Archivos para 29 septiembre 2007

Tostadas con felicidad

Café con tostada

 (Foto de Minusbaby, algunos derechos reservados)

Dice mi amiga doña María que una de las primeras enseñanzas de la polémica Educación para la Ciudadanía debería ser que la felicidad es mu correlativa. Para ella, lo correlativo no es sino lo relativo dicho más finamente. No hay por qué reprochárselo, lo enuncia así mucha gente. Pero vayamos al meollo de la cuestión. Si nos criamos en la creencia de que existe la felicidad absoluta, mal vamos. Se vive en un perpetuo sinvivir, porque ésta tarda en aparecer, y mucho más en asentarse. Hasta que nos damos cuenta de que, salvo para los místicos, los simples o los mentecatos, no existe. La propia filósofa de los Arándanos ha desarrollado una teoría alternativa, que, simplificando, sustituye la utopía por una suma de pequeñas felicidades. Esta puede concentrar en un día un paseo con su nieta por el parque, cortar unas rosas furtivamente, ponerlas en un florero sobre su coqueta, una comedia de Arturo Fernández por la tele, una merienda con amigas en una cafetería -con curasán plancha, claro- y dormir sin que, milagrosamente, su Manolo ronque como un terremoto 6 en la escala Richter. Nada inalcanzable para la mayoría de los españoles. Ha tenido que rendirle pleitesía el Duende cuando esta mañana, cosa rara en él, normalmente poco hedonista, se le ha ocurrido cortar unas rebanadas de pan moreno de cereales. Las ha tostado, rociado con unas gotas de aceite y sal y untado muy ligeramente con mermelada de naranja amarga. Y luego, sentado frente a un ventanal desde donde divisaba el horizonte de Madrid al amanecer, se las ha desayunado con un café caliente. Qué sencillo, qué delicioso momento. Lo de mezclar en una tostada aceite con naranja fue una recomendación de su amiga Soledad, una cortijera antequerana de muy sanas costumbres. Un día le contó que antaño, cuando los olivareros cosechaban la aceituna, su desayuno consistía en pan con aceite y unas gotas de naranja exprimida, otro lujo de la naturaleza que los países cálidos disfrutamos en invierno. Soledad tiene unos ojos azules de elegante melancolía, y es sobrina del gran José Antonio Muñoz Rojas, autor de esa obra maestra de prosa poética que se llama Las cosas del campo. La evocación partía sólo de unas tostadas de pan moreno con aceite, pero a partir de ellas trepó el Duende por la vista de Madrid amaneciendo, los ojos de la dama, la poesía de su tío y el encanto de las cosas del campo. Y en este tempero germinó algo de la felicidad posible. Pobre Schopenhauer, tan huero de esperanza, tan pesimista él. Se ve que no desayunaba nunca como aconsejan los sabios.

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Otras voces, otros ámbitos

Carlos latre chica

Qué bien queda una buena guarnición junto a un solomillo. O la faena de naturales canónicos -la muleta bien adelantada, recibiendo de frente al toro y abriendo el compás- si luego el maestro la remata con adornos vistosos. Lo esencial se complementa con irrelevante. Hasta el propio Mozart, capaz de producir algo tan sobrecogedor como el introito de su Réquiem, escribió también varios divertimentos. Y exhalaban talento extraordinario tanto su música más trascendente como la más desopilante. Al sonido de la radio le debe de pasar lo mismo. Lo abanderan sus grandes presentadores, como Juan Ramón Lucas, Carlos Herrera, Carlos Francino, Luis del Olmo, Federico Jiménez Losantos, Concha García Campoy, María Teresa Campos, Tony Garrido, Pepa Fernández, Gemma Nierga. Perdón si me dejo alguno. En general, y con más o menos poder de seducción, tratan de contarnos lo que pasa y, de paso, arreglar el mundo. Y luego vienen -en ocasiones venimos- los que no deshacen ningún entuerto, pero a veces entretienen y provocan la sonrisa. La nueva directiva del RNE no parecía tener aprecio por los llamados imitadores, pero en el programa de Juan Ramón Lucas ya se ha abierto paso Dani, un joven leonés muy dotado para estos menesteres. Juan Carlos Ortega, hace doblete: en la SER con Gemma Nierga, y en los fines de semana dando vida a su genial Gustavo en Hoy no es un día cualquiera de RNE. Francino no hace mucho por la sonrisa. Ahora mismo no recuerdo ninguna voz en su programa que me alegre la vida. Del Grupo Risa de la COPE lo que menos me gusta es su nombre y el sonido de su presentación, pero la voz de Oscar (el Zapatero que engañó a Evo Morales) es una joya. Yo desde que no debo fidelidad a ninguna radio divido el dial entre Onda Cero y la SER, para sacar una media ponderada de lo que debe de ser el país en el que vivo. La curiosidad y el morbo me lleva de vez en cuando a escuchar a Jiménez Losantos, y la publicidad -ninguna tan ñoña como la del Corte Inglés-me hace emigrar a RNE cuando quedan cinco minutos para los informativos. El programa que más le gusta ahora al Duende es sin duda Herrera en la onda, aunque, debo criticar también lo sobrado que a veces se le escucha al amigo Carlos. Más lo va a estar ahora, que ha integrado al gran Carlos Latre en su cuadra de estrellas. Se le escuchó el jueves, aunque no se si se prodigará más días. Le pedían al Duende insistentemente que informara del destino de las voces que fueron sus compañeras. Pues bueno, ahí tienen la buena noticia: Carlos Latre ha parado su carro de títeres en Onda Cero. Sigue siendo muy gracioso, a veces genial. Pero a uno desde fuera ya no le suena igual. Como titulaba Truman Capote, son Otras voces, otros ámbitos.

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Padre nuestro, que estás en el pendrive…

Pendrive Solbes

¿Se acuerdan de la ceremonia de la presentación de los presupuestos en el Congreso? Iba el ministro de Hacienda de turno, se bajaba de una furgoneta, abría sus puertas traseras y mostraba un montón de libracos que contenían, departamento por departamento, los números previstos. Era la foto más proletaria de un miembro del gobierno, porque en ese momento en lugar de ministro podía ser el transportista de un notario que trasladaba su protocolo. Las ciencias adelantan que es una barbaridad. Ayer Solbes posaba junto a sus edecanes con unas cuentas que reparten aún más millones. Pero en lugar de un furgón, cabían todas en ese adminículo llamado pendrive que el señor Vicepresidente Económico sacó de una cajita y mostró sonriente al fotógrafo. Tantísimos números en treinta gramos de hardware, el pastón que necesita un país de cuarenta millones de ciudadanos en el bolsillo del abuelito de Heidi, como con humor se definió el sesudo don Pedro. El tío Jacinto, un campesino con boina y cachava pero con alma de hidalgo y lengua de poeta rural, que fue uno de los maestros de pensamiento del Duende, hubiera dicho santa Coloma parió por un deo, y no me lo creo. El tío Jacinto aún usaba la trilla cuando Armstrong pisó la luna, y no se terminaba de creer que aquellas imágenes que con tanto entusiasmo comentaba Cirilo Rodríguez no fueran un montaje. Uno no sabe qué resulta más difícil de creer, si el hombre en la luna o la ley más importante del año y las cuentas de las que dependen tantas vidas concentradas en un ingenio que abulta lo que un cortaúñas. Tanto cuando eran miles de folios, como ahora, que se posan en invisibles bytes, la pregunta del Duende, era y es la misma: ¿dónde está mi parte del queso? ¿Qué se lleva la boquita de mis nietas? ¿Cuánto el cuidado mi pobre tía víctima del Alzheimer? ¿Cabrá ahí la pensión de la viuda del tío Jacinto?…El sueño de millones de españoles es que ese pendrive, a través de pensiones, subvenciones o servicios gratuitos, nos resuelva todo. Queremos y aspiramos a que el estado del bienestar sea siempre la vaca ubérrima que nos prometen los políticos. Es más, el año que viene pediremos que la traigan al portal, que la ordeñe un funcionario y que nos suba la leche a casa ya pasteurizada y sin haber derramado una gota por la escalera. Todos queremos más, y también que nos lo curren los demás. Aunque posiblemente la auténtica medida de la felicidad no es depender de nadie, sino poder prescindir de casi todo. El Duende envidia a los pájaros del cielo y a los lirios del campo que invocaba san Mateo para que no nos obsesionemos por el alimento ni por el vestido. Lástima que ahora el Dios protector no está en los cielos, sino el pendrive de Solbes.

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Paletos urbi et orbi

Zapatero y Aznar

Se lee a menudo en cualquier periódico como noticia curiosa: un candidato a guardia municipal de Socuéllamos, un suponer, debe saber la clasificación de los insectos, el lugar de nacimiento del Greco, qué es la Trilateral, y el nombre del último premio Nobel de literatura. No se sabe qué tiene que ver eso con sus aptitudes como agente, pero ese tipo de oposiciones se prodigan, quizás por el deseo de filtrar a lo bestia o por el de garantizar un cuerpo intelectualmente presentable. Por cierto, también es casi seguro que les pongan como tema las expresiones de cortesía habituales en inglés y francés. Sin embargo un partido político elige a su candidato para la presidencia de gobierno sin tener en cuenta para nada ni sus conocimientos de la Enciclopedia Alvarez ni sus idiomas, y resulta que España lanza a sus primeros ejecutivos a hacer política exterior sin que éstos sepan lo que cualquier viajero de metro maneja cuando se le acerca un guiri y le pregunta por la Cibeles, la Giralda o la fuente de Canaletas. ¿Supone eso que Zapatero, Aznar y Suárez, acaso los menos dotados de nuestros presidentes democráticos en materia de lenguas extranjeras, hayan resultado incapaces? Supone, más bien que se valora sobre todo el oportunismo de la candidatura para ganar a corto plazo el aplauso del tendido, imaginando quizás que ya tendrán tiempo cuando sean presidentes para superar su asignatura pendiente. Aunque luego, con el juguete del poder en las manos, se dediquen a otras cosas más divertidas y más rentables electoralmente. Poco antes de las últimas elecciones generales el Duende escuchó a un curtido político decir que la política exterior le importa un bledo al personal. Quien así se expresaba era Santiago Carrillo, tertuliano de la SER, mostrando el desencanto de que la creciente impopularidad de la guerra de Irak no se reflejara en una encuestas que, pese a todo, seguían dando ganador al PP. Más sabe el diablo por viejo que por diablo. La única proclama de política exterior que el pueblo entiende es el antiamericanismo, quizás porque los yankis enterrados en nuestro solar eran turistas, y no soldados como los que abarrotan los cementerios de Normandía. Fuera de eso, tanto le da que en Europa nos inclinemos por el eje Paris-Berlín o que en el conflicto del Sahara le hagamos gorgoritos al monarca alhauita y pedorretas a la república de Argelia. Mientras en casa funcione el panem et circenses, la espita presupuestaria y la mamandurria, estaremos encantados de quedarnos a las puertas del G 7. Nadie cree que un very well, Manuel de ZP en la Cumbre del Clima aumente el peso de España en el mundo. Simplemente es una cuestión de estética y de corrección política. Con tanta retórica vacua y pastelera como exhiben en sus discursos, no se entiende que luego nuestros presidentes aparezcan ante las cámaras de televisión de todo el mundo muditos en varios idiomas. Igual que paletos urbi et orbi. Menos paddle y baloncesto entre amiguetes y más idiomas. Que a un presidente de gobierno hay que exigirle al menos tanto como al guardia municipal de Socuéllamos.

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Los que no iremos a la guerra

Soldado espanol

Hay una novela de Wenceslao Fernández Flórez que se titulaba Los que no fuimos a la guerra. Era la que entonces se llamó la Gran Guerra, que luego se quedaría chica. Y los españoles no fuimos a esa guerra. La novela está bañada en humor agridulce, como todas las de este autor que al Duende en particular le gustaba mucho. Se le etiquetó como costumbrista de derechas, qué le vamos a hacer. Hoy escribiría Los que no iremos a la guerra, porque la guerra en España es algo que sólo queda en la historia y en la agenda de algunos países desalmados que no se toman en serio eso de la Alianza de Civilizaciones. No es nuestro caso. La generación del Duende fue una degeneración. Nos educaron en la idea de que la guerra es una enfermedad social consustancial al hombre. Jugábamos a indios contra vaqueros y policías y ladrones, los Reyes Magos nos traían escopetas de pistones, arcos, flechas con ventosa y puñales de goma. Nadie nos miraba como monstruos en ciernes. Íbamos al cine y aplaudíamos a los americanos y a los aliados en Guadalcanal, Fuego en la nieve, Objetivo Birmania, Los diablos de las colinas de acero, El día más largo, Los cañones de Navarone, La gran evasiónNuestro tebeo favorito era Hazañas bélicas, con dibujos magistrales de un tal Boixcar que, eso sí, pintaba igual a todos los soldados, salvo a los japos. También seguíamos, vaya por Dios, a Roberto Alcázar y Pedrín, que según una leyenda urbana eran fascistas camuflados. Y nosotros, ingenuos, creyendo que eran buenas personas. Paradójicamente el cine que tan ávidamente devorábamos apenas manaba sangre. Veíamos caer a los vaqueros de sus monturas, pero nunca la secuencia del tiro penetrando en la piel y la sangre brotando de su herida. La primera película que ofreció tal novedad técnica fue en 1969 Grupo Salvaje, de Sam Peckimpah, y a partir de entonces cuanta más violencia, más explosiones, más salvajadas, más vísceras volando y más hemoglobina, más éxito en taquillas. En la calle se apalean las pandillas, los porteros de discotecas discriminan y canean al que no les gusta, la kale borroka sale a potear y aprovecha para quemar autobuses, y si por casualidad se te ocurre llamar la atención a un conductor que no se detuvo en un paso de cebra corres el peligro de que eche mano al gato mecánico y te aplique un correctivo, por provocador. A pesar de que son mayoría los educados con palabras miríficas y juguetes didácticos. Violencia hay, pero la guerra no cabe en el ideario de Alicio en el país de las maravillas. Al desdichado Santiago Matamoros lo retiraron de la Catedral de Santiago para no molestar al Islam, y nuestros soldados sólo van con armas a una misión de paz. Porque todo el mundo es bueno: no cabe ninguna visión perversa del hombre. El estado del bienestar y el idealismo extremo de nuestros gobernantes ha decidido que al pueblo ni asustarle recordando que hay malas personas. Nos han acostumbrado a tener la mula y los mil educados, o, como dice mi amigo Luis Blasco, el sueldo del general y la verga del teniente. Que ya no son guerreros, por cierto, sino humanistas vestidos de kaki. Uno recuerda una dramática canción que aún sonaba en su infancia: En el Barranco del Lobo/ hay una gente que mana/ sangre de los españoles! que murieron por la patria…Pobrecitas madres/ cuánto llorarán/ al ver que sus hijos/ en la guerra están…Por una parte se me saltaban las lágrimas imaginándolas, quizás sólo consoladas por saber que al menos serían madres de héroes. Por otra, agradecía que sus hijos soldados murieron por defender algo. Ahora ya no hay guerras, ni fuentes que manan sangre. Hoy lloran otras madres, pero como las de los moteros que se estrellan un fin de semana. Estos últimos quizás fueran de merienda, pero, al cabo, también eso debe de ser misión de paz.

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Todo el mundo es encantador

Rodriguez Sahagun

Muchas gracias por atendernos tan amablemente, don Fulanito. Gracias a ustedes. Es el juego de cortesías habituales en las entrevistas. En las que luego se plasman por escrito se nota menos, pero en la tele y en la radio, no falla: el que es teóricamente molestado, porque le roban algo de su valioso tiempo, está encantado. Y da las gracias porque para él no existe el de nada. Quien tiene voz y púlpito, tiene parroquia: nadie es tan tonto como para no darse cuenta de que es un privilegio hablar por cualquier altavoz que llegue a multitudes. A lo largo de su carrera radiofónica al Duende le han preguntado muchas veces cómo reaccionaban los múltiples personajes que desfilaron por los diversos programas en los que era habitual, como guinda de la tarta, enfrentarles a sus propias caricaturas. Un buen psicólogo elaboraría todo un catálogo de idiosincrasias a partir de sus reacciones que, generalmente amables y complacientes, admiten matices. Estamos hablando de personajes de carácter, con muchas entrevistas en su biografía, con cintura y recursos dialécticos sobrados, arrojo para arrimarse al toro y habilidad para no salir empitonado del encuentro. Estamos hablando de Fraga, Carrillo, Nicolás Redondo, Aznar, Zapatero, Caldera, Rajoy, Almunia, Marcelino Oreja, Bono, Solana, Rubalcaba, Marín, Calvo Sotelo, Antonio Gala, Llamazares, Moratinos, Solbes, el ministro Alonso, el ex ministro Jordi Sevilla, las ex ministras Rodríguez, Sansegundo, del Palacio, sindicalistas como Méndez, Frutos, Fidalgo, actores como Sacristán, Nancho Novo, Arturo Fernández, Lina Morgan, Juan Diego, Echanove, Landa, Ozores, Miguel Angel Sola, Carlos Iglesias…Cineastas como Borau, Berlanga, Mercero, Moncho Armendáriz…Y Sabina, y Serrat, y Miguel Ríos, y Ana Belén, y Víctor Manuel...Deportistas como Clemente, Del Bosque, Germán Burgos, Roberto Carlos, Manzano…Y muchos más que no recuerdo ahora. Pasaron casi todos, y a todos o se les parodiaba o se les soltaba las amables pullas que corresponden a los duendes de la radio. De ellos, sólo uno se mosqueó con nosotros, quizás molesto porque nos luciéramos a su costa cuando en su oficio es siempre el actor el que brilla. Unos colaboraron activamente, involucrándose en la farsa, otros no entendían nada, pero procuraban no desentonar, otros como Julio Anguita se reían de las parodias ajenas, pero no perdían ocasión de encarnarse a sí mismos para vender su moralina con cualquier pretexto. Y otros, como el muy añorado alcalde de Madrid y ministro Agustín Rodríguez Sahagún, al que el Duende parodió implacable, aparentaba disfrutar tanto con nosotros que hasta nos invitaba a perfeccionar su caricatura. Los que imitáis hacéis que la gente nos mire con más cariño-nos vino a decir- porque la caricatura humaniza al personaje. No se si llegamos a tanto, lejojs de mí el afán de protagonijsmo, como diría mi Pepe Bono de cabecera. El verdadero bálsamo de Fierabrás no lo tenemos los duendes, sino el omnímodo poder de los medios de comunicación. Gracias al cual, aunque la cortesía no está de moda, todo el mundo es encantador, amigable y educadísimo ante un micrófono y una cámara.. Excepto Pepe Rubianes, claro. Ah, y muchas gracias por haberme leído hasta aquí.

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Septiembre y el otoño amable

Marina nieta

La vida del Duende -como la de muchos, supongo-podría dividirse entre los años de septiembres ominosos y los de septiembres dorados. Antes de que en los Juegos Olímpicos de Munich irrumpiera un siniestro comando terrorista llamado Septiembre Negro y le sellara con el estigma de nefasto, este mes ya era sombrío para las muchachas en flor y los chavales de bigote incipiente . Se acababa el verano, se iba la chica con la que cantábamos a la guitarra en las noches estrelladas de agosto y, para colmo, pendía del cielo la amenaza de las asignaturas pendientes que podría caer y guillotinar los recuerdos azucarados de las vacaciones. Se acortaban los días, se alejaban los baños en el mar o en los ríos, descargaban, atronadoras, las tormentas. Por si ésto fuera poco, no se si Nicola di Bari, Nico Fidenco o uno de esos cantaba melancoliiii, en septiembreeee, eso sólo me quedó de tiii…Y nos despedíamos: ¿volvería ella el próximo verano? ¿Conocería a un chico con Mobylette o con Velosolex? ¿Se echaría novio?…Los inviernos eran larguísimos, y con tanto tiempo en el territorio hostil que era la ciudad podía pasar de todo. Yo odiaba septiembre. Nunca se evaporó del todo la pesadilla, porque aún hoy -consúltese a Freud- sueño a menudo que me tengo que examinar de alguna asignatura pendiente. Pero desde que el Duende es mayor y transita por el terreno de lo consciente, ve el final del verano y el suave aterrizaje del otoño como una liberación y un abrazo balsámico. Se que lo popular es el sol y el calor, los largos días y la vida al aire libre. Y lo entiendo en los países del norte, donde sufren inviernos que son cárceles oscuras y temperaturas que flagelan hasta el alma. Sin embargo cuento los días que debo ponerme abrigo para pasear y aquellos otros en los que salgo a cuerpo y advierto que vivo en un perpetuo verano sólo atemperado por otoños e inviernos francamente cordiales. Cuando del tercio norte para el sur de la península llueve de verdad -no muchos días, observe y lleve la cuenta- suele decir el Duende que llueve como en las películas. Quizás por eso siempre he encontrado en el frío y en la lluvia un aura de fascinación y misterio que no me ofrece a cambio el sartenazo del verano mediterráneo. Me congratuló mucho saber que Luis Buñuel, como cuenta su libro de memorias El último suspiro, era de la misma opinión. También mi colega Javier Capitán, es de estas rara especie de los enemigos del calor. Sin caer el exceso del romanticismo facilón que propicia la estación otoñal recién llegada, debo confesar que llevo dos días de campo entre soles, nubes y chaparrones y me han parecido una delicia. Ver como la naturaleza, aún con el tono crepuscular que impone la caída de la hoja, se recupera poco a poco del lanzallamas del verano meridional esponja el alma. Se vuelve a percibir el aroma de la tierra mojada, rebrota el pasto, el astro rey se retira a una hora prudente. Entretanto van cayendo de su árbol higos, avellanas y castañas. Paseaba el Duende con su nieta Marina y se las dio a probar, todo un descubrimiento cuando se tienen dos años A la niña le gustaron, y sonreía mientras repetía castañas, castañas. Por Candeleda celebran en noviembre las moragás, donde la gente las recoge y las come después de cocerlas con una flor silvestre llamada nieta. Supongo que les da un sabor anisado y agradable. El Duende se anticipó a la fiesta, y con su nieta propia, que es la rubita de la foto,  las castañas le sabían más a gloria. Para que luego digan que septiembre y el otoño son tristones.

Paisajes con corazón (1)

Posada de la Lola

Como no es político, no tendrá que decir el Duende el tópico aquel de que España es maravillosa. Como además es un observador, debe añadir sin embargo que España es maravillosa. Lo cierto es que el país y la nación son como son. No conozco a ningún paisano que no crea que lo suyo es siempre lo mejor, de manera que el discurso obligado del que quiere contar con votos, ya sea en Bollullos, Bubierca o Torrecilla de la Tiesa es dar jabón y proclamar que nada en el mundo como esa bendición del cielo que Dios puso precisamente ahí. No suele ser cierto, pero es una norma social de aconsejable cumplimiento. Hay un refrán muy escatológico, pero riguroso, que dice que a nadie le huelen sus peos, ni le parecen sus hijos feos. Versión ordinaria del orgullo, que nunca sabré si es virtud o defecto. La cosa es que, tan cierto como que todos los cuescos son malolientes, lo es que no todos los hijos son guapos, sobre todo los ajenos. Dejando a un lado el factor humano, que en mi opinión, con sus claros y sombras, es muy similar aquí y en la Cochinchina, España es un escenario magnífico, un mosaico de paisajes poderosamente atractivos que fascinan por su variedad y su contraste. Quizás el secreto es su luz, bendita luz del sol que, según sople el viento, añade brillo y transparencia a nuestras costas, montañas, bosques, prados, labrantíos y hasta desiertos. De todo tenemos en nuestro solar. Gracias en buena parte a la radio ha paseado el Duende, con más o menos detenimiento, por toda España. Y en todas y cada una de sus provincias ha descubierto al menos un rincón donde pensaba lo mismo que usted tantas veces desde su coche o en la ventanilla del tren: aquí me quedaba a vivir yo. Prefiere el Duende lo rural a lo urbano, y cree que hubiera sido más feliz en un bonito pueblo o en una ciudad pequeña que en la metrópoli. Pero necesitaría vivir mil veces para desarrollar los otros tantas vidas alternativas soñadas en el paisaje español. Una de ellos está en el Somontano oscense, cabe la sierra de Guara. Ahí hay un pueblo llamado Alquézar que permanece anclado en la dignidad de tiempos pasados merced a la firmeza de un alcalde llamado Mariano, que no concede una licencia si el proyecto no es fiel a la arquitectura que corona, inapelable, su imponente castillo-colegiata. Resume el proceso de una de sus licencias en cuatro fases: primera, propuesta ambiciosa de un vecino. Segunda, contrapropuesta del ayuntamiento acomodando materiales y diseños a la estética de Alquézar. Tercero, el vecino traga y no le saluda durante dos años. Cuarto, el vecino le invita a una copa porque han venido sus familiares de la capital y le han dicho, enhorabuena, Pepe, qué buen gusto tenéis en este pueblo pa las obras. Anduvo por allí el Duende hace unos meses, recorriendo los espectaculares cañones de esa sierra prepirenaica y haciendo senderismo por pueblos como Nasarre. Nasarre es una aldea abandonado que espera la consumación de los siglos en soledad. Tiene una diminuta iglesia románica en la que el Duende pensó por un momento hacerse monje y apartarse del mundanal ruido. Pero el Duende no es san Jerónimo, y como la carne es débil acabó en la Posada de la Lola, regentada por un amigo de las ondas que se apellida Fernández y se llama Miguel Angel. Me dio de comer como a un príncipe, y aunque no pudo sentarse conmigo, porque tenía que atender a otras mesas, se me acercaba de cuando en cuando. Me he reído tanto escuchándote en la radio que eres como de mi familia, me dijo. Y añadió: tú ven aquí cuando quieras, porque las puertas de esta casa siempre las tendrás abiertas. Aproveché los descansos entre plato y plato para escribir algo, y me salió un soneto que dediqué al Ángel del Somontano y que le dejé  sobre la mesa cómo único pago de una cuenta que se negó a cobrar. Porque, como decía, el rostro de España es maravilloso, pero la vista interior de algunos corazones a veces deja en poco la hermosura de su paisaje.

La nueva milésima de segundo

Prohibido claxon

Nunca entendió el Duende aquella definición del metro como la diezmillonésima parte del cuadrante del meridiano terrestre. En primer lugar le costaba creer que alguien se hubiera recorrido el lado del cuadrante del meridiano, con lo fatigosa que debía de ser la excursión. Tampoco entendía cómo se podía hacer la medición si aún estaba por definir la unidad de medida, que era el metro. ¿Cómo se sabría entonces lo que medía el cuadrante para dividirlo después por diez millones? Imaginaba pues que en realidad el metro era un perfecto círculo vicioso propio de los arcanos de la ciencia, que unas veces es infusa, otras difusa y muchas más simplemente confusa. Personalmente, tenía mucho más claro que el metro era esa barra cuadrada de madera, dividida en cien rayitas, que Ramón el de la pañería utilizaba para despachar a mi madre la pana para nuestros pantalones. Desde entonces, casi todas las unidades de medida son para el Duende o nebulosas o agujeros negros. Ayer hablaba de un byte, pero si le pusieran al lado del byte una cavea, un megahercio, un celemín, un galón, un amperio y un camaleón, sólo distinguiría al reptil. Y eso si no se colorea de amperio. De todas formas la relatividad de Einstein sirve para casi todo, y disculpa a esta civilización tan histéricamente exacta de algunos errores capitales. Muchos años después de escuchar la primera definición del metro leí un libro titulado La medida de todas cosas que cuenta la aventura imposible de dos científicos franceses, Delambre y Mechain, empeñados en medir el tramo del meridiano de Greenwich que va desde Dunkerke a Barcelona. Uno iba tomando sus medidas del sur al norte, y el otro en dirección opuesta. Pero uno de los dos se equivocó, y aunque el otro lo descubrió a tiempo no venteó el patinazo por no estropear lo que se consideraba un hito de la ciencia moderna. O sea, que lo de que Pau Gassol es más alto que el Duende sólo es relativamente cierto, porque nadie sabe exactamente lo que medimos. Y las apariencias engañan a menudo. Con la misma ligereza con que se consensuó el sistema métrico decimal, voy a proponer hoy una nueva definición de milésima de segundo, que es el tiempo que transcurre entre el momento en que el disco se pone verde y el hortera del coche de atrás nos suelta el primer bocinazo. La edad me está haciendo cada día menos indulgente con estos mal educados. Creo que diez bocinazos a destiempo deben de penalizarse con un par de puntos en el carnet de conducir. Y espero y deseo que la nueva asignatura de Educación para la Ciudadanía acabe con estos sátrapas del volante que no pueden perdonar ni un error, ni un despiste ni un leve retraso del automovilista que tienen delante y en cambio dan la tabarra con el claxon. Majaderos prepotentes. El relativismo del metro tenía algo de romántico, porque la ciencia nacida de la Revolución Francesa ni disponía del rayo laser ni de los satélites. Pero el absolutismo de los que han definido la milésima de segundo a bocinazos es simplemente eso: absolutismo producto de una pésima educación viaria. Señora ministra Mercedes Cabrera, inclúyalo en el programa de la asignatura, por favor. Y que los que apuntan a milésimos repitan curso.

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Yo quiero tener un blog tecnológico

Lapiz


Lección 1, cómo afilar la punta del lapicero. Gire éste en el agujero del ingenio llamado sacapuntas hasta que observe que la punta de grafito es tan fina como para escribir el nombre de su amante rusa en la miniagenda que le regaló el Banco Santander -no se haga ilusiones, se la habrán cobrado largamente en sus servicios- y se pueda leer y entender claramente. Lección 2, cómo seleccionar un pelapatatas. Llévese una patata de muestra a la ferretería y una bolsita para las mondas. No sea vergonzoso, de el paso y pruebe la herramienta in situ, porque los pelapatatas son muy engañosos: los hay muy sofisticados y caros con unas cuchillas penosas y los hay baratos y con aspecto pobretón que dejan la patata como el culito de un bebé. No haga el tonto y elija éste. Lección 3, cómo quitarle la camisa a un CD. Jopé, como decía el diestro lo que no puede ser no puede ser, y además es imposible. Sólo Fredy Kruger y Eduardo Manostijeras lo han conseguido con sus propias manos. Si no dispone más que de unas extremidades convencionales, provéase de un cutter fino y procure introducir el filo en una de las dos diminutas solapas que cierran el siniestro envase por el canto superior. Haga un leve movimiento de palanca hacia arriba y rece. ¿Se ha vencido la pertinaz resistencia de esta invención diabólica? Enhorabuena. Lección 4…¿Se habrá vuelto loco el Duende? ¿A qué viene esa exhibición de sofisticados conocimientos? Pues a que acaba de enterarse de que en Internet existen más de setenta y tres millones de bitácoras o blogs como éste que recorren sus ojos, y que a diario nacen ciento veinte mil más. Desolador. Como para esperar que a uno le toque una parte significativa de la tarta. Lo peor es que los blogs que arrasan son los llamados tecnológicos. Vaya por Dios, y el Duende que estudió letras, y nunca distinguió los watios de los voltios ni la termodinámica de la mecánica de fluidos. ¿Habrá internautas que sólo busquen información irrelevante, linimento para la soledad, una burbuja de reflexión, una compañía con la que charlar, una meditación sobre el amor, o un pequeño pretexto para la sonrisa? Qué peligrosa, la duda. Me dijeron que una bitácora era como un cuaderno personal. Pero me he mirado de cerca en el espejo y no he visto en mi cara ni un solo byte. Voy a tener que inventar la tecnología de la nada. O esperar a que la humanidad descubra cómo, a pesar de su vacío científico, el post nuestro de cada día es más importante que el acelerador de partículas.

Los cataplines de Durán Lleida

Durán Lleida

Los futbolistas está jodidos porque han perdido un partido, y Durán Lleida advierte de que no es bueno tocarse los cataplines entre políticos. Es el lenguaje de la calle. Y la hostia. Nunca ha sido España menos religiosa, pero paradójicamente del humilde peón al magnate más boyante hay una inmensa mayoría a la que no se le cae la hostia de la boca. Nos dan una hostia, Fernando Alonso y Pau Gassol son la hostia, este negocio es la hostia, la jefa está de mala hostia, no estoy para hostias. En el próximo Diccionario Reduccionista de la Lengua Española -debe de estar al caer-desaparecerán las exclamaciones atiza, cáspita, caramba, repámpanos, caray, carape, carambolas, caracoles, demonios, diantre, córcholis, y los giros no me digas, madre mía, santo cielo, no me lo creo, pero qué me dices, ¿de verdad?, etcétera para concentrarlo todo en una sola palabra, quizás mejor entre admiraciones: ¡hostia! Antes, los mismos futbolistas estaban fastidiados, o a lo sumo, cabreados. Ahora podrían estar preocupados, tristes, enfadados consigo mismos, molestos, deprimidos, irritados, mosqueados, indignados. Pero ganan millones a palas y en cuanto les sientan en el banquillo o palman el partido están jodidos. Puede ser cuestión de vagancia: si te haces entender en tres palabras, ¿para qué molestarse en hablar más? O de incultura propiciada por la polisemia de la que se van cargando palabras antes malsonantes, y ahora multifuncionales. O de falta de imaginación. O de comportamiento antidemocrático con el lenguaje. Lo que no deja de ser paradójico, pues si la democracia mejora y enriquece al pueblo, también debería lustrar su lenguaje, y no empobrecerlo hasta igualar a nobles y plebeyos, cultos e incultos y ricos y pobres en la misma miseria hablada. Los futbolistas nunca fueron Demóstenes, ahora, además de largar como arrieros, son imprudentes. Tal vez Quincoces y Di Stéfano se cagaran también en la prostituta madre del linier que metía la pata, pero entonces no había tele, y si la había no repetía cuatro veces a cámara lenta los movimientos de esos labios mal educados que inevitablemente ofenden a las buenas madres del colectivo arbitral. ¿Para cuándo una iniciativa parlamentaria de Zapatero proteja el honor de estas mujeres? No, el fútbol es el vomitorio del personal, y además mueve millones y narcotiza al pueblo. Al fútbol no me lo toca ni PRISA. Por eso, si los fubolistas estan jodidos, que se jodan, pero no les vamos a decir nada. Más grave es lo de Durán Lleida. Si él, que va de elegante, colecciona corbatas y pasa por ser un parlamentario fino toca ya los cataplines en su jerga habitual, es que la democracia también acaba igualándonos en lo peor. Y eso le tiene al Duende consternado. Perdón, quise decir simplemente jodido.

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El triunfador epicéntrico

Una vez escuchó el Duende que la inteligencia del hombre es directamente proporcional al tiempo al tiempo en que tardas en averiguar su trabajo. La premisa viene muy bien en esta época, en la que a todos nos encanta hablar de nosotros mismos. Supongo que el hombre es también su circunstancia, pero de ésta nada parece importar tanto a la sociedad de consumo como los términos en los que contribuyes a la economía del sistema. Uno puede ser estudioso de Nietzsche, catador de hierbas aromáticas, aficionado al alpinismo, traductor de Gogol, afinador de vihuelas o sexador de ornitorrincos. Puede incluso desarrollar cualquiera de esas facetas con un alto grado de excelencia. Pero si su actividad no inyecta valor añadido a la cadena de producción, en general no interesa. Esa deformación ha generado la figura del triunfador epicéntrico, ese palizas tan frecuente en cualquier reunión social que tiende a erigirse en eje en torno a la cual debemos orbitar todos, porque todos queremos que la sociedad vaya bien y este triunfador es una referencia. Más que eso, una bendición. Lo que él hace -ya sea política. banca, construcción, importación y exportación, o cualquier otro negocio que se traduzca en poder o dinero- es lo más importante. Lo demás somos los guisante de la paella. Este personaje puede resultar un coñazo, e incluso despreciable desde el punto de vista humano, pero es rentable: compra coches caros, viaja a hoteles de superlujo, exprime la tarjeta de crédito, le ovacionan cuando entra en las tiendas de moda, y se le cuadran los sommeliers de los resaurantes estrellados por la Guía Michelín porque saben que el Chateu Lafitte y el Pingus van a correr. Es rentable, ergo querido y jaleado por la sociedad, y no importa que no nos haga jamás puñetero caso, salvo que nos necesite para algo. Al final de la cena todos sabremos quién es, lo que manda, lo que gana y lo insignificantes que somos los que sólo tenemos la suerte de haberle escuchado. Puede que tú, por cortesía, te hayas interesado por su actividad, e incluso elogiado sus éxitos. A lo mejor incluso te da las gracias y te sonríe, porque suele ser amable. Si no te pregunta por tu vida no es por desdén, sino por falta de tiempo. Porque no te lo vas a creer, pero los masajistas ahora es que son de lo más puntuales, y él necesita relajar sus músculos para poder seguir contribuyendo a la prosperidad de todos nosotros. No se qué haríamos, sin el inefable triunfador epicéntrico.

Sic transit Grace Kelly

Grace Kelly

Ni la guerra, ni la enfermedad ni la bomba atómica. El cine es la mayor catástrofe que ha padecido el hombre de Adán acá. Con esta elocuente homilía -que es auténtica por cierto, y recoge Antonio Mercero en su película Espérame en el cielo- se despachaba un padre Bonete cualquiera cuando España se corrompía con Gilda, película en la que Rita Hayworth nos ponía a cien con sólo quitarse los guantes. No se cómo nos libraremos de caer de patitas al infierno, con tanto cine como vimos los de mi generación. Aquella depravación que consumíamos los domingos por la tarde en salas de barrio, a razón de dos películas y en sesión continua, tenía su propia jerarquía de pecatrices. En el cuadro de honor de las artistas -entonces no se hablaba de actores y actrices, sino de artistas- escandalosas estaban Marilyn Monroe y Rita Hayworth. Seguían otras perversas cualificadas, como Jane Russell por su protuberante contorno de busto y caderamen de guitarra española, Ivonne de Carlo por el peligrosísimo doblete de ojos azules y labios voluptuosos,.Virginia Mayo, vampiresa pelirroja, Silvana Mangano, indescriptible, Kim Novak, tan guapa como cursi, y Ava Gardner, que al ser tan bella como una diosa no destilaba en sus películas el mismo olor a hembra salvaje que al parecer desprendía en la vida real. El Duende no cataloga en esa panoplia de mujeres turbadoras a Sofía Loren, a Brigitte Bardot y a Anita Ekberg porque nacieron para el cine cuando él ya tenía uso de razón, y no eran ya mito sino, para entendernos, pecado sobrevenido. De esta lacra que según el cura apocalíptico afectaba a las estrellas de cine sólo se libraban tres con las que no se pecaba ni de pensamiento, porque su encanto estaba por encima del bien y del mal. Eran de apariencia tan delicada, pulcra y hermosa que uno, simplemente, se enamoraba de ellas perdidamente. Una era Pier Angeli, otra Audrey Hepburn, y la tercera Grace Kelly. Las tres murieron antes de tiempo. Pier Angeli era quizás la más accesible, con aquella melenita corta, piel clara y sonrisa limpia como de prima atractiva que uno tiene en Salamanca. No fue el Duende el único que se prendó de ella, pues luego supe que, antes de descubrir su fondo de armario, el propio James Dean bebió los vientos por la italiana. La palabra adorable se debió crear para Audrey Hepburn, que más que Una cara con ángel era un ángel en sí misma. Finalmente estaba Grace Kelly, la única rubia no peligrosa de Hollywood que desbordaba a las peligrosas por clase, elegancia y un cierto erotismo tenso enfundado en terciopelo de joya de Cartier. Cuando hoy la afición hace la ola ante el instinto sexual que emana de rubias como Scarlet Johanson o Charlize Theron, el Duende, tan clásico siempre, se acuerda de la Grace Kelly de Mogambo o de Atrapa a un ladrón y ve a aquéllas como unas pobres chicas sin experiencia. Grace Kelly nos encantaba, y para el romántico pata negra sólo perdió su glamour cuando dejó de ser princesa del cine para serlo de verdad en esa corte tan bobalicona y guiñolesca de los Grimaldi. En su última película, Alta Sociedad , que vió el Duende el sábado por la tele, y en la que tanto disfrutó de Cole Porter y de esos crooner inconmensurables que fueron Bing Crosby y Frank Sinatra éste le canta mirándole a los ojos: No tengo pruebas de que seas tan fría como dice la gente…Yo tampoco. Pero abrazar el amor de opereta que le ofreció Rainiero siendo tan guapa, rica, distinguida y admirada por los soñadores que nos decimos cinéfilos me hace dudar. Si hubiera muerto no como princesa de Mónaco, sino como la artista que amábamos, Grace Kelly sería simplemente inmortal.

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Con lo fácil que es sonreir…

Ramon Garcia

El personaje más incombustible de todas nuestras televisiones se llama Ramón García. No tiene nada especial, ni siquiera el apellido. Se podría decir que es el perfecto hombre corriente. Y sin embargo ahí está, aguantando años y programas y formando ya parte de la iconografía de la nochevieja gracias a esa capa negra que lo asimila ligeramente al primo provinciano del conde Drácula. Uno se pregunta por sus méritos, y no encontrará ninguno imposible de alcanzar por otras glorias mediáticas que sin embargo no tocan pelo. Tal vez que trata de ser simpático y sonríe casi siempre. Tomen nota, porque a pesar de lo competitiva que es la sociedad moderna, hay algunos puestos-chollos que se `pueden defender estupendamente así. Uno es el de Ramón. A lo mejor es un actor tan profundo como John Gielgud o Fernando Fernán-Gómez, pero sólo pretende pasar como un buen chico cumplidor y simpático. Ya podría seguir su ejemplo Luis Aragonés, otro elegido de la fortuna que, sin embargo, se cisca en ella. El ahora denostado seleccionador nacional de fútbol fue un buen jugador, expeditivo y eficaz al que llamaban Zapatones.. Corría sin ningún estilo, y según un castizo de la grada tenía los pies rizaos. Pero metía muchos goles. Uno de ellos, de un golpe franco magistral, estuvo a punto de hacerle campeón de Europa a mi Aleti que, en los minutos finales, por no fallar a su infausta tradición, la cagó y entregó la victoria al Bayern Munich. Después, y con la prensa a su favor, Luis forjó fama de buen entrenador. Todo lo ha arruinado ahora su mala educación y sus nefastas condiciones de comunicador. Con lo fácil que es ser amable. Con lo agradable que es cobrar un millón de euros al año por salir de viaje, atender a la prensa, firmar autógrafos y, de vez en cuando, dejarse hacer una foto con un niño. La Selección nacional de Fútbol es una pena, y probablemente no tenga remedio. Pero no debe amargarnos más aún con la permanente cara de cabreo de Luis Aragonés. Ramón García, majo, cuelga la capa del primo de Drácula y ponte el chándal. Que estamos hartos de malas maneras.

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Madama Butterfly canta las cuarenta

 Una amiga andaluza y graciosa que es aficionada a la ópera ma non  troppo le contaba al Duende que desde que se traducen los libretos, su vida e un sinviví. Antes iba a disfrutar la música y el bel canto que le gustaban, y a dormitar lo que le aburría sin dar la menor importancia a las historias. Pero por culpa de los subtítulos -explicaba- me he dado cuenta de que tós los argumentos son mu enrevesaos, hay muchos marvaos, y además la mujé sale casi siempre mu perjudicá. Lo que dice esta amiga está lleno de razón. Por más interés que pongo en seguir los melodramas operísticos siempre me pierdo. Normalmente es por la trama, anacrónica, retorcida y a menudo estúpida. Se cruzan en la acción un chambelán por aquí, una sacerdotisa por allá, una boda de un barbero, un coro de gitanos, una dama de picas,  una traviata inconsolable, una procesión siciliana, una pareja de guardias de corps, una mujer que ha perdido la sombra,  una generala que colecciona amantes, un trovador maltratado por el destino, un pajarero chiflado y los maestros cantores de Nüremberg coreando el famoso Toreador de Carmen. Muchos podrían estar o no estar, pero aparecen. Menos mal que, con excepciones, cantan divinamente y transportados por una música excelsa. Menos mal. Bromas aparte, y aún poniendo a cada quisque en su ópera, no se ha distinguido nunca ésta por la sencillez de expresión y el minimalismo literario. De ahí que en esta época de revisionismo furioso, proponga el Duende que en lugar de tanto experimento provocador de los nuevos directores de escena, se profane definitivamente el género allí donde la sensibilidad social actual más lo pide, que es justamente en el libreto. Lo subrayaba la amiga, algo crítica con la Madama Butterfly que se ha repuesto hace poco en  el Teatro Real de Madrid. La música y er cante extraordinarios -decía entusiasmada- pero dedi luego el comportamiento der Pinkerton ese, no tiene pase. Totalmente de  acuerdo: yo consideraba al galán de esta pieza un americano honorable, enfundado en su impecable uniforme de oficial de la armada, conquistador de una delicada japonesa que emociona al personal con su famoso Un bel di vedremoLa acción ni me iba ni me venía, como en cualquier ópera: yo estaba allí por la música y el canto. Pero por culpa de los dichosos subtítulos comprobé que, efectivamente, el famoso teniente Pinkerton era un impresentable. Vean si no su hoja de servicios: engatusa a la pobre madama, le hace un hijo y, entre aria y aria, canta un hasta luego Lucas -con mejores maneras, eso sí- y abandona a su doliente esposa para casarse en Estados Unidos con una vulgar americana. Vamos vamos, lo que hay que ver y lo que hay que oir… Con un gobierno que corre a revisar con urgencia cualquier desafuero,…¿cabe una política cultural que no le meta mano a ese arcaísmo decadente que es la ópera? Decididamente no. No se trata ya de revolucionar la escenografía, no, que hasta eso se habrá quedado obsoleto en nada. Se trata de ajustar las letras y el papel de algunos personajes acomodándolos a lo políticamente correcto. Por ejemplo, y hablando de la Madama, donde tiene papel relevante un cónsul que no pinta demasiado: ¿por qué no convertirlo en un juez tipo Garzón que desborda sus fronteras y procesa a Pinkerton por abandono de hogar y maltrato a una pobre japonesa?…Algo de ésto se adivinó en uno de los recitativos del primer acto que, misteriosamente, reaparece en los subtítulos al final de la obra, manteniéndose incluso mientras la compañía recibía las ovaciones del público. Es una frase de sintaxis mejorable, pero con un mensaje nítido que el director convierte en corolario final. EN CUALQUIER LUGAR DEL MUNDO -avisa el rótulo- EL YANKI AVENTURERO DISFRUTA Y SACA PROVECHO ACEPTANDO RIESGOS. Toma del frasco, y la gente mientras tanto aplaudiendo a los artistas… ¿Habrá mandado el ministro Moratinos una nota a los responsables del Teatro Real expresando la posición del gobierno en el contencioso Butterfly-Pinkerton? ¿Participó este oficial de marina en la guerra de Irak? ¿O es que se le ha descubierto a Puccini el plumero antiyanki? No seamos malpensados. Recordemos que la ópera, como arte, debería amoldarse  al sentir popular. Ahora que, gracias a sus subtítulos se le entiende todo,  no está de más que, en lugar de contarnos ridículas historias de amor y desengaños, nos recuerde que los americanos son los malos de cualquier película.

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