Archivos para 7 abril 2008



Los Pepitos Grillos domésticos

Miramos al horizonte profundo y el alma se esponja. Da igual que sea en el campo, en el mar o en la ciudad. Sólo hace falta distancia y perspectiva: la fantasía pone el resto. En el ápice del verano, el sol le despunta al Duende por detrás de la cúpula de San Francisco el Grande. Y siguiendo su rastro, muy frecuentemente se le amanecen también caras amables, algunas muy guapas, ¿por qué no?, y le hacen un guiño de complicidad. Adelante, majo, el papel en blanco es un desafío aterrador, pero aunque no se te ocurra nada la inspiración te sorprenderá escribiendo.

Y es verdad: pone uno dos líneas, levanta la mirada hacia la línea del horizonte y, como poco, además de la fachada el Madrid imperial sorprende el vuelo del algún pájaro que puede llamar la atención al urbanita. El Duende tiene censados mirlos, naturalmente, urracas, nada extraño, cacatúas verdes, que ya se han hecho avifauna propia, palomas -ratas voladoras las llama Carlos Herrera, pobrecillas- abubilllas y hasta azulones, que probablemente vienen de la no lejana Casa de Campo.

Uno se las arregla para que, ya dentro de casa, la mirada cercana no le de demasiados disgustos. Los años depuran y nos llevan inconscientemente al minimalismo. Sin embargo, aunque estemos en la edad de quitarnos de encima muebles, trastos y objetos decorativos superfluos, aún guarda uno algunos iconos de los que cuelga recuerdos o vivencias imprescindibles. Posamos la mirada sobre ellos con cierto cariño. Pero de repente, coño, damos un respingo. Y en lugar de una sonrisa, el objeto en el que hemos reparado nos devuelve una acusación insoportable. Es uno de los Pepitos Grillos domésticos, que en lugar de dar la vara a Pinocho nos acusa a nosotros de no hacerle caso, de no aprovecharle y, en suma, de ser unos majaderos.

El Duende padece a un pequeño canalla llamado MP3 o IPOD que le insulta cada vez que, buscando otra cosa, abre el cajón donde guarda prisión. Sabe que no puede entenderse con él, y no está dispuesto a ir en el metro fingiendo que escucha su música cuando aún no ha sido capaz de grabar en sus tripas una sola canción. Qué desperdicio. Entre el menaje de su pequeña cocina también hay algún ingenio moderno que se le resiste y que, por tanto se ha convertido en un flagelo de su mala conciencia.

Pero el Pepito Grillo más irritante es un una cosa llamada BROTHER MFC-2400C , y que pasa por ser impresora, fax y fotocopiadora. Tras dos meses enchiquerado en su envase como si fuera un temible Victorino, el aparato fue instalado y -horror- configurado (o formateado: no se qué es más espantoso). Debe de ser un buen invento, pero tan caprichoso y sofisticado que deja de funcionar a dos por tres. Se desconfigura, se desformatea, saca de sus casillas al Duende y, a la postre, como el Pepito Grillo más exquisitamente cabrón, le acusa de idiota y se ríe de él.

Hoy soñaba el Duende con otro post más poético. Pero no pudiendo soportar más infamias, tuvo la debilidad de apelar al servicio técnico. Tras una hora de teléfono le diagnosticaron el último infarto del aparato: se había acabado el cartucho del cyan… Tócate las narices, y Braulio sin informar.

Así que mañana el Duende olvidará a los diabólicos Pepitos Grillos domésticos y sólo mirará al horizonte. A lo mejor asoma el rostro de Naomi Watts.

El ocaso de Charlton Heston

Charloton Heston

Teresita era una prima del Duende bastante más que adorable. En la pandilla había varios que habían llegado a esta misma conclusión. Su risa blanca y compacta como la del cuarzo, y el puntito de gracia en el habla que aún le quedaba de su Jerez natal alegraban lo mejor del verano. El resto lo ponían la fiebre de la primera juventud, el Dúo Dinámico, Adamo, Pat Boone y Ricky Nelson sonando en el pikú, algo de sangría, un cuerno de la luna arrastrando el telón de la noche y la emoción sin igual del estar de vacaciones y de que, agotados los vinilos, aún quedaba el canto de los grillos y de los alacranes cebolleros. Si Teresa rondaba cerca, no había mayor felicidad que tumbarse en el pasto seco -en los veraneos de la España interior de entonces apenas había césped- y esperar a las estrellas fugaces para desear aún más cercanía. Las debilidades humanas. Una pena que aquella criatura llena de encantos tuviera un defecto: estar enamorada de Charlton Heston.

Los años no fueron generosos con este galán desaparecido que arrasó en España. En la década de los sesenta. Charlton parecía hecho a placas, como el Guggenheim o como las esculturas de Amadeo Gabino, y fue magnífico mientras la edad respetó su cuerpo de atleta. En realidad no se sabía si era un hombre, el caballo de Troya en acero, o uno de esos monumentos al trabajo que entonces erigían los países del este. A las niñas les impresionaban sus ojos y su sonrisa limpísima, a los chicos nos acomplejaban sus pectorales, sus bíceps y su mandíbula, que en cualquier momento podría triturar incluso la Sierra de Guadarrama. Había otros galanes más elegantes, como Gary Cooper, Gregory Peck o incluso Paul Newman, que ya empezaba a provocar desmayos. Pero a diferencia de aquellos, que no rodaron en España, Charlton Heston había sido sorprendido paseando por los alrededores del Hotel Castellana Hilton de Madrid cuando vino hacer El Cid. O sea, que era carne mortal, lo cual excitaba más a las fans. Quizás por ello la prima Teresa lo proclamó patrimonio de la humanidad, aunque la humanidad fueran sólo las chiquillas que veraneaban en Arenas de san Pedro. Luego pasó lo que pasó: la misma noche que Charlton Heston acababa de morir, ardieron muchas hectáreas de pinar en la noble villa abulense. Una plaga tan bíblica como los grandes éxitos del ídolo definitivamente caído.

La última vez que lo vio el Duende en el cine fue en Bowling for Columbine, de Michael Moore, un muy premiado documental sobre la paranoia de las armas en Estados Unidos. Su secuencia más celebrada era una entrevista con el viejo héroe, convertido ahora en el estandarte de los que defienden el derecho a tener armas para la defensa personal. Al Duende la postura Heston le pareció tan disparatada como cruel el acoso de Michael Moore. El audaz director ya no se enfrentaba a un héroe enloquecido, sino a un anciano con claros síntomas de Alzheimer. Qué falta de respeto con Moisés, con Ben Hur, con el Cid y con la prima Teresa. El Duende le hubiera pedido disculpas.

Y, de paso, le hubiera preguntado si á él también se le rozaban los cuellos de las camisas con la misma facilidad que al menda. Que uno puede no ser ni la mitad de macho que lo era el difunto Charlton. Pero, aún sin  ese cogote  de coloso que envidiaba el pérfido Mesala  en su cuadriga tuneada para derrotar a Ben Hur, de verdad que no es normal la cantidad de camisas que desecha por culpa de unos cuellos que se deshilachan a las primeras de cambio. Un engaño, otra cosa más de espaldas alpueblo. Como el delirio armamentista que, a la vejez viruelas, emborronó la gloria del héroe de la prima Teresa.

El agua que nos duele

Grifo y agua

(Foto de Guadiramone)

Al Duende le colocaron en la Junta directiva de WWW/ADENA. El pretexto era que algo podría ayudar en la divulgación de esta ONG. Apenas le necesitaban, pues la defensa de la naturaleza es un asunto siempre bien acogido y fácil de difundir. Se convocaba una rueda de prensa y los periódicos hablaban de ella gratis. El Duende entonces se limitó prácticamente a escuchar lo que se debatía en las juntas. Tomaba nota y, de vez en cuando, hacía alguna sugerencia.

El presidente de esta ONG era Francisco Díaz Pineda, catedrático de Ecología. En la junta también estaba Borja Cardelús, compañero de colegio y de carrera del Duende, naturalista y productor de series televisivas como La España salvaje, y autor de más de una docena de libros sobre la materia. A menudo se hablaba del agua, pues acababa de lanzar el gobierno de Aznar el llamado Plan Hidrológico. Ninguno de los dos era partidario de los trasvases.

Con igual peso intelectual han hablado otras voces en sentido contrario. Argumentos archisabidos, a veces contrapuestos: solidaridad interterritorial, equilibrio regional, derecho igualitario al desarrollo, respeto por la ecología, uso adecuado de los recursos naturales, propiedad pública de los cursos de agua. A veces el simple criterio económico, pues según algunos expertos es menos desastroso trasvasar que desalar el agua de mar y transportarla después. O al contrario, claro..

Se trata de agua, pero el Duende confiesa que ya no la ve tan clara. Vaya marrón para este o cualquier gobierno que se atreva a ponerle el cascabel al gato. Al menos mientras el cambio climático no se arrepienta y envíe las lluvias necesarias a la España seca, que cada vez es más grande. Entre tanta polémica, interesada o mezquina, dos afirmaciones que, como poco, sorprenden al indocumentado. La primera, del presidente Zapatero: a Cataluña no le faltará agua, porque la recibirá en barco desde las plantas desaladoras de Almería. La derivada es preguntarse por qué no se hicieron desaladoras en Sitges, por ejemplo, que queda algo más cerca. La segunda, del presidente de la Junta de Aragón: el Ebro no se puede trasvasar porque lo impide el Estatuto. ¿Qué pasará entonces el día que otro estatuto desaforado declare que la atmósfera es de su comunidad autónoma? Hay otra afirmación llamativa, pero ésta entra más bien en el terreno del sarcasmo. Un capitoste del llamado gobierno tripartito de Cataluña reclama sin tapujos transvases desde el Segre porque Catalunya también es España. Se acuerdan de santa Bárbara cuando sólo atruena el eco lastimero de los pantanos vacíos.

A Unamuno le dolía España. A la España autonómica seca, y dividida por las cuencas, sólo le duele el agua que a unos les falta y que otros no quieren repartir. Si al menos se llegara a saber quién tiene razón… Casualmente el Duende ha visto estos días en uno de esos kioscos-bazar que venden periódicos y casi de todo, una oferta de películas que vienen al caso. Se trata de los DVD de La colina del agua y La venganza de Manon, dos excelentes filmes de Claude Berri, basados en sendas novelas de Marcel Pagnol que componen un apasionante drama rural interpretado por Yves Montand, Gerard Depardieu y Daniel Autheil. Aunque el auténtico protagonista de fondo sea otra disputa por el agua. Véanlas si pueden, disfruten y no comparen. Porque en España el auténtico drama no es la sequía, con la que siempre hay que contar. Sino la insolidaridad sobrevenida, la catetería de los nacionalismos, el cinismo de los que encubren intereses inconfesables y, por añadidura, la incompetencia de los que planifican el desarrollo sin mirar antes a las reservas.

Y a esperar que llueva.

De discos rojos, pendones y putones

Peatones por Madrid 

(Foto de CesarAstudillo

Me dice el Duende que desde que se mueve por Madrid en Vespa se siente mejor ciudadano. Sus razones son varias: contamina menos y ocupa menos espacio en las calzadas que lo haría con el coche, disminuye el riesgo de sufrir atascos y, por ende, el de un stress que castigue sus coronarias. Quizás por estar más cerca de peatón, procura ser más delicado con él, respetando en lo posible los pasos de cebra. Esto entraña sus riesgos, pues al automóvil que marcha detrás le suele sorprender tanta consideración. Esperemos que no lleguen a arrollarle por exceso de cortesía.

Al margen de estos y otros peligros, la moto permite además optimizar  el tiempo, y obtener mejor provecho a los discos rojos. Con los guantes puestos, el motorista más avezado no será capaz ni de hacer albondiguillas ni usar el teléfono móvil, dos de los deportes favoritos de los automovilistas cuando detienen su coche. Así las cosas, se dedica normalmente a observar. Observa las esquinas, las casas, los balcones, las tiendas. En un disco hay que levantar la vista y alzarla a los penachos de los edificios, pues si voláramos descubriríamos en el paisaje urbano de Madrid gran parte de la interesante arquitectura y la monumentalidad a los que el el cineasta Alex de la Iglesia ha sabido sacar tanto partido en sus películas El día de la bestia y La comunidad. Madrid, sin llegar a ciudades como París, Bruselas o Barcelona, aún conserva muestras de arquitectura civil de otro tiempo interesantes, y, a menudo, en calles de poca importancia uno descubre casas singulares, con gracia o encanto especial que no figuran en ningún libro.

La otra gran distracción es observar el paisanaje que cruza la calle. El Duende, si puede, los fija a todos y, sobre la marcha, les dota de una biografía imaginada. Este tiene cara de venir de registrar en la oficina de patentes un modelo de rompehuevos pasados por agua que  no desperdicia nada. Esta es una empleada en una peletería, seguro. Este es un guiri de la parte de Alemania. Este es un jubilado de Agromán que va a la peluquería. Aquel que cruza en sentido contrario es cura, aunque no lleve clergyman ni sotana. Uno de cada diez peatones tiene cara de perro, y tres de cada diez damas rubias bien parecidas se han pasado de Botox. No todo es malo: en su censo de transeúntes particular el Duende ha anotado que decrece el número de peatones varones que se toca sus vegüenzas sin vergüenza alguna, como si una invisible señorita Rottermeyer les susurrara al oído que no es fino. Eso hace unos años era un espectáculo callejero relativamente corriente. Como lo del gargajo del escupidor impenitente, afortunadamente en retroceso.

Hace un par de tardes, cruzando el anchísimo paso de cebra que separa la Estación de Atocha del Museo Antropológico, el Duende se fijó en una hembra digamos que cuarentona llamativamente maquillada, escote que presentaba en el escaparate un busto generoso, melenón ensortijado, grandes pendientes, chupa de cuero, vaqueros más ceñidos que la propia piel y zapatos de tacón de finísima aguja. Cualquiera hubiera dicho que se trataba de una cualificada chica de vida alegre, pero era tan estridente su palmito que al Duende le asaltaron dos expresiones sustitutivas de enigmático significado. Aquella viandante podría ser una santa, pero parecía un pendón desorejado o un putón verbenero.

Y en eso que el disco se puso verde. Y el Duende siguió viaje dando vueltas en la cabeza a esas travesuras de nuestra idioma. Y aún esta hora de la noche le cuesta conciliar el sueño pensando quién habrá desorejado un pendon alguna vez y por qué ir de verbena emputece aún más a la servidora del amor. Misterios que espero me aclaren los muy doctos lectores del blog para así poder descansar con la seguridad de que este post ha ensanchado aún más nuestra inagotable curiosidad.

La otra dama del perro

Torre de Valencia Madrid

(Foto de Alvy)

Durante un tiempo salía a correr el Duende casi todas las mañanas por el Retiro de Madrid. Nueve minutos de su casa a la Puerta de Alcalá, veinte minutos un paseo perimetral al parque, y nueve minutos más de regreso por las calles de la ciudad que despertaba. De vez en cuando cambiaba el itinerario: zigzags por los numerosos paseos, parterres, plazas, fuentes  y estanques que encierra ese paraíso ajardinado. El Retiro es un lujo de Madrid. Originalmente se extendía por el oeste hasta el Paseo del Prado, albergando el Palacio del Buen Retiro, que decoró Velázquez y donde se alojó el llamado rey Planeta, Felipe IV. Se erguía en el área donde hoy se alzan el Casón y el Museo del Ejército, ya aplicado a una nueva ampliación del Museo del Prado. Los Austrias `puede que fueran débiles en la defensa del imperio, pero sabían vivir divinamente. Lástima que el fuego, sin ser especialmente republicano, le diera a este edificio el mismo fin que al Alcázar construído donde hoy está el Palacio Real.

Al Madrid de Mayalde y de Arias Navarro lo criticábamos mucho por sus arboricidios y su desprecio a las zonas verdes. Frente a la esquina nordeste del Retiro había un parque de bomberos municipal hasta los años sesenta. Se supone que el Ayuntamiento no está para especular, pero a los munícipes de entonces el entorno del Retiro les importó un bledo: se lo vendieron a unos constructores y allí se levantó la llamada Torre de Valencia, un edificio del arquitecto Javier Carvajal en el que viven unos cuantos privilegiados con la mejor vista de Madrid. A un especulador que había levantado un rascacielos horrendo junto al Mediterráneo, le escuchó el Duende que los que dicen que esto es un atentado al paisaje es porque no han visto el mar desde el último piso. Los inquilinos de la Torre de Valencia deben de pensar que, cambiando el azul del mar por el verde de los árboles, aquí pasa lo mismo. En realidad fue una chorizada indecente que además rompía la estética decimonónica aún visible desde la Plaza de la Independencia.

Los estragos urbanísticos suelen contar con la indulgencia del tiempo. Los famosos edificios del Hotel Plaza o de los Apartamentos Dakota que rodean al Central Park de Nueva York o los hoteles que acechan en el perímetro del Hyde Park londinense probablemente provocaron igual berrinche cuando se construyeron. Luego se integran en eso que ahora se dice paisaje urbano, formarán parte del patrimonio arquitectónico de la ciudad, y encima habrá que protegerlos. Al Duende le hubiera gustado que su Retiro fuera como el de su infancia, con la entrañable Casa de Fieras incluída, pero le sigue  enamorando. Sobre todo en las primeras horas del día, o cuando hace frío y llueve, y se queda casi desierto.

No del todo. Siempre hay algún corredor infatigable, o un andador machadiano, o una dama hermosa. Una de las ventajas de correr es que no necesitas concentrarte: miras, observas y piensas sin dejar por ello de mover mecánicamente las piernas. El Duende acabó fichando a los que paseaban por el Retiro a sus mismas horas. Y un día reconoció entre ellos a una conocida de años atrás. Paseaba un perro cocker y, con él, su galanura. La etiquetó con el nombre de un bonito cuento de Chejov: La señora del perro.

Han pasado más años, y a pesar de que el perro tiene muy mala salud, ella aún lo lleva al Retiro. Cuando se cruza con el Duende, le da el parte como si en lugar de un animal de compañía hablara de un hijo. Y aunque el perro envejece a ojos vista, ella le cuida amorosa  mientras mantiene inmarchitable su encanto femenino. Lo acabarán reconociendo los fabricantes de cosméticos: al final, lo mejor para el cutis es un corazón sensible.

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