Archivos para 9 enero 2008



Sentido del pudor y sentido del hedor

Meando en la calle

(Foto de Vagamundos)

En una de película de aquellas que el entrañable jaimito del cine español  llamado Manolo Summers tituló Tó el mundo es güeno se veía la siguiente secuencia. Un ciudadano en  aprietos se metía en un urinario subterráneo de los que antes había en las calles de Madrid. Cuando, con la bragueta ya semiabierta, bajaba el último peldaño de la escalera y giraba para enfrentarse a la pared adecuada, se daba de bruces con un espectáculo aterrador. En el centro del urinario había un ataúd con su muerto dentro, un crucifijo y unos candelabros fúnebres. Como es lógico, el ciudadano olvidaba sus necesidades, se daba la vuelta y huía despavorido.

Semejante broma hoy no sería posible. Quedan en Madrid pocos urinarios públicos gratuitos de este tipo. Que el Duende recuerde, tan sólo en el Parque del Retiro, y abren las horas justas. Hay otros instalados en unas grandes cabinas, pero cuestan unos céntimos de euros, y no todo el mundo está acostumbrado a pagar por aliviarse, aunque sea a resguardo de mirones indiscretos y de buscones de sexo. Cuando en el siglo XIX el Duque de Sesto fue nombrado alcalde de la Villa y Corte, y se sacó de la manga un bando que imponía una multa de dos reales por orinar en la vía pública, la reacción del pueblo no se hizo esperar en forma de airada cuarteta:

¿Dos reales por  mear?

¡Pero qué carajo es esto?

¿Cuánto querrá por cagar

el señor Duque de Sesto?

No hay más que leer las novelas o las películas  El perfume  o Alatriste  para darse cuenta de que lo de hacer aguas en la calle era entonces tan inocente como aún lo sigue siendo para muchos tirar las colillas. Mas los tiempos cambian. También las pipas y las chufas que la pipera servía a mano nos las comíamos sin remilgos, y las bolas de anís entraban en nuestra boquita sin un miserable celofán que las protegiera de la contaminación. ¿Lo permitiría ahora el Ministerio de Sanidad y Consumo? La pregunta es entonces por qué los responsables de la salud pública no arremeten contra esta guarrada  indecente de utilizar las calles como retrete. Ser inmigrante o joven  botellonero de voto interesante no da derecho a todo. Si acaso, se podrá consentir con el indigente. Pero no con el vago desconsiderado, con el que se cisca literalmente en el derecho a la higiene pública que pagamos todos, y con el cerdo que ni respeta a los demás ni guarda un cierto decoro público. Leña al mono a los Hannover y otros meones urbanos.

Hace sólo nos días, y en plena Gran Vía de Madrid, el Duende vio a las doce y media de la mañana a uno de estos poetas hisopando con su pestilente orina la pared de un quiosco de la ONCE. Como si no hubiera nadie  en la calle a esas horas. Lo vinculo ahora al exhibicionismo gratuito de ese nuevo  fichaje del Valencia, que para arreglar la situación del club se ha estrenado colgando en internet unas imágenes suyas masturbándose ante una web cam.  Qué bonita y edificante muestra de la libertad de de expresión. O témpora, o mores!, clamaba Cicerón añorando otros tiempos de mejores costumbres. Porque lo peor no es que se haya perdido el sentido del pudor. Lo peor es que nos está matando el sentido del hedor.

Una tomadura de cabello

A esa especie de ovillo de hilo de azúcar enrollado en torno a un palito que vendían antes en las ferias -verdad es que hace tiempo que no lo veo- le llamaban barba de papa. Le hacía gracia al Duende tal nombre. Cree que es muy risueña la metáfora inocente que evoca esa especie de nube dulce. Aquella barba, o nube, se engullía fácilmente, pues, como casi todas  ellas, contiene sobre todo aire. Más tarde descubríó el Duende a un elefantito de comic infantil que se llamaba Barbapapá. Y los tres conceptos, la barba, la nube y el  elefantito de mentirijillas juegan en su imaginación como las tres bolas que el malabarista hace circular entre sus manos. Son  postit amables que quedan en el blanco de la memoria. Bromas de los fabricantes de golosinas que, cosidos a un tropo chispeante, provocan una sonrisa.

No le pasa lo mismo al Duende con el cabello de ángel. Y bien que lo siente por nuestro amigo Bob de C´as Barber, pues buena parte de las grandes ensaimadas que compra el turista en sus islas vienen preñadas de él. Del cabello, no de Bob, obviamente. Y es una pena, porque la masa de la ensaimada mallorquina es una gloria, tan sólo estropeada por la presencia de esa capilaridad alada que maldita la falta que hace ahí. Así como el que bautizó a la barba de papa le parece a uno un tipo ingenioso, del que consagró esa pastorra dulce de calabaza como cabello angélico sólo puede decir que es un cursi. Comprendo que es duro decirlo así, pero este blog no puede poner paños calientes eternamente a desafueros de leso buen gusto. Y el cabello de ángel es eso: un ataque al buen gusto. Y lo siento, Bob, porque dulsesito dulsesito no lo hay más.

Lo peor es que no sólo es cursi el nombre del cabello de ángel, sino el propio dulce. A un ministro de hacienda de Franco que se llamaba Cabello de Alba, el Duende le dijo siempre Pelo de Madrugada. Aunque es difícil amar a un ministro de hacienda, y menos de Franco, el Duende creía que con esas palabras le llamaba con más propiedad que diciendo su apellido original, pues quizás el hombre no merecía tanta cursilería. Por el cabello de ángel no puede tener tal consideración: para el cabello, está el pelo, pero un ángel sólo puede ser ángel.

No se habla nunca de eso, pero  creo que entre los derechos humanos debía de estar el  de que cada quisque pudiera crear su propio infierno. Del mismo modo que en el infierno de una película de Woody Allen  arrastraba su cadena el inventor de los muebles de metacrilato -con bastante razón, por cierto-, en el infierno del Duende purgan sus pecados los inventores del cabello de ángel. También los fabricantes de los bombones de licor, sobre todo si son  de esos rellenos de Calisay.

Y siente el Duende ponerse tan iconoclasta. Pero había que escapar del empalago que estragaba a este blog después de casi un mes de dulce, larga y casi interminable Navidad.

Y mañana a currar, que se acabó la fiesta.

Señor, ¿qué hacemos con las sorpresas del roscón?

 Pasado el tiempo de jolgorios, el Duende se adentra hoy en teologías delicadas. Para empezar ha llegado a la conclusión de que uno de los grandes inconvenientes de ser Dios es que hay acreditar sabiduría absoluta. No es moco de pavo.

A continuación vendría la gran cuestión, el arcano por antonomasia, la prueba definitiva de que esa abstracción tan maravillosa que es ese  ens a se, no ab alio  (padre José María Unzueta dixit) es una verdad, y no una patraña. Atención, teólogos, pensadores y filósofos, que aquí os queremos ver. Si existe Dios, y éste posee la sabiduría absoluta…¿sabe qué carajo hay que hacer con la legión de sorpresas de roscón de Reyes que se van acumulando en los cajones a lo largo de una vida?

Hubo un tiempo en que estas figuritas que señalan caprichosamente al comprador del próximo roscón eran de cristal, y tenían cierto encanto. También entonces España era más pobretona, y se consumían menos roscones. Pero de un tiempo a esta parte reina en estas fechas el furor rosconero. Los obradores y reposterías de prestigio se estiran en grandes colas de consumidores ávidos e inasequibles al desaliento, como si fueran clientes adictos a la lotería de La Bruja de Sort o a la de Doña Manolita. O como si el kilo de esa codiciada pieza no lo cobraran a precio de cojón de mico, que es por el que los  reposteros despabilados han decidido tasar esta pieza de bollería. Reyecitos, vikingos, piezas de nacimiento, focas, sirenas,  vacas, patitos,  caballitos de mar, mariquitas, tortugas, tigres, hadas, gnomos, ranitas, burros, enanos, guerreros, robots, magos…Cada uno de su padre y de su madre.

En el caso del Duende, todos acaban en el cajón de los horrores, donde uno ha ido acumulando los regalos que doña María llamaría suntuarios, y que pretenden ser un recuerdo, un homenaje o un testimonio de gratitud por este o aquel programa de radio que hicimos allí. Una metopa de esta universidad, una bandejita de plata (de la gata) donde consta que fuimos pregonero de unas fiestas, una placa de bronce, una reproducción en pequeña escala y en estilo más que relamido de la estatua emblemática de la ciudad, un pisapapeles de metacrilato… Horror inútil tras horror más inútil todavía. Ahí reposarán  años, hasta que un día nos de un ataque, cojamos un taxi y pidamos que recorra toda la ciudad con las ventanillas abiertas para ir tirando por ellas, sin que se note que somos iconoclastas hipocondríacos, todas las bobadas insignes que la gente y las instituciones se empeñan en regalar aunque nadie sepa qué hacer con ellas.

Por qué y para qué se hacen estas cosas. Y cuál es la responsabilidad que ante ellas compete al consumidor responsable.   Ay, Señor, qué sinvivir más tonto. Ilumínanos, tú que lo sabes todo. Y ya que eres todopoderoso, convence a los reposteros de que inventen otra cosa, o  muéstranos si no el camino para que tanta sorpresa de roscón horrenda y estúpida no nos haga enloquecer.

De regalos y otros homenajes de reyes

 Se adelantó en un día a los tres colegas de reinado más largo de la historia, y vio la luz en Roma hace ahora setenta años. Su etapa debe de ser ya de las más largas en nuestra agitada historia. A muchos, cuando Franco le dio el visto bueno, les parecía tonto. Pero él conocía sus limitaciones y asimiló bien las reglas del juego. Teniendo en cuenta que antaño un monarca era un dios, don Juan Carlos ha dado muestras de ser mortal. Con sus flaquezas y debilidades. También con su s aciertos, y su corazoncito.

Cada día que pasa su estampa se parece más a los retratos que Goya pintó de sus antepasados, fundamentalmente de Carlos IV y Fernando VII. La mirada azul, la color sonrosada, la papada y los mofletes de los borbones. Los españoles esperan, estamos seguros de ello, que las similitudes se quedarán en los rasgos físicos: marchemos todos, y vuestra majestad el primero, por la senda constitucional. Y, si no le sirve de molestia,   tenga la bondad de no caer jamás en lo que hizo indeseable a vuestro antepasado Fernando el Deseado.

 Después de su annus horribilis, le sorprende al Duende la lluvia de elogios que  el rey recibe con motivo de su setenta cumpleaños. Sobre todo los que proceden de sectores tradicionalmente republicanos. Se han escuchado impresiones de Carrillo, de Alfonso Guerra, del cantautor Víctor Manuel, de la actriz María Galiana, de Adolfo Domínguez, de Méndez y Fidalgo, los sindicalistas. Sutiles ditirambos: como si el rey fuera un regalo de reyes para todos. Si el presidente Azaña los hubiera escuchado, habría sufrido un ataque de pelusa. Desde la Declaración  de los Derechos Humanos la monarquía no se tiene de pie en un mundo razonable. Pero quizás don Juan Carlos es más que un rey. Su importancia, entre bromas y veras, la subraya la falsa reina Isabel de Inglaterra que, de la mano de James Loyalrock -Jaime Peñafiel fuera de la corte de San Jaime- dialoga con el Duende en la radio. Lo grande es estar en los sellos, en las monedas, en las tazas de te, en los posavasos, en las cajas de bombones y en otros souvenires. Los reyes españoles son más comedidos, y no practican el exhibicionismo del merchandising desatado, pero también son símbolo. Y gracias a su sonrisa, su oficio y su buena planta -quizás también al famoso por qué no te callas- España es conocida en todo el mundo y cae bien en buena parte de él. El Duende sabe que lo suyo es elegir al jefe del estado, pero está encantado de que el rey  de España le quite ese cuidado. Por muchos años: otros que sí elegimos en las urnas nos han dado mucho peor resultado.

Pero estos asuntos de reyes no lo son todo en estos días. Ayer hubiera cumplido ciento un año la madre del Duende. Fue una mujer brava, como casi todas las de su tiempo, y le parió sin sobreesfuerzo alguno a los cuarenta años. Aún vendría otra hija, bien conocida en este blog, seis años después. Y qué pensaría al ver a su hijo convertido  ahora en un estilita del mundo digital: meditando casi todos los días, lucubrando naderías, elucidando disparates, barajando recuerdos.

 Otro cuatro de enero nació Ramón Garrigues Calderón, sobrino querido que hoy es un orondo arquitecto casado con Paz,  y padre de una criatura  bautizada como Javier Ramón, y conocida como Jamón, nombre de fusión muy propio para una familia de infalible apetito que nos gusta a todos. Y creo que un año antes llegaron Borja y Álvaro, unos parientes gemelos a los que el Duende regaló por nacer un par de orinales con cabeza de patito, porque uno no recuerda cómo aprendió ciertos menesteres, pero cuánto mejor sentarse a evacuar con la ilusión de montar en tiovivo que con la penosa sensación de ir al paritorio. Es una idea de última hora para los que aún no sepan elegir un original (u orinal) regalo de reyes.

Y se deja el Duende el asunto del roscón. Pero le está esperando uno recién salido del horno, así que de eso hablaremos mañana. Entretanto ¡vivan los Reyes Magos!

Que el rey Baltasar sea negro de verdad

 ¿Era el Duende un observador precoz? ¿O es que los mayores nos tomaban por tontos a los niños de entonces? De no ser así…¿por qué nos presentaban  como rey Baltasar a un concejal  de finos labios y ojos claros  con el rostro tan mal embetunado?

 Pobre Baltasar de guardarropía. No sabía lo ridículo que quedaba cuando estiraba sus brazos para acoger al niño de turno y éste veía por el cuello del sayal una pechuga blanca como la bechamel de una croqueta. Qué farsa, qué desprecio por el mito. Y todo por la vanidad de subirse a un camello, sentirse aclamado por la multitud, desfilar en una cabalgata junto la banda de música y las majorettes y ser entrevistado en la tele autonómica correspondiente. Apunten frases originales que escucharemos de su boca este sábado: todos los niños de ……..(aquí debe ponerse el nombre de la ciudad o pueblo correspondiente) han sido buenos. Y  hay juguetes para todos ellos. ¡Pero deben seguir obedeciendo a sus papás y haciendo los deberes!, ¿eh? No hace falta ser Demóstenes para decir tales sandeces. Sólo se precisa ser concejal  y que te toque esta disputada prebenda.

La verdad, no se si llevar el asunto al Defensor del Pueblo. Y pedirle que, por respeto a la reza negra, al mito de los Reyes Magos y a los niños,  se prohíba a los concejales chalanear con el papel de Baltasar para que éste recaiga en un negro de verdad  Hace cincuenta años aún cabía el pretexto de que no había tantos en España. Pero en la aldea global ya no hay necesidad de imposturas, porque cualquier localidad tiene negritos en  abundancia. Inmigrantes o no, estarán encantados de ser objeto de una discriminación positiva. Aunque sólo sea para la tarde de un cinco de enero.

La iniciativa no es baladí. Por una parte,  ayudará a que los niños sigan creyendo en los Reyes Magos. Por otra, a que no pierdan prematuramente la fe en los munícipes y, más aún, en la especie humana. Porque a ver quién entiende que primero se les ofrezca los papeles y luego se les niegue el único que de verdad merecen sólo por su color. Antes de que sean Angelitos negros, como cantaba Machín, dejemos que sean el rey negro que cuenta la tradición.

 Y que nos traiga a todos el regalo soñado.  

Pequeñas cuestiones encadenadas

 Me lo pregunta uno de los suscriptores del blog: ¿por qué los avisos de nuevas entradas aparecen en su correo escritos como si fueran un jeroglífico? A buena parte va a dar. ¡Si uno supiera la razón de todos los misterios, las travesuras, las jugarretas, las canalladas, las trampas, por qué no decirlo, las putadas que le hacen la informática, internet, los virus, los hackers, las nuevas tecnologías y hasta el sursum corda! La teoría general compete explicarla a los expertos en estas artes diabólicas del siglo veintiuno. La informática, especie de cuadratura del círculo, madre de casi todas mis desgracias desde que asomé al ordenador. Aún no entiendo cómo una tecnología tan escurridiza y vulnerable puede mover el mundo.

Hablando de mundo. El llamado duende del Duende se fue de vacaciones a Shanghai, y nos dejó compuesto y sin ilustraciones. Esto no tiene nada de singular, pues ahora no hace falta ser Marco Polo para llegar tan lejos. Lo sorprendente es que apenas llegado saliera a la calle y en el primer paseo se diera de bruces con mi amigo Emilio Aleman de la Escosura. Ya se sabe, el mundo es un pañuelo. Emilio es uno de los camellos que introdujo al Duende en la drogadicción por los juguetes de hojalata antiguos, una perdición. Además de experto en esa materia, Emilio es navegante y algo así como alférez de navío tardío, pues ingresó en marina a través de no se qué escala especial después de haber sido ácrata, chamarilero, bohemio, anticuario y  trotamundos. Tanta aventura alternativa para acabar de patrono en el Museo Naval y, por añadidura, oficial del más tradicional de nuestros gloriosos ejércitos. Ya nada ni nadie es lo que era hasta el final. El tendero de la pequeña tiende de comestibles que abastece al Duende se lo confirmó.

- Porque usted me ve detrás del mostrador -le advirtió un día- pero yo lo que de verdad soy es barítono. Y el jueves me voy a Murcia para  cantar Doña Francisquita.

Tomo nota, porque de estas cosas se alimenta la musa. O mejor dicho, quería el Duende más bien, tomar nota, pero no pudo ser. Echó mano al bolsillo interior de su chaqueta  y cuando quiso coger su portaminas Faber Castel 07 éste había desaparecido. Y no se cuántos van ya. Otros pierden cajetillas, agendas, paraguas, gafas, IPODS, llaves, y hasta imperdibles, que ya es difícil. Pero el Duende, que adora los portaminas, los pierde indefectiblemente, unos por dejadez suya, y otros porque los muy puñeteros se desprenden, te dejan su perchecita en el bolsillo  y se escurren por los infiernos sin querer saber nada de ti.

Y lo peor no es eso. Sino quedar expuesto a esta pequeña tragedia más del absurdo, que no es grave, pero sí tan irritante como la informática y como todo lo que no se puede explicar. ¿Por qué? -se rebela el Duende. ¿Por qué me pones otra vez con  esta cara de gilipollas preguntándome por qué pierdo tantos portaminas? ¿Es que ya no quieres que pinte nada, Señor?

Silencio absoluto como respuesta. La de cosas que aún le quedan a uno por entender. Y lo inquietantes que resultan para quien cree que todo tiene su razón de ser.

Fin de año entre sol y nieblas

 El invierno tiene estas cosas, que avisan los hombres -también las mujeres- del tiempo. Cuando el anticiclón es tan persistente como el que nos ha tocado, se dan fenómenos de inversión térmica. O sea, más frío en el llano y en el valle que en las cumbres, niebla abajo mientras luce el sol esplendente arriba.

Desde la ladera sur de la sierra de Gredos, justo bajo el pico Almanzor, que es la altura máxima  del sistema central, el Duende divisa normalmente tres comunidades autónomas. Algo de  Castilla y León, Castilla la Mancha al otro lado del Tiétar, y a la derecha de su observatorio, Extremadura. Pero las tres son estos días un mar blanco rompiendo sus olas contra las montañas que se pierden hacia el oeste. Visualmente, la sierra hace el oficio de acantilado. Hasta los quinientos metros de altitud, niebla. Por encima del colchón algodonoso, sol. Así hemos pasado de un año a otro, y lo cuenta el Duende porque no es mala metáfora de lo que nos dejó el que se va y lo que cabe esperar del que llega. Siempre vivimos entre sol y nieblas.

Recuerda el Duende cómo las brumas del destino borraron en 2007 algunas vidas amigas. Por ejemplo, la de Pedro Gamero del Castillo, que fue el primer cliente que se asomó por su agencia de publicidad cuando en 1985 ésta abría sus puertas, y que encontró la muerte en el quirófano cuando buscaba mejorar su nada mala vida. Vivía como un duque, pero bajo su papel de gran ejecutivo empresario latía un corazón sensible y refinado. Fue uno de los pocos amigos con los que practicó esa costumbre tan demodé de intercambiarse versos: le agradeció el Duende un rasgo de amistad con un soneto y le respondió Pedro con otro suyo bastante mejor. Sorpresas te da la vida, pues  no imaginaba que un hombre sentado en tan altos sitiales tuviera ni tiempo ni ganas de poesía. De eso le sobraba a María Antonia Valls, otra entre los desaparecidos que se quedaron en el año fenecido. Como los once años de radio en RNE, donde conocieron al Duende buena parte de los que asoman por aquí. Pasaron esos años, y al final tampoco pasó nada. Nunca pasa nada, decía una novela de Eduardo Mallea que leyó el Duende cuando en la edad en la que no se perdona un libro. Todo pasa y todo queda, precisa Antonio Machado…¿Nos quedamos con la media ponderada?

Pues al cabo, sin el final de tantos años de radio pública, no habría nacido este Duende privadísimo que sigue conectando y descubriendo amigos. Frente al inexorable tempus fugit, hagamos por el carpe diem. Mientras sonaban las doce campanadas, la pequeña Marina, vestida de fiesta para la ocasión, miraba estupefacta a los mayores engullendo como pavos las doce uvas de la suerte. Y el Duende abuelo, embobado, miraba a la mirada ingenua que empieza a descubrirlo todo. Siguiendo el consejo del clásico, aprovechaba el momento, vaya si lo aprovechaba.

Martes 1 de enero de 2008. Por aquí seguimos entre sol y nieblas. No hace falta ser adivinador. Sabemos que las nieblas se disiparán, y siempre nos quedará el sol.

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