Le conocían los clientes del Rincón del arte nuevo, un local del Madrid de los Austrias donde se pagaba las copas cantando tangos y haciendo voces . También le conocía yo, o al menos eso me recordó él cuando por primera vez nos vimos las caras en la radio. ¿No te acuerdas cuando nos presentaste la campaña del INH?-me dijo. Y es que ambos veníamos de otros oficios fronterizos, él en el departamento de Marketing del Instituto Nacional de Hidrocarburos, yo en mi agencia de publicidad, que llamó a su puerta para escuchar eso tan habitual de lo suyo muy bien, muy creativo, gracias, pero la campaña se la damos a una multinacional. Esta vez no había publicidad por medio, estaba sólo la radio y Julio César desde el estudio atizando la osadía de los aspirantes a duendes de la radio. Si sabe usted hacer buena imitaciones, llámenos, fue su propuesta. Y de repente llamó Felipe González, o no, no era Felipe, que era un tal Javier Capitán que bordaba el discurso felipista en la forma y en el fondo. Y a mí me encendió la bombilla: ya no tendría que debatir un Fraga con un Felipe que salían de mi chistera, seríamos dos en el mismo empeño. Y así empezamos: una cita nocturna los jueves por la noche, primero media hora, luego una hora, más tarde una hora y media, y finalmente dos. En medio, la gran apuesta de Julio César Iglesias, lo que realmente marcó la diferencia entre La verbena de la Moncloa y todos los demás programas de imitadores al uso: enfrentar a nuestra dislocada realidad virtual con los políticos de verdad, el original y su caricatura vis a vis, ¿quién da más? Primeros espadas del ruedo de entonces, como Carrillo, Solana, Marcelino Oreja, Guerra, Pujol, Rodríguez Sahagún, Leopoldo Calvo Sotelo, Narçis Serra, Fraga y hasta el mismo Aznar tuvieron que lidiar con su sosias radiofónico, al mal tiempo buena cara, que al fin y al cabo aquello iba de coña, y sus asesores les dicen que el sentido del humor, aunque a veces toque las pelotas, da votos. Había adictos a aquella verbena que tenían que acostarse temprano y ponían el despertador a la una de la noche para escucharnos. Otros oyentes creían que los políticos esnifaban demasiado. Os escuché anoche -me confesaron una vez- y me descojoné con vuestras imitaciones, el único que no os sale demasiado bien es Leopoldo Calvo Sotelo. No sabía que el Calvo Sotelo de aquélla noche era el genuino, que había sido nuestro invitado. Fueron verbenas inolvidables, noches de insomnio, desmadre y carcajadas, allí nacieron Braulio, Esmeralda Clamores y el Poldo Mix (ya lo explicaré otro día). Y por ese invento en el que nunca nadie escribió un guión nos dieron a Julio César, a Javier y al Duende que les habla el Premio Ondas 1990. ¿Había mejor premio que lo que nos reíamos haciéndolo?…
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