Es peligroso asomarse al exterior, se leía antes en los vagones del tren. El Duende se asomaba cuanto podía cuando era niño y veía el paisaje. Era emocionante ver a lo lejos una vaca pastando, y seguirla con la mirada hasta que se quedaba
atrás. Nosotros viajábamos hacia la ilusión de un destino tal vez desconocido, pero la vaca seguía su vida sin ningún trauma aparente por no conocer jamás París, o tan siquiera Soria. Tampoco sentía la necesidad de asomarse a ningún exterior, que siempre entraña riesgos. No hay más que haber visto películas policíacas o de espionaje para saber los que pueden entrar o salir por la ventanilla de un tren. Por eso ahora ya no se abren, e incluso las del AVE falsean la luz exterior con cristales levemente oscurecidos.
Pero la obsesión de seguridad, física y jurídica, hace proliferar las advertencias en las instalaciones de servicios o en el envase de cualquier producto que llegue al público. No enchufe un aparato eléctrico con las manos mojadas. No observe el eclipse de sol sin unas lentes ahumadas de protección. No utilice el cuchillo jamonero para afilar lápices. No vuelva a congelar la merluza después de haberla descongelado. Y así sucesivamente. El primero, y más elemental consejo de seguridad está estampado en la bolsa de plástico que hoy lo envuelve casi todo: ojo con ella, viene a decir. Algunos niños se han ahogado jugando con ellas en la cabeza. Y aún recuerdo a un político inglés que en el transcurso de una de esas orgías con las que de vez en cuando nos sorprenden los honorables de doble vida halló la muerte por asfixia del mismo modo. Algún efecto estimulante, desconocido para los incultos sexuales, parece que tenía el numerito Lamentablemente el finado ya no nos lo podrá contar.
Hay avisos necesarios y otros convenientes. En los estuches de juguetes señalan la edad para la que son adecuados éstos. Bien. En las fundas de camisas, pijamas, jerseys, vienen las tallas. Muy bien. Aunque sería de agradecer que pongan además las equivalencias entre los los antiguos y los nuevos tallajes. Lo malo es que estas advertencias, incluso la de las bolsas de plástico, figuran en un cuerpo de letra tan menudo que no es fácil leerlas cuando la vista ya se ha cansado. Y somos millones de consumidores los que padecemos presbicia. Presbicia, palabra curiosa. Podría significar algo así como sevicia propia del presbítero, por ejemplo, pero es el nombre científico de la vista cansada, porque el idioma español es así de rico y caprichoso.
Hablando de caprichos. Doña María recuerda menudo cómo este problema se agrava en la bañera o en la ducha, donde gracias a los muchos con los que mimamos nuestra higiene a veces no sabemos lo que nos echamos por encima. Podríamos leer el rótulo del envase, pero no nos duchamos con gafas, y las letras de aquél son demasiado pequeñas. NECESITAMOS LETRAS GRANDES, DIABLOS. Este fin de semana en el campo, rodeado por la niebla, el Duende quiso hincarle el diente a La Regenta, una asignatura pendiente desde su primera juventud ávida de letras. Sacó del estante una cuidada edición en dos tomos de la joya de Leopoldo Alas, se sentó en el sofá junto a la chimenea, abrió sus páginas. ¡Ay cordera!, que diría Clarín. ¡Ay dolor!, que añadiría cualquier présbita. Estaba compuesto en letra del cuerpo 6, calcula el Duende. Hasta ese tamaño de letra puede reducirse la gran literatura. Pues avísenlo en portada, coño, como los estuches de juguetes. Tengan el valor de decir: edición no recomendada para lectores con vista cansada. Para que los pobres adultos, una vez más, sepamos a qué atenernos.





sorprendente ingenuidad. Se acercó a él tímidamente, pensando que tanta prosapia y tan súbita fama le harían menospreciar un trabajo publicitario. Pero Marismas no distaba tanto de Leguineche, y aunque, como recordaba en sus memorias y diarios póstumos, vivió momentos de esplendor, debía hacer virguerías para mantener su tren de vida. Le anunció el Duende lo previsto para su caché, y Escobar se puso muy serio, temiéndose aquél lo peor. De pronto, puso la mano en mi brazo, me miró muy seriamente y me dijo: debería de decirte no…¡pero te digo que sí!…Y estalló en una de esas carcajadas que su prominente mentón hacía aún más peculiares.
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