Archivos para 11 diciembre 2007



Gran literatura en letra diminuta

Es peligroso asomarse al exterior, se leía antes  en los vagones del tren. El Duende se asomaba cuanto podía cuando era niño y veía el paisaje. Era emocionante ver a lo lejos una vaca pastando, y seguirla con la mirada hasta que se quedaba Foto de Dan Coulteratrás. Nosotros viajábamos hacia la ilusión de un destino tal vez desconocido, pero la vaca seguía su vida sin ningún trauma aparente por no conocer jamás París, o tan siquiera Soria. Tampoco sentía la necesidad de asomarse a ningún exterior, que siempre entraña riesgos. No hay más que haber visto películas policíacas o de espionaje para saber los  que pueden entrar o salir por la ventanilla de un tren. Por eso ahora ya no se abren, e incluso las del AVE falsean la luz exterior con cristales levemente oscurecidos.

Pero la obsesión de seguridad, física y jurídica, hace proliferar las advertencias en las instalaciones de servicios o en el envase de cualquier producto que llegue al público. No enchufe un aparato eléctrico con las manos mojadas. No observe el eclipse de sol sin unas lentes ahumadas de protección. No utilice el cuchillo jamonero para afilar lápices. No vuelva a congelar la merluza después de haberla descongelado. Y así sucesivamente.  El primero, y más elemental consejo de seguridad está estampado en la bolsa de plástico que hoy lo envuelve casi todo: ojo con ella, viene a decir. Algunos niños se han ahogado jugando con ellas en la cabeza. Y aún recuerdo a un político inglés que en el transcurso de una de esas orgías con las que de vez en cuando nos sorprenden los honorables de doble vida halló la muerte por asfixia del mismo modo. Algún efecto estimulante, desconocido para los incultos sexuales, parece que tenía el numerito Lamentablemente el finado ya no nos lo podrá contar.

Hay avisos necesarios y otros convenientes. En los estuches de juguetes señalan la edad para la que son adecuados éstos. Bien. En las fundas de camisas, pijamas, jerseys, vienen las tallas. Muy bien. Aunque sería de agradecer que pongan además las equivalencias entre los los antiguos y los nuevos tallajes.  Lo malo es  que estas advertencias, incluso la de las bolsas de plástico, figuran en un cuerpo de letra tan menudo que no es fácil leerlas cuando la vista ya se ha cansado. Y somos millones de consumidores  los que padecemos presbicia. Presbicia, palabra curiosa. Podría significar algo así como sevicia propia del presbítero, por ejemplo, pero es el nombre científico de la vista cansada, porque el idioma español es así de rico y caprichoso.

Hablando de caprichos. Doña María recuerda  menudo cómo este problema se agrava en la bañera o en la ducha, donde gracias a los muchos con los que mimamos nuestra higiene a veces no sabemos lo que nos echamos por encima. Podríamos leer el rótulo del envase, pero no nos duchamos con gafas, y las letras de aquél son demasiado pequeñas. NECESITAMOS LETRAS GRANDES, DIABLOS. Este fin de semana en el campo, rodeado por la niebla, el Duende quiso hincarle el diente a La Regenta, una asignatura pendiente desde su primera juventud ávida de letras. Sacó del estante una cuidada edición en dos tomos de la joya de Leopoldo Alas, se sentó en el sofá junto a la chimenea, abrió sus páginas. ¡Ay cordera!, que diría Clarín. ¡Ay dolor!, que añadiría cualquier présbita. Estaba compuesto en letra del cuerpo 6, calcula el Duende. Hasta ese tamaño de letra puede reducirse la gran literatura. Pues avísenlo en portada, coño, como los estuches de juguetes. Tengan el valor de decir: edición no recomendada para lectores con vista cansada. Para que los pobres adultos, una vez más, sepamos a qué atenernos.

Una modesta proposición para producir más jamones

(Foto de Bernt Rostadt)

Moratinos/desatinos, dice o terror das ondas progresistas cuando valora los efectos de nuestra política exterior sobre los intereses comerciales de España. El Duende, compréndanlo, tiene que escuchar de todo. Mas no todo puede resultar tan nefasto cuando China y Estados Unido han dado el placet a nuestro jamón. Parafraseando al famoso refrán, podríamos decir sin embargo no hay bien que por mal no venga Ya lo ha advertido el locuaz Carlos Herrera, tan sobrado de sus capacidades que, con la misma solvencia con la que fustiga al gobierno vende sin cortarse un pelo sus deliciosos productos de La alacena de Carlos Herrera (por cierto, 129 € paletila de ibérico de 5 k., y regalo de un salchichón y dos o tres botellitas: envíos telefónicos llamando a un 902. De nada, Carlos, viva el corporativismo). Decía nuestro amigo que en cuanto despabilen estas dos gigantescas trituradoras que son los americanos y los chinos, se nos va a acabar el chollo del jamón. Menos a él, claro, que ya se habrá hecho multimillonario. El pensamiento que nos queda a la clase de tropa va de soi: otra vez la miel en los labios. ¡Ahora que nos podíamos permitir ese lujo!…

Porque no lo reflejará el informe PISA, que tiene en cuenta sólo los factores básicos e la educación. Pero otro de los puntos que ha dejado en nada la llamada cultura del esfuerzo recomendada nuevamente por los expertos es que el jamón tampoco es lo que era. Ya no es sólo manjar de privilegiados: la mayoría de nuestros niños lo catan como si tal cosa. Por pura pedagogía habría que recordar datos de antaño: una familia rural vivía todo un año de la matanza de un par de cerdos. A menudo, por estirar la chicha con la que condimentar la olla, trocaban los jamones, que era bocado de ricos, por gran cantidad de lorzas de tocino. En los escaparates de las tascas, se mostraban bocatas con el pan entreabierto y el jamón como una enorme lengua afuera que hacía bucle, pues la abundancia de esa exquisitez es lo que tentaba al transeúnte. Cuando una cosas gustaba mucho se decía que estaba jamón. Y si alguien pedía un imposible se le respondía: ¡y un jamón con chorreras! Aclaración, chorreras de esa grasa que va destilando el preciado pernil cuando, allá en la casa del pueblo, se terminaba de curar colgado de una viga de castaño o en los aledaños de la chimenea. Otras voces, otros ámbitos.

Y otros tiempos. Antes sólo distinguíamos entre el de York, el dulce y el serrano. El Duende, clase media, ni había oído hablar del ibérico pata negra, ni de Cumbres Mayores, ni de la Sierra de Aracena, pues no era de por allí, ni del recebo. Un cuñado del Duende, consciente de la seguridad que da en la vida haberlo comido desde chico, educó a sus hijos llamando jamón a la mortadela. Con lo que, aparte de ahorrarse un pico, los niños creían vivir en el mejor de los mundos. Más dura fue la caída del guindo, claro, cuando advirtieron que no es oro todo lo que cuenta el papi. Pero también lo será para muchos. ¿Habrá cerdos para todos?

A pesar de que ahora el pueblo llano ya ha tenido acceso a otras delicias como el caviar, el foie o los percebes, suele decir el Duende que nada es comparable al mejor jamón pata negra. Los gourmets se obstinan en precisar: son cosas distintas. Y uno insiste: serán distintas, pero el jamón de ibérico y bellota es el no va más. En la apoteosis de la del éxito del primer gobierno socialista, y cuando ningún empeño parecía imposible en ese triunfalista baño de modernidad que nos trajeron la Expo, el AVE y los Juegos Olímpicos del 92 el inefable Narçis Serra (Javier Capitán) recurrió al ingenio de Braulio para implementar -palabro muy apropiado para estas milongas-un proyecto de nueva especia porcina que multiplicara sus extremidades. Y Braulio revisó sus conocimientos de zoogenética y propuso el Cerdo del 92, un cruce de una cerda ibérica pata negra con el ciempiés, que así procrearía cerditos multipátidos capaces de incrementar ad libitum nuestra producción jamonera. Más milagros hace posibles la ciencia actual. El plan era genial, como casi todas los de Braulio, pero lleva su tiempo. A estas alturas, la cerda de la experiencia piloto después de superar varios ataques de cosquillas ya parece seducida por el insecto. Sólo le queda averiguar donde queda entre cien pies ese importante apéndice cuyo tamaño, dicen, nunca importa.

Conversaciones en el ascensor

(Foto de Susan NYC)

Sorprendentemente, aún no sabe el Duende de ninguna investigación que calcule el tiempo que el urbanita medio pasa en el ascensor a lo largo de su vida. Un amigo que vivía en el último piso de una torre de veinte plantas cronometró su ascenso y descenso, para calcular después que no menos de dos días al año se le iba en esos viajes tan tontorrones de los que no se sabe que nadie haya sacado partido. Hay expertos en optimizar tiempos estúpidamente desperdiciados, como los muchos que cualquiera derrocha a largo del día. En la sala de espera del dentista, en la cola del autobús, en la fila del DNI, en el ambulatorio. Dicen que Gregorio Marañón escribió un libro aprovechando lo que media entre el momento en que le anunciaban que la cena estaba lista y el de ver a toda la familia sentada alrededor de la mesa. Quizás exageran. Hoy, gracias a sus ordenadores portátiles, los ejecutivos aprovechan muchas esperas en los aeropuertos. El Duende en tiempos hacía los trayectos de tranvía con un libro de la pequeña colección Crisol en el bolsillo, y consiguió leer bastante. Pero no conozco a nadie que haya rentabilizado sus minutos de ascensor.

Hay que buscar remedio a ese disparate. Es absurdo que cuando uno va en ascensor ponga siempre la misma cara de besugo inexpresivo y, si coincide con algún vecino, vierta ineludiblemente los comentarios de rigor. El noventa por ciento de éstos se refiere al tiempo, que puede ser bueno, malo o regular. Quizás el malo da para más, aunque también es bastante socorrido el hace falta que llueva. Otros son fórmulas de pura cortesía vecinal….¿Qué tal en casa? ¿La familia bien? Cuando hay niños a veces se amplía el abanico de comentarios. ¿Y cómo están los peques? ¿Sacan buenas notas?…Y en tiempos de Navidad la imaginación incluso llega a desbordarse: ¿Dónde celebráis las fiestas? ¿Habéis pedido muchas cosas a los Reyes Magos?

En el Tranvía de Olga, y en ese tramo en el que el Duende debía hablar con su propia voz -no le gustaba nada- un día apuntó esta observación. Persuadido de que nada ha cambiado desde que se inventó el ascensor, proponía nuevos temas de conversación que huyeran de la estupidez y abundaran en otros problemas cotidianos. ¿No cree usted que en España se cuecen demasiado las verduras y las pastas? Interesante tema para un debate necesario, porque ese es ciertamente uno de los vicios de nuestra cocina. A Olga, a Capitán y a García les sorprendió bastante. A mí se me ocurren bastantes más asuntos, aunque comprendo que el compañero de viaje de ascensor actual no está preparado para tan valientes cambios.

Por pintoresca que pueda parecer la idea del Duende, no me digan si no es triste que uno puede coincidir durante todos los días de su vida con otro u otros en el ascensor y no llegar a conocer nada de él. Ni su nombre, ni su apellido, ni si sufre o es feliz. Sumados todos los tiempos juntos, quizás ha pasado junto a él mucho más que con alguno de esos primos segundos que nunca vemos. Y siempre es porque no salimos de los lugares comunes: tres comentarios banales y ya ha terminado el viaje en el ascensor.

Una de las historias frustradas que escribió y que tampoco acabó el Duende habla precisamente de un vecino de una torre que se enamora de una vecina a la que sólo conoce del ascensor. Hombre metódico y de gran sentido práctico, y sabiendo que no estará con ella nunca más de un minuto, programa concienzudamente una estrategia de comentarios para ir conquistándola poco a poco. En lugar de decir cada día lo mismo, parte en el punto donde abandonaron la conversación el día anterior. El galanteo secuencial parece tiene éxito, y ella también acaba interesada por él. Pero el día en que por fin él ya se atreve a invitarle a cenar, ella le comunica que acaba de ser destinada a la oficina comercial de España en Toronto. El idilio urdido en el ascensor no llegará a cuajar. Pues a ver si arreglamos el cuento, porque es una pena perder tanto tiempo subiendo y bajando sin siquiera comerse una rosca.

El amigo que estaba loco por el cine

 Se habían llegado no se si las mañanas o el tranvía de Olga a Logroño para hacer allí el programa cuando se percató el Duende de que entre los invitados estaba la actriz Fiorella Faltoyano, ya fichada en la sección Imborrables de su memoria desde aquella turbadora ducha que se da con José Sacristán en Asignatura pendiente. Fiorella no es una estrella deslumbrante, pero sí tiene el encanto de la  mujer de muy buen ver que te puedes encontrar como vecina del piso de al lado, cosa que no ocurre con Michelle Pfeiffer o Nicole Kidman, que normalmente viven en Santa Mónica, en Malibú o en los apartamentos Dakota de Nueva York. O sea, lejos de la vida del Duende.

 Se presentó éste como discreto admirador de Fiorella, y se quedó literalmente estupefacto cuando ella le dijo no sólo que ya le conocía, sino que traía muchos y afectuosos recuerdos para él del padre Cayo. El padre Cayo Fernández de Gamboa era un sacerdote marianista con aspecto de sargento de la Wermacht. Rubio, alto y fuerte, nos daba clase de latín en el colegio. El padre Cayo estaba algo duro de oído, y era arriesgado confesarse con él. Como profesional competente, no absolvía sin conocer el pecado, y para un tímido como el Duende era un trago vocear las debilidades de la carne ante la mirada expectante y las risas contenidas de sus rijosos compañeros. ¡Más alto!-reclamaba el confesor- ¡Diga más alto! Uno de esos compañeros era Fernando Méndez-Leite, un excelente amigo con ciertas peculiaridades. Fernando llevaba un cuaderno donde ponía semanalmente a toda la clase notas de amistad. Figuerola -me decía- esta semana tienes un ocho, por haberme prestado los apuntes. Eso le daba a uno mucha moral. La otra originalidad de Fernando era su pasión por el cine, heredada de su padre. No sólo se conocía el cuadro técnico y el reparto de todas las películas estrenadas, sino que además gustaba de recitar lo que él llamaba el ciclo evlutivo de cada una de ellas.

Había entonces tres categorías en las salas de cine. De estreno, de reestreno y de barrio. Las películas se estrenaban primero y luego pasaban a cines de la misma cadena pero de  menos nivel y más baratos. Por ejemplo, le preguntabas a Fernando por el ciclo evolutivo de Ben Hur, y él tiraba de erudición y recitaba como un lorito. Estreno: Palacio de la Música. Reestreno. Bilbao, Vergara, Bellas Artes, Odeón, Lido…A él le encantaba parecer tan sabio. Realmente, necesitábamos muy poco para sentirnos  algo.

Pero aquel precoz cinéfilo era además conocido por su desaliño, su torpeza en los andares y su aversión al deporte. Y aquello le granjeó -ya se sabe lo poco caritativos que son los niños- el apodo de la Pava. Bueno, pues era la Pava el que le había contado a Fiorella que ese Duende de la radio era su compañero de colegio, y que ambos sufrimos al padre Cayo. Sin embargo, no le había contado a su amigo lo que hubiera inhabilitado para siempre su viejo apodo. Sería muy feo, muy torpe y muy pava, sí, pero lleva diez años de pareja de Fiorella Faltoyano. Un logro más de su apasionada afición al cine.

Estas mañanas soleadas de diciembe invitan a pasear por el centro de Madrid. Ayer el Duende entró en su programa desde el Senado, que celebraba jornada de puertas abiertas. Y después brujuleó por la Plaza Mayor y sus aledaños, viendo figuritas de nacimiento y observando el bullicioso tráfago que presagia un largo puente. A las puertas del Teatro Albéniz, junto al establecimiento que presenta los mejores nacimientos napolitanos que se venden en Madrid, estaba Fernando fumándose un puro. Ahora es profesor de la Escuela de Cine, y dirige teatro. Estrenaban Agnes de Dios, de John Pielmeier, un drama del que se ya se hizo una película,y que interpretan Fiorella, Cristina Higueras y Ruth Salas. Nos saludamos afectuosamente, recordando el encuentro en Logroño bajo la advocación del padre Cayo. La vida, tan imprevisible y estimulante. Me invitó a ver la obra, que ha adaptado y dirigido con mucho cariño. Bromeamos con la suerte. La suya, de haber dado con Fiorella. Y la del Duende, que es seguir conservando tantos amigos y con tan nutrido anecdotario. 

Adios a María Antonia Valls

 Algunos han, hemos, dejado RNE. Pero una de las voces que durante años nos acompañaron -con Carlos Herrera, con Antonio Jiménez, con Nieves Herrero, con Julio César Iglesias- lo ha hecho para siempre. Hoy tiene que llorar el Duende su muerte, y puede que algunos de los que empezaron con el Duende a partir de la radio la recuerden de inmediato, pues tenía un timbre inconfundible.

Estoy hablando de María Antonia Valls, una periodista inquieta y cercana, capaz de mezclarse con la calle y de interpretar con gracia y ternura el sentir de la mayoría. Fue novelista y reportera en distintos medios y, durante años, colaboradora en varias tertulias de la radio pública, siempre curiosa y con originales acotaciones que ponían un punto de ingenuidad a veces chocante entre tanta ironía guadaña como a menudo brilla en estos foros. Generalista amable y con mucho tino para el costumbrismo, igual hablaba de cine, teatro arte como de ópera o literatura, y siempre desmenuzando la crítica en obleas bienhumoradas fácilmente asimilables por los oyentes.

 Pero además de buena periodista era una mujer de carácter abierto y sencillo, y una excelente amiga. No sabría decir el Duende si tanto de él como de doña María y del padre Bonete, a quienes de verdad profesaba un gran cariño. Y eso se nota: ella hablaba para que se lucieran. Quizás no todos supimos devolverle el mismo trato.

Y siempre le quedará al Duende y a su carro de títeres un poso de amargura en esta despedida prematura. Pues por mala salud, o cambios necesarios en los programas, o por disparidad de criterios con los jefes,  o por fas o por nefas, María Antonia perdió sitio en la que fuera nuestra radio, y la dejó antes de que el ERE y el fin de una era -perdónese el juego de palabras- nos pusiera a los demás en la misma condición. Digamos que la suerte no fue después  demasiado gentil con ella. Dejó Madrid para vivir su última etapa en su Alicante natal, donde poco a poco fue languideciendo. Finalmente el mundo hostil pudo con ella. Qué pena que el Duende forme parte de ese mundo. Él sabe que esas campanas que doblan por nuestra amiga Maria Antonia también  lo hacen por todos nosotros.  

En busca de la novela imposible

  Anda el Duende buscando una novela desde que rompió a escribir, y todavía no ha dado con ella. No es la de otros, sino la suya propia. Cuestión de autoestima. Porque se puede ser historiador, ensayista, dramaturgo, poeta, biógrafo, columnista, lingüista, cronista, y con un poco de suerte hasta un día te eligen académico de la lengua, pues para eso hace falta escribir. Sin embargo, difícilmente te considerarán escritor si, no siendo un especialista en ninguna de esos campos, no has publicado novelas.

 La novela te salva:  te equipara con los grandes. Al menos por unos días. Tengo amigos arquitectos, y a ninguno le caerá en suerte proyectar una catedral para poder compararse con Vandelvira, Miguel Angel o Palladio. En cambio los tengo novelistas, y aunque pasado mañana los frutos de su ingenio se salden en la Cuesta de Moyano -por cierto, qué bien ha quedado después de su última reforma- mañana pueden ocupar en los anaqueles de librerías prestigiosas el mismo espacio que La isla del tesoro, Madame Bovary o Cien años de soledad. No sumarán el mismo número de lectores ni, mucho menos, iguales rendimientos en derechos de autor. Pero por unos instantes sus egos fliparán. Ya está en esa categoría de cultura democrática, que es la que se lee en el metro. Donde, por cierto, son las mujeres las principales lectoras de  novelas, pues ellos siguen prefiriendo los periódicos gratuitos o los deportivos.

Cierto que si sumo las entradas al Duende, podría presumir de haber acumulado más lectores que algunas de las novelas de mis amigos.  E incluso de tantos que, no siendo amigos, también escriben novelas que tampoco lee casi nadie. Pero no es lo mismo. Una cosa es dar pinceladas y otra pintar un cuadro. La novela es un cuadro, aunque resulta muchas veces irrelevante, y otras simplemente un rollo. Además, como todo producto editorial voluminoso, tiene su utilidad práctica. En la casa del Duende se contaba la historia de tío abuelo Emilio, así llamado porque, nacido en el seno de una familia  que se las daba de librepensadora, quisieron rendir homenaje a la famosa novela pedagógica que con tal título escribió  Rousseau. El tío Emilio no salió nada filosófico ni intelectual, sino todo lo contrario. Rico, sibarita y mujeriego, se convirtió en un glotón distinguido de panza descomunal. Al punto de que, para llegar al plato con cierta comodidad,  lo colocaba sobre siete gruesos volúmenes de los Episodios Nacionales que, dispuestos sobre la mesa en forma e escalerilla, se adaptaban a la curvatura de su barriga. No se lo hubiera imaginado don Benito cuando los escribía, seguro.

Ha empezado el Duende muchas novelas, y todas se quedan varadas, como esas ballenas que pierden el norte y van a morir a las playas del sinsentido. Eso es, al cabo, el pretexto. Leyó La isla del tesoro, Madame Bovary, Pascual Duarte, Cien años de soledad, El Jarama, La tía Julia y el escribidor… También leyó En busca del tiempo perdido, y en él precisamente encontró las muchas horas empeñadas en escribir lo que otros antes han hecho mucho mejor de lo que él podría hacerlo. Una  poblemática, que resumiría doña María.

Hé ahí la cuestión: él cree que su novela ya está escrita hace tiempo, y por otro autor que le ha usurpado su sitio en la enciclopedia. Y aquí le tienen, devanándose en  literatura periférica y deshilachada. Toca la barriga del tío Emilio y, tres renglones más abajo, se adentra en el espinoso problema de saber cómo se puede ser escritor sin haber escrito una puñetera novela. Un lío, como les cuento. Eso sí, mañana otra entrada, que si no la autoestima del Duende va a buscar refugio en las alcantarillas.

Te y simpatía

London

(Foto de RunCentral)

Durante buena parte de su vida el Duende quiso ser británico. De repente alguien le comió el coco y le vendió la milonga de que Londres era la capital del mundo, y Gran Bretaña el eje de la política, la cultura, la ciencia, la economía y el origen del refinamiento y del buen gusto occidental. Dickens, Stevenson, Chesterton, Conan Doyle, Wodehouse, Richmal Crompton y otras malas compañías de los libros y del cine tuvieron la culpa.

Como buena parte de los españoles, el Duende creía que el british de referencia es un tipo sosegado, elegante, culto, buen conversador, amante de los perros, que viste de tweed o de traje de raya diplomática, que saca a pasear al perro por el parque y que luego se sienta junto a la chimenea y carga la pipa mientras saborea una caliente taza de té y lee el Times. A cambio del orgullo, que consagra como nada su famosa Enciclopedia Británica -donde se ningunea cualquier destello del genio humano que no sea anglosajón- ofrecía como mayor aportación a la filosofía su famosa flema, que en los tiempos del imperio aún les llevaba a lamentarse de que el Continente siguiera aislado de nuestra querida Gran Bretaña. Eran el ombligo del universo.

Algunos británicos del pasado siglo -casualmente de los más célebres- pusieron mar de por medio y buscaron otros horizontes. James Joyce, Aldous Huxley,Robert Graves, Charlie Chaplin, Alfred Hitchcock, Cary Grant, John Lennon. Y es que para quien puede elegir, algo falla en ese paraíso verde. El caso es que a pesar de disfrutar un alto nivel de desarrollo, acaban a menudo aplastados por factores tan poco sofisticados como la escasez de sol, el exagerado pragmatismo de las normas sociales, el insostenible nivel de los precios y la despiadada competitividad que hoy padece cualquier profesional en una potencia económica. Un hijo del Duende que inició allí una carrera prometedora, lió un día en el petate su excelente bagaje intelectual y regresó a España. Había ido a la orgullosa Inglaterra para aprender, pero la lección aprendida no era la esperada. Según él los británicos están chiflados, y han perdido el auténtico sentido de la vida. Prefiero ser pobre en Córdoba -sentenció- que un pringao middle class en Manchester. Tanto gasto en idiomas para acabar siendo un Séneca. Y con lo cerca que queda el Guadalquivir.

Ahora bien, lo cortés no quita lo valiente. Que lo que antes llamábamos el british way of life sea un bluff, y perdón por tanto anglicismo, no quita para reconocer que en algunos detalles sigan siendo insuperables. Por ejemplo, en el té, que, a pesar de su creciente desapego filobritánico, le sigue gustando mucho al Duende. Prefiere sobre todo la mezcla habitual que ellos usan -generalmente el llamado breakfast tea- y, no tanto, las exóticas que ahora se han puesto de moda en España. Observa escrupulosamente el modo de prepararlo: calentando antes la tetera -de porcelana o, como mínimo, de cerámica o barro- poniendo las hojas de te en su interior para que se esponjen y liberen su fragancia. Y, finalmente, llenando la tetera con agua hirviendo. Y le encantan las pastas, scones, y plumcakes que suelen acompañarlo. Un excelente bebedizo que, en el desayuno, en la merienda o entre horas, tonifica el cuerpo, anima el espíritu y sienta mejor que el café.

Siempre que se haga según los cánones, claro. Porque el te en los bares y cafeterías de España se maltrata, y, como diría doña María, se hace de espaldas al pueblo. Materia prima pobretona, a menudo ya seca, teteras de acero inoxidable -que Dios confunda- agua calentorra, sin haber roto a hervir siquiera. Es una pena, porque los campos de golf, que también son invento británico, se hacen aquí muy bien y como churros, y eso que cuestan millonadas. Con lo baratito que resultaría disfrutar de te y simpatía. Pero lo primero nunca se produjo aquí, y lo segundo, ay, se nos está diluyendo en esto que llamamos la aldea global.

Los Reyes Magos ya cabalgan por internet

Reyes Magos

(Foto de Kainita)

Se va a tener que ir preparando el Duende. En los dos últimos años le llamaban de EL MUNDO y le encargaban un artículo para ser publicado el día de Reyes. Será por la parte de niño que aún hay en él, incapaz de madurar. Nunca fue monárquico entusiasta, pero sí defensor del reino de la ilusión. Y no comparen, el hombrecillo con barbas y nariz de borrachín venido del norte contra tres magos errantes que tuvieron el detalle de mirar las estrellas y visitar antes al Mesías. Habrá que recordarlo: Navidad es natividad, nacimiento. Y que se sepa no rindieron pleitesía al nacido ni Santa Claus -apócope de Saint Nicholas- ni el reno, ni Isidoro Álvarez, que tiene que jugar a dos barajas: con los Reyes y con el bon hôme Noel, como le dicen en Francia. Allá cada cual. En Duende en particular está con los Reyes.

Tal y como está el patio, ya anticipa el Duende por donde vendrán los ataques a los Reyes Magos. A partir del pintoresco dato de que los meteorismos de una vaca lanzan a la atmósfera tanto C02 como el emitido por un coche en doscientos kilómetros -parece mentira, pero dicen que está científicamente probado- los santaclausistas argumentarán que el largo viaje de los tres camellos es un sopapo al espíritu de Kioto. Los camellos deben de ser más tragones que las vacas, y por tanto también emitirán más gases nocivos. Reforzarán esta crítica recordando además que el reno se alimenta básicamente de líquenes, sin duda menos flatulentos que la dieta del camello. Qué villanía, cuestionar el ecologismo de los camellos. A esta infamia se sumará otra puramente política. Mientras las monarquías están en retroceso, el poder unipersonal de Santa Claus se asimila cada vez más al del vehemente coronel Chávez, a estas horas probable presidente vitalicio de la República Bolivariana de Venezuela. Ambos visten de rojo, están orondos, y pretenden aplicar su particular revolución. La del locuaz don Hugo, de signo socialista, la del santa, capitalista. Sólo le falta a éste tomarse la revancha que le tiene guardada a don Juan Carlos y espetar a los tres reyes de Oriente: ¿Y por qué no os calláis vosotros, que lleváis veinte siglos mangoneando?

Bueno, pues no le va a hacer falta al Duende exprimirse el cacumen. El llamado duende del Duende ya se le ha adelantado, y le ha pasado un bien elaborado y divertido repertorio de razones para pararle los pies a Papá Noël y devolver a los Reyes Magos de Oriente el prestigio y la adhesión popular que nunca debieron perder. El argumentario ya está colgado en la red. Pinchen la dirección adjunta y apúntense a mantener una tradición que aún nos sigue quitando el sueño la noche del cinco de enero. Si no, sus hijos y nietos se lo perderán.

Contra lágrimas, sonrisas

El médico, cómo no, puede seguir con su trabajo. Incluso con más afán que nunca. También el ferroviario, y el diseñador, y el que limpia cristales, y la comadrona, y el inspector del alumbrado, y el  preparador físico, y el talabartero, y el astrónomo, y el traductor. Pero al que habla buscándole las cosquillas a la vida, y cree que el humor no es incompatible con el sentido de responsabilidad social, sino todo lo contrario. Al que considera lo cruel que puede ser el derecho a la sonrisa cuando todo parece obligar al llanto. Al que piensa que cualquier invitación a la coña y a las ganas de vivir puede ser escuchada en ese momento por un familiar del guardia civil que acaba de ser asesinado de un tiro en la nuca. Al duende que juguetea en las ondas, y que pretende, sobre todo agradar, y al que le dolería que su buena intención acabara doliendo por inoportuna..:A ese, la verdad, se le plantea un problema cuando ocurre una desgracia que nos afecta a todos.

Sobre todo si, como en el caso de ayer, frente a argumentos de sensibilidad  cabe oponer razones de moral colectiva. En caso de que calle el payaso…¿no estará dando más satisfacción  aún al que chantajea asesinando?

Ese ha sido el dilema que ha atenazado a este Duende servidor de ustedes cada vez que una catástrofe, un accidente de gran impacto popular o, sobre todo, un atentado terrorista irrumpía en antena y se adueñaba de la atención colectiva. Pregunta elemental:  cómo se le ponía ese delicadísimo cascabel a tan fiero gato. Unas veces a doña María se le saltaban las lágrimas. Otras veces, se eliminaba la viñeta. Y cuando por razones de estrategia se decidía un aquí no ha pasado nada, el Duende hacía de tripas corazón y buscaba las cosquillas menos hirientes para los que en ese momento sólo lloraban. Jesús, qué malos ratos.

No es lo mismo este blog, claro. Los amables visitantes del Duende sabrían distinguir churras de merinas, por más que la churra de hoy, vaya casualidad, fuera de lo más banal. Conque  iba a cenar el Duende a casa de unos amigos y no quería presentarse de vacío, sobre todo después de haber escuchado en Herrera en la onda al inefable Josemi Rodríguez Sieiro pontificando sobre la inoportunidad de presentarse con vino, postre, bombones o cualquier alimento sólido o líquido. Es una paletada, Mamá jamás lo hacía, es sugerir al anfitrión que en su casa se cena fatal. Prefiere el Duende a Josemi como buena persona y magnífico títere radiofónico que como doctor en buenas maneras. En tal concepto, basta que consagre una norma para que le entren deseos de vulnerarla flagrantemente. Así que por aquello de si no quieres caldo, toma taza y media  pasó por un VIPS y no reparó en chocolatinas, marrones glacés ni otras miñardisses de esas que con otro código menos estricto aún pueden quedar bien en una cena, sino en un enorme panetone presentado en una vistosa caja de hojalata estampada con unos motivos coloristas muy propios para estas fiestas tan señaladas que se nos avecinan. Al Duende le encanta el panetone, y consideró que, aún siendo una provocación para un adicto a las normas de Josemi,  en tan distinguida casa no harían ascos a este bizcocho navideño que además, de propina, ofrecía una de esas cajas que a las madres de mi generación les hubiera servido para múltiples usos: costurero, galletero, caja de objetos perdidos, etc

Y peor aún. Estaba el Duende tan seguro de haber atinado con la cortesía, y se muestra tan partidario del panetone y de su vistoso envase de múltiples usos, que pensaba darse un homenaje a sí  mismo y obsequiárselo hoy sin más razón ni mérito que el rendirse algún día a un capricho extemporáneo. Lo cual no se si está bien hacerlo, y menos bien aún ofrecerle al lector esta primicia tan tonta en un día tan penoso. Pero aunque duela la muerte de Raúl Centeno, que en paz descanse, ni al Duende ni a sus amigos les quitarán sus asesinos las pequeñas alegrías que aún así da la vida. Descansa en paz, amigo, que cuando se apague el eco de las oraciones seguiremos sonriendo por ti.

El marqués del molinillo de café

Molinillo de café

(Foto de Ramón Perez Terrasa)

Curiosa coincidencia. Habla el Duende del café y varios de los comentarios recibidos se centran en el molinillo, con el que él también jugaba. Debe de ser un síntoma de abuelo batallitas, pero suelo evocar a menudo la precariedad de los juguetes que nos inventábamos los niños de entonces. Una simple caja era un tesoro. El Duendecillo aprovechaba el llamado cartón de cigarrillos que desechaba su padre para clavar en él unos palillos y arrastrarlo por el pasillo con un cordel. Así explicado no dice nada, pero si al primer palillo delantero le colocaba como sombrero un dedal y simulaba él mismo el toque de campana de alarma, aquella tontería se transformaba en un majestuoso coche de bomberos. Eso sí que era minimalismo. Algunas cajas de medicamentos eran joyas, como las de aquel purgante llamado Laxen Busto, hechas de hojalata (igual que las de las agujas de La Voz de su amo, también citadas apenas hace tres posts). En estas circunstancias, cualquier cacharro con una manivela se convertía en tentación irresistible. La arcaica máquina de coser SINGER, con sus palancas, poleas, ruedas, y el curioso mecanismo de pedal, representaba un símbolo doméstico de lo que uno había disfrutado en Tiempos modernos de Charlot. Y el molinillo de café era, simplemente, el puesto de conducción de los tranvías, cuyo mando reproducía parte del recorrido circular del mango del cacharro casero. Por imaginación no quedaba, no.

Esta tierna experiencia de tranviario la volcó el Duende publicitario en la campaña de televisión que lanzó BONKA, de Nestlé cuyo objetivo principal era posicionarlo -que me perdone Lázaro Carreter por usar este palabro- como café en grano para diferenciarlo de NESCAFÉ, que era su famoso soluble. Se acordó entonces de esas una campañas testimoniales, y al Duende se le ocurrió pensar en un personaje singular que, a la vejez viruelas, amanecía a la popularidad como el anciano Marqués de Leguineche en la película de Berlanga Escopeta nacional. Aparecía Luis Escobar un plano corto con un molinillo de café en las manos y, accionándolo, decía más o menos así: Cuando yo era niño, le robaba el molinillo a Demetria, la cocinera, y jugaba a los tranviarios, que eran unos tipos colosales…Conducían el tranvía igual que estoy haciendo yo para moler este café BONKA…Hacía entonces una pausa y, con gesto evocador, añadía: …Porque es café en grano…¡Como el que le gustaba a la pobre mamá! Y remataba su mensaje apelando al abolengo de la marca…Y es de Nestlé…¡gente de toda la vida!

Gracias a esta campaña tuvo ocasión el Duende de conocer a Luis Escobar y Kirkpatrick, director de teatro, autor y tardío actor, marqués de Las Marismas del Guadalquivir y hombre de refinados gustos, exquisitos modales y Luis Escobar Kirkpatricksorprendente ingenuidad. Se acercó a él tímidamente, pensando que tanta prosapia y tan súbita fama le harían menospreciar un trabajo publicitario. Pero Marismas no distaba tanto de Leguineche, y aunque, como recordaba en sus memorias y diarios póstumos, vivió momentos de esplendor, debía hacer virguerías para mantener su tren de vida. Le anunció el Duende lo previsto para su caché, y Escobar se puso muy serio, temiéndose aquél lo peor. De pronto, puso la mano en mi brazo, me miró muy seriamente y me dijo: debería de decirte no…¡pero te digo que sí!…Y estalló en una de esas carcajadas que su prominente mentón hacía aún más peculiares.

Vivía en una casa del madrileño Parque del Conde de Orgaz puesta con gusto viscontiniano. Su salón, anejo a una biblioteca maravillosa, era como el Duende imaginó el de la Madame Verdurin que remansa el tiempo perdido en Marcel Proust. Mezclaba antigüedades y pinturas clásica con cuadros de Dalí y de Vicente Viudes y un sinfín de pequeños detalles de buen gusto caprichoso. Al fondo, por un gran ventanal, se veía una jardín romántico y una piscina discretamente disfrazada de estanque ornamental con alguna escultura mitológica. A la entrada, recibía a las visitas un papagayo de vivos colores, que junto con un mayordomo y el personal de servicio eran la única compañía del pintoresco marqués. Cuando me presenté con el fotógrafo para hacerle unas fotos de promoción, se puso de perfil y advirtió muy seriamente: sáqueme del lado malo, porque el otro es imposible. Lo imposible hubiera sido encontrar a alguien que diera más categoría y sacara más partido a un simple molinillo de café.

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