Archivos para Marzo 2008

El ejemplo de Juan José Cortés

Juan Jose Cortes

Que sean felices, que Dios les bendiga y que sigamos creyendo en Dios y en la justicia. Estas palabras que se escuchaban hace minutos por la radio no provienen de un creyente o de un buen ciudadano cualquiera. Sino de un padre que acaba de saber que el asesino de su hija perpetró el crimen por un espantoso error del aparato judicial. Así se despedía de la entrevista que le hacía Jesús Cintora en el informativo Hora 25.

No sabe uno qué es más asombroso, si el grado de indolencia al que, en su obsesión por no penalizar en exceso al delincuente, puede llegar nuestro estado de derecho, o la lección de sentido común, de temple y de nobleza de espíritu de Juan José Cortés. Así lo hace constar el Duende: a partir de este momento, este padre inconsolable es uno de sus héroes.

Siempre son admirables aquellos que, habiendo visto morir a alguno de sus hijos, mantienen el ánimo y tratan de salir adelante sin humillarse al destino. El Duende conoce a varios, y siempre ha pensado que deberían de sentar cátedra para enseñar a vivir reprimiendo el llanto. Son terapia inexcusable ante cualquier aflicción que pueda uno sufrir.

Pero en este caso la lección va más lejos. No ha sido el azar, sino la mano del criminal y la torpeza del juez. Y, a la postre, la negligencia de un sistema que, confesaba Cortés, he respetado siempre y quiero seguir respetando. Sin embargo agradecía la llamada del presidente Zapatero, y sigue proclamando su fe en la convivencia y en el estado de derecho como si en lugar de un humilde trabajador fuera un doctor en leyes o un padre de la patria. Sencillamente increíble.

Creía el Duende que las circunstancias del crimen y la ira popular que ha levantado el presunto asesino harían mella en él. Pero sin duda, además de ser tan cortés como dice su apellido, este hombre es generoso, noble y a todas luces ejemplar. El Duende le ha escuchado emocionado y está convencido de que es un santo.

Mon ami Scott de Martinville

 Aún recuerda el Duende la primera vez que supo de Edison. Quizás en el cole, tal vez en unos tebeos de la época que inoculaban saberes del Readers Digest en viñetas ilustradas. Los había catolicones que miraban a lo trascendente -Vidas ejemplares, fundamentalmente las de los santos- o las que se centraban en la ciencia y la cultura, que se titulaban Vidas ilustres. En una de ésta aparecía la figura de Thomas Alva Edison: lo recuerda con el pelo blanco, su corbata de la época, acodado en una mesa en la que destacaba el altavoz de su célebre fonógrafo. El otro altavoz célebre de las infancias de color sepia era el de La voz de su amo, pero ahí en lugar de un inventor señero aparecía un perrito sentado seducido por la música. El Duende aún conserva, como una preciada joya, una cajita de hojalata en la que se vendían las agujas que necesitaban los pikúes para reproducir las grabaciones.

Le contaron una vez al Duende que todas las ondas sonoras emitidas sobreviven en el espacio. Imagínense la ensaladilla rusa de sonidos, el caos, el desmadre de voces y ruidos en los oídos de la divina Providencia. Los discursos de Cicerón, de Diógenes, de Hitler, las explosiones de Guy Fawkes en el parlamento inglés y los reventones del Vesubio que sepultaron Pompeya, el estruendo gozoso de las cataratas Victoria sorprendiendo al capitán Richard Burton, la jura de santa Gadea, la primera sonatina improvisada al piano por el pequeño Amadeus,  Federico García Lorca  recitando alguno de sus Sonetos del amor oscuro, el La-la-la de Massiel, los clarines que anunciaron el último tercio del toro Islero que apuñaló a Manolete, los mamporros de Manolo el del bombo, el ¡se sienten, coño!, los meteorismos de Napoleón -y de las vacas, que por lo visto son peligrosamente pedorras- y hasta los delirios de La verbena de la Moncloa, todos juntos y revueltos violando de forma inmisericorde el silencio astral. Qué espanto, menos mal que tenemos una capacidad auditiva limitada. 

Todo eso, claro, era teoría. En realidad las vibraciones sonoras se escapaban hasta que en 1878 vino Edison con su cazamariposas mágico y pudo registrarlas para el futuro.  Claro, que unos llevan la fama y otros cardan la lana. En esta obsesiva sociedad del conocimiento todo se investiga, y, a ser posible, se revisa. Acabaremos enmendando la plana a todo lo que nos contaron como historia, porque siempre hay algún curioso que huronea y no para hasta que le da una vuelta a la verdad oficial. Qué sinvivir. Ahora la Lawrence Berkeley National Laboratory, de California, le ha quitado a Thomas Edison su más preciada medalla.  Ha descubierto que no fue él, sino un tal Eduard-León Scott de Martinville  que ya en 1860 logró grabar por primera vez un sonido. Lo escuchó el Duende el viernes por la tarde en la radio.  Scott de Martinville fue un personaje inquieto, tipógrafo, investigador, escritor y ensayista, y dio con un aparato que llamó fonoautógrafo capaz de registrar el que, al menos por el momento, es el primer sonido grabado de la historia. Entre una maraña de chisporroteos se adivina a una voz femenina que susurra la conocida canción Au clair de la luna, mon ami Pierrot.

 Qué sorpresón para los sabios. Qué ternura, que un testimonio así cante al claro de luna y a la amistad. Pero, al mismo tiempo, qué falta de seriedad. ¿Se imaginan que de un humanista, pensador y escritor con la densidad del Duende sólo quedara Las muñecas de Famosa/ se dirigen al portal…? Bueno, pues no se engañen: así será, y eso si hay mucha suerte. Lo dice doña María, todo es mu correlativo. Sobre todo la historia, que,  además de mudadiza y tramposa, tiene predilección por la frivolidad.

Borau, un mito entrañable

   Otra de las ventajas de la edad es que aprendes a desmitificar.

Por ejemplo, al Duende eso de las instituciones y las personalidades famosas le impresionaban mucho. Creía que un académico de la lengua siempre vestía de frac, como Daja Tarto, un mago al que vio de niño comerse bombillas rotas. Estaba convencido de que los académicos también eran sabios y magos, y  que  cuando ventilaban los despachos del edificio de la Academia de la Lengua, se abrían los diccionarios y se escapaban las palabras por la ventana para que aterrizaran en el saber del pueblo. No era verdad.

Pasaba por delante del Museo del Prado y estaba seguro de que, por las noches, los borrachos de Velázquez salían de su cuadro y jugaban a los dados con unos cuantos soldados de la rendición de Breda. Mientras que los niños comiendo melón de Murillo dejaban a un lado la  dulce cucurbitácea y se largaban a tocarle las tetas a las tres gracias de Rubens. Tampoco era cierto.

Veía a los ídolos de su Atleti en  el viejo Metropolitano y se imaginaba que, de cerca, eran como los dioses. Mira que es difícil imaginarse a Luis Aragonés de Dios, pero entonces Zapatones recorría el campo en diez zancadas se plantaba en el área contraria y metía goles de todas las formas. Luis, cabrón, tienes los pies rizaos -le espetó una vez uno de esos poetas que se sientan en la grada- pero qué bueno eres  Ya tenía la aureola de jugador importante. Sin embargo, en un bar cercano a su primer trabajo, el Duende veía a Luis Aragonés tomándose un pincho de tortilla. Y cuanto más le observaba de cerca, menos Dios le parecía. No digamos ahora, otra desmitificación.

Con los inquilinos del Prado o con los del Metropolitano nunca tuvo el Duende más contacto. Pero hoy se ha enterado de que fue discípulo y amigo de un personaje entrañable que con los años, velay las cosas, también iba a cuajar en institutición. Antes de ser cineasta, José Luis Borau fue licenciado en derecho, como él, y redactor publicitario, como él, y empleado de Clarín Publicidad, como él, donde en lugar de escribir guiones de cine escribía anuncios y guiones de los primeros spots que se hacían para la tele. Entretanto estudiaba en la entonces Escuela de Cine, y ejercía de corresponsal de El heraldo de Aragón en Madrid. A veces, le sorprendía la llamada del periódico jugando al póker con los amigos, y sin dejar la partida abría el ABC, le daba la vuelta a las pocas noticias que se podían decir entonces y dictaba la crónica sobre la marcha.

Luego se marchó, y fundó EL IMAN, que antes de producir películas señeras como Mi querida señorita, o Furtivos produjo muchos spots insignificantes en los que intervenía  el Duende. De muñecas, de Juguetes Rico, de Coca-Cola. En uno de ellos, en el que, no se por qué, aparecía la bebida en una mesa con mucho queso, el Duende cumplió uno de los sueños de su vida, que era hartarse de ese  Emmental del tamaño de una rueda de coche que en la España pobretona de la posguerra exhibían las mantequerías buenas. Lo miraba en el escaparate, soñaba con ser ratón, colarse en él e inflarse con lo que entonces era artículo de lujo. Y fue un lujo, después de rodar, afanarse ese delicioso material de atrezzo en el estudio de José Luis, que ya empezaba ser mago.

Tenía José Luis en su despacho un viejo autobús de hojalata de Payá, que era la envidia del Duende, y una aureola de despistado entrañable. En el campamento donde cumplíó sus milicias universitarias, estaba un día de imaginaria, sonó por los altavoces uno de los toques reglamentarios y olvidó cantarlo, como era obligado en ese servicio. Mala suerte que pasara por ahí el mando, que le preguntó cabreado: cadete, ¿qué han tocado? El desgarbado recluta Borau se cuadró y proclamó solemne: la corneta, mi coronel.

 Vivía en un bloque de pisos que hay entre el Manzanares y la Casa de Campo con una vieja tata que le cuidaba - germen quizás de Tata mía, otra de sus películas-, y era tan bueno y generoso que se lo acabó regalando. Luego desparramó su talento en sus películas, como profesor de guiones, en sus cuentos deliciosos y en el permanente magisterio de bonhomie e ingenio que disfrutamos todos los que hemos tenido alguna relación con él. Será siempre lobo solitario, algo bohemio, soñador, marginal de culto  en el cine ideal que nunca acabará de reformar a su gusto. Ahora, además, es académico de la Lengua.

 No se lo puede imaginar uno en ámbito tan solemne, pero ya decía antes que todos los mitos pierden su apresto. Aunque en este caso sea para colmarse de ternura y de humanidad.

¿Es necesario lo innecesario?

Cementerio trastos

(Foto de basda)

No se cuántos pequeños cementerios tiene el Duende en su casa. Quizás los mismos que muchos de los amigos de su blog guardan en la suya propia.

Cementerios de pequeños receptores de radio que le regalaron en alguna presentación, cementerios de auriculares que guardó del AVE y de los aviones, cementerios de bolígrafos secos, de pilas descargadas, de gomas, clips, de diskettes, de CD rayados, de deuvedés que han perdido su carcasa, de lápices mochos, de calcetines que nadie zurce y que uno conserva porque espera, iluso, que algún día también resuciten los calcetines muertos.

Cementerios de corbatas demodés, de libros que nadie leerá, de blocks con apenas cuatro páginas garabateadas, de agendas de bolsillo, con nombres de amigos que a lo peor ya no viven, y números de teléfono lapidarios que ya ni están de servicio.

Cementerios de fotos sepia, de fotos tontas, de fotos con gente de la que uno ni se acuerda. Cementerios de botones, de imperdibles, de alfileres, de chinchetas, de pins. De dónde carajo habrán venido tantos pins.

Cementerios de bolsas de plástico, que se acumulan prensadas para evitar que vuelen y siembren los campos de desolación. Un amigo le confesó al Duende que imaginaba el fin del mundo como un páramo despoblado donde la única señal de vida era el viento transportando bolsas vacías del Corte Inglés. Pactaron matarse recíprocamente en cuanto aparecieran los ángeles trompeteros que, según dicen, han de anunciar la consumación de los siglos.

Cementerios de folletos turísticos. De rutas maravillosas, de circuitos tentadores, de lugares de ensueño, del ocio imaginado y sin embargo aherrojado e un oscuro cajón. Pobre ocio, él no sabe que en el Duende toda acción es pura teoría.

A veces uno despierta con espíritu regeneracionista. Si no su yo, desea liquidar su circunstancia, y hacer borrón y cuenta nueva. Y entonces quiere engavillar todos sus objetos y tirarlos por la ventana.

Pero, maldita sea, si los tira todos, le multarán. Y si los deja en el portal, no será justo el día de recogida de trastos gratis por parte del Ayuntamiento. Así que sigue conservando sus pequeños cementerios de inutilidades. Y en medio de tanto absurdo, se consuela pensando que, gracias a que muchos acumulamos hasta lo innecesario, alguien tal vez puede llevarse a la boca el mínimo necesario.

Los eruditos “a la googleta”

Aristocratas

(Foto de MarySoliday)

Estaba el Duende de bolos en el llamado Pretexto Covarrubias -véase el post correspondiente- cuando, ante un auditorio tan letrado como el que encabezaban Mario Vargas Llosa y Humberto López Morales, secretario general de la Asociación de Academias de la Lengua Española, formuló la teoría de que hoy cualquier internauta puede ser un erudito a la googleta.

A tenor de las risas de los presentes, se percató el orador de que el neologismo hacía fortuna. Se trataba, en efecto, de la nueva versión de lo que el poeta José Cadalso satirizó como eruditos a la violeta, frívolos latiniparlos que pasaban la espumadera por las ciencias, las artes y las letras y afectaban un saber y una cultura de los que sin duda carecían. Vamos, unos farfollas, para qué engañarse.

Pero una cosa es un erudito a la googleta, que es a lo que aspira el Duende, y otra cosa es ser un caradura. El Duende comprendió allí mismo que no se podía colgar medallas que no le corresponden, y nobleza obliga, citó al autor del hallazgo semántico: el muy ilustre barón de Cap Llentrisca, un prócer de origen gallego que además de bibliófilo es diplomático, jurisconsulto, polígrafo, polemista y ahora también poeta. También es cónsul honorario de una nación caribeña que por discreción oculto, aunque por ahí puede venir su título. Pues investigado que fue el Who is who de la nobleza española, no se encontró tal título, a lo que, tirando de Google en plan Hércules Poirot el Duende llegó a la conclusión que el otorgamiento podía provenir del rey de Redonda, dependencia de Barbuda y de Antigua que, por concesión de la reina Victoria, es una monarquía absoluta. Su testa coronada es hoy la del novelista español Javier Marías.

Todo esto parece una parida, puede que incluso una paja mental. Pero, entre bromas y veras, lo cuenta muy bien el propio Marías en su novela Negra espalda del tiempo. Ahora, las novelas de moda no son sólo creación pura: mezclan churras con merinas, o ficción e historia, y con teselas de una y otra componen un mosaico que a uno le dejan con esa duda borgiana de no saber si es que es tonto o el autor le está tomando el pelo. Es una buena novela, insisto, pero si no están por comprarla, buceen en en la Wilkipedia. Háganse también eruditos a la googleta.

El barón, que en notoriedad y prestigio supera incluso a su cuantiosa hacienda, distingue desde hace tiempo al Duende con una sincera y afectuosa amistad. Tan es así que, saltándose los usos y costumbres de la aristocracia rancia que pasa sus horas en la Diputación de la Grandeza de España, cortando cupones en la Bolsa, administrando sus latifundios o criticando al gobierno en las tertulias del Nuevo Club o de la Gran Peña -también chismorrean de las curvas de la del guardarropa, no crean- entra a menudo en este blog, y formula sus comentarios con el pseudónimo Bête en sauce. Si el lector tiene conocimientos de francés y lee estas tres palabras -literalmente bestia en salsa- de corrido, podrá tener una pista de la noble villa donde el barón tuvo su cuna. Él no lo dirá nunca, pero así reivindica el marquesado de esta plaza coruñesa al que por contribución a la sociedad cree tener derecho.

Pues ánimo, señor barón. Y si no encuentra monarca que le de el marquesado, apuramos el Google y que nos busque otro rey que se avenga a razones. Que para algo vamos siendo ya eruditos a la googleta.

Un café cargado de remordimientos

 No se lo creerán, pero cuando el Duende era un chaval pensaba que su padre era un hombre rico. Es verdad que no tenía coche, porque eso era cosa de millonarios, ni televisor, porque aún estaba por inventar, ni siquiera pikú. Le bastaba con lucir un reloj Omega, una pluma estilográfica Parker y un mechero Ronson, que entonces marcaban un cierto nivel.

 Las referencias de lo que podía ser entonces un tesoro infantil eran bien modestas. En Marcelino pan y vino, aquel bonito cuento de José María Sánchez Silva que luego llevó al cine Ladislao Vajda, el niño abandonado en el convento y criado por los frailes guarda como preciadas joyas una botonadura de militar y unos naipes. Algo parecido a lo que muchos años después encuentra Amelie bajo una baldosa de su casa. Ahí descubre, escondidos en una caja de hojalata, un cochecito, un ciclista de plástico y otros restos de la arqueología sentimental de un niño. Amelie se empeña en averiguar qué fue de ese niño, y hace bien, porque a los zagales de antaño nos sobraba ilusión tanto como nos faltaba información. O teníamos aquélla precisamente porque no sabíamos de la misa la media.

Ahora la información acabará matándonos. Hoy, en el día mundial del Agua, el Duende se ha desayunado con el café más amargo de su vida. Ha leído que John Anthony Allan, un científico británico, ha elaborado la llamada teoría del agua virtual, en razón de la cual determina la cantidad de líquido inodoro, incoloro e insípido que un alimento necesita  para llegar al plato del consumidor. Según este señor, para producir medio kilo de queso se necesitan 2.500 litros de agua, el litro de leche se bebe  otros tres mil del líquido elemento y el kilo de carne de vaca unos 10.000. Menos mal que la taza de café sólo requiere 140 litros de agua.

O sea, que más que seres humanos, somos esponjas insaciables que, directa o indirectamente, absorbemos más agua de la que, con cambio climático o sin él, nos podrá suministrar el planeta. Qué cargo de conciencia. Qué sinvivir, tomar conciencia y comportarse como un consumidor responsable.

Por ahorrar algo, podemos tomar café soluble. Pero…¿no se gastará aún más agua liofilizándolo? O si no, evitar la infusión y mordisquear el fruto en el  mismo cafetal, aunque sepa más amargo. O mejor aún: inventar también  el Día del Consumidor sin Escrúpulos. Y permitir así que, al menos en esa jornada, el personal pueda tomarse un café a gusto sin sentirse ese vampiro insolidario que nos retrata la obsesiva, y a veces terrorífica, sociedad de la información.

Cosas que hacer en viernes santo

Semana Santa en MadridViernes Santo en Madrid 

(Foto de Zokete

Una planificación a contrapelo le ha permitido al Duende disfrutar del viernes santo en Madrid. Soledad, descanso, meditación, música. El ritual le obliga a buscar en su discoteca los tesoros del Viejo Peluca, como afectuosamente le llama nuestro imprescindible Fernando Argenta. No es nada original: de la misma forma que las orquestas programan  El Mesías handeliano por Navidad y La Pasión según San Mateo por cuaresma, él alimenta su rescoldito religioso siguiendo el mismo esquema. Hace un par de años, en una liquidación de  grabaciones de orquestas rusas o centroeuropeas que de cuando en cuando aparecen por ahí, el Duende completó sus pasiones bachianas con las de San Marcos, San Lucas y San Juan. Si John Coltrane y Pedro Iturralde no suministran suficiente dosis de divinidad -alguno de nuestros amigos comentaristas levitan escuchándolos- el Duede se permite recomendar especialmente la de San Lucas.

Los familiares y amigos del Duende respetan escrupulosamente la festividad del viernes santo. Telefónica, la amable señorita que vende tarjetas o planes de pensiones para el Banco de Sabadell y que, sin duda sin mala intención, acostumbra a llamar a la hora de la siesta, también. El móvil, cómplice del silencio que antaño nos imponían en este día, no dice ni pío. De modo que uno aprovecha para abordar esos asuntos pendientes que siempre quedan pendientes. Por ejemplo, romper papeles y ordenar libros. Y aquí  descubre uno puntos oscuros de su pasado, y retos difíciles de asumir para su siempre riguroso sentido de la responsabilidad.

Choix de nouvelles modernes  es un librillo alemán editado en 1898 por Velhagen & Klashing, y reproduce cuentos de autores franceses como Alfonso Daudet. ¿De dónde ha salido este libro? ¿Por qué para en esta modesta biblioteca, si no hay  antecedentes alemanes en la prosapia del Duende? Las Máquinas agrícolas, en dos volúmenes, es una guía de los adelantos tecnológicos que podían ayudar al agricultor…¡el 1899!. Los firma M. Ringelmann, director de la Estación de Ensayo de Máquinas Agrícolas de París. El Método Cortina para aprender inglés, con un prólogo de Emilio Castelar, es un precioso volumen encuadernado en tela y con estampaciones en oro que demuestra la obsesión de alguno de los ancestro del Duende por aprender la lengua de Shakespeare. Este es moderno: está editado en 1920. The arts of Japan, publicado en la preciosista colección Little Books on Art, otra perlita de 1906 que luce mucho en la librería por su coqueta presentación, obedece sin duda a las inquietudes artísticas de la madre del Duende, que pintaba, tejía alfombras y escribía poesía y cuentos surrealistas. Mal le deja sin embargo el ex libris estampado en el volumen, pues éste era el nº 1027 de la Biblioteca de Bellas Artes de Antonio Canovas y Vallejo. Si alguno de los herederos de este bibliófilo lo reclama, el Duende reparará encantado el desliz de su madre restituyéndolo a su legítimo propietario. Ella lo hizo, sin duda, por amor al arte. Más preocupante aún es una Breve historia del lanzamiento y el tiro editado por la fábrica de armamento Oerlikon Buehrle & Cía. Contiene una prolija explicación sobre materiales explosivos. Si no tenemos antecedentes militares en la familia…¿quién de los predecesores del Duende quiso emular a Mateo Morral?

Desgraciadamente, a los hijos de la galaxia Gutemberg nos enseñaron que cualquier libro es un objeto de valor. Y al Duende le falta precisamente eso, valor, para deshacerse de estos libros La pregunta es por qué si se establecen Puntos Limpios para recoger los aceites fritos, no se crean otros Puntos de Depuración Cultural donde uno pueda entregar estas extrañas herencias y librarse del peso de ser su  inútil custodio.

Agobiado por tal responsabilidad, y a pesar de lo anunciado días atrás, se va de procesiones por la tarde luminosa y fría de Madrid. Ve la salida del Cristo de los Alabarderos, dignamente escoltado por la Guardia Real, se encuentra con el  Divino Cautivo, y se planta en la calle Toledo para ver pasar a María Santísima de los siete Dolores una dolorosa tan guapa y bien ataviada como las que causan pasmo en Sevilla. No desfila en olor de santidad, ni del sahumerio, sino de la fritanga de calamares de las tascas circundantes. Da igual, la corteja una banda primorosa, y la buena música lo refina todo. El Duende se calla lo de ¡guapa, guapa!, pero, en su escepticismo, admite el pellizquito de la semana santa.

Calladaited you are guapier

Foto de las azores Aznar Bush Blair 

Ignora el Duende por qué la humildad es virtud poco practicada, incluso despreciada por los políticos. Sólo queremos líderes duros como el diamante, inasequibles al desaliento y a las fisuras en el criterio que a menudo nos afligen al resto de los mortales. Debe de ser la mano, a menudo estólida, de los politólogos, los asesores de imagen, los estrategas  o los camelólogos. Tú firme en tus creencias, impasible el ademán, sostenella y no enmendalla, antes muerto que sencillo: a lo hecho, pecho, y nada de confesar una debilidad humana, que eso es de perdedores, y la historia es de los arrogantes. Y lo de admitir que se puede haber metido la pata y disculparse por ello, menos. ¿Se arrepintieron de sus batallitas César, Aníbal, Alejandro el Magno o Napoleón? ¿Se rasgó las vestiduras alguien al ver que su guerra se le iba de las manos? Pues ¿por qué van a ser menos los de la foto de las Azores?

Cuando en el último debate televisado antes de las elecciones se le veía al líder del PP enfangado en el espinoso asunto de la guerra de Irak, el Duende jugó a la utopía. ¿Y si, en lugar de replicar tratando de involucrar al propio ZP, reconociera ante toda España que la decisión de las Azores fue una equivocación? ¿Y si admitiera que todo el mundo puede meter la pata una vez , sin que por ello merezca el castigo eterno de la opinión pública? ¿Y si por fin se desmarcara del hombre que, acertando en muchas de sus decisiones, se dejó convencer por los débiles argumentos de sus dos amigotes partidarios de la intervención? ¿No ganaría así, tal vez, las simpatías de quienes, descontentos a su vez con su rival, aun tienen escrúpulos morales ante la contumacia en el error del PP?

Tenía ante sí Rajoy  toda una legislatura para enmendarlo, y uno cree que tarde o temprano lo haría sin dejar mal a su presidente honorario. Pero, por si acaso, el principal responsable del entuerto, aquejado tal vez de la  sutil paranoia que a veces depara el reposo del guerrero, se empeña en salvar lo insalvable. Y en el quinto aniversario de la foto de las Azores, de tan infausto recuerdo para muchos -y sobre todo, para los de su propio partido- sorprende a la humanidad declarando en la BBC que la situación en Irak hoy, sin ser idílica, es muy buena. Las sabias lecciones de historia política de Jose, como le llaman los que más le quiere, deben de provocar saltos de alegría en la camarilla de su sucesor. Que, por cierto, bastante cuajo ha demostrado para seguir en la oposición después del marrón que le dejó su respetado Aznar. Alguien tiene  que recordarle a éste de forma rotunda, y quizás en el chapucero inglés con que Javier Capitán le imita: Already te vale, oncle…Calladaited you are guapier!

A lo mejor así acaba por enterarse.  

Domingo de Ramos con Bach

Musica en Iglesia Bach

No colgó la palma del balcón, como se hacía antaño el domingo de Ramos. No estrenó nada, como mandaba la tradición entonces. Nada: ni tan siquiera un pañuelo, o unos calcetines, que era la forma de cumplir sin disparar el presupuesto familiar.

No hará esta semana santa las estaciones, que ni sabe si sobreviven en el ritual católico: se iba de iglesia en iglesia y en cada una de ellas se conmemoraba cada uno de los capítulos de la pasión y muerte de Cristo. Se les podía ver en casi todos los templos, plasmados en unos cuadritos de escayola policromada en relieve, como diseñados por el art director de Cecil B. de Mille. La flagelación, la corona de espinas, la primera caída, el paño de la VerónicaAlabámoste, Cristo, y te bendecimos -rezaba la primera parte de la jaculatoria inicial de cada estación. ¡Que por tu santa cruz redimiste al mundo!- se respondía a sí misma. Olía a incienso.

No escuchará más el raca-raca de las carracas, que, como no son de tecnología digital ni necesitan pilas, no deben de interesar ni a los chiquillos.

No hará por catar las torrijas, el potaje o el bacalao a las trancas -plato típico de Zamora, muy cuaresmal él. Mal que le pese al padre Bonete.

Y no asistirá a los oficios ni a las procesiones. Sin dejar por ello de sentir ni más ni menos que los que, aún llevando una vida poco ejemplar el resto del año, se abrirían las venas si no pudieran pasear su sentimiento bajo los capirotes o transportar el paso de su hermandad sobre sus doloridos hombros. Lo de nuestra semana santa -suelen decir para fortalecer tan vigorosa expresión religiosa- hay que entenderlo. Hay que entenderlo todo. La fe en el ser supremo, en las dolorosas, en los cristos. La fe en la nada. La fe de los melocotones en almíbar. Y la meditación del funámbulo que duda. Y hasta la de quien cree que todo es una lectura poética del hombre y su historia. Un glaseado de azúcar espiritual para no dejar al alma en mal lugar.

Al Duende le gustaría comprenderlo todo. Pero lo que mejor le cose la trascendencia a a los fondillos de su almario es la música de ese sumo pontífice que fue Juan Sebastián Bach. Ayer, y dentro del IV Ciclo de Música en las Iglesias que programa el Ayuntamiento de Madrid, escuchó en directo dos de sus cantatas en la iglesia de la Milagrosa. Los artífices fueron la Orquesta y Coro de la Capilla Real de Madrid y Oscar Gershensohn. Qué calidad de versión. Qué belleza tan sublime. En la cuerda de sopranos, cantaba una mujer rubia y espigada con cuello de garza que se llama Sonsoles Espinosa.

Una contradicción para su importante marido, tan firme en su no fe. Como comentaba a la salida uno del público, transfigurado, quien es capaz de hacer esta música, no necesita más Dios. Porque está en Él.

Sobre la marcha

 El niño aquél no acababa de entender qué era la fe. La fe, le enseñaban, es creer en Dios. ¿Y cómo es Dios? -preguntaba el chiquillo. No tiene cara ni cuerpo, nadie sabe donde está, aunque está en todas partes -le decían- pero es lo más importante. Es el creador de todo, y  el dueño de nuestros destinos, ¿lo entiendes?. Tienes que creer en El. ¿Y cómo voy a creer, si no le veo? -replicaba el niño, inocente. Tampoco en una lata de melocotones en almíbar ves los melocotones, y sin embargo sabes que están allí. Vale, pensó el niño. En adelante, cuando le preguntaban cómo se imaginaba a Dios, respondía  que como los melocotones en almíbar.

Sospecho que muchos de los que revolotean por este blog están entre el niño de los melocotones y el unamuniano creo en Dios porque lo necesito. O, dicho de otra forma, si no hubiera Dios, habría que inventarlo. De tiempo inmemorial viene la controversia entre la fe y la razón, pero mira por donde la razón matemática ha venido a echar una mano a aquélla, y de paso a llenar las alforjas de Michael Heller, un filósofo y matemático, profesor de la facultad de Teología de Cracovia, que acaba de embolsarse 1.069.000 € en forma de premio otorgado por la Fundación Templeton de Nueva York. Al parecer ha demostrado que con fórmulas matemáticas se puede llegar a concluir que Dios no es ninguna broma.

Al leer la noticia, el Duende saltó de gozo. En parte por ver reforzado el argumentario del padre Bonete. Sin que salga de aquí, diremos que al mosén nunca le dejaron del todo convencido las cinco famosas vías con las que santo Tomás de Aquino pretendía demostrar la existencia de la divinidad. Parece mentira que fuera tan docto y asentara tales simplezas - dicen que llegó a afirmar en una ocasión Pero el júbilo duendal fue pronto ensombrecido por las dudas. Si él fue siempre de letras, y no llegó siquiera a entender ni la ecuación de segundo grado ni la demostración del teorema de Pitágoras, ¿cómo iba a llegar a Dios a través de las matemáticas?

La respuesta, como tantas veces, la hallado en los boleros. Caminemos, tal vez nos veremos después…, cantaban melancólicos los incombustibles Panchos. Pues eso: hagamos la marcha propuesta y, si no nos vemos con Dios sobre la marcha,  al menos nos veremos entre nosotros. Por contrastar, entre otras cosas, si los amigos de este blog responde a la imagen que uno se ha forjado de ellos a través de sus comentarios.

Le cuenta Candil al Duende que muchos esperaban su confirmación para cerrar sus planes. Pues por él, adelante, 19 de abril en primera y única convocatoria. Sólo se atreve a sugerir al guía que el camino sea asequible para una mayoría, o al menos gradual en el esfuerzo, de forma que el que flojee pueda retirarse y esperar o regresar tranquilamente al punto de partida.

Claro que, si llegar a la meta es cuestión de fe, bastará con llevarse una calculadora. Después de haber ascendido a Dios, como ha hecho el profesor Heller, lo de subir a la Pedriza seguro que es pan comido.

Un mensaje curioso

SMS Mensaje

(Foto de mariajose

Texto de SMS llegado al teléfono móvil del Duende hace tres semanas. Te agradecería que trasladases a doña María este problema. He estrenado unos zapatos nuevos, pero al andar me comen los calcetines y me tengo que parar a estirarlos constantemente, con el consiguiente engorro y pérdida de compostura. La veterana gladiadora del hogar, tan curtida en denunciar y combatir estas pejigueras diagnosticó de inmediato: poblemática  de forro interior de zapato agarrón hecho de espaldas al pueblo.

Está  probado que si el forro, especialmente del talón, es de piel vuelta y ciñe muy estrechamente esta parte del pie, es muy probable que retenga algo al calcetín cada vez que aquél se levanta para iniciar un nuevo paso. El efecto agarrón se incrementará si el calcetín aprisionado, en lugar de ser de un tejido artificial como la lycra, es de lana o de algodón, pues en este caso a la naturaleza antideslizante del material A (forro del zapato) se suma la rugosidad del material B (calcetín). Elemental, querido Watson. Esto lo sabe hasta una vecina del bloque Los Arándanos que no ha leído una sola novela de Sherlock Holmes.

 Pero, como señala ella misma, es sorprendente lo que tarda en aprender el género humano las evidencias de la física. Está también más que científicamente demostrado que no hay manera de escanciar el líquido sin derramar algo sobre el mantel, si el pitorro o la hendidura del borde superior del recipiente contenedor no describe la curvatura adecuada. A doña María le sorprende ver cómo se siguen diseñando y vendiendo cantidad de jarras, teteras, cafeteras y otras vasijas con vertiente diseñada en línea recta, y no curva primero ascendente y luego levemente descendente, que es lo fetén. O sea, con lo que ella llama picos o  pitorros derramones. Lo fantástico del caso es que semejante engendro del menaje precisamente abunda en el sector hostelero, y muy especialmente en esas tascas y mesones donde en verano se sirven tantas sangrías. Los lectores del blog podrían hacer una buena aportación a la historia del pensamiento económico y ecológico si hacen el cálculo del gasto en energía y detergente y de contaminación por vertidos que la humanidad ocasiona por esta gilipollez mantenida tercamente de generación  en generación. Y las cumbres sobre el medio ambiente sin meterle mano a esta poblemática.

No eran sin embargo estos pequeños entuertos  el objeto primordial de esta entrada en el blog. Sino el recordar que los mensajes SMS deben firmarse. Durante muchos días estuvo el Duende dando vueltas al caletre por encontrar de quién entre sus amigos/as y conocidos/as podía partir tan interesante observación. No estaba entre los nominados en su agenda, pues de lo contrario hubiera aparecido su nombre. ¿Sería hombre o mujer? ¿Joven o de su edad? ¿De ciencias o de letras? ¿Funcionario, empleado,  profesional liberal, militar con o sin graduación, eclesiástico, sus labores?

Pueden jugar a los detectives, porque la respuesta recuerda una vez más que la vida te da sorpresas. Y que hasta los personajes que tienen grandes problemas en los que pensar olvidan de vez en cuando su cara adusta y hacen un ingenioso guiño al sentido del humor.

Cracias al amigo que se acordó de doña María mientras caminaba. Y que no se preocupe, pues si la intriga de los lectores  es tan insoportable que debe revelar su nombre, su ya notable personalidad saldrá ganando, sin duda.

Gracias, Mariano

No habría mentira si no se partiese de la verdad, como no hay imitación si no existe un modelo original. Lo malo es que a los duendes de la radio se les va el personaje de referencia y ven que su caricatura se desvanece sin remedio. Tanto estudio de voz y de gestos, tanta composición del personaje para nada. Sic transit gloria imitatoris, que diría el padre Bonete en su latín macarrónico.

La nómina de caídos que lloró el que suscribe es larga. Algunos, como el impagable Agustín Rodríguez Sahagún, el papa Juan Pablo II o la pluma avinagrada de Francisco Umbral, nos dejaron para siempre. Si vemos a Charlot, o al Gordo y el Flaco, o a Buster Keaton en una de sus películas podemos seguir riéndonos de ellos y con ellos. Aunque estén muertos desde hace tiempo, a nadie le parecerá le parece una falta de respeto o de delicadeza. Pero si nos reímos de su imitación, todo el mundo entiende que estamos ofendiendo a la memoria del difunto. Así que hay papeles importantes que ya nunca cabrán en el repertorio de los duendes.

También hay muchos que no necesitan morirse para alejarse del mismo. El Duende disfrutaba haciendo de Alfonso Guerra, de Marcelino Oreja, de Leopoldo Calvo-Sotelo, de Manuel Fraga, de Santiago Carrillo, de Hernández Mancha, de Solana, de Rodríguez Ibarra, de Julio Anguita, de Luis Molowny, de Rexach, de Joan Gaspart, de Florentino Pérez. Algunos, como don Manuel, el inagotable Carrillo o Guerra aún nos sorprenden de cuando en cuando con alguna soflama o un chascarrillo malvado que les devuelve a la actualidad. Pero los más han ido pediendo protagonismo. A algunos, ni les buscan ya los periodistas. Su imagen se va desdibujando en la memoria colectiva a medida que enmudecen. Tanto hablas y tanto sales por la tele, tanto tienes.

Por eso el Duende tiene que estar agradecido a Mariano Rajoy, que pese al varapalo de no ganar por segunda vez ha anunciado que seguirá al frente de la oposición. Alberto Núñez Feijoo, que es de los que se perfilan en el horizonte como posibles delfines del PP, explicaba alguno de los porqués. Un líder -dijo- no se improvisa. Cierto: no es fácil dar con la impostura de su personaje si éste habla correctamente, si no tiene un deje regional, si no abusa de muletillas, si no dice burradas o si no habla, como el ya talludo líder del PP, con las eses deshilachadas. Si encima es de Castilla y León, modula las palabras tan pulcramente como Zapatero y resulta de todo un esaborío, el Duende se queda tan huérfano como el ventrílocuo que pierde sus muñecos.

Si todo va como es esperable y Mariano Rajoy cumple sus propósitos, el Duende podrá seguir tirando de uno que, por su fondo y sus formas, es de los más arovechables de la fauna política. Y así hasta dentro de cuatro años. Voila la madre del cordero: no es que le afecte el debate sobre el liderazgo que se abre en el PP. Ni que piense que este pontevedrés tan solvente es la mejor solución para arreglar España. Porca miseria, es que su marcha le destrozaba al Duende el elenco con el que tiene que seguir tirando hasta que le llegue la jubilación.

Así que gracias, Mariano. Y aguanta por lo menos dos años y medio.

Cómo ser feliz a pesar del gobierno

Buscando la Felicidad

(Buscando la Felicidad, Foto de Davichi)

Aquella tarde radiaban desde el Congreso de los Diputados el asalto del teniente coronel Tejero. Entretanto, tirados en el suelo, dos hombretones extraían de una enorme caja de madera llena de virutas de madera pequeños objetos envueltos en papel. Los cogían con mucha delicadeza, les quitaban su envoltura, los admiraban, los ponían en el suelo y jugaban con ellos. Habían escuchado los tiros, el abajo todo el mundo, el se sienten, coño, y la advertencia del guardia civil con bigotes de que se esperaba a una autoridad, militar, por supuesto. En realidad se sobresaltaron. El corazón les dio un vuelco. Mala suerte que la intentona golpista hubiera coincidido con el día que tanto esperaban. Lo primero es siempre lo primero: el regreso de los espadones y el fantasma de la vuelta a la caverna no les iba a impedir disfrutar la gran ilusión. Los dos niños grandes eran el Duende y su amigo Lorenzo, y lo que contenía aquella caja era el lote de juguetes de hojalata antiguos que habían comprado a un coleccionista y que debían repartirse aquella fausta/nefasta tarde del 23 de febrero.

El Duende recordaba haber escuchado estupefacto de su madre que, en plena guerra, salían a la calle y hasta iban al cine. Los cines en Madrid fueron incautados, y programaban sólo películas de propaganda o El acorazado Potemkin. Pero iban al cine, y se supone que no para ser adoctrinados, sino porque les divertía. Muchos años después también escuchó a Chumy Chumez evocar su infancia en la guerra, donde disfrutaba paseando con sus amigos entre vehículos destrozados, ruinas y embudos provocados por las bombas. La última que se ha atrevido a aislar la felicidad interior del mundo que nos rodea es la editora Esther Tusquets, autora de un libro que lleva por título Habíamos ganado la guerra. Mujer de izquierdas, confiesa sin ningún pudor que, gracias a que su familia era de derechas y gozaba de una holgada posición económica, ella, como Chumy, también fue feliz en la guerra.

Son anécdotas quizás demasiado frívolas. Pero ahora que acaban de celebrarse las esperadas elecciones generales, cuando unos eufóricos cantan victoria mientras que los otros se rasgan las vestiduras por la derrota, el Duende hace balance en sus memoria personal y declara que es incapaz de saber si le fue mejor con UCD, con el PSOE de Felipe González, con el PP de Aznar o bajo la égida de Zapatero. En alguna fase pagaría más impuestos, en otra haría más colas en el ambulatorio, en otras se mosquearía por la subida de la gasolina, en otras le afligiría la salud… Pero cree que la auténtica felicidad, que es estar más o menos contento con uno mismo, no depende del resultado de las urnas.

La política resuelve muchos problemas, especialmente para los que menos tienen. Pero uno de los signos de madurez es convencerse de que no lo arregla todo. Dede luego, no lo más importante. Búsquense ilusiones que no dependan del BOE. Y si alguna vez recibe la noticia de que no han ganado los suyos con la misma naturalidad con la que se entera que al fin se desmorona el anticiclón de las Azores, es que se va acercando a esa quimera llamada felicidad.

Amigos de la infancia

Las minas del rey salomonOtro asesinato de ETA. Andemos. Ni una palabra más para recordar lo de siempre. Le duele a uno tanto como el que más, pero no quiere aburrir más que nadie machacando con lo obvio. El Duende ha repasado el inventario de posts desde que se abrió el blog y ha encontrado uno, breve, pero contundente, titulado La raya del tigre. Donde dijo digo, sigue diciendo digo. Quizás en voz un poco más alta.

Hablamos, otra vez, de andar. El Duende terminó de leer ayer La conquista del Polo Norte, de Fergus Fleming. Ya saben, el Duende es caminante y explorador por mapas y libros, y éste es uno instructivo, entretenido y apasionante. Cuenta la epopeya de los que intentaron poner pie en lo que aún no se sabe si es ficción geográfica. Su loco empeño nos dejó, sobre todo, una asombrosa lección de la capacidad de sufrimiento y superación del ser humano. El Duende siempre aprende algo nuevo de estos libros. Normalmente los exploradores llegaban a la latitud hasta donde el hielo atrapaba su barco, y desde allí continuaban su ruta al norte en trineos, esquiando o a pie. Pero antes, se iban haciendo avanzadillas que enterraban en la nieve y el hielo los depósitos de alimentos que asegurarían el regreso de los que no murieran en el intento.

Recordaba estas hazañas el Duende caminando el pasado domingo por la Carretera de la República, a los pies de Siete Picos, ruta maravillosa que, para su vergüenza, y estando tan cerca de Cercedilla, no conocía. Le acompañaba un amigo de la infancia. El Duende conserva varios de este tipo de amigos. Uno de ellos es Juanito Labaig y Menéndez-Pidal, un compañero de colegio por delante de cuya casa pasaba todas las mañanas para ir a clase. Juan vivía con familia, dos tías solteronas y un piano vertical. En esa casa colgaban jamones en la despensa, y Juanito tenía además un futbolín con el que hacían campeonatos, y un juego de figuras de safari que se llamaba Africa Salvaje, donde los hombres y las mujeres vestían como en Mogambo y en Las minas del rey Salomón. Era uno de los juguetes estrellas del momento. La exploradora, que era de goma, era bastante mona, con sus tetitas y todo. Como en el safari había muchos negros, y en las película de ambiente africano los malos eran casi siempre ellos, jugaban a atarla a un poste y la clavaban alfileres en sus partes más delicadas, ejem, ejem. Qué exquisitos malvados tan pícaros eran los niños de entonces. A última hora, aparecía el bueno y la salvaba.

Un día se dieron cuenta de que ya no eran tan niños y cambiaron El Duende no le vio jamás tocar el piano vertical de aquella casa, ni siquiera estudiar música. Pero sin embargo Juan desarrolló un extraordinario sentido musical que le permitía improvisar con la guitarra cualquier canción y, de paso, ligar mucho. Juan era parco en palabras, pero largo en repertorio de guitarreos y quizás en otras facetas en el ars amandi de Ovidio . Además tenía buena planta y un padre espléndido que ponía a su disposición un Opel Kapitan o o un Renault Gordini cuando el resto de la pandilla sólo disponía del bonobús de la época. Al salir de casa, aparecía su padre, sacaba del bolsillo unos billetes grapados y le largaba uno de quinientas pesetas. Toma, Juanín -le decía- Para que meriendes en Viena Capellanes. Los demás amigos mirábamos su suerte con los ojos como platos. En la guantera del coche, aparte de una de las primeras Ray Ban, llevaba siempre una tableta de chocolate con almendra. Los demás éramos habladores, bailones, simpáticos y más bien voluntariosos. Él apenas hacía por las chicas, pero ellas, inocentes, se enamoraban de él. Cuestión de autosugestión -señalaba Félix, otro tesoro de la infancia. A más auto, más sugestión…

Juan es uno de esos amigos a los que uno sólo ve de tarde en tarde. Él vive en Cercedilla, el Duende en la capital. Se llaman lo justo. De vez en cuando, atizan con la badila el brasero de los recuerdos y disfrutan. Y, sobre todo: cuando se ven, jamás se piden explicaciones por los silencios y las distancias que impone la vida. Les une hoy lo mismo que entonces. Caminan juntos, sin más, y tan amigos.

Y el Duende se acordó de aquellos depósitos de alimentos que enterraban en el hielo los exploradores polares. Y llegó a la conclusión de que, sin esa reserva de afectos que conserva de cuando inició su camino, no podría seguir andando tan fresco.

Foto de  Figuritas del Ayer

Fraga y el papel higiénico

Manuel Fraga

 A Manuel Fraga le pregunta un reportero por sus declaraciones acerca del Libro Blanco de Zapatero y del último debate. Y, muy en su línea tradicional,  el veterano estadista se mosquea y hace suya esta cita de Clemenceau:

Quand je lis le Libre Blanche

et les pelottes se m´inflent,

je les solte quatre fresques

et á mois me la refanfinfle

La recogen La Carcajoda y el No Ticiero de Mobuzz TV.  Pero casi nada es cierto. El Fraga que lo dice es una impostura del Duende. La cita es una ocurrencia facilona en un  francañol inventado. Y  a George Clemenceau, que dijo aquello de que la guerra es algo demasiado importante como para confiársela a los militares, no se le conocen semejantes salidas de pata de banco. Sólo son de verdad el citado Libro Blanco y la expresión que éste ha inspirado al catedrático, diplomático, letrado de las Cortes y ex ministro Fraga: lo utilizaré como papel higiénico. El resto es comedia. Y una parodia de la facundia del veterano senador gallego, tan aficionado a citas de prohombres como el estadista francés. En el pirandelliano juego de las imitaciones por el que transita el Duende, así puede ser, si así os parece. Porque si non é vero  ni el personaje ni el exabrupto, sí  e ben trovatto.

Los imitadores les caricaturizan y ellos solitos se perfeccionan. Mira que es relamido y a veces cursi el discurso del presidente Zapatero. Pero entre uno y otro extremo hay un término medio. A su edad, esa vomitona propia del Fraga colérico del otro régimen, ni es un prodigio de gracia ni ayudará especialmente a los suyos en la campaña. Mal genio y figura, hasta la sepultura.

Nunca se había traído el papel higiénico al debate político. Pero, de ser así, se podía haber precisado si hablaba del recio papel Elefante, del de cuatro capas de celulosa o incluso del perfumado. Y haber abordado ciertas cuestiones colaterales sabiamente subrayadas por esa experta en miserias cotidianas que es doña María. ¿Por qué, a pesar de los progresos de España en I+D+I, siguen sin romperse las hojas por la línea de papel trepado? ¿Por qué no se ha inventado en sistema de apertura del rollo que evite que éste se devane en capas como las de la cebolla? Por último, algo esencial, denunciado en su día por Rosaura, la hermana mayor de María: ¿por qué en las comunidades de pisos, de la misma manera que hay calefacción o agua caliente central, no se instala un servicio de papel higiénico centralizado?

Ésto se podría perfeccionar con un sistema de contador en cada piso en el que, en cada servicio de papel, se imprimiera el coste del mismo, como los antiguos billetes de autobús. Y evitaría la foto que, a juicio de doña María, más le humilla: verse saliendo del hiper con una montaña de papel higiénico en el carrito mientras unas vecinas comentan cuánto dan de cuerpo en su familia. Imperdonable y de espaldas al pueblo.

Pero esa reforma ya quedará para otro Libro Blanco, para otro sueño de la niña de Rajoy o para otro arrebato de ingenio del inefable don Manuel Fraga Iribarne.

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