Otro cuento de invierno

Bosque invernal

(Foto de vegas

Había un bosque milenario de grandes árboles. Los árboles estaban cubiertos de una gruesa corteza, tapizada de musgo y líquenes. Cuando el niño protagonista  -Caperucita, Pulgarcito o quien fuera- se perdía, los árboles se transformaban en caras fantasmales de tétricos viejos que les asustaban. (En los fumettis que salían de sus bocas imaginadas se leía:  Uuuuuhhhh….¡Ahhhh!) Las víctimas de aquella ceremonia del horror musitaban un ¡Gulp! y corría despavoridas. Los árboles humanizados fueron plasmados después magníficamente en la versión filmada de El señor de los anillos, trilogía que me hubiera encantado descubrir en los libros, en el cine y en la edad de la inocencia. Vista en televisión sin ser doctor en Tolkien, entre el teléfono, las conversaciones, y el lavaplatos funcionando, y con el cerebro ya medio acorchado por la edad, no hay quien la siga. Por eso se quedará el Duende hoy con los bosques de leyenda clásicos: el de Sherwood y los frondosos hayedos del norte.

A menudo soñaba el Duende que, yendo al colegio, cruzaba la calle de Claudio Coello y de repente se veía en el bosque de Sherwood. Allí Robín de los bosques, desayunándose un tasajo de ciervo ahumado con cerveza, le invitaba a hacer una pella y sumarse a su banda. El desayuno le parecía algo extraño, pero también los proscritos de Guillermo Brown, otro héroe al que seguía apasionadamente, tomaban agua de regaliz, jengibre, caramelos de melaza y demás rarezas. Lo de luchar contra el villano Guy de Gisborne -uno de los más abominables malos de su infancia- defender a los pobres que mataban un ciervo del rey tirano para sobrevivir a la hambruna  y vivir en el bosque le seducía al Duende. Bastante más que ir al colegio. Sin embargo le preocupaba la noche. No por el miedo, no, sino por el frío. ¿Cómo se puede pasar una noche de invierno en un bosque de Inglaterra sin morirse de frío?

 La Ley de Murphy aún no había entrado en vigor entonces, pero en cualquier época una situación mala es susceptible de empeorar. De manera que los fríos de Sherwood se quedan en nada si se les compara con los de los relatos de viajes polares que ahora lee el Duende por entretener su mala conciencia burguesa y su condición de viajero sedentario. Kane, Hayes,  Amundsen, Scott, Peary, Nandsen, Johanssen y otros muchos audaces exploradores durmieron a temperaturas de hasta setenta grados bajo cero. Y sin catalítica ni forro polar. Lo cual viene muy bien para engrandecer la figura  de aquellos románticos y, de otra parte, minimizar el pellizco la factura de gas que uno acaba de recibir.

 Que no se enteren Argelia, Rusia, ni los magnates de la energía. Pero al Duende, que pasó tanto frío en las casas donde habitó su infancia, la calefacción y el agua caliente le siguen pareciendo baratos en relación con el inmenso bienestar que aportan. A su amor, uno se siente como el osito aquél que tenía su cabaña en el tronco de un gran árbol. Lanzaba el invierno  sus primeras cuchilladas y el osito abría la puerta de su refugio, se metía en su cama  de estilo tirolés y, hundiendo su cabeza en un mullido cuadrante y tapado por un edredón cerraba los ojos para hibernar en un prolongado sueño.

Imagen imborrable para el Duende. Él tenía que madrugar para volver al cole recorriendo las gélidas calles, y si le hubieran pedido entonces que describiera el cielo apuntaría al oso. Pero me consta que éste, durmiendo, soñaba que era duende. Y que despertaba, acuciado por su responsabilidad frente los amigos de su blog. Y entonces saltaba de la cama y se ponía a escribir este otro cuento de invierno.  

13 Respuestas a “Otro cuento de invierno”


  1. 1 Bob de Ca's Barber Enero 21, 2008 a las 9:04 pm

    Nosotros teníamos un pino de invierno, que paresía normal de vista pero tenía como una ventanita de madera justo en el suelo al pié de sus raises, si la podías abrir, no siempre podíamos, el pino lo tenia que desidir, podías entrar y estaba lleno de laberintos que no sabias a donde ir, podias sircular por sus raises! hasía un olor fabuloso y en algunos trosos si te tirabas patinabas como un loco hasia abajo, como en esos toboganes de los parques de agua, con unos “lupins” a toda velosidad, fiuuu,fiuuu…y venga a reir. Cachistot! cuando mejor lo pasabamos, enga a levantarse que hay que desayunar pa ir a las monjas, escucha que fastidio, siempre les he tenido una rábia por dentro! :)

  2. 2 maribel Enero 22, 2008 a las 8:12 am

    Hola a todos!!! querido duende…a mi tambien me an seducido muchos esos bosques de Inglaterra y Escocia y la verdad esque despues de visitarlos aun me gustan mucho mas!!!!!pero te ACONSEJO que inteste ver la trilogia del señor tranquilamente es :::EXTRAORDINARIA!!!! Pero eso si la mas pesada la 1 si ves rimeo la segunda y la tercera que es la mejor!!! entonces consigues ver la 1… besos

  3. 3 Trini Enero 22, 2008 a las 9:53 am

    Lo malo de crecer fue enterarse que no había Lejano Oeste, o que Robin Hood no existió y qué Ricardo Corazón de León, además de no ser modelo de gobernantes, hablaba inglés muy malamente, por ser generosos. Lo bueno, que los dichosos leotardos que picaban y se caían, con los que las madres de estos pagos trataban de paliar, en lo posible, los gélidos fríos para los que las faldas de los uniformes escolares no valía, se transformaron, ¡por fin! en pantalones. Y también poder conocer Sherwood, y ya puestos, la Escocia de Rob Roy, David Balfour y el señor de Ballantree.

  4. 4 Zoupon Enero 22, 2008 a las 10:36 am

    Como dice el Duende, no valoramos en su justa medida lo que es tener calefacción y agua caliente, nos hemos olvidado demasiado pronto de los pies permanentemente fríos, propios y de la parienta, y de los sabañones, y de las incontables mantas que cubrían los lechos siempre húmedos, y de ver el vapor de nuestro aliento dentro de las casas. Y de otro montón de privaciones que sufrieron nuestros antepasados.
    Yo siempre he creído que si mi bisabuelo reviviese de repente fliparía con la televisión, con las calculadoras, los helicópteros y los desfibriladores, pero sobre todo se quedaría asombrado con las estanterías del Carrefour siempre llenas de cosas, aunque hay siempre un montón de gente llevándoselas. Le parecería que el mismísimo Cristo “in person” está en la trastienda multiplicando los panes y los peces, y los cornflakes, y las latas de fabada, y los botes de suavizante, y los cedés de Camela, que no hay dios que los abra…

  5. 5 José Ramón Enero 22, 2008 a las 12:39 pm

    La trilogía del Señor de los Anillos es muy bonita y todo eso, pero me gustaría que alguien me explicara para qué servía al final el dichoso anillo. Para mí que era todo un bluff.
    Yo no sabía lo que era un bosque de matorral hasta que no lo vi en Pancorbo y cercanías. Es completamente impenetrable. Hay unos senderillos hechos por el ser humano, pero no puedes salirte de ellos. Al final coronamos y vimos los buitres y el corte del río. Qué preciosidad.
    Yo creo que las zonas con bosque tienen una literatura especial. Los mitos, leyendas y ensoñaciones de las gentes boscosas no tienen nada que ver con las de las gentes mesetarias y estepeñas. Andando por el bosque lo entiendes.

  6. 6 wallace97 Enero 22, 2008 a las 1:22 pm

    Siempre he dicho que desde que existe la calefacción, el agua caliente, las lavadoras y los frigoríficos, se debería haber detenido el “progreso” hasta que todos, absolutamente todos los habitantes de la tierra pudiesen disponer de esos cuatro elementos en sus casas. Para ello, claro está,lo primero que hace falta es que todos tengan una casa.

  7. 7 candela Enero 22, 2008 a las 5:04 pm

    me gustaría saber contar las cosas como el Duende…las siento igual pero ni las sé contar, ni encuentro las palabras justas para describir. Que se le va a hacer!

  8. 8 Palinuro Enero 22, 2008 a las 5:35 pm

    Yo también guardo recuerdos del frio que pasé en a infancia, pero no quedé traumatizado. Simplemente los sufría como algo inevitable. Cuando no tienes término de comparación admites lo que sucede a tu alrededor sin más. El sentido del confort lo adquieres después, cuando tienes la oportunidad de disfrutarlo y, por lo menos los de mi generación de infancia de posguerra y de familia de clase media que salía adelante con lo justito, solo accedimos a las comodidades que hoy nos parecen irrenunciables cuando nos emancipábamos y salíamos de casa. En mi caso, por cierto, bastante tarde.

  9. 9 julian29 Enero 22, 2008 a las 7:40 pm

    Si quereis ver un bosque precioso, teneis que ir a el bosque de Irati, en el norte de Navarra, entre los valles de Aezkoa y Salazar. Es un lugar precioso, mágico, sublime. Los colores que refleja en otoño son magníficos, y uno se espera que, en cualquier momento un elfo salga de detras de un arbolito, y haga una de las suyas…
    Lo que suele aparecer, es un ciervo, o un jabalí.

    http://www.irati.org/

    Pasaros despues por el pueblo de Ochagavía, un pueblo pintoresco, al lado de un rio vivaracho y tomad algo en cualquiera de sus tascas o restaurantes. Toda una experiencia. No dejeis de provar la cuajada casera, pero cuidado la ración normal la sirven en una ensaladera mediana. Hay que comprar tambien un queso de Idiazabal o Roncal, que se venden por esta zona.

    http://www.ochagavia.com/

    Que lo disfruteis.

    Saludos,

    Julián.

  10. 10 Gervasio Enero 22, 2008 a las 8:41 pm

    La verdad que este bonito cuento de invierno pronto será una añoranza. Para pasar realmente frio como hace decadas, tendremos que marcharnos a ese pueblo de la Siberia rusa, Oymyakon, donde se alcanzan hasta -71,2 ºC.
    El progreso, compatible con el medio ambiente y con un mínimo de ética, es necesario y consustancial al ser humano, pero como bién dice Wallace, es fundamental que sus consecuencias y resultados abarquen a todos nuestros semejantes.
    Querido Duende: creo que ese osito en que se convierte cuando duerme, es el que le inspira estas magnificas historias que nos ofrece.

  11. 11 Adela Enero 22, 2008 a las 11:27 pm

    El único bosque que yo he conocido a fondo, es el pinar de la Residencia en una zona turística actualmente creo que es el único que queda, antes toda la zona era un pinar. En el que menciono, hice todas las cabañas habidas y por haber, incluso las de los chicos contra las chicas, ¡madre mia! ellos venían y arrasaban con todo las cortinitas, las cacerolas y las camitas de los muñecos hechas con trapos. Vamos que las matas, los pinos y todo lo que állí vivía nos enseñava a vivir jugando :)

    Contra el frio reivindico la bolsa de agua caliente, el mejor invento para los pies frios. Mi amigo Thomas dice que no le gusta porque parece un abuelo, ¡pués que pase frio! en Müller las venden con forro polar, también son mis mejores amigas :)

  12. 12 Adela Enero 22, 2008 a las 11:32 pm

    He olvidado decir a Wallace que es muy justo lo que dice, me parece muy sensato aunque el progreso del que hablamos me parece que no es el que se desarrolla, no es precisamente el ser humano un ser justo en ninguna medida, si lo fuese aprenderia más de la naturaleza y menos de si mismo.

  13. 13 Angelus Pompaelonensis Enero 25, 2008 a las 1:09 am

    Progreso, cuento y bosque. Me iene a la memoria, una vez más, la fraga de Cecebre. El cuento del poste telefónico, aquel árbol tan serio, entregado a la ciencia, frente al coro de árboles talludos y juguetones como niños, es delicioso y viene que ni pintado.

Escribe un comentario




Duendes suscritos:

Suscripción

Suscripción por email

Podcast:

Escucha La Carcajoda, con Capitán

TV en internet:

Publicaciones:

PARAÍSO DE HOJALATA
Una Infancia de Hojalata

Blog Stats

  • 253,669 hits