(Foto de Minusbaby, algunos derechos reservados)
Dice mi amiga doña María que una de las primeras enseñanzas de la polémica Educación para la Ciudadanía debería ser que la felicidad es mu correlativa. Para ella, lo correlativo no es sino lo relativo dicho más finamente. No hay por qué reprochárselo, lo enuncia así mucha gente. Pero vayamos al meollo de la cuestión. Si nos criamos en la creencia de que existe la felicidad absoluta, mal vamos. Se vive en un perpetuo sinvivir, porque ésta tarda en aparecer, y mucho más en asentarse. Hasta que nos damos cuenta de que, salvo para los místicos, los simples o los mentecatos, no existe. La propia filósofa de los Arándanos ha desarrollado una teoría alternativa, que, simplificando, sustituye la utopía por una suma de pequeñas felicidades. Esta puede concentrar en un día un paseo con su nieta por el parque, cortar unas rosas furtivamente, ponerlas en un florero sobre su coqueta, una comedia de Arturo Fernández por la tele, una merienda con amigas en una cafetería -con curasán plancha, claro- y dormir sin que, milagrosamente, su Manolo ronque como un terremoto 6 en la escala Richter. Nada inalcanzable para la mayoría de los españoles. Ha tenido que rendirle pleitesía el Duende cuando esta mañana, cosa rara en él, normalmente poco hedonista, se le ha ocurrido cortar unas rebanadas de pan moreno de cereales. Las ha tostado, rociado con unas gotas de aceite y sal y untado muy ligeramente con mermelada de naranja amarga. Y luego, sentado frente a un ventanal desde donde divisaba el horizonte de Madrid al amanecer, se las ha desayunado con un café caliente. Qué sencillo, qué delicioso momento. Lo de mezclar en una tostada aceite con naranja fue una recomendación de su amiga Soledad, una cortijera antequerana de muy sanas costumbres. Un día le contó que antaño, cuando los olivareros cosechaban la aceituna, su desayuno consistía en pan con aceite y unas gotas de naranja exprimida, otro lujo de la naturaleza que los países cálidos disfrutamos en invierno. Soledad tiene unos ojos azules de elegante melancolía, y es sobrina del gran José Antonio Muñoz Rojas, autor de esa obra maestra de prosa poética que se llama Las cosas del campo. La evocación partía sólo de unas tostadas de pan moreno con aceite, pero a partir de ellas trepó el Duende por la vista de Madrid amaneciendo, los ojos de la dama, la poesía de su tío y el encanto de las cosas del campo. Y en este tempero germinó algo de la felicidad posible. Pobre Schopenhauer, tan huero de esperanza, tan pesimista él. Se ve que no desayunaba nunca como aconsejan los sabios.
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