Archivos para 30 noviembre 2007

Una visión nocturna de Madrid

Madrid noche

(Foto de R. Duran)

Le ronda la gripe al Duende, todo hay que decirlo. Y se hubiera zambullido en la cama de no ser porque su conciencia le recuerda que ni un día sin post, aunque sea para faena de aliño. En la habitación contigua espera el televisor, que pasa los días sin abrir los párpados. Pero desde donde teclea el Duende se ve por la ventana un espectáculo más sugerente que lo que pueden ofrecer las cadenas. Es la fachada oeste de Madrid bajo la luna, que está mediada. Iba a decir Madrid bajo la media luna, pero enseguida me autocorrijo, tan atormentados como estamos por la semántica dudosa. Una de las noticias más tenebrosas del día es que a una pobre maestra la han detenido en Sudán porque sus alumnos habían dado el nombre de Mahoma a un osito de peluche. Algunas de las civilizaciones con las que hay que aliarse para viajar en el mismo barco invitan a tirarse por la borda. Sálvese el que pueda.

El panorama, de día, es un cuadro de Antonio López. Si fuera rectangular, largo y estrecho, el lienzo recogería desde la sierra hasta los nuevos barrios que se extienden hacia la carretera de Valencia. Entre medias, de izquierda a derecha, la llamada cornisa imperial de Madrid, con un núcleo monumental -el Palacio Real, la Catedral de la Almudena y San Francisco el Grande que domina el cuadro. Por detrás, la línea del horizonte siluetea todos los edificios relevantes de la capital. Desde los cuatro rascacielos que se sacó de la manga Florentino Pérez al Faro de la Moncloa, la Torre Picasso, el edificio España, la Torre de Madrid, el Palacio de la Prensa en Callao y el Círculo de Bellas Artes. A la derecha de éste aún se distingue el Pirulí, y las dos torres -la de Valencia y la otra de ladrillo rojo, que no se cómo se llama- que custodian el parque del Retiro desde su flanco este. Entre innumerables tejados, se alcanza a divisar la cresta de su espesa arboleda.

Pero ahora es de noche. Sobre la franja oscura del Campo del Moro, el Palacio Real iluminado por potentes focos parece un inmenso busque fantasma que flota en el espacio. La Almudena y San Francisco el Grande apagaron su iluminación hace media hora. El Palacio lo hace ahora mismo; ya está bien de gastar kilowatios. Sólo lucen la luna, las farolas públicas, algunas de esas oficinas que despilfarran la energía nadie sabe por qué y muchos hogares que aún no se han ido a la cama. El Duende siempre tuvo vocación de diablo cojuelo, y, si volara, ni la misma gripe que le asedia le impediría levantar cada noche unos cuantos tejados y espiar a los madrileños que cobijan. ¿Quiénes son? ¿Cómo viven? ¿Qué piensan? ¿Cómo decoran sus casas? ¿Qué clase de libros y discos llenan sus estanterías? ¿Serán del Madrid o del Atleti? ¿Tendrán acaso una sopera de Lladró en el centro de la mesa del comedor? ¿O un reloj de cuco? ¿O un acuario? ¿O un azulejo en la puerta con la leyenda de Dios bendiga cada rincón de esta casa? ¿Habrá por casualidad alguno que sea lector del Duende?…

Demasiadas incógnitas para un Duende abatido por la modorra. En breve se acurrucará entre las sábanas, y tal vez sueñe alguna respuesta para su imbatible curiosidad. Al fin y al cabo, burla burlando, gracias a ella hemos cumplido el compromiso de llenar un post. Buenas noches a todos, que mañana será otro día.

El café ya no es lo que era

Cafe

(Foto de nasebaer’s, con algunos derechos reservados)

El café es una infusión exquisita para algunos. Distinguen: el de Colombia, el de Brasil, el de Costa Rica, el africano, el turco. Para el Duende sólo una costumbre y un tolerado estimulante. Cuando trabajaba para la marca Bonka se tuvo que empapar en la historia del café, por aquello de no tocar de oído. Parece que fueron unas cabras las que, ramoneando en unas matas, encontraron en sus frutos tiernos un motivo para ser más felices. El cabrero se apercibió de lo contentas que triscaban después de probar aquellos granos, así que siguió su ejemplo y pasó la bola. Hasta la fecha. Si el Duende fuera el Dios omnisciente que le contaban en el colegio, uno de los datos que le gustaría registrar es el del número de tazas de café que la humanidad ha tomado desde las cabras a esta parte. Hay que ser mucho Dios para que la cifra te quepa en la cabeza.

Así avanza la civilización: donde menos se espera, salta la cabra. Y con cualquier pretexto, se toma un café. Delicia o rito, para el Duende – en ocasiones tragaldabas, siempre goloso pero no lo que se dice un gourmet- el café es más que nada una costumbre. Contra el gusto general en España, odia el torrefacto, quizás porque estaba de moda cuando le despabilaba en sus tétricas noches de estudiante previas a un examen. Caían las horas tan inexorables como los párpados de puro sueño, y el Derecho Civil, de Federico de Castro, famoso hueso del claustro de profesores de la Universidad Complutense, esperaba abierto entre sus codos, como diciendo, anda, atrévete a aprenderme en lo que queda de tiempo hasta el examen, que te vas a enterar de quién es don Federico. Y se enteró, porque le cateó dos veces. El Duende cree que no vivirá noches tan parecidas a las del condenado angustiado esperando la visita del verdugo. Al alba, al alba, como cantaba Aute, aquel café torrefacto negro cual cucaracha le sabía sencillamente a muerte.

Se reconcilió luego con el café por la literatura, el cine y los viajes. No es lo mismo tomarlo en un café de Viena o de Ámsterdam -imprescindible uno de estilo art deco muy cerca del Rijksmuseum cuyo nombre ahora no recuerdo- o incluso en el Iruña de Pamplona o en Gijón de Madrid, que en la aséptica cafetería de suelo de mármol reluciente de la séptima planta del centro comercial que es la meca de nuestros días. Si ya no hay ambiente, ni tertulia, ni literatura, si no hay unos novios arrullándose, o un escritor buscando a la musa en el velador de mármol, o un opositor concentrado en sus apuntes, o una dama distinguida esperando al espía para pasarle un mensaje secreto, o un camarero añejo que te cuente historias de toreros, de artistas o de putas, el Duende piensa que el café no tiene mayor interés. Y no digamos si te lo sirven templadito o más bien tirando a frío, como pasa ahora en tantos establecimientos.

Porque esa es otra. Se baja el Duende de la moto aterido por la fresca matinal. Se mete la primera cafetería y pide un café con leche para entonar el cuerpo. Se lo acerca a los labios con toda clase de cautelas y al primer sorbo ya está helado. Perdone usted -se disculpa el jefe-, pero es que ahora con tanta variante en los desayunos de oficinistas nos vuelven locos. Café caliente con leche fría, mitad caliente mitad templada, descafeinado con fría, descafeinado con caliente, capuchino, descafeinado de máquina, cortado, bombón, americano, mediana…¿Quién se acuerda ya de que el café con leche era uno, y siempre echando bombas? El lujo de la oferta variada, de la libertad de elección y del cambio de costumbres. Poco es ya lo que era: a la tortilla de patata la deconstruyen, lanzan el helado de fabada y cualquier día hacen compota de callos a la madrileña. Aquí no cabe el que inventen ellos de Unamuno, porque lo inventamos nosotros. Aunque el Duende piense que el café con leche estaba mucho mejor bien caliente y, por supuesto, con porras crujientes.

Un slogan original

Le hacen una entrevista al Duende para uno de esos reportajes nostálgicos que rememoran la España de estos últimos treinta años. Ya se sabe, la publicidad de la época, y en ese capítulo, cómo no, las infatigables muñecas de FAMOSA que se dirigen al portal/ para hacer llegar al niño/ su cariño y su amistad. Fue el Duende, confesémoslo paladinamente, quien perpetró ese crimen de lesa sintaxis. Si Lázaro Carreter hubiera tenido los dardos a mano, nos habríamos enterado. Pero da igual, peor fue el Naranjito, y la Ruperta, y el premio de la Eurovisión que ganó Salomé, y el tupé de Manolo Escobar, y todos somos teselas del mismo mosaico de recuerdos. Grandeza y miseria del Duende, que no sabe ya si encargar la leyenda de lo único que recordarán de él cuando se haya largado con las bromas otra parte. HIC JACET AUTOR VILLANCICAE FAMOSAE MUÑECARUM. En latín, aunque sea macarrónico, queda mucho más noble (por cierto, Ángelus Pompaelonensis, puedes corregirlo).

La cosa es que entre col y col cuelan una pregunta comprometida. ¿Y qué slogans le han impresionado a usted? Y el Duende contesta que lo malo de ser publicitario es que distingues entre la verdad y el slogan, que sólo es eso, un broche que se puso de moda cuando la publicidad o la propaganda eran más ingenuas. Ahora crea sensaciones, o sea, no dice nada, pero lo dice muy bonito. Tan bonito, que si coges el mismo spot y le cambias la marca final te sirve para un operador de telefonía, para una marca de coches, para una de relojes, para un cosmético, para una consejería de servicios sociales de la comunidad autónoma correspondiente, para un canal de televisión o para un centro comercial. Si está la Preysler y vemos bombones dorados en pirámide sabemos que es Ferrero Rocher. Si saliera un toro con un par, sabríamos que era Osborne, que ahora iría directamente al matadero. Si viéramos un perro escuchando una vieja gramola sería La Voz de su Amo, cuyas cajitas de agujas para el pikú, son, por cierto, piezas de colección. Pero estos tres ejemplos son historia. Ahora la publicidad mola más si no se entiende y no se identifica, porque los creatas guay no se conforman con ser publicitarios, y aspiran a ser directamente genios. Eso es lo malo, que todos acaban imitándose, y se alejan de un consumidor que retiene sólo lo justito. O sea, las curvas de la botella de Coca-Cola, el logotipo del triángulo verde de El Corte Inglés, el calvo de la Lotería -cómo no, prejubilado- el abrazo del turrón que vuelve a casa por Navidad y, por qué no decirlo, las muy cristianas muñecas del villancico. Ay, que se le saltan las lágrimas al Duende pensando que ni Frank Capra lo hacía tan bonito.

Pero ¿qué slogan le hace cambiar a uno? Cuando no hay que decir casi nada, se abona uno al El valor de las ideas del Banco Santander. Puede parecer el clásico slogan de recurso, el que se pone cuando no hay nada que decir. Pero en este caso será escrupulosamente certero si confirma que este banco tiene al menos dos ideas de gran valor. La primera, forrarse todos los años. Y la segunda, duplicar el forre del año anterior. Más aún le irrita al Duende el predicado de un miniqueso de bola que se anuncia antes de los partidos fútbol televisados como El queso oficial del Real Madrid. ¿Cómo es la oficialidad de un queso? ¿No lo podemos tomar los del Atleti? ¿De verdad que esa chorrada vende algo?

En medio de la vaguedad de la mayoría de los slogans -casi todos valen para casi todo- y de la endeblez de otros muchos, le produce cierta ternura al Duende el sencillo mensaje escuchado en una persistente campaña radiofónica de una fábrica de alfombras que, con una marca tan poco sofisticada como Los Fernández, se atreve a decir de ellos: ¡Son muy amables! Pues bravo por los Fernández. Porque en un país donde la amabilidad es virtud en declive -raro es que todavía no la consideren casposa- y donde a veces pides un pincho de tortilla y el camarero te mira como si le hubieras faltado a su madre, recordar que quien quiere vender algo debe, ante todo, sonreir es no sólo inteligente. Sino, sorpréndase, también original. Y ahora mando al Duende a por una alfombra para que todos los días se ponga a mis pies y me ceda el paso.

Yo también amo a Laura

Paseábamos por el Retiro con mi abuelo y nos encontrábamos con unos viejos amigos y sus hijas, o tal vez sus nietas. Para el abuelo eran chiquillas. Para el Duende, que sólo se fijaba en si tenían o no tetas, eran mujeres o niñas. Mi abuelo se quitaba el sombrero y saludaba, y luego dejaba que le besaran las chiquillas. El abuelo era hombre de pocas palabras, pero de frases con regusto de aforismo. Decía como un actor dramático Mondariz será Mondáriz cuando nariz sea náriz, o aquello otro de quien nísperos come, espárragos chupa, bebe cerveza y besa a una vieja…ni come, ni chupa, ni bebe ni besa. No eran pensamientos como los de Newton o Descartes, pero los declamaba con tal empaque que uno no sabía si escuchaba al jubilado que entretenía sus últimos días leyendo novelas de Ágata Christie o a uno de los siete sabios de Grecia. De vez en cuando, más enigmático, dejaba caer sin venir a cuento un mensaje de tono crepuscular: ¡viejo muere el cisne!…Pero para lo casos como el que citaba al principio, la rúbrica era indefectiblemente la misma. Suspiraba y, como un Tenorio venido a menos proclamaba resignado: las hijas de aquéllas a las que amé tanto…me besan hoy como quien besa a un santo.

Jaime y Laura

La decía el abuelo, la hizo suya el padre del Duende y aún la recita por lo bajini el Duende cuando vive experiencias como la del pasado fin de semana. Pues se casaba en San Sebastián Jaime, hijo de su mejor amigo y de una de las mujeres más buenas y encantadoras que uno ha conocido, puerto de amparo ambos para cualquiera que necesite calafatear las cuadernas del alma malherida. Los cojoamigos, que diría un neologista desparpajado. A Jaime le conoció el Duende cuando era diminuto, moreno, simpático y nervioso como un grano de torrefacto. Y como le vio crecer veraneando juntos, se hizo amigo de sus hijos, y de los hijos y de las hijas de otros amigos que coincidíamos en las Luiñas en tiempos felices, cuando éramos jóvenes, rompía aguas la democracia, llevábamos el pelo algo más largo, cantábamos a Jarcha y a Cecilia y aún no nos atormentaba el cambio climático. Aunque Jaime es hoy abogado distinguido en bufete cuyo sólo nombre impone, convocó para el evento no sólo a sus familiares y amigos de ahora, como es natural. Sino a los cromos de su infancia, donde estaban los chavalitos y chavalitas de entonces y sus padres correspondientes, entre los que el Duende ya hacía travesuras. Cuánto jayán, cuánto perfume de mujer. Y todos cariñosísimos, saludaban al encanecido Duende que aún recordaban de la playa, las espichas y las romerías. Uno no es piedra: a ellos los abrazaba, a ellas las besaba. Citando, para sus adentros lo que escuchó de su abuelo: las hijas de aquéllas a las que amé tanto…

Al Duende no le importa nada ser uno de esos santos. Uno de los privilegios de la edad es ver crecer a los tuyos. A tus hijos, a tus nietos. Y a los que, por afinidad, acabas queriendo como si fueran de tu familia. Confiesa el Duende que ver pasar la vida dándose continuidad a sí misma en una carrera de relevos entre varias generaciones es de lo que más gozo le produce a esas alturas de la película. Si el acontecimiento es en San Sebastián, y te da oportunidad de correr desde el Peine del Viento hasta el final de Zurriola, pasando por La Concha, el puerto y el Paseo Nuevo, y luego te cita en la bella iglesia de Santa María, Iglesia de Santa Mará en San Sebastián y en el coro canta el Orfeón Donostiarra, y la novia parece una reina, y el novio es feliz, y las niñitas de entonces lucen como Scarlett Johanson, y mis amigas están entre Julia Roberts y Lauren Bacall, y cenamos como es de ley en el País Vasco, y hay risas, y recuerdos, y hasta alguna lagrimita, ya no podrá olvidar la boda del hijo de su mejor amigo.

Nunca en los últimos treinta años había visto esta ciudad más serena y relajada. El domingo, cuando por sus calles se corría la Maratón de Donosti, la generación de Jaime aún poteaba por las calles del Barrio Viejo, y el Duende coincidió con ellos. Mientras apuraban en la calle los últimos pinchos y chacolíes, su nieta Marina dormía plácidamente en su cochecito a las puertas de la taberna. Feliz metáfora final.

A propósito: la novia nació allí, y se llama Laura. Se que Jaime es algo celoso. Pero aún así, por lo guapa que es, por lo que disfruté y porque también me besó como quien besa a un santo…¿puedo proclamar que yo también amo a Laura?

A veces el silencio dice más

 No sabe el Duende de cuándo ni dónde viene la tradición. Cree recordar que su origen es el mundo de los toros. Muere  un matador de toros corneado, y enseguida se le convierte en leyenda dándole la última vuelta al ruedo en el coso que le consagró. Y la afición se rompe las manos aplaudiendo. Pobre torero, ese es el único servicio que puede prestar ya a la sociedad. Y a todos nos viene bien una leyenda; nos hace pensar que somos más nobles, más  trascendentes, más sensibles a  los valores morales.

 A un destacado político inglés que conoce bien España y habla el castellano perfectamente,  le sorprendió  escuchar en la radio de un taxi que  José Cubero, el Yiyo, fino estilista madrileño, era paseado a hombros  por el ruedo de Las Ventas mientras la afición se rompía las manos aplaudiendo. Como era uno más de esos curiosos impertinentes británicos que presumen de hispanistas, dio la orden al taxista de que cambiara el rumbo de su carrera y le llevara a la plaza de toros. Hablando de costumbres pintorescas, a ver quién se va a perder eso para la foto esperpéntica de España que tanto gusta en el Reino Unido. Lo que le sorprendía al viajero, naturalmente, no era la vuelta al ruedo, natural en la vida de cualquier torero. Sino que fuera un féretro con el cadáver del Yiyo lo que excitaba a las multitudes, y un rito mortuorio lo que provocaba las  enfervorizadas salvas de aplausos.

Pudiera venir de ahí, no lo sabremos nunca, porque estas reacciones populares que implican adhesión callejera espontánea prenden fácilmente, y van empapando nuestras costumbres poco a poco, sin apenas darnos cuenta. A veces incluso comprometen, pues ya está tan extendido eso del tributo popular, que si no te sumas a él parece que eres un tipo sin entrañas. No le vamos a pedir lógica a la llamada fiesta nacional, que está llena de símbolos y detalles tan coloristas como anacrónicos. Pero lo malo es que desde que se ovacionan las vueltas al ruedo en olor (o loor, que ya no se cómo debe decirse) de mulitudes por los toreros muertos,  se aplaude casi todo. Uno ha visto ya a varios curas pedir aplausos para los novios que casaban. Se aplaude a las víctimas de un atentado cuando van hacia la tumba. Y se ha ovacionado a rabiar, cantándole además el tango Caminito, a alguien que en vida fue bastante refractario al halago fácil del pueblo, como el admirado Fernando Fernán Gómez.

 Debe de ser una terapia para la moral colectiva.  Alivia tanto la mala conciencia del pueblo como del poder que corre para otorgar las consabidas condecoraciones póstumas y montar un velorio de categoría. Pero no mejora la dignidad y la intensidad emocional del silencio que hasta hace bien poco era el ritual apropiado para los muertos. Al Duende -como a Fernando, como a cualquiera que ya no vive- le dará igual. Pero tiene bien claro lo que preferiría si asistiera a su propio entierro. El que quiera y sepa, que rece por lo bajini. Y  si  hay que romper el silencio para que los que despiden se tranquilicen, que suene el Réquiem de Mozart.

Mi Vespa también sufre pesadillas

Vespa

(Foto de Mennyj)

Pesadilla tropecientos setenta y nueve. Circula el Duende en su Vespa 125 4T de color verde inglés, muy chula ella, por cualquier calle de Madrid -supongo que en otra ciudad española debe de pasar lo mismo- y de repente la rueda delantera cae en una de esas grietas que van abriendo agua y hielo entre franja y franja de asfalto. La rueda se desmanda, el piloto pretende dominarla, pero ella ha encajado ya en esa especie de raíl inapreciable para los coches, pero nefasto para las motocicletas de rueda pequeña, y de un momento a otro provocará la caída del pobre Duende. Este acabará rodando su osamenta por la calzada, y aunque conseguirá esquivar dos motos de repartidores de pizza y una furgoneta de Telefónica se fracturará algún hueso, seguro. Pasará varios días en un hospital con la pierna escayolada colgando de una polea, y llegará a tal punto su desesperación que se consolará con la tele y se convertirá en adicto a Gran Hermano. En consecuencia, aparte de quedar medio lila – por el batacazo y por la sobredosis de telebasura- no saldrá a correr por el parque durante varios meses, se perderá su concierto de Navidad con el coro, no podrá ponerle el nacimiento a su nieta Marina y caerá en tal postración anímica que abandonará el blog para encerrarse en una habitación y escuchar a todo volumen la discografía completa de Los del Río. Panorama, gensanta, como diría Forges.

Menos mal que la pesadilla se arregla. Cuando la Vespa zigzagueaba hacia el desastre final, aparece por el horizonte una mancha azul y roja a velocidad meteórica que se dirige hacia el Duende. ¿Es un pájaro? ¿Es un avión?…No, es Superalberto Ruiz Gallardón, que, como también es motero y está en todo, levanta la moto en peligro y la libra de su trampa. Cuídate, Duende -le dice mientras se despide agitando la mano y reemprende el vuelo hacia su nuevo despacho palaciego- ¡Algún día conseguiremos aprender a asfaltar!

¿Es la física, o la incompetencia? ¿Se deteriora el asfalto por el peso de los vehículos, por el agua y por las temperaturas extremas, o porque está mal hecho?¿Es tan difícil que no se abran grietas longitudinales? Preguntas conectadas: si avanza la técnica y cada día se fabrican mejores materiales de construcción, ¿por qué las losas de piedra que rodean el Monasterio del Escorial permanecen fijas desde hace siglos y muchas de las que pavimentan el madrileño Paseo de la Castellana desde hace tan sólo unos años ya están rotas o se mueven?

Cuando el Duende era niño, los ingenieros tenían en España muy buena prensa. Los de Caminos en particular, que acaso integraban el cuerpo de mayor prestigio, eran partido muy apetecido por las chicas. Muchos de ellos, como ´Del Pino, Villar Mir o Florentino Pérez, levantaron magníficas empresas que se han forrado en la construcción y en las obras públicas. Qué bonito sería que, además de hacer posible esos maravilloso puentes, museos y bodegas de Calatrava, de Moneo, de Nouvel o de Frank Gehry, que hoy engalanan nuestras ciudades fueran capaces también de asfaltar como seguramente mandan los cánones.

La voz de Dios

Fernando Fernán Gomez Le hizo reir primero, y luego llorar, y siempre soñar. Era el Duende un chavalillo y Fernando Fernán Gómez una estrella del fútbol llamada Paulovsky que metía los goles con el culo. Era El fenómeno, y luego un cadete de marina guasón en Botón de ancla, y un pobre hombre en Nadie lo sabrá, y un perverso de pacotilla en El malvado Carabel y un recién casado encantado con su birrioso pisito en Esa pareja feliz, y un don Mendo delirante en La venganza de don Mendo De repente aquel que los ignorantes tomábamos como un pintoresco actor de comedia se iba convirtiendo en un gran actor dramático. Y más que eso, en un magnífico director de cine. Y más que eso, en un formidable escritor. Y aun más, en una voz de referencia . Y más que eso, en un humanista.

Y sin embargo se me grabaron de él, como gran enseñanza para aprender a vivir, unas sencillas líneas de su libro El tiempo amarillo. Relata en él su infancia en un modesto piso de la calle Alvarez de Castro de Madrid. Ahí vivía con su madre y su abuela, que le cuidaba mientras Carola, actriz de profesión, salía de gira. Pero era una casa interior, y Fernandito soñaba con ver la calle. Un día mejoraron de fortuna, y pudieron alquilar un exterior. Y al niño del pelo de color panoja se le esponjó el alma: al fin podía asomarse al balcón y ver a gente paseando, el tranvía, el carrito del lechero, el afilador. Un alimento precioso para un talento como el suyo. Y una meditación para los que buscan la medida de la felicidad.

Desayunó muchos años en la cafetería Villa Río, Paseo de la Castellana 132, justo debajo de la oficina donde tuvo el Duende su primer trabajo, diez pesetas café con leche y croissant. Y un día, aprovechando que acababa de ver la película Cinco tenedores, dirigida por él, superó su timidez y se presentó. Enhorabuena, me ha gustado mucho -le dijo. No se engañe -le respondió educadamente sin apearle del usted- era un trabajo de los que llamamos alimenticios. Para poder seguir desayunando aquí…

Fue el Duende feliz divagando entre los personajes, las obras y las películas en las que ponía su sello Fernando Fernán Gómez. Desde El Lazarillo de Tormes al apicultor de El espíritu de la colmena, desde El enemigo del pueblo al vividor de Belle epoque, desde el canalla de Pim pam fuego al entrañable maestro lapidado por su propio alumno cuando el camión lo lleva hacia el pelotón de fusilamiento. Era en La lengua de las mariposas Pocas veces un simple juego de miradas entre el niño y el viejo profesor que encarnaba Fernando ilustrarán mejor la crueldad humana. Inolvidable el gesto de incomprensión en el rostro del gran actor ido.

Supone el Duende que, como intelectual riguroso, andaba Fernando cerca del agnosticismo más puro. Pero, actor, escritor y hombre de cine y de teatro al cabo, no se resistiría a esta escena final de la comedia de su propia vida. Va el pelirrojo barbudo y se encuentra con otro barbudo venerable a las puertas del cielo. ¡Anda!-dice Fernando. Tú eres el tío que yo interpretaba en la película Así en la tierra como en el cielo. Sí -le responde Dios-Los gestos de bondad y los raptos de ira estaban bien conseguidos. Pero te voy a ser sincero, yo nunca tuve una voz tan convincente como la tuya.

El momento estelar de James Loyalrock

 Si hay algo de lo que el Duende esté encantado es del descubrimiento de Leopoldo Calvo Sotelo como humorista. No era precisamente la alegría de la huerta, pero para eso está la magia de la radio. ¿Se acuerdan del Poldo Mix? Comienza el chiste, acaba el chiste, ja, ja,  ja, y en qué estriba la gracia. Pues la gracia estriba en…Más que humor, era surrealismo. Nunca se rió tanto en directo el Duende como cuando  Suárez -lamentablemente retirado de nuestro elenco por razones obvias- y luego el Coqui, representante de artistas, ayudaban con sus interrupciones a convertir un chiste malo en un delirium tremens. Tanto el Capi como el Duende tienen vida por separado, pero este tipo de momentos felices precisa de los dos. Esperemos que vuelvan, y no sólo a La Carcajoda.

Con el ínclito Jaime Peñafiel, especialista en periodismo de alta alcurnia y máximo pontífice en materia de casas reales, se ha seguido un proceso parecido. Jaime Peñafiel -como en su tiempo Jesús Gil- es de las imitaciones elementales que cualquier duende debe llevar en su chistera. La mayoría creíamos, quizás equivocadamente, que a Jaime le privaba la bambolla y codearse con la realeza, pero de un tiempo a esta parte su pluma azucarada y ligera se amargó y se hizo sospechosamente incisiva. Especialmente hacia la casa real con la que siempre había estado a partir un piñón. Dicen que Peñafiel sufrió un serio desengaño personal con la reina Sofía, que podría justificar su distanciamiento. Lamentablemente, ésto coincidió con el fracaso de su aventura en La Revista -¡aquéllas fotos de la agonía de Franco que le filtró Villaverde!- y su campaña personal contra el HOLA y Eduardo Sánchez Junco. Este aún debe estar riéndose de quien tanto le ha despreciado. Porque lo cierto es que su revista sigue vendiendo divinamente sin firmas ilustres como la del locuaz granadino. Que, erre que erre, le sigue ninguneando, como si ser el hijo de Sánchez fuera un desdoro.

No le gustaría al Duende que se lo pareciera James Loyalrock, nombre con el que le hemos rebautizado en la radio por su amistad con otras cortes. Especialmente con la de San Jaime, que esa sí que es fetén. Tan bien se mueve James en Buckingham Palace, y tanto cariño dice haberle tomado la reina Isabel, que su graciosa majestad, aparte de haber britanizado su nombre,  le llama a dos por tres para hacerle confidencias. La gente, ignorante, cree que ella es como una esfinge, pero en el fondo es tan cálida y cercana como cualquier mujer. Resulta difícil de creer, pero Loyalrock apuntala su tesis con datos que avalan su intimidad con la soberana. Ella dice que el Duque de Edimurgo ha sido un excelente esposo, pero lo cortés no quita lo valiente: ronca como un sargento furriel y alrededor de la taza del WC deja pipi’s drops, como cualquier hombre.

Por unas u otras causas, Jaime Peñafiel vive un momento estelar. Hace unos días publicaba en EL MUNDO una carta abierta al Rey aplaudiendo su actuación en la Cumbre Iberoamericana. Qué grandeza, con lo repuplicanote que se sentía últimamente.  Además, las televisiones se lo disputan por su prestancia y su chismorreo de  altura. Y su alter ego, Loyalrock, además de ser tan amigo de Isabel II como lo fue Esssex de la primera, sigue levantando exclusivas que son el pasmo de Occidente. Podría argumentarse que esto último es una mentirijilla, pero como decía Oscar Wilde, la naturaleza imita al arte. Y el arte de James, literalmente, no se pué aguantá.  

El hombre que paseaba a un foxterrier

Hombre Foxterrier

En una obra de Ionesco un hombre y una mujer se saludan, se interrogan y, sorprendentemente, a medida que avanzan la conversación descubren muchos puntos en común entre ellos. ¿Vive usted en París?. Yo también, qué curioso, qué sorpresa, qué coincidencia. ¿Vive en en el distrito 16? Yo también, qué curioso, qué sorpresa, qué coincidencia. ¿Dice que en la Avenue Marceau?. Yo también, qué curioso, qué sorpresa, qué coincidencia…Ambos son vecinos del mismo número, del mismo piso, de la misma letra. Qué curioso, qué sorpresa, qué coincidencia: son marido y mujer. El absurdo que hizo famoso a este autor no lo es tanto. Pasamos nuestras vidas muy cerca de muchas personas que vemos a diario y que jamás llegaremos a conocer.

Hagamos memoria y apuntemos la infinidad de conciudadanos con los que nos cruzamos en la calle, en la tienda del barrio o en el lugar de veraneo, que miramos incluso con simpatía y de los que ni sabremos jamás su nombre. Se asume que si no has mantenido con ellos conversación alguna ni tienes la obligación social de saludarles. Es posible incluso que si lo haces se sorprendan, o incluso se molesten. Pues al Duende le parece fatal. La sola costumbre genera empatía. Y la suerte de ese hombre o esa mujer que sólo conocemos de vista nos acaba interesando mucho más que la de parientes cercanos o amigos íntimos con los que cada vez nos reunimos menos. Si tienen un accidente o les toca el gordo, sentimos que nos afecta. Qué absurdo, llegar al final de tus días y no saber siquiera cómo se llamaba el que tantas miradas tuyas se ha llevado

En este aspecto, el Duende tiene tres desgracias que le incomodan levemente la vida. La primera y más preocupante es que ya ha vivido bastantes años. La segunda es que tiene muy buena memoria fisonómica. La tercera es que es bastante curioso, pues qué duende no lo es. Además aunque ha vivido en distintos barrios de Madrid, ha paseado por ellos lo bastante como para ir coleccionando muchos recuerdos de personas a las que, en su fuero íntimo bautizaba de forma un tanto novelera. La morenita de la calle Hermosilla, una chica con las que se cruzaba yendo al cole y a la que reencontró casada con un notario treinta años después. El percherón, un grandullón apoplético de torpes andares que siempre llevaba en su mano una cartera de cocodrilo. El camello beduino, un galán trasnochado que, efectivamente, tenía cara de camello, aunque no se si exactamente beduino. Este hombre cortejaba a una rubia melenuda de espectaculares caderas a la que llamábamos la Tentaño, pues por detrás era tentación y al verle la cara se quedaba en desengaño. Había también en el barrio un hombre de aspecto atildado y recortadito, alto, de pèlo blanco y un tanto amanerado en sus andares que paseaba siempre un fox terrier. Alguno de los compañeros del Duende sabía que era decorador, y aventuraba que también mariquita. Treinta y cinco años después este era el único vecino superviviente de los conocidos de vista que aún pululaba por ahí. Sin el perro.

Y el Duende se arrancó. Perdone, le dijo abordándole en la calle Claudio Coello, no me conocerá usted de nada, pero yo le he observado durante muchos años, forma usted parte del paisaje de este barrio, y desde luego de mi memoria. Y me encantaría saber cómo se llama, para poder saludarle por su nombre, y qué fue de su fox terrier. Sonrió con desganada cortesía, dijo su nombre al Duende. Era el suyo un apellido italiano que le cuadraba perfectamente. Contó que el perrito murió del moquillo, y que aunque él era decorador, ese negocio había dejado de serlo. Primero, porque ya no quedaba gente bien en el barrio, y luego porque se había perdido el buen gusto, y España era una horterada en manos de los narcotraficantes y de las mafias orientales. También aprovechó para cargar contra los especuladores inmobiliarios, que había comprado el pisito de trescientos metros donde él vivía desde el año de Maricastaña pagando una renta de doscientos euros y le había puesto de patas en la calle con una indemnización que no le daba ni para un apartamento en Villarcayo, con lo lejos que quedaba. No se sabe por qué no utilizó una referencia más cercana. Hizo usted muy bien en irse de aquí -remató despidiéndose- porque ésto, con perdón es una mierda.

Se despidió apresuradamente, paró un taxi y se perdio en el bullicio rodante de la calle de Serrano. No le había preguntado al Duende ni cómo se llamaba ni por qué le recordaba.

Que llueva, que llueva…

Lluvia en la ventana

(Foto de likeyesterday, con algunos derechos reservados)

El Duende se dio cuenta de que decía adios a la niñez cuando empezó a mirar al cielo esperando la lluvia. De colegial, la monótona lluvia era para estudiar tras los cristales en una tarde parda y fría, como bien explicaba el cantarín poema de Antonio Machado. Y uno lo que quería era jugar al aire libre. La lluvia aprisionaba con sus rejas líquidas, frías e intermitentes. Pero todo pasa, y más rápido que nada la niñez, que se te escapa sin apercibirte de que estás en lo mejor de la vida. Incluso llega el uso de razón, que es un calabozo complementario. Y ves la vida, y el cielo, de otra manera. Desde entonces los temporales de poniente, que son los que de verdad humedecen a la península, siempre le parecen al Duende demasiado cortos.

Le encantaría recibir la lluvia cantando, como Gene Kelly en aquella inolvidable película, la cima, a mi juicio, del cine musical. Pero desdichadamente uno ha de cantar por otros motivos. En España el lamento por las sequías sólo se apaga cuando llega el llanto que provocan las inundaciones. Las hay muy serias, pero peor es la sequía implacable con la que nos amenaza el apocaliptico cambio climático. Por eso amo tanto la lluvia, y predico en su favor.

El Duende es capaz de pasar largos ratos ente una ventana viendo llover. La primera hora va por la tierra, que se esponja y proyecta el verde y los frutos que dará más tarde. La segunda, por los manantiales -palabra bastante más bonita que acuíferos, por cierto- que no descansarán tranquilos hasta que se junten las aguas. La tercera por el ganado y por las bestias del campo. La cuarta, por el lavado del paisaje y el aseo de las ciudades. La quinta es la que pienso que llenará mi botijo este verano. En ese tiempo a lo mejor han pasado las páginas de un libro, o una película de cine clásico en el televisor, o una siesta arrebujado en el sofá, mientras arden unos troncos en la chimenea. El Duende cree que no hay en los muestrarios de felicidad terrena muchas secuencias que puedan superar a ésta.

Y sin embargo la lluvia sigue siendo impopular. Nadie ha hecho por librarla de que su aparición, cada vez más escasa, sea asociada al mal tiempo. Nos enfadamos con ella porque asoma indefectiblemente cuando acabamos de lavar el coche, gravísimo desatino. Nos irrita que aún no hayamos aprendido a conducir con lluvia, y que cuatro gotas organicen inmensos atascos en las ciudades. El Duende confiesa que empezó a mudar la mala opinión que tenía de Isabel II el día que conoció el milagro del abastecimiento de agua a Madrid. Trabajando para el Canal de Isabel II se enteró de que en 1992 nuestra ciudad consumía diariamente algo así como siete piscinas del tamaño del Estadio Bernabéu o trece como lo que cubicaría la plaza de toros de LasVentas. Y no digamos ahora, en este Madrid floreciente que propiciaron los reyes del ladrillo. Eso debe ser un Niágara por hora.

Como para seguir lavándose los dientes con el grifo abierto, y despotricando porque un taxi desaprensivo pasó a nuestro lado y nos salpicó de bendita lluvia.

Las lágrimas de la cebolla

Cebolla

(Foto de Timsnell, con algunos derechos reservados)

Cortaba el Duende cebollas para hacer su salsa y le rodaban dos lagrimones por las mejillas. Se acordaba entonces de las mujeres que habían alimentado su juguetona vida. De su madre, de su esposa, de Catalina, de Cirila. De las muchas mujeres que habían llorado por él y por tantos que se sentaban a la mesa. Recordaba lo efímero del placer para tan largo esfuerzo, o al menos eso aparentaban los comensales: horas de sartenes y cacerolas para conseguir, como mucho un qué bien te ha salido, qué bueno estaba, a lo mejor hasta gracias. Se acordaba de las quejas de doña María, siempre lamentando que unos lleven la fama y otras, las de siempre, carden la lana. Y, como colofón, de lo que le dijo mamá a Boabdil cuando salió de Granada con las orejas gachas: llora como mujer lo que no has sabido defender como hombre.

E imaginaba luego lo que habría sido este otro capítulo de un mundo al revés. Por ejemplo una enciclopedia sin apenas grandes hombres, y sí en cambio muchas grandes mujeres Y donde éstas configuraban una historia de las ciencias, de las artes y de la cultura en la que sólo ocasionalmente asomaba una gloria con barbas. Un suceso de gran impacto mediático daba ocasionalmente la vuelta a la tortilla. En un mundo diseñadodo por Palladias, Iñigas Jones, Venturesas Rodríguez y Rafaelas Moneo, aparecía un tipo raro con un edificio que recordaba al hombre de lata del Mago de Oz desventrado, y por semejante ocurrencia desplazaba a segundo lugar a las arquitectas de toda la vida. O sea, el triunfo del recién llegado, y la omisión de las que tanto se lo curraron. Qué injusticia.

Como en la realidad, solo que invirtiéndose los papeles. La mujer pasó de no contar como el hombre a contar algo en casi todo, pero menos en lo que siempre había sido lo suyo sin merecer por ello elogio alguno. La moda, la alta costura y la cocina, tradicionales feudos femeninos, parecen ahora inventados por el hombre. Y doña María, la verdad, se mosquea. Siglos de hilo, aguja y dedal, tantas generaciones de mujeres alimentando los fogones y dándole juego a las perolas para que ahora vengan el machismo de espaldas al pueblo y se corone de gloria. El mejor modista es Giorgio, el que hace los zapatos de mujer que despepitan a la Preysler y a Victoria Beckham se llama Manolo. Y las estrellas Michelin se las llevan Ferrán, Juan Mari, Pedro y Martín. Tócate las narices, María, ¿por qué lo han permitido las mujeres?

Lo planteó así Doña María en un foro sobre el reparto de responsabilidades en la sociedad actual, y una feminista aventajada del Instituto de la Mujer le corrigió con mal disimulada suficiencia: no es ese el debate, mujer, no es ese el debate. Está bien que compartan las tareas del hogar, pero lo importante es que copemos los puestos de responsabilidad que ahora sólo detentan los hombres. Y doña María dijo que ni sabía lo que significaba debate, pero que cuando ella hacía almóndigas éstas sólo eran un segundo plato, y ahora un cocinero de postín con la misma receta, la misma salsa y más cuento no hace almóndigas, sino cultura. Y que aunque no sea pogresista eso de los fogones, vaya tontuna la de haber convertido a los hombres en los dioses de la cocina. ¡Con lo cultas que éramos nosotras sin darnos tanto pisto!…

Y esa es la cosa. Nada tiene que ver el culo con las témporas, y aunque el objetivo sea la paridad entre sexos, también es pena que cuando doña María llora, no sea sólo por la cebolla. Sino porque entre lo que le vedan y lo que ella misma se niega, la vida-lo cantaba Julio Iglesias- sigue más o menos igual.

Un conocido de todos

Manuel Marn


El Duende siempre ha tenido poco claro dónde se cierra la lista de amigos y empieza la de conocidos. Especialmente en España, donde el término amistad se conjuga con extraordinaria largueza. Somos pródigos en afecto verbal -especialmente en algunas regiones- y casi todo el mundo presume de tener muchos amigos, entre otras cosas porque no hay ni censos ni inspectores de amistad, y serlo de boquilla está alcance de cualquiera. De hecho, te puede parar por la calle un despistado para preguntarte tranquilamente: amigo ¿dónde queda Cibeles? Y no conozco a nadie que se haya plantado para llamar al orden al que anticipa acontecimientos. ¿Se lo imagina? Siga por Castellana hasta que se encuentre una fuente con unos leones, y ahora explíqueme dónde nació nuestra amistad. No, nadie lo imagina.

Supone el Duende que hay en esa actitud un buen rollito de fondo, pero él personalmente es de los que administra con cautela el término amigo. Y más el que puede adjetivarse como íntimo. En los trastornos de personalidad múltiple y alternativa, como clínicamente podría encuadrarse el de este sujeto, el problema es más gordo. Hay quien se siente -otra vez Lola- muy amigo(a) de doña María, pero no entiende tanto al Duende. La esposa de éste, por el contrario- no se lleva nada bien con el carro de títeres, y prefiere al original en estado puro. Con tantos años de imposturas radiofónicas, éste vive el postulado orteguiano, o sea, el uno y su circunstancia cosidos al pespunte. Y ya no sabe ser sólo él. La cosa es que, por sí o por sus alter ego, cuando uno gana cierta notoriedad, aunque sea tan evanescente como la que da la radio, florecen los amigos como margaritas en primavera. Y no digamos los conocidos.

Distingo en esa categoría al que, habiéndome encontrado en el mundo de la radio es capaz de ser conocido y de conocerme si nos encontramos vestidos de chándal o de traje de baño fuera de nuestro ámbito natural. Con el todavía presidente del Congreso Manuel Marín, protagonista de algunas de las verbenas o carnavales que Capitán y el Duende han voceado durante años, se ha topado éste en ambas circunstancias. Y debo decir que, si no la de amigos, pasamos la prueba de conocidos. Salía el Duende a las diez de la noche de ensayar con su coro de Los Jerónimos y por la calle Academia subía la figura caballeresca del Presidente vistiendo un plebeyo chándal. Nos saludábamos, y ambos nos veíamos obligados a explicar el por qué de tan insólito encuentro en un rincón de Madrid que a esas horas está normalmente desierto. El Presidente y su señora volvían de hacer pilates, y se dirigían a su casa. De no ir acompañados por dos escoltas, nadie hubiera dicho que aquel ciudadano era la tercera persona más importante de España en el orden protocolario.

Más pueblo llano resultaba aún cuando se lo encontraba el Duende en bermudas por la playa de Vera, una villa almeriense donde de unos años a esta parte veranean muchos gerifaltes de la clase política. En tal atuendo don Manuel no puede identificarse más con el pueblo al que tan dignamente representa, pues es a todos los efectos un español más. Tan es así, que, como cualquier otro veraneante ilusionado, ha tenido que resignarse a perder el Mediterráneo que veía desde su chalet, velado ahora por la furia invasora del urbanismo playero. Todo un símbolo, hasta el hombre que nos representa a todos lo sufre. Poderoso caballero es don ladrillo.

Sólo es pues un conocido ilustre, pero el Duende le confiesa simpatía y respeto. Creo que ha sido un político digno y muy competente, y que se despide habiendo merecido más cariño que el que su propio partido le dispensa. Pero ha pecado de cierta independencia, pasa de los cincuenta años y, para más inri, es del Aleti. Demasiada provocación para la meritocracia imperante.

El consejo del señor conde

 

AreilzaEra aquella de Hoy por hoy una mesa semicircular, como la de casi todos los estudios de radio, pero muy singular. En el centro, Iñaki Gabilondo, y a sus lados los colaboradores que iban entrando alternativamente. Entre otros, el gran Luis del Val -que es como ese centrocampista de seguro rendimiento que todos los entrenadores quieren para su equipo-, Antonio Alvarez Solís, un veterano periodista de fina pluma, gran memoria histórica y humor algo atrabiliario, Andrés Amorós, que recomendaba un libro, José María de Areilza, que analizaba la política internacional, y este Duende. Puede que coincidiéramos más, no lo recuerdo ahora.

En el tramo de una hora de radio comercial, que si se quitan los informativos y la publicidad no dura más de treinta y cinco minutos, cada cual hacía su numerito. Iñaki jamás hablaba del Duende. Para él doña María lo era a todos los efectos, y si por casualidad irrumpía en antena la noticia macabra de un atentado de ETA y solicitaba una opinión de urgencia a los concurrentes, doña María tenía que ser verosímil, y guardar fidelidad a la caricatura sin perderle el respeto al momento. Nunca lo pasó tan mal el Duende. Un día Areilza faltó, porque por la tarde ingresaba en la Academia de la Lengua, y Gabilondo decidió que le rindiéramos homenaje los presentes en el estudio. Pero entonces doña María lo tuvo más fácil. Mira, Iñaki, bonito -le dijo-, no me pidas discursos, porque yo hablo con faltas de ortografía. Lo más que puedo hacer por don José María, que es mayormente mu elegante y presumío, es plancharle el traje ese de pingüino tan suntuario que se ponen los académicos.

Nunca olvidará el Duende la cara de pasmo distinguido que ponía su contertulio José María de Areilza cuando, después de analizar con su clarividencia y su pulido verbo la salud del eje París-Bonn o la firmeza de Inglaterra frente a Europa, debía escuchar por boca de doña María el escándalo que había producido en el Bloque los Arándanos la aparición de unas bragas de lamé en el ascensor. Su condición de aristócrata pugnaba con su diplomático sentido de la discreción. Y aunque probablemente no acababa de entenderlas, escuchaba con afectada cortesía las poblemáticas de nuestra gruesa amiga. El conde de Motrico, además de buena cabeza, mejor fortuna y excelente mano para la política, tenía fama de galanteador internacional. Cuando fue embajador en la Argentina de Perón deslumbró a Evita, y alguien que estaba presente cuando como ministro de Asunto de Exteriores del primer gobierno del Rey fue presentado a la Thatcher, me contó lo que puede considerarse como un piropo histórico que salió de sus labios. De vuestra inteligencia y talento político ya tenía noticia -dicen que dijo en su perfecto inglés a la dama de hierro- Pero nadie me había hablado de lo que gana al natural vuestra belleza. Metternich a su lado un patán, ya les cuento.

Un día, después de observar a doña María, Areilza se acercó al Duende, le puso la mano en el hombro y le dio un consejo. Lo hace usted muy bien -le dijo- Pero debería pasar un año en Estados Unidos, para ver a los showmen de allá. El Duende se quedó estupefacto, a lo que el veterano político insistió. Vaya, hombre…¿Qué le retiene aquí?.

No se le ocurría pensar que uno tendría sus obligaciones, y que su fortuna no aguantaría un año de viaje perfeccionando escuela. Pero el que es guapo, rico y distinguido, el que lo ha conseguido casi todo -sólo le falto alcanzar la presidencia de gobierno- pierde el sentido de la realidad y tiende a convertirse en la medida de todas las cosas. O quizá hablara así por haber sido ministro de Asuntos Exteriores. Uno ve tanto mundo, que al final olvida lo que aquí vale un peine.

Cualquiera diría que no somos mortales

Mortadelo y Filemon de risasSe pregunta el Duende cómo podemos ser y no ser, estar y no estar, ver y olvidar, escuchar y pasar. Esta comunidad virtual debe de reunir a gente especial. Reclamas su atención para un discurso que va del mar y los peces de colores al elogio de la goma de borrar, o de la alcachofa a la teoría de los cuantos-que ni se de qué va- y te siguen. Alguien, además de Lola, tiene algo que matizar, una excusa para conversar, un recuerdo o un pensamiento que le saca a pasear las afinidades electivas. ¿Qué puede interesarle de un día plano en la vida del Duende? ¿Qué bálsamo se puede encontrar aquí, cuando se apunta tan poca doctrina práctica y ni siquiera incitamos a la rebelión popular por la subida de los precios? ¿Por qué, a pesar de no decir casi nada, sigue habiendo alguien esperando un mensaje?

Hoy no estaba el Duende para travesuras. Pero ha compartido un rato con adictas a este blog y ha comprendido que la dosis de nada ilusionado que nos suministramos era más necesario que el plum cake de la merienda. Por cierto, el aire frito de ración es gratis. Pero el bizcocho de nuez sólo costó 1, 80 €, y es de la marca Hacendado de MERCADONA, que no están, ni mucho menos, en el dominio de los productos y empresas de distribución que doña María considera de espaldas al pueblo. Hagamos al menos un servicio público difundiendo informaciones gratas.

El enigmático Bob de C´as Barber, uno de los comentaristas habituales más simpáticos, echaba en falta últimamente la culta voz de Ángelus Pompaelonensis. El Duende no procesa los datos del blog con el rigor y el método de Sherlock Holmes, elemental, querido Watson. No conoce a casi ninguno de los comentaristas, ni anota y cuenta sus acotaciones. Mas aún así ha elaborado inconscientemente una microficha invisible de los muy admirables quídam que se pasean por aquí, y se siente cada día más feliz y más orgulloso de ellos. Cuánta gente sensible, tierna, divertida, inteligente y culta nos estábamos perdiendo. Y qué suerte que se asomen al espacio del Duende.

No es coba, reflexionen. En tres días ha habido al menos cuatro nombres archiconocidos y dos sucesos de gran impacto que copan no sólo los medios nacionales y extranjeros, sino las conversaciones de café o de la calle que uno escucha al vuelo. Ninguno de ellos se ha mencionado ni en los posts ni en los comentarios. Cualquiera diría que no somos mortales.

Pero para que no se nos venga a arriba la autoestima, y por aquello de no morir de éxito, voy a romper el mágico conjuro que nos permitía salvar lo inevitable. Lo siento, amigos, regresemos a la pomada y abandonemos nuestro autismo intelectual. Hay que hablar sin tapujos de lo que está en la mente de todos. Abordemos sin vergüenza el cincuenta aniversario de Mortadelo y Filemón.

Abetos, madroños y naranjos

Arbol de Navidad en Madrid

(Foto de Daquella Manera, con algunos derechos reservados)

Sugiere algún amigo de este blog que todos, aún los más críticos, somos hijos del colonialismo cultural. A veces sin darnos cuenta, como cuando nos ponemos la americana o la rebeca. ¿Por qué no la chaqueta o el jersey de punto abierto, que era lo que en realidad se echaba encima la malograda esposa invisible del acaudalado señor De Winter? Entre la descripción de Daphne du Maurier, el suspense de Hitchcock y en encanto bobalicón de Joan Fontaine nos lo colaron impunemente. El caso es que ardió Manderley y las chicas españolas no volvieron a cubrir sus hombros con la chaquetita de punto, sino con la rebeca. Colonialismo inocente ese, por cierto. Más ofende que nos haya conquistado el sandwich cuando el conde de Sandwich lo que en realidad se inventó para aplacar la gazuza de sus cacerías era algo tan conocido por estos pagos como el bocadillo. Será que comiendo esa palabra, aunque se engorde igual, se parece más fino.

El Duende, tan puntilloso él generalmente, fustiga las modas importadas innecesariamente. Pero si uno mira atrás se da cuenta de que todo, desde el lenguaje hasta los hábitos de vida se han impregnado siempre de costumbres extrañas. Y no siempre para mal, ni mucho menos. En SU primera empresa, el Duende trabajaba aún los sábados por la mañana. En el lenguaje popular, el sábado libre se decía sábado inglés. Algo bueno pues aprendimos de la pérfida Albión, como desde la derrota de la Armada Invencible denominábamos a la Gran Bretaña.

Bueno para la decoración o malo para nuestros bosques, contra lo que ya no vale oponerse es contra el árbol de Navidad. No tiene nada que ver con raíz cristiana de la pascua que nos contaron de niños. Pero desde Navidades blancas -primero la famosísima canción de Irving Berlin y luego la película que protagonizaron Bing Crosby y Dany Kaye- su encanto parece irresistible. Tan incrustado está en nuestra cultura doméstica, que a una maestra contumaz cristiana le oyó el Duende entronizarlo en la natividad que describe san Marcos para que sus alumnos no lo vieran como un simple adorno caprichoso. Según ella, y probablemente para santificar la tradición pagana, del árbol sacó san José la madera para hacerle la cuna Jesús. Difícil que lo encontrara en los aledaños de Belén, pero si non é vero é miracolosamente trovato…

Le magnetiza al Duende el otoño porque pinta éste el crepúsculo de la vida vegetal en colores maravillosos. Viene de ver en los bosques asturianos y leoneses cuadros naturales que serían impagables si se subastaran en Sothebys. Desde la misma ventana del cuarto donde escribe se divisa un Madrid otoñal parapetado tras los ocres, amarillos, rojizos y verdes de distintas tonalidades que le ofrecen chopos, plátanos, liquidámbares, pinos, cipreses, cedros, olmos y cianamomos de un parque que espera plácidamente la caída de la hoja.

Llegará el invierno con sus barbas blancas y sólo permanecerán vestidos los de hoja perenne. Algunos de ellos, como el perfumado naranjo y el bravo madroño, con la propina excepcional de un fruto que pronto será de vivos colores. Está muy bien que hoy reproduzcamos en plástico el tannembaun o el christmas tree, porque así no deforestamos y, pese a ello, nos sentimos como en un cuento de Dickens. Pero el naranjo y el madroño no necesitan en esta época ni un adorno, porque se llenan de bolas rojas o naranjas y se ponen preciosos. Podíamos habernos fijado en ellos antes para que los copiaran los chinos. Así, en lugar de ser colonizados por la estética del norte, podríamos sorprender a todo el mundo con la gracia natural que tienen en España nuestros auténticos árboles de Navidad.

Página siguiente »


Duendes suscritos:

Suscripción

Suscripción por email

Mis servicios:

El mejor regalo a un ser querido

Publicaciones:

PARAÍSO DE HOJALATA
Una Infancia de Hojalata

Ir directamente a

Blog Stats

  • 884,511 hits

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.