
(Foto de Cjelli)
Uno de los problemas que tiene el Duende para ser querido por todos es que formula muchas de sus observaciones en voz alta. En su espíritu travieso y su deseo de desmarcarse de lo convencional, suele recurrir a imágenes, comparaciones y ejemplos que él considera ocurrentes, y que no siempre son bien interpretados por todos. Buena culpa la tiene su familia. En casa su casa era corriente jugar a aquello de ¿a quién se parece fulanito? Con variantes tales como si el tío Enrique fuera animal, ¿qué animal sería? Otras veces las trasposiciones se hacían con objetos, o incluso con sensaciones O, viendo acercarse a alguien con un rostro muy peculiar, alguno planteaba una afirmación valiente que busca confirmaciones, como por ejemplo ¿verdad que ese tío tiene cara de llamarse Agapito?¿A que el tío Federico tiene voz de bocadillo de jamón?
El juego parece estúpido, pero pone en juego valores como la imaginación, la semiología inventada que sugieren ciertas palabras, la fantasía y el conocimiento del lenguaje y de la iconografía clásica. Hay gente que tiene cara esdrújula, aunque no lleve el acento dibujado en la frente. El Duende veía en el rostro de su primer profesor de Derecho Político, don Carlos Ruiz del Castillo a un vértice geodésico, aunque estos monolitos sean en general poco expresivos. Otras comparaciones son más simples. El inefable José Bono tiene la misma mirada y mofletes del Muñeco Diabólico. Jordi Pujol es idéntico al monstruito que sale del pecho de Terminator. Isabel Tocino está diseñada con el mismo perfil tierno y pelín cursi de la mofeta Flor, y en el mismo elenco de Bambi encontramos a un buhíto joven que se parece mucho a Chiqui Benegas. Lo de comparar al presidente Zapatero con mister Bean no tiene mérito: más sutil sería decir que, si fuera vegetal, sería lirio. La Vicepresidenta de la Vega, y que no se me enfade, es como un polluelo de rapaz de esos que pintan los tebeos saliendo del huevo y con un pedazo de cáscara en la cabeza. Fraga, con todos los respetos, siempre tuvo una cierta mirada de rinoceronte, y si hubiera sido música sonaría como la Cabalgata de las Walkirias. Y, por no abrumar con más ejemplos, el ex portero madridista Buyo era talmente la maqueta de Arnold Schwarzeneger.
En su ingenuidad, el Duende siempre creyó que todo el mundo apreciaría el lado bueno de estas observaciones, pero un día le dijo a una pariente suya que su niño se parecía a Pinocho-antes de mentir, precisó- y recibió a cambio una bofetada. Se había quedado sólo con el lado negativo: mi hijo no es un muñeco, replicó airada. No había reparado en la cara de sorpresa ingenua y en la ternura que respira la criatura del viejo Gepetto en la película de Walt Disney. Qué cortedad de miras.
A una buena amiga menudita, de apariencia frágil y cara de biscuit, muy favorecida ella, que aún siendo abuela desafía al tiempo luciendo un tipito quinceañero, le dijo un día el Duende que era como Almendrita, la protagonista de un cuento que contaba la radio en los años cincuenta. Almendrita nació en el cáliz de una flor, y allí dormía, tierna y grácil, como la Campanilla de Peter Pan. Además de atractiva, la buena amiga es parca en palabras, de modo que nunca supo el Duende si lo entendió como halago o, simplemente, como estupidez inoportuna.
Pero el mayor ejemplo de fracaso de esta pretendida poética de la fantasía comparativa es el que sufrió con una compañera de trabajo a la que, comparó con la cerillera de Andersen. La Cerillera es uno de los más tristes cuentos de Navidad jamás escritos, pero también de los más bellos. Eso al menos pensaba el Duende cuando lo leyó de niño en una preciosa edición de la Colección Araluce, encuadernada en tela con estampaciones en oro y delicadas ilustraciones en papel couché. Es la historia de un pobre niña que vende cerillas en una esquina de las calles nevadas de Copenhague la noche de San Silvestre. Nadie le compra, y la chiquilla, aterida de frío, intenta calentarse con sus
cerillas que, al encenderse, iluminan el cuadro mágico de un hogar caliente, con una mesa cubierta de manjares y golosinas y un abeto adornado con muchos juguetes. La maravilla se desvanece con la llama apagada, y cuando la tercera cerilla con su estampa mágica se consume, la vida de la desdichada niña se ha consumido con ella. Al Duende la cerillera, aún con su expresión desvalida, le parecía hermosa y fascinante, y veía la historia como la quintaesencia del romanticismo. Así se lo hizo saber a su compañera de trabajo, pero ésta volvió la cara ofendida. Prefería imaginarse como Susan Sarandon.
Falta de visión o de sentido del humor: la madre del Duende, que descansa en paz -como la cerillera de Andersen- decía de su propio hijo que era idéntico a Manolo Gómez Bur. Al Duende le hubiera gustado más ser como Steve Mac Queen, pero su madre conocía muy bien a su hijo. Además, bien pensado, Manolo era bastante más gracioso. Qué mala suerte que se pareciera al Duende.


Duende, tu madre tenía mucha razón, más que parecido real, que también aunque no excesivo, es el aire, la expresión bonachona y de cachondos mentales. Qué bien me caía el bueno de Manolo, sin conocerle personalmente. Sois tipos que sólo con veros se os adivina bastante, y nunca podríais haceros pasar por malas personas por mucho que lo intentárais.
El juego que comentas, lejos de parecer estúpido, me parece que debe ser divertidísimo, pero casi reservado para mentes más capacitadas que la mía, que aún cuando pueda percibir veladamente sensaciones que me producen caras, palabras o situaciones, la mayoría de las veces me fallan, al menos de forma espontánea y ágil, esos valores que tú bien dices que se ponen en juego. Vamos, que si fuese noruego me llamaría Torpensen.
Pero tengo una gran ventaja, y es que al admirar todo aquello que no soy capaz de hacer, disfruto una inmensidad de muchas más cosas que si estuviese más capacitado. Y luego me llaman pesimista, ¿qué te parece?
Hace unos años, esperando Gervasio el comienzo de un concierto en el auditorio nacional de Madrid, observó atónito como un hombre se plantaba ante la taquilla de entradas de última hora y charlaba animadamente con la taquillera. No recuerdo el concierto ni el día ni el año, pero aquel hombre de la taquilla se parecía asombrosamente al gran Luis Figuerola-Ferretti muy admirado ya por entonces por el que subscribe. Que ilusión imaginar que podiamos tener esa afición en común.
Yo creo que el Duende, más que parecerse a Gomez Bur, es igualito a “Braulio”.
Cada uno tenemos nuestro parecido,yo me he reido mucho con ello,con mi gran amigo FERNANDO,q.e.p.d.,me he quedado un poco solo,le sacabamos punta al lapiz,absolutamente respetuosos siempre,que secuencias imborrables un dia os contare nuestras anecdotas con ENCARNA DE NOCHE,eran espectaculares,las lagrimas fluian de risa sana y dominante despues se producian otras escenas,en cualquier otro lugar ,que años y tenemos que volver a ello ,se que las personas ni los lugares seran los mismos,pero la provocacion me fascina y me atrae de manera especial,se que a veces tambien debo de ser pasto de llamas ajenas,pero a mi eso me da igual,siempre que se haga con clase,medio mundo se rie del otro medio,dice un refran antiguo.UN ABRAZO
Yo también, hace años, veía que alguien tenía cara de llamarse Joaquín, o Ernesto. Lo de tener voz de bocadilo de jamón nunca se me había ocurrido. Es bueno.
Lo de que te pareces a Manolo Gómez Bur se lo oí a Capi, y en el acto le di la razón (hasta entonces no me había dado cuenta). Si ponemos una foto tuya y otra suya al lado, seguramente no resistan la comparación. Es, como ha dicho Wallace97, cosa de la expresión y la sonrisa. (Algo de parecido físico tambiém hay, pero creo que es más lo otro).
Hablando de parecidos el colmo es ir al mismo colegio, a la misma clase con tu doble. Cuando era enana iba al cole con las monjitas. Un día en el patio descubrí a mi otro yo, por lo menos a lo que se refiere al nombre y primer apellido. Estando en el patio, la monja me llamó y me dijo que mi mamá me había traído el bocadillo, pues al parecer me lo había olvidado en casa. Cual fue mi sorpresa, porque el bocata me lo había terminado y no me gustaba el bocadillo de jamón con mantequilla. La otra, mi doble, se quedó sin desayuno porque su mamá no precisó al hablar con la monja el segundo apellido de su hija, el que nos diferenciaba.
Hombre, Duende, pues bien mirado quizá se te pueda encontrar algún parecido con Gómez Bur. Y fíjate que te lo dice un pésimo fisonomista. No sirvo para testigo de crimen peliculero. Quizá será por eso mismo que suelo encontrar parecidos que nadie considera ni razonables ni vero símiles. Pero a mí me lo parecen, ¡qué le voy a hacer! Oye, Duende, y a propósito de películas, Pujol se parece al tal Kuato, líder resistente que habitaba en otra persona, pero no en “Terminator”, sino en “Desafío Total” (creo, que tanbién mezclo las pelis), aquella de un viaje virtual (o real, no sé) a Marte, creo recordar.
Anda, yo juego a lo mismo que el Duende en la consulta del veterinario pero, cuando estoy esperando a que me toque es muy entretenido ver como se paresen los perritos a los amos o al énrevés no lo sé, la questión es que si ensima conosco al amo, que en un pueblo todos sabemos cosas…¡mu mareta meua! es alusinante, al final cuando veo al fulano y le miro a la cara estoy viendo a su perro
Es verdad que el Duende y Manolo Gómez se parecen los dos a Braulio, que gracia. Me has traido un mal recuerdo Duende y es que cada vez que veo el telediario y sale (el endakari)le veo cara de extraterrestre malo, con esas cejas hacia arriba,brrr…me da escalofrios, estoy segura que se ha colado entre nosotros (y que nadie lea entre lineas nada político,por favor).
¿Acaso cualquiera de los apuestos diáconos del Calendario Vaticano podría presumir de parecerse, en lo que toca a la galanura y justeza en la expresión oral y la creatividad en el uso de la lengua latina, al Padre Bonete? Tengo mis dudas. Dicho lo cual, el Calendario tampoco es novedad: lleva todo un año el del 2007 incitando a la reflexón piadosa a todos los visitantes de mi despacho.
Trini, no se si se pareceran al Padre Bonete, creo que no, pero yo dudo de que sean realmente curas, están super buenorros y tios así no creo que aguanten el voto de castidad, vamos que una se hace devota sin serlo. A mi me da que el vaticano pone a modelos y los vende como curas, vaya lo que han hecho toda la vida, vender la moto.