Archivos para Abril 2008

Huyendo del fantasma de Josef Fritzl

Hace tiempo que el Duende se pregunta cómo  no viviendo precisamente los mejores años de su vida mira al futuro con aplomo, e incluso con una cierta dosis de optimismo. Podría ser ese kaleidoscopio feliz con el que Zapatero invita a ver su utopía, pero el voluntarismo seguramente no basta.   La razón es más bien una especie de esquizofrenia benigna que le permite ser y no ser él mismo, y adoptar sucesivamente personalidades múltiples, según convenga.

 Tanto le abruma ser él mismo que hasta hubo una época que decidió cambiar de nombre. Corrían los últimos años de la década de los cincuenta y, quizás porque el Athletic de Bilbao -entonces obligado a llamarse Atlético- vivía  su etapa  más gloriosa, lo vasco estaba de moda entre los chavales. El Duende se sabía de memoria la alineación más habitual del equipo del Bocho, y aún la puede recitar: Carmelo. Orúe, Garay, Canito. Mauri, Maguregui. Arteche, Uribe Arieta, Merodio (o Marcaida) y Gainza.  La delantera era la sucesora del quinteto más añorado por los buenos aficionados de San Mamés, que estaba compuesto por Iriondo, Venancio, Zarra, Panizo y  el mismo Gaínza. Pero, en su obsesión por la arqueología de lo inútil, el Duende se sabía hasta la línea de ataque del Athletic de antes de la guerra, que la integraban Lafuente, Iraragorri, Bata (o Unamuno), Chirri y Gorostiza. Héroes a rayas eran para él. Y eso que sólo les conocía de los cromos.

 El Duende decidió entonces que su apellido catalán debía  ser cambiado por uno vasco. Como los de los leones eran demasiado conocidos, se fijó en los de dos pelotaris del frontón Madrid que le hicieron gracia: Salsamendi y Echegoyen. Lo de Salsamendi le pareció más propio de un cocinero, y él aspiraba a ser gloria del deporte. Así que se quedó con Echegoyen, a lo que, en un exceso de autoestima impropio de él, añadió el sobrenombre de el magnífico. Con tal seudónimo firmaba sus escritos de entonces: crónicas de fútbol en el mural de la clase, algún articulillo en la revista del colegio y otro mural veraniego que mantenía con sus amigos de Arenas de San Pedro. Gran parte de estos no le consideran ahora nada magnífico, pero le siguen llamando Echegoyen cuando se lo encuentran.

 El habla es otro de los disfraces que ha usado el Duende para camuflarse. No domina ninguna lengua ni jerga, pero imita su pronunciación, su cadencia y su ritmo. Y tiene amigos con los que sólo habla catalán (medio inventado), andalú  de  señorito jerezano,  o alemán macarrónico. Con otro, Angel Gortázar,  mantenía conversaciones hablando  al revés - es decir, pronunciando las palabras como si se leyeran de derecha a izquierda. Y con su siempre fiel Félix Bragado, cascaban ambos la voz y se pasaban los veranos en Asturias conversando como dos viejos excombatienes tertulianos de la Gran Peña. Últimamente ya no lo hacen: se han dado cuenta de que los años pasan y, como recordaba Oscar  Wilde, la naturaleza acaba imitando a la ficción.

 Esto de llevar un tiovivo de personalidades en el cerebro desconcierta a muchos, y suele acabar mosqueando a la persona que comparte tu vida. Pero mientras que no asome por ahí alguien como el abominabe Josef Fritzl, se puede aguantar. Qué excremento humano.  Asusta pensar que todos somos de su misma especie. Y que el espíritu mutante del Duende, en lugar de un  Braulio o una doña María, pudiera alumbrar  un espanto como el llamado monstruo de Amstetten. Oración final:Virgencita,  Virgencita, que me quede  como estoy.

 

 

La “poblemática” del señor barón

 

Hay aristócratas para todo. Cuando Berlanga presentó  en su Escopeta Nacional a aquel marqués de Leguineche que coleccionaba pelos de pubis femeninos, no inventaba nada. Muchos años después cayó en las manos del Duende  un libro presuntamente autobiográfico de un señor llamado Ricardo Soriano. Este caballero, marqués de Ivanrey, un aventurero inquieto, rico y vividor, fue al final de sus días uno de los descubridores e impulsores de Marbella. Y con la misma naturalidad con la que, a través de la pluma de la periodista Ana María Mata relata sus iniciativas turísticas y empresariales, no tiene el menor recato en confesar que él era el creador y propietario de esa pintoresca colección. No se deduce de sus palabras que le pareciera nada excepcional, sino tan normalita como la de un filatélico o un numismático. Hay aristócratas que , efectivamente, parecen de otra pasta que el resto de los mortales.

 No pertenece a esa clase el barón de Cap Llentrisca, amigo del Duende y comentarista eventual de este blog. Quizás `por no poder probar  el origen de su baronía, o por pertenecer a la nobleza del reino de Redonda, como ya apuntamos en su día, el caso es que, conservando algunos rasgos de la más rancia aristocracia europea, sintoniza con el pueblo en la apreciación de algunos problemas que podrían ser denunciados por doña María. Ha seguido las chácharas de esta buena mujer durante años, pues la escuchaba a través de la radio de su Jaguar mientras su mecánico -que no chófer ni conductor- llamado Vidal  le llevaba a su despacho cada mañana. Pues bien: según le confesó a este Duende, el barón estaba estupefacto de que la sagaz crítica  de las pequeñas miserias humanas no hubiera denunciado el problema que refirió a continuación.

 Ocurrió que aquella mañana Vidal libraba, por lo que el señor barón tuvo que ponerse al volante. A mitad de camino, aparcó el coche, sacó su teléfono móvil del bolsillo y marcó un número. Necesitaba hablar por teléfono con Mrs. Gladys Summerbee, subdirectora de la famosa joyería  Tiffany´s, de Nueva York y encargada de confirmarle que el collar de diamantes que pensaba regalar a la baronesa por su aniversario -no digamos cuántos años, no la jodamos- estaba listo y le sería enviado por mensajero a su despacho, previo burofax confirmando la transferencia de su importe.  También ocurrió que, a mitad de conversación, el aparato, un terminal extraplano de última generación, se le resbaló y fue a parar a ese espacio inalcanzable que media entre el asiento del conductor y la caja de cambios. Lo cual ocasionó, primero, que el señor barón se desollara la mano al desafiar la impenetrabilidad de los cuerpos sólidos intentando atrapar con la yema de sus dedos, empeño imposible. Segundo, que la llamada le costara casi tanto como el collar, pues él no podía colgar, y, por otra parte, no quería decirle a Mrs. Summerbee que colgara ella para no parecer un roña o un mal educado. Y tercero, que, de vuelta a casa y recuperado el ingenio con una de esas largas tijeras prensiles que se utilizan en la cocina, le entrara  un ataque de nervios pensando que una gilipollez como el pésimo diseño interior de su coche le hubiera hecho casi perder la mano y, desde luego, tantas horas de su valioso tiempo. ¡No sólo es de espaldas al pueblo -se lamentó airado- sino también de mí!

 Doña María mantiene que el señor barón tiene toda la razón. Y además añade que los nuevos coches ofrecen cantidad de chorradas innecesarias sin haber resuelto cosas muy sencillas. Por ejemplo, distribuir por igual el calor y el frío entre asientos delanteros y traseros y conseguir que los que viajan atrás  no tengan que desgañitarse a voces para que les entiendan el piloto y el copiloto. ¿Un nuevo diseño acústico del techo? ¿Una instalación de micrófonos interiores?…Pues que se estrujan las meninges los del Salón del Automóvil, que aunque doña María ya no es lo que era el barón de Cap Llentrisca está dispuesto a tomarle el relevo.

 

 

Cantando a Brahms en el metro

Hace años la 2 de TVE emitió un apasionante documental sobre los grandes directores de orquesta del siglo XX. De todas las secuencias y entrevistas con nombres que ya suenan legendarios, como Arturo Toscanini, Stokowsky, Furtwangler o Karajan, había una imagen que al Duende se le quedó grabada de forma muy especial. Era la de Richard Strauss dirigiendo con particular cachaza una de sus composiciones. Tan  despreocupado parecía que, sin dejar de mover la batuta, se sacaba del bolsillo del chaleco el reloj y miraba la hora. Bendita seguridad.

 De ésta anécdota se acordaba el Duende este fin de semana en su doble cita con la música de Brahms, cuyo Requiem Aleman no es, desde luego, el chiki-chiki de ese nuevo genio que vamos a mandar a Eurovisión. Casi todos los múltiples empeños que uno va abordando a lo largo de su vida adolecen de falta rigor, como si la levedad de un duende fuera incompatible con tomarse nada demasiado en serio. ¿Cuántas veces no habrá escuchado  uno el aforismo si una cosa merece la pena hacerse, merece la pena hacerse bien? Esta bobada solemne es una de las premisas esenciales del profesional, un héroe social de nuestro tiempo cuya exigencia de perfección le deja al Duende, sin embargo, en un perpetuo estado de desasosiego existencial. Él nunca llega a hacer nada del todo bien: ni siquiera lo que es puro amateurismo.

 Verán. Resulta que el Duende debutaba en su nuevo coro, y debía observar los cuidados de la voz y las normas de etiqueta y protocolo propias de un concierto. Mas tan poseído estaba por aprenderse la partitura, que olvidó, por ejemplo, los gemelos  de su camisa blanca, por otra parte impecable. Y también, cosa ya más habitual, el teléfono móvil. Esto puede aparecer muy oportuno en un concierto, pues así no corres el riesgo de no apagarlo y de que una llamada inoportuna provoque un infarto al director. Pero ocurre que se había quedado a las cuatro -el concierto era a las siete- para calentar voces, hacer un ensayo completo y tener luego tres cuartos de hora de descanso, en el que el Duende debía llamar a unos amigos para decirles dónde les había dejado las entradas. El Duende lo meditó seriamente. Pensó si sería capaz de mostrar el temple de Ricardo Strauss y de debutar en su coro sabiendo que no llevaba gemelos en la camisa ni iba a cumplir con sus amigos. No confiaba en él. Así que se subió a la Vespa, cruzó medio Madrid, volvió a casa, recogió los olvidos y cumplió con las normas sociales. Cuando musitó su primera frase -un pianísimo que dice bienaventurados los que padecen-  la camisa con gemelos casi no le llegaba al cuerpo, pero, eso sí, estaba convencido de haber hecho las cosas bien. Tarde, pero bien.

 Lo de hoy fue otra cosa. El concierto era a las doce, y la concentración, a las once menos cuarto. Por la mañana es esencial calentar voces -había advertido severamente el director- gritar todo lo que podamos…. No podía sospechar el Duende que la Maratón de Madrid le iba a impedir llegar a tiempo al ensayo. Incluso en Vespa. Claro, que no hay mal que por bien no venga: los pasajeros del metro miraban muy sorprendidos a un señor con el pelo blanco  vestido  de oscuro, con corbata y gemelos, cantando una partitura donde ponía Eine Deutsches Réquiem. Había que calentar como fuera. Al personal quizás le hubiera gustado más un mariachi o uno de esos Bob Dylan suburbanos que hacen bolos por los vagones. Pero al menos el chifleta tuvo la delicadeza de no pasarles la gorra.

 

Nuestra adorable Jocelyn

Entre los recientes comentaristas del blog ha descubierto el Duende a Joce. Joce  es el apócope de Jocelyn, la íntima amiga de doña María, cuya novelesca historia es todo un ejemplo de superación. Los curiosos podrán conocer sus peripecias -no siempre ejemplares- en el capítulo 8 de Las poblemáticas de doña María, pero quizás aún haya quien la recuerde de sus intervenciones en Hoy por hoy. Jocelyn entraba de cuando en cuando por teléfono,  y era el pasmo de Iñaki Gabilondo. ¿Quién es? -le preguntaba al Duende- ¿De dónde has sacado a esta chica tan graciosa?. Por cierto, viéndole ahora como severo observador de la realidad en la 4, nadie diría que este hombre  se reía a mandíbula batiente escuchando a las dos vecindonas de Los Arándanos. Qué pena que Aznar le cambiara el metabolismo.

 Jocelyn era un ejemplo puro de radio  natural, tan fresca y espontánea como la persona que le daba vida. No se trataba de una actriz ni de una periodista, sino de una pipiola recién graduada en Ciencias de la Información  que buscaba trabajo como creativa en la agencia del Duende, donde pronto se integró y se entendió  las mil maravillas con todos. El guión era tan  sencillo como llegar a la oficina a las nueve, echar un vistazo a los periódicos, y decirle a Joce: doña María cuenta contigo para hablar de la poblemática  de las carreras de las medias. No hacía falta más, porque a la chica le sobraba desparpajo. El Duende se subía a la Vespa y diez minutos después estaba en la SER tan pancho. Ya le sacarían las castañas del fuego María y la simpar Jocelyn

 La verdadera identidad de las voces de la radio es siempre un reto para el oyente. Nadie escuchando a aquella criatura tan simpática y divertida podría imaginar el drama que había vivido de niña. Inés -que así se llamaba en realidad- era la hija del comandante Jesús Velasco, asesinado por ETA en 1980. También lo es de Ana Vidal-Abarca, una auténtica heroína civil que, al menos para el Duende, está en el apartado de mujeres admirables sólo un poco por detrás de Santa Teresa, Agustina de Aragón o Manuela Malasaña. Y aún no sabe uno si es peor haber luchado contra el miedo y la insensibilidad que provocaba el terrorismo entonces que contra el gabacho invasor. Porque en 1808 se levantó el pueblo en armas, pero cuando esos canallas que algunos llaman gudaris mataron al padre de Inés, había que contemporizar. Han tenido que pasar veintiocho años para que un tribunal prohíba que un parque infantil lleve el nombre del asesino. Hay que ser  santo para resistir con dignidad tanto dolor e incomprensión.

 Fuera la mano de esa madre estupenda, o de ese Dios que dicen que tuerce los renglones para escribir recto, el caso es que Inés ha resultado ser una de las mujeres más alegres y felices que uno conoce. Aún en la agencia, ocultaba discretamente su llanto cada vez que la ETA reabría su herida infantil con un nuevo atentado. Pero su carácter -de casta le viene al galgo- podía con todo. Después de haberse casado con un tipo cabal y de haber criado tres recentales que parecen la defensa del Alavés, hoy es creativa free lance a tiempo parcial, y amiga generosa y entusiasta  mañana, tarde y noche. Su alegría y su contagioso deseo de disfrutar la vida son un bálsamo para los pusilánimes, y un fracaso para los terroristas que mataron a Chus Velasco.

 Muerte, ¿dónde está tu aguijón?…Infierno…¿dónde tu victoria?  Esta cita   de Corintios  se incluye en el Réquiem Alemán de Brahms  que el Duende canta este fin de semana. Y al ensayarlo con sus compañeros de coro, se acordaba de  la invencible sonrisa de Inés. Ese sol de  chiquilla que para doña María, más de Manolo Escobar que de  Brahms, siempre será la adorable Jocelyn.      

Soneto vago al Día del Libro

 

                               Se fue el día del libro sin mi rosa

                               y sin el libro que, cual Bertelby escribiente,

                               sigue siendo ese asunto pendiente

                               negado por mi musa, puntillosa

                              

                               Y se escurre, además, sin que la prosa

                               del Duende concurra puntualmente.

                               ¿Es fatiga, empanada de la mente,

                               o es la lira, que le tienta envidiosa?

 

                                El dilema se aclara en dos tercetos:

                                si te ha aplastado el plomo de este día,

                                ponle alas y vuele la poesía

 

                                Catorce versos es cuanto comprometo,

                                lo justo para ver con alegría

                                el post del Duende en forma de soneto

                               

¿Por qué matamos lo cursi?

(Foto de Leopoldo 2006)

Apareció en el estudio Juan Adriaenssens con una bolsa cargada de regalos de Navidad, sacó un diminuto paquete y se lo entregó al Duende. Esto no es para ti -advirtió- sino para doña  María. Dentro había un diminuto reloj de mesilla de noche  incrustado en un  caballito balancín paticorto  hecho de acero, y con las crines, la cola, y los bastidores sobredorados. A doña María le emocionó, y el Duende lo mira todas las mañanas al despertar. En otro tiempo, lo hubiera adjetivado como una preciosidad, ahora quizás no llegue tanto, porque le daría vergüenza.

  Juan es un polemista vehemente, culto, refinado y borde o encantador, según le peta. Puede pasar del lirismo más delicado a la furia Zeus tonante en segundos. En sus gustos estéticos no es menos hiperbólico. Levita ante un Cristo de Berruguete a pesar de ser ateo convicto, y a continuación  eleva a la categoría de novena maravilla del mundo a La Cúpula, un centro comercial al norte de Madrid con columnas de lapislázuli y arabescoss que, según los que lo conocen, parece la orgía arquitectónica de un maharajá enloquecido. La apoteosis del kitsch. Pero para Juan hay tanta belleza en la austeridad del románico o en el minimalismo posmoderno como en el manierismo de lo que se conoce como lo cursi.

 Juan Adriaenssens regalaba a doña María, pero en realidad mataba dos pájaros de un tiro. Pues aunque el Duende ha depurado sus gustos, suele perderse a menudo en los bazares chinos y extasiarse  en su galería de lindezas inenarrables. Aquí, encerrada en una urna de cristal, una virgen iridiscente en una gruta de la que manan chorritos de agua que, traspasados por un haz de luz, componen una cortina celestial. Allá, lo que parece un canario disecado sobre un pedestal que, con sólo apretar un botón, cobra vida y embriaga con sus trinos. En el estante de al lado, una carroza de porcelana que en realidad es una sopera palaciega. Todo aviva el rescoldo de lo que, a primera vista, nos parecía bonito y de buen gusto. Luego vino la educación y nos lo borró del código de valores. Aunque hasta Jacinto Benavente escribió de lo cursi, esto quedó desde hace tiempo para horteras y gente inculta.

 Y en eso estábamos cuando despertó el Duende y vio a Dorothy Malone besándose a tornillo con Kirk Douglas en El último atardecer, un western maravilloso de los muchos que pasan en la sobremesa de Telemadrid.  Excelente programación para esas horas, lástima que le quieran robarle la siesta a uno. La Malone, con sus espléndidos  ajos azulísimos, era, con excepción de Kim Novak, quizás la más cursi de las rubias de la época dorada de Hollywood. Sólo verla se  adivinaba a su alrededor la fragancia empalagosa de un pachulí que embelesaba y hacía aún más irresistible su encanto ligeramente perverso. Siempre  estuvo impecable en sus papeles, especialmente en esta película y en Escrito sobre el viento, de Douglas Sirk, uno de esos melodramas que los cinéfilos consideran de culto.

 Aún frotándose los ojos, el Duende quedó estupefacto contemplando el beso de Dorothy Malone, odió a Kirk Douglas y se preguntó por qué la moda ha orillado tan estúpidamente el innato gusto por lo cursi que todos llevamos dentro. Con lo bonitas que son las cosas bonitas…

 

…Y, para desengrasar, chocolate

Tableta de chocolate

(Foto de pablokdc)

No sabe el Duende por qué le gusta tanto el chocolate. Quizás porque fuera la golosina por excelencia en la España de posguerra, sobre todo si se hacía con azúcar refinada y no dejaba en los molares la desagradable sensación de que masticabas tierra. Cierto que en otro post se trató del tema, pero si dicen que todos los escritores  reescriben siempre su único libro, qué no va a hacer un chatarrero de observaciones. Pues eso: volver hoy sobre uno de esos placeres que la Iglesia de Roma nunca catalogó como pecado, por más que  le de a uno tantas satisfacciones como algunos de los que prohíbe el sexto mandamiento.

  Chocolate, chocolate, qué delicia. En las noches de orgía, el aprendiz de Duende, en lugar de soñar que perdía en la topografía rubia y exuberante del cuerpo de Anita Ekberg  o de Sofía Loren, que eran las tentaciones de la época, imaginaba que se podía despachar a solas una tableta de chocolate y almendra de Elgorriaga. Desgraciadamente, la ración de la merienda -pan con mantequilla y chocolate, era la oficial de su casa- era una onza, medida que, además de al chocolate, sólo ha visto aplicarse al oro. Y es que, en la escala de valores de entonces, el chocolate servía para calibrar la riqueza y, por ende, la felicidad. Uno lo asociaba al oro de Moscú, creía que  el tío Gilito acumulaba, sobre todo, chocolate y que algunas de las habitaciones del suntuoso palacio de los March en la calle de Lista estaba literalmente llena de chocolatinas, bombones y tabletas. Por cierto, este fin de semana un reportaje de EL MUNDO que firma Esteban Urreiztieta atribuía a un sicario del magnate mallorquín el asesinato del presunto amante de su esposa,  un joven apellidado Garau, que murió de dieciséis puñaladas en 1916. Y el Duende inocente, pensando que el mayor delito del financiero mallorquín sería acumular chocolate sin repartirlo con los chiquillos del barrio.  Además, una prima suya -del Duende, no de March ni del asesinado- llamada Pili, fue durante una breve etapa dependienta de una bombonería. Y desde entonces, la miró siempre de otra manera, como a una santa que hubiera estado en contacto con Dios, aunque la esencia de Dios fuera sólo cacao y azúcar. La imaginación infantil.

 Se ignora cómo era el chocolate de la casita que sedujo a  Hansel y Gretel, pero el canon chocolatero del Duende habla de un chocolate negro, con un máximo del 80% de cacao. Por encima de  ese porcentaje uno siente la boca como si hubiera engullido alquitrán. Le gusta tanto el chocolate que le sobran sus maridajes, aunque los soporta bien, y los agradece incluso, cuando son con frutos secos  y trufa oscura o praliné de café. No comparte en cambio el entusiasmo por el famoso After Eight, porque le sabe a relleno de pasta de dientes, y cree que la mayoría de las fórmulas sofisticadas que ha probado en las bombonerías de última generación no hacen sino estropear una delicatesse que estaba muy bien inventada.

 Forest Gump decía, no sin razón, que la vida es una caja de bombones, y a saber qué  depara el que tú eliges. El Duende se levanta todos los días implorando que no le toque el de licor, que es, a su juicio la mayor perversión  y la más desagradable sorpresa que puede ocultar una delicia.  Woody Allen metió en su infierno particular al inventor de los muebles de metacrilato, y el Duende añadiría al sádico que  profanó el chocolate  mezclándolo con marraskino, anisette o licor de café. Puaff, puaff…

 Pero no quiere extenderse en más atrocidades, porque llevaba muchos post en plan cursi o de pretendida trascendencia bucólico-sentimental. Y hoy, pásmense, traía a colación el chocolate, más que nada, para desengrasar…¿Lo entienden? 

El Duende y Superman, la ilusión y el paquete

(Foto de jarel22)

Cercedilla, 52 litros de precipitación por metro cuadrado. Eso dice el parte meteorológico refiriéndose al día 19 de abril de 2008. Por esa contornada de la sierra de Madrid iba a discurrir la primera Caminata convocada por el Duende desde este blog. Amaneció un día de temporal de otoño, borrasca profunda, chuzos de punta y  nieblas meonas que se agarran a la montaña desde sus partes bajas, con perdón, a la cresta. Como para tumbarse en el sofá, mirar machadianamente la monotonía de lluvia tras los cristales y esperar el sueño con un novelón de Tolstoi entre las manos.  Pero algunos entusiastas ya habían desafiado al infortunio.  Al llegar al punto de concentración, el Duende estaba este  tan abrumado por la culpa que se le olvidó parafrasear al Rey Prudente cuando lloraba por el fracaso de la Armada Invencible: no mandé mis ilusiones a luchar contra los elementos.

 Se sabía aquello de en abril aguas mil, pero estábamos en que  el tiempo ya no es lo que era, y que nunca llueve ni al sur de California ni sobre la España irredenta que pelea por los ríos. Lo han recordado estos días los periódicos: en los años sesenta, para acabar con una de las incontables sequías que afligen a Murcia quisieron sacar a la virgen de la Fuensanta a procesionar implorando lluvias. Dicen que el señor obispo, que probablemente conciliaba la fe con algo de razón, miró al cielo y advirtió a la feligresía: como queráis, pero de llover no está. Es prudente no fiarlo todo a la fe. Sin embargo, una vez en la Barranca y después de comprobar  que la esponja de las nubes nunca terminaban de desaguar, alguien debió tener la valentía de avisar: haced lo que os salga de las narices, pero de caminar tampoco está..

 Bueno, pues aún así, el Duende y sus amigos caminaron.  Bajo una lluvia persistente que, por otra parte, a casi todos les parecía agua bendita, caminaron al menos un par de kilómetros. Con paraguas, chubasqueros, capotes y sombreros. Subiendo hacia el pico de la Maliciosa por un camino forestal que, con sol, debe de ofrecer un paseo maravilloso, conversando unos con otros. Varios nombres conocidos en este blog,  como Wallace y Gervasio, Begoña y Camiseta, Palinuro y Palinurova. Y algunos con el mérito añadido de haber venido desde lejos: Adela, Julián, Ángelus Pompaelonensis, Candil…Y el espíritu de esa criatura tan especial que es Bob de Ca´s Barber. Los más sólo se conocían por esas migajas del alma que, como discretos Pulgarcitos, van dejando en sus comentarios los habitantes del bosque virtual. Se  mojaron, claro, pero no hay mal que por bien no venga. Se vieron las caras. Y aún `pudieron contemplar algo tan extraordinario como un Manzanares recién nacido triscando torrencialmente por entre praderas y pinos centenarios como si de un río pirenaico se tratara. Si no lo veo, no lo creo: en un paraje no lejano del Escorial se juntan de vez en cuando para ver apariciones de la Virgen, pero este espectáculo es casi más milagroso.

 Al regreso, con los huesos aún entumecidos por la humedad, el Duende ve en los papeles que se cumplen setenta años del día en que Joe Shuster y Jerry Siegel alumbraron a Superman, otro antropoide que viste malla. El Duende compara su silueta con la del superhéroe, tan macizo de bíceps y pectorales, y en principio se acompleja. Luego lo piensa detenidamente y acaba sacando pecho. No tendrá sus superpoderes ni sus lectores. Pero tampoco es moco de pavo haber congregado a tanta gente  bajo la lluvia. Además, la ilusión del Duende luce distinto paquete que la de Superman. ¡Esos calzoncillos, marcando, por encima de la malla!…

    

Zapatero, cheque-gafas rotas YA

Gafas de sol

(Foto de rammablog)

Asiento número 615 del Registro de Poblemáticas de Doña María.

  Le cuenta esta señora al Duende que el oculista le ha dicho que sus ojos son foto sensibles, y debe protegerlos de la luz solar. Doña María ha esperado a acumular unos ahorrillos y se ha comprado unas gafas mu suntuarias, modelo Martirio. Como padece vista no ya cansada, sino mayormente sausta, y algo de astigmatismo, necesitaba unas lentes  pogresivas, y la cosa le ha salido por un pico. Primera parte de la poblemática.

 Al entrar en la boca de metro, la secuencia de sus movimientos fue la siguiente. Con la mano izquierda, extrae del bolso el estuche de sus gafas de ver, de cristales pogresivos.  Mientras bajaba la escalera, y para liberar la mano derecha que sujetaba el bolso, desliza  las asas de éste por el antebrazo hasta que el bolso se detiene en la esquina interna del codo, como quien dice. Con la mano derecha, se quita las gafas de sol suntuarias tipo Martirio y se las lleva, con las patillas abiertas, hasta la boca. En la boca, sus labios atrapan una de las patillas, mientras la mano derecha abre la funda de las otras y extrae las otras gafas.

 A continuación, y para ponerse las de ver, retiraría las de sol de la boca para doblar las patillas y colocarlas en la misma funda que había quedado vacía. Después cogería el vagón de metro y  allí, mientras volvía a Los Arándanos, continuaría leyendo su apasionante novela Yasmina y el gran visir, de Noemí Kopfolyn. Amor, pasión, lujo y aventura a todo tren, aunque fuera subterráneo

 Pero en ese momento se encontró con Tomasita, la cuñada de Evelyn, su peluquera, que salía del metro con los resultados de las pruebas de PSA de Fermín, un legionario que combatió en la guerra de Argelia con el que se enrolló en un viaje a Canarias.

 -Pero  María- gritó Tomasita con una amplia sonrisa en los labios- ¿Sabes que lo de la próstata de Fermo es una falsa alarma?

 María lanzó lo que pretendía ser ser un grito de  sorpresa y de alegría. Solo que no se había dado cuenta de que aún retenía entre sus labios la patilla de las nuevas gafas de sol. Motivo por  el cual el chillido fue, en efecto, de sorpresa, pero no exactamente de júbilo, puesto que, como consecuencia de su efusión de  solidaridad vecinal, las citadas gafas cayeron, se estrellaron contra el suelo y, por si fuera poco, fueron inmediatamente pisoteadas por uno de estos muchachotes-armario de 1´92 cm de altura con unos zapatones deportivos tamaño portaaviones,  pantalones cagaos, pendiente, peinado modelo el último mohicano, auriculares en la oreja y mochila. También llevaba, como casi toda la joven tribu urbana, una botella de agua mineral en las manos.

 Y las gafas de los sueños de doña María quedaron como las falsificaciones esas de Cartier que de vez  en cuando plancha una apisonadora. Y esta es la segunda parte de la  poblemática: sus gafas  rotas, o sea, su gozo en un pozo..

 Como a doña María siempre le gusta extraer moraleja de sus sucesos, hoy propone varias meditaciones y una sugerencia. Meditaciones: ¿por qué nos empeñamos en hacer el cambio de gafas en marcha en lugar de  perder medio minuto en detenernos? ¿Por qué  a las vecinas les gusta tanto airear sus males de salud y, en particular, los problemas de próstata de sus parejas? ¿Es educado saludarse a la salida del metro cuando a alguien se le ve con prisa? ¿Por qué la gente anda con una botella de agua mineral en la mano?

 La sugerencia. ¿Por qué la generosidad del gobierno ZP no ofrece un deseable Cheque-gafas de sol suntuarias  para aliviar así la coquetería de doña María, tan maltratada por la fortuna?

 

Tengo dos preguntas para Luis Aragonés

Luis Aragonés

Mientras nuestros gobernantes trabajan lo indecible para entronizarnos en la Utopía real -el intrépido Zapatero no descansará hasta conseguir la cuadratura del círculo- algunos remeros del sistema silban y miran para otro lado. Qué falta de sensibilidad, mecachis.

Habíamos extirpado de la tele pública elementos perniciosos que desdecían del talante. Se acabaron las presentadoras morbosas que buscaban sangre y sexo, las guarrillas vendiendo polvos con famosos, los travelos ostentóreos, y los chistes machistas de Arévalo o Barragán. Ahora queda la estolidez. Hay programas excelentes, de acuerdo, pero permanece intacto el espíritu del pan y toros, la bobada, el seguidismo de los ídolos consagrados por los propios medios, el borreguismo. No todo es estupidez, claro, pero anda que no queda basura por barrer.

Tengo una pregunta para usted logró una notable acogida cuando se estrenó con el presidente de gobierno y el líder de la oposición. Pasaron por este programa después algunos otros políticos que no consiguieron igual share, pero al menos nos desvelaron aspectos inéditos del entrañable Carod Rovira. Pero se necesitaba reventar los índices de audiencias. Y no se sabe a qué talento de TVE se le ha ocurrido buscar el más difícil todavía en Luis Aragonés, todo un símbolo de la alegría, del ingenio, de la chispa, de la elegancia retórica y de la capacidad para emocionar. Al sabio de Hortaleza le ceden una hora y medio de eso que se conoce como prime time para dar un último estucado a la cultura y el buen gusto de esta sociedad tan moderna y tan culta que nos predican. Jopé, Bartolito, tanto sacudirle la caspa a España para acabar en ésto.

La fina intuición que caracteriza a este blog nos permite pronosticar que más de una de las preguntas que le hará el público será por qué no llama a Raúl para la selección. Arcano tan difícil de saber como por qué Isabel la Católica prometió no lavar su ropa íntima hasta el regreso de Colón desde las Indias. Pero en realidad las preguntas que le haría el Duende a Luis son dos.

Primera, ¿cómo ha conseguido que le consideren sabio?

Segunda, ¿qué hemos hecho nosotros para merecer esta tele?

Por la dignidad de la memoria histórica…¡Reivindiquemos el regreso de Hostal Manzanares y de las películas de Paco Martínez Soria!

El fantasma del frigorífico y otras desazones

 Sorpresa en el frigo

(Foto de Daveybot)

Una lectora del Duende le manda un mensaje que es un dardo a su conciencia aburguesada. Dice que le preocupa que no cumpla con la costumbre de subir un post diario. Y saca la conclusión de que algo pasa por el almario de mi alter ego. Da a elegir entre un bache en el camino o un simple ataque de galbana. Un primer diagnóstico superficial se inclinaría más bien por la segunda tesis. Pero es una sorpresa grata: al menos hay alguien que espera estas obleas de pensamiento como si fueran  las porras mañaneras o un placebo para la serotonina. Estimulante.

 Son varias las concausas. De una parte, ayer se le detuvo el motor del frigorífico. O más exactamente,  una fuerza misteriosa accionó el pequeño botón del panel de control y el aparato dejó de enfriar. Cuando se dio cuenta de ello, el  Duende se limitó a pulsar con la yema del índice el diminuto botón del tamaño de una lenteja, se encendió un piloto verde de ON y el trasto volvió a trabajar.

  El incidente es una chorrada,  pero con él, han asomado una serie de fantasmas que al Duende  le  tienen en vilo. ¿Quién desactivó el frigorífico, si no había nadie en casa? Si el aparato lo hizo sólo…¿es que está ocupado por algún espíritu que quiere contribuir a aliviar el calentamiento climático aún a costa de que se pudra la merluza congelada al Duende? ¿No será un fenómeno de poltergeist? Si definitivamente el frigorífico tiene alma propia, y puede saltar cuando hay una sobrecarga o, simplemente, cuando le peta, ¿por qué no lo avisa el libro de instrucciones, en lugar de dar tantos consejos bobos en portugués, en polaco o en griego?. Qué desasosiego. La famosa náusea de Sartre seguramente  sobrevenía en casos así.

 Aún hay algo peor. Puede ser que la mano alevosa fuera la del propio Duende, y que su memoria no lo haya registrado. En tal caso estaríamos hablando de un primer síntoma de demencia senil. Pero tampoco encaja: si uno está tan demenciado que maltrata a su nevera, ¿por qué le habría de preocupar el post nuestro de cada día?

 En realidad el ánimo del Duende describe continuamente un movimiento pendular, y tan pronto rebosa optimismo como se cuelga de una farola a la luz de la nada. Hoy padeció una alferecía responsable, y le dio por recordar lo poco que se recuerda la patética suerte de Ingrid Betancourt, tan torturada por las FARC y tan olvidada de todos. Incluso de uno, que diluye la angustia de vivir en frívolos confettis. Vergüenza la da al Duende de cuando en cuando bromear por casi todo.

 Claro que la aparente lasitud puede obedecer también a un simple ataque de cuernos. La nueva ministra de Igualdad, Bibiana Aído, arrasa internet. Al Duende no le da envidia que sea ministra, ni siquiera que sólo tenga treinta y un años, sino que consiga 37.000 entradas en su blog. Criaturita. Pues ya que lo suyo es la igualdad, que predique con el ejemplo y tenga la bondad de desviar la mitad de sus visitantes al Duende. Ya verá nuestra amiga qué pronto recupera la autoestima.

 

 

¿Y por qué no un Ministerio de Felicidad?

Ministerio de la Felicidad

(Foto de Noodlefish, bajo licencia de Creative Commons)

El término buenismo  es un neologismo de invención reciente. Alguien se lo sacó de la manga y se lo colocó  al presidente Zapatero. Con razón.  Existía el llamado socialismo utópico, que al pie de la letra podría ajustarse mejor a su ideario, pero eso ya no mola.  Suena a Karl Marx , a Owen, a Fourier y a otros pensadores en almoneda, y trae ecos de carcundia prerrevolucionaria. El socialismo de nuestro tiempo es otra cosa, le pone correctivos al capitalismo, pero sin reñir con él. Además, lo de la utopía no va con ZP. El quiere ser como el Lope de Vega de la política. El Fénix de los Ingenios  alardeaba de rapidez en la fabricación de comedias: …Y más de ciento, en horas venticuatro/ pasaron de las musas al teatro. Bueno, pues el presidente, igual: quiere convertir la utopía en realidad en un par de legislaturas.

 Además, a Zapatero todo lo que sea reformar le pone No cree en Dios ni en sus verdades reveladas, pero sí en el hombre (y en la mujer, claro). Y se va a afanar en nosotros más que Moisés al transcribir del cielo las Tablas de la Ley de Dios. Mírenle con detenimiento: es un poco menos musculitos que el recientemente fallecido Charlton Heston, pero hay en sus ojos la misma nobleza y ambición mística que brillaba en este actor hollywoodense cuando ofrecía a Israel la tierra de promisión

 Tanto buenismo, tan ilimitado afán de mejorar al género humano acaba nublando en Zapatero su razón. y puede que hasta sus ojos.  Quizá por eso, en lugar de analizar a fondo el contenido de sus departamentos ministeriales, se pone el reformismo por montera y los improvisa de nuevo cuño para que deslumbren al personal.

 Esto viene a cuento del recién creado Ministerio de Igualdad, condición que es la base de otro ministerio de toda la vida, el de Justicia.  Aún adivinando los problemas que trata de solucionar el nuevo, cualquiera diría que lo propio sería crear una nueva dirección general, o a lo sumo una secretaría de estado dentro de aquél. Pero no, luce más como ministerio independiente. Parece que se acota un problema o un desideratum y que  todo se soluciona si se le dedica un ministerio. Y mira que hay virtudes cívicas que lo merecerían: ¿se imaginan un Ministerio de Solidaridad, otro de Probidad, otro de Generosidad, otro de  Sensatez, otro de Incorruptibilidad?

 Pues, tirando de  utopía, no se a qué espera ZP para llevar al gobierno la panacea universal. Créese y olvidémonos de problemas. ¿Para cuándo, querido presidente, el Ministerio de Felicidad?

El cuento de la mala pipa

No volvía el Duende a comprar una bolsa de pipas desde  la mili. Craso error,  seguramente. Si la gran felicidad no existe, y se apuesta por los pequeños placeres como terapia sustitutoria, no se explica cómo puede haber dejado de lado a este que es tan diminuto como sabroso. La pipa en sazón bien tostada y salada tiene un sabor característico delicioso. Las pipas de girasol, como quien no quiere la cosa, distraen las hambres con mucho ingenio. Ramón Garrigues, un arquitecto que es además experto en chuches,  mantiene que sirven además para no dormirse cuando se conduce por la noche. Hace décadas las pipas no tenían ni denominación de origen ni siquiera marca, hasta que vino Facundo y consagró su nombre como si fuera un Davidoff de esta popular oleaginosa. Inolvidable y digno de conservarse en el Museo de los Hallazgo Publicitarios si lo hubiere es su mensaje más famoso, en el que con una imagen de cómic primitiva y una grafía un tanto rústica  se ve a un pobre toro estoqueado agonizando con este  lamento en su boca: ¡Y pensar que dejo el mundo/ sin probar Pipas Facundo!…

 Ya extraña que aún no se haya destapado algún estudio de la universidad de Osaka, de Maguncia, o de Glasgow  que nos amargue la vida anunciando sus preocupantes conclusiones. Por ejemplo: que más de cien pipas de girasol a la semana son terribles para el colesterol, amariconan a los espermatozoides o precipitan la osteoporosis precoz. También tememos que el Gran Hermano nos recuerde de un momento a otro que esa es la dieta que necesita una tórtola turca para sobrevivir, con lo cual nos hará cómplices de la posible extinción de la especie si seguimos abonados a la nefasta costumbre. Finalmente vendrá la Organización Mundial de la Energía para advertir que, además, la afición a las pipas encarece el girasol y, por ende, el bioetanol. Con lo que ciegan el camino a las energías alternativas que han de redimir a la humanidad. Ni un día sin flagelarnos: incluso nuestra respiración acabará siendo irresponsable e insolidaria.

 Entretanto, y hasta a que nazca el CROPCOPI (Comité Regulador de la Producción y el Consumo de Pipas) se preguntaba el Duende  a las puertas del cine donde las compró cómo consumirlas sin dejar de ser buen ciudadano. ¿Cómo abrir ese paquete sin tener que luchar contra ese odioso termosellado que se niega a despegarse? ¿Dónde depositar sus cáscaras para no ensuciar la vía pública? ¿Molestan tanto  en el cine como el olor a cotufas? ¿Ante qué organismo hay que protestar por el exceso de pipas vanas en el paquete?…

 Esas dudas atormentaban al Duende mientras veía Todos estamos invitados, la nueva película de Manuel Gutiérrez Aragón.  Va de ETA, de sus métodos y de esos buenos vascos que hacen la del avestruz y ni ven ni escuchan nada anómalo que amargue la vida -hasta quitársela-a los discrepantes. Así que no está seguro de que el mal sabor de boca  con el que salió del cine se deba a las buenas pipas de girasol de toda la vida. Sino a este otro cuento de la mala pipa que, lamentablemente, tampoco acaba nunca. 

 

¿De quién es el Ródano?

 Rio Rodano

(Foto de Antonio)

Caramba, qué cosas tan difíciles de entender para el pueblo llano. Y sin embargo, de entre los políticos y los periodistas que tanto saben y polemizan, nadie ha dado la menor explicación al respecto.

 Se dice que no al PLAN Hidrológico Nacional primero. Se vende la teoría de las desaladoras como solución alternativa. Se quiere abolir la palabra trasvase, como si fuera mentar a la bicha. Cuando se prolonga la sequía y le vemos las orejas al lobo, algunos en Cataluña lo empiezan a demandar, aunque sea con otro nombre.

 No pudiendo tocar el Ebro, porque lo prohíbe el Estatuto de Aragón, se vende la milonga del Segre, que vierte en él. O sea, que se le quitará agua al Ebro ates de que ésta llegue a su cauce. Otra incoherencia.

 Eso si no prosperan las otras soluciones tan difíciles de  comprender por este Duende.

  Solución primera,   algo así como el desembarco de Normadía de buques cisterna cargados de agua desalada. Tantos barcos como los del día D -no harían falta menos para solucionar la sequía-  navegando con su preciosa carga desde Almería a Cataluña. Y uno se vuelve a preguntar: ¿por qué no las desaladoras en la costa catalana?

 Solución segunda, trasvase de agua desde el Ródano.

 De los ríos que nacen y corren en nuestro territorio no podemos disponer porque nos lo prohibimos nosotros mismos. Pero del gran río del país vecino, sí.

 Y lo curioso es que nadie se ha preguntado lo que pensará Francia. ¿Será que, aunque el Ebro sea sólo de Aragón, el Ródano es de todos y no lo sabíamos?

 

Las tiendas que el viento se llevó

Escaparate Madrid, calle Echegaray

(Foto de FCV)

Una de las debilidades del Duende en La verbena de la Moncloa era un pijo como ideal de la muerte que se sacó de la manga Javier Capitán. Se trataba de un yuppi insoportable, un multimillonario odioso, insultante y antisocial, pero que resultaba francamente hilarante. Como su imagen idealizada respondía al arquetipo más engominado y lustroso del PP, se lallamó Jorge Alberto (pronúnciese Jjjjalberto), y fue nombrado presidente del PEPIJO (Partido Popular de los Hijos o de los Pijos, según se quiera ver).

Su gran aportación al pensamiento moderno fue que lo de clase media no es sino un eufemismo con el que el gobierno consuela a los pobres, a los que camela con ayudas y exenciones para complicar la vida a los únicos que merecen vivir bien, que son los ricos de siempre. Según Jjjalberto, en las ciudades, en lugar del carril bus debería implantarse el carril Maseratti, la marca de su coche, puesto que una hora de su tiempo era mucho más valiosa que lo que puedan sumar los ocupantes de un autobús, pobres al fin y al cabo. Sólo esquiaba en Alpen, porque las colas de pobres en Baqueira o en Saint Moritz le provocaban vómitos de sangre. Eso sí, comprometido en la defensa de la naturaleza, fue el primero en denunciar los peligros de la socialización del marisco. Alucino en colores, tío -argumentaba en su lucha contra la extinción de los crustáceos-¿Cuándo se darán cuenta de que hay más pobres que nécoras?

El prenda de Jjjalberto, además de múltiples negocios y propiedades, yates, cuadras de caballos y escuderías, tenía una discoteca de moda que s llamaba Osea y tal, ¿no? El nombre parece una gilipollez, y efectivamente lo es. O no. Porque lo de los locales de negocio y sus denominaciones es otra de las muchas cosas que ha cambiado la modernidad.

El Duende recuerda las tiendas que jalonaban las calles por donde pasaba su infancia y cree que ahora muy pocas sobreviven. En el recorrido entre su casa y el colegio, El anón cubano -extraño nombre para una frutería-y un pequeño bazar de barrio que se conserva tal cual. En la calle de Serrano, por donde buscaba el parque del Retiro, sólo la floristería Castañer, la perfumería de Alvarez Gómez y Zorrilla. Las demás sucumbieron, primera señal de que el tiempo lo arrasa todo, pues a la vista de un niño una tienda es una referencia tan sólida como una catedral. Al Duende, que borraran una mercería o un salón de te le traía al fresco, porque eran establecimientos aburridísimos. Pero que desapareciera Avícola Baezuela, en cuyo escaparate siempre había cantidad de pollitos arracimados bajo una lámpara de calor, le causó gran dolor. Una pollada en la calle más pija de Madrid era mucho más entrañable que la tienda de Carolina Herrera. Vano lamento: las ciudades se despollizan, quiero decir, se deshumanizan.

Y cambia todo, y los negocios se renuevan y se solapan unos con otros. Pasaba el Duende con Marina por la calle Divino Pastor y se detuvo ante un curioso local comercial. En un enorme espacio se mezclaba mobiliario de diseño con esculturas pop, mientras un afiche en el escaparate anunciaba conciertos de música funky. Al fondo descubrió tres sillones blancos, unos espejos y algunos secadores propios de una peluquería. Levantó la cabeza por ver el rótulo del negocio y ahí pudo leer lo más sorprendente : se llama Por Dios, Juan. O sea, el viento de la modernidad soplando inapelable por los viejos comercios de la ciudad. Y uno con estos pelos…

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