(Foto de FCV)
Una de las debilidades del Duende en La verbena de la Moncloa era un pijo como ideal de la muerte que se sacó de la manga Javier Capitán. Se trataba de un yuppi insoportable, un multimillonario odioso, insultante y antisocial, pero que resultaba francamente hilarante. Como su imagen idealizada respondía al arquetipo más engominado y lustroso del PP, se lallamó Jorge Alberto (pronúnciese Jjjjalberto), y fue nombrado presidente del PEPIJO (Partido Popular de los Hijos o de los Pijos, según se quiera ver).
Su gran aportación al pensamiento moderno fue que lo de clase media no es sino un eufemismo con el que el gobierno consuela a los pobres, a los que camela con ayudas y exenciones para complicar la vida a los únicos que merecen vivir bien, que son los ricos de siempre. Según Jjjalberto, en las ciudades, en lugar del carril bus debería implantarse el carril Maseratti, la marca de su coche, puesto que una hora de su tiempo era mucho más valiosa que lo que puedan sumar los ocupantes de un autobús, pobres al fin y al cabo. Sólo esquiaba en Alpen, porque las colas de pobres en Baqueira o en Saint Moritz le provocaban vómitos de sangre. Eso sí, comprometido en la defensa de la naturaleza, fue el primero en denunciar los peligros de la socialización del marisco. Alucino en colores, tío -argumentaba en su lucha contra la extinción de los crustáceos-¿Cuándo se darán cuenta de que hay más pobres que nécoras?
El prenda de Jjjalberto, además de múltiples negocios y propiedades, yates, cuadras de caballos y escuderías, tenía una discoteca de moda que s llamaba Osea y tal, ¿no? El nombre parece una gilipollez, y efectivamente lo es. O no. Porque lo de los locales de negocio y sus denominaciones es otra de las muchas cosas que ha cambiado la modernidad.
El Duende recuerda las tiendas que jalonaban las calles por donde pasaba su infancia y cree que ahora muy pocas sobreviven. En el recorrido entre su casa y el colegio, El anón cubano -extraño nombre para una frutería-y un pequeño bazar de barrio que se conserva tal cual. En la calle de Serrano, por donde buscaba el parque del Retiro, sólo la floristería Castañer, la perfumería de Alvarez Gómez y Zorrilla. Las demás sucumbieron, primera señal de que el tiempo lo arrasa todo, pues a la vista de un niño una tienda es una referencia tan sólida como una catedral. Al Duende, que borraran una mercería o un salón de te le traía al fresco, porque eran establecimientos aburridísimos. Pero que desapareciera Avícola Baezuela, en cuyo escaparate siempre había cantidad de pollitos arracimados bajo una lámpara de calor, le causó gran dolor. Una pollada en la calle más pija de Madrid era mucho más entrañable que la tienda de Carolina Herrera. Vano lamento: las ciudades se despollizan, quiero decir, se deshumanizan.
Y cambia todo, y los negocios se renuevan y se solapan unos con otros. Pasaba el Duende con Marina por la calle Divino Pastor y se detuvo ante un curioso local comercial. En un enorme espacio se mezclaba mobiliario de diseño con esculturas pop, mientras un afiche en el escaparate anunciaba conciertos de música funky. Al fondo descubrió tres sillones blancos, unos espejos y algunos secadores propios de una peluquería. Levantó la cabeza por ver el rótulo del negocio y ahí pudo leer lo más sorprendente : se llama Por Dios, Juan. O sea, el viento de la modernidad soplando inapelable por los viejos comercios de la ciudad. Y uno con estos pelos…



Me has recordado Duende con los pollitos, una granja donde de pequeña iba a comprar huevos frescos.
Vivía en una población cercana a Bcn reconocida por los colifatos que residen en la institución que la hace famosa. A las afueras, cerca de mi casa, había una granja con gallinas, pollitos y huevos. Paseaba por el campo, lo que hoy es un cinturón con gran circulación.
De niña, cuando volvía del colegio y tenía que ir a comprar huevos, semejante tarea se convertía en una excursión. Con pocos añitos me iba sola tan contenta con mi cesta, algo impensable hoy en día. Parecía Caperucita Roja cuando llevaba una capa del mismo color, que me trajo mi tío de Alemania.
Los huevos no tenían fecha, no hacía falta, iba al gallinero y yo misma los cogía, todavía estaban calientes. Igual que ahora, entro en un centro comercial, parece un gallinero, sólo que los huevos tienen fecha porque no están recién puestos.
En la calle de Guzmán el Bueno, de Madrid, por la acera de la izquierda según se sube desde Alberto Aguilera hacia Fernando el Católico, había en los años setenta una pollería. No recuerdo el nombre del establecimiento, pero sí el rótulo: “Huevos y Pollitas”. Íbamos al Colegio La Salle San Rafael, con la estúpida edad de 14 a 16 años. Imagináos los ingeniosos chistes adolescentes ante ese rótulo.
Los supermercados de hoy, hace veinte años en la isla se llamaban “Botiga” y lo ponía en lo alto de la puerta que al abrir sonaban campanas, me mandaba mi abuela y compraba la ensaimada del desayuno, el arroz, la lejía, cualquier cosa, la “botiguera” se apuntaba lo que me llevaba en una libreta de espiral y hojas cuadriculadas y me preguntaba, ¿que pasará la abuela a pagar?. Igualito que hoy!! de todos modos aún existe un café en Palma que me encanta, “el Moca” en la calle San Miguel, es igual, igual a como fué toda la vida, hacen los mejores bocatas con tomate de la ciudad! y durante un tiempo se decia que era cutre, que parece mentira que no cambien ni las sillas, curiosamente ahora es de lo más In, debido a conservar su autenticidad creo que es de los poquitos que quedan!.
Mi padre era barbero, igual que mi abuelo y tenian un negocio con aquellas luces azules y rojas que giraban también sobre la puerta, afeitaban con navaja de afeitar y preparaban la espuma con brocha, lo único que me queda es la brocha de mi padre y muchos recuerdos porque barberias tampoco quedan ya.
……..Pero Marina y el Duende se miraron sonriendo con socarronería, teniendo la certeza , de que esas tiendas tan modernas, también tenían sus días contados.
Para celebrarlo, caminaron un buen rato por las calles del Jardín Botánico disfrutando de sus plantas y piedras siempre eternas.
Gracias Duende.
También a mí me llamó mucho la atención la peluquería “Por Dios, Juan” cuando pasé por delante, precisamente con la madre de Marina, la última vez que estuve en Madrid.
Cuando llegué a Asturias, hace ya 20 años, había una tienda que me fascinaba. LA MAS BARATA era una mercería que estaba en la c/ Cimadevilla de Oviedo. Hoy es una “arrocería” que ha mantenido el nombre y los azulejos del suelo unicamente. Iluminada con un par de bombillas de 40 watios, tenía a todas horas unas colas enormes de clientas que esperaban rigurosamente su turno, tratando de encontrar allí un botón de nacar, una cinta tapacosturas de un color determinado, un metro de tela de forro, una pieza de falso azabache para recomponer algún vestido de llanisca, un hilo de hilvanar y cosas por el estilo. Es la única cola que, estoicamente, he hecho en mi vida. Me fascinaba la precisión de aquella docena de solícitas dependientas al atinar con la caja necesaria para encontrar todos aquellos tesoros. Qué muestrarios!, qué variedad de artículos, de botones… qué nombres tan bonitos tenían todos esos objetos!!.
Creo que la globalización ha eliminado un montón de tiendas y con ellas se ha llevado la historia de muchas ciudades. Me da muchísima rabia conocer cuidades nuevas y encontrar las mismas cadenas de tiendas, el mismo mobiliario urbano, los mismos columpios infantiles… Una lástima. A mi también me encanta el turismo de tiendecillas de barrio.
Nada peor efectivamente que la publicidad de los grandes centros comerciales “ir de tienda en tienda sin ir de calle en calle” precisamente lo bueno de ir de compras es el callejeo, el ir de calle en calle encontrando esos escaparates fascinantes con restos de cosas con etiquetas aún en pesetas, sin manual de instrucciones y que tantos recuerdos traen en muchas ocasiones.
Por cierto en cuanto al tema de los huevos y los pollitos, nada peor que el espantoso ¿piropo? de “si es que está hecha una pollita” que tan amablemente te dedicaban las abuelas y sus amistades, siempre en público y que te hacía enrojecer hasta la punta del pelo…aunque todo se hereda al final, espero no recordarla cuando tenga nietas
Me reí con los pollitos de Serrano, Duende. Había olvidado la cantidad de veces que paré en su escaparate camino de El Retiro. La que cita José Ramón en Guzmán el Bueno también la tenía controlada y así me vino a la memoria otra pollería en Alberto Aguilera con aquellos cajones de cinc rebullentes de bolitas amarillas.
Cerca de mi casa han abierto una frutería que se llama “Donde Cris”, al menos críptico si es ¿no?
Al lado de mi casa hay una tienda de barrio que llama “Francisco Mayoral confecciones en general”. Podría estar en el bloque de los arándanos perfectamente. Tienen clacetines, pijamas, ropa interior, uniformes de los colegios de la zona, horquillas… La misma decoración (y las mismas cosas, seguro)que hace treinta años. Francisco y su señora siempre están detrás del mostrador, abren cuando qieren y cuando no cuelgan un cartel escrito a boli: “estoy comprando el pan” o “cerrado por defunción”. Y nunca tienen prisa. Te cuentan, les cuentas… Y también hay una barbería y siempre hay cola.
En Zaragoza, para hacer la competencia al Corte Inglés, y en sentido socarrón, había, o quizas todavía haya, una tienda que se llamaba “El tajo Bretón”…
Vendían ropa alternativa.
Era muy graciosa.
Saludos.
Julián.
AMIGOS ,en la Plza de la Constitucion en HUESCA,existen algunos comercios antiguos pero entre ellos destaca LA CONFIANZA,magnifico mantenimiento al que lo tienen sometido sus propietarios,el producto conlleva sus dosis de cariño,y eso apetece,en este mundo que nos estan expropiando de las cosas que tanto costaron hacerlas y mantenerlas,por lo que me dijo un empleado se dan dos años,capulladas de la sanidad,pasa SANIDAD,por todos los sitios?