
Apunte estos neologismos, que son auténticas perlas: Cagallero. Noble o hidalgo que cabalga con el vientre descompuesto. Putano: gas que comercia con su cuerpo. Culapso: transcurso de tiempo durante el cual el culo no se ha usado para nada. Intetar: procurar coger los pechos de la novia con el pretexto de que se es huérfano y la vida ha sido muy dura con uno. No raya el ingenio del Duende tan alto como para ser autor de estas ocurrencias. Proceden del Diccionario de Coll, de donde, por cierto, se ha tomado prestada la carcajoda que desde hoy se puede escuchar entrando en la edición digital de EL MUNDO. Vuelve la viñeta sonora, la pincelada de humor matinal que durante años el Capi y el Duende dejaban en RNE. Vuelve con el visto bueno, supongo, del creador de la palabra.
La definición que inventaba el maestro para carcajoda -la digo de memoria- no gustará mucho a las feministas, pero tampoco está exenta de gracia: dícese de la risotada del amante cuando en la coyunda ella revela que es la primera vez. La carcajoda de EL MUNDO no será tan procaz. Se conformaría con lograr la risa o la sonrisa que agrada, pero que también puede fastidiar.
Pero sólo poquito.
Coll era un humorista muy completo, puesto que además de actor, guionista y novelista inventaba palabras. Como el tertuliano aquel de La colmena de Camilo Jose Cela, pero más originales y divertidas. Nunca se sabrá si el surrealismo deslumbrante que habitaba bajo la chistera y el bombín que simbolizaban al dúo genial era de José Luis o de Luis Sánchez Polack. Quizá éste acumuló más simpatías populares, pues era un loco maravilloso en estado puro del que nunca se escuchó nada amargo. A Coll en cambio se le avinagró el humor con los años. Se enfadó con mucha gente, y parecía que el mundo había dejado de caerle bien. Se quejaba de los cuentachistes y, supongo, también de los imitadores. O sea, de los que transitamos con cazamariposas por los arrabales del ingenio.
A propósito, el Duende nunca se ha considerado un humorista. Mejor dicho: no sabe lo que es eso. Repara en las cosas que le hacen gracia y trata de capturarlas, reelaborarlas y jugar con ellas. Algunos de los malabarismos verbales de Coll le fascinaban. Hace unas semanas, jugando a ser él y a enriquecer el Ñiccionario que pretenden editar Javier Capitán y el Ciudadano García, acuñó un nuevo término del que está orgulloso: Ozonopiño: diente que se le ha caído al ozono por el agujero de la capa. Aquí todos tratamos de aprender de los maestros. Uno acaba siendo sólo una ensaladilla rusa de buenos humores ajenos.
Podrán saber algo más de estas carcajodas en el un post de hace tiempo. Se titulaba Vamos a divertirnos. Esperamos no defraudar. Ni a los lectores de este blog ni al inefable, y nunca suficientemente valorado, Jose Luis Coll.


Lo avisó el poeta: Hay otros mundos pero están en éste. Había otras soluciones, pero también estaban en Raúl. No el del Madrid, el que da dolores de muelas a Luis Aragonés, según unos divinizado y según otros despreciado. No se trata del cásico por cuyo homenaje tanto se polemiza, sino de otro que sin tantos redobles de tambor va haciendo historia en un club y una selección poco acostumbrados a la gloria. Ay, Raúl Tamudo, qué grande eres. Y cuánto te debemos los que inconscientemente nos dejamos deslumbrar por las estrellas y ser guiados por los grandes predicadores del balón.


Ya lo avisó el Duende en uno de sus primeros posts: no le pongas cara a la voz que te seduce. La radio tiene su magia, y la red no digamos. No es que ambos ofrezcan un espejo engañoso de la realidad, es que presentan otra realidad que no sabemos si es virtual, ideal o simplemente tramposa. La alegoría perfecta de tal fenómeno la hemos vistos estos días en la prensa. Una pareja rumana que se odiaba buscó consuelo en internet. Cada uno chateó por su cuenta hasta que, con todos los pronunciamienos favorables, creyó dar con en al amor alternativo. Ésta (e) sí que me comprende, éste (a) sí que me ama de verdad, y no el (la) canalla con el (la) me que casé, pensaron. Cita a ciegas. Y batacazo: al fin ella era la mujer de él, y él el marido de ella. Se habían enamorado en el territorio mágico de la red los mismos que se separaban por no poder aguantarse en la vida real. Muy pragmáticos ellos, valoraron más la experiencia que lo imaginado, y acabaron, ay, rompiendo definitivamente. Aquí hay guión. Y reflexión.
La crisis de identidad del Duende es culpable de que no sepa aún si es actor o público, cómico o espectador, criticable o crítico. Su escenario fue el estudio de radio, algún plató de televisión o una sala de doblaje. Aunque nunca dejó de pensar que era gente corriente, allí coincidió eventualmente con figuras del show business. Y siempre le sorprendió la naturalidad con la que éstas le saludaban, como considerándole colega de toda la vida. Suelen ser muy simpáticos: unos de verdad y otros por pura estrategia, pues venden sueños, y hay que ilusionar a los soñadores. Enseguida te ríen, te abrazan y se despiden de ti con dos besos, como los franceses. Al Duende estas efusiones de cariño en público siempre le han dado vergüenza. En su casa eran poco besucones. La noche de Navidad como mucho, y sólo si había corrido el espumoso en abundancia.




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