
Miramos al horizonte profundo y el alma se esponja. Da igual que sea en el campo, en el mar o en la ciudad. Sólo hace falta distancia y perspectiva: la fantasía pone el resto. En el ápice del verano, el sol le despunta al Duende por detrás de la cúpula de San Francisco el Grande. Y siguiendo su rastro, muy frecuentemente se le amanecen también caras amables, algunas muy guapas, ¿por qué no?, y le hacen un guiño de complicidad. Adelante, majo, el papel en blanco es un desafío aterrador, pero aunque no se te ocurra nada la inspiración te sorprenderá escribiendo.
Y es verdad: pone uno dos líneas, levanta la mirada hacia la línea del horizonte y, como poco, además de la fachada el Madrid imperial sorprende el vuelo del algún pájaro que puede llamar la atención al urbanita. El Duende tiene censados mirlos, naturalmente, urracas, nada extraño, cacatúas verdes, que ya se han hecho avifauna propia, palomas -ratas voladoras las llama Carlos Herrera, pobrecillas- abubilllas y hasta azulones, que probablemente vienen de la no lejana Casa de Campo.
Uno se las arregla para que, ya dentro de casa, la mirada cercana no le de demasiados disgustos. Los años depuran y nos llevan inconscientemente al minimalismo. Sin embargo, aunque estemos en la edad de quitarnos de encima muebles, trastos y objetos decorativos superfluos, aún guarda uno algunos iconos de los que cuelga recuerdos o vivencias imprescindibles. Posamos la mirada sobre ellos con cierto cariño. Pero de repente, coño, damos un respingo. Y en lugar de una sonrisa, el objeto en el que hemos reparado nos devuelve una acusación insoportable. Es uno de los Pepitos Grillos domésticos, que en lugar de dar la vara a Pinocho nos acusa a nosotros de no hacerle caso, de no aprovecharle y, en suma, de ser unos majaderos.
El Duende padece a un pequeño canalla llamado MP3 o IPOD que le insulta cada vez que, buscando otra cosa, abre el cajón donde guarda prisión. Sabe que no puede entenderse con él, y no está dispuesto a ir en el metro fingiendo que escucha su música cuando aún no ha sido capaz de grabar en sus tripas una sola canción. Qué desperdicio. Entre el menaje de su pequeña cocina también hay algún ingenio moderno que se le resiste y que, por tanto se ha convertido en un flagelo de su mala conciencia.
Pero el Pepito Grillo más irritante es un una cosa llamada BROTHER MFC-2400C , y que pasa por ser impresora, fax y fotocopiadora. Tras dos meses enchiquerado en su envase como si fuera un temible Victorino, el aparato fue instalado y -horror- configurado (o formateado: no se qué es más espantoso). Debe de ser un buen invento, pero tan caprichoso y sofisticado que deja de funcionar a dos por tres. Se desconfigura, se desformatea, saca de sus casillas al Duende y, a la postre, como el Pepito Grillo más exquisitamente cabrón, le acusa de idiota y se ríe de él.
Hoy soñaba el Duende con otro post más poético. Pero no pudiendo soportar más infamias, tuvo la debilidad de apelar al servicio técnico. Tras una hora de teléfono le diagnosticaron el último infarto del aparato: se había acabado el cartucho del cyan… Tócate las narices, y Braulio sin informar.
Así que mañana el Duende olvidará a los diabólicos Pepitos Grillos domésticos y sólo mirará al horizonte. A lo mejor asoma el rostro de Naomi Watts.





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