Paul Tibetts y el edredón

Edredon 

(Foto de Mickipedia, con algunos derechos reservados)

Dicen que cada día es un afán. Es sorprendente llegar a la edad del Duende con alguno nuevo por abordar, pero de vez en cuando sucede. Anoche éste era algo tan prosaico como ponerle la funda a un edredón. La cosa puede entenderse como esnobismo, pero se justifica por la simple costumbre. El Duende fue siempre de cama tradicional y cuando, eventualmente dormía en alguna equipada con el invento nórdico, no era de su competencia hacerla.

El Duende sabe poco del edredón. Le contaron una vez su etimología: de feather down, las plumas que nacen en la parte inferior del cuerpo del pato. Pero eso no ilustra sobre todo los demás, o sea, las condiciones de uso y la técnica para cambiarle la funda. Dicen los teóricos que la pluma de pato, tan apreciada en las almohadas y la colchonería de antaño,  aísla y mantiene la temperatura del cuerpo, con lo que tanto sirve para el invierno como para el verano. El Duende debe de tener el termostato regular y saltarse las leyes de la física, y además confiesa que no le ha cogido el punto: cuando la temperatura ambiente es fría, el edredón le parece un abrazo confortable y delicioso, pero cuando es cálida no  lo aguanta. De todas formas ayer la noche en el campo era propicia. El único inconveniente es que el edredón dormía en el armario, esperando la mano milagrosa que fuera capaz de vestirle para ir al trabajo.

Lo paradójico es que mientras el Duende se preparaba para el sueño, le quitaba el ídem su deuda diaria con el blog. Y, en particular, cómo hincarle el diente a una de esas noticias que pone el acento en los absurdos de la vida. Había leído en los papeles la muerte de Paul Tibbets, el comandante del Enola Gay. Este nombre suena como el de una romántica goleta o bergantín del siglo XIX, pero era el de la madre del famoso piloto. Y bautizaba al bombardero que el 6 de agosto de 1945  dejó caer sobre Hiroshima la primera bomba atómica y planchó en un instante la vida de setenta mil japoneses. La orden partió del presidente Truman, un antiguo agricultor y comerciante convertido en presidente del país de las oportunidades.  Como es conocido,  en Estados Unidos cualquiera puede llegar a presidente. Hasta Harry Truman, que sólo pasará a la historia por haber bautizado a unas gafas -como la invisible Rebeca a una chaqueta de punto- y decidir el final de la Segunda Guerra Mundial por el expeditivo método que ejecutó Tibbets. Maquiavelo se encarnó en aquel presidente gris de Missouri  y en aquel piloto que tanto amaba a su madre para demostrar mejor que nadie que el fin justifica los medios. Días después otro Tibbets machacó Nagasaki, los japoneses capitularon y el cuarto jinete del Apocalipsis descansó hasta nueva orden. Qué barbaridad.

Ponerle la funda al edredón es una de esas labores que mi doña María dice que están pensadas de espaldas al pueblo. Para un inexperto, tan endemoniado como ponerle calcetines a una langosta. Claro, que no hay mal que por bien no venga. Mientras luchaba contra los elementos, el Duende pensaba en los sapos que a veces ha de tragarse un político en aras del pragmatismo, en la paradoja del deber del militar que mata brutalmente para salvar vidas y en lo poco que cuenta el pequeño ser humano para los grandes designios de la historia. Lo más sorprendente para el Duende es que el difunto Paul Tibbets había confesado que nada, ni siquiera esa tremenda misión, le había quitado jamás el sueño.

Lo que es la entereza. Y  uno sin poder conciliarlo por culpa de un edredón.


13 Respuestas a “Paul Tibetts y el edredón”


  1. 1 José Ramón Noviembre 3, 2007 en 11:49 am

    Duende, cada día me sorprendes más por tu capacidad de ligar lo cotidiano con lo trascendente, o, como dijo noséquién, lo trágico y lo trivial. Y qué bien lo haces.
    Creo que hoy soy el primero en comentar, y aprovecho para eludir la previsible carga emocional que va a despertar la alusión a la bomba atómica y quedarme en las hojas del rábano.
    A mí me llega siempre al alma eso de los edredones, los champuses, lo cotidiano de espaldas al pueblo, el doñamariísmo. Me toca, me puede, me vence y me convence.
    Pero sólo me quedo hoy con la primera frase. Dices que a tu edad es sorprendente que puedas tener un nuevo afán cada día. Y te salva de la vejez y de la derrota el poder encontrarlo. Y es que el afán de cada día no es ganar el Premio Nobel, sino ponerle la funda a un edredón, mojar una galleta sin que se rompa o atinar a sacar los cubitos de hielo. Eso es lo que nos mantiene vivos.

  2. 2 Bob de Ca's Barber Noviembre 3, 2007 en 4:04 pm

    Señor Duende,

    Esto de los eledrones tiene truco, veo que no se lo han dicho: Se coge una punta con una mano y la otra con la otra y se llevan hasta el final de la funda haciendola coinsidir con las puntas de la funda, despues saca las manos y coge por fuera de la funda esas dos puntas encajadas y empiesa a sacudir, se coloca solo.

    No se si se lo he complicado más… la cosa es que la madona fué el otro día a comprar a IKEA (no se si en Madrid lo tienen)pero es un sitio muy de hoy en dia, montan casas de esas de 15m,con cajones que salen del techo, camas colgando de las paredes,cocinas que salen de un armario, ¡es digno de ver!, entonses ella compro un STRÖKMEL ROKWOLK (eledrón) y vi las instrucsiones,es una maravilla la esplicasión y se ahorra uno el montador, el fontanero…lo vi en la mesa por eso se lo puedo esplicar. Yo soy del colchón de lana de antes que ya tiene mi forma y lo pongo al sol durante el día y el peso de las mantas y la vanava de la abuela toda de ganxillo y drap duermo el la gloria.
    A mandar, amigo 0:-)

  3. 3 Adela Noviembre 3, 2007 en 8:16 pm

    Tremendas algunas acciones del hombre, hacen historia pero menuda história, dan escalofrios algunas fechas recordatorias de semejantes personajes. Me hace pensar en una entrevista que escuche a Luque (creo que así es su apellido) el astronauta español que contaba la experiencia de la visión de la tierra desde fuera de ella, muy interesante,decía que desde arriba es un planeta precioso de tonos azules y sin fronteras, desde esa perspectiva pierden sentido las banderas. Da la impresión de que los humanos necesitamos límites a nuestro alrrededor para sobrevivir y en función de esos límites actuamos y justificamos nuestras acciones, prácticamente todo es argumentable para convencer o dejarse convencer. El miedo a…,necesario para vivir y castrante por otro lado, estos dias he oido mucho hablar de bipolaridad y parece que está muy presente en todos los planos del ser humano y en nuestro entorno.
    El hecho de que alguien diga que no le quita nada el sueño ni el haber lanzado una bomba atómica, diría que es un farol a menos que sea un psicópata sin ninguna capacidad emocional, a largo plazo todo tiene unas consecuencias que revierten contra uno inevitablemente.

  4. 4 Esther Noviembre 3, 2007 en 9:05 pm

    También leí la noticia en titulares. Sentí lástima por el piloto al preguntarme por los sentimientos que debía tener ese hombre levantarse cada día. Pensé que él no sabía nada al lanzar la bomba. Desconocía (me enteré más tarde)que no sintió nunca remordimientos y que afirmaba que en una situación similar volvería a hacer lo mismo (cumplir órdenes). Entiendo que un militar debe respetar una disciplina, pero eso no te exime de tener sentimientos. No se qué me horrorizamás, si la muerte de miles de personas o la frialdad del brazo ejecutor que no siente el horror que sembró y la posibilidad de esa personalidad se repita entre nuestros congéneres.
    Es un alivio saber que hay personas (muchas) con los ojos abiertos bajo su edredón velando y haciendo del mundo un sitio mejor gracias a sus preocupaciones. (No quiero decir que estén todos bajo el edredón del Duende, no se me malinterprete¡Qué bullicio sólo de pensarlo!)

  5. 5 lola Noviembre 3, 2007 en 10:45 pm

    Oigan, que cosas saben algundos explicar también. Yo todavía no me explico que narices hago aquí puntual y religiosamente cada vez que nuestro señor Duende cuelga un post en este blog (¿se dice así?) es que una no es para nada modenna, como doña María.

    Esther, ¿qué dices que no hay nada mejor que estar bajo el edredón velando o volando con el Duende? ¡Ay, perdónenme ustedes señorías! Es que la falta de sueño, el mono o el duende que llevo con este cacharro sabe Dios a qué se deberá.

    Yo soy una Ikea´s woman, esta gladiadora ha sido capaz de diseñar y hasta montar los muebles de la cocina. Es que a mí los nórdicos siempre me han gustado (me refiero en cuanto a los objetos y aplicaciones diseñados para el hogar). Es que estos señores que parecen “like a gamba” cuando están veraneando por Spain (siempre me recuerdan un chiste que creo que era de Eugeni, gran señor de la risa también, que decía algo así como: “a ti te parrió una gamba…”

    No le cuento lo calentito y agustito que está una en esas super-mega-super-zapatillas todo terreno llamadas Nórdicas, que valen más que los zapatos, especiales para climas rudos y fríos como el de España allá por la sierra de Cacerola por ejemplo, donde no hay calefacción, ni candela, ni na.

    En uno de esos viajes “que el pobresito de mi marío” tiene que haser y dejar a la parienta na más que con los gaticos en casa sola y compuesta, pué, hablando a lo tonto como quién no quiere la cosa tuvo una conversación con unos señores de pol la parte del Canadá, donde asesinan a los bebés focas, y dejan la nieve perdiíta de sangre y hacen mucho daño a esos bebés y a sus mamás. Y aluego venden la piel a unos desalmaos para hacer pellejos para otras personas ignorantes de la vida que las llevan colgando del pescuezo, que acuden a fiestas de la “Jet Set”, esa que Curro Meloso después hace una copla y se queda tan ancho.

    Pues, este señor canadiense decía a mi “señó esposo” que jamás de la vida había pasado tanto frío como en Spain. Ya vés tu, ellos que a -30 y con un palmo de nieve en el exterior, nevando con un frío que pela, con la tramontana de ahí, están en manga corta en casa, descalzos y a una temperatura interior de +25 grados.

    Lo mimmo, mismito que aquí. Ahora nos hemos vuelto muy modernos, pero aquí la menda lerenda, cuando era enana, en casa de sus papás había una catalítica en el comedor pa tós y vas que te matas. El problema venía cuando había que atravesar el comedor para hacer otra cosa que no fuese ver la televisión, es decir, ir corriendo al baño o ir a dormir. Mira, aquéllo si parecía el Polo Norte, ¡qué frío madresita de mi vida!. En la habitación, hacía +7/8 to lo más.

    O, hace dos inviernos que pa fin de año no se me ocurre na más que llevar al “marío” pa er pueblo a que lo conosca la troupe. ¡Oh! Never more, oiga, Andalucía en invierno. ¡Que frío my God!, “God save my self”, que diría el otro. -5 grados fuera, +2 en la habitación. El caldero ahí debajo de la mesilla, todos alrededor, la cara del “marío”, ¡oh, pa qué os voy a contar!

    30 years, que una no había pisao el pueblo. Cuando llegó, era de noche. Nos bajamos del coche y se oye una voz que dice: “primaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa”, después, “¿cómo estás primooooooooooooooooooooooooooooooooo?”, el primo mirando a los laos, claro, mi “marío” que no conocía a naide y ve a la prima con sus tropecientos mil kilos que se le echa encima para darle un beso, casi lo tira, como los perros que vienen a recibirte cuando has estado fuera de casa mucho tiempo y se te tiran encima tuyo. Er primo, acojonaíto perdío, me miraba como dicendo: -What am I doing here baby? To er rato, primo pa quí, primo payá er primo, “mi marío”, con una cara er pobrecito de mi arma, no sabía dónde metése. Al final se lo explico a la prima, que “mi marío” estaba extrañado que lo mataran a besos, que le llamaran primo sin tan siquiera conocerle. La prima con sus tan sólo 1,40cm del suelo y con un diámetro superior a la normal, es decir, tirando a muy gordita dise ella:

    -A ver, y como quiere er joío que le llame, tito, si é er primo- Vamos a vé “Feve”, el “marío” se llama Fede, pero la prima sin apenas conocerlo ya le cambió el nombre y le bautizó como “Feve” (Ferrocarriles de Vía Estrecha) por ahí por la parte del norte de mi España querida.

    ¡Ay, es lo que tiene (y corto el rollo ya) Spain is different¡

    P.D. Dear Mr.Bean, ¡ay! quería decir Mr. Duende. En el post anterior le pedí el reglamento del present blog por si me estoy excediendo en exceso excesivamente (que seguro que sí) pero como no me enseña las “rules” no lo puedo saber. Así que, le hago saber, que si me envía un recargo, como hacen los bancos, que te clavan el cuchillo por la espalda sin avisar, no vuelvo a darles más la tabarra con mis diarreas mentales y me las piro a otro blog.

  6. 6 carmen Noviembre 4, 2007 en 4:44 pm

    Tambien soy de cama tradicional. Con el edredón, o me achicharro o me pelo de frio porque lo tiro al suelo.

  7. 7 Begoña Noviembre 5, 2007 en 11:48 am

    Para mí el edredón es, como dice alguien que conozco, un “enredon” imposible de manejar. Me quedo con mi cama cebolla y sus capas facilísimas de quitar y poner.
    José Ramón, enhorabuena por tu comentario.

  8. 8 Marcos Martinez Noviembre 5, 2007 en 3:31 pm

    Es curioso como la historia carga culpas en personas que no son estrictamente responsables de ciertos hechos. Durante la segunda guerra mundial, los comandantes de los aviones cedian el mando al artillero de la nave minutos antes del bombardeo. Hay constancia historica de este hecho. Ciertamente Paul Tibbets era el comandante del Enola Gay, pero el no fue quien apreto el boton que lanzo la Little Boy sobre Hiroshima, ese “honor”/error ha de ser asignado al mayor Thomas Ferebee artillero del Enola Gay o al capitan William Sterling “Deak” Parsons responsable de armamento y comandante de bombardeo del Enola Gay.

    http://en.wikipedia.org/wiki/Enola_Gay#Mission_personnel

  9. 9 El Duende de la Radio Noviembre 5, 2007 en 11:43 pm

    Ah, Jose Ramón, cuántas naderías me mantienen vivo.

    La que más, y no seria justo llamarla así, es la corriente que alimenta a este blog. Fijarme en algo, aislarlo, pasarlo por el pasapurés, cocinarlo y ver cómo lo reciben los amigos.

    Tomo nota de la precisión que hace Marcos.Aunque sospecho que la historia seguirá adjudicando a Tibbets tan dudoso honor.

    Gracias a todos

  10. 10 Adela Noviembre 6, 2007 en 7:55 am

    Que fuerte Marcos¡. Estrictamente culpable son todos los que forman parte,de algo aunque no apriete el botón, si participas de una guerra eres tan culpable si estás en un despacho sentado tomando decisiones, como si estás en el frente de batalla. Parece que el no querer saber algo hasta unos minutos antes exime a alguien de culpa (me parece una excusa de mal pagador). Y en nuestra vida cotidiana, cada vez que ocurre una injusticia y miramos hacia otro lado, formamos parte de ella nos guste o no, la vida es así, pero no lo neguemos por favor.No me puedo quedar impasible ante tu comentario.

  11. 11 El Duende de la Radio Noviembre 6, 2007 en 3:52 pm

    Muy atinado el comentario de Adela. Sobre todo en una sociedad que que quiere ser la Arcadia feliz sin apechugar con el coste moral que eso entraña a menudo. Calefacción sin nucleares. Sanidad gratis sisando, si se puede, a la Seguridad Social y al Tesoro Público. Seguridad nacional sin el marrón de mantener eso que se lama ejército.Y , dentro de poco, solomillo de vaca sin la pena de que muera vaca alguna.
    Estamos acostumbrados a dar premios a los benefactores de la humanidad. Pero dentro de poco habrá que pensar en un Príncipe de Asturias o un Nobel para el que haga lo que nadie quiere hacer y todos piensan que “hay que hacer”. La gloria limpia tiene muchos padres, pero a las decisiones tremendas les viene muy bien haber encontrado patriotas útiles como el tal Tibbets, que no dudó en cargar con el oprobioso marrón que ya le adjudicó la historia.

  12. 12 darabuc Noviembre 6, 2007 en 10:24 pm

    Acabo de leer una historia de la Guerra de Japón, de Max Hastings, y el autor se esfuerza por demostrar que, de no haberse lanzado la bomba, habrían muerto muchos más japoneses (y estadounidenses). No lo sé, es probable que tenga razón. En otros autores, como James Carroll (La casa de la guerra) se insiste más en el peso de la técnica como algo que avanza por sí solo y acaba creando las condiciones para su lanzamiento. Como si uno fuera sopesando la piedra en la mano y, de tanto sopesarla, al final se lanzara; porque otro te ha visto y se ha armado para defenderse y al final le tienes miedo, o por la razón que sea.

    La historia del siglo XX es de una brutalidad inigualada. Y aunque Japón comenzó la guerra en China y atacó a Estados Unidos por decisión propia, y luego acumuló errores militares que acarrearon la destrucción del país y de su sistema político, la bomba en sí es de una inhumanidad difícilmente superable. Y lo peor es que su metonimia es un simple botón. Arrasar ciudades con un botón, decidir destinos a miles de kilómetros de distancia… ¿Cómo se le pone el límite a eso, si el núcleo de decisión tiene el aspecto de un hospital, no de una trinchera?

  13. 13 Adela Noviembre 7, 2007 en 7:38 am

    Respuesta imposible Darabuc,almenos para mi.Mientras no llamemos a las cosas por su nombre y con conciencia de ello,un hospital es un hospital y una trinchera una trinchera.La historia de la humanidad me parece brutal toda ella y lo que entristece es que evolucionamos tecnológicamente pero como seres humanos seguimos como animales centrados en la supervivencia (fundamental claro),aunque estamos dotados de otras capacidades que ignoramos por comodidad e intereses particulares.


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