(Foto de VJ_pdx)
No llegará la sangre al río. Pelillos a la mar, se encontraron el nuncio del Vaticano y el presidente ZP en un acto público y éste se quejó de los obispos. Con talante, pero se quejó. Monseñor Monteiro, muy diplomático, le recordó al presidente Zapatero que tenían pendiente un caldito. ¿Será en Moncloa o en la nunciatura? Da igual, con un caldito se puede arreglar casi todo.
Si le nombran asesor al efecto a nuestro querido padre Bonete dirá que, como poco, el caldito ha de tomarse con con jerez, y mejor con yema de huevo. Eso sí, como el nuncio es sobrio y austero, pero de fino paladar, mejor si se enriquece el caldo con unas fruslerías más. Acaso unos taquitos de jabugo, por qué no unos huevos duros troceados, quizás unas finas hebras de pechuga de faisán, tal vez unos corruscos de pan frito. Poca cosa, unas naderías, pero que sin duda harán más sabroso el caldo y facilitarán el diálogo.
Eso sí, como el presidente es de León y hay que dar al césar lo que es del césar, qué tal si se acompaña el caldito con una fuente de cecina debidamente rociada de aceite de oliva. ¿Y si añadimos unas rodajitas de chorizo del Bierzo? -puede que sugiera monseñor. Hombre, presidente, pues ya, metidos en juerga, permítame que ya que don Manuel Monteiro es portugués se ofrezca en su honor algo típico de su país. Poca cosa, un platito ligero, a tono con la sobriedad eclesiástica. Por ejemplo un bacalao dourado, que pueda servir de pórtico, es una idea, a un foie de pato con puré de manzana, como queriendo decir a su eminencia reverendísima que nadie en el gobierno quiere sacarle los hígados a la Iglesia, antes al contrario.
Y a la vista de que con estas pequeñas delicatessen debidamente regadas con los vinos procedentes se va a cocinar un arreglo, pues nada mejor que añadir a este ligero tentempié un botillo, un cocido maragato, un buey estofado, empanadas de anguila del Arlanzón y, eso sí, como monseñor es goloso como un niño y el presidente pura dulzura, un repertorio de gourmandissses todo santidad: un San Marcos, puede que unos deliciosos tocinos de cielo, piononos de Granada, el Saint Honoré, sin duda una tarta de Santiago, unos suspiros de monja y, como concesión al leonesismo y el laicismo de Zapatero, unos nicanores de Boñar y cómo no, unos siempre deliciosos mantecados de Astorga.
La presunta glotonería de lo que doña María llama el cuerpo de servicio de la Iglesia es un socorrido tópico en el que abundaron desde Galdós a Berlanga. El Duende guarda memoria de un chocolate en onzas que merendaba de niño junto a un trozo de pan. No era Elgorriaga, ni Valor, que eran las marcas de la época, sino Los Canónigos. Supongo que era algo más barato. En la envuelta, se veía a unos orondos frailes despachando un cuenco de aquel chocolate que, si bien no era de los que parecían hechos con arena -así sonaba triturar aquellas tabletas de cacao con azúcar sin refinar- tampoco era una delicia como los de ahora. Pero, junto al chocolate, nada tan clerical como el caldo. Archifamosa es la anécdota de aquella cena en una casa de prosapia en la que el obispo era el invitado de honor. Como quiera que, por su natural modestia cristiana, el dignatario se sirviera el consomé sin apenas hundir el cucharón en la sopera, la doncella, apercibida de ello y deseosa de dejar bien a sus señores, le advirtió diligente: ajonde, ajonde, su divina majestad, que en el culo está lo bueno.
Bueno sería que el presidente y el nuncio ajondaran en este otro caldo de la concordia. Y que en su culo, con perdón, encontraran un puntito de sosiego que deje a cada cual en paz con su dios.






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