Archivos para Febrero 2008

No es país para duendes

 Los de la generación del Duende suponen que a través del cine veían el kaleidoscopio de la vida. Siempre expectantes, ilusionados y envueltos en el olor de ozonopino, se asomaban adonde nuestro yo y  nuestra circunstancia nunca podían llegar. Se veía la vida soñada en la mayoría de las comedias amables que producían los grandes estudios. Y la vida tal cual era, en escenas como las que pintó con extraordinario vigor y  amargo encanto el neorrealismo italiano. Ya no debe de ser así. El arte, en general, se ha hecho tan áspero como la propia sociedad de la que bebe. Y hasta en la meca del séptimo arte la Academia parecen olvidarse del cine como fábrica de sueños y apuesta por la cruda, crudísima visión de las miserias humanas. Qué Oscar tan duros de tragar los de este año.

Los cinéfilos consideraban antes a la Academia de Hollywood como un sanedrín burgués y consevador. Y un custodio escrupuloso de las virtudes  esenciales del pueblo estadounidense. Si uno rastrea la lista de Oscar es raro no encontrar en cada año un espaldarazo artístico al espíritu de conquista, al afán de superación, a la solidaridad, a la libertad, al patriotismo e incluso a la valentía para clavar el estilete en los propios defectos. O sea, un premio a los valores nacionales que respiraban en el cine americano.

 Sin embargo parece que han asumido que poco a poco también la creación cinematográfica debe ser un flagelo para las conciencias. Hace unos años, la Academia sorprendió premiando Broubake montains, supuestamente la primera película que presenta una historia de amor entre dos vaqueros. Al Duende no le escandalizó tanto esto como las escenas costumbristas de lo que llamaríamos la América profunda, cromos vivos de un pueblo que predica la felicidad en la más patética mediocridad. Se le quedó grabada especialmente la cena del Día de Acción de Gracias, acaso la fiesta más importante para los norteamericanos. En torno a un enorme pavo, padre e hijo se pelean porque aquél se empeña en mantener encendido el televisor mientras despachan en silencio la pechuga a palo seco. Ni siquiera un farci de frutos o un espeso salsorro que los alegre. Si es así el alma de ese pueblo,  definitivamente, Estados Unidos no es país para duendes.

Tampoco lo es  No es país para viejos, Oscar a la mejor película. Ni Pozos de ambición, la película por la que le han dado el Oscar al mejor actor al británico Daniel Day-Lewis. Ambas presentan, sobre horizontes parecidos a aquellos con los que John Ford hacía obras maestras, una visión estropajosa y despiadada del ser humano en general, y de América en particular. Javier Bardem cumple muy bien su cometido, pero era mucho más destacable su papel de Lunes al sol. El marketing del cine decidió que era su hora y se lo dieron ahora. Los papeles de demenciados entusiasman en Hollywood.

Quizás porque estos americanos también se están volviendo raritos. Tanto, que su vieja factoría de sueños se va convirtiendo en fábrica de pesadillas.

Mariano, la niñita y el asesor

Dando instrucciones a modelos Hay calvos que no lo superan, se plantan en la sesera una cabellera de muñeca de Famosa y se quedan tan contentos. Y, por el contrario, también hay jóvenes de muchos años que se niegan a disfrazar sus canas. Lo normal a una cierta edad es apuntar tripilla cervecera, flacidez muscular, algunas arrugas, algo de alopecia y, naturalmente, el cabello gris o blanco, pero el Duende piensa que no importa: ya está casi todo el pescado vendido. Y si no, recuerda el consejo de Molina, un pícaro limpiabotas de muchos años que había perdido varios dedos en una sierra mecánica, lo cual no le impedía prestar sus servicios en la cafetería Villa Río mientras presumía de sus muchas conquistas femeninas. Menos lobos, Caperucita, le vacilaban los camareros. Y él, muy serio, interrumpía la faena y, levantando el único pulgar que le quedaba, apostrofaba: no sabéis nada…Mientras hay lengua, hay hombre.

Muy inocente, el Duende tomó nota de que para seducir en la edad madura, lo único importante es dar buena conversación.

No se sabe de la labia del candidato Rajoy en las distancias cortas, pero cualquiera con dos dedos de frente concluirá que ciertos arreglos en su imagen como teñirle la barba, tal cual pretendían sus asesores de campaña, no le añadirían ni un solo voto. Si Zapatero va de reformista infatigable, idealista, bien hablado, bello y telegénico, el aspirante debe vender su experiencia de gobierno y la validez de sus propuestas y su equipo. El pueblo sabe que no es precisamente un seductor.

Por eso haría bien en olvidarse de consejos como el de sacar a paseo a su primo, el ingeniero que no cree en el cambio climático, o a la niñita que cerró el primer debate. Los temibles asesores de imagen, que Dios confunda. El Duende colaboró en la campaña del hundimiento de UCD -aquella del gran Landelino Lavilla, inmolado como cordero pascual en un empeño imposible- en la cual también contribuyó un figura cubano con vistosas camisas y tirantes que se lo llevaba crudo por no proponer más que chorradas. Ahora a otro genio de su especie se le ocurrió la postal a la niña. Criaturita, qué poco pintaba la pobre en boca de este sesudo registrador de la propiedad que postula seriedad y orden. Ha insistido en que quiere ser él, y nadie se lo imagina en plan sensiblero imitando la redacción de una estudiante de cuarto de bachillerato, como bien señala en su comentario de hoy Begoña. Para almíbar ya tenemos a repartidores más cualificados.

Y que no se empeñe en seguir atizando al presidente. Mentir o, más exactamente, contar sólo la parte de la verdad que interesa, lo han hecho siempre todos los políticos. Incumplir las promesas electorales es otra forma de faltar a la palabra. Todos se pasan de bocazas. Aunque se teme el Duende que, de otra forma, nunca reclutarían los apoyos necesarios para gobernar.

Y esa es la clave. Cada cual es un quidam distinto. Y si alguien sabe cómo se pueden conciliar los intereses de treinta y seis millones de españoles y dejarles a todos contentos, que nos lo cuente. Porque el maravillos asesor de campaña, antes de que hablen las urnas, hacen lo que aconsejaba Woody Allen: toma el dinero y corre.

(Foto de Simon Pais-Thomas)

Zapatero, entre el biscuit y la gloria

Jose Luis Rodriguez Zapatero

Va a ser verdad que es un Cristo agnóstico, o un Gandhi que en lugar de yogur y cañamones se alimentó de cecina, o el neoignaciano laico impaciente, o Merlín el encantador, o el padre Damián de Molokai redivivo y rebozado en mayo del 68, o el gran Houdini, o la versión moderna del buen samaritano, o un Harry Potter asistente social.

Va a ser cierto que lleva dentro la panacea de todos los males, el secreto de la piedra filosofal, la quintaesencia de la bondad humana, el poder de fascinación del flautista de Hamelin, el germen de la Utopía futura. De otra manera no se entiende que alguien con tan excelentes condiciones para haber sido director de comunicación de una gran empresa, presidente de una cadena hotelera, embajador -aunque necesitara mejorar su inglés-, catedrático de Teoría de las Ideas Justas (entiéndase como se quiera), profesor de arte dramático y declamación, psicólogo para autoestimas decaídas y poeta ganador de juegos florales haya caído en eso tan vulgar que es la política. No se le conoce ningún puesto ejecutivo antes de ser secretario general de su propio partido. Ni siquiera jefe de ventas de un concesionario de Renault. Pero ahora es el presidente del gobierno, que encarna el poder ejecutivo. O sea, es el mandamás. Y, a tenor de los últimos debates, parece que va a seguir siéndolo.

El último elogio se lo ha escuchado el Duende a Lucía Méndez, subdirectora de EL MUNDO. Según ella el presidente Zapatero es, además de referente de virtudes cívicas y sociales, modelo de telegenia, buen orador y portavoz universal del humanismo pata negra. Y, por añadidura, guapo. Esto no se lo habían dicho ni a Adolfo Suárez, que fue buen mozo, ni Felipe González, con sus morritos tan sensuales, ni a Leopoldo Calvo Sotelo, la dignidad de la esfinge que tan bien caricaturizó Peridis. Tampoco se lo habían llamado a José María Aznar, a pesar del morbo que a algunas de sus fans les inspira su cabellera de madelman. Nadie ha levantado la voz llamándole a Lucía feminista por el piropo. Si piropeas a una chica ahora eres un machista, y lo de machista es malo. Pero en cambio lo de feminista tiene connotaciones sociales muy positivas, aunque la fémina considere en este caso lo mismo que los hombres apreciábamos antes en la hembra y ahora nos guardamos por si las flyes. Diga usted que María Teresa Fernández de la Vega es una hermosura de mujer y verá cómo se mosquea el patio. Bueno, quizás tampoco hay que pasarse en el elogio.

Porque hoy éste queda para la figura del presidente Zapatero. Alguien le rebautizó como Bambi cuando apareció en la escena política. Unos dicen que fue Raúl del Pozo, otros que Alfonso Guerra, y Javier Capitán sostiene que fue el Duende impostando la voz de aquél en una jornada de Gran Carnaval. El caso es que, fuera quien fuera su bautista, el inocente cervatillo se esfumó, y aún sin perder la mirada de criatura de Walt Disney se ha resabiado lo suficiente como para levantar sospechas en la otra media España que no le jalea con entusiasmo.

Rajoy, por supuesto, no será menos imperfecto. Pero su falta de telegenia, su mirada extraviada y hasta esa ese que se le deshilacha en la boca juegan en su favor. Con mejor o peor tino, y posiblemente con la misma dosis de demagogia, si convence será a pesar de su falta de encanto. De ese encanto empalagoso que le sobra Zapatero, un político mucho más difícil de batir que lo que en principio sugería su relamida estampa de príncipe de cuento o de figurita de biscuit.

El Servicio de Desesperación del Cliente

Call Centre de risa

Tiene razón el padre Bonete: el mundo hoy vive en un constante sarpullido de lujuria, y la concupiscencia lo invade todo. El Duende sin ir más lejos lo confiesa paladinamente: cuando llama a averías de Telefónica y le contesta la posición 38 no puede dejar de imaginar al operario/a haciendo el numerito con su pareja según las instrucciones anatómicas y ergonómicas que la Guía pormenorizada del Kama Sutra establece para tal posición. Podría atenderle Bonifacio, Pilar o Josefa, pero nadie sabe por qué le atiende una posición, y luego pasa lo que pasa. Todo por hacerlo más funcional y, a buen seguro, ahorrar costes para la empresa.

El diálogo con la posición y el aún más irritante diálogo máquina-sufridor al que nos obliga el odioso contestador automático que hoy se ha impuesto en cualquier servicio de atención al cliente es sólo una muestra. Un ejemplo más de esa falacia de aquel slogan de el cliente por encima de todo. Palabras, palabras, que decía Hamlet. La teoría es bien intencionada, pero aunque la parafernalia para llevarla a cabo es ostentosa y de última tecnología, no basta. Muchos números de teléfono, muchas claves, mucha música amable enlatada, mucho teclear, muchas frases de cortesía, y en ocasiones, mucho reenvío de un departamento a otro para al fin ser atendido por primerizos con contrato temporal a los que el Duende acaba abroncando sin culpa alguna. Se que usted es inocente, y me consta que es una persona encantadora -suele disculparse al final del chorreo- Pero dígale a sus jefes que tenerle a uno una hora y media oyendo a un robot gilipollas y escuchando un hilo musical para avisar una avería es una tomadura de pelo. Más que de atención, es el Servicio de Desesperación del Cliente.

Por lo mismo, y por lo rápidamente que caducan las claves, el Duende ha renegado de la banca telefónica y al uso de la banca por internet. Va al banco y, de paso, saluda a las cajeras, que son muy amables, hace sus gestiones y se limpia los zapatos gratis en un aparato semioculto en el sótano que gasta energía, cerdas y algo de betún con sólo apretar un botón. Y excusen que el Duende calle el nombre de este banco tan filántropo. Es para evitar que la patronal bancaria proceda contra él por la indecencia ética de no cobrar algo. Qué falta de principios.

El tótem que simboliza la falsa apariencia de atención al cliente son las ventanillas, los pupitres o los despachos vacíos en tantas oficinas y establecimientos públicos. Buscan el mismo efecto psicológico que esa misteriosa maleta que, apenas aterrizado el avión, circula en la cinta transportadora de llegadas para que el viajero crea que su equipaje está al caer. Obsérvenla, nunca se la lleva nadie. Como tampoco se llenan nunca las tropecientas ventanillas para el chequeo de los billetes de avión, ni las que atienden en las oficinas de la Seguridad Social, ni las de la Agencia Tributaria, ni las del Registro, ni las de RENFE, ni las de los ayuntamientos, ni las de las empresas que suministran la luz, y el gas, y el teléfono. Siempre hay alguien de baja. Siempre alguno que aún no ha vuelto de tomar el café. ¿Cuánto dura el café del que atiende al público?¿Quién lo controla? ¿Por qué quieren sustituir al absentista por atrezzo de simulación? ¿Para qué tantas mesas vacías?

Acaba el debate entre Zapatero y Rajoy y ni una palabra al respecto. Lógico, es un tema menor. Ambos quieren hacer a las nietas del Duende más guapas, más listas, más ricas y más modernas. Pero se las imagina en un mundo atendido sólo por contestadores automáticos y con miles de oficinas de atención al cliente vacías y no sabe si acabarán siendo más felices.

¿Qué fue de Inés Rosales?

Tortas Ines Rosales y blogs

(Foto de Pesc)

Podía ser una tarde parda, de invierno tras los cristales, como recuerda Machado en su poema. O de sol y polen, porque la ceremonia se prolongaba durante todo el curso. El caso es que a media tarde, llamaban a la puerta de la clase. Tras la vidriera esmerilada de la puerta se perfilaba la sombra de un mozo con un cesto al hombro. Abría el profesor y llamaba a los medio pensionistas para que recogieran la merienda. Normalmente consistía en un suizo y una barrita de chocolate, y ya lo llevaba bastante mal el Duende, que no era mediopensionista y que normalmente merendaba al regresar a casa pan con mantequilla. Pero había uno o dos días a la semana en que literalmente se moría de pelusa, y era cuando en lugar del suizo repartían una torta de aceite Inés Rosales. Según la chiquillada, era el no va más de placer en meriendas. Y entonces se planteó el Duende que la medida de felicidad en esta vida quizás consiste en poder merendar a diario tortas de aceite Inés Rosales. Todo lo demás irá por añadidura.

Esta foto de color sepia es casi un ensayo sociológico. Lo primero que refleja es lo magra y estrecha que era la despensa de la época. Lo segundo, lo sencillo que es ser feliz en la edad pequeña. Hablan ahora los críticos de cine del éxito de películas pequeñas para definir a aquellas producidas con escaso presupuesto -La soledad, Juno- que compensan con pinceladas de humor, ternura y delicadeza lo que otras derrochan en estrellas, decorados y efectos especiales. A lo mejor hay que vivir también vidas pequeñas.

Pero al Duende la evocación le sugiere algo más. Habita en él ahora el espíritu detectivesco. Es como un ratón de biblioteca o un arqueólogo buscador de las miguitas que le guiaron por el bosque de la infancia. Y de repente constata que hace mucho tiempo que no ve tortas de aceite Inés Rosales, y que tras ese nombre tan bonito y tan poético habría una mujer. ¿Era tan guapa como sugiere su nombre? ¿Llevaría la esencia de anís y de ajonjolí que respiran sus tortas? ¿Vive aún en alguna residencia de ancianos del Aljarafe? ¿Creó familia? ¿Hay unos herederos de Inés Rosales?¿Se mantiene la producción de exquisitas tortas? ¿Fue fagocitada su marca por Nestlé o Geneal Foods?

No eran entonces más que unas marcas ligadas a una píldora de placer. Pero un día que el Duende paseaba con su padre por Calella de Palafrugell se abrazó con un viejo compañero de colegio que resultó Juanola, un hijo del creador de las famosas pastillas que llevan su nombre. Y desde entonces, no se sabe si por pasión documentalista o por envidia mercantilista -quien tiene una marca, tiene un tesoro- se ha preguntado el Duende por la suerte de los herederos del doctor Sloan y del doctor Lithin -¿alguien recuerda el agua de litines?- y de Ferrero, el del fósforo, y de Torres Muñoz, el del bicarbonato. ¿Qué ha sido de Paco, el de los caramelos que se anunciaban a brochazos sobre los peñascos de las sierras de Madrid? ¿Y de Facundo, el de las pipas? Quizás sólo Dios lo sabe.

Y puesto que su sabiduría es infinita, y puesto que el saber no ocupa lugar, que tenga la bondad de contarnos si la Viuda de Solano contrajo segundas nupcias o si sigue guiando desde el cielo la producción de sus finísimas pastillas de café con leche.

Caradura lex, sed lex

Los AlbertosCree recordar el Duende que fue otro veintitrés de febrero, fecha que ha dado mucho juego en la última historia de nuestra querida España. El gobierno de Felipe González anunció entonces que expropiaba Rumasa. En la lucha entre el huevo o el fuero, ganó el deseo de quedarse con aquél, aún a costa de burlar a éste. Parece que había razones económicas y sociales suficientes, pues el señor Ruiz Mateos no era un escrupuloso cumplidor de sus deberes, pero el método fue, según cualquier jurista, una chapuza que denigraba al derecho. De hecho, la expropiación se impuso por el voto de calidad del entonces presidente del Tribunal Constitucional, Manuel García Pelayo, un catedrático de enorme prestigio que cedió a la presión agobiante del ejecutivo para decantar la decisión del lado que, digámoslo así, convenía a los intereses generales. El buen hombre lo pagó con creces. Consciente de haber sido la pieza clave de una de esas frecuentes pedorretas que la política hace al derecho, dicen que vivió el resto de sus días en Venezuela amargado por el recuerdo de aquel veintitrés de febrero.

De entonces a esta parte, son frecuentes las collejas que la razón práctica asesta a la ley. Una de las pocas cosas que aprendió el Duende en su paso por la Facultad de Derecho es que éste se asienta en el principio de separación de poderes que enunció Montesquieu. Por una parte el legislativo, por otra el ejecutivo. Y a distancia de ambos, el judicial. Mientras no se pase, claro. Pas se la toucher avec papier de fumer, debería haber sido el complemento reglamentario para los jueces. O, dicho de otra forma, independientes sí, pero sin pasarse.

Porque de la misma manera que el ejecutivo se hace el don Tancredo cuando hay que ejecutar una sentencia incómoda -recordemos cómo silbó Aznar cuando el Tribunal Constitucional ordenó ejecutar la sentencia que declaraba ilegal el cierre por la cadena SER de once emisoras de Antena 3- el poder judicial a veces interpreta la letra o el espíritu de la ley según le peta.

Todo el mundo sabía lo que tapaba ANV, pero antes no había pruebas, y ahora curiosamente las hay. Y fue flagrante el delito de estafa que cometieron los dos Albertos de la gabardina blanca en el llamado caso Urbanor. Pero como son quienes son, aún ha sido posible encontrar un hueco en la interpretación de cuándo empieza y concluye el plazo de prescripción de su granujería para echarles una mano y librarles de la cárcel. Gran día ayer para esta pareja de ilustres empresarios. Menos bueno para el resto de los justiciables. El editorial del periódico EL MUNDO de hoy lo destaca con sarcasmo retorciendo un viejo principio del derecho romano: In dubio, pro rico, dice parafraseando aquella máxima que recomienda sentenciar a favor del reo cuando no está clara la prueba.

Y es que la justicia, como diría una vez más mi amiga doña María, también es mu correlativa. Temblaba el Duende cuando, tiernecito aprendiz de picapleitos, oía de sus maestros otra máxima de Justiniano que consagraba el riguroso, pero inexorable peso de la ley. Dura lex, sed lex, proclamaba solemne su profesor de Derecho Romano. Debió de escuchar mal. Perdida la edad de la inocencia, ahora está convencido de que lo que en realidad le querían decir es caradura lex, sed lex.

Días tontos en Los Arándanos

Agatha Christie

Confiesa el Duende que de todas sus lecturas ningunas le atraparon como las novelas de Ágatha Christie. Era entonces un adolescente, y empezaba a descubrir los encantos de la literatura. Algunos de esos best sellers -aún no se había extendido ese término- como Diez negritos o Tres ratones ciegos los sorbió de un tirón antes de cerrar los ojos al alba Aquellas novelas siempre bien urdidas fueron, junto a las aventuras de Guillermo Brown de Richmal Crompton -pseudónimo bajo el que se ocultaba otra mujer- su primer peldaño en las letras después de desasnarse con los tebeos. En algún tiempo se hizo publicidad de éstos diciendo justamente eso: donde hay un tebeo luego habrá un libro. O no es verdad, o es que desde hace varias generaciones tampoco se leen tebeos. Quizás debiera reformarse el slogan: donde hay una videoconsola luego habrá un internauta. Y, con suerte, un blogger algo más despabilado que el que suscribe.

Uno de los detalles que más facilitaba el disfrutar de aquellas novelas es que Ágata Christie presentaba a todos sus personajes antes de iniciar la novela. En un listado por orden alfabético, resumía en tres pinceladas su perfil. Abergold, John: cuarto conde de Macfriars. Casado con Pryscilla de Wild, vive en su castillo de Devonshire dedicado a la cría de caballos pura sangre. Anyone Dupré: ama de llaves del juez Malone, que entró al servicio de éste por una recomendación del general Troellope. Ashley, Brigitte: amante de Sullivan, el administrador del mayor Brady. Y así. Estas guías deberían de ser obligatorias en toda novela con más de cuatro o cinco personajes. Facilitan el control de la situación narrada al lector de frágil memoria que, conociendo mejor el who is who, así puede concentrarse en componer el tipo de los personajes. El Duende no podía avanzar en la novela sin antes ponerle cara a cada personaje. Y el catálogo de éstos le servía de guía perfectamente. Lástima que el ejemplo de Ágatha no cundiese. Como muchos otros inventos útiles, cayó en desuso y hoy casi ningún novelista se molesta en avanzar el elenco de actores de su relato. Dar facilidades al personal debe de ser síntoma de poca fe en el talento propio.

Al Duende le gustaría tener un fichero así de todos los que comentan habitualmente este blog. Le cuesta mucho elaborar un perfil de cada quisque. Agradeció mucho las sucintas biografías que le mandaron, pero se le enredan los datos, pone a José Ramón en Galicia, y a Zoupon en Mallorca, y a Lola en la sierra de Guara. A Ángelus donde Wallace, y a Gervasio le hace arquitecto…o así. Exagera, claro. Con Bob no le pasa eso, porque es inconfundible. Pero no responde más ceñido a los comentarios de los demás porque cree que, con los muchos que ya ha recibido, un Maigret no muy avezado ya hubiera elaborado una ficha exacta de cada personaje. Lo que no es el caso.

Así que disculpen que no responda a las muchas cuestiones que se le plantean. Entre otras, una actualización del diario de esa gladiadora de hogar que es doña María, la dama del bloque Los Arándanos.. Se la demandan bastantes lectores. Pero ella, como el Duende, también es algo ciclotímica. Y hay días como hoy que, a falta de guías, nomenclator o vademécum como los que se trabajaba Ágata Christie, no sabe por donde se anda.

Cine y betún

Qué mal rollo, acostarse y no haber intentado al menos subir un postito nuevo.

 Y qué mala idea sucumbir a la tentación  de ver una película en TVE. Se alargaba, se alargaba, descanso publicitario, más película. Cuando ya ahíto de tanto bloque de anuncios el Duende consultó la cartelera del periódico por ver la duración de la película, comprobó que La milla verde dura ciento ochenta minutos. No está mal, se le había escapado en el momento del estreno, y cuantas veces se había pasado antes por la tele. No está mal, pero le sobraba metraje y, naturalmente, cortes publicitarios.

Menos mal que aprovechó la película también para limpiar zapatos. Algo para lo que nunca encuentra el tiempo oportuno (le pasa lo mismo con el cortarse las uñas: nunca sabe dónde ni cuándo hacerlo).  Abrió un periódico viejo sobre la mesita baja del salón, a modo de mantel protector.  Se trajo seis pares de zapatos y la caja de limpiabotas y los lustró hasta dejarlos como soles. Con rigor: primero cepillo para espantar el polvo, luego esponja húmeda para llevarse el barrillo seco de los bordes de la suela, poco betún, pero bien esparcido, cepillado con mucho aire y frote final con gamuza. Quedan impecables, como si fueran de Arturo Fernández. Manías personales. Es tan incapaz de perder el tiempo viendo televisión como de llevar los zapatos mal lustrados. Problema que no heredarán sus hijos y que, supongo, no comparte casi ningún lector del blog. Buena parte del éxito del calzado deportivo que cada día se ve más para andar por la calle es que no necesita limpiabotas.

Por cierto, sabe el Duende que tiene asuntos pendientes con sus lectores. Ya caerán. Esta noche se dejó llevar por el cine en televisión, pero, como ven, optimizando el ocio. Para Guillermo Cabrera Infante era una alternativa: Cine o sardina, se llama su gran libro de ensayos sobre el séptimo arte. El Duende es mucho menos filosófico, pero más práctico y acumulativo. Su sesión de hoy, ya lo saben, se titulaba Cine y betún. Si se les ocurre otra manera de aprovechar la peli, se lo cuentan en los comentarios.

Y buenas noches.  

El poyaque de Bermejo

Enano de jardin

(Foto de Juergen Kurlvink)

Antes de destacar como fiscal estricto y ministro lenguaraz, Mariano Fernández Bermejo ya era lo que se dice un hombre del pueblo. Nació en Arenas de San Pedro, en una familia acomodada de cinco hermanos. Su padre simpatizaba con la Falange, y puso una gasolinera que hacía muy buena caja. Mucho antes, su abuelo materno, un docente republicano que esquivó el franquismo como pudo, había fundado un colegio. El Duende pasó muchos veranos en Arenas de San Pedro, y recuerda aquel Colegio del Carmen, instalado en un edificio cuadradote de corte decimonónico y rodeado de un gran jardín. Estaba en la cuesta de Lourdes, a la salida del pueblo en dirección a Ávila. Fantasmas del pasado. Arenas es uno de los pueblos que más ha maltratado su propio patrimonio arquitectónico, por lo que hoy en ese solar se levantan horribles pisos. También recuerda el Duende al abuelo, siempre vestido de negro y con corbata. Y, sobre todo, a una de sus hermanas, Pepita, de piel fina y blanca, cara guapa y delicada figura. Parecía una dama de un retrato de Madrazo. En una etapa, el Duende la miró con interés preferente, luego ella se casó y acabó de profesora de matemáticas en Valladolid. Las cosas. Además de estos apuntes el hoy ministro de justicia fue bajista con los Cirros, jugador de fútbol-me temo que simpatizante del Real Madrid- y cazador de pelo y pluma. Se supone que tenía buena puntería.

Tanto con la guitarra como con el balón al hoy ministro de Justicia se le veía que era un tipo simpático y con desparpajo. Después lo ha demostrado largamente. Por ejemplo, hace poco argumentaba que no se había ilegalizado antes a ANV porque eso tocaba a la médula de la democracia, que es el derecho de representación. Se podría haber opuesto que muchos de los que querían ese derecho hacían apología del terrorismo, y así también tocaban a otro derecho fundamental como es el derecho a la vida que le arrebataron a las víctimas de ETA. Pero Mariano era extremo izquierda, como Gento, y una de sus habilidades es el regate en corto, amagar por un lado y escapar por el otro. Antes no había pruebas para proceder, ahora sí. Una finta jurídica. Por eso, tan agudo y casticista como normalmente se produce, extraña que no haya salido el ministro al paso de las críticas que ha levantado la reforma de su piso con lo que Braulio, siempre tan preciso en sus chapuzas, denomina el plus de poyaque. Algo que hubiéramos entendido todos los españoles.

El plus de poyaque es el que todo hijo de vecino asume cuando se lanza a una obra de reforma en casa. Poyaque tenemos que cambiar el suelo de la cocina, la alicatamos toda y renovamos los muebles. Poyaque hay que tirar el baño, aprovechamos y le hacemos una sauna. Poyaque hay que instalar el riego automático en la terraza nos estiramos un poco y le ponemos un surtidor con tritón y una barbacoa sustentada en enanitos policromados de piedra artificial. Cuando el particular ve a lo que subido el plus de poyaque normalmente se lleva las manos a la cabeza. Pero en este caso, aunque haya ascendido a casi un cuarto de millón de euros, no ha sido así. El inmueble es de Patrimonio Nacional y, como bien ha recordado Zapatero, aparte de ser un deber mantenerlo, todo queda en casa.

Poyaque nos lo ha aclarado el presidente, sólo queda recordarle a Bermejo que otra vez no se acoquine y de la cara. El que esté libre de poyaque, que tire la primera piedra. Además, con una hacienda pública tan generosa como tenemos…¿qué es una raya más para un tigre?

Ars camelandi

Arco 2007 Arte Contemporaneo

(Foto de croqueta titirimundi

 Lo primero que se le ocurrió a Cornelia Parker es hacerse con sesenta instrumentos de viento: tubas, trompas, trompetas, saxofones, trombones de varas, flautas. Todo metal brillantísimo, que para el efecto resulta más vistoso. Después los alineó en el suelo, uno detrás de otro, contrató una apisonadora y los aplastó hasta convertirlos en una imagen plana y muda. Después los suspendió del techo de un espacio circular dejándolos a la altura de la vista del espectador. Y luego dispuso una iluminación oportuna para que el espectador pudiera ver todos los componentes de ese inmóvil tiovivo  musical -más bien tiomuerto- y su sombra proyectada en la pared. Luego buscó un título ntrigante: Canon Perpetuo 2004. Y finalmente lo apuntaló con el argumento, la leyenda, lo que el espectador vulgarcito agradece para saber si está ante una boutade o una obra de arte. Y en el letrerito adjunto Cornelia nos cuenta algo así como una metáfora en la que el potencial artístico es silenciado, y el aire, en lugar de ser exhalado, es inhalado, proyectando su vida, como un canon musical que se repite en forma circular eternamente. Vale.

Dentro del experimentalismo que impone el ser un artista guay, esta obra, expuesta en el nuevo Caixa Forum de Madrid, es de lo que desde el punto de vista plástico más le ha llamado la atención al Duende. Una verdadera lástima que no le quepa en el salón. Eso sí, comparado con la Mierda de artista de Piero Manzoni -que enlató noventa muestras de treinta gramos de sus propios excrementos y consiguió que la Tate Gallery pagase 35.000 € por incorporar una de ellas  a su colección, este Canon de Cornelia le parecerá al crítico vanguardia tan arcaico y despreciable como le pueda parecer el de Polícleto.

Decimos que el drama de la política de nuestro tiempo es que en ella todo vale. ¿Y en el arte? Vale, quizás, el talento. Pero hoy sobre todo vale la persuasión, la capacidad de convencer a las instituciones para que te financien un disparate original, la gracia para camelarte a la crítica y generar opinión, la desfachatez para cagarte en el arte, y el cuajo para persuadir a los demás de que eso es una expresión del genio humano. O sea, la cuádruple coincidencia: una idea, un rico seducido que, antes o después de que se fabrique la obra, paga el invento, un pícaro gilipollas con autoridad intelectual que le da carta de naturaleza y una muchedumbre de mansuetos sin criterio que no cuestionamos a los que parten el bacalao cultural. En nada es tan socrático el Duende como en esta materia: sólo sabe que nada sabe. Aunque sospecha que por debajo de este tinglado de la nueva farsa hay mucho memo y mucho más papanatas.

Madrid es estos días arte en ebullición. ARCO que, en buena parte, es también la feria de las vanidades, dejaba acercarse al Olimpo de los dioses por la modesta cantidad de 30 € la entrada. O sea, arte para el pueblo. Entretanto, se inauguraba Caixa Forum, una asombrosa rehabilitación de una subestación eléctrica al pie mismo del Paseo del Prado. Véanlo si pueden. Contemplar cómo Herzog & De Meuron, dos arquitectos suizos, han hecho levitar el viejo edificio apoyándolo únicamente sobre tres pilastras da quizás más medida del talento humano que ese Hombre en el lavabo de Bacon que en ARCO vendían a treinta y dos millones de euros.

Además, no se engañen, el único arte está en espectador. Si sabe verlo, lo encontrará en cualquier cosa y en cualquier esquina.   

Donde nace la comedia

Jacques Tati

 (Foto de stewf

Hay gente que nunca da explicaciones de sus comportamientos y gente que se cree obligada a explicarlo todo. Y esta de hoy podría ser la historia de un hombre de la segunda clase.

 Era un jubileta de nuestro tiempo. Un tipo de esos al que su familia tiene de comodín para esas cosas que nadie quiere/puede hacer porque no le apetece/no le viene bien. Por ejemplo: recoger un paquete postal, llevar unos análisis al médico, comprar un mando del microondas para reponer el que se ha derretido, pasar la ITV del coche, ir a pagar el IBI, acompañar a la nieta al cole,  retirar de Objetos Perdidos un llavero olvidado en un taxi, reclamar a IBERIA la maleta que perdió el padre en su último viaje. Doña María se queja amargamente de ser una recojona del hogar, pero ni se imagina la cantidad de recojones  veteranos que salen fuera del hogar porque sus familias creen que no hay mejor gimnasia contra la vejez que hacer recados.

Al hombre le habían preparado el siguiente plan. 1. Recoger a la nieta en la guardería a las cinco. 2. Llevarla a un pequeño taller de pintura para picassitos en ciernes a las cinco y media. 3. Si no le importaba -que nunca le importa-, mientras la criatura pintaba su Guernikita, comprar seis naranjas y tres plátanos. 4. A continuación recoger a la niña. 5.Y, si no le importaba, ir a la peluquería Dori donde la madre de la niña les esperaría para regresar juntos los tres a casa.

Todo esto se haría transportando a la niñita en una silla de ruedas. Pero se complicó por el hecho de que entre la fase 4 y 5 comenzó a chispear. El abuelo jubileta, que había colocado la fruta comprada en la bolsita portaobjetos trasera de la silla,  se encasquetó en la cabeza el sombrero flexible que siempre lleva en el bolsillo de su Barbour y compró un paraguas en un bazar chino para proteger a la niña de la lluvia. Y a partir de entonces emprendió una pequeña aventura urbana digna de de Mister Bean, pues no vean lo difícil que es conducir una sillita de rueda pequeña con niña encima a una mano y portando con la otra un paraguas abierto  a modo de capota interpuesta entre su frente y la vertical delimitada por la puntita de los zapatos de la nieta.

Dejó de llover. A la salida de la peluquería la niña, encantada de juntarse con su madre, decidió que quería ir andando con ella. El abuelo entonces cerró el paraguas y para poder liberarse las manos y conducir la sillita como Dios manda,  lo colocó donde normalmente viaja el niño colgando el puño hacia el exterior. Pasaba entonces la comitiva por una zona comercial donde abundan las tiendas de zapatos en rebajas, y el abuelo musitó que le gustaría probarse algunos. Concidió entonces con que la niña se cansó, pero ya estaban cerca de casa. Y la madre, que es una intrépida atleta y tenía prisa, se la echó a los hombros y se perdió por aquel dédalo de estrechas calles después de decirle al abuelo jubileta que mirase tranquilo las tiendas de zapatos y llevara después la sillita a casa.

El personaje con sombrero y una sillita de bebé cargada con un paquete de fruta y un paraguas entró en una tienda y se probó dos pares de zapatos ante la  estupefacta mirada de los dependientes. Consciente de que como cliente llamaba la atención, en la segunda tienda, antes de probarse, explicó que venía con su nieta y bla, bla bla…En la tercera zapatería, simplificó: venía con una nieta en esta silla y se me ha perdido, je, je…En la cuarta cambió la explicación, pues consideró que era indigno de él repetirse: es que me han raptado a la nieta. La empleada que le atendía no sabía si sonreír forzada o llevarse el índice a la sien.

Y de repente el Duende se preguntó indignado por qué no es de esos segurolas que nunca dan explicaciones,  sino de los inseguros se ven obligados razonarlo todo  cuando la realidad es a menudo más difícil de explicar que la ficción. Y se imaginó en una obra de teatro de Tricicle, o en una película de Jacques Tati. Y comprendió entonces de donde nace la comedia. 

Un postit con amigas de la facultad

Cristina Alberdi Don José María Naharro llegaba tarde a la clase en un SEAT 1.500 de color verde botella, que en la época era un gran coche. Vestía siempre de traje gris y camisa blanca impecablemente cerrada al cuello por un elegante nudo de corbata. Se sentaba en el estrado, doblaba una rodilla, se estiraba el calcetín, repetía la maniobra en la otra pierna, fruncía el ceño y, sin levantar la mirada más allá de las primeras filas del aula de la Facultad de Derecho comenzaba pausadamente y en voz apenas perceptible su lección de Economía Política. Gracias a él aprendió el Duende que la alternativa entre cañones o mantequilla es importantísima, y que mientras la de ataúdes es el mejor ejemplo de demanda rígida, porque la muerte no falla, la de la moda es demanda elástica, porque depende de muchos factores variables. No se quedó con mucho más.

O sí: ahora que lo recuerda, también atrapó la gestualidad del profesor, su timbre de voz y la cadencia de su discurso. Gracias a eso debutó como su imitador en la Fiesta del Rollo, una parodia del claustro de profesores de Derecho que se celebraba en el aula magna el día de santo Tomás de Aquino . Y gracias a eso, muchos de sus compañeros de aquella promoción de 1968 le recuerdan y le celebran cada vez que se lo encuentran.

Ignorante enciclopédico, el Duende es, justo decirlo, un riguroso cultivador de la anécdota. Se morirá sin dar lecciones, pero sin embargo habrá dejado muchos postit con sus chorradicas en la memoria de multitud de amigos y compañeros que acumuló sin apenas darse cuenta.

Uno de ellos, que es una, le llamó ayer para invitarle a una copa con otras compañeras. Era Cristina Alberdi, abogada matrimonialista, ex ministra de Asuntos Sociales, desengañada de ciertos aspectos de la política, mujer valerosa y llena de vida a la que ni la reciente muerte de su marido ha hecho perder la sonrisa. Era de las más simpáticas y gamberras de la clase. La acompañaban Paloma Abarca, hoy profesora de Derecho Civil y entonces alumna en la que se perdían tantas miradas masculinas, y Carmen Fernández de Bobadilla, que además de tener bufete propio es o ha sido diputada en el Colegio de Abogados de Madrid. Y el Duende con un expediente académico más bien penoso. Daba igual, porque no era una pandilla de colegas de la facultad. También estaba María del Valle Jover, que es activista en Manos Unidas.

Había jamón de ibérico, sandwiches de Embassy, cava brut de calidad, surtido de recuerdos de juventud y conversaciones que fluían por meandros amables evitando la nostalgia, el desencanto y la alarma que tanto cunde a nuestra edad. Afortunadamente, la música, el cine o el senderismo, que nuestra amiga Cristina practica habitualmente, ocuparon mucho más espacio que Zapatero y Rajoy, apenas mencionados una vez. ¿Y qué es de tu vida?, le preguntaban al Duende. Pues mi vida es un blog. ¿Y qué pones ahí? Pues algo así como los postit que uno va dejando en su mesa de trabajo o en la puerta de la nevera. Solo que en lugar de recordar el teléfono del fontanero o la cita con el director del banco, se centran en momentos como los que un duende mirón puede disfrutar al atardecer de un 13 de febrero.

Compartiendo camino

Paisaje

(Foto de b3co)

Christopher Mac Candell se había graduado en la universidad brillantemente, y tenía ante sí un prometedor futuro. Pero alentaba en él otra obsesión: dejar atrás el aburguesado horizonte que le brindaban sus padres, alejarse de este mundo de pompas y vanidades y ganar la libertad en la naturaleza. Compró por unos pocos dólares un coche viejo, llenó su mochila con lo indispensable y se recorrió Estados Unidos con la obsesión de encontrar en Alaska el paraíso que H.D.Thoreau describe en su libro Walden para vivir en solitario la plenitud de la naturaleza.

Esta es la historia real de la que se alimenta Hacia rutas salvajes, una película del género ya clásico de las road movies que ha escrito y dirigido Sean Penn. Está excesivamente alargada, y abusa quizás de postalitas inesperables de la acidez inconformista que ha hecho famoso a este actor polivalente. Pero en ella se respira el mismo espíritu que guiaba al protagonista. Uno se acaba enamorando del mosaico de paisajes que va hilvanando la cámara, y, en alguna medida, también de la historia, que siendo básicamente de espacios abiertos muestra pinceladas de delicado intimismo. No es sin embargo un canto al buen salvaje ni al paraíso de la soledad en el que Christopher busca su propio final. Y deja una moraleja agridulce que el viajero incansable y solitario acaba escribiendo en su propio diario: no hay felicidad si no se puede compartir.

Miraba el Duende la película y veía en ella la metáfora de su propio blog, que nació precisamente como una ruptura con el pasado y un entrar en el mundo desconocido de internet. Le fascinaba administrar la soledad a su capricho, escribiendo de lo que le pidiera el cuerpo, sin rendir cuentas a nadie ni someterse a más lógica que la que pide el primer flash de cada día. Y de repente en ese camino por el que creía que no transitaba nadie empezó a encontrar a muchos amigos. No era desconocido para muchos de ellos: le seguían en la radio. Pero él no conoce a la mayoría. Y lo malo es que tanto y tan impúdicamente como ha hablado de sí mismo, cuando lo piensa, se siente como lady Godiva expuesta al ojo indiscreto de Peeping Tom.

Christopher Mac Candell apura su conclusión cuando sólo tenía veintitrés años, el Duende lo confirma con casi cuarenta años más. No se puede llamar felicidad a lo que no se puede compartir. El Duende sospecha que comparte mucho con sus lectores, pero quisiera saber más de ellos por averiguar cuánta convergencia amable les queda por explorar juntos. Por eso les va a pedir hoy un favor. Por una vez y sin que sirva de precedente, si al comentarista le apetece, que avance en su comentario datos de su propia biografía.

Y sigamos caminando. El Duende no los ve, pero con nuevos datos en su poder, suscribirá lo que concluía otro famoso bolero: caminemos, tal vez nos veremos… después.

El acerolo, el almendro y la mimosa

Sequa en el ro Tinto
(Foto de R. Durán)

La primavera ha venido, nadie sabe como ha sido, escribió Machado. Lo decía tal vez desde Soria, que es bastante más tardía que Córdoba o que mi pueblo de asueto, Candeleda, que está en la llamada Andalucía de Ávila. (Entre paréntesis, se pasó la moda de las pegatinas con slogans turísticos en la trasera de los coches, pero, entre la ironía cazurra, la cursilería y lo pretencioso, los había inolvidables: Sepúlveda, la costa del cordero. Santiago de Compostela, donde la lluvia es arte. Torrevieja, blanca de sal  morena de soles… ¡Cuánto Gustavo Adolfo Bécquer suelto!.Casi prefería aquél tan lírico de No me toques el pito, que me irrito).

El invierno no se ha ido, pero la primavera asoma, coqueta, casi desde que se traspuso el nuevo año. A lo mejor es otro capricho más del cambio climático. La lucha contra el cambio climático ya se ha convertido en bandera del ciudadano responsable. Sin embargo aún no le  ha colgado nadie al adversario político ni la preocupante mutación atmosférica ni la sequía. Nadie es culpable de ésta, al menos directamente. Y como no sirve de arma arrojadiza, no sale en los papeles todo lo que debiera. Pertenece a ese género de peligros subyacentes que, como la aluminosis de los edificios, sólo despunta cuando es causa de catátrofe o cuando no hay nada con qué llenar un minuto de telediario. Al pueblecito, asustarle lo justo, mandan los manuales de campaña electoral.

Al contrario que el buen político, cuyo deber patriótico es el optimismo, el Duende piensa que cualquier alarmismo en este punto es bueno, pues la gente sólo consume menos agua cuando le ve las orejas al lobo. En 1992 Madrid vivió una gran sequía. La agencia de publicidad del Duende recibió el encargo de comunicar una campaña de ahorro. No asustó, simplemente informó. Y con sólo recordar el gasto descomunal y las reservas reales se consiguió rebajar el consumo en un  diez por ciento. Mientras no llueva, esto es lo que hay -cerraba un slogan sobre la imagen casi dramática del embalse de Pedrezuela  a un tercio de su nivel habitual. A alto staff del Canal de Isabel II le costó ser tan realista, pero quizás no sea casualidad que, a partir de entonces, los periódicos y muchos informativos de TV dan cuenta diaria en unos pequeños gráficos de nuestras reservas de agua. Si se comunica el estado de la tesorería de la Seguridad Social, ¿por qué no la despensa del agua, que es aún más necesaria?

Con agua o sin ella, el milagro de la primavera corre a presentar sus primicias cual si fuera un diseñador de la Pasarela Cibeles. El Duende, que es un voyeur verde -interprétenlo en el sentido ecologista del término- ya ha avistado la flor del almendro, la de la mimosa y, este año, las hojas de un acerolo que alguien le regaló y que plantó en el monte con la esperanza de que fuera valiente, medrase y recuperase en su fruto un viejo sabor de infancia. El Duende no lo cata desde 1955. Pero no lo olvida, porque la memoria de los gustos y los olores es la más fiel. Ya ha estallado el aroma y el vistoso amarillo de la flor de la mimosa, capaz de transformar a un árbol áspero y feo en una especie de jaula de oro para criaturas de un cuento de Andersen. El otro día, en el restaurante de la Posada de la Lola, leyó el Duende un jocoso grafitti  enmarcado junto al triángulo más famoso de nuestros logotipos comerciales. Decía así: La primavera dice que está hasta las pelotas del Corte Inglés. Está en su derecho, porque abusan de ella. Pero que no nos falle a los demás. Que, pese al cambio de clima, podamos decir que ha venido, aunque nadie sepa como ha sido.

Ay, amor, olvídate de mí…

Artistas Zapatero

Está feo que el Duende empiece a citarse a sí mismo, pero en su último artículo de MARCA lanzaba una tesis interesante. Y es que en estos tiempos de buenismo dominante, como tó el mundo es güeno, no podemos concebir que exista el gilipollas químicamente puro. Lo cual, no obstante, se contrapesa con el hecho de que hasta el mejor escribano echa un borrón, y que levante la mano el que no reconozca haber hecho o dicho al menos una gilipollez en su vida.

Una de las últimas corre a cargo de un cineasta por el que guarda singular admiración, que es José Luis Cuerda. A él se deben dos de los títulos más luminosos y entrañables de nuestro cine, El bosque animado, que es una delicia, y Amanece que no es poco, una delirante comedia surrealista. De José Luis Cuerda, que una vez contó con el Duende para hacer voces raras, recuerda éste una frase verdaderamente inteligente e ingeniosa. Yo, como Billy Wilder -le dijo- de lo único que estoy seguro en esta vida es de que las cortinas del baño siempre deben caer por dentro de la bañera. No era del todo sincero. A tenor de sus últimas palabras en público, también está convencido de que el PP es una turba humillante, mentirosa e imbécil (sic). Esto último puede ser un subidón de adrenalina, un lapsus, un pasarse siete `pueblos. Pero hasta en la sede del PSOE en la calle de Ferraz puede que estén de acuerdo en que generalizar tanto es injusto. Y, en que, aún considerando que su autor no es, desde luego, un gilipollas, las palabras en sí mismas adquieren el rango de gilipollez.

Se ha armado la marimorena porque los obispos, dicen, pedían el voto para la derecha. Pero ahora resulta que a los de la izquierda les sale otro corifeo que no se muestra menos intransigente y exhibe incluso peores modos.

Si uno fuera candidato, se asomaría al balcón con sus mariachis y tanto a los prelados como a los artistas, les cantaría con toda intención aquél lamentoso y romántico bolero de los Panchos: ¡Ay amor, ya no me quieras tanto!/…/ ¡Ay amor, olvídate de mí!… Porque de la misma manera que no es ilógico pensar que Rajoy hubiera preferido el silencio de los obispos, no lo es tampoco creer que a Zapatero no le hayan hecho gracia las palabras de Cuerda. Las elecciones no se ganan con el voto de los convencidos, sino con el de aquellos que no lo tienen decidido. Y a buena parte de ellos les empieza a cargar que en nombre de Dios o en nombre de la inteligentsia -o del famoso canon- le digan a quién tienen que votar aquellos prepotentes que tanto pueden perder con un resultado adverso. Si el pueblo español es tan maduro y tan sabio como sus líderes se empeñan en recordarlo, quizás acaben pensando que a los turiferarios se les ve el plumero, ¿no?

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