Archivos para 12 septiembre 2007



El chollo de ser niño

 ¿Y a quién le pedimos ahora responsabilidades? ¿Quién nos devuelve ahora las horas de estudio para pasar de curso sin asignaturas pendientes? ¿Quién aquellos sábados en los que el Duende y sus compas debía ir al colegio todo el día, por que sólo se libraba los jueves por la tarde? ¿Quién el tiempo perdido en estudiar las Guerras Púnicas, las de las Dos Rosas, la de los Cien Años,  la de Clavijo, con lo buenos que son ahora los moros, la batalla de las Navas de Tolosa, la Defenestración de Praga, lo de los gansos del Capitolio, los asesinos de Viriato -Auras, Minauro y Ditalcón-las frases de Beltrán Duguesclin, que ni quitaba ni ponía rey, pero ayudaba a su señor, aquella pareja de Indíbil y Mandonio, que ni siquiera era la línea medular del Alavés, sino dos caudillos iberos que tanto lucharon tanto contra los cartagineses como contra la Roma imperial? ¿Quién nos cura el dolor moral que nos causó la traición de Bellido Dolfos y  la noticia de la muerte de Favila por un oso regicida?   ¿Quién nos alivia ahora la angustia de no sabernos las Leyes de Mendel, el experimento de Torriccelli y el funcionamiento del timbre eléctrico? ¿Quién nos repone gratis aquellos paletos rotos por darnos de morros contra la portería de fútbol? ¿Quién nos resarce de aquél castigo infame que recibimos por llamarle al profe cacho bobo solamente, expresión que hoy a un docente le parecería casi una muestra de cariño? ¿Para cuándo una Ley de la Rehabilitación de la Infancia Gilipollas, que es la que sufrimos en aquel ominoso período donde el padre era un dios, el maestro una institución sagrada, los novillos delito, las notas sentencias firmes y la sonrisa de un niño un detalle sin importancia? La larga generosidad del llamado estado del bienestar -sobre todo en período preelectoral- nos hace mirar hacia atrás con ira vindicativa. No teman: no hay retroactividad. Todos eramos como Mafalda, porque el mundo estaba contra nosotros, y los niños entonces no pintábamos nada. Qué diferencia con la sensibilidad de ahora. Sólo queda aprobar el PABG (Plan de Ayudas para Botas de Goma), con el fin de que cuando llueva la chavalería pise los charcos sin mojarse los pies. Era el último de los sueños infantiles que tampoco pudimos cumplir. Y sería triste que se negara a las nuevas generaciones por la ceguera de la vieja pedagogía y la ortodoxia presupuestaria del señor Solbes.

La hipoteca trichera

 Uno de los personaje de La colmena de Cela, inventaba palabras y las regalaba en el café a sus contertulios.  También en su libro de memorias Confieso que he vivido, Pablo Neruda evoca con entusiasmo la figura de Federico García Lorca como inventor de palabras. ¿Verdad que esa ventana  es una ventana chorpatélica?- cuenta que le dijo un día de paseo por Madrid apuntando a los ojos de una casa. El poeta chileno se atrevió a preguntarle qué significaba aquel adjetivo. No lo se muy bien -respondió Federico- pero está claro que esa es una ventana  chorpatélica. Parece una ocurrencia caprichosa del genio, pero al menos a mí se me antoja coherente, porque hay realidades para las que aún no se han inventado palabras, y no está de más dibujarlas con el concepto y, sobre todo, el sonido que nos sugieren. A contrario sensu, hay palabras del diccionario que tienen cara y forma. Personalmente yo vi siempre a Hipoteca como si fuera una alta y angulosa señorita Rottenmeyer con el rostro antipático de un personaje de tebeo antiguo que se llamaba doña Urraca y un detalle corporal especialmente desagradable: enormes y tupidas pelambreras debajo de las axilas. Desde que mi querido hijo Juan, que reside fuera de España, es titular de una hipoteca que yo firmé como apoderado, ésta se me ha puesto sencillamente impresentable. Sueño que le crecen los colmillos todas las noches, y que más que urraca es  una hiena rondando las  tambaleantes esperanzas de vivienda de tantos jóvenes para devorarlas en cuanto se descuiden. Lo peor es la despiadada exuberancia de sus axilas. Crece tan desaforadamente que pronto formará una muralla espesa y negra  capaz de velar la luz del sol. Desgraciadamente el baranda del BCE, que es quien  podría aplicar la tijera, se llama Trichet, derivado del verbo francés tricher que según el Larousse  significa hacer trampa. Va de soi, como dicen nuestros admirables vecinos transpirenaicos. No hace  falta el colmenero inventor de palabras ni  el impar Federico para saber lo que significa una hipoteca trichera. Menos mal que la nueva ministra de vivienda sigue siendo optimista.

Tres mujeres y tres meditaciones

 ¿Es el Duende machista? La respuesta me  la da el sentido común con rulos (aunque creo que ya no se los pone), o sea, doña María: tenga usté en cuenta que cuando nos criaron nos enseñaron que Dios tenía barbas. A partir de esa  significativa anécdota, y aceptando la paradoja de que en la cocina y en la costura, donde llevan siglos trabajando ellas, ahora las figuras son esos recién llegados llamados hombres, se puede afirmar que ni más ni menos que la mayoría. Sin embargo, y por sus constantes referencias a guapas actrices que le gustan, una feminista estricta podría llegar a tal errónea conclusión. Ahora molesta en general que el encanto femenino sea el principal atractivo para un hombre. De ahí que por lavar hasta la menor sospecha de esa mancha que nos agravia -¡Henos de Pravia!- hoy quiera el Duende dedicar su post  tres nombres de mujer que son actualidad por distintos motivos.  El primero es el de Kate Mac Caan, que le inspira, sobre todo, compasión. No por el viejo adagio de odia al delito y compadece al delincuente, puesto que ella sólo es sospechosa. Sino, sea cual sea la verdad, por lo espantoso del drama de la niña desaparecida y del embrollo que en torno a ese suceso se ha montado. Lo más verosímil, que es la tesis de la policía portuguesa, no hubiera sido sino una conducta culposa de haber cantado la palinodia los padres desde el principio. ¿Habrán representado una farsa por no aceptar que, siendo médicos los dos, metieron la pata con su propia hija?. No se qué cara da más pena, si la de la pequeña Madeleine o la de su madre Kate, prisionera de la angustia de haber perdido a la niña y, con ella, puede que la razón. En todos los sentidos. El segundo nombre de mujer es el de Maya Plisetskaia, que le inspira admiración. Maya bailando o dirigiendo ballet es otra Mrs. Robinson que sigue seduciendo a los ochenta y dos años. Para que se vea que con tal edad aún conserva encanto el movimiento del cuerpo, la profundidad de una mirada y la lozanía de una sonrisa.  Sobre todo cuando acompañan al arte  de esta mujer. En este caso las arrugas sí que son bellas. Y no se si bellas, pero desde luego esperanzadoras lo son las de Maria Amelia López, una nonagenaria gallega que le inspira, más que nada, sana, sanísima, pero inevitable envidia. Comenzó con su blog amis95.blogspot.com en diciembre y, hablando de lo divino y de lo humano lleva Maria Amelia contabilizadas hasta ayer más de 368.000 entradas. El Duende ha tirado de calculadora para llegar a la conclusión de que le separan de ella unos treinta y tres años y unos cuantos miles de  entradas. Del talento, ni les cuento. Menos mal que, con tantos años por delante, y ahora que se ha propuesto mirar con más atención a la mujer, el blog  del Duende seguro que se dispara.

El programador de sueños

 ¿Han visto las maravillas que lanzan al mercado los fabricantes de videojuegos? Los últimos te introducen en una película famosa que el jugador va alterando a la medida de sus caprichos. Otros ponen en manos de los chicos y chicas casi el manejo del mundo. Con lo entrañables y sencillitos que eran el parchís  y los fuertes de madera con  indios y cowboys de goma. El  Duende no entiende nada de videojuegos, pero no quisiera que eso abriera a sus pies una  nueva grieta generacional. Por consejo de sus hijos vio Matrix, que según le dijeron era como un videojuego. Y, por supuesto, buenísima película. Siguió la historia con cierto interés hasta que comprendió que no comprendía nada, y  entonces se irritó sobremanera. O el futuro es un galimatías, o uno es demasiado simple para asimilarlo. Y reconocer eso cabrea, ya lo creo.  Desde entonces la ha tomado con ese tipo de películas donde la informática, la cibernética y la camelética son esenciales,   todos los personajes van de negro de la cabeza a los pies, los villanos lucen calvas relucientes y en las peleas dan saltos y cabriolas que duran una eternidad, como si la gravedad no existiera para ellos. Le parecen una tomadura de pelo. Además, puestos a creer que la tecnología puede interferir y modular a su gusto la realidad, no entiendo como los mismos cerebrines que diseñan estos videojuegos no consultan con el espíritu de Freud e inventan un aparato fabuloso para programar los sueños a gusto del consumidor. Porque los sueños, que son una salida, nunca están bien conseguidos: o angustian,  o cuando pintan algo prometedor nunca rematas, y siempre te quedas con la miel en los labios. Hoy el Duende, que está a punto de caer dormido sobre el teclado, quisiera disponer de un programador maravilloso para el sueño perfecto. Programa para esta noche: sueña que mañana le servirá el desayuno en la cama  Naomi Watts (en el último King Kong de Peter Jackson estaba sencillamente adorable). Y también sueña que, a despertar, va a entender los videojuegos y todos esos sucedáneaos tan complicados con los que las nuevas generaciones disimulan su dificultad para soñar. 

Las peloticas de san Cucufato

 Dos amigos sólo algo mayores que el Duende están sentados en un banco del parque hablando de sus cosas. ¿Te acuerdas de cuando corríamos detrás de las chicas?-pregunta uno. El otro se queda pensando un momento. Sí -contesta – Lo que no recuerdo es por qué. Era un buen chiste corto, pero ahora me parece, sobre todo una radiografía mental. Y pensar que yo me reía de mi madre porque nunca se acordaba dónde había dejado las gafas. A menudo se consuela uno pensando que esa dejadez de la memoria es un privilegio de la madurez: le van importando a uno menos las cosas materiales, y no hace por ellas. Pero luego repasa uno los mínimos para sobrevivir y el argumento falla. Hago inventario de lo que el Duende necesita llevar  en el bolsillo para una jornada normal: cartera, agenda, bolígrafo o pluma, teléfono móvil, gafas de sol, llaves de la moto, llaves de la casa y mando del garaje. Teniendo en cuenta que éstos dos últimos cuelgan de un mismo llavero, no son  más de siete  objetos diferenciados. Bueno, pues a pesar de todo rara es la semana en que no se queda alguno trasconejado. Se podrá objetar que el Duende se complica la vida: póngalos en la mesita de la entrada y déjelos ahí hasta que salga. Pero amigos, cada objeto tiene que hacer sus deberes. En determinado momento se consultó la agenda,  ésta se quedó junto al teléfono fijo. El móvil debe cargarse, y a pesar de que le sobran funciones que ni entiendo ni me sirven para nada, no dispone de un detector de marchas precipitadas que me avise de que  me voy sin él. El Duende se ha acostumbrado a retirar las llaves de la moto cuando la aparca en la calle. No siempre, de acuerdo: las dejé toda una noche puestas en la calle Velázquez , varias veces en Gran Vía a las puertas de la SER y en bastantes ocasiones por distintos puntos de Madrid. Tuve suerte y nunca se llevaron mi Vespa, y admito que se trata de despistes imperdonables. Pero, caramba, uno entra en el garaje y es lógico que se relaje, ¿no? Y eso es lo peor, dejarte las llaves puestas en el garaje. Pues si ya estás en casa, y has llegado en moto, estás seguro de que no las puedes haber perdido, y te vuelves loco…En casos así mi  abuela Mercedes rezaba un padrenuestro a san Antonio. Mi prima Alicia, que es también piadosa pero menos delicada con los santos, me enseñó a anudar las cuatro puntas de un pañuelo rezando esta plegaria. San Cucufato/ las peloticas  te ato/ si no me lo encuentras / no te las desato. Hace un año tuvimos en la radio a Luis García Berlanga,  y cuando Olga Viza le preguntó por sus problemas con la censura de Franco. Berlanga contestó sonriendo que esa censura la sorteaba, pero que ahora sufría otra peor, que era la pérdida de memoria. José Antonio Muñoz Rojas, con buena dosis de humor y ternura, se queja de lo mismo en su poemario Objetos perdidos: Señor, que me has pedido las gafas, por qué no me las encuentras?/ Me paso la vida buscándolas/ y tú siempre perdiéndomelas…Se nos va el santo al cielo, y no sabemos ya si volverá. Perdemos cosas, y no las encontramos porque, aparte de la memoria, nos debe fallar la fe. O será que san Cucufato es muy duro y le importa un comino que estrangulen lo que te dije.

Las peloticas de san Cucufato

La virgen de mi pueblo

Se preguntaba Jardiel Poncela con su guasa surrealista por algunos números aparentemente exagerados de las parábolas evangélicas.¿Hubo alguna vez  once mil vírgenes? Incluso en los tiempos del relativismo que tanto fustiga Benedicto XVI debe de haber en España  muchas. Y no se refiere el Duende al número de personas sin relaciones sexuales, sino al de advocaciones de la virgen María que se veneran en los distintos pueblos de nuestro país. De ahí nacen cantidad de nombres femeninos, unos cosidos al topónimo donde la Virgen se apareció, otros dedicados a la virtud que propician o al milagro de su propia vida  y otros, como Pilar, evocando pedestal. Concepción, Carmen, Begoña, Angustias, Remedios, Rosario, Icíar, Macarena, Asunción, Ascensión, Esperanza, Mercedes, Montserrat, Valvanera, Fuensanta, Almudena, Nuria, Blanca, Amparo -supongo que el que prestaba la Virgen de los Desamparados- Coro, Rocío, Regla, Camino, Magdalena, Guadalupe, Socorro….Ni el padre Bonete, tan sabio de sacristía, me ha sabido decir por qué la Virgen de la buena Leche, protagonista de algún cuadro de Murillo, no se ha traducido en nombre de pila, ni por qué otras, como la de Atocha, se olvidan habitualmente. Más que lo de las advocaciones de la Virgen le intriga al Duende el creciente fervor popular que despiertan sus fiestas. El fenómeno del salto de la verja que protege a la virgen del Rocío en Almonte -un numerito donde la devoción probablemente se mezcla con el deseo de protagonismo ante las cámaras-  se ha convertido para mí en la expresión más nítida de las paradojas del sentimiento religioso en España. Resulta que vivimos en un estado laico, que somos cada vez menos religiosos, y que sólo un quince por ciento de los católicos son practicantes. Pero amigo, llega la fiesta de mi pueblo, que suele fijarse por la de la virgen del lugar, y ahí estamos todos como una piña para reafirmar que, para guapa, virtuosa y milagrera, la nuestra es la primera. Ni el hecho diferencial, ni la cultura propia, ni el club de fútbol local. Yo podré ser agnóstico o tibio, pero donde este mi virgen que se quiten las demás. ¿Fervor religioso auténtico, o afán de subrayar que, aunque sólo sea en lo sobrenatural,  también somos diferentes? No conviene ser tan analítico cuando se va de romería, me dijo ayer al Duende en la de la virgen de Chilla. Fuimos andando a ese lugar del término municipal de Candeleda donde, según la tradición, a un cabrero llamado Finardo se le murieron las cabras que apacentaba por morder alguna mala hierba. Debía de ser el hombre un buen cristiano, porque, atendiendo a sus súplicas, la Virgen se apareció en lo alto de una peña y las resucitó. Del milagro surgió el santuario, y en su entorno umbroso, al amparo de fresnos y olmos centenarios, que supervisa desde sus dos mil seiscientos metros el imponente pico Almanzor, se celebra una misa y una procesión. No faltan coro, banda de música, damas vestidas de gala ofreciendo sus flores, niños vestidos con trajes típicos, subasta de banzos para el honor de portar a la Virgen, y al volver ésta a su sitial, los acordes del himno nacional. Hay después jotas y rondallas, sangría y picoteo con las autoridades y las gentes del lugar. Podría ser un cuadro de Rafael Zabaleta o una secuencia de las Crónicas de un pueblo. Pero el Duende le ve su puntito, confiesa que le gusta, y que incluso siente  un pellizco de emoción ingenua. Por encima de sus dudas y rarezas, allí coincide con mucha gente, y son esos los hilos que le hilvanan al alma del pueblo. 

Decibelios para todos

 Mi amiga doña María creía que los decibelios derivan de los ruidos de la Cibeles de Madrid, que son la medida de la matraca soportable para el ciudadano. No está mal pensado. Lo de limitar el castigo de los ruidos, digo. Las autoridades son cada vez más celosas en la observancia de los derechos humanos,  y el muy escrupuloso ministerio de Sanidad y Consumo está a la que salta para prevenir y, en su caso, abortar cualquier fuente de males para la salud pública. Excepto los ruidos. Sobre todo si el exceso de decibelios se amparan en tres pretextos  sagrados para el que mira a las urnas: juventud, cultura y fiestas. A efectos de decibelios, hay que recordar que por cultura se entiende hoy desde un concierto de la Orquesta Nacional hasta una actuación salvaje de Gangrena y Sirope, que es el grupo de rock bárbaro de Rubén, el hijo pequeño María. En las llamadas fiestas populares abundan más las gangrenas y siropes que los conjuntos sinfónicos, que jamás necesitaron para seducir al personal de amplificadores desmesurados . ¿Nadie ha pensado seriamente que no todos los ciudadanos somos sordos? Diariamente sabemos de sesudos estudios de la Universidad de Osaka o del Centro de Estudios Psicosomáticos de Frankfurt (?) revelando datos  pintorescos, por ejemplo, que las marmotas copulan habitualmente  a la hora del crepúsculo . Porque hoy día se hacen estudios para todo. ¿Ninguno sobre lo insoportable del  abuso de decibelios en la música de las fiestas populares?  ¿Nadie ha denunciado que el bombardeo sonoro de cualquier discoteca que se precie es dañino para el cerebro? ¿No será que el problema de la incomunicación de los jóvenes se debe, entre otras cosas, a que no hay manera de entenderse con tanto escándalo? Se podrá objetar que también las mascletás y demás artificios pirotécnicos hacen ruido, y que no se les  puede poner silenciador porque pierden  de su gracia. Pero caramba, un castillo de fuegos artificiales, aparte de que es mucho más vistoso, dura un cuarto de hora, no toda la noche. De cuando en cuando un barrio está tan saturado de fiestas callejeras y botellones que se rebela y clama justicia. Se abre el  entonces el debate entre derecho al ocio y derecho al descanso, entre libertad de expresión y respeto al vecino, alegría y desenfreno juveniles frente al lujo de la tranquilidad que tanto valoramos con los años. Los políticos suelen hacerse los sordos, porque todos han sido admiradores de los Rolling  y de Springsteen, y a ver quién es el guapo que se atreve a destruir la identificación de música guay con orgía de decibelios. Doña María, muy práctica ella, proponía una buena solución : que la murga y la matraca de las terrazas, la verbenas y los conciertos populares rote por todos los barrios, a ver si así sufrimos tós la hartá de ruidos y nos convvencemos de que hay que arreglar esa poblemática. Entretanto el Duende, siempre decadente y sutil tocapelotas, evoca las fiestas  de verano en Arenas de san Pedro, donde desde el tablado de la plaza de toros tocaba la Gaitilla. Era un grupo de clarinete, saxofón, trompeta, dulzaina y tambor, y le daban al pasodoble, al tango, a la Raspa y al foxtrot. Llegaron incluso a Renato Carosone. Las parejas bailaban en el ruedo, agarradas mayormente, y se decían sus cosas,  algunos hasta arrimaban material,  otros incluso acababan novios.  Se entendían, probablemente porque la música no era un estruendo.  Y parecían felices. Claro que entonces no sabíamos lo  ni lo que vale un voto ni lo que era un decibelio.

Se equivocó el Duende

 Si se equivocaba la paloma de Alberdi…¿por qué no un Duende? Menos mal que en el anterior post confesaba escasa cultura económica y empresarial. Pues resulta que AGROMAN no fue comprada por ENTRECANALES, sino por FERROVIAL. Entre imperios de la construcción anda el juego. Pero la titularidad de la empresa que dio fama imperecedera al moreno AGROMAN no invalida el mensaje de fondo. Pertenezca a quien pertenezca, ese moreno ya no es lo que era. Mis disculpas a un grupo y a otro. Y para dar al césar lo que es del césar y  ajustar el slogan a su legítimo propietario, allá va el repuesto: EL MORENO FERROVIAL TE QUEDA FENOMENAL. También gratis la idea, no sea que no les cuadren los presupuestos…

¿Y qué ha sido del moreno Agromán?

 Suelen estar en todo los columnistas de actualidad, pero a veces se les escapan observaciones esenciales. Por ejemplo, creo que ni Maruja Torres, ni Millás, ni Gistau, ni Verdú, ni Raúl del Pozo, ni otras firmas importantes que viven de ver, tomar nota y contarlo han reparado en la crisis de lo que se llamó el moreno Agromán. Sospecho que la mayoría de los lectores no necesitan aclaraciones al respecto, pero por si acaso se asoma al Duende algún recental de memoria histórica corta advierto que el moreno Agromán no es ni un boxeador, ni un futbolista del Levante ni un inmigrante de color, sino un tipo de bronceado corporal caracterizado por el acusado contraste entre la zona oscura que tostó el sol y la zona lechosa que preservó la camiseta. Era, para entendernos, el moreno típico del paleta, y la empresa de paletas por excelencia era AGROMAN, una constructora famosa, además, por regalar a sus clientes por Navidad exquisitos cortados UÑA (por cierto, ¿por qué se ven menos también estos clásicos de la bombonería que tanto nos han deleitado a los chocolatómanos?) La crisis del moreno Agromán obedece  variadas causas. Una de ellas es el dinamismo expansivo de nuestra economía, del que tanto gallean ZP y, por lo visto ayer, Botín. Inciso: ¿habrá notado alguna vez este hombre lo que es una recesión?  Mi escasa cultura empresarial recuerda que AGROMAN fue absorbido por ENTRECANALES, y ahora esta empresa se integra en ACCIONA, con lo cual nuestro bronceado debería conocerse ahora como el moreno Acciona. Ocurre por otra parte que ha evolucionado el significado social del moreno arlequinado: antes un cuerpo como el blanco y negro que sirven en los cafés y heladerías era un body de la clase obrera, que no podía ir a la playa. Ahora a la playa va mayormente la clase obrera, porque los ricos lo que hacen es navegar, jugar al polo o al golf compulsivamente, deportes donde la camiseta (perdón, quise decir el polo) es, si no indispensable, sí al menos aconsejable. Los que marcan tendencias en el arte de la buena vida, insinúan que  eso de bañarse, tomar el sol y dorarse como un pollo a l´ast es propio de las clases medias y bajas. Jorge Alberto, un trasunto del pijo insoportable que  recrea Javier Capitán y que a mí me divierte muchísimo, los llama simplemente pobres, y carga contra ellos porque tienen la mala costumbre de llenar las carreteras y las pistas de eskí y de chapotear en el mar justo por donde navega su barco. Intolerable. Jorge Alberto seguro que luce ahora  el antiguo moreno Agromán, y vete a saber si Botín, Amancio Ortega, y los Entrecanales no exhiben el mismo look. Por cierto, que como cualquier pretexto es bueno para vender empresa, y hay que optimizar la inversión en marca, propongo a esta ilustre familia la actualización del desfasado bronceado con un slogan que ponga las cosas en su sitio: Con el moreno ACCIONA, los chicos más fashion, las chicas más monas. Lo que más va a gustar en el holding es que el Duende no cobra por la idea.

Demasiado pronto para el ADIOS A LA VIDA

 No le guía al Duende la vanidad para subir algo a este blog todos los días. Pero pienso en Macu, en Camiseta, en Trini, en Ana, en Begoña, en el Candil de la Sierra, en Joselepapos, en Génesis, en Salvador, en Adela, en Ricardo el del Catastro…(Mi fino instinto intuye quién se oculta bajo alguno de estos nombres). Y en tantos otros que merodean por aquí a menudo, y que dejan sus comentarios como si fueran la proteina necesaria para seguir manteniendo a la criatura. Afortunadamente el Duende, como cualquier trasgo, apenas necesita alimento. Pero hasta que el post del día cambia el marcador de cero comentarios, las horas se le hacen eternas. Confieso que hoy había cumplido ya sus deberes. Y estaba encantado con su articulito, porque, al contrario que la mayoría de sus entradas, era de interés general. No iba de pingüinos con depresión, ni de esos cordones nuevos que te dejan en ridículo cuando, después de haberlos pasado por los ojetes de los dos zapatos -un coñazo de labor, os lo aseguro- se quedan demasiado cortos y apenas puedes anudarlos. Tampoco rescataba del olvido a un cowboy de los comics de la infancia, ni hablaba de los perfectos acentos circunflejos que, a modo de cejas, coronan la limpia mirada de nuestro presidente de gobierno. Tocaban el asunto de la semana: la hipotecas. Ocurrió que, a punto de subirlo, pensé que a lo mejor era publicable, y se me ocurrió consultarlo con el periódico que a veces me hace caso. Parece que a todo el mundo le encanta publicar. Lo que sea. Y los periódicos de gran tirada están tan sobrados de colaboradores fijos y eventuales que ni siquiera se dignan en perder el tiempo respondiéndote sobre la suerte de tu escritura. De una forma u otra, en el periódico o aquí, lo podrán leer, lo prometo. Y probablemente suscitará debate. Así que, después de disculpar al Duende, cambio de tercio y dedico el final de este post a Luciano Pavarotti, un hombre que me dado tantas horas de felicidad con sus grabaciones -nunca le escuché en directo- que jamás podré agradecérselo bastante. La Parca sigue mostrando su falta de criterio.  Ahora que tanto se prolonga la esperanza de vida, llevarse a los setenta y un años a un tipo que, como otros divos, dedican el final de su carrera no sólo a su arte, sino a ayudar a los que más lo necesitan, es una más de sus faenas. Además Luciano Pavarotti derramaba vitalidad, y era de esas personas cuya sonrisa invitaba a pensar que siempre hay algún motivo para el optimismo. Inoportuna una vez más, la puñetera señora de la guadaña. Debía de haber esperado a que el gran tenor tuviera más razones  para cantar como él sabía el  Adios a la vida.

Vamos a divertirnos

 Un buitre despistado y por añadidura débil y deshidratado busca refugio en una azotea del madrileño barrio de Moncloa. Podía haber sido Lavapiés o la Guindalera, pero miren por donde busca la querencia del mismo barrio donde radica la Presidencia de Gobierno. Alertado el presidente más sensible que ha conocido nuestra democracia, acude en compañía de la vicepresidenta Fernández de la Vega para interesarse por la criaturita perjudicada, arreglarle la vida y explicarle que si ya no hay carroña en el campo es por culpa de las vacas locas. Y, por ende, del PP, que es quien gobernaba cuando la cabaña ovina perdió el oremus. Si es por diálogo y talante, hasta con los buitres. La primera parte de la noticia -el buitre perdido y hallado en Moncloa-es cierta. La segunda es una travesura de Capitán y el Duende capturado en una de esos archivos sonoros (podcast se llama el invento) que cuelga su blog y que, cuando regrese de vacaciones mi Braulio particular, también estará en éste. Si non e vero, e ben trovatto: seguramente ZP no tiene tiempo para tanta exhibición de buenismo, pero la esencia de nuestras bromas radiofónicas era buscar una cierta verosimilitud inverosímil, y valga la paradoja. Y este es el meollo de la cuestión: ¿cómo le llamamos a esto?. ¿Qué nombre -de producto o de sección periodística- le podemos aplicar a lo que será el escaparate en internet de los veteranos Javier Capitán y Luis Figuerola-Ferretti?  Queridos blogueros, amigos comentaristas, lo confieso: necesito, necesitamos vuestras ayuda. A estas pintorescas galletas o pildorazos de actualidad irreverente las llamábamos en la radio Gabinete de crisis (SER), El Paritorio, Cruce de cables (RNE)Ahora buscamos un nombre que se ciña más a lo que quiere ser. O sea, una  colleja  a los políticos encantados de haberse conocido, un  pellizco de las noticia más pintorescas, un picotazo crítico, un soplamocos al aburrimiento de los informativos habituales. A mí me hace gracia la palabra sardineta, que es un golpe que se da juntando los dedos índice y medio y que, aplicado al trasero, como que despierta al que lo recibe. La sardineta del día, ¿os suena bien? La chorradica, birlibirloque, el pasapurés, los locoloquios del día. El Diccionario de Coll  recogía un neologismo de los suyos genial: la  carcajoda. ¿Vamos por ahí? ¿O podemos recibir de vosotros una luz que nos ilumine?. Animo, lectores, vamos a divertirnos. Si hoy comentáis este post, marcarnos la senda. Últimamente me estaba poniendo muy serio y romanticón, y necesito buenas vibraciones para que el mundo perciba que el Duende irradia optimismo y ganas de vivir. Jo, sólo pensar en el éxito de este brain storming y me está dando tal subidón que voy a tener que cerrar el blog  y hacerme una tortilla francesa para cenar. Pedro Solbes a mi lado, un triste, no os digo más.

Una salve marinera

 Creo que ya he subrayado alguna vez  el efecto imperdible de la música . Se escucha en un lugar o con alguien especial y ese paisaje o esa persona, prendidas en la memoria, reaparecen ante nosotros cada vez que suena esa misma melodía. La vida del Duende transcurre entre esos imperdibles sentimentales. A menudo, evocan valores de otro tiempo y le activan el lacrimal, quizás porque el pobre tal vez lleva un Pepe Bono dentro (espero que bien dentro, para que no se le vea), y le brota espontáneamente lcon la música. . Algo así le pasa cuando escucha los compases iniciales de Suspiros de España o, aún más arriba,  la Salve marinera, una oración a la Virgen que, a pesar de su endemoniada sintaxis (de tu pueblo- a los pesares- tu clemencia- de consuelo) es una marcha preciosa. El Duende la cantó a bordo del Juan Sebastián Elcano, al final de un crucero inolvidable: siempre viento favorable, a todo trapo desde la ría de Marín hasta embocar el puerto de Huelva, días soleados, noches de luna  esplendorosa y, para poner la guinda, incluso ballenas a la vista a la altura de Lisboa. Apenas había navegado el Duende sino a través de las páginas de Salgari, Stevenson, o Conrad, pero ver en directo la maniobra general y el despliegue del imponente velamen de nuestro buque escuela le permitió sentirse como Gregory Peck en El hidalgo de los mares. Salvando las distancias, claro. Antes de embarcarse, el Duende visitó al almirante Jorge del Corral, que fue en su tiempo comandante del Elcano. Jorge era el padre de una familia amiga de la  mía  en los veranos de Arenas de San Pedro, hace casi medio siglo. Estaba casado con una mujer elegantísima, y tenía cinco hijos próximos a mí y dos chiquilicuatres rubios que cerraban la serie. Incrustada entre los mayores y los pequeños estaba la única hija, una niña de ojos azules muy guapa que se llamaba Mari Luz. No se si fue por timidez o por la rudeza que imprime educarse entre tanto hombre, pero el caso es que aunque me gustaba a rabiar no respondió adecuadamente a mis tentativas de amor adolescente. Yo le decía algo bonito, por ejemplo, y ella me respondía a cantazos. A la vuelta de quince años me la volví a encontrar hecha una mujer, y entonces una amiga suya me confesó que yo también le había gustado. Resultó que Mari Luz no se había explicado bien, cosa que noté con sólo esquivar su primera pedrada. A esas alturas de la vida, nuestro amor frustrado ya no tenía remedio  En la década de los ochenta descubrí por la tele a un jugador de baloncesto que destacaba por su físico portentoso y su brega incansable. Oí su nombre sobre un primer plano de su cara. Anda, qué gracia -pensé- Alfonso del Corral, como el hijo pequeño de Jorge. No era como, era el mismo pequeñajo rubio que yo conocí después de cuarenta mil colacaos. Jugó en el Madrid, fue internacional y hoy es el traumatólogo de los llamados galácticos. Como ven, los recuerdos de la época en que uno no tiene más que motivos para ser feliz se enredan como las cerezas en el frutero. Se tira de uno de ellos y salen muchos trenzados por el rabo. Aquella tarde  los repasé con el viejo almirante, y además hablamos de la mar y del mítico velero que él había capitaneado y en el que yo, ignorante, me aprestaba a embarcar.  Me contó lo que significaba el puesto de comandante del Elcano en  la Armada, y su primer viaje de instrucción, cuando en largo crucero alrededor del mundo el buque aún transportaba vacas y cerdos vivos para el avituallamiento de la marinería. El almirante del Corral era un gran aficionado a cantar, y me advirtió  de que a bordo se cantaría alguna vez la salve marinera, y me enseñó su letra. Es enrevesada y está sobrada de metáforas cursis, pero en el adiós a un marino inspira una emoción muy especial. Hoy ha sonado en el funeral por mi viejo amigo. Y aquí el efecto imperdible que decía al principio: la escucho con el sentimiento  a flor de piel y revivo con ella el sabor de las cerezas dulces que llenan el frutero de mi memoria.

Ronco, luego invento

 A veces, cuando el Duende cae fascinado por una mujer bellísima que  nunca estará entre sus brazos, se consuela pensando que probablemente ronca. La prueba es miserable, y encima puede volverse contra uno, pues si también roncan las criaturas maravillosas quiere decir que pueden hacerlo Michele Pfeiffer, Audrey Tatou y Anette Bening, que es una dama más  madurita, pero tanto o más atractiva que las anteriores. También deben roncar Cristine Scott-Thomas, y Julia Roberts, y Halle Berry, actrices muy de su gusto. Madre mía, en qué líos se mete este tío. Todas las estrellas del cine roncando sólo por venganza. La triste verdad es que, con ser él etéreo y medio invisible, como cualquier otro duende, se ha dado cuenta de que ronca como una tuneladora mal engrasada. Y, por aquello del mal de muchos, consuelo de tontos, piensa que semejante tara compartida con mujeres así es menos denigrante para su autoestima. El Duende es a veces un poco primario, y demasiado visceral. Sin embargo yo comparto su irritación, pues así como tiene sentido que ronque la gente que es zafia, ruidosa y mal educada,  parece un castigo divino que quien se esmera en guardar las formas despierto, las pierda de manera estentórea cuando caen en los brazos de Morfeo. Y aquí procede plantearse una cuestión muy seria. ¿Por qué, si se inventan remedios para todo, nadie ha diseñado un silenciador nasal? ¿Qué oscuros intereses de las multinacionales ampara el ronquido universal? O si no, ¿por qué si ahora se transforman los cereales en bioenergía ningún sabio se ha detenido a diseñar un instrumento que, aplicado a las fosas nasales del roncador cambie el aire expulsado por éstas en el sonido de un bucólico caramillo entonando una nana? ¿Es negligencia de Sanidad y Consumo? ¿Es la conspiración judeomasónica de los laboratorios sin conciencia? Como poco es falta de imaginación y de buena voluntad, que es lo que pusieron siempre en sus inventos el Doctor TBO  y Braulio, sin ir más lejos. El tema, en suma, es de alta importancia, y debería de ser objeto de debate en el Parlamento y en el próximo congreso de medicina del sueño. Hablando de sueño, me he anticipado a los acontecimientos. Es tarde y se me caen los párpados, pero no podía faltar a mi cita diaria con el blog. Y quería descargar mi conciencia por anticipado. Porque en media hora todos lo que soporten mi ronquido pensarán que, aunque a veces lo parezcan, las cosas que digo no son ninguna tontería.

Un clásico impagable

 La primera noción que yo tuve de lo que es un director de orquesta estaba unida a tres nombres. El primero era  el polaco Leopoldo Stokowsky, cuya imagen aparece entre los títulos de crédito la película Fantasía como director de su banda musical y autor de las transcripciones a orquesta de Juan Sebastián Bach. El segundo era Pierino Gamba, un niño prodigio italiano que a los nueve años dirigía orquestas sinfónicas por toda Europa y que luego desapareció del star system de la batuta. Curiosamente este mes, cumplidos los setenta, reaparecerá en España dirigiendo la Banda Sinfónica Municipal de Madrid. El tercero -habrá que decir aquello de last but no least- era Ataúlfo Argenta, que aunque tenía un estrambótico nombre de rey godo lo compensaba con el apellido más musical de los tres. (Hagan la prueba: cierren los ojos y digan seguidas las palabras andante, orquesta, celesta, Argenta. Fluyen como la música). Mi madre, que era una mujer muy sensible para el verso y la pintura, carecía absolutamente de oído. Le gustaba el dodecafonismo de Schomberg, y fuera de esta extravagancia no distinguía la Pastoral de Beethoven de España cañí.  Sin embargo, un verano tuvo la ocasión de escuchar en directo a Argenta dirigiendo a la Orquesta Nacional en la Plaza Porticada de Santander y quedó prendada de él. Aquel hombre alto, enjuto y moreno que, enfundado en su frac lucía como un galán de alta comedia,  ya había alborotado la flema británica cuando estrenó en Londres el preludio de La revoltosa. Pero Argenta, además de magnetizar a la orquesta y de depurar lo más sublime de la interpretación musical, arrasaba con su atractivo personal. Fue el director de la ONE  y de una orquesta de cámara que por entonces tenía RNE, y aún muerto prematuramente, sus grabaciones terminaron de convertirlo en leyenda. Bueno, pues con ser decisiva  su influencia en el gusto por la música clásica de varias generaciones de españoles, se quedará en poca cosa si se compara con la obra que durante décadas lleva haciendo su hijo Fernando al frente de Clásicos populares. Fernando Argenta es, ante todo, un ilusionista y un estupendo comunicador. Y un enamorado fervoroso de todo lo que la música transmite. Hasta su revelación, los conciertos de clásica nocturnos eran la severidad de la radio. Una voz grave y aburrida decía a continuación les ofrecemos la Sinfonía Renana de Schumann en versión de la Orquesta de la Suisse Romande dirigida por Ernest Ansermet. Schumann hacía lo que podía, y puede que también Ansermet, pero sus comparsas no neutralizaban a Raphael, que generaba más empatía en el personal. Fernando Argenta, primero en compañía de Rodri y luego de Araceli González Campa, supo hilvanar el legado de los clásicos con el sentir de la gente. Sus armas son la naturalidad, la sencillez, la imaginación y, sobre todo, el sentido del humor.  Mezcla lo sublime de un adagio de Mahler con la anécdota de aquella soprano a la que le se le reventó el corsé en un do de pecho. Y a despecho de los que siempre consideran que la cultura es patrimonio de las elites, ha conseguido que el pueblo llano le perdiera el respeto, en el buen sentido, a la música clásica, Al viejo Peluca (Bach) le quitó el polvo, a Beethoven le cambió su ceño de sordo atrabiliario y al deslumbrante Amadeus lo convirtió en vitamina indispensable para quien quiere gozar permanentemente del regalo de la música. Fernando Argenta estudió derecho en mi curso, y luego tocó la guitarra con los Tonys y actuó con Miky, otro gran tipo muy ligado a RNE. Amigo de la desacralización y de las bromas, un día grabó un falsetón del Duende sobre un playback orquestal de la habanera de Carmen y se atrevió a pasarlo, entre otras grabaciones famosas de la misma pieza,  en una conferencia para aficionados a la ópera. Y ahora-les dijo-van a escuchar una versión muy curiosa de una diva navarra llamada Petra Elizondo, que tuvo su momento de gloria en los años treinta. No es la más brillante, pero sin duda tiene un encanto especial…La gente escuchaba el falsete del Duende y no sabía qué cara poner. Flipaban, y  es que el muy pillo -no hay más que verle la cara- se estaba quedando con el personal. Como lo seguirá haciendo en esos  Clásicos Populares que, felizmente, continúan sumando oyentes. Justa recompensa para Fernando Argenta, un amigo que se ha convertido ya en un clásico sencillamente impagable.

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