Volvía a casa el Duende por un camino rural entre encinares del Valle del Tiétar, en el término municipal de Candeleda, provincia de Ávila. Empezaba a caer la tarde del veintinueve de diciembre. Paisaje invernal: había sido un día algo neblinoso, y el pasto, medio aterido por las heladas y arrebatado por la sequía, pintaba entre verde y gris. Las grullas, que se pasan el día picoteando bellotas en las dehesas, graznaban en lo alto mientras volvían volando en escuadra a los arenales del pantano del Rosarito, donde pernoctan. Iba el coche del Duende despacio, pero aún asi alcanzó a un flamante BMW de color negro que avanzaba más lentamente, casi sin moverse. El camino era estrecho, imposible adelantarlo. El conductor del BMW no se percataba de que obstruía el paso. Iba mirando a derecha e izquierda, escudriñando el horizonte y como esperando algo. El Duende aguardó pacientemente: no suele lanzar señales acústicas ni luminosas en estos casos, prefiere que el pelmazo advierta por sí sólo que está molestando. Nada, ni por casualidad echaba un vistazo al retrovisor.
De repente el coche se detuvo. También lo hizo el del Duende. Buscó entonces el motivo, y pudo ver al lado izquierdo del camino, junto a la cuneta, un pajarillo que picoteaba entre los hierbajos. Mi amigo Cheles, que es del cercano pueblo de Navalcán, al otro lado del Tiétar y ya en la provincia de Toledo, lo hubiera designado en su jerga local. No se si era un tintín o un chamarreto, pero era del tamaño de un gorrión y tenía el plumaje del pecho de un cierto color óxido, casi anaranjado. Los libros de aves le dirían pinzón o petirrojo, no lo sabe el Duende, pero en todo caso estaba claro que el pobre corría peligro. Porque por la ventanilla de aquel BMW empezó a asomar un tubo de acero pavonado en negro. Por un instante pensó el Duende que se trataba de un sofisticado prismático monocolular, no se le ocurría que el conductor pudiera tener otras intenciones que observar la naturaleza. Pero cuando empezó a declinar hacia el suelo su ángulo de observación se dio cuenta de que era el cañón de una escopeta. Y el infeliz tintín o chamarreto, buscándose el sustento sin imaginar la que se venía encima.
No le gusta al Duende molestar, insisto. Pero instintivamente se acordó de su tío Augusto Gil Lletget, hermano de su madre y eminente ornitólogo, muerto al poco de nacer el Duende, que certificó muchos de sus interesantes estudios sobre las aves en esta zona. Y soltó una ráfaga de luces que le llegó al presunto cazador/abusador.
No se si le bastó el aviso al del BMW para recapacitar. El caso es que escondió el cañón, cerró la ventanilla y reemprendió el camino. Por un momento pensó el Duende en los excesos del llamado instinto cazador que lleva dentro el hombre. Pero el espíritu del tío Augusto le dijo que no se metiera en jardines, que bastante alegría era que se hubiera salvado aquel pájaro. Y que, aún ignorando si era un tintín o un chamarreto -error inexcusable en alguien de su familia- aquel era un buen pretexto para pintar más feliz el año nuevo que estaba a punto de comenzar.





cerillas que, al encenderse, iluminan el cuadro mágico de un hogar caliente, con una mesa cubierta de manjares y golosinas y un abeto adornado con muchos juguetes. La maravilla se desvanece con la llama apagada, y cuando la tercera cerilla con su estampa mágica se consume, la vida de la desdichada niña se ha consumido con ella. Al Duende la cerillera, aún con su expresión desvalida, le parecía hermosa y fascinante, y veía la historia como la quintaesencia del romanticismo. Así se lo hizo saber a su compañera de trabajo, pero ésta volvió la cara ofendida. Prefería imaginarse como Susan Sarandon.
Imprevisible aquélla, la lágrima, y menos esperable aún ésta. La mayoría podríamos entender que Alberto Ruiz Gallardón, alcalde de Madrid, llorase presentando el libro que glosa la vida de una actriz, un poeta, una pianista o una princesa, porque sensible a estas materias sí que ha demostrado ser. Pero no lo de ayer. No podíamos imaginar semejante rapto de ternura por un político - Manuel Fraga- al que sólo el tiempo ha borrado sus famosos prontos de sargento furriel. En un tiempo la calle era suya, y el Estado le cabía en la cabeza. Ahora también gimotea cuando recuerda sus servicios a la patria, y probablemente cuando cuenta Bambi a sus nietos. Llora el viejo brigadier curtido en mil batallas y aguerrido capitán que aún se apresta a asaltar la posición más inexpugnable. Ojos que no lloran, corazón que no sienten.

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