
Paseó el Duende por La arboleda perdida de Rafael Alberti y se quedó fascinado por esa alameda evocadora perfumada de poesía. Recibió El último suspiro de Luis Buñuel -por cierto, qué título tan impropio para las memorias de un iconoclasta como el de Calanda- y hubiera dado su vida por compartir un mes en la Residencia de Estudiantes con aquel grupo de gamberros geniales que por allí desfilaron en los años veinte. Ambos libros de memorias -excelente el primero, interesante el segundo- hablan de la vida, la inspiración, la poesía, el arte, el cine, el surrealismo, la generación del 27 y de la España de aquel tiempo. Dos nombres coinciden en la común admiración del poeta y del cineasta, y destacan sobre otros más famosos, como Salvador Dalí. El primero es el de Federico García Lorca, aclamado después de su asesinato como poeta universal. Es el segundo era el de Pepín Bello, desconocido de la mayoría, idolatrado por aquellos genios, querido por casi todos los que le conocieron. Aunque pintaba y escribía, y dicen que no mal, no dejó ninguna obra para la posteridad. La obra era él: su gracia, su inventiva, su conversación, su simpatía.
Después de haber leído tanto y tan bueno sobre Pepín Bello, el Duende se empeñó en conocerle. Y un día, en una de esas cachupinadas culturales, se lo encontró y salvando su natural apocamiento se acercó a él y se le presentó. Quería tocar el mito. ¿Qué tendría aquel hombre para concitar tantos y tan entusiastas elogios? Pepín Bello era a primera vista lo más opuesto a la extravagancia y la genialidad que aureolaba a sus viejos amigos, de los que por entonces sólo vivía ya Alberti. Sonriente, gordito con cara sana, de ojos claros y fino bigote tipo Errol Flynn, vestido y planchado pulcramente como un perfecto burgués, administraba con naturalidad y simpatía su condición de personaje curioso y de icono cultural. Nunca se dio mérito alguno, y se limitó a recordar las luces que brillaban en la Residencia de Estudiantes, sin hozar en el morbo con el que figuras como las de Federico o Dalí empezaban a ser retratadas por los biógrafos. Aquel hombre con aspecto de próspero propietario de una fábrica de chocolates era lo que se dice un tipo encantador.Y lo recuerda hoy el Duende con afecto y cariño porque sus valores, tan esenciales para lubricar la convivencia y crear el caldo de cultivo de los genios, son siempre considerados menores y secundarios. Es más: los llamados grandes hombres -y mujeres, no se me vayan a cabrear por un mal entendido sexismo- suelen ser de cerca arrogantes y bordes. Como si la importancia se midiera en unidades de antipatía, y la sociedad sólo necesitara de ceñudos solemnes para progresar.
Pues no, ea. Viva la gente amable y positiva, aunque no legue el futuro más que el recuerdo limpio de su sonrisa. A Pepín al menos le ha dado ese mérito, pero tuvo que aguantar ciento tres años para que se reconociera el esplendor de su personalidad. No hagamos lo mismo con nuestra gente encantadora: reconozcamos su papel a partir de ya mismo. Porque no todos van a ser premiados con la longevidad de este singular Pepín, Bello de apellido. Tan brillante y amable, tan sensible y educado. Y, sobre todo, decisivo en su afán de no figurar ni querer pasar a ninguna historia.


Siempre me ha llamado la atención este personaje, porque estaba rodeado de gente genial que escribía, pintaba, hacía cine, música, etc, maravillosamente bien, y todos le adoraban a él, que “no hacía nada”.
Ese “no hacer nada” podría consistir en “ser amigo”, y tal vez hacer posible de algún modo la obra de los demás. Un hombre ocurrente, entusiasta, inteligente y bueno, imprescindible para sus compañeros, para que ellos pudieran hacer su obra y ser como eran.
Le he visto por la tele algunas veces y también me ha llamado la atención su aspecto burgués, nada vanguardista, y sus formas amables y simpáticas, nada histriónicas, sencillas.
Sombrerazo para él.
Tienes razón, Duende, que no hay que dárselas de “divo” o “diva”, que no hay nada tan encantador como alguien de mucha valía que no se las da de nada. Yo conozco algunos de mucha “valía” que cuando llegan a una reunión se envaran y pasean su arrogancia sin ninguna timidez. Y otros, que siendo verdaderos genios, pasan desapercibidos. Pero de todo hay en la viña del Señor. Nada hay tan hermoso como la naturalidad. Sí es verdad que quizás, seamos nosotros los que alzamos al “divo” de turno y olvidamos al que sencillamente no se deja notar aunque sepamos su gran valor personal. Y aunque como bien dices, no nos legue más que una sonrisa amable y una palabra cariñosa. Yo me uno a ti y doy un viva a la gente sencilla que nos regala su amabilidad y su sonrisa sin pedir nada a cambio.
Mil veces prefiero a un tonto humilde que a un genio altivo. Pero si encima el humilde no tiene un pelo de tonto, mejor que mejor, y si además es amable, para qué queremos más.
Por otra parte, la inmensa mayoría de los genios no han editado ni publicado nada, y la inmensa mayoría de los que han editado o publicado, no son genios.
Y hay mucho mito disfrazado de genio, y muchísimo genio anónimo totalmente.
El marketing hace maravillas en esto de la creación de mitos.
Idò yo, tenía un amigo que sólo sabía ser amable y positivo y a mas a mas era bueno,en donde trabajaba iban clientes que se sentían muy geniales y siempre le contaban sus vidas más geniales y mejores aún, otros eran más serenos y escuchaban las sugerensias de Miguel y disfrutaban de su atensión por todo, eran muy sensillos y discretos no llamaban nada la atensión entre los demás, cuando mi amigo se jubiló, pués lo único que pasó es que al día siguiente no fué a trabajar y ya está, pero…aquellos amigos tan discretos que paresía que no querían molestar nunca, idò le hisieron una sena fabulosa de homenaje y le pusieron un escrito en el periódico dando las grasias a una bonita persona ¡que te parese! eso vale mucho.
hola a todos!!!!!! yo solo entro para decirle al duende q con esa manera de escribir yo me pasaria el dia leyendo (si no tuviera q currar ..claro) pero gracias a el conozco otras facetas de personas q no estan en mi entorno…..besos
Son muchas las personas que caminan por ahí, amables, positivas, bondadosas e inadvertidas la mayoría de las veces, como hormiguitas van haciendo su tarea diaria con amor y buenos sentimientos. Alguna vez he oido el comentario “eres tonta, nadie te lo va a agradecer” o ” no seas tonto tienes que ir a lo tuyo” refiriendose a esa calidad humana, de cualquier modos ellos siguen con su labor dedicada y natural. Creo que como bién dice el Duende, podríamos cambiar el contenido de las expresiones anteriores por “valoro mucho lo que haces”, “gracias por tu ayuda”,”me alegro de concerte”…
De este hombre sólo recuerdo haber visto aparecer su nombre en algún libro de texto, sin más referencias. Si fue moderadamente feliz, ya es más que bastante.