
(Foto de Vagamundos)
En una de película de aquellas que el entrañable jaimito del cine español llamado Manolo Summers tituló Tó el mundo es güeno se veía la siguiente secuencia. Un ciudadano en aprietos se metía en un urinario subterráneo de los que antes había en las calles de Madrid. Cuando, con la bragueta ya semiabierta, bajaba el último peldaño de la escalera y giraba para enfrentarse a la pared adecuada, se daba de bruces con un espectáculo aterrador. En el centro del urinario había un ataúd con su muerto dentro, un crucifijo y unos candelabros fúnebres. Como es lógico, el ciudadano olvidaba sus necesidades, se daba la vuelta y huía despavorido.
Semejante broma hoy no sería posible. Quedan en Madrid pocos urinarios públicos gratuitos de este tipo. Que el Duende recuerde, tan sólo en el Parque del Retiro, y abren las horas justas. Hay otros instalados en unas grandes cabinas, pero cuestan unos céntimos de euros, y no todo el mundo está acostumbrado a pagar por aliviarse, aunque sea a resguardo de mirones indiscretos y de buscones de sexo. Cuando en el siglo XIX el Duque de Sesto fue nombrado alcalde de la Villa y Corte, y se sacó de la manga un bando que imponía una multa de dos reales por orinar en la vía pública, la reacción del pueblo no se hizo esperar en forma de airada cuarteta:
¿Dos reales por mear?
¡Pero qué carajo es esto?
¿Cuánto querrá por cagar
el señor Duque de Sesto?
No hay más que leer las novelas o las películas El perfume o Alatriste para darse cuenta de que lo de hacer aguas en la calle era entonces tan inocente como aún lo sigue siendo para muchos tirar las colillas. Mas los tiempos cambian. También las pipas y las chufas que la pipera servía a mano nos las comíamos sin remilgos, y las bolas de anís entraban en nuestra boquita sin un miserable celofán que las protegiera de la contaminación. ¿Lo permitiría ahora el Ministerio de Sanidad y Consumo? La pregunta es entonces por qué los responsables de la salud pública no arremeten contra esta guarrada indecente de utilizar las calles como retrete. Ser inmigrante o joven botellonero de voto interesante no da derecho a todo. Si acaso, se podrá consentir con el indigente. Pero no con el vago desconsiderado, con el que se cisca literalmente en el derecho a la higiene pública que pagamos todos, y con el cerdo que ni respeta a los demás ni guarda un cierto decoro público. Leña al mono a los Hannover y otros meones urbanos.
Hace sólo nos días, y en plena Gran Vía de Madrid, el Duende vio a las doce y media de la mañana a uno de estos poetas hisopando con su pestilente orina la pared de un quiosco de la ONCE. Como si no hubiera nadie en la calle a esas horas. Lo vinculo ahora al exhibicionismo gratuito de ese nuevo fichaje del Valencia, que para arreglar la situación del club se ha estrenado colgando en internet unas imágenes suyas masturbándose ante una web cam. Qué bonita y edificante muestra de la libertad de de expresión. O témpora, o mores!, clamaba Cicerón añorando otros tiempos de mejores costumbres. Porque lo peor no es que se haya perdido el sentido del pudor. Lo peor es que nos está matando el sentido del hedor.

Pasado el tiempo de jolgorios, el Duende se adentra hoy en teologías delicadas. Para empezar ha llegado a la conclusión de que uno de los grandes inconvenientes de ser Dios es que hay acreditar sabiduría absoluta. No es moco de pavo.
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