(Foto de Mennyj)
Nacía la Vespa y cautivó desde el primer día. Frente a la imagen fibrosa y algo neurótica de las viejas motocicletas con ruedas de radios, la Vespa era original, moderna, graciosa y limpia. A partir de Vacaciones en Roma, tan guapamente montada por Gregory Peck y Audrey Hepburn, la Vespa se convirtió en un mito, y en cierta manera en una conquista social. Una vez al año, bajaban por la calle de Serrano legiones de vespistas alardeando de su independencia. Los había que adornaban su moto como un caballo en la feria de Jerez. Algunos colgaban de ellas unas carteras de cuero con remaches y flecos, y entonces se parecían más al caballo de Roy Rogers, un caballista vestido de cowboy exageradamente cursi que hacía exhibiciones por los circos de Estados Unidos.
Como entonces ni se hablaba del minimalismo, esas eran las vespas que más le gustaban al Duende. El día de la gran concentración vespista el Duende se asomaba a verl desfilar a las Vespas verde de envidia. Soñaba ser mayor, ganar algún dinero, comprar una con sidecar y llevarse a Audrey bien tapadita con una manta a merendar a Rascafría. Luego casi se alegró de no comprarla, porque quizás Audrey no hubiera venido. Fue una de las que Truman Capote llamaba plegarias no atendidas, que al cabo, como decía Santa Teresa -ya es pintoresco que Capote la citara- hacen derramar menos lágrimas que las atendidas. Ya se sabe: mejor cualquier ilusión que la cosa más hermosa ya atrapada en las manos.
Todos los vehículos se dan un aire con alguna especie animal. Las cachas de la Vespa hacen recordar a los cuartos traseros de un potro. Ahora el Duende es otro vespista más. Por las calles de Madrid, en plan mensajero, se ve como el célebre vaquero del logotipo del Poney Express. Evolucionado. La Vespa da tanta agilidad a quien la monta, que uno se lanza al centro de la ciudad a hacer recados y se olvida de sus limitaciones. Esta mañana el Duende compró en Habitat cuatro Mini-Lecco, unas pequeñas estanterías para DVD y CD que, montadas a dos y colgadas en la pared, parecen un cuadro de Mondrian. Al Duende no le arrugan pequeños portes en Vespa, y confiaba en que, sobre la plataforma de los pies o prendidas con el pulpo, podría llevárselas a casa. Se las embalaron en la tienda, y, ensambladas en dos rectángulos de 56 cm. por su lado más largo, las metieron en dos bolsones de plástico que, obviamente, no cabían entre las piernas. Hacía toda clase de probaturas para el diabólico porte cuando dos señoras que le observaban atentamente se le acercaron y entre dulces titubeos le formularon esa terrible pregunta que muy de cuando en cuando le enfrentan a la insoportable levedad de su ser.
-Perdone que le molestemos…¿Es usted doña María?
Era peor explicarles que su condición era la de un simple transportista, porque se hubieran hecho cruces de su desconocimiento profesional. Además, muy gentilmente le ayudaron a acoplar el cargamento. Finalmente, una de las bolsas viajó entre las piernas, sujetada cada una de las asas en un mango del manillar. Mientras que la otra, con las asas colgadas de los hombros a modo de mochila, reposaba de forma milagrosamente estable sobre el diminuto portaequipajes que prolonga el sillín de la Vespa.
En los discos, los automovilistas miraban el enorme logotipo de Habitat que lucía a su espalda y tomaban al Duende por un extraño motorista anuncio. Esta vez sus plegarias fueron atendidas, y finalmente la Vespa de doña María llegó a su destino con normalidad. No llevaba detrás a Audrey Hepburn, pero aunque el Duende tampoco es Gregory Peck se acordará de ella cada vez que saque un CD de las estanterías y ponga música para soñar.








Estaba decidido a politizar algo este blog, palabra. A melonada de Zapatero le sucedía otra de Rajoy, o al menos eso piensan la mayoría de los analistas. Alberto Ruiz Gallardón, cinco mayorías absolutas y el líder mejor valorado de su partido, queda fuera de las listas electorales. Parece otra melonada, ¿no?





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