Archivos para Octubre 2007

Carcajodas sin malicia

La Carcojada

Apunte estos neologismos, que son auténticas perlas: Cagallero. Noble o hidalgo que cabalga con el vientre descompuesto. Putano: gas que comercia con su cuerpo. Culapso: transcurso de tiempo durante el cual el culo no se ha usado para nada. Intetar: procurar coger los pechos de la novia con el pretexto de que se es huérfano y la vida ha sido muy dura con uno. No raya el ingenio del Duende tan alto como para ser autor de estas ocurrencias. Proceden del Diccionario de Coll, de donde, por cierto, se ha tomado prestada la carcajoda que desde hoy se puede escuchar entrando en la edición digital de EL MUNDO. Vuelve la viñeta sonora, la pincelada de humor matinal que durante años el Capi y el Duende dejaban en RNE. Vuelve con el visto bueno, supongo, del creador de la palabra.

La definición que inventaba el maestro para carcajoda -la digo de memoria- no gustará mucho a las feministas, pero tampoco está exenta de gracia: dícese de la risotada del amante cuando en la coyunda ella revela que es la primera vez. La carcajoda de EL MUNDO no será tan procaz. Se conformaría con lograr la risa o la sonrisa que agrada, pero que también puede fastidiar.

Pero sólo poquito.

Coll era un humorista muy completo, puesto que además de actor, guionista y novelista inventaba palabras. Como el tertuliano aquel de La colmena de Camilo Jose Cela, pero más originales y divertidas. Nunca se sabrá si el surrealismo deslumbrante que habitaba bajo la chistera y el bombín que simbolizaban al dúo genial era de José Luis o de Luis Sánchez Polack. Quizá éste acumuló más simpatías populares, pues era un loco maravilloso en estado puro del que nunca se escuchó nada amargo. A Coll en cambio se le avinagró el humor con los años. Se enfadó con mucha gente, y parecía que el mundo había dejado de caerle bien. Se quejaba de los cuentachistes y, supongo, también de los imitadores. O sea, de los que transitamos con cazamariposas por los arrabales del ingenio.

A propósito, el Duende nunca se ha considerado un humorista. Mejor dicho: no sabe lo que es eso. Repara en las cosas que le hacen gracia y trata de capturarlas, reelaborarlas y jugar con ellas. Algunos de los malabarismos verbales de Coll le fascinaban. Hace unas semanas, jugando a ser él y a enriquecer el Ñiccionario que pretenden editar Javier Capitán y el Ciudadano García, acuñó un nuevo término del que está orgulloso: Ozonopiño: diente que se le ha caído al ozono por el agujero de la capa. Aquí todos tratamos de aprender de los maestros. Uno acaba siendo sólo una ensaladilla rusa de buenos humores ajenos.

Podrán saber algo más de estas carcajodas en el un post de hace tiempo. Se titulaba Vamos a divertirnos. Esperamos no defraudar. Ni a los lectores de este blog ni al inefable, y nunca suficientemente valorado, Jose Luis Coll.

Beatus ille

Balarrasa

El Duende recuerda una película que impactó mucho a los niños de su generación. Se llamaba Balarrasa, de José Antonio Nieves Conde. La estrella era un joven Fernando Fernán Gómez, que encarnaba a un crápula convertido después en sacerdote. Empieza el film como pecador impecable y acaba su vida como misionero en Alaska, entregando su vida Dios en medio de una tormenta de nieve. La película parecía concebida para ser proyectada en el cine de un colegio religioso. Era emocionante, ejemplar, y encerraba un impactante mensaje: hay más alegría en el cielo por un pecador arrepentido que por cien justos que perseveran…

En las secuencias iniciales de Balarrasa, unos milicianos fusilan a un grupo de sacerdotes a orillas del mar. De los muros de aquel colegio donde veíamos la película, pendían retratos de antiguos alumnos muertos en la guerra. Una expresiva vidriera en la estética de la época les presentaba ofreciendo sus vidas a la Virgen del Pilar, con palmas del martirio incluídas. Sus nombres rodeaban esa vidriera. Los marianistas tenían razones para denigrar la guerra, pero sin embargo nunca nos hablaron de ella. El Duende se acaba de enterar ahora de que cuatro compañeros suyos sufrieron la misma suerte que aquellos curas de Balarrasa fusilados en la playa. Los padres marianistas, de los que tanto se quejaba el Duende entonces, se quedaban con el mensaje esencial de la película, y no hurgaban en las heridas de nuestra historia que tanto nos desprestigian. No se si sería sensibilidad o pragmatismo, pero muchos que nos educamos allí pensamos que eran detalles de una buena pedagogía.

Pertenece el Duende a lo que doña María llama católicos porsi. Por si fuera verdad todo lo que le contaron sus educadores. Su fe se parece a la de Unamuno: creo en Dios porque lo necesito. Pero tan lastrado por sus limitaciones intelectuales como la gladiadora del hogar de Los Arándanos, se abona a veces a juicios simplistas. Por ejemplo, mantiene que la Iglesia es como una obra de teatro donde la tesis y el argumento son maravillosos, pero falla a veces con los actores y la puesta en escena. Dice Roma que lo suyo son sólo los negocios de Dios, pero, para empezar, tiene status político.

Pues bien, no hacía falta ni sentido de la política para que la beatificación de ayer se hubiera extendido también a otros mártires de la fe. Por ejemplo, los sacerdotes fusilados por no plegarse a los que se habían rebelado contra un gobierno constitucional. ¿No merecían también un beatus ille? Se han escuchado las palabras paz, piedad y perdón, y eso incluye generosidad de miras. Muchos católicos a machamartillo, y otros más escépticos, hubieran deseado que esa lista incluyera a todos los eclesiásticos víctimas de cualquier intolerancia en aquel trienio negro. Y no hubiera sido rendirse a la memoria histórica unilateral que pretenden algunos, sino aplicar naturalmente el mensaje de Cristo.

Claro que, si los designios de Dios son inescrutables, cómo no lo van a ser los de su Iglesia, tan humana -y por tanto tan imperfecta- como este irreverente Duende.

Por cierto, aviso final a navegantes. Recuerden que hablamos de paz, piedad y perdón. Si hay comentarios, que sean para enterrar definitivamente el hacha de esta guerra interminable.

El banco limpiabotas

Limpiabotas

(Foto de indira, con algunos derechos reservados)

Ha pasado el Duende el fin de semana en un sinvivir. De una parte, estaba de viaje, y no podía subir el post nuestro de cada día. De otra, aún no se había repuesto de la mala noticia económica de la semana. Su banco había anunciado que en los tres primeros trimestres de 2007 había ganado seis mil y pico millones de euros. Sólo un treinta y cinco por ciento más que en el mismo período. Angelitos, no me extraña que estén preocupados por la flojera del mercado hipotecario y hasta por la subida del pollo.

El Duende recuerda que, en su infancia, se infundían tres `principios básicos de buena educación social. Primero, no se sorbe la sopa ni se hace ruido al comer. Segundo, no se habla con la boca llena. Tercero, no se presume de dinero. Los banqueros debieron ser niños mal educados, porque se salan las tres normas con ostentación y recochineo. Primero, y aún a pesar de que dicen que nos eliminan las comisiones, se inflan a beneficios. Segundo: una vez que tienen el estómago lleno -no se explica çómo cada año les puede caber un treinta y cinco más- abren la boca y nos enseñan la comida. Tercero: se jactan de ello. Se que eso forma parte del lenguaje de la economía, que exige Epulones y Cresos para que el modesto ciudadano al que, con suerte, sólo le suben el sueldo lo que el IPC, sueñe en un país de Jauja donde, como señaló Solchaga, es fácil hacerse rico. Sobre todo si tienes un banco, debería haber añadido.

Está muy bien, hasta ese taumaturgo idealista que es Zapatero bendice los macrobeneficios empresariales, porque es el mejor síntoma de eso que llamamos prosperidad. Al Duende también le parece bien que todos los accionistas ganen dinero. Que lo gane todo el mundo. Pero le fastidia tanta ostención de poderío. Insisto, no es lo que nos enseñaron como buena educación.

Tal vez -seamos sinceros- sangre por la herida. Hace años, ese banco omnipotente le obsequiaba en Navidad con una diminuta agenda de bolsillo que él apreciaba mucho. Un año, desapareció de la agenda la cintita de seda que servía para señalar el día de la semana. Preguntó por qué se había prescindido de ese detalle tan útil, y se le dijo que había que recortar gastos. Son tan competentes en ese menester que no sólo no repusieron la cinta de seda, sino que acabaron incluso escatimando la agenda. Así, cualquiera gana seis mil millones de euros en tres trimestres.

Se que la voz del Duende clamará en el desierto, y que seguirán presumiendo de ser los más listos, los más eficaces, los más ricos y en definitiva, los reyes del mambo. Pero no les facilitaré la hazaña. De momento, voy a hacer una revelación que va a poner en jaque a la patronal de la banca. El Duende sabe de un banco que en el rincón más discreto de su lujosa sede tiene un limpiazapatos automático que le deja los botines lustrosos como diamantes. Pásmense: además no cobra. Qué escándalo, un banco limpiabotas gratuito.

No revelaré el nombre de la entidad por si proceden contra su director por violar las normas deontológicas del sector. Imagínense el problema: con ese despilfarro en atenciones al cliente…¿cómo se puede garantizar el ligero margen de beneficio con el que los pobres banqueros se ganan los garbanzos?

El Raúl alternativo

(Publicado en MARCA 25 octubre 2007)

Raul TamudoLo avisó el poeta: Hay otros mundos pero están en éste. Había otras soluciones, pero también estaban en Raúl. No el del Madrid, el que da dolores de muelas a Luis Aragonés, según unos divinizado y según otros despreciado. No se trata del cásico por cuyo homenaje tanto se polemiza, sino de otro que sin tantos redobles de tambor va haciendo historia en un club y una selección poco acostumbrados a la gloria. Ay, Raúl Tamudo, qué grande eres. Y cuánto te debemos los que inconscientemente nos dejamos deslumbrar por las estrellas y ser guiados por los grandes predicadores del balón.

Salvo la pirula que le hizo a Toni en aquella final de Copa de tan infausto recuerdo para los Atléticos -entre los cuales se encuentra este duende- todas las suyas son buenas vibraciones. No abundaré demasiado en la maravilla de esa vaselina con la que apuntilló al Madrid el pasado sábado. Fue excepcional, pero en esta liga he visto goles de Javi Guerrero, de Sergio García, y de otros cuyos nombres no recuerdo que me hacen creer que, de cuando en cuando, algunos pies españoles adoptan la nacionalidad brasileña. Me refiero a su biografía, su record de goles con los periquitos, su rendimiento con la camiseta roja de España y, sobre todo, a su perfil humano.

En estos tiempos en que un canterano es visto por directivos y entrenadores con recelo, da gusto que alguno sea profeta en su tierra y permita soñar a los más jóvenes. A esos que son campeones de Europa o del mundo como juveniles y luego desaparecen o chupan banquillo en beneficio de un jugador importado. Tamudo ha conseguido superar esa maldición, y se lo merece. Le recuerdo cuando el Español le quiso traspasar al Glasgow Rangers, y el hombre no podía aguantar las lágrimas al despedirse. Es un gran futbolista, pero tan cumplidor y discreto que a ninguno se nos ocurriría adjetivarle como estrella.

Con su flequillo de Tintin, y ese aire de joven profesor universitario que le dan sus gafitas fuera del campo, Raúl Tamudo cae bien a todo el mundo. Y, si no el gran homenaje del otro Raúl, merece de largo estas líneas. Como escuché a un castizo que en un bar veía por la tele su último golazo, tará mudo, pero lo que ha hecho por el Español y la selección lo dice todo.

Gallinas en libertad

(Foto cortesía de Davichi, con algunos derechos reservados)

Gallina

 

Lo que avanza la civilización, para que luego se diga que vamos a peor. Estaba el Duende dando de cenar a Marina un huevo frito con arroz cuando reparó en el envase de donde procedía el manjar. Pazo de Vilane -rezaba el rótulo comercial- 6 huevos de gallinas criadas en libertad. Y seguía: nuestras gallinas se crían al aire libre, y completan su dieta a voluntad en los extensos campos del Pazo. Conmovido por la noticia, trató de convencer a su nieta para que acabara el plato. Primero le explicó que el huevo venía de una gallina feliz, y que esos huevo eran privilegio de princesas, pero como si nada. Luego acudió al clásico truquito de los bocados penitenciales: este por Mamá, que tiene que ser profesora de universidad y gladiadora del hogar al mismo tiempo. Este por Papá, que trabaja tanto y además es del Aleti. Este por Zapatero, para que se le arregle lo de los trenecitos de Cataluña. Este por Rajoy, para que se le pase el cabreo…Pero la niña, erre que erre, no quería más. Tanta libertad gallinácea y tanta pedagogía para que aquel huevo que debía costar un ídem acabara en el estómago del Duende.No sabe uno si una gallina aprecia su libertad. Ni si, de ser cierto, es tan buen argumento comercial para el consumidor, con la vida tan perra que viven otras criaturas. Me consta que aunque las tierras del Pazo de Vilane son especialmente golosas para las gallinas, el huevo resultante no es tan diferente a cualquier otro bien frito. Más bien pienso que el mensaje comercial explota la creciente sensibilización hacia los animales. La cosa viene de Francisco de Asís, que empezó hablando del hermano lobo. Luego llegó Walt Disney, se inventó a Mickey Mouse y a Bambi y nos hizo llorar a varias generaciones cuando dejó al cervatillo huérfano de madre. Entretanto la humanidad conocía el holocausto judío, las bombas de Hiroshima y Nagasaki, hambrunas bíblicas e incontables atrocidades. Homo homini lupus, nos recordaba Hobbes. Hoy no somos mucho mejores, pero gracias a los ecologistas, a los Estudios Pixar y a que Rajoy no tiene ningún primo zoólogo, nos vamos regenerando. Al final nos sentiremos personajes de Frank Capra, y redimiremos nuestra mala conciencia amando a los animales casi como a nosotros mismos.

Se defiende la causa de las ballenas, de las focas, de los zorros, de los lobos, de los linces, de los toros de lidia. (¿Por qué no de las ocas del Perigord?). Por una colonia de mariposas se desvió el trazado del AVE. Y si no se soluciona el problema de la carroña para los buitres -que desde las vacas locas están a dieta- acabaremos llevándoles al Mac Donald con cargo al presupuesto de Solbes. Aún hay más síntomas: desde que el Duende vió Babe, el cerdito valiente ha dejado de tomar cochinillo. A ver cómo le cuenta a Marina que mientras las gallinas de sus huevos campan en libertad, los lechoncillos nacen con los días contados.

Claro, que peor será cuando le tenga que explicar que millones de niños como ella pasan hambre.

El Duende ya no es el Duende

El Duende de la Radio

El Duende ya no es el Duende / que es igual que un orfeón / donde cantan otras voces / y van haciendo opinión (Curro Meloso)

Uno de los cada día más numerosos adictos a este blog recordaba ayer a un personaje, que nació de la mano de Julio César Iglesias en nuestra última temporada de RNE. Como su propio nombre indica, Curro Meloso era un rapsoda facilón y empalagoso que, sobre los acordes de guitarra de Agapito Bastardillo, improvisaba trovos almibarados. En estos menesteres Julio era un Robiño de las ondas. Se hablaba, un suponer, de la cosecha del azafrán con un experto, y sin encomendarse a Dios ni al diablo hacía un regate en corto, miraba a la chistera del Duende y requería a la musa de Curro. El trovero entonces improvisaba un ripio deleznable, pero lo decía con tal hondura y sentimiento que, traicionado por la emoción, siempre acababa llorando: Las mocitas de mi pueblo/ unas vienen y otras van/buscando novio, o al campo/ por cosechar azafrán…Así escrito parece una chorrada, pero en vivo y en directo lo era aún más. La vida del Duende en la radio fue eso, un rosario de chorradas resultonas.

Pero hoy Curro Meloso cantaba pasmado el prodigioso desarrollo de este blog. Empezó siendo un diálogo consigo mismo y ahora es un foro de reflexiones, anécdotas y opiniones que entretienen e ilustran. El Duende sólo da las pinceladas iniciales. El resto del cuadro lo pintan a diario una serie de amigos y amigas a los que no les ve la cara, pero se les adivina algo del alma. Rebosan criterio, sensibilidad, ternura y, a menudo, un más que saludable sentido del humor. El orfeón al completo, claro, suena mucho mejor que la sola voz del Duende.

Todo esto acaba en un aviso a los suscriptores que siguen al duende desde el email. Si está usted entre ellos, no se limite a leer sólo la entrada que recibe en su correo electrónico. Conecte con http://elduendedelaradio.com/ -ya debería tener esta dirección entre los favoritos de su navegador- y sáquele todo el jugo al blog. Cualquier comentario de un nuevo parroquiano será bienvenido.

Por cierto, ya que hablamos de avisos, de orfeón y de la parroquia, y aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, recordaré que el domingo 28 la Orquesta y Coro de san Jerónimo el Real, canta a la seis de la tarde la misa en Si bemol mayor D 324 de Schubert y tres piezas sacras de Mozart, Bach y Gounod. Para más detalles, pinchen el enlace adjunto. Que no sólo de blog vive el hombre…

 

El cabrón y el consentidor

Lo primero no es un exceso verbal propio. Utiliza el Duende este sonoro epíteto porque cita su fuente: así han llamado hace unos minutos Carlos Herrera y Antonio Martínez Barbeito al canalla urbano que agredió a una joven ecuatoriana en un vagón de metro. Reconozco que desbordan el libro de estilo de este blog, pero no es el Duende quién para corregir a los maestros del micrófono.

Lo curioso sin embargo es que, como se ha visto en televisión, el protagonista no estaba solo. Aparte de la víctima, viajaba en ese vagón semivacío otro ciudadano que miraba al infinito, y grababa la escena una videocámara, prima hermana del Gran Hermano. De Orwell a esta parte este ojo vigilante tiene muy mala prensa, y seguramente comete abusos sobre la intimidad de los ciudadanos. Pero hay que reconocer que si no fuera por él, ni el Solitario hubiera sido detenido ni el tiparraco del metro de Barcelona merecería ahora el reproche social.

Las videocámaras son odiosas. Se han convertido en aquel ojo implacable que en las ilustraciones de los antiguos manuales de Historia Sagrada perseguía a Caín después de que éste matara a Abel con una quijada de burro. Aunque el ojo ha desaparecido de la iconografía moderna, desdichadamente los caínes están ahí, en cualquier esquina, en la puerta de una discoteca o en un vagón de metro. El Gran Hermano los ha captado últimamente entre la llamada kale borroka, entrando en un cajero, matando a una indigente en Barcelona, apaleando a un detenido en una comisaría de pueblo o cebándose cobardemente en una chiquilla de dieciséis años tan acoquinada que ni siquiera se atreve a pedir socorro. A lo mejor resulta que lo odioso del Gran Hermano no es él, sino nosotros.

Porque lo más aterrador de la escena no es el ataque del bárbaro, sino la imagen del otro viajero que ante un atropello tan evidente mantiene impasible el ademán. Vaya usted a saber, pensaría, a lo mejor es un happening de unos actores, una pantomima, un truquito de uno de estos programas de televisión provocadores. Todo argumento vale para justificar la indiferencia, léase cobardía, a ver si por un gesto de buen ciudadano le cae a uno un guantazo. El Duende se pone en la piel del viajero de piedra, y probablemente piense que el miedo es libre, y que eso, al contrario que otras pendencias, no va con él. También recurrirá a que el mundo capitalista es una putada, ser inmigrante, un peligro, toda violencia es reprochable, y a que hay que estar contra la intolerancia y contra cualquier abuso de fuerza, especialmente si es contra una mujer. Pensará en suma que esta sociedad es una vergüenza, un asco. Aunque la culpa no sea mía, que sólo viajaba en metro y precisamente me bajaba en la próxima para asistir a una manifestación contra la guerra.

Malditas videocámaras, que más que ver nuestra mitad de ángeles, se fija sobre todo en nuestro lado demoníaco. Mal haya el puñetero Gran Hermano, que no sólo retrató al cabrón, sino también al consentidor.

Calcetines traicioneros

Calcetines Uno de los villanos del comic y del cine a los que más ha envidiado el Duende es a Lex Luthor, el gran enemigo de Superman. No por su capacidad para poner en jaque al superhéroe, ni por sus inmensas riquezas. Sino porque, según confesaba en la primera película de la serie -sin duda la mejor- todos los días estrenaba calcetines. Algo que hace años, en la España austera y pobretona de la posguerra, era privilegio y tradición del Domingo de Ramos.

Si el Duende fuera multimillonario, incluso tan abominable como Luthor, no se dedicaría a hostigar a Superman con la kryptonita (por cierto, qué ridículo queda cuando su musculatura se desinfla, el paquete se jibariza y la braga náutica roja se le afloja). Tampoco tendría yates, ni jet particular, ni Rolls, ni casoplón en Marbella o en las islas Vírgenes. Pero estrenaría todos los días calcetines. Eso sí, siempre que el mayordomo desprendiera la etiqueta o cortara la antipática costura que les une. Trabajitos imbéciles, ni uno más, que bastante tenemos con la cruzada que es abrir un CD o librar al turrón de Jijona de su camisa de fuerza.

Los calcetines son unos de esos pequeños traidores que, con el pretexto de parecer insignificantes y pasar casi siempre inadvertidos, nos pueden amargar la vida. Se la amargaron al ex director del Banco Mundial Paul Wolfowitz, cuando aún en el cargo se descalzó para entrar en una mezquita y el fotógrafo captó unos tomatones en sus calcetines impropios no ya de un financiero de su alcurnia, sino de un director de sucursal de la Caja de Ahorros en la isla de Perejil. Qué bochorno: ¿se imaginan a Botín o los Albertos en semejante trance? Pocos días después de esta indiscreta instantánea, a Mariano Rajoy le jugaron otra mala pasada. Un paparazzi de cintura para abajo le sorprendió con los esa calva exagerada en el talón que presagia el agujero calcetinero. Imagínense: todo un señor registrador de la propiedad y representante de la derecha pulcra y atildada arrastrando esas miserias. Doña María ya lo diagnosticó hace tiempo: los calcetines se hacen de espaldas al pueblo, porque hasta el que asó la manteca sabe que su herida mortal se produce a la altura del borde del zapato. Los fabricantes son conscientes de ello -mantiene la doña-pero sinencambio los siguen haciendo con el refuerzo por debajo de ese nivel con el ojeto de forrarse aún a riesgo de dejar a Wolfowitz, a Rajoy y al Duende en ese ridículo espantoso que es un hombre con tomates en los calcetines.

No se en qué medida contribuye esta prenda al esplendor del PIB, pero dada la crisis del zurcido -ya no hay huevos para tan abnegada tarea- y la extrema sensibilidad de este gobierno, no entiendo cómo ZP no legisla al respecto o, al menos, subvenciona el decoro de los que no podemos ser Lex Luthor. Entretanto, al Duende le tortura la posibilidad de que, en cualquier momento, una aventura amorosa con Naomi Watts fracase por un calcetín traicionero que muestra sus vergüenzas en el momento de la verdad. Y qué decir de ese absurdo, ese arcano sin respuesta, esa náusea sartriana que le sobreviene cuando la lavadora fagocita misteriosamente a un calcetín y deja sola a su pareja.

¿Por qué se siguen fabricando calcetines de espaldas al pueblo? ¿Qué carajo se hace con un calcetín viudo? Demasiado reto para el pensamiento moderno. Al Gore, con los pies en el suelo, no mira sin embargo a sus talones, sino al tomate del ozono que está precipitando el cambio climático. El progreso impone agujeros que nos los zurce ni Dios.

El beso de Rhett Butler

Clark Gable Ya lo avisó el Duende en uno de sus primeros posts: no le pongas cara a la voz que te seduce. La radio tiene su magia, y la red no digamos. No es que ambos ofrezcan un espejo engañoso de la realidad, es que presentan otra realidad que no sabemos si es virtual, ideal o simplemente tramposa. La alegoría perfecta de tal fenómeno la hemos vistos estos días en la prensa. Una pareja rumana que se odiaba buscó consuelo en internet. Cada uno chateó por su cuenta hasta que, con todos los pronunciamienos favorables, creyó dar con en al amor alternativo. Ésta (e) sí que me comprende, éste (a) sí que me ama de verdad, y no el (la) canalla con el (la) me que casé, pensaron. Cita a ciegas. Y batacazo: al fin ella era la mujer de él, y él el marido de ella. Se habían enamorado en el territorio mágico de la red los mismos que se separaban por no poder aguantarse en la vida real. Muy pragmáticos ellos, valoraron más la experiencia que lo imaginado, y acabaron, ay, rompiendo definitivamente. Aquí hay guión. Y reflexión.

La anécdota le recuerda a uno los riesgos de no saber con quién se juega su imagen en internet. La sinceridad es en estos tiempos una de las virtudes sociales más estimadas, pero tiene aristas filadas. Observen a los políticos, que raramente se atreven a recordar a ese ente abstracto llamado pueblo sus flaquezas. Y las tiene, vaya si las tiene. El Duende recuerda que dejó de ser socio del Aleti el día en que Ovejero, un futbolista apodado el cacique del área,-lo recordaba uno de los comentaristas al últimos post- en un partido amistoso casi lleva a la enfermería a un inocente futbolista cuyo delito era haberle hecho un túnel. Ovejero, que sin llevar hombreras de protección tenía unas espaldas tan anchas como los jugadores de rugby americano, era probablemente un humanista del fútbol, pero aquel día se pasó seis pueblos. Se lo censuró el Duende en voz alta, dijo algo así como qué animalada, y los forofos incondicionales le fulminaron con su mirada, porque los malos son siempre los otros, y no nosotros. El pueblo es soberano, pero también soberbio. Y entiende la sinceridad según le peta.

Como don Mendo en su famosa partida de siete y media, uno tiene la sensación de que, cuando deja caer una opinión en el blog, o se pasa o no llega. Si se queda en observaciones amables, pero intrascendentes, es el confeti de la vida, aunque apenas deje huella. Si se moja en algo que sea material sensible y causa cierto impacto, seguro que molesta a alguien. Por puro instinto de supervivencia, y porque lo suyo no es ninguna cruzada, seguirá cocinando para la mayoría, aunque no siempre le salgan los huevos fritos con puntilla a gusto de todos. Quién no desea ser siempre guapo, bueno y muy querido. Sin embargo, Vivien Leigh confesó una vez que el beso más recordado de Lo que el viento se llevó fue un asco de beso, porque cuando se rodó Clark Gable padecía una infección dental y sus labios no exhalaban precisamente perfume de rosas. El cine fabrica sueños, e internet es la nueva película global en la que todos aspiramos a dar el beso del galán, del héroe indiscutible. Claro, que si el mítico Rhett Butler no era de cerca tan seductor por qué lo iba a ser un duende.

El hecho diferencial

(Publicado en MARCA el 18 octubre 2007)

Stoichkov ¿EN QUÉ SE DISTINGUEN UNOS FUBOLISTAS DE OTROS? En principio, hay once que llevan una camiseta de un color y otros once de otra. Pero a partir de ahí se les distingue por la elegancia de sus movimientos, por la calidad de su toque de pelota, por el tono de su piel, por el corte de pelo, por el tinte del mismo, por el pendiente, por el ceremonial con que celebran los goles, por sus devociones. Unos se persignan, otros miran al cielo, otros abren sus manos mirando a la Meca…Extrapolando lo que dijera el famoso torero, también en el el fúrbo hay gente pa tó.

SIN EMBARGO, TODOS COINCIDEN EN SUS MODALES. Labia y gestualidad, esa es la cuestión. ¿Quién no se excusa levantando las manos abiertas después de una tarascada? Todos son inocentes, el contrario nunca cae porque lo barremos, sino porque la ley de la gravitación de los cuerpos es inexorable. No son nuestros tacos los que van a la tibia, sino la tibia del adversario la que busca nuestros tacos. De otra parte, ¿qué labios no pronuncian hijoputa o tu puta madre cuando el adversario se pasa de viril o el juez de línea no atina? La ONU del balón que juega en España sufre a veces múltiples problemas de adaptación. Pero es sorprendente la facilidad con la que asimilan, supongo que por ósmosis, el catálogo de exabruptos y vituperios que recoge el Diccionario Secreto de Cela. Pueden venir de Gambia o de Azerbaiyán, pero a los tres partidos ya dirán los insultos de rigor con la pulcritud verbal con que Fernando Rey declamaba los versos de Calderón. (No el Calderón del Madrid, que aún no se ha atrevido a recitar, sino el de La vida es sueño).

SALVO AQUEL SANTO ROJIBLANCO QUE SE LLAMÓ GÁRATE, que ante el martirio implacable de Goyo Benito o de Gallego sólo se encogía de hombros y decía, eso no se hace, todos los futbolistas han insultado a lo bestia. Lo malo es que ahora, gracias al zoom, insultan urbi et orbi, y hasta el más lerdo lee en sus labios la mala educación. Lo cual plantea problemas a aquellos presidentes que, considerando a su club estandarte del nacionalismo, ven cómo los jugadores se cabrean o festejan sus goles como si el hecho diferencial les trajera al fresco. Intolerable.

SEÑOR LA PORTA, SEA COHERENTE. A Stoichkov se le podía perdonar un hijoputa en román paladino, porque la directiva de entonces era tibia y estaba desnortada. Pero usted que tiene tan clara su misión histórica, que sueña con la Selección de Cataluña, vela por la lengua catalana y aspira a proclamar la república del Barça, debe exigir el hecho diferencial. Si hay insulto, que se diga en la lengua de Verdaguer. Y no permita que sus estrellas celebren sus goles de cualquier manera: donde esté una sardana, que se quite la samba o la cucaracha de los goleadores sin ideales.

Lo demás sería confundir al club que tan dignamente preside con ese babel mercantilista de los que sólo son profesionales del fútbol.

El pipí de Pedro Ruiz

Pedro Ruiz La crisis de identidad del Duende es culpable de que no sepa aún si es actor o público, cómico o espectador, criticable o crítico. Su escenario fue el estudio de radio, algún plató de televisión o una sala de doblaje. Aunque nunca dejó de pensar que era gente corriente, allí coincidió eventualmente con figuras del show business. Y siempre le sorprendió la naturalidad con la que éstas le saludaban, como considerándole colega de toda la vida. Suelen ser muy simpáticos: unos de verdad y otros por pura estrategia, pues venden sueños, y hay que ilusionar a los soñadores. Enseguida te ríen, te abrazan y se despiden de ti con dos besos, como los franceses. Al Duende estas efusiones de cariño en público siempre le han dado vergüenza. En su casa eran poco besucones. La noche de Navidad como mucho, y sólo si había corrido el espumoso en abundancia.

Alguna de estas personalidades han elogiado alguna vez al Duende. Lo cual le enorgullece, pero al mismo tiempo le compromete. Porque si por una parte la admiración es recíproca, por otra la crítica debe ser libre. Y le molesta que pueda molestarle. Por ejemplo, guarda un excelente recuerdo del Pedro Ruiz que, en plena transición, irrumpió en el teatro con un divertidísimo espectáculo llamado Historias de un Ruiz señor. El Duende le otorga además a Pedro la primacía en la imitación de los políticos, y le está muy agradecido de que le preparase el terreno. Pero Pedro no se conformó con ser un excelente satírico. Cuando ya había triunfado, se convirtió en politólogo, filósofo, cantautor, predicador, y hasta flagelo implacable de esta sociedad adormecida. Todo payaso puede aspirar a ser Hamlet -es muy frecuente que los que se dedican a la risa acaben creyendo que es más importante la tragedia que la comedia. Pero corre el peligro de hacer pipí fuera del tiesto. Y algo de eso puede haberle pasado a Pedro.

Al Duende le gustaba más en su primer papel. De repente, a aquel joven travieso, lenguaraz y espontáneo le dio un ataque de trascendencia. Hizo un programa en Antena 3 donde pasaba del color al blanco y negro, del rapsoda al místico, de la risa al llanto. Y acabó empalagando. Primero declaró la guerra al poder, luego a la inteligentsia, yfinalmente al pueblo aborregado, en el que al cabo militamos todos. Desde entonces, como dice Pilar Cernuda, Pedro Ruiz no habla, sino que dice frases. Antes hacía parodias geniales y contaba historias muy ocurrentes. Ahora estrena Pandilla de mamones.

Y el mamón del Duende no se estira más, porque sólo buscaba la anécdota y ha acabado en la categoría. ¿Le estará pasando lo que a Pedro Ruiz?

La castritis oratoria

Fidel Castro

Por si no fuera poco su pecado de lesa democracia, los dictadores son unos pelmas de siete suelas. O se aburren mucho. No de otro modo se explica que, dominando todos los resortes del poder, tengan que largar discursos de hasta diez horas (Fidel Castro) o programas de radio que son maratones de demagogia (Chávez). Y perdón si a un presidente elegido en las urnas le ofende lo de dictador, pero recuerdo a este respecto que Hitler también podría haberse mosqueado por lo mismo.

El general Franco, que según el pensamiento dominante era casi más tiránico que Nerón, Stalin y Pol Pot juntos, fue a este respecto más comedido. No se puede decir que tuviera precisamente la oratoria de Demóstenes. Su voz aflautada, su dicción ceceante y la monotonía de su fraseo aburrían a las ovejas. Pero una vez que repasaba los pantanos, la conspiración judeomasónica y la vigencia de los principios del Movimiento -que eran por su propia esencia intangibles e inalterables- aliñaba y remataba la faena en una hora como mucho. Un suspiro al lado de los masajes dialécticos de Castro.

A menudo, cuando el Duende escucha a los que en una empresa, en una junta de vecinos, o en un comité de la Asociación de Amigos de las Setas de Colmenilla toman la palabra, piensa que quizás todos llevemos un dictador dentro. Al menos en lo que se refiere al abuso de la oratoria. Porque hay que ver lo que nos cuesta hablar bien, en corto y por derecho. La docta doña María, experta en humanidades (todas sus poblemáticas son muy humanas) suele decir de la iglesia católica que su mensaje es impecable, pero que le falla su cuerpo de servicio. Y es verdad: le faltan buenos predicadores. Al párroco de la iglesia donde el Duende canta, se le cronometran homilías de veintidós minutos. La palabra de Cristo es sublime, pero la de sus ministros en la tierra es a menudo tan pobre como la de este menda, que suspendió la mayoría de los exámenes orales de su carrera. Hace falta ser un virtuoso de expresión verbal para mantener la atención del público más allá de diez minutos. A partir de ese momento, hasta al parroquiano más fiel se le queda la fe traspuesta.

Todo esto viene a cuento de que hoy día 18 de octubre el Duende tiene que dar un pregón. Ya les contaré si es capaz de hacer caso a Gracián o confunde cantidad con calidad para acabar sucumbiendo a la castritis oratoria.

Calvas honorables

Calva

(Foto de sameffron, con algunos derechos reservados)

Si el Duende fuera un pensador, lo primero que le preguntaría al espejo es lo clásico: quién soy, de donde vengo, a donde voy. De todas las cuestiones saldría su alter ego más o menos airoso, pero en cambio estoy seguro de que no respondería jamás a otra no menos crucial: ¿cuánto tarda uno en quedarse completamente calvo?

Desde que Yul Brynner encandiló a las mujeres con su cráneo reluciente y Marañón lanzó la tesis de que los calvos son más viriles, el mito de Sansón ha perdido predicamento. Pero pese a ello, son legión los hombres que sin cabellera se sienten desnudos frente al mundo. Sólo así se entiende la supervivencia del bisoñé y de algunos trasplantes pelo a pelo que, si aceptables en la cabeza de las muñecas de Famosa, resultan casi ridículas en la de un honorable ciudadano.

El Duende tuvo una abuela que perdió el cabello prematuramente, y tuvo que usar peluca durante años. No era coquetería de la época, sino sentido de la dignidad, porque aunque mujer de buen porte, tenía una nariz de acusado puente, y con la vejez descabellada se hubiera parecido al avaro de Moliere. Cuenta la leyenda que un día paseando en barca por un lago, se levantó un golpe de viento y dio con su peluca en el agua. La abuela Mercedes, sin perder la compostura, alcanzó a rescatar su postizo, lo tomó en sus manos, lo secó como pudo y lo devolvió al lugar de donde nunca debió despegar. La abuela Mercedes era todo entereza. En la guerra civil perdió su casa, que ardió bajo las bombas de una de las dos Españas. En la mundial, a su hijo Carlos, muerto en el frente ruso. También perdía las gafas, como ahora le pasa a su nieto. Pero ni ante el sacerdote que le administró la extremaunción quiso perder su imagen de mujer. Murió como el glorioso general Custer, sólo que lugar de las botas, llevaba la peluca puesta.

Desde entonces, y dado que la genética es muy puñetera para estas cosas, el Duende piensa que es sólo un proyecto de calvo que avanza inexorablemente, pero no a la velocidad esperable. Cuando estudiaba derecho administrativo, se aburría tanto que para entretenerse agitaba su cabellera sobre el libro y contaba después los pelos perdidos. Treinta y cinco llovían de cada sentada. Ahora no estudia nada, y además los que tiene son blancos, que según la leyenda popular no sucumben. Mentira podrida. Cuando mira el forro del casco de la moto, que es de color negro, tiene que cantar un réquiem solemne por tanto caído en combate.

Lo peor es que la noticia del avance de la calvicie se la dio el Banco Santander. No contento con freírle a disgustos con desagradables comisiones y tenebrosos extractos, instaló unos ascensores forrados de espejos hasta en el techo, de forma que no hubo manera de hacer la del avestruz e ignorar la realidad. Lo que un tiempo fue clarito de coronilla, se había convertido en tonsura exagerada. Le hubiera gustado más la calva de entradas que van de la frente hacia atrás, como las de Henry Fonda o Bruce Willis, pero la suya ha elegido la suerte contraria.

Y eso es más grave aún. Porque aunque Roberto Carlos y el árbitro Colina hayan dado mucho lustre a la calva, e incluso abunden las mujeres a las que les gustamos mondos y lirondos, en cualquier momento puede acusar el llamado síndrome Anasagasti. Y camuflar bajo una ensaimada capilar la noble desnudez que deja el tiempo en las mentes despejadas.

Placeres libres de impuestos

Esteban Sánchez

El Duende escucha a menudo Radio Clásica de RNE. Esta noche, la preciosa voz de Araceli González Campa ofrecía el primer cuaderno de la Suite Iberia de Isaac Albéniz. Nada menos que en la versión de Esteban Sánchez -precisa ella. Al terminar la audición, Araceli añade que podría recitarse el final de una de las más famosas rimas de Bécquer: hoy creo en Dios. Aunque Dios no fuera para el caso más que un pianista extremeño que nos dejó hace ya algunos años.

 Esteban Sánchez fue para los entendidos en piano un portento. El más universal de los músicos actuales -extraordinario, casi milagroso pianista y muy competente director-, que es Daniel Baremboim, no llegó a conocerle. Pero cuando escuchó la grabación de marras casi levitaba. ¿Quién este genio, de donde ha salido?, se preguntaba. El Duende no podría aportarle muchos datos, porque salvando a los pocos divos que engrosan el star system de la música clásica, la vida del director o del concertista interesa poco y se conoce menos. Por lo que el Duende deduce, Sánchez fue un caso parecido al de Glenn Gould el genio canadiense que ha dado más brillo y personalidad a las Variaciones Goldberg de Juan Sebastián Bach (grabación, por cierto, que con la de la Suite Iberia de Esteban Sánchez estaría entre las diez que me llevaría a la consabida isla desierta). Gould dejó de dar conciertos muy joven, vaya usted a saber por qué. Esteban Sánchez da la impresión de que tampoco hizo mucho por la fama. Casi se diría que la esquivaba. Lo último que supe de él es que cuando murió, a bordo de un taxi que salía de su pueblo, impartía la docencia en el Conservatorio de Mérida. Una biografía machadiana.

Años atrás, quizás en el verano de 1960, Esteban Sánchez apareció por Arenas de San Pedro y dio un recital en la sala de Mochila, que era como apodaban al dueño del único cine del pueblo. Allí asistió el jovencísimo Duende a su primer concierto. En un piano vertical más propio para un salón del oeste que para una figura del teclado, despertó en él la afición por la música clásica. Se quedó deslumbrado por el talento de Esteban Sánchez, sobre todo cuando tocó una pieza de intenso romanticismo titulada San Francisco sobre las olas, de Franz Liszt. Al día siguiente, y guiados todos por un amigo inolvidable llamado Antonio Bardají, que le conocía y fue quien organizó el concierto, emprendimos una larga marcha por las cumbres de Gredos. Durante la noche, nos sorprendió una tormenta apocalíptica, y buscamos refugio en una cabaña de cabreros. Ninguno de nosotros pudimos dormir. Salvo el pianista, que, tendido a mi lado, roncaba a pierna suelta con una envidiable de expresión de placidez en su rostro. A él le iban enseñar los truenos cómo se hacía la música celestial…

Fue, creo, la única vez que se vieron Duende y genio. Le pareció un tipo corriente, simpático, en las antípodas del divismo que distingue a los figurones. Nació en Orellana la Vieja , provincia de Badajoz, y no es frecuente ni escuchar sus escasas grabaciones ni aún siquiera su nombre. Esta noche han sonado ambos por gracia de mi admirada Araceli. Cuánto prodigio junto. Un invento asombroso como la radio, una voz transparente y seductora, una Radio Clásica que es manantial continuo de deleite, la inspiración de Albéniz, la presencia viva de un excepcional pianista desaparecido. Y todo con sólo pulsar el mando de un aparato. Tenía razón uno de los comentarios recientes a este blog: los mejores placeres de la vida a menudo son gratis. Escuchar por la radio a un talento como Esteban Sánchez, sorpréndase, aún está exento de impuestos.

El sudor y la gloria

(Publicado en MARCA 11 de octubre de 2007)

Selección Espanola

Me dice mi amiga doña María que aunque en su casa son del Aleti y en principio siempre estarán con Luis Aragonés, también comprende el mosqueo de Raúl por la bola negra que Zapatones le ha puesto. Tampoco le ha seleccionado para jugar contra Dinamarca, vaya por Dios. Menos mal que no hay mal que por bien no venga. Luego se acuerda de Mamen, y piensa que al menos ella agradecerá no tener que hacerse cargo de la camiseta extraña con la que, inevitablemente, volvía el ídolo merengón de estos duelos.

La cuestión que le inquieta no es si España juega mejor o peor con Raúl que sin él, porque la selección ha aburrido tanto en un caso como en otro. Lo que verdaderamente le preocupa es un misterio que hasta ahora nadie se ha planteado. El fútbol está lleno de arcanos. Por ejemplo, nadie sabe cuándo hará del Nido la próxima declaración trascendente, como si en lugar de un vulgar presidente fuera san Isidoro de Sevilla. Tampoco se conoce si llegó a clasificar Linneo la maravillosa especie de rosa que florece bajo el culo del Real Madrid desde tiempo inmemorial, y que le permite ganar partidos incluso cuando no los merece. Ni cuándo se va a inventar el demagómetro, para medir el nivel de tonta demagogia populista de La Porta. Ni cómo hace Abiatti para cambiar las bombillas fundidas sin que se le resbale el recambio. Pero también éstas son incógnitas menores. Lo que verdaderamente le inquieta a doña María, todo sentido común, es qué carajo hacen las esposas de los ídolos con las miles de camisetas que van acumulando sus maridos en el fondo de armario. ¿Las lavan, planchan y guardan junto con la ropa de uso normal? ¿Las empacan en un mega relicario ? ¿Caben aún en sus mansiones? ¿O tienen que alquilar contenedores especiales para almacenarlas?

La poblemática es aún más grave para el hincha que consigue la camiseta lanzada por el ídolo a la grada después de una hazaña. Se supone que para ellos será un preciado tesoro, una prenda tan sagrada como la Sábana Santa para los creyentes. ¿Quién se va a atrever a lavarla, sabiendo que esa elástica guarda las esencias de dioses como Raúl, Messi, Agüero, Kanuté o Kaká? Los jugadores que ganan sus partidos se abrazan entre sí como si tal cosa. Incluso sus entrenadores y directivos, a menudo bien trajeados, los reciben en sus brazos sin remilgo alguno. Cualquiera diría que, en lugar de maloliente sudor, desprendieran esos cuerpos gloriosos perfume de jazmín. Pero la española de a pie, como doña María, no deja de pensar en las facturas de tinte que pagan Calderón, La Porta y Del Nido, normalmente tan atildados, por fundirse con los suyos cuando hay trofeo y foto para la historia.

Mientras tanto, el forofo ingenuo sueña con la gloria sentado en el baúl que guarda las camisetas sudadas de sus ídolos. Eso sí, no podrá abrirlo nunca, porque el día que lo haga caerá víctima de una tufarada mortal.

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