbo a la mañana,

como hogaza de pan, ya bendecida,

en un “Buenos días” transmutada

Está firmado el 26 de septiembre de 2002. Gracias, Darío. Te hago justicia tarde, pero afortunadamente para ti, y aunque el bueno de García me eche de menos, ya no destrozo sonetos en la radio.

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Latre y muy señor mío

Carlos Latre

Desde que en los años ochenta nació La verbena de la Moncloa, rara ha sido la cadena radiofónica que no haya criado su cuadra de imitadores. Algunos son imitadores de imitadores, pero sólo con el tiempo distingues al Rolex del Trolex que fabrican los chinos. Dentro de esta subespecie del humorista hay que separar a los que únicamente reproducen la voz de los que, a partir de una atinada impostación, recrean o crean de la nada un personaje. De todos ellos, el más exuberante, genial y sorprendente es Carlos Latre, un artistazo tan sencillo, accesible y encantador que ni siquiera parece famoso. Confieso que no sigo a muchos de sus grandes freaks, pero es tanto lo que añade el ingenio de Latre a los Chiquitos, Cañitas, Carlos Jesús y demás tropa, que el imitado queda en nada frente a su caricatura. He compartido con Latre en El navegador muchas tardes de viernes. El entraba desde Barcelona y, como nos veíamos, yo creía que mis personajes hablaban con los auténticos Boris Yzaguirre, Arturo Fernández y, sobre todo, Eduard Punset, sencillamente perfecto, y, hoy por hoy, mi caricatura favorita. ¿Dónde está la magia de Carlos?: en un extraño poder para explorar al personaje y no sólo raptarle el alma, sino inventarle el lenguaje exacto que ni el imitado mejoraría. A eso, además de vis cómica, se le llama intuición, inteligencia, cultura antropológica y desparpajo. Lleva dentro todo el tinglado de la vieja y la nueva farsa. Es un genio, y un ingenio, de Latre y muy señor mío.

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Como vaca sin cencerro

Vaca sin cencerro

Debería citar a la autora de la frase, una castellano manchega cuyo nombre se me confunde entre tantos comentarios bondadosos. Se la quiero agradecer. No sólo por lo que significa, sino por el regalo que supone para mi tesoro de dichos populares, que tanto me gusta y que alimenta a los muñecos del Duende. Dice esta amiga que con nuestra marcha se queda como vaca sin cencerro… La radio nos surte de referencias que, como al perrito con el que experimentó Paulov, desatan los reflejos condicionados. Si suena Julio César Iglesias, esto es RNE. Si está Carlos Latre, hoy es viernes. Si dialogan Olga Viza, Capitán y García, es por la mañana. Si habla Fernando Argenta, levitaremos después con la música del viejo Peluca o del sordo de Bonn. Si imparte cátedra Arturo Reverter -qué sabiduría- ésto es Ars Canendi, de RADIO CLÁSICA. Si el maestro Manuel Alcántara suelta su comentario, es que se está cerrando la semana de El Navegador…Los sonidos gratos nos cosen al lugar y al momento donde los escuchamos. Yo lo llamo el efecto imperdible. Ahora alguna vaca lo echa de menos como si hubiera perdido el cencerro. Y me da pena, pero más me da ese pobre cencerro que, sin su querida vaca, yace en silencio.

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