Archivos para 15 octubre 2007



Una visita a fray Julio

Sobrado de los Monjes

El Duende sufre cuando por mala memoria no puede citar la fuente. Y pide a algún lector cinéfilo que le ayude a localizar a un personaje de película. Era una del oeste, muy buena, y con su puntito de humor. Quizás de John Ford. En muchas secuencias recurrentes, un director de periódico cascarrabias llega a su redacción indignado por lo que acaba de escuchar o ver en la calle o en saloon. Y, sistemáticamente, después de comentarlo con su ayudante, dicta un editorial furibundo contra los responsables del entuerto: Estados Unidos no será un país civilizado hasta que no encarcele a…

Siempre se acuerda de él cuando ve desmanes como los que se han hecho en nombre del desarrollo urbanístico, particularmente en su último itinerario sentimental. Por no ofender a los gallegos, digamos que muy pocos de ellos se esmeraron en mejorar a los alarifes que en tantos mosteiros y pazos diseminados por sus tierras demostraron durante siglos su sentido de la dignidad arquitectónica y el buen gusto por la piedra. Hablo del horror de la construcción en Galicia. Según en criterio del sheriff de la película , no habría sitio en la cárcel para todos lo que, so pretexto de crear vivienda y progreso a toda costa, han sido sus responsables. Los habrá de todas las categorías: presidentes, conselleiros, ediles, promotores, inversores inmobiliarios, arquitectos, juristas constructores… Y supongo que, entre todos, muchos corrutos, como ellos mismos dicen en ese castellano peculiar que al Duende le encanta escuchar.

Fue una pena que semejante arrebato absolutista perturbara un jornada de solaz y paz espiritual. Transcurrió esta por la Ribeira Sacra, y buscó remanso en el Mosteiro de Ferreira do Pantón, restaurado generosamente. Allí se juntan el románico, un claustro sobrio y elegante del siglo XVI y una fachada del barroco, que junto con los almendrados despachados por una hermanita cordobesa, bien merecerían la bendición del padre Bonete.

Pero la ira del sheriff le acometió al Duende cuando, buscando grandes perspectivas se llegó al Mosteiro de san Vicente do Pino, en lo más alto de Monforte de Lemos. Si paseas por el entorno y miras la noble traza del monasterio, hoy convertido en Parador, y del vecino Palacio de los Condes de Lemos, todo bien. Mas ay de ti si te quieres deleitar contemplando el valle que los circunda. Miras abajo y la estética dominante de lo construido en el casco urbano en los últimos tiempos es un mosaico de adefesios. ¿Quiénes habrán permitido tanto desafuero urbanístico? Para ser coherente con el respeto que merece esa zona monumental, habría que poner en sus miradores una pantalla que velara el horizonte más cercano y redimiera la vista llevándola a donde aún no ha llegado el cemento. Es un remedio para no mortificarse y no cabrearse tanto.

Menos mal que nos estiramos hasta Sobrado de los Monjes, ya en La Coruña. Ahí además de sosiego, el Duende halló entre los monjes que cantaron las vísperas a un compañero de colegio excepcional. Un hombre que, no contento con ser misionero en Camerún durante veinticinco años, se ha recluido entre estos muros para mejorar sus notas. Julio Wais escucha la radio desde su celda, y conocía al Duende sin sospechar que esas voces de mentirijillas que aliviaban su aislamiento venían de un colega de la infancia. Junto con Manolo Gasset y Tatala, que me llevaron a él, se nos fue la media hora de conversación entre risas y evocaciones. Y no le dio tiempo al Duende para pedirle perdón por haber deseado el mal a los corrutores del paisaje y, de paso, también por haber abusado de la paciencia eclesiástica con el padre Bonete. Que fray Julio se apiade de este Duende pecador. Amen.

Lejos del mundanal ruido

Pasamos de cuarenta millones, pero aún somos pocos para llenar el territorio nacional. Cada vez que el Duende viaja por él y se sale de la red nacional de carreteras, se colma de paisaje hermoso. Según las zonas, galante o bravío, húmedo o seco, arbolado o árido, montuoso o llano. Pero casi siempre vacío. En cualquier campo se pueden ver edificios abandonados: casas de labor, pequeños cortijos, alquerías, galpones, molinos, pajares, dependencias para el ganado, casas solariegas, iglesias arruinadas, incluso palacios dejados de la mano de Dios. Tan sólo habitados por las sombras, por las zarzas, que se van adueñando de ellos o por los fantasmas de un tiempo pretérito en el que la agricultura era decisiva para nuestra economía. Gran parte de nuestro campo se está quedando sin habitantes. La vida rural se extingue.

La reflexión me acompañaba viajando por la Galicia interior, por el valle de Incio y las sierras del Caurel y del Cebreiro, en la provincia de Lugo. Aquí me he reencontrado con El bosque animado, la novela de Fernández Flórez de la que Jose Luis Cuerda hiciera una deliciosa película. Por aquellos frondosos bosques de castaños y robles centenarios, que a menudo abovedan de sombra la estrecha carretera, ya no pasan sin embargo ni el bandido Fendetestas ni la Santa Compaña. Esta probablemente se ha jubilado por falta de clientela. Tan sólo algunas vacas apacentadas por una aldeana heroica cruzan el asfalto. Me cuentan que bajo la presidencia de Fraga se intentó impulsar la región, y que en el Caurel -una sierra de vegetación adusta y silencios sobrecogedores que es la mística del paisaje- se restauró a modo de reclamo la aldea de Seceda, toda pizarra y piedra. Pisas sus calles, pavimentadas con grandes lanchas, y parece que paseas por el medievo. Aunque en el medievo, claro, hubiera muy poca gente. En un recorrido caprichoso por 120 kilómetros no se cruzaría el Duende con más de una docena de coches. Otro dato: caminó por los alrededores del pantano de Vilasouto, y comprobó que hoteles rurales y restaurantes que hace cuatro años estaban abiertos han cerrado sus puertas. Tan lejos del mundanal ruido van quedando estos parajes…

Algún amigo muy viajado por Europa le comenta al Duende que eso es un privilegio. Dice que potencia nuestro papel de reserva natural del continente. Pero al Duende le sigue sorprendiendo, y le produce una cierta tristeza. No puede comprender cómo la inmensa mayoría nos agolpamos en gigantescas conurbaciones añorando el campo y, al propio tiempo, se hace tan poco para animarlo. Y habrá soluciones, supongo. ¿O no hay vida más allá de la agricultura? Hace muchos años en Estados Unidos faltaban médicos. Las televisiones se pusieron a producir telefilmes y series que presentaban al médico como un héroe social y en pocos años florecieron las vocaciones de galenos. Tal vez haga falta algo así para poner de moda la vida rural y estimular a los jóvenes a que la prueben. La vida en el campo quizás no sea la Arcadia feliz, pero nunca será tan hostil como la que soportan muchos urbanitas desarraigados.

Dos apuntes más. Nos sentamos a tomar un café en un bar de Cruz de Incio al pie de la carretera que cruza el pueblo. Un perro de esos que no tienen ni nombre ni dueño, se tumbó sobre el asfalto, y allí sesteó un buen rato, arregostado al sol sin que los coches perturbaran su siesta. Por cierto, Zapatero no mintió: el café costaba ochenta céntimos, con trago de aguardiente de la casa incluido. Lo que decía, tan lejos del mundanal ruido…

San Cucufato, ¿donde está mi pendrive?

San Cucufato

Querido san Cucufato

Perdona que te invoque otra vez. Se que últimamente te estoy dando mucho la lata, pero mi devoción por ti no impide los desmanes de mi memoria. Hace dos semanas que desaparecieron mis gafas de sol, y no me he quejado. Según mi método de Hércules Poirot escrupuloso, consistente en revisar hora a hora la agenda de mis días -donde, por cierto, tampoco apunto nada- fueron abducidas por un ente maléfico, y aunque carecen de valor comercial no me han aparecido. No he llorado por ello, como te decía. Entre otras cosas porque eran muy oscuras, y me veía con ellas como un cruce entre un vástago de los Corleone y la Niña de la Puebla. Eso sí, cada vez que salgo a la calle en días luminosos como los de este otoño, voy con los ojos guiñaditos. Y ni siquiera lo había contado en este cuaderno de bitácora, para que veas.

Pero lo de hoy es más grave. Verás, me ha invitado un amigo a un retiro espiritual por tierras de Lugo, entre Monforte de Lemos y Sarria, al pie mismo del embalse de Belesar. Otoño en la Galicia profunda, ¿a que no está mal? Vamos a visitar el monasterio de Sobrado de los Monjes, donde él tiene un amigo monje. Allí se canta gregoriano, y yo pienso apuntarme, porque en mi coro también hacemos nuestros pinitos, y nos queda tan bien que cuando vuelvo a casa me miro al espejo y veo a un fraile de Zurbarán. Hasta ahí perfecto: me encanta viajar por pueblos y villorrios que quedan a trasmano, y a estos sitios sólo llegas si hay algo que se te ha perdido allí. Entretanto, surcas caminos y atraviesas aldeas por las que tal vez nunca volverás a pasar. Me apasiona: el viaje perfecto para el Duende sería dos años dedicado a conocer España por sus carreteras más pobres, esas que van de amarillito en el mapa del MOPU y te vuelven loco a curvas.

El problema, la poblemática que diría doña María, es que no creo que todas las maravillas del estado de bienestar hayan llegado a estas zonas rurales. Verás en la vieja casa de piedra rehabilitada donde nos alejamos no hay ADSL. Tendría que acercarme a Monforte o a Sarriá para subir a la red los posts pertinentes. Pero, ¡ay!, el Duende se ha dado cuenta ahora mismo de que, además de las gafas de sol, también ha perdido el dichoso pendrive. A ver cómo se las apaña para no faltar a la cita diaria con sus lectores, con lo bien que íbamos de visitas.

Así que ya sabes: cojo un pañuelo, envuelvo en él un par de huevos, los ato con sus cuatro picos a la pata de una mesa y recito la consabida jaculatoria. Bendito san Cucufato: si no me encuentras el pendrive, no te los desato.

Duende hasta el domingo por la noche. Aunque entonces, naturalmente, tendré mucho que contar, porque tres días de otoño en Galicia creo que dejan huella.

El Duende, marcado

Marca logo

No le va a restar atención a este blog, pero siguiendo los pasos de Julio César Iglesias el Duende va a colaborar en MARCA. Es un orgullo y una satisfacción, como se suele decir en estos casos. No sabe qué es una chicane, ni quién encabeza el gran slam, ni quién juega en los Raptors de Chicago. Sólo conoce algo de fútbol, y es a través del Atleti, ahora que este deporte y mi equipo parecen no ser del todo incompatibles… Aún así parece que su firma encaja junto a otras que, como Javier Martínez Reverte, Chencho Arias, o Jiménez Arnáu, buscan dar otro aire al veterano periódico. Se trata de un artículo libre con el deporte al fondo, lo cual le da al Duende mucho margen para tratar de casi todo. Con deportividad, eso sí.

Desde que en 1958 fundaran el periódico mural en Arenas de san Pedro, apenas había sido requerido el Duende por las redacciones. Un desperdicio. Y eso que aquello era periodismo total: entre Juanito Serrada, hoy día abogado del estado y abuelo de varios nietos, y el Duende escribían todas las secciones. A mano, naturalmente. Luego las clavaban con chincheta en un tablex, y éste en el tronco de en un enorme plátano, en cuya corteza se dibujaban varios corazones flechados con las iniciales de las niñas que nos gustaban . Alrededor, se extendían grandes pinares. Un gigantesco coro de chicharras cantaba infatigable en las horas de calor. Eran nuestra claque. Pasábamos las vacaciones entre una alberca llena con agua de pozo y aquel inmenso plátano que sirvió de atril a nuestro periodismo alevín. Escribíamos algo parecido a un tebeo. Las chicas se acercaban al mural, lo leían y luego trepaban por las ramas, donde nosotros las cortejábamos. Aquello tenía más vida que el árbol donde Italo Calvino colocó a su barón rampante Nacieron allí algunos de esos tiernos noviazgos que morían en septiembre.

Desde entonces el Duende no ha tenido sección propia en ningún periódico. Y le hace ilusión, porque el deporte sólo hará de pretexto para seguir siendo un Puck, y hacerle guiños y cucamonas al lector. Escribirá los jueves, siempre que la información de la Champions no necesite su espacio. Pase la bola. Otros como Cappa, Valdano o Clemente saben mucho más del tema, pero no sólo de fútbol vive el hombre. Hay que buscarle sus cosquillas, y demostrar que nada, ni el sacrosanto deporte rey, empeora cuando se ve a través del prisma del humor.

Lea el post anterior con buenos ojos

El post anterior era un artículo que nunca le publicaron al Duende. No es el único, claro. Pero uno, que no es un dechado de perspicacia, se dio cuenta de que más que políticamente incorrecto, era incómodo. Aludía a las esquelas como esa badila que remueve el cisco de un brasero lamentable en nuestra historia reciente. ¿No hay muchos periódicos que podían haberla manejado con más mesura?

Lo mandó a dos periódicos, y ambos lo lanzaron a la papelera. Uno de ellos se excusó con el peregrino argumento de que hablaba demasiado de la competencia, como si lo que uno sugiere de ella fuera precisamente elogioso. Al margen de la opinión del autor sobre la memoria histórica, el Duende advirtió que criticar estas esquelas -que habrán dejado una fortuna en las cuentas de publicidad- es como subrayar la inmensa hipocresía que encubren los anuncios de putiferio. Qué pocos periódicos les hacen ascos.

No le gustaría al Duende que el post anterior levantara la polémica del ombligo de Ibarreche. Si se lee con ojos serenos, coincidirán en que hay tema para comentarios con sólo repasar las muchas esquelas pintorescas o incluso divertidas que uno recuerda. Pero si, a pesar del deseo del Duende de provocar más sonrisas que urticarias, se quiere destilar opinión sobre el espinoso tema de fondo, ruego al lector que se fije sólo en último párrafo, que juega con los versos de John Donne. Aquel que ve el vaso medio lleno, y recuerda que, si las esquelas fueran campanas, hoy deberían repicar. Paz y buen humor, por favor.

Por quién doblan las esquelas

Cementerio

(Foto de saksa2000, con algunos derechos reservados)

No es el año más oportuno para proclamarlo, pero aún así confieso que yo también soy lector de esquelas. Sobre la presunta malsana morbosidad de tal costumbre, debo argumentar que la esquela permite espiar discretamente a la condición humana a través de un ojo de cerradura privilegiado. Cualquier avezado lector de ellas, y los hay por miles, sabe interpretar los nombres, el orden de los mismos, los oficios o profesiones del fallecido, sus cargos, honores y condecoraciones, los adjetivos, los versos, las citas literarias y las oraciones que encierra esa orla negra que fuera, hasta hace bien pocos años, uno de los signos distintivos del veterano ABC. Conozco a algunos coleccionistas de esquelas, que las exhiben cual documentos tan expresivos como lo fueron las fotos de Alfonso o de Agustí Centelles para mostrarnos la España de su tiempo. También me contaron que en un kiosco de Madrid había un cliente que diariamente pagaba cinco duros al kiosquero sólo por permitirle leer las esquelas. Del ABC, naturalmente. Se ponía al día, y después de constatar encantado cómo iban cayendo los amigos de su promoción devolvía el ejemplar para su venta normal. Del ABC proceden también estas perlas con las que se homenajeaba en una esquela a un ser querido. Tras el nombre del difunto, tres palabras inmarcesibles que son, sin duda, expresión de un cariño impagable: tiíto, gordito y pocholín. Sin embargo, la que más me ha impactado es la que leí hace apenas un mes. Aparte de la fecha del óbito, de los nombres de los familiares y de los datos del funeral, decía sólo Fulanita de Tal y Tal, inmejorable persona. Con el fuego cruzado que se dispara este año desde la esquelas, me pareció emocionante su ingenuidad y su ternura.

Estoy seguro de que el Año de la Memoria Histórica llegaba cargado de buenas intenciones. Cierto que quedaban agravios por reparar, y muchos más en la España de los vencidos que en la de los vencedores. Para un lego en la materia como el que esto suscribe, lo más difícil de entender es por qué no se borran de una vez en los archivos judiciales los expedientes que convirtieron a tantos defensores del orden constitucional en condenados por rebelión. Ni por qué no se equiparan con los gloriosos caídos por Dios y por España a aquéllos que cayeron por la República, que, por cierto, también eran España y podían tener su Dios. Que se laven las manchas de honor, que se rinda homenaje a las víctimas, muertas en el frente o a cuenta de lo más encanallado que acompaña a cualquier guerra. Pero, por favor: que no recuerden lo peor de nosotros mismos esas truculentas crónicas retroactivas en las que se han convertido muchas esquelas de este año crucial. Si un día aparece en un periódico el memento a un inocente abatido por las hordas marxistas, al siguiente asoma en el de signo contrario el aniversario de un ciudadano de bien asesinado por las tropas facciosas del general Queipo de Llano. No irá en su propósito, pero…¿cómo no va a creer el lector que se trata del inevitable y tú más? Una de estas horrendas esquelas ha servido para enterarnos a muchos de que, mientras los restos de este militar descansan en la catedral de Sevilla y su fajín procesiona con la imagen de la Macarena -extraño maridaje que sorprenderá a muchos hombres de armas y escandaliza a no pocos creyentes-, varios miembros de una misma familia fusilados por sus tropas en aquel nefasto verano del treinta y seis reposan en lugar desconocido. Algunas revelan su porqué anteponiendo al nombre del difunto, con palmario retintín, el aviso de que estamos en el año de la memoria histórica. Una de las más escandalosas data del lunes 16 de octubre de 2006, y está dedicada a unos mineros muertos en la represión de la revolución de Asturias en 1934. Formará parte de cualquier antología de las esquelas, pues la pieza lo tiene todo: el nombre de las víctimas, el de los parientes que los recuerdan, el del capitán que mandaba las tropas, el de los responsables del gobierno de entonces y, para que no falte nadie, el del presidente Rodríguez Zapatero, a la sazón nieto del capitán de marras y desenterrador, pala en mano, de lo más triste y cruel de nuestra memoria. Por no cargar demasiado las tintas, la esquela recuerda que el propio capitán Rodríguez Lozano, ejecutado después por las tropas de Franco, pudo morir en Asturias tiroteado en una emboscada, y conjetura que, de haber sido así, su nieto no hubiera alentado este año de la memoria que por ahora es más bien el año de la gran tangana. Nunca las esquelas habían sido tan dramáticas.

Son muchos los que opinan que el llamado Año de la memoria histórica o no es la más brillante idea del presidente Zapatero o, como poco, se ha interpretado mal. Pero justo es decir que en esa interpretación intervenimos todos, y muy especialmente los periódicos que dan cabida al afán de vendetta que sangran estas esquelas. Uno de ellos, EL PAÍS, receló en su día de informar sobre la fiesta de los toros, y creo que jamás ha acogido crónicas de un combate de boxeo, por considerar que este deporte denigra al ser humano. El mismo código ético o libro de estilo podría haberse aplicado para, advertido que el juego de las esquelas se convertía en un macabro toma y daca, no publicar al menos algunas de las más descorazonadoras. Una joven inglesa que estudia filología hispánica y es una apasionada de nuestro país se quedó estupefacta después de haber leído unas cuantas. ¿Cómo es posible-me preguntaba- que, setenta y cinco años después, se sigan ustedes odiando tanto?

La mayoría creíamos que la transición había suturado con notable éxito las heridas de la guerra civil. Si estábamos en un error, procédase a curar las que aún queden abiertas con urgencia y, sobre todo, con discreción y delicadeza. Porque la mayoría de los españoles perciben aquella guerra del 36 tan lejana como los de mi generación la de Africa, y probablemente les desalienta y les espanta reconocer a alguno de los suyos entre las víctimas, o peor aún, entre los verdugos. Todos tenemos algo de ángeles y de diablos, y en aquél infausto trienio negro nos poseyó el lado satánico. Por eso se echa de menos que en este año de la memoria histórica no abunden más en las esquelas conmemorativas palabras como perdón y, sobre todo, reconciliación. Algunas nobles excepciones ha habido en este sentido, pero me temo que se pierden en el fragor del memorial de atrocidades. Al cabo, parafraseando los famosos versos de John Donne, esas esquelas tremendistas también doblan por todos nosotros. Cuando, al contrario de la novela de Hemingway, si fueran campanas deberían repicar. Repicar de alegría por haber enterrado una guerra y una dictadura para dar paso a una democracia.

Descartes de Descartes

Griferia

Uno de los deportes favoritos del Duende es provocar a los personajes importantes sacudiendo su guindo particular para que caigan en los problemas cotidianos de doña María. Cierto que la buena mujer ya está jubilada de la radio, y que la nostalgia es un error, pero cuando el Duende acude a Descartes no siempre le ilumina el camino. Del ilustre pensador recuerda el cogito ergo sum y la genial sentencia de que el corazón tiene razones que la razón desconoce. Nada de eso le resuelve sin embargo pequeñas puñeterías que nos amargan tontamente la existencia . Para eso hay que acudir a los descartes de Descartes, que abundan en el pensar de doña María.

Primer descarte: coincidió el Duende en Covarrubias con personajes de mucho peso intelectual. Se alojaban en un hotelito tan sencillo que hasta se entendía la grifería del cuarto de baño, comentario positivo que fue jaleado por los concurrentes. En sus viajes con la radio, doña María confesó haber pasado muchas fatigas para entender el cuadro de mandos del baño en un hotel sofisticado: botones, termostatos, reguladores de presión, grifos semiocultos que te disparan desde puntos inesperados….¡Con lo bien que funcionaban los grifos de agua caliente con su puntito rojo y los de agua fría con su puntito azul! Los académicos y profesores universitarios que escucharon el comentario estaban de acuerdo: no siempre el progreso nos facilita los usos del cuarto de baño. A menudo, más bien nos los complica.

Segundo descarte. Afecta a un problema de lo que Alberto Corazón llamaría señalética equivocada, aunque en realidad los que se equivocaron fueron los personajes que en unos mingitorios públicos se metieron en el que no correspondía a su sexo. Había entre los confundidos un ex Secretario de Estado de Cultura, varios líderes de opinión y un registrador de la propiedad, oposición para mentes preclaras y bien amuebladas. Bueno, pues aún así varios eligieron la puerta que no les correspondía. ¿Por qué? Pues porque un diseñador genial había decidido sustituir el clásico icono del muñequito y la muñequita por un símbolo más propio para un egiptólogo que para quien, normalmente apresurado, acude a cambiarle el agua al canario. Los intelectuales también tienen vejiga, y a la hora de hacer pis vuelven a recordar aquello de que los experimentos mejor con gaseosa.

Tercer descarte: la conspiración de las bombillas. Mantiene doña María que cuando una bombilla se funde en casa, varias compañeras por solidaridad deciden suicidarse. Ahora el problema es más grave, porque la rosca, como todo hallazgo útil que sólo peca de ser antiguo, tiende a ser sustituido por nuevas fórmulas como la que en estos días la torturan: Se trata de unas bombillas halógenas que dan mejor luz, sí. Pero que, eso sí, se sujetan en su agujerito por un aro circular de alambre que, eso sí, se deforma al sacar la bombilla fundida y no sirve para sujetar a la nueva. Total, que la buena mujer está desesperada, porque ahora las bombillas que debían estar encajadas en su guarida cuelgan del techo como los chorizos puestos a secar en la casa del pueblo. Y eso le rompe la estética, poblemática en la que ni los intelectuales de Covarrubias ni el Descartes ese le van a aclarar, y que sólo resolverá el electricista previo pago de su visita. Moraleja: que eso del pogreso en las bombillas también es mu correlativo.

Y no descarten que el Duende siga recordando otros descartes de Descartes.

Covarrubias, qué buen pretexto

Covarrubias

Enfilaba el sábado la carretera de Burgos y el Duende no aclaraba sus dudas. No sabía para qué podrían requerirle en el Pretexto Covarrubias, un encuentro cultural patrocinado por la Caja de Burgos que reunía en esta encantadora villa burgalesa a un panel de nombres como Mario Vargas Llosa, el profesor Blecua, Angela Vallvey, Oscar Esquivias, Enrique Iglesias, Humberto López Morales, Alberto Corazón, Antonio Giménez Rico, Miguel Angel Gozalo y a este este imprevisto invitado. Su papel no era más que una intervención en los postres de un almuerzo, pero después de haber escuchado a Vargas Llosa, tan claro en sus sólidas ideas y tan elegante en su oratoria, la verdad es que al Duende no le llegaba la camisa al cuerpo. Jesús, qué responsabilidad.

No es fácil quedar bien cuando uno viene precedido por figuras como el gran novelista peruano. El Duende gastó buena parte de su tiempo en explicar que no acababa de explicarse qué pintaba allí. De todos los oradores se podía decir qué eran exactamente. Unos escritores, otros académicos, otros cineastas, otros diseñadores, otros periodistas. ¿Se imaginan un programa que, detrás del nombre del conferenciante, ponga duende de la radio? No me atreví a decirlo, así que en el guión figuraba como escritor y periodista. Tuve que defenderlo; escribir ha escrito algo, publicar en los periódicos ha publicado -les dije. Pero no se engañen, nadie le conocerá por ello, porque, a base de haber encarnado tantas imposturas, ha acabado siendo hombre sin identidad. Así dicho no tiene ninguna gracia, pero lo cierto es que lo adornó con ejemplos de cómo se puede simular tantas personalidades sin personalidad propia, y tanto Mario como la mayoría de los asistentes lo pasaron bien. Al final de su intervención el Duende ya comprendía cuál era su rol en el Pretexto Covarrubias y en cualquier otro encuentro cultural al que sea invitado. Será como el sorbete que aligera el banquete parnasiano, o como el bombón que alegra el café final. Eso sí, mejor que no lo detallen en el programa.

Por lo demás, es un privilegio recorrer las tierras que riega el Arlanzón al despuntar el otoño. Me encanta Covarrubias, con su entrañable Colegiata y esas imponentes ruinas de San Pedro de Arlanza siete kilómetros río arriba. No hace falta desenredar esa maraña de reyes, nobles, obispos, fueros, cartas y fechas con que los guías le aturden a uno y que luego la memoria no sabe ordenar. Las piedras silenciosas, tan sugerentes aunque sólo sean ruinas, dicen mucho más con su silencio. Le llenan a uno los pulmones del alma.

El Pretexto fue pretexto, además, para visitar la Cartuja de Miraflores y la Exposición del Octavo Centenario del Cantar del Mío Cid en Burgos. La belleza del retablo de Siloé y el enterramiento de alabastro que uno vio en la Cartuja le dejaron literalmente pasmado, pero quizá no tanto como cuando, la noche anterior, en el Torreón de Fernán González se le presentó uno de los invitados al Pretexto y le dijo: mi nombre es Javier, y no sólo sigo Elduendedelaradio sino que dejo en él comentarios. Era difícil encontrarme uno cara cara, pero se dio el milagro. Y hoy firma un comentario como Pretexto Covarrubias. Que cunda el ejemplo. Comenten, por favor, comenten mucho y así hallaré otro pretexto. Esta vez, para hablar de lo buena gente que son mis lectores.

¿Aimez-vous Brahms?

Johannes Brahms

Era una historia triste en blanco y negro, un amor imposible de una dama otoñal por un joven espigado con cierto aire neurótico. Ella era Ingrid Bergman, y al joven lo encarnaba Anthony Perkins, que entonces hacía suspirar a las jovencitas. Partía de una novela de Françoise Sagan, y lo llevó al cine Anatole Litvak, pero al Duende lo que más le gustó de la película era Brahms, que aparecía en el título, en un concierto al que asistían los protagonistas y en la banda musical persistente, basada en el tema del tercer tiempo de su tercera sinfonía. Al Duende la película no le hizo vibrar, cierto, le dejó un regusto como el del plátano, que es sabor agradable, aunque menos que lo que promete su bonita piel. Pero guarda en su retina el plano final de Ingrid Bergman desmaquillándo ante el espejo su rostro mientras el piano subraya su desencanto con la melancolía de esos sutiles acordes del compositor hamburgués. El Duende no aprendió a amar a la Sagan, ni a Litvak, ni a Ingrid Bergman, que sólo le enamoró en Stromboli, pero sí a Brahms, como preguntaba el título.

Brahms era entonces plato fuerte en la programación de la ONE, que en aquella época, con el Teatro Real aún cerrado y el Auditorio Nacional ni siquiera en proyecto, tocaba en el Palacio de la Música de Madrid los viernes y sábados y en el Monumental Cinema los domingos. Este era el concierto al que íbamos los melómanos de precaria hacienda. Brahms era para el aficionado madrileño lo que Wagner para el adicto al Palau de la Música y al Liceo. Decían en Barcelona con cierta sorna que en los auditorios de Madrid aparte del obligado luminoso de salida de emergencias para incendios debería de haber otro con salida para caso de Brahms. Pero el Duende nunca utilizó esa salida. Era entonces un tierno jovencito con afán de cultivarse, sabía cómo sonaban Bach y Beethoven, y le faltaba la tercera B de la trilogía sublime para presumir de criterio musical. Inicialmente le costó tanto como abrir la pesada puerta de hierro de una catedral, pero una vez que penetró en el templo de sonidos del barbudo compositor se convirtió en un fervoroso devoto suyo.

Por eso cuando escucha el mismo tema de Aimez vous Brahms en un spot de el Corte Inglés siente como que desafina. Recuerda con humor la leyenda urbana -recogida por doña María en su biografía- de una mujer que cuenta a sus amigas cómo quiere ser enterrada: ni tumba, ni nicho, sino que me incineren y echen mis cenizas por las toberas del aire acondicionado del Corte Inglés, para que se esparzan por el único sitio donde de verdad he sido feliz.

Así se ponen sus grandes centros comerciales los fines de semana. Tanta gente entregada a la felicidad del consumo en el centro comercial que utiliza a Brahms mientras unos pocos raritos escuchan su música. Es otra alternativa, pero tiene su encanto, y hay que probarlo. Este nombre es sólo un monosílabo, poderoso y denso, pero sugiere algo tan elegante, sutil y poético como esa hoja amarilla que, después de balancearse en el aire, se posa delicadamente para alfombrar el otoño. A Ingrid Bergman le sonó regular, pero a otros Brahms nos sigue pareciendo música celestial.

Puntos y aparte

Punto y aparte

(Foto de La niña graphics, bajo licencia de Creative Commons)

Lo peor es que quizás es demasiado tarde para decirse escritor. Pero ya es grave que a estas alturas de la película el Duende no sepa siquiera si sabe escribir. El recientemente desaparecido Umbral se afanaba en marcar las diferencias entre una cosa y la otra. Supongo que ser escritor es vertebrar tu vida alrededor de la pluma, y mostrar capacidad para esculpir con ella a madames Bovary y coroneles Buendía. Si así fuera exactamente, mi admirado difunto se hubiera quedado sólo a mitad de camino, puesto que aunque escribió muchísimo y excelentemente no fue capaz crear un solo personaje literario de peso y carácter reconocible. Sin embargo era un excelente escritor. Lo otro está al alcance de casi todo el mundo. Hasta el sargento chusquero -ya no debe existir, y si lo hay habrá que pedirle perdón por motejarle- rellenaba un parte. A veces, eso sí, el sin novedad era con nobedad.

Todas estas dudas interiores me vienen de alguna sugerencia o crítica de los cada día más decididos comentarios a este blog. Alguno se queja de que el Duende haya eliminado los párrafos. Lo entiendo: los párrafos oxigenan el texto. Un punto y aparte es como la pausa para beber un poco de vino entre bocado y bocado. Además entretiene y aligera la densidad del paisaje escrito. Es el claro en el bosque, o la laguna en la sabana. Me imagino la mentalidad de quien se asoma al blog. ¿Busca aquí el placer de leer un novelón a la sombra de un tilo? ¿Pretende un pellizco de periodismo? ¿Quiere ser el diablo Cojuelo de la morada del Duende? Seguramente sólo aspira a echar un vistazo a lo que llaman actualidad, y sonreír si puede. Y en ese caso, mejor contar las cosas en pequeñas obleas.

Cree recordar el Duende que el Ulises de Joyce -del que confieso sólo leyó la primera parte- era el caos morfológico. Años después devoró San Camilo 1936 de Cela sin encontrar en cuatrocientas páginas una solo punto y aparte. Muchos autores reconocidos han escrito como un torrente, sin remansar su texto en párrafo alguno. Pero el concentrar los posts en bloques compactos -como lo de trufarlos con muchos nombres en negrita- es un simple truco. Uno, en su inseguridad, piensa que alguno de aquellos nombres prenderá en la curiosidad del lector. Y que ese anzuelo le sumergirá en un texto que, si no abulta mucho, no le ahogará. Escribo sin puntos y aparte porque casi siempre que he publicado algo en un periódico lo he tenido que reducir, y porque algunos maestros del columnismo – o maestra, como Elvira Lindo - también lo hacen. El también hubiera querido ser Flaubert, pero no hay que olvidar que es sólo un imitador.

De todas formas, se admiten sugerencias. Si son tan amables, expresen su opinión. Sin demasiado rigor, por cierto, no vaya a ser que lo que más valoren sean los espacios en blanco que han quedado entre párrafo y párrafo.

El ombligo de Ibarreche y el carajo de Imanol

Ibarretxe

Tenía el Duende una prima jerezana que se llamaba Tere. Con esa gracia especial que da el habla de aquella tierra, Tere mantenía que cada perzona e un arcaucí. Entiéndase, un alcaucil que es como por allí se conoce a la alcachofa. La prima añadía que hace farta quitarle musha hoha ante de llegá ar corazón. Verdad incontestable que sólo hay que matizar, como haría doña María, diciendo que eso es mu correlativo. A unos se les despoja tres hojas y se les ve el plumero, digo el alma. A otros les deshojas un ratito y su almario no aparece. Y otros apenas necesitan desnudarse nada, porque su corazón aflora a primera vista. Entre esos destacan los nacionalistas, con un ombligo tan grande que no hay hojas bastantes en la alcachofa para ocultarlo. El Duende suele ser prudente para juzgar estos asuntos, precisamente porque nunca ha entendido la necesidad de pertenecer a una u otra nación para sentirse más o menos importante y mejor o peor persona. Nació en España y desde que se lo dijeron no ha vuelto a pensar en ese dato del pasaporte como problema. Respetaba al Cid , admiraba a Zarra, a Gento y a Suárez porque jugaban divinamente y metían goles con la camiseta roja de la selección, le encantaban los polvorones de Estepa y las tortas de aceite de Castilleja de la Cuesta porque siempre han sido exquisitos y le emocionaba Suspiros de España de la misma manera que una danza húngara de Brahms o un fado de Ana María Rodríguez. De ahí a pensar que esa panoplia de amores le hacía superior a los demás va a un abismo. Ni está orgulloso el Duende ni deja de estarlo por ser lo que es. Cree que España está bien, pero seguramente si fuera paraguayo o finlandés amaría igualmente a ese mundo inmediato que a uno le rodea y con el que no tiene más remedio que convivir. Sólo puede entender el Duende el nacionalismo como pegamento de voluntades frente a una amenaza exterior. Pero hablar de España o de Europa como amenaza para las comunidades del estado de las autonomías es una broma que cada vez entienden menos los que, por encima de etiquetas nacionalistas, se sienten simplemente ciudadanos. El nacionalista vive atormentado, porque con lo que nos cuesta a todos significarnos como personas y por nuestra valía, ellos están obsesionados además por su denominación de origen. Y no se dan cuenta de que, en la inmensidad del planeta, ser vasco, catalán o murciano es tan irrelevante a efectos de figurar en el cuadro de honor como ser entomólogo, melómano o amante de las setas. El nacionalismo se cura viajando, como bien decía Unamuno -ilustre vasco, por cierto-, pero nadie ha dado con la fórmula para combatir el desmesurado ombliguismo que afecta a los líderes nacionalistas. Acabo de escuchar en la radio que Imanol Arias, ídolo de multitudes de origen vasco, ha dicho desde que descubrí Cádiz el plan Ibarreche me importa el carajo. Ni le cuento lo que le importa a la inmensa mayoría de nuestros paisanos. Sin embargo alguien ha quitado las hojas del alcaucil de Ibarreche y ha visto que el ombligo del lendakari se ha desarrollado casi tanto como el carajo de Imanol. Y la ciencia, sin dar con el remedio.

Vuelvo al cole

Colegio


Vuelven los niños al colegio, qué pena penita. Una tarde parda y fría / de invierno, los colegiales/ estudian monotonía / de lluvia tras los cristales. También incluía el año lectivo tardes de otoño y primavera, y no llueve todos los días. Pero salvo esas precisiones, los versos de Antonio Machado evocan lo que a juicio del Duende hacía más odioso al colegio. Precisamente la monotonía. Ahora gran parte del alumnado incluso va contento, porque la disciplina se ha relajado, y los niños visitan museos y parques de la mano de profesores encantadores que explica lo que era el polisón de una maja de Goya o el oviscapto de un saltamontes. A pesar de la perpetua crisis de la enseñanza -culpables de ello la divinización del niño y el desprestigio de la autoridad- qué diferencia, a mejor, para los colegiales. Antes la docencia nos enclaustraba bajo altos muros y en general aburría a las ovejas. Y la continua, aplastante monotonía: de lluvia, de nubes, de claros, de soles. Siempre igual. Once años, once, con sus mañanas y sus tardes, fue esta criatura al Colegio del Pilar de Madrid. Once años recorriendo las mismas calles cuatro veces al día, porque los no mediopensionistas comíamos en casa. Once años viendo las mismas caras, formando a las mismas horas, rezando al iniciar la clase, avasallando a la pipera a la salida si había suerte y quedaban unas perras gordas en el bolsillo. Como no hay mal que por bien no venga, gracias a aquel paseo tan repetido el Duende aprendió a hablar al revés. Entretenía bastante: empezaba por la última letra y seguía la lectura de derecha a izquierda. Un día aprendió anohat, que es tahona, otro ejarag, que es garaje, otro soniramartlu, que es ultramarinos, otro selainoloc, que es coloniales, otro saireuqetnam, que es mantequerías….Años después coincidí con un compañero de trabajo con el que conseguía mantener conversaciones fluidas, y Julio César Iglesias se hartó de aprovechar esa extravagancia del Duende en alguno de sus ratos radio dislocada. Para entonces ya era capaz de recitar cualquier poema conocido y de cantar al revés desde La vaca lechera hasta La corte del Faraón. Tenía razón el Guerra - a él a quien le adjudican la anécdota- cuando dijo, al conocer a Ortega y Gasset aquello de hay gente pa tó. Con semejante equipamiento intelectual y un expediente de alumno perfectamente gris y timorato que nunca fue el primero de la clase, el Duende ha recibido la sorprendente invitación de ser el Pregonero del Centenario del Colegio del Pilar. Qué compromiso. Ojo, de esta fábrica salieron desde un presidente de gobierno a un secretario de la OTAN e incontables ministros, desde el filósofo más reconocido actualmente al empresario y el abogado más boyantes, desde Ansón a Cebrián, desde Sánchez Dragó a Luis Antonio de Villena. Cuántos más notables y capacitados que uno. Pero llaman al Duende qué paradoja. En ocasiones así el Duende olvida su bagaje más `pintoresco y se pone serio. Al cabo, y en su peculiar estilo, sólo podrá decir sinceramente una verdad agridulce. Que este afamado colegio nos enseñó, sobre todo, lo tedioso y sacrificado que es a veces aprender a ser feliz.

Una actriz descomunal en un lugar poco común

Mercedes Sampietro

Nadie sabe por qué una película que pasó por las pantallas sin demasiada gloria se asoma tímidamente al televisor un sábado por la noche y le impresiona a uno más que esos Oscar tan jaleados por los medios. Sobre todo si se titula Lugares comunes, y ese uno es tan huidizo de los gustos de la masa como se predica el Duende. Nadie lo sabe, o quizás si. Sobre todo si está en la edad de los protagonistas, comparte sus inquietudes, es del mismo sexo que el profesor de literatura prejubilado y se deja seducir por el encanto de la mujer madura que encarna Mercedes Sampietro. Qué personalidad, menuda actriz. Si fuera americana, dejaría atrás a Susan Sarandon, si francesa, se codearía con Isabelle Huppert y Stephane Audran, si británica estaría entre Emma Thompson y Cristine Scott-Thomas. Pero es española, y ni siquiera ese fabricante de mitos que es Almodóvar ha sabido sacar de ella lo que da de sí una actriz de su talla. Creo que no he visto un papel de mujer madura enamorada tan bien escrito y tan inmejorablemente interpretado como el suyo en esta película de Adolfo Aristarain. Federico Lupi, su partenaire, es un excelente actor, y en la película lo demuestra, pero creo que su físico imponente de hombre duro no es el más adecuado para una composición entreverada de matices. Mercedes en cambio es todo sutiles matices. Sin una sola escena sobreactuada, sin un beso más tórrido que el de una película del Hollywood del código Hays, y ni un diálogo perfumado de pachulí romanticón, Mercedes Sampietro convence, conmueve y enamora. En los años cincuenta, el Duende salió del cine tan tocado por la deliciosa Audrey Hepburn de Vacaciones en Roma que le escribió una carta de amor. El problema vino luego: ¿qué señas le ponía? Corría la leyenda de que una vez el cartero llevó a Chaplin una carta en cuyo sobre sólo habían pintado un bigotón bajo un bombín y a su lado un paraguas. El Duende dibujó en su sobre un chico y una chica montados en Vespa y añadió sólo: Audrey Hepburn, HOLLYWOOD. Me temo que no llegó a su destino, porque no recibió nunca respuesta. Por eso ha de confiar ahora en la magia de internet y en su efecto multiplicador. Por favor, comenten este post, y pasen la bola. Que corra de boca en boca hasta que ella se entere de que se merece todos los Oscar, los César y los Goyas. Necesito que sepa que, aunque su película se titulaba Lugares comunes, ella ocupa un lugar tan poco común como el corazón de un duende.

¿Y tú quién eres?

Antonio Mercero

Es el título de una película que acaba de estrenar Antonio Mercero. Entre bromas y veras aborda los problemas de las víctimas de la enfermedad de Alzheimer. No la he visto, pero no será mala. El Duende confiesa su simpatía por Antonio, porque siendo un excelente director es un tipo campechano, sencillo y alejado del divismo. Vamos, como si no fuera del cine. Se educó en los marianistas, como el Duende, sabe interpretar melodías percutiendo con los dedos en los mofletes y modulando las notas con los labios, como el Duende. Y va sorteando las contradicciones de la vida poniendo una vela al humor y otra a la ternura, como le gustaría hacer al Duende. También es el único hombre de cine que contó con mis habilidades vocales para doblar a Franco en Espérame en el cielo. Me divertí mucho, y gracias a la meticulosidad de Antonio, que me obligaba a repetir una y otra vez las frases hasta encajarlas perfectamente en los labios del actor-aprendí de memoria párrafos antológicos del general. Aquí tenéis, señor -decía en su ofrenda al apóstol Santiago-en actitud de servicio, como ofrenda, a todos los hombres de España. Con su virilidad y su trascendencia, con sus troncos enhiestos y fuertes, sabedores de que sus jóvenes cuerpos son portadores de valores eternos. El general lo decía en serio, pero nosotros nos tronchábamos de risa, porque si todo en la película era ficción, estos párrafos correspondían a discursos reales del contumaz espadón. Qué pico de oro. El general gallego se pasó de mesianismo, e inventó una España a su medida que luego se comprobó que no existía. Ahora que creíamos saber lo que éramos, me inventan otra España que tampoco reconozco. Ponen en duda la bandera, el jefe de estado, la lengua castellana, el estado de derecho, las selecciones nacionales deportivas y hasta la identidad política del solar donde vivo. ¿Nación plurinacional? ¿Estado federal? ¿Delirium tremens? ¿Paja mental? Falta que mañana se debata si el sol debe salir por el este o por el oeste, si las agujas del reloj van bien o deben invertir la marcha y si es tolerable que el agua se hiele a cero grados. Entretanto, el Duende se empieza a sentir como los protagonistas de la nueva película de Mercero. Creía que todo lo que votamos en la Constitución estaba claro, y que mañana podríamos dedicarnos a cosas verdaderamente importantes para nuestros hijos. Pero a base de revolverlo todo, me están inoculando una especie de Alzheimer identitario que voy a consultar con el doctor Martínez Lage, una autoridad en la materia y amigo de este blog. Doctor, ayer me desperté, me miré al espejo y le pregunté al Duende: ¿y tú quién eres?

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Te ofrezco una idea, Bill Gates

Laguna Estigia

Querido Bill Gates. Te escribo para felicitarte por el nuevo éxito de Microsoft XBox. He leído que el videojuego HALO 3, el soldado del futuro ese que se lleva todo por delante, vendió ciento setenta millones de dólares el primer día. Me alegro porque creo que últimamente estás pasando penalidades, y te vendrá bien hacer caja. Sin embargo no a todos los niños del mundo nos gustan esos videojuegos destroyers. Hay algunos que ya matamos hace muchos años todos los alemanes, los sioux, los sarracenos, los piratas, los extraterrestres y los viganes habidos y por haber (los viganes, por si no lo sabes, eran los enemigos de Diego Valor, que hace cincuenta años era el piloto del futuro). Ahora somos felices de otra manera. Tú tampoco eres un chaval: he visto en la prensa algún primer plano de tu rostro y se te ven ya las arrugas de cincuentón. Mejor. Así quizás comprendas mi idea y la generosidad de mi oferta. Verás, ayer visité el Museo del Prado y vi la exposición de Joachim Patinir. Tu presidente -el de los Estados Unidos, no el de la Fundación Microsoft, que eres tú mismo- a lo mejor no sabe quién es, pero se trata de un pintor flamenco del siglo XVI al que otorgan el honor de ser el primer gran paisajista. Y no entiendo mucho de arte, pero vi detenidamente sus cuadros y me pasó lo que a Mía Farrow en La rosa púrpura del Cairo, tal vez la película de Woody Allen que más me gusta. Ella se apasionaba tanto cuando iba al cine, que se subía a la pantalla y se integraba en la película. Bueno, pues yo igual. Me parecían paisajes tan maravillosos que deseaba abandonar la sala del museo abarrotada de japoneses y trasponer el lienzo para pasear por el mundo mágico de Patinir. Jo, Bill, te sorprenderá, porque tú lo consigues todo. Pero no es posible…a no ser que te pongas a trabajar en ello. Sólo hace falta que en lugar de seguir fabricando androides terroríficos, monstruos, mutantes y batallas del futuro pienses en los que nos gusta otro tipo de vida. Quiero que transformes los paisajes de Patinir en una realidad virtual en la que podamos entrar, caminar y jugar con las criaturas que él pintó. Como se hace en tus videojuegos. Cuando veas los increíbles horizontes azules, esas siluetas nítidamente recortadas sobre bosques umbríos, cielos tormentosos, lagos azules o montañas de rocas grises escarpadas, tú también caerás fascinado por tanta belleza, seguro. Y desearás ser tú el que saca la espina al león de san Jerónimo, o pasear en el burrito que camina apaciblemente por alguno de sus lienzos, o encaramarte al risco donde él, con su virtuosismo  miniaturista, pintó una cabra, o jugar con la salamandra en la que encarnaba al diablo, o hacerle cosquillas a san Cristóbal, o tirarle de la barba a Caronte, el protagonista de su cuadro más famoso. A propósito, si haces el milagro voy a aprovechar el viaje del barquero para que me deje en la orilla buena de la laguna Estigia. No en el infierno, sino en el paraíso. Que debe de ser donde sensibilidades como la de Patinir y talentos como el tuyo se reúnen para hacernos olvidar nuestras miserias. Anda, Bill, porfa, no me defraudes. Que el mundo está sobradito de soldados y batallitas, y ayuno de sueños como éste. Te lo ofrezco gratis para que puedas seguir siendo el filántropo más imaginativo y generoso de la historia. Tuyo afectísimo, y enamorado del arte de Patinir, te saluda atentamente tu amigo el Duende.

Dejo una muestra de la campaña de publicidad del videojuego.

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