(Foto de R. Duran)
Le ronda la gripe al Duende, todo hay que decirlo. Y se hubiera zambullido en la cama de no ser porque su conciencia le recuerda que ni un día sin post, aunque sea para faena de aliño. En la habitación contigua espera el televisor, que pasa los días sin abrir los párpados. Pero desde donde teclea el Duende se ve por la ventana un espectáculo más sugerente que lo que pueden ofrecer las cadenas. Es la fachada oeste de Madrid bajo la luna, que está mediada. Iba a decir Madrid bajo la media luna, pero enseguida me autocorrijo, tan atormentados como estamos por la semántica dudosa. Una de las noticias más tenebrosas del día es que a una pobre maestra la han detenido en Sudán porque sus alumnos habían dado el nombre de Mahoma a un osito de peluche. Algunas de las civilizaciones con las que hay que aliarse para viajar en el mismo barco invitan a tirarse por la borda. Sálvese el que pueda.
El panorama, de día, es un cuadro de Antonio López. Si fuera rectangular, largo y estrecho, el lienzo recogería desde la sierra hasta los nuevos barrios que se extienden hacia la carretera de Valencia. Entre medias, de izquierda a derecha, la llamada cornisa imperial de Madrid, con un núcleo monumental -el Palacio Real, la Catedral de la Almudena y San Francisco el Grande que domina el cuadro. Por detrás, la línea del horizonte siluetea todos los edificios relevantes de la capital. Desde los cuatro rascacielos que se sacó de la manga Florentino Pérez al Faro de la Moncloa, la Torre Picasso, el edificio España, la Torre de Madrid, el Palacio de la Prensa en Callao y el Círculo de Bellas Artes. A la derecha de éste aún se distingue el Pirulí, y las dos torres -la de Valencia y la otra de ladrillo rojo, que no se cómo se llama- que custodian el parque del Retiro desde su flanco este. Entre innumerables tejados, se alcanza a divisar la cresta de su espesa arboleda.
Pero ahora es de noche. Sobre la franja oscura del Campo del Moro, el Palacio Real iluminado por potentes focos parece un inmenso busque fantasma que flota en el espacio. La Almudena y San Francisco el Grande apagaron su iluminación hace media hora. El Palacio lo hace ahora mismo; ya está bien de gastar kilowatios. Sólo lucen la luna, las farolas públicas, algunas de esas oficinas que despilfarran la energía nadie sabe por qué y muchos hogares que aún no se han ido a la cama. El Duende siempre tuvo vocación de diablo cojuelo, y, si volara, ni la misma gripe que le asedia le impediría levantar cada noche unos cuantos tejados y espiar a los madrileños que cobijan. ¿Quiénes son? ¿Cómo viven? ¿Qué piensan? ¿Cómo decoran sus casas? ¿Qué clase de libros y discos llenan sus estanterías? ¿Serán del Madrid o del Atleti? ¿Tendrán acaso una sopera de Lladró en el centro de la mesa del comedor? ¿O un reloj de cuco? ¿O un acuario? ¿O un azulejo en la puerta con la leyenda de Dios bendiga cada rincón de esta casa? ¿Habrá por casualidad alguno que sea lector del Duende?…
Demasiadas incógnitas para un Duende abatido por la modorra. En breve se acurrucará entre las sábanas, y tal vez sueñe alguna respuesta para su imbatible curiosidad. Al fin y al cabo, burla burlando, gracias a ella hemos cumplido el compromiso de llenar un post. Buenas noches a todos, que mañana será otro día.





Le hizo reir primero, y luego llorar, y siempre soñar. Era el Duende un chavalillo y Fernando Fernán Gómez una estrella del fútbol llamada Paulovsky que metía los goles con el culo. Era El fenómeno, y luego un cadete de marina guasón en Botón de ancla, y un pobre hombre en Nadie lo sabrá, y un perverso de pacotilla en El malvado Carabel y un recién casado encantado con su birrioso pisito en Esa pareja feliz, y un don Mendo delirante en La venganza de don Mendo De repente aquel que los ignorantes tomábamos como un pintoresco actor de comedia se iba convirtiendo en un gran actor dramático. Y más que eso, en un magnífico director de cine. Y más que eso, en un formidable escritor. Y aun más, en una voz de referencia . Y más que eso, en un humanista.



Era aquella de Hoy por hoy una mesa semicircular, como la de casi todos los estudios de radio, pero muy singular. En el centro, Iñaki Gabilondo, y a sus lados los colaboradores que iban entrando alternativamente. Entre otros, el gran Luis del Val -que es como ese centrocampista de seguro rendimiento que todos los entrenadores quieren para su equipo-, Antonio Alvarez Solís, un veterano periodista de fina pluma, gran memoria histórica y humor algo atrabiliario, Andrés Amorós, que recomendaba un libro, José María de Areilza, que analizaba la política internacional, y este Duende. Puede que coincidiéramos más, no lo recuerdo ahora.



Comentarios recientes