
Por si no fuera poco su pecado de lesa democracia, los dictadores son unos pelmas de siete suelas. O se aburren mucho. No de otro modo se explica que, dominando todos los resortes del poder, tengan que largar discursos de hasta diez horas (Fidel Castro) o programas de radio que son maratones de demagogia (Chávez). Y perdón si a un presidente elegido en las urnas le ofende lo de dictador, pero recuerdo a este respecto que Hitler también podría haberse mosqueado por lo mismo.
El general Franco, que según el pensamiento dominante era casi más tiránico que Nerón, Stalin y Pol Pot juntos, fue a este respecto más comedido. No se puede decir que tuviera precisamente la oratoria de Demóstenes. Su voz aflautada, su dicción ceceante y la monotonía de su fraseo aburrían a las ovejas. Pero una vez que repasaba los pantanos, la conspiración judeomasónica y la vigencia de los principios del Movimiento -que eran por su propia esencia intangibles e inalterables- aliñaba y remataba la faena en una hora como mucho. Un suspiro al lado de los masajes dialécticos de Castro.
A menudo, cuando el Duende escucha a los que en una empresa, en una junta de vecinos, o en un comité de la Asociación de Amigos de las Setas de Colmenilla toman la palabra, piensa que quizás todos llevemos un dictador dentro. Al menos en lo que se refiere al abuso de la oratoria. Porque hay que ver lo que nos cuesta hablar bien, en corto y por derecho. La docta doña María, experta en humanidades (todas sus poblemáticas son muy humanas) suele decir de la iglesia católica que su mensaje es impecable, pero que le falla su cuerpo de servicio. Y es verdad: le faltan buenos predicadores. Al párroco de la iglesia donde el Duende canta, se le cronometran homilías de veintidós minutos. La palabra de Cristo es sublime, pero la de sus ministros en la tierra es a menudo tan pobre como la de este menda, que suspendió la mayoría de los exámenes orales de su carrera. Hace falta ser un virtuoso de expresión verbal para mantener la atención del público más allá de diez minutos. A partir de ese momento, hasta al parroquiano más fiel se le queda la fe traspuesta.
Todo esto viene a cuento de que hoy día 18 de octubre el Duende tiene que dar un pregón. Ya les contaré si es capaz de hacer caso a Gracián o confunde cantidad con calidad para acabar sucumbiendo a la castritis oratoria.

Muy buen escrito acorde con la realidad. Es Ud. un magnifico escritor y muy original en sus conceptos.
Disfrute leer este artículo. “Todos llevamos un dictador dentro” a propósito de los discursos: ¡excelente frase!
Muchas gracias.
Gracias, Duende, por arrancarme una carcajada.
¡Animo Duende!
Dudo mucho que sucumbas a la gastritis oratoria,tansolo por el hecho de que almenos te plantees la posibilidad. Gracias al dictador interior no escuchamos, y mucho menos nos cuestionamos lo que se dice, imposible al no hacer lo primero.
¡Me encantaría leer tu discurso ya que no podemos oirlo en presencia!. Que disfrutes el día.
¿Habría alguna posibilidad de colarse? Casualmente tengo que ir a esa zona esta tarde. ¿A qué hora es el pregón?
En caso negativo, por favor, socialízalo.
¡pero que bien expresado! Pico de Oro, Castelar! que diría una amiga mía. Por favor, cuélgalo
Suerte duende. Cuéntanos mañana como te has sentido desde el “púlpito”.
Dudo mucho que aburras al personal. ¿Podrías colgar luego el pregón? Así si alguno tiene insomnio se le cura
Suerte y al toro.
Hola Duende:
Me encantan todos tus comentarios y te agradezco que nos hagas partícipes de ellos. Os encuentro a faltar muchísimo en la radio. Sin vosotros ya no es lo mismo. Un beso a Dña. María. La adoro.
Os deseo lo mejor.
Buenas observaciones sobre los dictadores. Cómo mantienen el poder gracias a las armas no necesitan manterlo con una gran oratoria. Se trata de una oratoria poco ágil y en caso que fuese buena en seguida se oxida por la poca competencia de los argumentos esgrimidos.
ay algo q una no puede salvar es la muert por eso no beban no fumen y masquen chimo luchen oorsu vida se los digo por esperiencis alguna