Archivos para 12 noviembre 2007



Pesadillas por Navidad

Santa Claus

Me asegura el Duende que en el mes de febrero soñó algo singular que, sin poder definirse como pesadilla, tenía algo de ello. Se veía en un paisaje bellísimo, con árboles frutales ofreciendo delicias a un grupo de rubias y estilizadas figuras mitológicas de vestidas sólo de etéreos cendales. Ahí estaban Paris con su manzana, y las tres gracias, y sobrevolando, Cupido. Era el famoso cuadro de La Primavera, de Sandro Boticcelli. Con una extraña peculiaridad. La figura central, aunque luciendo un palmito parecido al de la Venus original, era mucho menos esbelta y elegante. No era Venus, sino Isidoro Álvarez que, vestido a modo de seductora heralda del amor y el goce, desplegaba un gallardete en el que se leía: ¡Ya es primavera en el Corte Inglés!

Lo peor es que, con leves variantes, el sueño se repitió a mediados de octubre. En este caso era abducido hasta un pesebre de Murillo donde el Mesías, con esa sonrisita pánfila con que le representan los misterios tradicionales, era ya talludito y estaba llamativamente gordo. En realidad no era el niño Jesús, sino otra vez Isidoro Alvarez anunciando lo imaginable: ¡Ya es Navidad en el Corte Inglés!. En ambos casos el Duende se despertó sudando y sobresaltado, y durante algunos días tuvo que visitar el gabinete de su psiquiatra.

Qué sinvivir, la sociedad de consumo. No acabamos el arqueo de la ruina veraniega y la vuelta al cole y ya viene Halloween. Y aún no hemos destruido la siniestra calabaza colonizadora cuando se anuncia la conspiración en torno a la gran fiesta de la cristiandad. Todos se ponen de acuerdo en madrugarla: alcaldes que encienden las luces, anunciantes que desentierran villancicos, tiendas que se engalanan de Navidad por todos los santos, bazares chinos que se inundan de arbolitos luminiscentes cada vez más exóticos, proveedores de regalos que avanzan muestrarios, periódicos que regalan nacimientos por entregas, restaurantes que anticipan sus reservas para las cenas de empresas, comercios que apartan juguetes para los peques, revistas que dan en primicia lo que los famosos cenarán en Nochebuena. Jesús, cuánto empalago en tu nombre, y cada año antes. Que papá Dios nos coja confesados.

Dice doña María que acabaremos colgando del árbol de Navidad los bikinis, las chancletas de colores, los cubitos y las palas de los niños y esos moldes en forma de estrellita para flanes de arena que lucen mucho en el abeto. Sería una versión utilitarista del arte povera con fines suntuarios. Y una manera de optimizar esfuerzos y recursos. Al ciudadano le tienen -le tenemos-frito, con tanta necesidad de vender para animar la economía. Y así poder seguir comprando, para que otros puedan seguir forrándose, y nosotros sigamos siendo el burro que nunca atrapa la zanahoria, porque cuelga de un palo tramposo que nos pone la felicidad al alcance teórico de nuestro morro, y siempre viaja unos centímetros por delante de la dentellada. El hombre que no compra no sólo es un paria, sino que además es insolidario, tócate las narices. Lo último no es ya acumular todo lo posible en casa, sino sacar a Santa Claus a trepar por la fachada. Mejor desde el verano, para que llegue a la gran noche entrenado.

El Duende pondrá el nacimiento con su nieta, cantará villancicos con su coro y con la familia, y no le hará feos al turrón ni a los polvorones. A ser posible por Nochebuena, no antes. Y también escribirá a los Reyes Magos. No para pedirles que le traigan nada, sino para que se lleven algo de las muchas inutilidades con que le ha regalado la sociedad del despilfarro.

Pero no le hagan caso, está algo mayor y últimamente la demencia senil le provoca pesadillas antisistema.

¿Por qué no regresar a donde has sido feliz?

 Playa de San Pedro

Vuelvo a ver/ ese valle de San Cosme que tanto amé….Así empieza una habanera que escribió el Duende para un lugar de Asturias donde apareció con su mujer y tres criaturas y pasó las vacaciones de agosto de 1978. San Cosme es una barriada de San Martín de Luiña, concejo de Cudillero, en la zona occidental de la costa asturiana. Se enclava en las laderas del Valle de las Luiñas, que vierte al Cantábrico por el río Esqueiro. El que le descubrió esta bucólica postal fue su amigo Carlos Aguayo, arquitecto de profesión y acuarelista de devoción. Qué lugar…/aquí un hórreo, allá un castaño/ allá un nogal -decía otra estrofa. La habanera, facilona ella, contaba la historia de un indiano que regresa a este pueblín y se casa con la que fuera el amor de su infancia. Más o menos, como en la zarzuela Los gavilanes, que tampoco estaba obligado el Duende a ser muy original, y ya se sabe que este tipo de canciones cuanto más tópicas más resultonas. El arquitecto había encontrado ya a la dueña de su corazón, y sin tener que emigrar a América. Se llamaba Maribel, y era una de las muchas joyas naturales que adornan el valle. …Porque al fin…/ en el valle de las Luiñas/ junto a mi niña/…¡ya soy feliz! Los madrileñines, como nos llamaban en la aldea, se lo cantamos a coro a la docena de aldeanos congregados en el único bar de la aldea. Primicia absoluta y estreno mundial. Y a Manolo el mono, alcalde pedáneo, un paisano recio al que le rebosaba la pelambrera del pecho por el cuello de la camisa, se le escaparon dos lagrimones. La habanera cumplió su objetivo. Y la familia del Duende volvió a San Cosme todos los veranos hasta que sus polluelos se le desparramaron y comenzaron a volar por su cuenta.

Hay un apotegma que conseja no volver al lugar donde has sido feliz. Al Duende le es imposible asumirlo. Los veraneos se hacen gregarios, uno va a un sitio nuevo de la mano de un amigo y enseguida se quiere traer a otro, que a su vez arrastrará a alguno de los suyos. Como las cerezas en el frutero, que se enganchan entre sí al tirar de ellas y acaban saliendo en pandilla. Unos se asientan e el lugar para siempre, otros asoman sólo los veranos. Mis amigos de referencia, Félix y Begoña, gaditano él y valenciana ella, se han arreglado una casita encantadora con pomarada y me han invitado a pasar con ellos este increíblemente soleado puente otoñal. He vuelto a los parajes de antaño y me he sentido muy a gusto. Otros, celosos de su descubrimiento, desean guardar el secreto. No lo cuentes, no hables de la Luiñas le dicen uno. ¿Y por qué no? Los que somos de donde pacemos somos generosos: nos gusta dar a conocer nuestros pequeños paraísos.

En los primeros veranos, el cartero venía a la casita del Duende a caballo. Repartía el periódico -del día anterior- y cartas y postales. Aún se escribía la gente. Al atardecer, los duendecitos se acercaban a un caserío cercano a por la leche recién ordeñada. Todavía no era delito de lesa sanidad beber leche de vaca sin tratar. Probablemente habrán sido de las últimas generaciones en percibir ese grato ruidito, tan inconfundible, del disparo de leche desde el pezón de la vaca percutiendo en el cubo. A un niño de nuestra época en el campo eso le era tan familiar como el sonido del móvil ahora, pero el mundo cambia. Sobrevive el mismo panadero de Soto de Luiña que hacía exquisitas enfiladas y bollus preñados. Otros paisanos amigos, con los que tomaba un vasín y comentaba las cosas del lugar han desaparecido.

También el paisaje ha cambiado. La carretera Gijón-Ribadeo ha plantado unas enormes pilastras en el lecho del valle, para soportar el paso de la autovía que lo salva. De repente aquel paisaje de pintor costumbrista ha tomado un cariz de cuadro de Edward Hooper. En una décadas ya será una visión clásica. Arriba, en las brañas, giran unos de esos molinos blancos hipertiróidicos que generan energía eólica. Los fondos estructurales han asfaltado muchos caminos, y en general se ve todo más limpio y cuidado. Afortunadamente, aún no se observan terribles desmanes urbanísticos. La playa de San Pedro de la Ribera, muy mejorada, sigue abierta a un Cantábrico imbatible que le golpea a uno el rostro con el aire de la naturaleza brava y la sal de la vida.

Dice García Lorca al final de su Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías que también se muere el mar. Esperemos que quede en simple metáfora. Aunque, si el cambio climático llegara, no podrá arrebatar ya lo que el Duende disfrutó en el Valle de las Luiñas. A él regresó, y, pese al aforismo de marras, siguió sorbiendo su pequeña dosis de felicidad.

El caso del anciano que parecía asesinado

Anciano

(Foto de Will Bragg, con algunos derechos reservados)

Descubrieron la muerte del anciano mirando por las cristaleras del portal. Estaba tirado en el suelo, en posición decúbito prono, sobre un gran charco de sangre que contrastaba dramáticamente sobre el inmaculado pavimento de terrazo blanco. No había bajado ningún vecino, porque era un largo puente y estaban todos de vacaciones. La policía no dejaba entrar a nadie, y el juez no aparecía. Los de las casas aledañas se agolparon ante el portal, vigilado por dos policías que lo habían precintado. Se multiplicaron los rumores de los que creían identificar al cadáver de vista. Se llevaba a matar con su hijo, que está trastornado y no le dejaba en paz. Es un crimen pasional, se entendía con la señora del farmacéutico de la esquina, que no ha podido aguantar los celos. Era homosexual, un día se le vio en un bar de Chueca dándose un verde con un jovencito. Por fin llegó el forense, se abrió el portal. Lo primero que sorprendió era el extraño olor de la sangre. No era sangre. Al dar la vuelta al cadáver éste guardaba aún en una mano la tapa roscada de un bote de salsa de tomate. Por el suelo había vidrios rotos mezclados con la falsa sangre. La autopsia reveló las causas reales de la muerte: parada cardíaca. Las investigaciones subsiguientes terminaron de aclarar el extraño suceso. Ni parricidio, ni crimen pasional ni ajuste de cuentas entre maricones. El pobre anciano vivía solo, sintió hambre y albergó la ilusión de hacerse unos espaguetis con tomate. No pudiendo abrir el puñetero frasco, quiso echarse a la calle para encontrar una mano joven que le ayudara. Pero ya era tan débil que ni siquiera podía abrir la pesada puerta de forja que un mes atrás la comunidad de vecinos había decidido instalar en el portal para dar más seguridad y prestancia al bloque de viviendas. Desesperado, el hambriento anciano forcejeó con el frasco, pera la tapa de rosca, cruel y despiadada, no cedió. Un síncope cardíaco acabó con su sueño de almorzar a gusto. Y, peor aún, con su vida.

No es por nada, pero el Duende piensa que ésto lo lleva al cine Alex de la Iglesia y hace una gran tragicomedia y un peliculón taquillero. Pero no es un cuento breve, ni una sinopsis de guión cinematográfico. Sino una ensoñación surgida esta misma mañana a partir del épico intento de abrir una nueva mermelada de naranja. El Duende lo consiguió, pero quedó maltrecho y exhausto. Y lo que es peor, se asustó pensando que, aunque algún día pueda vivir sin estos alimentos tan perfectamente envasados, no podrá resistir sin salir de casa.

Doña María denunciaría: otra poblemática más de espaldas al pueblo. El Duende confía en que si el gobierno provisor y largamente generoso no puede solucionar estos supuestos con la Ley de Dependencia – que indudablemente está para cosas más serias- la sociedad al menos se de cuenta de que tanta obsesión por la seguridad en los alimentos y en las viviendas viste un santo, pero desnuda otros.

Personalmente, y aunque no sea tan anciano como el difunto del cuento, al Duende le gustaría poder abrir frascos de tomate y salir de casa solo mientras viva. Habrá otras vidas más seguras, y a veces nos las imponen por ley. Pero, francamente, no cree que sean mejores.

Descansa en paz, Tutankamón

Tutankamon

Le contó doña María al Duende que una de las incógnitas más emocionantes de su catolicismo porsi -por si es verdad lo que me enseñaron, aclara ella- es el dogma la resurrección de los muertos. Le inquietaba en qué edad y estado del cuerpo habrá de reencarnarse. La verdad -confesó- preferiría que el Señor me viera de mocita, porque antes de morir, además de gruesa, seguro que no voy a estar guapa. Toda la razón. No hay más que ver la mala cara con que nos ha llegado Tutankamón, y eso que era semidiós y que debió de gastarse un pastón en el estucado post mortem.

No mucho más firme en sus convicciones que la gentil señora, el Duende se pregunta a menudo cómo es posible que en estos tiempos racionalistas y de creciente escepticismo se le siga dando tanta importancia al cuerpo humano. No al cuerpo vivo, claro, que es lógico cuidar y mostrarlo aseado. Sino al muerto. Se pone de manifiesto en las catástrofes con pérdidas humanas. Los familiares de las víctimas luchan lo indecible por recuperar algo de sus restos, como si cualquier parte mínima e irreconocible de un cuerpo fuera depósito de su entera personalidad. Se ve en la búsqueda de los enterramientos innominados de la guerra civil, como si la memoria necesitara el soporte de un hueso para sobrevivir.

Uno comparte las buenas intenciones de tal iniciativa, pero desde que vio restos de sus antepasados y constató lo poquito en lo que nos quedamos, pasa de necrofilias. Ningún cadáver es persona, verdad de Perogrullo que muchos no comparten. Algunos incluso reprochan a la familia del fusilado más famoso de la guerra civil que hayan negado su permiso para localizar sus huesos en barranco de Víznar. ¿Acaso esperan que éstos reciten el Romancero gitano con el encanto y la gracia de Federico García Lorca? Tanto si se es creyente como si se es agnóstico se entiende mal el fetichismo por los muertos. Lo que vale de ellos fue, y sólo podrá seguir siéndolo en la dignidad de su recuerdo, no el relicario donde se albergue una taba de su osamenta.

Además de la exacerbación del símbolo, el Duende piensa que a esa sobrevaloración del cuerpo muerto contribuye mucho el esplendor de la llamada medicina legal. Gracias a los avances de sus análisis, un pellizco de la momia de Tutankamón nos cuenta ahora qué enfermedades padeció, de qué murió, en qué época, lo que había merendado aquella tarde y si era hincha del Atlético Tebano o del Menfis F.C. Por razones parecidas se conservan por ahí el cerebro de Einstein, algún despiece de Beethoven y hasta el pene de Napoleón, como si en ellos radicara el secreto de su talento o de su megalomanía. Gerald Brennan cuenta en su biografía de san Juan de la Cruz cómo a su muerte se troceó y fue repartida en mínimas partes una de sus piernas. Si uno piensa que eso puede transmitirle la gracia santificante o la inspiración del autor del Cántico espiritual no es que tenga la fe del creyente, sino la sinrazón del ignorante.

Por uno u otro motivo, parece que está moda desvelar impúdicamente el sueño de los muertos. Feo, feo. No sabe el Duende qué interés científico puede seguir despertando la momia del pobre Tutankamón para seguir hurgando en ella. A él le fascinó la historia de su descubrimiento por Howard Carter, magníficamente contada por C.W.Ceram en uno de esos libros que uno devora en su juventud: Dioses, tumbas, sabios se llamaba. Supimos mucho del faraón niño y su época gracias al estudio de lo que se halló en su tumba. Y quizás aún se pueda conocer más desmenuzando sus restos, pero al romántico ya no le interesa tanto detalle. El legendario Egipto está enterrado en la historia, y sus muertos ya ni siquiera son arma arrojadiza con fines políticos, como otros que desdichadamente lloramos aquí. Conservemos el mito. Y a ver si dejamos descansar en paz a la momia de Tutankamón, que ya vale.

Carcajodido, pero contento

Capi y Duende No es que sea un carca y esté jodido -fastidiado diría el Duende, que trata de ser bien hablado. Ni que se ría uno mientras fornica, o viceversa. El Duende tiene por norma no hablar de intimidades. Lo que pasa es que hoy toca la Carcajoda, y este invento, que se asoma primero en la edición digital de EL MUNDO, al fin ha llegado a este blog. Habilidades de Juan, ingeniero en la distancia, pues tiene su puesto de trabajo en Düsseldorf. La cosa es que el Duende lo graba., y luego se olvida de ello. Y no lo había escuchado, montado como Dios manda y con las músicas y efectos que incorpora el técnico de sonido que es el Capi -este hombre vale para todo- hasta hoy.

Y aquí, en la soledad de su cuarto de trabajo, el Duende se ha carcajeado. Y se ha quedado contentísimo.

No tendrá la difusión de la radio, de acuerdo. No es Mahoma el que va a la montaña, sino la montaña -el visitante del blog, que es más importante- la que tiene que ir a Mahoma. Clikear por internet es algo más lioso que sintonizar el dial y esperar a que hablen o pongan música. Pero todo tiene su compensación: el oyente de internet recibe un producto más auténtico, fresco y espontáneo.

En el pequeño estudio donde nos reunimos por las mañanas y, como las gallinitas, ponemos dos o tres huevos, no nos ve nadie. Ahí no dependemos de una emisora que tiene sus dueños o sus gestores, y que deben pastorear a los suyos por prados apacibles, y no por cañadas oscuras. Tal vez pondrían caras raras al escucharnos. Pero no importa, porque no están. Ahí inventamos sobre la marcha. Porque no hace falta que sea vero, sino ben trovato. Y aunque no haya existido nunca un tal don Probo Alegre, titular de la cátedra de Teoría del talante y de utopías aplicadas de la que fue alumno distinguido el presidente Zapatero, y nadie tenga la partida de nacimiento de Roque Bonilla, de Potota Ansona y del becario Macario, especialista en deportes, estos personajes no son mentira. Como decía el novelista, esta historia es real, porque la imaginamos y le pusimos voz.

Corra la idem. Que sus pariente y amigos entren también y se lleven un sorbete de actualidad variada y ligera, sin sofocones ni otros duelos o quebrantos. Una vez al día, en la página de EL MUNDO, en el blog del Capi o en este suyo dejen volar la imaginación y sonrían. Si no carcajodidos, quédense al menos contentos.

Zandeces y zinismos

ZetaMira que el Duende ha sido crítico con su antiguo oficio de la publicidad y con tanto farfollas que conoció en él. Mira que echa pestes cuando el Espetec Tarradellas o los pañales para incontinentes que anuncia su admirada Concha Velasco interrumpen la película que tal vez protagonizó ella misma. Mira que es consciente de haber colaborado en la historia universal de la infamia perpetrando el villancico de las muñecas de Famosa…Pero lo cortés no quita lo valiente. ¿De verdad es tan perversa la publicidad?

La publicidad ayuda a los empresarios y productores a vender sus productos. Es uno de los motores de la economía, madre de todas las felicidades posibles. Gracias a la financiación de la publicidad los medios de comunicación son presuntamente independientes. Merced a ella sabemos lo mucho que hacen el gobierno, las comunidades autónomas y los municipios. Y nosotros sin darnos cuenta. También tiene sus pegas, claro. Algunos bloques de spots en TV se alargan tanto que convierten Breve encuentro -una obra maestra de David Lean- en la historia interminable. Aunque en otros casos se agradezca el descanso publicitario. La vejiga es elástica, ma non tanto. ¿Quién no ha aprovechado los anuncios para ir al cuarto de baño, llamar a la suegra para preguntar por su jaqueca, recoger la mesa, poner el lavaplatos o incluso darle un empujoncito al blog de cada día?. Además, soportamos anuncios iguales entre sí que no sabemos lo que venden, pero gracias a eso vemos la tele gratis. ¿De verdad es tan abominable la publicidad?

Sin embargo, a la publicidad se le acusa muchas veces de humillar a la mujer, de manipular a los niños y, lo último, de crímenes contra la lengua de Cervantes. En la película Kika, Pedro Almodóvar se tomaba a coña una larga violación y la escena ni causó revuelo social ni movilizó al muy sensible Instituto de la Mujer. Poco después, una campaña de un dulce de membrillo que hacía una burda metáfora con los pechos de una modelo fue retirada tras una airada reacción de los guardianes de la ortodoxia. Lo último se vivó ayer, en la Academia de la Lengua donde se festejaba la entronización de la eñe de España en internet y el periodista y escritor Juan Luis Cebrián, consejero delegado del grupo PRISA, acabó acusando y dando una patada al presidente que tan bien le caía hace tres años. Pero lo hizo en el culo de su publicidad. No hace falta asesinar a la ortografía para ganar las elecciones, advirtió el infalible académico al presidente Zapatero. Lo decía por lo de Solidaridaz, con Z. Como si el habla del redicho presidente en un video publicitario fuera lo más importante que se le puede echar en cara. ¿De verdad ofende tanto al idioma que la publicidad tenga sentido del humor?

Este Duende no da crédito, y a veces piensa que hay tal confusión de valores que todos estamos locos. Entre acusador y acusado mediaban otros asuntos. Brujos misteriosos que ahora visitan la Moncloa. Licencias de televisión más o menos graciosamente concedidas. Editoriales que unas veces ensalzan y otras fulminan. Derechos televisivos sobre el fútbol, que es el opio del pueblo y el jamón de los magnates de la comunicación. Favores antaño, cuernos hogaño. Todo envuelto en el agravio a la lengua de una campaña de publicidaZ.

Ya veremos su funciona el truquito de la zeta. Lo preocupante es la ola de zandeces y zinismos que se ha levantado a cuenta de semejante chorrada.

Otro beguin the beguine

OndaMadrid En la casa donde se crió el Duende había un viejo arcón de madera labrada de color negro. Era un mueble de un estilo que he visto en caseríos vascos o navarros, grandote y severo, pero muy útil. Servía para guardar vestidos y cortinas que iba quedando en desuso, pero que merecía la pena conservar. Allí, entre otras prendas y bolas de naftalina, descansaban esperando mejor oportunidad el abrigo del abuelo al que aún no se le había dado la vuelta, aquella estola de astrakán que tanto les gustaba a las hermanas para disfrazarse de Gloria Swanson en El crepúsculo de los dioses y el smoking de cuando el padre no había desarrollado la curva de la felicidad.

Entonces los mi edad medían su importancia y su felicidad en agujeros del cinturón, que además se abrochaba muy por encima de donde se entalla ahora. La barriga era un signo de distinción de gerifaltes, de ministros, de capitalistas de pro y de generales con mando en plaza. Destinos que, salvo raras excepciones, ya no copan mis contemporáneos, sino gente mucho más joven y en general menos gruesa. El padre del Duende sólo fue un modesto funcionario, pero en sus mejores años no desdecía de la orondez de los opulentos. Superados los setenta años era sin embargo un hombre de peso normal. La barriga le había dicho adiós, no así la lucidez ni el criterio. Llegó a la jubilación por cumplir la edad reglamentaria, y se dedicó a disfrutar de ella, pero no le mandaron al arcón de la naftalina donde ahora dormía el disfraz del Duende.

A éste le ofrecieron un micrófono en Onda Madrid, la radio de la Comunidad de Madrid y ha aceptado encantado el reto. Ninguna imposición, ninguna indicación, salvo que siga intentando las travesuras que, con Iñaki Gabilondo, con Julio César Iglesias, con Olga Viza, con Carlos Herrera, con Antonio Jiménez y, por supuesto, con Javier Capitán, le hicieron reconocible en el dial. Tú vienes de lunes a viernes al programa de Curro Castillo y cuentas lo que te da la gana, le dijeron. Y allí estará hasta que el destino disponga otra cosa.

Pueden escucharle en el 101. 5 y en el 106 de FM en la Comunidad de Madrid, pero me dicen que se recibe también en buena parte de Castilla la Mancha y Castilla y León. A través de internet, como es natural, llega a cualquier parte del mundo. Basta entrar en esta web y pinchar en “escuchar en directo”.

No hubiera comunicado la noticia si no fuera porque desde que se estrenó este blog han sido insistentes las muestras de interés de muchos de sus lectores por una posible vuelta a la radio. Y hubiera sido una descortesía no responderles. Aún siendo locuaz, nunca fue el Duende partidario de dar cuartos de más al pregonero. Su madre se quejaba: hijo, me ha dicho la farmacéutica que hablas por la radio…El Duende callaba porque pensaba que ella lo que de verdad esperaba de él era que se convirtiera en hombre de provecho. Las cosas de la época.

Ahora lo cuenta porque, como en la película de Garci que logró el primer Oscar para España -alguna culpa tendría Cole Porter- se trata de beguin the beguine. Volver a empezar, qué nervios, y yo con estos pelos…Confiemos en que las neuronas cerebrales no se le hayan acorchado. Lo del olor a naftalina de su disfraz de Duende, se irá en tres paseos por la Casa de Campo.

Un cielo de dibujos animados

El libro de la selva

 Según muchos El libro de la selva, que ahora cumple no se cuántos años, es la película más lograda de Walt Disney. Fue al parecer la última en la que el mago dejó su propia impronta. A lo mejor es por eso precisamente, o por lo romántico del relato original de Kipling, o por el encanto de su banda de sonido, o por la gracia con la que bailan los animales, o por la ternura de Balloo. El Duende tuvo el placer de tratar a éste, a los monos y a los elefantes de la película hace más de un cuarto de siglo. La agencia de publicidad para la que trabajaba consiguió los derechos para el plátano de Canarias, que todos los años sacaba a concurso su campaña de publicidad, una de las más sustanciosas de la época. Al Duende le tocó platanear la letra de las canciones. Así nació aquello de el plátano es…sensacional/ tan sano y fácil de pelar / tan rico y lleno de vitalidad… /¡Caramba!…/ ¡Qué bueno que está!…/ no hay ninguna otra fruta igual/…Y a mí me gusta una bestialidad… Entonces iba Balloo y le apostillaba a Mowgli: para no quedarte enano…¡Tú tomar mucho platano! Y Mowgli, más razonable que el oso, le corregía: plátano, Balloo, plátano.

 Los dibujos animados son mucho menos susceptibles que los humanos. Cuando aún no se había fallado el concurso y se rumoreaba que El libro de la selva  había causado un gran impacto, en algún  periódico canario alertaban de que la campaña del plátano pretendía africanizar las islas Canarias con una publicidad selvática. Cuánto idiota hay por el mundo. La cosa es que ganamos el concurso, no sin que una vez en marcha algún docente puntilloso -que pensaba que Balloo debería expresarse como Lázaro Carreter-  nos acusara de convertir en llana la esdrújula de plátano. Demasiado escrupuloso, ¿no? Los únicos que hubieran tenido derecho a protestar por algo hubieran sido los afectados por la acondroplasia, que es el nombre científico de lo que conocemos por enanismo. Pero entonces aún no era frecuente tanta sensibilidad por este problema, y, aún ahora, quizás se han resignado a entender el empleo del enano como pequeño, y sin ánimus injuriandi alguno.

El caso es que la campaña fue un éxito paralelo al de la película. Hubo que salvar sin embargo un grave problema familiar: mi hija Isabel, una ricura de niña rubia de apenas tres años, rompió a llorar desesperadamente cuando Balloo muere en el film. Afortunadamente resucita tres minutos después, con lo que volvió a ser feliz y todos nos congratulamos de ello.

Aquello confirmó lo que ya sospechaba cuando a una sociedad  limitada que fundé le di el nombre de Peter Pan, el niño que no quería ser mayor. Y es que la utopía, o el cielo, es un mundo de dibujos animados. Mal se concilia eso con la fama que la progresía  le ha colgado a Walt Disney, pero por muy carca que fuera éste no  me digan si no es maravilloso un paraíso donde los niños vuelan y los osos que bailan salsa son inmortales.

Paul Tibetts y el edredón

Edredon 

(Foto de Mickipedia, con algunos derechos reservados)

Dicen que cada día es un afán. Es sorprendente llegar a la edad del Duende con alguno nuevo por abordar, pero de vez en cuando sucede. Anoche éste era algo tan prosaico como ponerle la funda a un edredón. La cosa puede entenderse como esnobismo, pero se justifica por la simple costumbre. El Duende fue siempre de cama tradicional y cuando, eventualmente dormía en alguna equipada con el invento nórdico, no era de su competencia hacerla.

El Duende sabe poco del edredón. Le contaron una vez su etimología: de feather down, las plumas que nacen en la parte inferior del cuerpo del pato. Pero eso no ilustra sobre todo los demás, o sea, las condiciones de uso y la técnica para cambiarle la funda. Dicen los teóricos que la pluma de pato, tan apreciada en las almohadas y la colchonería de antaño,  aísla y mantiene la temperatura del cuerpo, con lo que tanto sirve para el invierno como para el verano. El Duende debe de tener el termostato regular y saltarse las leyes de la física, y además confiesa que no le ha cogido el punto: cuando la temperatura ambiente es fría, el edredón le parece un abrazo confortable y delicioso, pero cuando es cálida no  lo aguanta. De todas formas ayer la noche en el campo era propicia. El único inconveniente es que el edredón dormía en el armario, esperando la mano milagrosa que fuera capaz de vestirle para ir al trabajo.

Lo paradójico es que mientras el Duende se preparaba para el sueño, le quitaba el ídem su deuda diaria con el blog. Y, en particular, cómo hincarle el diente a una de esas noticias que pone el acento en los absurdos de la vida. Había leído en los papeles la muerte de Paul Tibbets, el comandante del Enola Gay. Este nombre suena como el de una romántica goleta o bergantín del siglo XIX, pero era el de la madre del famoso piloto. Y bautizaba al bombardero que el 6 de agosto de 1945  dejó caer sobre Hiroshima la primera bomba atómica y planchó en un instante la vida de setenta mil japoneses. La orden partió del presidente Truman, un antiguo agricultor y comerciante convertido en presidente del país de las oportunidades.  Como es conocido,  en Estados Unidos cualquiera puede llegar a presidente. Hasta Harry Truman, que sólo pasará a la historia por haber bautizado a unas gafas -como la invisible Rebeca a una chaqueta de punto- y decidir el final de la Segunda Guerra Mundial por el expeditivo método que ejecutó Tibbets. Maquiavelo se encarnó en aquel presidente gris de Missouri  y en aquel piloto que tanto amaba a su madre para demostrar mejor que nadie que el fin justifica los medios. Días después otro Tibbets machacó Nagasaki, los japoneses capitularon y el cuarto jinete del Apocalipsis descansó hasta nueva orden. Qué barbaridad.

Ponerle la funda al edredón es una de esas labores que mi doña María dice que están pensadas de espaldas al pueblo. Para un inexperto, tan endemoniado como ponerle calcetines a una langosta. Claro, que no hay mal que por bien no venga. Mientras luchaba contra los elementos, el Duende pensaba en los sapos que a veces ha de tragarse un político en aras del pragmatismo, en la paradoja del deber del militar que mata brutalmente para salvar vidas y en lo poco que cuenta el pequeño ser humano para los grandes designios de la historia. Lo más sorprendente para el Duende es que el difunto Paul Tibbets había confesado que nada, ni siquiera esa tremenda misión, le había quitado jamás el sueño.

Lo que es la entereza. Y  uno sin poder conciliarlo por culpa de un edredón.

De pascuas a Ramos

 (Publicado en MARCA  el 1 de noviembre de 2007)

Muy hecho a la cruz de su nombre tenía que estar este Juande. Mucho tuvo que aguantar con los Ruiz Mateos, con Lopera y con Del Nido para salir, a pesar de todo, victorioso del intento. La Mancha imprime carácter. Primero alumbra a Pepe Bono y luego nos obsequia con un entrenador de fútbol que iba de humilde y en tres años se convierte en el mejor pagado del planeta. Me acuerdo de lo que decía el tío Jacinto, un paisano de de Navalcán que fue mi maestro de saberes campesinos. Famoso por sus sentencias, en casos así se quitaba la boina, resoplaba y moviendo la cabeza de lado a lado, apostillaba: Santa Coloma parió por el deo, y no me lo creo. O, para que lo vayan entendiendo los del Tottenham: St, Colomb gave birth throuhg a finger, and I  d´ont believe it.

LOS NOMBRES MARCAN, y Juan de la Cruz Ramos debió de tener mucho de sacrificado y bastante de providencial. A la vista de su trayectoria como jugador -sólo tres partidos en primera- y su esforzada gestión en equipos no punteros, lo que ha hecho con el Sevilla en los tres últimos años parece casi milagroso. Puede que haya sabido recoger lo que sembró Caparrós, que haya pulido como nadie los diamantes en bruto importados por Monchi y que se haya beneficiado además de las irregularidades del Madrid y del Barça. Pero puede también que se haya demostrado una realidad ya sospechada por algunos. Y es que el mejor entrenador -como el mejor árbitro- es el que, sin grandilocuencias ni pataletas, y sin el divismo de tantas falsas estrellas, deja hacer a los jugadores lo que mejor saben.

SÓLO DE PASCUAS A RAMOS BRILLA EL SENTIDO COMÚN. Unas horas después de su marcha, a Quique le echaron de Mestalla. El Valencia era el tercero de la clasificación, estupidez que desde que Mendoza echó a Antic de un puntapié con el Madrid de líder ya no sorprende a nadie. Juande bien podía haber servido de ejemplo para elegir el repuesto. Pero pronto empezaron a sonar Mourinho, Capello, Lippi, Koeman…Eso de aflojar la pasta en alguien famoso mola cantidad. Pudiendo pagar nueve millones de euros, que es lo que afana el portugués…¿por qué conformarse con la cuarta parte?

AL FINAL EL ELEGIDO HA SIDO KOEMAN, que tiene experiencia probada y seguramente cobra menos que Mourinho. Es majo y dejó buen recuerdo por aquí,  pero es otro extranjero más en el banquillo. Con lo grande que es la Mancha, y con la cantidad de entrenadores buenos y baratos que en ella se estarán criando.

 Un artículo así se cerraban antes con el consabido ¡qué país, Miquelarena! Entonces  Juande, hubiera marchado con una maleta de cartón atada con cuerdas. Ahora en cambio aterriza en Londres con baúles de Louis Vuitton para llenarlos de libras,  entrenar al Tottenham y vivir el resto de sus días a cuerpo de rey. O, como dirá él con su excelente acento de Cambridge,  to body ok king. Pero esto sólo pasa, como decía, de pascuas a Ramos…

Buñuelos con apetito desordenado

 Como tantos españoles de su tiempo, el Duende recibió una educación religiosa. Ni que decir tiene que se lo creía todo. Dado que desde el principio le contaban que el hombre es un animal racional, procuraba analizar las verdades difíciles que a veces impone la fe a la luz de su inteligencia. No sería ésta muy larga, pero era lógica. Y sobre todo curiosa. Se fijaba, por ejemplo en lo que querían decir las palabras. Especialmente las que definían o adjetivaban muchas de las inquietudes del alma.

Hablo de la tentación, hijos -padre Bonete dixit. Cuántos conceptos nebulosos y cuántas palabras a mi modo de ver inadecuadas en torno a este espinoso tema. Recuerdo aquéllos libros que preparaban para el sacramento de la penitencia: propósito de la enmienda, dolor de corazón, decir los pecados al confesor, contrición perfecta…EL Duende se arrodillaba ante el confesionario del padre Cayo y, preocupado, se llevaba la mano al pecho. Qué horror, el corazón le latía tan pancho, y no le dolía nada. ¿Merecería a pesar de ello el perdón divino?

Peor era aún cuando desmenuzaba la diagnosis de pecado que facilitaban, a modo de guía, los piadosos libros de religión. Vayamos al sexo, que es lo que interesará todos. En el catálogo de horrores, junto a miradas lascivas y tocamientos libidinosos, se hablaba de posturas torpes. Yo miraba a Anita, una niña gorda que tropezaba en la comba cuando hacía doubles, y pensaba pobrecilla, qué torpeza, y lo peor es que no sabe que está pecando.

Además de las posturas, también prevenían los manuales contra los apetitos desordenados. Y aquí el Duende se rebelaba: ¿qué le importaba a Dios el orden de los platos en la mesa? Según eso, los maragatos, que empiezan por los garbanzos y rematan con la sopa su famoso cocido, eran todos pecadores. Menos mal que la mente va evolucionando. Ahora al Duende los apetitos no le asustan., y aunque conviva con algunos de los que los guardianes de su conciencia llamaban desordenados, cultiva muchos otros perfectamente ordenados.

Ejemplos de apetitos ordenados, todos ellos inocuos. Hay momentos en el que el cuerpo apetente del Duende pide bocadillo. No un manjar exquisito, no, sino precisamente un bocata, porque el organismo es así de caprichoso y tal hora, tal lugar o tal situación, está ordenada a ese apetito. Hay otros marcados por el síndrome de abstinencia del café con porras, y sólo esas porras, calientes y crujientitas esponjando el café con leche por el gaznate abajo pueden llenar ese momento de placer. En verano manda  para merendar el apetito de Cola Cao frío con galletas maría, y aunque las haya mejores, han de ser esas, las de la clase maría. Hay horas para desmandarse y morder apasionadamente un bloque de buen jamón cocido.  En otras debilidades más espartanas se echa de menos el huevo duro. Y cuando en las mantequerías de postín se exhibían esos monumentales quesos Emmental  partidos por la mitad -eran los años del hambre- el Duende soñaba en traspasar el escaparate y comérselo todo. Dentro de un orden, claro.

Hoy, día de Todos los Santos, solemos recordar a nuestros muertos. La edad es tan sabia que, a medida que tienes más boletos para su rifa, le vas perdiendo miedo y respeto a  la parca. De tal manera que al Duende, lejos de la melancolía, le invaden sobre todo recuerdos dulces de los que ya no están con él. Será deformatio patris Bonetensis, pero es invocar la memoria de su madre y volver a paladear aquellos buñuelos de crema que tal día como hoy preparaba. Colmaban un apetito más que ordenado- sólo se tocaba a tres o cuatro, problemas de la familia numerosa- pero sabían tan ricos y amorosos que gustaban como el más placentero de los pecados. Menos mal que la misericordia de Dios es infinita, porque hoy, en memoria de su madre, piensa engullir buñuelos de santo con apetito desordenado.

Un paseo por Baeza

Una de las pegas de ser mortal es que te mueres y no te ha dado tiempo a ver todo lo que soñabas. El Duende estuvo en Baeza. Y volvió transido,  como tantas veces que visita pueblos maravillosos diseminados por nuestra tierra . Si no puedo ser el alcalde -pensaba el Duende-  ni el  juez, ni el notario, ni el médico, ni el maestro,  ni el cura, ni el comandante del puesto de la Guardia Civil, ni el secretario del ayuntamiento, ni siquiera el alguacil de Baeza, que me caiga una pena de extradición y me manden allí. El Duende quiere vivir varias vidas, y en una de ellas espera reencarnarse en esa bella ciudad jienense. O si no, que le extraditen, insiste. Quisiera vivir algún tiempo en una de sus nobles casa de piedra blasonadas, citarse en la Fuente de santa María, rondar por los laberínticos paseos empedrados que rodean la Catedral, tomár un café con churros bajo los soportales de la elegante Plaza de la Constitución  Pero este país es una democracia, y ya no extraditan a nadie  como hacía Franco con Unamuno y otros intelectuales desafectos. Hay que buscarse cualquier otro pretexto para volver a Baeza.

El pretexto era esta vez el II Congreso de Literatura Infantil y Juvenil, organizado por el Grupo Editorial Luis Vives. Era una reunión de docentes y profesionales de la literatura infantil, un matiz en la adjetivación que, sin proponérselo, devalúa a los ojos de los profanos al escritor que la practica. ¿Era Andersen peor cuentista que Hemingway? ¿Es Ana Karenina mejor novela que La Isla del Tesoro? El contrabajo, que es un delicioso relato de Chejov, ¿es prosa púber o impúber? La infancia pasa y la juventud se cura con muy poco tiempo: la buena literatura permanece, y el que escribe bien para niños es tan buen creador como el que lo hace pensando en los adultos.

Estos eventos empresariales y culturales tienen mucho encanto. Sirven al ocio y al negocio. Y, para aligerar el programa de trabajo, concitan lo útil con lo deleitoso, y la ciencia y la cultura con lo que es puro entretenimiento. El Duende supone que es eso sólo lo que le convocó allí. Decía el programa del sábado: 17´30 h. El presentador y humorista Luis Figuerola-Ferretti clausurará el Congreso en clave de humor. Y lo ponía en el mismo cuerpo de letra que Antonio Rodríguez Almodóvar, escritor, investigador y presidente de la Asociación de Amigos del libro Infantil y Juvenil, Ana María Machado, escritora, y Fernando Marías, autor de insigne dinastía y premios tan importantes como el  Nadal y el Nacional de Literatura Infantil y Juvenil. Entre ellos brujuleaba el Duende.

Mi amiga doña María decía un día pasmada que antaño el alfarero de su pueblo sólo fabricaba cántaros y botijos, y ella mayormente, almóndigas y cocretas. Pero que ahora, según dice la gente sabia,  los dos hacen cultura. Velay las cosas, lo que va de ayer a hoy: un humorista, o así, clausurando un congreso de liteatura. Cosas veredes, amigo Sancho…

Por eso estaba el Duende tan crecido la mañana del domingo. Después de una noche de tormenta, amaneció Baeza limpia y luminosa, tentación irresistible para cualquier espíritu curioso y cómodamente calzado. Se puso su chándal y se lanzó a las calles y plazas empedradas hasta subir al llamado Paseo de Machado, recorrerlo en la placidez de la mañana y quedarse hechizado por ese panorama de sierras olivadas y nubes perezosas que aún dormitaban en el lecho por donde discurre el Guadalquivir.  Desde mi ventana/¡campo de Baeza, / a la luna clara!/ ¡Montes de Cazorla,/ Aznaitín y Mágina!…Era de día, y la luna se había retirado ya. Pensé que si Antonio Machado no lo hubiera sido desde la cuna, Baeza le habría inoculado el alma de poeta. No se la pierdan: vayan allí y disfruten paseando con el espíritu de la lírica.

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