Archivos para Enero 2008

Doña María va en Vespa

Vespa naranja 

(Foto de Mennyj

Nacía la Vespa y cautivó desde el primer día. Frente a la imagen fibrosa y algo neurótica de las viejas motocicletas con ruedas de radios, la Vespa era original, moderna, graciosa y limpia. A partir de Vacaciones en Roma, tan guapamente montada por Gregory Peck y Audrey Hepburn, la Vespa se convirtió en un mito, y en cierta manera en una conquista social. Una vez al año, bajaban por la calle de Serrano legiones de vespistas alardeando de su independencia. Los había que adornaban su moto como un caballo en la feria de Jerez. Algunos colgaban de ellas unas carteras de cuero con remaches y flecos, y entonces se parecían más al caballo de Roy Rogers, un caballista vestido de cowboy exageradamente cursi que hacía exhibiciones por los circos de Estados Unidos.

  Como entonces ni se hablaba del minimalismo, esas eran las vespas que más le gustaban al Duende. El día de la gran concentración vespista el Duende se asomaba a verl desfilar a las Vespas verde de envidia. Soñaba ser mayor, ganar algún dinero, comprar una con sidecar y llevarse a Audrey bien tapadita con una manta a merendar a Rascafría. Luego casi se alegró de no comprarla, porque quizás  Audrey no hubiera venido. Fue una de las que Truman Capote llamaba plegarias no atendidas, que al cabo, como decía Santa Teresa -ya es pintoresco que Capote la citara- hacen derramar menos lágrimas que las atendidas. Ya se sabe: mejor cualquier ilusión que la cosa más hermosa ya atrapada en las manos.

  Todos los vehículos se dan un aire con alguna especie animal. Las cachas de la Vespa hacen recordar a los cuartos traseros de un potro. Ahora el Duende es otro vespista más. Por las calles de Madrid, en plan mensajero, se ve como el célebre vaquero del logotipo del Poney Express. Evolucionado. La Vespa da tanta agilidad a quien la monta, que uno se lanza al centro de la ciudad a hacer recados y se olvida de sus limitaciones. Esta mañana el Duende compró en Habitat cuatro Mini-Lecco, unas pequeñas estanterías para DVD y CD que, montadas a dos y colgadas en la pared, parecen un cuadro de Mondrian. Al Duende no le arrugan pequeños portes en Vespa, y confiaba en que, sobre la plataforma de los pies o prendidas con el pulpo, podría llevárselas a casa. Se las embalaron en la tienda, y, ensambladas en dos rectángulos de 56 cm. por su lado más largo, las metieron en dos bolsones de plástico que, obviamente, no cabían entre las piernas. Hacía toda clase de probaturas para el diabólico porte cuando dos señoras que le observaban atentamente se le acercaron y entre dulces titubeos le formularon  esa terrible pregunta que muy de cuando en cuando le enfrentan a la insoportable levedad de su ser.

-Perdone que le molestemos…¿Es usted doña María?

Era peor explicarles que su condición era la de un simple transportista, porque se hubieran hecho cruces de su desconocimiento profesional. Además, muy gentilmente le ayudaron a acoplar el cargamento. Finalmente, una de las bolsas viajó entre las piernas, sujetada cada una de las asas en un mango del manillar. Mientras que la otra, con las asas colgadas de los hombros a modo de mochila, reposaba de forma milagrosamente estable sobre el diminuto portaequipajes que prolonga el sillín de la Vespa.

En los discos, los automovilistas miraban el enorme logotipo de Habitat que lucía a su espalda y tomaban al Duende por un extraño motorista anuncio. Esta vez sus plegarias fueron atendidas, y finalmente la Vespa de doña María llegó a su destino con normalidad. No llevaba detrás a Audrey Hepburn, pero aunque el Duende tampoco es Gregory Peck se acordará de ella cada vez que saque un CD de las estanterías y ponga música para soñar.

Prats & Prats

Matias Prats padre e hijo

Erase una vez un Duende de siete añitos que las noches de invierno buscaba el calor en la chimenea de la casa de Jacinto. Jacinto guardaba la finca de la abuela del Duende, que fue señora de buen pasar, pero que pasó del todo antes de que naciera el Duende. Murió en 1943, y su nieto sólo la conoció en una foto enmarcada en terciopelo que descansaba encima del piano.  Su finca era preciosa. Sólo tenía la pega de pertenecer a muchos herederos sin el buen pasar de la Yaya. Eran otros tiempos. Un año se pifiaba la montanera. Al siguiente, el algodón. Después el tabaco. Luego las vacas. A continuación los melones, y las fresas. Entre medias, las sequías, varios ingenieros agrónomos en la familia, inversiones en maquinaria, los créditos de la caja de ahorros correspondiente y la muerte lenta de la explotación tradicional. Alguien dijo que si no se acababa con la finca se acabaría con la familia. Se vendió la finca y la familia, acostumbrada a encontrarse allí, se disolvió. Lo que más les unía era aquel campo de encinas tomillos y un buen regadío orillando el río Tiétar, con el pico Almanzor vigilando al fondo. El Duende entendió entonces el significado de los versos de Machado: todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar.

Pasaba el Duende, como decía, muchas horas en la casa de Jacinto. Y sentado en el escaño junto al hogar, imitaba las retransmisiones de Matías Prats, que para Jacinto era como la voz de Jehová sonando en un viejo receptor protegido por cortinillas. Se lo celebraban tanto como ahora el Candil festeja a la Clamores. Matías Prats era amigo y compañero del padre del Duende. Llamaba a casa a la hora de la siesta preguntando por él y le decían que había salido. Matías Prats Cañete -el hombre que un día, retransmitiendo una corrida, al ver que el toro había saltado al callejón dijo que había salido fuera de banda- no se inmutaba. Está bien -ironizaba- Cuando se despierte le dicen que me llame. Matías Prats, aparte de su excelente escuela, le transmitió a su hijo homónimo el sentido del humor.

Matías Prats Luque que era hasta hace unos años hijo de una leyenda, ha pasado a ser leyenda él mismo. Rara cosa en esto de la comunicación, donde resistir más de un año roza la epopeya y el éxito aburre hasta a quien se forra con ello. Matías Prats es periodista, como su padre, y posee una voz magnífica, como su padre. Pero además ha cumplido siete mil informativos en la tele. No provoca los mismos desmayos que. Clooney o Javier Bardem, pero tampoco conoce el Duende a nadie que le denueste, lo que en este país apasionado donde las flores se cruzan con las dagas voladoras es casi milagroso. Siempre bien vestido, correcto, pulcro y contenido en sus expresiones, controla perfectamente desde la emoción al sentido del humor, que administra con mesura para proteger su credibilidad. La gente, que a veces simplifica, suele creer que lo serio necesita ser pelín aburrido. Fuera del plató, Matías no lo es en absoluto. El Duende ha compartido con él bolos y puede dar fe de que podría ser un excelente actor de comedia. Probablemente en su fondo de armario guarda un batín tan elegante como el Cary Grant o David Niven.

El Duende querría imitarle ahora, como hacía antaño con su padre. Quisiera hablar como él, sin alharacas ni artificios, sin impostaciones ni sobreactuaciones. Y ser familiar para todos. Hace años, una señora se prendó de Matías de tal forma que, sin conocerle más que del televisor, le nombró su heredero universal. El Duende no aspira a tanto, y se conformaría con el legado de un pollino, una cuba de vino, un sillón de barbería, un futbolín donde gane el Atleti o un balcón en el Albaicín.

 Y si no le dejan nada, que le quieran casi tanto como queremos a Matías. Enhorabuena, amigo. ¿Sabes lo último? San Pedro está invirtiendo la leyenda. Y dice que la fama de aquél cordobés socarrón de gafas negras y fino bigote no le viene de radiar el gol de Zarra, sino de ser el padre de Matías Prats Luque.  

El marxismo de los huevos duros

Zapatero y Rajoy

Nos engañan nuestros dos principales líderes políticos que el nueve de marzo quieren ser presidentes. Nos engañan, que se lo dice el Duende.

El candidato del PSOE mantiene que el suyo es el partido del progreso, de la justicia y de la solidaridad. En él caben creyentes y no creyentes, judíos, moros -perdón por el palabro, apúntenselo a Américo Castro-y cristianos, empresarios, trabajadores, clases pasivas, jóvenes en paro, amantes de la micología o aficionados al macramé, pedagogos, comadronas, guardagujas, sexadores de pollos y poetas de toda laya. Vamos, todo el mundo. Ya no cita los principios ideológicos del partido, que desde Felipe González coinciden con lo que en Europa se conoce como la social democracia. Hace tiempo que el PSOE abjuró de ello, pero sin embargo Zapatero es marxista.

El candidato del PP asegura que será un presidente previsible, moderado, patriótico e integrador. Asegura que su principal objetivo será recomponer los desmanes cometidos por el que ha de ser su predecesor: los desmadres estatutarios, algunas leyes civiles que necesitan retoque, filtros a la inmigración ilegal, eliminación de la mamandurria selectiva que supone el canon digital, cambio en la política energética  e hidráulica, enésima reforma de la enésima reforma de la educación, inglés y tecnología desde la lactancia, más guarderías que bares,  letra para el himno de España, larga cambiada a la Alianza de Civilizaciones y, en lo referente a la economía, rigor presupuestario, control de la inflación, rebaja de impuestos, y estímulos a la productividad  para crear entre dos millones doscientos mil y N puestos de trabajo. Mariano Rajoy tampoco lo confiesa, pero bajo su piel de cordero  conservador o neoliberal hay otro marxista.

Ya se sabe que Karl Marx fue sepultado en el frío y oscuro mausoleo del olvido y la heterodoxia. Pero renace en todo su esplendor el abanderado del único marxismo que tiene hoy sentido. Vuelve para inspirar los programas políticos de iluminados y desesperados, de taumaturgos y de soñadores faraónicos. Con todos los honores, directamente desde el más allá, donde se aburría como una ostra, regresa para inspirar a  nuestros líderes el único, el inmarcesible, el incomparable Groucho Marx.

Una de sus grandes premisas ideológicas ya ha sido asumida por el actual presidente de gobierno. Estos son mis principios -dijo en una ocasión el insigne pensador del frac, el bigotón y el puro- Y si no le gustan, tengo otros.

La otra, formulada por su hermano Chico en la insuperable escena del camarote de Una noche en la ópera, está en las promesas electorales de ambos candidatos que se suceden día a día ofreciendo más y más. Estaban los hermanos Marx caninos cuando Groucho llama a un incauto camarero y le hace una comanda histórica. ¿Tiene zumos?…Pues tráigame de naranja, de piña, de lima, de pomelo, de manzana, de fresa…¿Bistecs?…Traiga uno semicrudo, otro poco hecho, otro  en su punto y otro quemado. ¿Huevos?…Traga unos fritos, otros revueltos, otros en tortilla, otros pochés…Y tras las retahílas de los zumos, de los bistecs o de los huevos,  remataba Gummo desde el interior del abarrotado camarote: ¡Y también dos huevos duros! ¡Y también dos huevos duros! ¡Y también dos huevos duros!…

Es lo que les falta a nuestros egregios vendedores de crecepelo convertidos en políticos en campaña para salir del armario y mostrarse como auténticos marxistas de nuevo cuño. Mañana uno de los dos prometerá Jauja, y el otro Eldorado. Y tanto desde la sede de Ferraz como desde la de Génova, resonará la coda burlesca del marxismo inextinguible: ¡Y también dos huevos duros!

La vara del fraile y la luz del Candil

  Hace muchos años, cuando la Orquesta Nacional tocaba en el Palacio de la Música de Madrid, se estrenaba una obra compuesta por un fraile. Él mismo la dirigía, y cuando con su barba y su vestidura talar subió al podium, y tras saludar se hizo el silencio y estiró la batuta para dar entrada a los primeros compases, una voz desde la platea gritó: ¡buen tiempo! Pasaron unos minutos hasta que se acallaron las risas y pudo empezar la música.

La voz del guasón evocaba el viejo barómetro de cartón en el que un fraile con un brazo móvil señala con un puntero una columna. En ésta,  de arriba abajo, figuran ocho pronósticos del tiempo atmosférico. Lluvia, Nuboso, Variable, Despejado… Siempre le hizo al Duende mucha gracia este primitivo barómetro del fraile que aún se puede encontrar en algunas ópticas o tiendas de aparatos de medición. Así que lo compró, lo maquilló levemente y se lo regaló a su amigo Miguel Ángel Fernández, alias el Candil de la sierra de nuestro blog, un  vitalista barcelonés que tras ser futbolista del Español,  próspero ejecutivo de una empresa de telefonía, y bastantes cosas más sufrió un infarto y fue intervenido en su corazón.

 Algo además de las válvulas pertinentes le implantaron entonces: Miguel Angel pensó que aquel jamacuco era un aviso del destino, y decidió cambiar radicalmente de vida abandonando la gran ciudad y buscando la tranquilidad del campo. Por entonces ya era el hombre afable y cariñoso, pero le debieron añadir caballos a su motor, pues desde aquel suceso se ha convertido en un obsesivo acumulador de afecto y de amistades. El maquillaje del barómetro aludía  precisamente a esto. El fraile, en lugar de pronosticar las variaciones de la atmósfera, auguraba  Amigos de siempre, Amigos del colegio, Amigos de Barcelona, Amigos de la radio, Amigos de Zarauz, Amigos diversos, Amigos recientes, Más amigos…Miguel Ángel cumplía cincuenta y cuatro años, y haga sol, frío, llueva o nieve, en su horizonte vital siempre habrá amigos.

Muchos de ellos fuimos convocados en su Posada de la Lola de Buera, provincia de Huesca, para un encuentro de esos que tanto se aprecian en España. Cocinar, comer,  beber, cantar, bailar y reírse fueron las ocupaciones básicas del fin de semana. Algunos de los llamados no se conocían de nada, pero la cordialidad del anfitrión hacía de mágico hilván para unirlos a todos en el deseo de corresponder a este exuberante exportador de humanidad que tanto disfruta con los amigos. El Duende, siempre escurridizo para ver paisajes nuevos, se escaqueó del programa y emprendió una larga carrera-caminata-marcha que le llevó por esos maravillosos parajes en los que se divisa al norte la sierra de Guara y, al fondo, algunas crestas del Pirineo nevado. Día glorioso de sol para disfrutar la intensa, paradisíaca soledad de estos campos de pan llevar: barrancos y laderas donde crecen almendros, olivos, encinas… Sus pasos le llevaron al santuario de santa María de Dulcis, una virgen que desde el siglo XVI cura tan enfermedades tan curiosas como el garrotín, viejo nombre de la difteria. Y finalmente a Colungo, otro pequeño pueblo encaramado en un cerro donde menos de cien habitantes tratan de mantener en pie las viejas nobles casonas que ya nadie habita. El desierto demográfico de nuestro campo, tan obsesivo para el Duende.

Antes, en el huerto de olivos que rodea al santuario, el Duende apuntó por curiosidad los nombres de las variedades de olivas que se dan por estos pagos. Royal, Negral, Alía, Alquezara, Gordal, Cerruda, Alquezrana, Neral, Piga, Arbequina, Blancal, Panseñera, Verdeña y Empeltre. Cuántos nombres que embellecen la jerga del campo. Casi tantos como los amigos de este Candil, al que Dios dé candela muchos años más.  

Los calzoncillos tampoco son lo que eran

Calzoncillos sin apertura

(Foto de Simpson Twin)

 Especulan las vecinas del Bloque los Arándanos sobre si el slip del famoso anuncio de Beckham tiene ventanita. A ellas en definitiva es probable que les de igual, pues van al bulto. Pero al que quiera imitar al ídolo comprando un modelo  de su marca no. Antes los calzoncillos podían ser largos (llamados marianos), tipo boxer o slip. Los había de algodón, de fibra, de punto, blancos, estampados, de colores…Pero a ninguno le faltaba lo fundamental, que es la apertura frontal. Elemental, querido Watson: ya lo decía el viejísimo chiste de la anciana madre superiora paseando con la novicia por el huerto. A la vuelta de un macizo de  rododendros sorprenden al jardinero aliviando la vejiga. ¿Ve usted, hermana? -le dice la monja veterana a la novicia- ¡Qué práctico  lo de la caña! La caña ha tenido siempre ventana donde asomarse, hasta que a alguno de estos genios que marcan tendencias decidió convertir al calzoncillo de toda la vida en una braga sin abertura. Cuántas estupideces se hacen en nombre de la moda.

Hace un par de años, cuando el Duende aún tenía algo que decir en RNE, les comenté a Capitán y al ciudadano García  su sorpresa al estrenar un pijama comprado -verdad que precipitadamente-en un centro comercial de la Gran Vía de Madrid. Fue al cuarto de baño y allí descubrió que no tenía bragueta. A Capitán y García, que son mucho más jóvenes y más modernos que el Duende, les sorprendía que tal cosa le sorprendiera al Duende. Venían a decir que eso era lo normal en las prendas más íntimas de la moda masculina juvenil. Santa Coloma parió por un deo, y no me lo creo, se dijo el Duende. ¿Acabarán haciendo también casas sin puertas ni ventanas, agujas sin ojos y rosquillas sin agujeros? A cuánta majadería lleva la modernidad.

Porque como el hábito no hace  al monje, y el monje sigue haciendo pis, lo que antes era un pispás se ha convertido en una compleja maniobra de varias fases. 1. Desabrochado de cinturón. 2. Bajada del slip/calzoncillo hasta por debajo del nivel oportuno. 3. Extracción de la cañita , que decía la madre superiora.. 4. Orientación de la misma. 5. Evacuación. 6. Restitución de todo lo  citado a su estado original.

La buena de doña María es una de las más críticas con este cambio, claramente a peor, en los calzoncillos de toda la vida. Según la Petri, vecina de los Arándanos que trabaja como señora de la limpieza en una discoteca, los propios jóvenes pasan tanta vergüenza en esta maniobra  que en lugar de hacerla a la vista de sus colegas que se cuelan en el de señoras buscando más privacidad. Y velay la poblemática, -apunta con su buen criterio-  porque si ya les cuesta apuntar a la taza cuando la cañita asoma por su ventanita normal, no veas cargados de copas y con esos calzoncillos sin bragueta. Lo dejan tó regao como con aspersor, ya te digo. ¡Y tó por esos calzoncillos de espaldas al pueblo!…

De espaldas al pueblo, esa es la clave. También en el Reino Unido la poblemática ha saltado a la BBC. Y Jeremy Paxman, su presentador estrella, ha criticado desde su programa Newsnight que los calzoncillos de Max & Spencer, que visten por dentro a uno de cada cinco británicos ya no son lo que eran, desatando con su pintoresca acusación un cataclismo en la empresa. A veces el mundo se complica la vida tontamente. Las ciencias adelantan que es una barbaridad, pero mientras que el millonario Richard Branson anuncia que usted podrá ser turista del espacio en unos años, los fabricantes de calzoncillos no dejan volar a ese pajarito polivalente que nos distingue a los hombres. Y la contradicción la resume doña María en su atinada jerga: desengáñate, Duende, que también en los calzoncillos se ve que eso del pogreso es mu correlativo. 

El extraño dolor de las siete menos cuarto

Dolor de pies en hospital 

(Foto de Angelant)

Se encuentra el Duende, y perdón por lo pretencioso de la comparación, como Jesús entre los doctores. O, más precisamente, como Sócrates: sólo se que nada se. Por lo menos, de lo que parece saber todo el mundo, que es de las matemáticas como soporte de cualquier relación lógica. Pensaba que, fuera de una apreciación cinematográfica,  el asunto del post de ayer iba a resultar de lo más espinoso y difícil de digerir. Y resulta que, sin que el Duende lo sospechara,  media nómina de lectores del blog lleva un Rey Pastor liofilizado en el bolsillo. Ha bastado que les ofreciera un caldo de cultivo y lo han soltado en él para que se desarrolle. Vaya chasco. Va a resultar que éste no es un blog para frivolidades y para la evasión. Esto es una academia de ciencias exactas.

¿Saben igual de todo? Porque el Duende quisiera consultar un fenómeno singular que lleva registrando en su pie izquierdo desde hace algún tiempo. Y como por lógica sólo cree en la causalidad, no duerme buscando su razón. Probemos si el blog también sirve de sociedad de socorros mutuos. Please, help the Duende.

Verán, muy a menudo, se despierta a las 6′45 a.m. con un agudo dolor en los dedos anular y corazón del pie izquierdo. Por cierto: ¿se nombran así a los dedos de la extremidades inferiores? ¿Incluso aunque no nos pongamos jamás un anillo, como en el correspondiente de la mano? Vayamos al grano: a esa temprana hora de la mañana un dolor intenso e inexplicable flagela esos concretos miembros de su añoso cuerpo. El Duende se despierta dolorido, se inquieta. Enciende la luz y no percibe a simple vista hinchazón alguna. Aprieta los dedos culpables entre sus manos y no percibe que aumente por ello la intensidad  del dolor. Éste es recurrente desde hace años. Aparece y desaparece como las caras de Bélmez, cuando le peta. Según Félix Bragado Mayol, gran amigo del Duende experto en bien vivir y doctor en mariscos, pudiera ser gota. Como la de Felipe II, o como la del abuelo Cebolleta, que aparecía siempre con el pie vendado. A él le ataca de vez en cuando en los dedos gordos de los pies, y dice que en tal caso hasta el peso de la sábana  le lacera aún más. Pero el Duende aguanta perfectamente el edredón, y no sufre más por eso. Además, no tiene problemas de ácido úrico, y apenas levantado de la cama el dolor desaparece. Sólo le deja la desazón de su  sinrazón.

Por lo que sufre el Duende es por no saber el origen de ese dolor fantasmal, y por qué para en él. ¿Es un alivio del cielo para ahorrarle el mal trago de asustarse con el despertador? ¿Es otro efecto del cambio climático? Hace unos días el Duende  vio una de las últimas fotos de la Duquesa de Alba, y pensó qué mala vejez la de la niña de El exorcista: ¿es un conjuro del  cirujano plástico de Cayetana por tan perversa asociación de ideas? ¿Es el símbolo de que, como a Unamuno, al Duende también le duele España, aunque sea sólo en dos dedos? ¿Es un estigma provocado por alguien que le malquiere y le hace vudú en la distancia? ¿Es una señal de que el gobierno cojea de su pie izquierdo, y por eso se ha decidido a ilegalizar a los amigos del ETA?

Señor, Señor…Haz que los sabios lectores del Duende iluminen su camino con su sabiduría. Acabará el Duende, si no, enmendando a su manera el celebérrimo soneto:

No me  mueve mi Dios nara quererte

el cielo que me tienes prometido.

Ni me mueve el infierno tan temido

para dejar por ello de ofenderte.

Muéveme, Señor,  que me despierten

dos dedos del pie izquierdo doloridos,

un tormento, un absurdo, un sinsentido

sin saber por qué sufro yo esa suerte…

Alex Hitchcock y el encanto de las matemáticas

Los crimenes de OxfordEl cine español pierde espectadores. Pero el Duende no cree que sus cineastas desmerezcan de las primeras figuras de Hollywood. Hace muchos años incluso las obras maestras como El verdugo o Bienvenido Mr.Marshall exhalaban ese tufillo especial e inconfundible de la producción nacional. Pero películas como Los otros, o Alatriste  dan otra medida de nuestro cine. Ya no es el costumbrismo lo que alimenta a estas estupendas películas, sino su excelente factura. Esa generosidad en la producción y esa destreza técnica que hizo grande -y casi insuperable- al cine americano de otras décadas.

El último ejemplo -no puede hablar el Duende de El orfanato, porque no la ha visto- es Los crímenes de Oxford, de Alex de la Iglesia, una hábil mezcla de suspense, filosofía, y matemática que exhala el perfume de una buena película de Hitchcock. Hasta su magnífica banda de sonido, firmada por un tal Roque Baños, recuerda a ratos la que compuso Bernard Hermann para Psicosis. Aunque ni siquiera el maestro fuera capaz de filmar un travelling tan espectacular como el que asombra en el primer tramo del film. (Más largo, creo, y bastante más complicado que el que abre Sed de mal, nada menos que de Orson Welles).  Sólo empalaga por exceso de retórica, que se hace aún más evidente por el abuso de primeros planos y largos parlamentos. Por lo demás, es entretenida, interesante e inteligente. Tan inteligente que nos pone en un brete a los que, como el Duende que suscribe, se estrelló siempre contra las matemáticas.

Aún no tiene claro éste si acabó entendiendo el teorema de Pitágoras. Ni el de Tales. Hace poco se quedó pasmado de que fuera noticia mundial que dos científicos chinos habían resuelto la llamada conjetura de Poincaré. Nada menos que un siglo y tres años tardó en resolverse la incógnita. Guiado de su buena voluntad, leyó con atención las explicaciones más didácticas de estos dos genios, pero no entendió una palabra. Lo cual demuestra que no todos los cerebros están igualmente equipados. El Duende procesa con facilidad las materias llamadas humanísticas, pero no entiende una palabra de las ciencias exactas.

Y le hubiera encantado: dicen que tras la música, como tras la filosofía, asoma la matemática. Si el Duende supiera algo de esta ciencia incluso entendería la astronomía, algo que le apasionaría. En sus grado más alto, hay quien apunta que la matemática también destila poesía pura. Ya lo decía en el siglo XIX el poeta Joaquín María Bartrina:

¡Y aún dirán de la ciencia que es prosaica!

¿Hay nada, vive Dios,

bello como la fórmula algebraica

S=PI R2?

Tenía sentido del humor el poeta catalán. Como Alex de la Iglesia, que enfrenta al protagonista con una Leonor Waitling maciza y explosiva y pretende que nos creamos que las matemáticas le interesan más.

 Pero es el cine, claro. Que si fuera como la vida misma, sería tan aburrido como al ignorante Duende le parecía aquella odiosa asignatura que siempre suspendía. 

Otro cuento de invierno

Bosque invernal

(Foto de vegas

Había un bosque milenario de grandes árboles. Los árboles estaban cubiertos de una gruesa corteza, tapizada de musgo y líquenes. Cuando el niño protagonista  -Caperucita, Pulgarcito o quien fuera- se perdía, los árboles se transformaban en caras fantasmales de tétricos viejos que les asustaban. (En los fumettis que salían de sus bocas imaginadas se leía:  Uuuuuhhhh….¡Ahhhh!) Las víctimas de aquella ceremonia del horror musitaban un ¡Gulp! y corría despavoridas. Los árboles humanizados fueron plasmados después magníficamente en la versión filmada de El señor de los anillos, trilogía que me hubiera encantado descubrir en los libros, en el cine y en la edad de la inocencia. Vista en televisión sin ser doctor en Tolkien, entre el teléfono, las conversaciones, y el lavaplatos funcionando, y con el cerebro ya medio acorchado por la edad, no hay quien la siga. Por eso se quedará el Duende hoy con los bosques de leyenda clásicos: el de Sherwood y los frondosos hayedos del norte.

A menudo soñaba el Duende que, yendo al colegio, cruzaba la calle de Claudio Coello y de repente se veía en el bosque de Sherwood. Allí Robín de los bosques, desayunándose un tasajo de ciervo ahumado con cerveza, le invitaba a hacer una pella y sumarse a su banda. El desayuno le parecía algo extraño, pero también los proscritos de Guillermo Brown, otro héroe al que seguía apasionadamente, tomaban agua de regaliz, jengibre, caramelos de melaza y demás rarezas. Lo de luchar contra el villano Guy de Gisborne -uno de los más abominables malos de su infancia- defender a los pobres que mataban un ciervo del rey tirano para sobrevivir a la hambruna  y vivir en el bosque le seducía al Duende. Bastante más que ir al colegio. Sin embargo le preocupaba la noche. No por el miedo, no, sino por el frío. ¿Cómo se puede pasar una noche de invierno en un bosque de Inglaterra sin morirse de frío?

 La Ley de Murphy aún no había entrado en vigor entonces, pero en cualquier época una situación mala es susceptible de empeorar. De manera que los fríos de Sherwood se quedan en nada si se les compara con los de los relatos de viajes polares que ahora lee el Duende por entretener su mala conciencia burguesa y su condición de viajero sedentario. Kane, Hayes,  Amundsen, Scott, Peary, Nandsen, Johanssen y otros muchos audaces exploradores durmieron a temperaturas de hasta setenta grados bajo cero. Y sin catalítica ni forro polar. Lo cual viene muy bien para engrandecer la figura  de aquellos románticos y, de otra parte, minimizar el pellizco la factura de gas que uno acaba de recibir.

 Que no se enteren Argelia, Rusia, ni los magnates de la energía. Pero al Duende, que pasó tanto frío en las casas donde habitó su infancia, la calefacción y el agua caliente le siguen pareciendo baratos en relación con el inmenso bienestar que aportan. A su amor, uno se siente como el osito aquél que tenía su cabaña en el tronco de un gran árbol. Lanzaba el invierno  sus primeras cuchilladas y el osito abría la puerta de su refugio, se metía en su cama  de estilo tirolés y, hundiendo su cabeza en un mullido cuadrante y tapado por un edredón cerraba los ojos para hibernar en un prolongado sueño.

Imagen imborrable para el Duende. Él tenía que madrugar para volver al cole recorriendo las gélidas calles, y si le hubieran pedido entonces que describiera el cielo apuntaría al oso. Pero me consta que éste, durmiendo, soñaba que era duende. Y que despertaba, acuciado por su responsabilidad frente los amigos de su blog. Y entonces saltaba de la cama y se ponía a escribir este otro cuento de invierno.  

Esperando al carbonero

 Preocupa al Duende que cada vez pasa más de los periódicos, tan necesarios antes en el desayuno como lo era el café. Ambos le son `prescindibles ahora, si bien ha de confesar que casi más aquéllos. El café aún no lo sirve internet, mientras que lo sustancial de la prensa se picotea en una pasada por la red. Cuando lo hace, ya ha escuchado el Duende los informativos de la radio que resumen la jornada. Así que con esa ventaja, juega apostando consigo mismo cómo serán los titulares de los periódicos que leería si se acercara al kiosco. El vaso medio lleno o medio vacío. El color del cristal con que se mira. Pregunto, como Jardiel acerca de las once mil vírgenes: ¿pero de verdad hubo alguna vez algún periódico o cualquier otro medio de verdad objetivo e independiente? No juzgues y no serás juzgado: el mismo Duende duda de que él lo sea.

Todos leemos o escuchamos para encontrar a alguien que nos de la razón. Uno era adicto a la información desde que España despertó de su larga siesta, hubo algo de libertad de prensa y en lugar del general Franco habló el equipo médico habitual. Esa afición está bien, no hay nada criticable en ello. A la nueva asignatura de Educación para la Ciudadanía  le parecerá incluso recomendable. Lo malo es pensar lo que le hubiera enriquecido a una esa lectura aplicada  a otra materia. Lo que se llevaron, por ejemplo, el caso Matesa, la Platajunta, la llamada Operación RocaSofico, el yerno de Franco, el Watergate, la bomba de Palomares, las caras de Bélmez, la muerte de Paquirri, la descomposición de la vieja Yugoeslavia y el papa Clemente del Palmar de Troya. ¿Cuántas líneas dedicará a esos acontecimientos o personajes el gran libro de la historia?. Nunca fue tan volátil todo lo que es permanente, ni tan meteórico lo que siempre fue efímero. Valdría más leerse un resumen de prensa de cada década y dedicarse a lo que siempre se dice haber leído y nunca se leyó. El Duende tiene en espera los Episodios Nacionales, la segunda mitad del Ulises y Rayuela, entre otras muchas lagunas. En cambio, y consciente de que tempus fugit y de que ni los calzoncillos de Beckham ni las bravuconadas de Chávez serán nada mañana, compensa esas deficiencias llevando a menudo al cuarto de baño la Enciclopedia Británica. Siempre le acusaron de lentitud en ciertos trances, pero no todo el mundo sabe que esa obra es muy entretenida, refresca el inglés y sus tomos, magníficamente encuadernados e impresos en papel biblia, quedan perfectamente abiertos sin necesidad de sujetarlos por la página que se lee. Por lo demás, todo lleva su tiempo.

En el resumen de esta primera década del siglo veintiuno estará, sin duda, la alarma que está provocando el agotamiento de las materias primas y el cambio climático. Sobre esto, dos botones de muestra, de distinto color, obviamente. El viernes, se si en ONDA CERO o en PUNTO RADIO- un tertuliano se burlaba del reciclaje de papel, porque, según él, el aumento del consumo de esta materia prima se neutraliza plantando más árboles. Ayer, en EL PAÍS, avanzaban algunos inquietantes datos contrastados: la temperatura media del Mediterráneo ya ha aumentado medio grado, y el nivel de sus aguas, ocho centímetros. Los conservadores alarman sobre la economía. Los progresistas, cambian ese prosaico jinete del moderno Apocalipsis por el del cambio climático. Un sinvivir.

Y entre un desasosiego u otro, aprovechando que no se si gracias a o por culpa de ese cambio estábamos a diecinueve grados, el Duende y su nieta colgaban de un cerezo una casita nido que les trajeron los Reyes. Dentro pusieron trigo y salvado, porque cualquier día de éstos aparecerá el carbonero, un pequeño pájaro de color azul y amarillo que es el más madrugador de los que anidan alrededor de la casa. Y no quisieran que el encantador pajarillo perdiera la costumbre de  criar aqui por un quítame allá esa desidia medioambiental. ¿O va a saber el carbonero que en España incumplimos en un treinta y cinco por ciento el Protocolo de Kioto?

Feliz cumpleaños

Tarta cumpleanos

(Foto de Starfire)

Suena el teléfono del Duende. ¿Qué tal? -dice una vocecita limpia y precisa- Se hace un silencio, y la vocecita insiste, ¿qué tal?  Una voz adulta, al fondo, hace las veces de apuntador. Dile al abuelo que feliz cumpleaños, se escucha. Pero la niña insiste: ¿qué tal? ¿Qué tal? Es lo que ha aprendido. También le cuenta al Duende que  tiene mocos, y que su hermanita está durmiendo. Le soplan que diga felicidades, pero esa cortesía aún no está en su repertorio. La de Marina, apenas dos años y diez meses de inocencia, es la primera felicitación que recibe el Duende el día  de su cumpleaños número sesenta y dos.

Suena el teléfono y se escucha otra voz femenina. Es la de Mónica Sainz, una de esas mujeres sin las que la radio que hacíamos en RNE no sería posible. Mónica es una productora incansable. Si ha nacido el inventor de la cuadratura del círculo, ella ya lo estará buscando para una entrevista. Mónica es de Getafe, y presume de ello, está casada con Raúl y es madre de Sergio, un chavalín sano y robusto como un roble que nos miraba a todos desde el interface del ordenador. Mónica, además, es alta y muy guapa, sensible, generosa, pelín gamberra, y, cuando se concede un respiro en el trabajo, encantadora. No tiene tiempo para casi nada, porque es una máquina de trabajar, pero ha sacado unos minutos de la nada y ha felicitado al Duende, que ya no es más que un recuerdo. El  Duende ha escuchado su voz cantarina  y, como en el viejo juego de los barcos, ha quedado tocado.

Entra el Duende en el blog y le llueven más felicitaciones. ¿Quién ha dado el queo? En ONDA MADRID el realizador Juanjo Ceballos ha dejado caer el inevitable Happy birthday, pero esa emisora no es RNE, y la mayoría de los comentaristas del blog, creo, quedan fuera del área de escucha. Me recuerdan la efemérides, y algunas de las felices coincidencias. En ese día nacieron también Casius Clay, con el que el Duende no guarda afinidad alguna, pero también Antonio Mingote y Forges,  genios del lápiz y amigos siempre gratos, que son parte de su educación sentimental. Porque el humor supongo que también tiene su corazoncito. Desde Alemania, el duende del Duende me aturde a llamadas, que van directamente al contestador. Como las de Olga Viza, Miguel Angel Domínguez, Sandra Redondo, Paloma Arranz y María Luisa Núñez. Me felicitan cariñosas. Son adorables. Las tres últimas eran, con Mónica, las cuatro mosqueteras que arropaban a Olga en sus mañanas. Sandra y Paloma siguen, la  primera con Juan Ramón de Lucas, la segunda con Javier Segade. El Duende, siempre algo pez cuando las miraba en los estudios, las ve ahora como las más listas, las más cariñosas y las más guapas del mundo. Tanto cariño telefónico pasa factura: en la mañana del 18 de enero el móvil del Duende aparece muerto por colapso emocional.

Más felicitaciones de comentaristas del blog. Del par de Begoñas, de Camiseta, coautora del regalo de la lámpara -tranquilos,  ya luce, fue otra poblemática de espaldas al pueblo que explicaremos-, de Palinurova. Ángelus, Zoupon, Wallace, Lola, Bob, Macu, José Ramón, Julio, Candil, Gervasio….¿Me dejo aguno? Perdón, son ya tantos… Esposa, hijos, sobrinos, hermanos, cuñados. El Duende no es celebrón, suele pasar sus cumpleaños sin dar tres cuartos al pregonero. Por la tarde lo único festivo de su agenda es un magnífico cocktail con visita al Museo Thyssen que ofrece el despacho HOWREY MARTÍNEZ LAGE, experto en Derecho de la Competencia. Santiago Martínez Lage  ha casado  su bufete con un bufetón americano, y lo celebran por todo lo alto.  Santiago   es es un amigo de la universidad, diplomático de profesión y abogado brillante de codos infatigables y finísimo instinto. También le sonríe la vida, ya lo creo. Tal vez quisiera ser un poco más alto, pero ya no necesitará llegar más arriba.

Como el Duende, que el 17 de enero siempre se acuerda de su padre. Hombre de pocas palabras -como casi todos los hombres, sólo en casa- siempre evocaba que el día en que nació el quinto de sus hijos Madrid amaneció cubierto por una impresionante nevada. Desde entonces, el día 17 de enero, lo primero que el Duende mira por la ventana es si ha nevado. Y en sesenta y dos años nunca ocurrió tal cosa.

Hoy al fin ha aparecido la nieve: la ha encontrado mirándose al espejo, y reposa en su cabellera y en la marquesina de sus cejas. Debe de ser una suerte  ir sumando años con tanto calor humano alrededor. No le queda al Duende más remedio que ser feliz. ¡Ay, si encima el Atleti ganara al Madrid el domingo!… 

Rajoy, Gallardón y otras melonadas que vienen a cuento

El melón de ZapateroEstaba decidido a politizar algo este blog, palabra. A melonada de Zapatero le sucedía otra de Rajoy, o al menos eso piensan la mayoría de los analistas. Alberto Ruiz Gallardón, cinco mayorías absolutas y el líder mejor valorado de su partido, queda fuera de las listas electorales. Parece otra melonada, ¿no?

Se excusa la ortodoxia pepera en que esa melonada se debe a su vez a la melonada del alcalde de Madrid, que, erre que erre, quería estar en las listas, lo que no está previsto en los estatutos del partido. Nadie reconoce sus melonadas. El ala derecha quiere que todo el partido sea como ella, y los que no piensan así son unos melones. El ala moderada piensa que para ganar no hay que seducir a los convencidos, sino a los dudosos que vegetan en la tibieza, y si los de la derecha pata negra no se dan cuenta de ello es que los melones son ellos. Los votantes acabamos votando o no. Si no votamos a nuestros afines porque sus gestores son melones manifiestos, somos unos melones, pues anteponemos gestores a principios. Y si  los votamos, somos más melones todavía, pues estamos favoreciendo a los supermelones del partido adverso.

La democracia es un melonar, y lo peor es que la cata de los que de verdad valen dura cuatro años. Quería hablar de esa poblemática, insisto. Pero el Duende propone y Dios dispone. En ésta que se puso a montar una lámpara de pie, una de esas minimalistas e hipertiróidicas lámparas de pie que venden ahora las grandes superficies. Y después de desembalarla sembrando su modesto palomar de plásticos, papeles de burbuja, pedazos de cinta de embalaje, cartones diversos  y copos de poliestileno expandido, después de leer cuidadosamente las extensísimas instrucciones, de iniciar su montaje y de comprobar que la lámpara de pie quedaba más jorobada que Quasimodo, y casi enroscada sobre sí misma, ha advertido que al kit le falta una pieza esencial: un tramo de acero que daría al soporte la altura necesaria para poder leer debajo de la luz sin tener que arrodillarse . Qué alegrías nos manda el Señor. Mañana a agavillar las piezas, embutirlas como se pueda en un envase de cartón que, como es lógico, ha habido que serrar y descuartizar para poder abrirlo, cargar  con una base de mármol que pesa un huevo de tiranosauro y largarse con el ticket de compras a los aledaños de la provincia de Burgos para ver que se hace con ese proyecto de lámpara de pie.

Solemos decir que no nos merecemos la clase política que tenemos, pero el Duende sostiene que son la perfecta representación matemática de lo que somos. Es verdad que ellos hacen melonadas, pero…¿qué me dicen de quien fabrica y embala una lámpara de pie incapaz de tenerse de pie?

Las melonadas de Zapatero

El melón de Zapatero

(Foto de Ricardo Alvarez)

Sensacional: el presidente de gobierno se deja entrevistar a fondo y no por el director de EL PAÍS. Los tiempos cambian.

Más sensacional todavía: en esa larguísima entrevista, Zapatero asegura que toma el melón con sal por costumbre familiar. Su abuelo el capitán Lozano, natural de Alange, provincia de Badajoz lo comía así. Lo que más llama la atención es la razón aducida:  dice que era  un sustitutivo del melón con jamón, plato exquisito que quedaba fuera del alcance de las familias modestas. Uno no sabe, pero diría que por entonces no se tomaba ese plato en España. Sospecha incluso que probablemente extrañaría, pues  la mezcla de sabores salado y dulce no era a la sazón lo habitual.

Lo del melón con sal es la anécdota de la entrevista. Sin embargo,  las tertulias radiofónicas la convirtieron en la comidilla del día. Estupefacto le deja al Duende la ignorancia  de algunos de los tertulianos. ZP puede decir y hacer alguna tontería, pero lo de echar sal al melón es probablemente la más acertada de sus decisiones, pues así mejora incluso el melón pepináceo. Se puede añadirle aún más sabor con gotitas de limón. Harían bien en decírselo al presidente Zapatero.

Pero insisto, no es más que una anécdota. La entrevista revela asuntos más importantes. Sorprende conocer algunos  de ellos a dos meses de las elecciones. Y sobre todo,  por boca de un presidente que se hartó de repetir el slogan de que no merecemos un gobierno que  nos mienta. Tanta ingenuidad -decir que no negociaba con ETA entonces y desdecirse  ahora-  hace pensar que entre los asesores de ZP se ha infiltrado algún estratega del PP

Ha habido otros errores de cálculo, despistes o patinazos. No será por incompetencia ni por bellaquería,  sino por  el natural buenista y roussoniano del Presidente. Como la paloma de Alberti, se equivocó Zapatero, se equivocaba. Creyó que los terroristas estaban dispuestos a ser gente de paz, y ahora cree  que la sal en el melón hace olvidar al jamón. Bienaventurados los que tienen buena fe. Pero qué pena que no se quedara en lo último. Se habrían evitado otras melonadas mayores que tal vez acaben pasando factura.

Bastante más que Bello

Pepin Bello

Paseó el  Duende por La arboleda perdida  de Rafael Alberti y se quedó fascinado por esa alameda evocadora perfumada de poesía. Recibió El último suspiro de Luis Buñuel -por cierto, qué título tan impropio para las memorias  de un iconoclasta como el de Calanda- y hubiera dado su vida por compartir un mes en la Residencia de Estudiantes con aquel grupo de gamberros geniales que por allí desfilaron en los años veinte. Ambos libros de memorias -excelente el primero, interesante el segundo- hablan de la vida, la inspiración, la poesía, el arte, el cine, el surrealismo, la generación del 27 y de la España de aquel tiempo. Dos nombres coinciden en la común admiración del poeta y del cineasta, y destacan sobre otros más famosos, como Salvador Dalí. El primero es el de Federico García Lorca, aclamado después de su asesinato como poeta universal. Es el segundo era el de Pepín Bello, desconocido de la mayoría, idolatrado por aquellos genios, querido por casi todos los que le conocieron. Aunque pintaba y escribía, y dicen que no mal, no dejó ninguna obra para la posteridad. La obra era él: su gracia, su inventiva,  su conversación, su simpatía.

Después de haber leído tanto y tan bueno sobre Pepín Bello, el Duende se empeñó en conocerle. Y un día, en una de esas cachupinadas culturales, se lo encontró y salvando su natural apocamiento se acercó a él y se le presentó. Quería tocar el mito. ¿Qué tendría aquel hombre para concitar tantos y tan entusiastas elogios? Pepín Bello era a primera vista lo más opuesto a la extravagancia y la genialidad que aureolaba a sus viejos amigos, de los que por entonces sólo vivía ya Alberti. Sonriente, gordito con cara sana, de ojos claros y fino bigote tipo Errol Flynn, vestido y planchado pulcramente como un perfecto burgués, administraba con naturalidad y simpatía su condición de personaje curioso y de icono cultural. Nunca se dio mérito alguno, y se limitó a recordar las luces que brillaban en la Residencia de Estudiantes, sin hozar en el morbo con el que figuras como las de Federico o Dalí empezaban a ser retratadas por los biógrafos. Aquel hombre con aspecto de próspero propietario de una fábrica de chocolates era lo que se dice un tipo encantador.Y lo recuerda hoy el Duende con afecto y cariño porque sus valores, tan esenciales para lubricar la convivencia y crear el caldo de cultivo de los genios, son siempre considerados menores y secundarios. Es más: los llamados grandes hombres -y mujeres, no se me vayan a cabrear por un mal entendido sexismo- suelen ser de cerca arrogantes y bordes. Como si la importancia se midiera en  unidades de antipatía, y la sociedad sólo necesitara de ceñudos solemnes para progresar.

Pues no, ea. Viva la gente amable y positiva, aunque no legue el futuro más que el recuerdo limpio de su sonrisa. A Pepín al menos le ha dado ese mérito, pero tuvo que aguantar ciento tres años para que se reconociera el esplendor de su personalidad. No hagamos lo mismo con nuestra gente encantadora: reconozcamos su papel a partir de ya mismo. Porque no todos  van a ser premiados con la longevidad de este singular Pepín, Bello de apellido. Tan brillante y amable, tan sensible y educado. Y, sobre todo, decisivo en su afán de no figurar ni querer pasar a ninguna historia.

Demasiado viejo para ser amado

Spain Injection
(Foto de Torchondo)

En una canción nostálgica  de los años sesenta cantaba el Dúo Dinámico que murió muy joven para amar. Al nuevo himno nacional, si es que llega a nacer, le pasará lo contrario: nació muy viejo para ser amado. Al margen de las reticencias siempre interesadas de los partidos nacionalistas, la nueva letra es tan políticamente correcta como conceptualmente equivocada. Además de anacrónica, porque los himnos se heredan de otra época, y en estos tiempos de escepticismo, relativismo e individualismo tienen mal encaje.Suena antiguo, pero otros dicen cosas peores. La gloriosa Marsellesa es siempre emocionante, sobre todo cuando la coreaba Víctor Lazslow frente a las autoridades nazis que copaban el café Rick´s en Casablanca. Pero si se traduce la letra apela a las armas, y pide que la sangre impura empape los surcos de los campos. La que armarían los pacifistas y los apóstoles del talante si fuera así la aprobada ahora por la SGAE. El Asturias patria querida recuerda al asturiano de pro que tiene que subir al árbol y coger la flor, dársela a la su morena para que la ponga en el balcón. Es una manera de hacer patria que al resto de los españoles no se nos había ocurrido. Si no fuera porque lo aprobó todo un parlamento, uno diría que cualquier engendro de esos que se presenta en la Eurovisión tiene más sentido. El del colegio del Duende decía españoles, hidalgos, valientes, con la edad nos queremos mostrar. Lo cierto es que en sus aulas la mayoría no éramos hidalgos, sino plebeyos, y nos mostrábamos como éramos, con edad o con pantalones de pana. Ardor (guerrero) que brota de pechos que son tuyos, cantaba uno cuando era soldadito de infantería y en las misas solemnes debía sonar el himno del cuerpo. Uf, uf, uf, qué retórica rebuscada, qué exhibicionismo patriotero. Y no sigo, por no abrumar, no sea que el lector se me abra las venas con el bono-bus.

Así las cosas, la letra que ayer desvelaba el ABC no está tan mal.  Todos los himnos suelen decir muchas más bobadas que el elegido por el Comité Olímpico, pero el problema es que España no está para esas lindezas. Los sabios aún no se han puesto de acuerdo sobre su identidad, unos la ven compacta, otros desmadejada, unos la quieren simplemente, otros la detestan. Para algunos España es un afán, para otros, una mamandurria. Y con tantos debates filosóficos sobre lo que la mayoría creíamos resuelto desde hace siglos, la pobre España, con perdón por la rudeza de la expresión, no tiene el coño para ruidos.

Con todo, la polémica tiene un punto ingenuo. A estas alturas donde todo se desmenuza con colmillo retorcido, sorprende que alguien rompa una lanza por las formas, tan maltratadas por la costumbre y tan decisivas para modular la convivencia democrática. Casi todo lo que armoniza la vida de una comunidad está basado en el poder simbólico de las formas. Los padres de la patria no son los más listos de cada cole, pero les atribuimos la representación popular y debemos aceptar sus leyes. España no es el mejor de los mundos, pero es el que tengo más cerca, me soluciona muchos problemas, y por tanto y me debo a ella. Mi bandera no es la santa sábana, pero me identifica con muchos otros, y creo que me representa. Son las reglas de este juego. Mi himno no tiene remedio, pero hubiera hecho mejor su función con una letra que esta sociedad resabiada no va a aceptar aunque la firme Bob Dylan.

La solución sería que se aprobara esta o cualquier otra similar, se enseñara en las escuelas a las almas cándidas y calláramos los adultos hasta que toda una nueva generación la pudiera cantar sin complejos cuando juega la Selección Nacional o se iza la rojigualda. Porque, al cabo, toda canción es también un símbolo y hasta las de Dylan, Joan Báez, John Lennon o el mismo Serrat si se escuchan con detalle son tan voluntaristas, pretenciosas e idealistas como la que ahora ponemos a parir. Sin embargo está claro que cantar juntos refuerza la unidad. Y a uno, además le gusta cantar lo que sea. El nuevo himno llega demasiado tarde, pero qué lastima que no lo inventaran antes.

Esa música que enreda y hace flipar…

Menina escuchando música

(Foto de LuizNavarro)

Quisiera el Duende no admirar tanto la música de otro tiempo. Pero un día cayó fascinado por la hondura y la fragancia de la llamada clásica y apenas atendió a la que nacía y sonaba mientras él se destetaba y crecía. Algunos nombres, ciertos discos: los más tópicos y típicos. Más cantantes solitarios que bandas. Algunas canciones inolvidables sueltas.  Momentos mágicos, unidos a una cara de chica guapa, a un deseo, un momento o un lugar. Eran pop o moderna cuando aprendió a silbarlos. El Duende es de los que silba en el cuarto de baño, bajando a escalera y aún esperando el autobús. Fueron en su día éxitos rompedores, eso que llaman hits. Y ahora ya, sin darse uno cuenta, son también piezas casi clásicas. No guarda entre sus tesoros mucho más de todo lo que empezó a sonar después de 1950. Uno, Duende, es así de antiguo. Qué se le va a hacer. Y aprecia  la música pop. Lo justito.

Nada comparable a algunas piezas magistrales de música sinfónica que, sin ser las melodías más conocidas, ni estar entre los clásicos más populares de nuestro amigo Fernando Argenta son muestras ejemplares de esa misteriosa capacidad de atrapar, enredar y transportar al alma del que las escucha. Atmósferas sinuosas, ondas de sonido que surgen discretamente, fascinan, embriagan y de repente se apoderan del espíritu que a uno le quedaba dentro. Y hacen flipar.

Si de verdad aman la música clásica escuchen con atención, y a ser posible en la intimidad, estas `piezas. Por ejemplo, el Introito del Réquiem de Mozart. Les costará aprender el tema que va desarrollando la orquesta. Primero la cuerda, luego el viento. Poco a poco sube la tensión melódica, hasta que llega al climax e irrumpe el coro. No acaba de desentrañar uno qué magia desarrolló Amadeus para llegar hasta ahí, pero cuando estallan las voces humanas aquello  suena como algo  sobrecogedor, en el mejor sentido de la expresión.

Segundo ejemplo. Busquen en Tristán e Isolda el desarrollo orquestal que anuncia la muerte de Tristán. Los libretos de Wagner eran plomo fundido, pero el maestro escribió páginas instrumentales soberbias que siguen este mismo proceso: de menos a más, empiezan mordiendo en la vena más lírica en intimista de nuestra sensibilidad y conducen a una apoteosis orquestal gloriosa. De verdad, me toca ser Tristán y al escuchar aquéllo también me muero yo.

Tercer ejemplo. ¿Se acuerdan de aquél decadente profesor Von Aschembach que  se iba a morir a Venecia? ¿No retuvieron en su memoria el adagio de esa Quinta  Sinfonía de Mahler? Si pueden, hagan silencio a su alrededor escúchenlo con los ojos cerrados y caigan, pianísimo, en el hechizo de esas músicas raras y difíciles de tararear, que sin embargo acaban rindiéndole a uno.

Podría decir el Duende algo semejante del inenarrable tercer tiempo de la Novena Sinfonía de Beethoven. Dicen que en el Olimpo les dio tal subidón cuando lo escucharon por primera vez Zeus  se suministró las cafinitrinas por docenas. Ahí, después de una larga introducción, incrustado como un diamante de mil kilates, aparece uno de los temas musicales más sencillos y al mismo tiempo más sublimes que se han escrito nunca. Si el Duende volviera declarar su amor a alguna mujer, le haría escuchar esos treinta segundos para que su tocayo hablase por él. Sobran las palabras.

El último ejemplo lo descubrió el Duende escondido en la banda musical de la película Deseo peligro de Ang Lee. Se trata de Nimrod, la novena de las Variaciones Enigma de Edward Elgar, a quien sólo solemos recordar por su marcha Pompa y Circunstancia. Muy recomendable para quien admire la sutileza, la elegancia y el efecto emocional de estas músicas cultas que le dejan a uno el espíritu como recién salido de la sauna. Búsquenla, escúchenla repetidas veces. Sólo dura cuatro minutos. Pero si se sienten levitar, no se repriman.

Dicho lo cual, el Duende se despide recordando que también le gustan Jacques Brell, Krahe, Aute, Los Luthier, Juanito Valderrama, y, cómo no, esa joya que es Paquito el chocolatero. Hay tanto de bueno en la música que a veces hasta nos hace olvidar que es producto del hombre, ¿no creen?

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