
El Duende sufre cuando por mala memoria no puede citar la fuente. Y pide a algún lector cinéfilo que le ayude a localizar a un personaje de película. Era una del oeste, muy buena, y con su puntito de humor. Quizás de John Ford. En muchas secuencias recurrentes, un director de periódico cascarrabias llega a su redacción indignado por lo que acaba de escuchar o ver en la calle o en saloon. Y, sistemáticamente, después de comentarlo con su ayudante, dicta un editorial furibundo contra los responsables del entuerto: Estados Unidos no será un país civilizado hasta que no encarcele a…
Siempre se acuerda de él cuando ve desmanes como los que se han hecho en nombre del desarrollo urbanístico, particularmente en su último itinerario sentimental. Por no ofender a los gallegos, digamos que muy pocos de ellos se esmeraron en mejorar a los alarifes que en tantos mosteiros y pazos diseminados por sus tierras demostraron durante siglos su sentido de la dignidad arquitectónica y el buen gusto por la piedra. Hablo del horror de la construcción en Galicia. Según en criterio del sheriff de la película , no habría sitio en la cárcel para todos lo que, so pretexto de crear vivienda y progreso a toda costa, han sido sus responsables. Los habrá de todas las categorías: presidentes, conselleiros, ediles, promotores, inversores inmobiliarios, arquitectos, juristas constructores… Y supongo que, entre todos, muchos corrutos, como ellos mismos dicen en ese castellano peculiar que al Duende le encanta escuchar.
Fue una pena que semejante arrebato absolutista perturbara un jornada de solaz y paz espiritual. Transcurrió esta por la Ribeira Sacra, y buscó remanso en el Mosteiro de Ferreira do Pantón, restaurado generosamente. Allí se juntan el románico, un claustro sobrio y elegante del siglo XVI y una fachada del barroco, que junto con los almendrados despachados por una hermanita cordobesa, bien merecerían la bendición del padre Bonete.
Pero la ira del sheriff le acometió al Duende cuando, buscando grandes perspectivas se llegó al Mosteiro de san Vicente do Pino, en lo más alto de Monforte de Lemos. Si paseas por el entorno y miras la noble traza del monasterio, hoy convertido en Parador, y del vecino Palacio de los Condes de Lemos, todo bien. Mas ay de ti si te quieres deleitar contemplando el valle que los circunda. Miras abajo y la estética dominante de lo construido en el casco urbano en los últimos tiempos es un mosaico de adefesios. ¿Quiénes habrán permitido tanto desafuero urbanístico? Para ser coherente con el respeto que merece esa zona monumental, habría que poner en sus miradores una pantalla que velara el horizonte más cercano y redimiera la vista llevándola a donde aún no ha llegado el cemento. Es un remedio para no mortificarse y no cabrearse tanto.
Menos mal que nos estiramos hasta Sobrado de los Monjes, ya en La Coruña. Ahí además de sosiego, el Duende halló entre los monjes que cantaron las vísperas a un compañero de colegio excepcional. Un hombre que, no contento con ser misionero en Camerún durante veinticinco años, se ha recluido entre estos muros para mejorar sus notas. Julio Wais escucha la radio desde su celda, y conocía al Duende sin sospechar que esas voces de mentirijillas que aliviaban su aislamiento venían de un colega de la infancia. Junto con Manolo Gasset y Tatala, que me llevaron a él, se nos fue la media hora de conversación entre risas y evocaciones. Y no le dio tiempo al Duende para pedirle perdón por haber deseado el mal a los corrutores del paisaje y, de paso, también por haber abusado de la paciencia eclesiástica con el padre Bonete. Que fray Julio se apiade de este Duende pecador. Amen.














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