Archivos para Mayo 2008

Hijos de los Rousseau

Juan Jacobo Rousseau dijo aquello de que el hombre era bueno por naturaleza, y que era la sociedad quien lo estropeaba. Su homónimo Henry Rousseau, conocido como el aduanero, se limitó a pintar un mundo naïf. Los españoles parecemos hijos de ambos.

 El último barómetro del CIS  apunta que la diferencia de votos entre PSOE y PP duplicaría ahora la registrada el 9 de marzo. Normal. Con la que está cayendo, qué otra cosa se podía esperar. También dice que el miembro del Gobierno mejor valorado (a) es Carmen Chacón, ministra de Defensa. Sencillamente candoroso. A la ministra no le ha dado tiempo para mucho más que viajar a Afganistán y saludar a las tropas españolas allí destacadas. Apenas unos discursos llenos de buenas intenciones, ninguna medida de las que definen un programa ministerial. No hace falta ser muy agudo para ver que lo que realmente seduce a los encuestados es la maternidad de la ministra, una mujer, por otra parte, muy bien valorada por los que la conocen de  cerca. Viva la ternura.

 Pero al mismo tiempo, el Latinobarómetro, que el Duende no sabe exactamente ni lo que es ni quién lo pilota, dice que el coronel Hugo Chávez es el líder peor valorado por los españoles, seguido por Fidel Castro. Sorprendentemente, el tan denostado George Bush es el tercero de la lista, cuando normalmente nuestra sociedad pacifista suele identificarlo con el mismísimo Belcebú. Tampoco hace falta ser un  lince para asociar la mala nota de Chávez con la trifulca que provocó el por qué no te callas del Rey. Las demás tropelías del caudillo bolivariano probablemente han pesado poco.

 Se deduce así que vivimos una sociedad  contradictoria y naïf, que quiere conjugar la realidad y la utopía sin que rechine en su encaje ni una sola pieza del argumentario. Por una parte  queremos que lo más feo de la gestión gubernamental, que son los asuntos de la guerra, se resuelvan en la imagen más pacífica que se puede ver, que es una madre amamantando a un niño. Por otra, aún siendo como somos los más demócratas del mundo, no soportamos que falten a nuestro rey, que, con todos sus muchos valores,  sirve a la institución menos explicable desde criterios democráticos.

 Queremos paz y seguridad pero sin molestar demasiado a los terroristas y criminales. Queremos ser campeones del desarrollo y de la cultura pero también que nuestros escolares pasen curso con cuatro cates. Queremos petróleo asequible, pero a costa de otros. Queremos que no suba la electricidad, pero sin centrales nucleares. Queremos viviendas asequibles, pero no el paro de los que no tienen qué construir porque no se venden casas. Queremos televisión sin anuncios y no pagar canon . Queremos que baje el precio de los alimentos, pero también que ganen lo suyo los ganaderos, los agricultores y los pescadores. Queremos laicismo y que no muevan de su sitio ni al crucifijo ni a la Macarena ni a la Virgen del Rocío. Queremos que viaje el agua sin que haya trasvases. Queremos ser buenos, justos y ricos, pero que los marrones se los coman otros.

 O sea, la mula y los mil ducados. O, con la jerga más propia de la tropa que manda la ministra favorita,   queremos el sueldo del general y la verga del teniente. Los Rousseau,  a nuestro lado, unos escépticos, ya les digo.

Salsa de tomate y Cyrano de Bergerac

Fue una anécdota, pero invitaba a la meditación. Comía un amigo de Juan en la casa del Duende y le sirvieron algo tan sencillo como unos espaguettis. Le acercaron el queso rallado y la salsa, los roció con ella abudantemente, los envolvió con ambos ingredientes y al poco se relamía con visible satisfacción. Exquisito -subrayó antes de preguntar- ¿De qué es esta salsa? Le sorprendió mucho saber que era tan sólo una vulgar salsa de tomate casera. Hecha, eso sí, con aceite de oliva y abundante cebolla para dulcificarla. Sorprendentemente, en esta sociedad del bienestar en la que casi todo el mundo tiene acceso a casi todo, el muchacho no conocía más salsas de tomate que las envasadas por las firmas comerciales.

Todos los seres humanos deberían tener derecho a tomar salsa de tomate de la buena..

Por otra parte, se entera hoy el Duende de que Cyrano de Bergerac, un escritor contemporáneo de Moliére más conocido por la vida que le dieron Edmond Rostand, José Ferrer y Gerard Depardieu que por sus obras, escribía cartas de amor por encargo. Hacía felices así a las enamoradas cuyos enamorados, aún manejando el florete, eran torpes con la pluma. Las cartas las acaba de traducir y publicar David Felipe Arranz, aventurando que, de haber vivido en nuestra época Cyrano, serían SMS de amor. Las grandes compañías telefónicas ganarían más, y a lo mejor incluso se crearían nuevos puestos de trabajo, que es algo muy importante en estos tiempos. Pero, con todos los respetos, no es lo mismo.

Todos los seres humanos deberían tener derecho a recibir cartas de amor. El Duende, por cierto, se emplearía de negro como Cyrano, porque las cartas de amor se le daban bastante bien.

Nunca sabe uno cómo se teje la urdimbre de la felicidad, ni si la sensibilidad humana se forja con pequeños detalles como éstos. Pero la verdad es que estas naderías colaboran lo suyo. Lo ha comprobado el Duende tras visitar a su amigo Félix, ya convaleciente en casa. A él no le han faltado jamás ni la salsa de tomate casera ni otras delicias de la buena cocina andaluza en la que se crió. Ahora además ha leído en este blog los muchos mensajes a él dirigidos, y éstos van obrando en su ánimo parecido efecto balsámico que el logrado por las cartas de Cyrano.

Todos los seres humanos deberían tener derecho a recibir cariño. En salsa, en prosa, en verso, con una palabra, un abrazo, una sonrisa o quizás tan sólo una mirada.

El genio de la lámpara del hotel

Soñaba con llegar tan alto como Philipe Starck. Y no iba por mal camino.

  Sus diseños epataban al burgués, al gentilhombre y a los parvenues. Había conseguido introducir en algún museo su Teberbiquí, diseño de una tetera caracterizada por verter a través de un pitorro espiroidal de singular originalidad.

  Le llovían los proyectos, y no paraba de trabajar. Después de haber dirigido la arquitectura interior de un hotel de gran lujo en Dubai y del  proyecto de cuarto de baño de una actriz de Hollywood en el que el bidé, en lugar de forma de guitarra, más parecía un laúd, se había convertido definitivamente en el decorador de moda. Diseñaba los urinarios masculinos en forma de fagot incrustado en la pared. Son más ergonómicos -explicaba- porque se ajustan perfectamente a la anatomía del cuerpo masculino. Ya iba por el quincuagésimo cuarto proyecto de decoración de  hotel que salía de su flamante estudio.

 Pero trabajaba tanto que no tenía ni tiempo para leer.

  Por eso, la noche en que, harto de ver revistas de decoración, supervisar memorias y repasar presupuestos se tendió en la cama con un libro, se llevó una sorpresa. Había comprado en el aeropuerto uno de esos falsos manuales de autoayuda que las editoriales lanzan con tanto desparpajo como dudoso sentido del humor: Cómo vender tu moto aunque no tengas puta idea de montar en bicicleta. Y al abrirlo, comprobó que el haz de luz que arrojaba la lámpara de cabecera  apenas alcanzaba a alumbrar el vaso de agua de la mesilla de noche. Las páginas del libro quedaban en penumbra.

 Apagó la luz desesperado,  mientras se preguntaba quién sería el berzotas que había ideado la decoración de aquel hotel. Hasta que recordó que era un proyecto suyo.

 Entonces  pudo conciliar el sueño, convencido de que  al fin era en verdad un genio del diseño.

El Chiki, Rajoy y el efecto aspirador

Contaba esta mañana doña María en la radio que sus vecinos Lolinchi y Silverio estaban bastante decepcionados con el resultado de Chikilicuatre en el festival de Eurovisión. Silverio es artista chapista. Hace años deslumbró a los vecinos porque su hijo Igor David  hizo la primera comunión con un traje de Robocop II fabricado en su pequeño taller. El cura se mosqueó bastante, pero el niño se salió con la suya. Para Christian Jesús, que es el hijo pequeño, Silverio no ha tenido  ni que encender el soplete. El niño se emperró en tomar la primera comunión disfrazado de Chikilicuatre. Cuando se lo dijeron al cura, éste armó la de Dios es Cristo, y nunca mejor dicho,  y Lolinchi casi le estrangula por maltratar psicológicamente al niño. La verdad es que esperaban mejor resultado en Belgrado. Ahora, visto que aún con el 60% de audiencia televisiva el tal Rodolfo sólo ha conseguido ser el decimosexto, dudan si merece la pena apurar el órdago al párroco. Ellos querían que el traje del niño fuera original y suntuario -explica doña María-, pero después del sábado ya no lo es  tanto.

 La decepción de Silverio y Lolinchi es la de muchos. Los mismos que hasta el sábado veían en este personaje un artista provocador y revolucionario capaz hacer una falla de esa eurohorterada musical con la que nos afligen año tras año, le ven ahora como un ninot que no merece indulto alguno. Lo que podríamos denominar como efecto aspirador se ha detenido. Ahora parece que hay vida fuera de la órbita de Chikiicuatre.

 Todos somos un  poco Vicente, aquél que iba donde iba la gente. Nos convierten en dogma de fe a Pedro Almodóvar, a  Ferrán Adriá, a Javier Bardem, a Penélope Cruz o a Chikilicuatre y, si no nos gustan, quzás nos atrevamos a pasar de ellos. Hasta que un día el Duende mira a su alrededor y se ve solo. Entonces entra en funcionamiento el efecto aspirador, que tira de de él para cambiar su inseguridad por el respaldo de la masa. No es que le apasione el Chikilicuatre: es que le  da miedo no ser como los demás. Si no baila como un egipcio y no repite perrea, perrea - que ni siquiera sabe lo que significa-, es que no es de este mundo. Pues ea: se hace entusiasta del friki y pone su el alma en paz.

 Claro que las ovejitas campan por todas partes. ¿Qué me dicen de lo de Génova 13? Alguien levantó la voz en contra del jefe y cada día son más los que se suman al pim-pam-pum. ¿Pero hay alguien que creyera alguna vez en Rajoy? -me pregunta el Duende. Y no se qué decirle, salvo que me acuerdo de la insoportable levedad del ser.

Verde que te quiero. Verde

(Foto de Tomás Jorquera)

Verde que te quiero, verde/ Verde viento. Verdes ramas/ El viento sobre la mar/ y el caballo en la montaña…Qué sencilla, qué bonita y musical le parecía al Duende la lírica de Federico García Lorca cuando tímidamente se asomó a ella en su adolescencia. Dormían estos y otros muchos versos en un tomo encuadernado en tela verde de sus obras completas, recopiladas por Guillermo de Torre y publicada por la Editorial Losada en Buenos Aires. Siguen respirando sueños ahora en un anaquel de la casa del Duende. Verde, que te quiero verde…

 Años antes de esta edición fechada en 1944, Luis Figuerola-Ferretti Pena, poeta en sus ratos libres, se había presentado en la casa donde vivía el poeta en la calle de Alcalá, casi esquina a Goya. Justo en su plantaba baja, no podía ser de otra forma, hay ahora una tienda de La casa del libro. Llevaba el joven poeta  en sus manos un ejemplar del Romancero Gitano, que el genio granadino le dedicó e ilustró con uno de sus característicos dibujos algo ingenuos. Madrid era así de pequeño y confiado: tú escribías algo, ibas por el Café Gijón o el Ateneo, y podías conectar con  figuras como la de Federico, que además, dicen, era lo que se dice una persona simpática, ocurrente y encantadora. Desgraciadamente, aquel libro ungido por su talento siguió la suerte de tantos otros objetos curiosos que se distraen en préstamos o mudanzas, y el padre del Duende se pasó el resto de su vida lamentando su pérdida. Sólo se quedó con el aroma de sus versos.

 Los recuerda hoy el Duende porque  casi vencida la mitad de mayo, se asoma al pequeño parque que se extiende a los pies de su palomar y el pasto aún está verde. Otros años, por san Isidro, ya amarillean las espigas en los herbazales, pero rompió a llover cuando más falta hacía y gracias a eso se prolonga la primavera. No lo entiendo -se decía recitando los versos de Lorca-  dice que el viento, que no tiene color, está verde y no menciona la hierba, que es lo que realmente verdea. La lógica infantil, segura de que el ratón Pérez levantaba la almohada para dejar un billete de una peseta e incapaz de  ver el viento verde.

 Viento verde, campo verde. En un mes cambió la cara adusta y reseca del campo. En ese tiempo, las reservas de agua de Madrid han subido quince puntos. El látigo implacable del verano, que nunca falla, espera su turno. Pero entretanto, el verde de los versos de Federico  se adueña de este sábado, 24 de mayo.

 Por cierto, no es sólo el gozo del paisaje lo que anima el corazón del Duende. El verde es  el color de la esperanza,  y ésta pinta hoy en el horizonte  aún más vistosa que las amapolas.

Bienvenida, Alfonsina

Dicen que va a subir la luz un 11% y la noticia no causa particular indignación. Se disparan el paro y la inflación y los sindicatos no mascullan ni una palabra de protesta. Se desmorona el PP y hasta sus propios votantes lo contemplan con flemática resignación. El gobierno del Lendakari sigue ofendiendo al sentido común y da la sensación de que ya ni siquiera irrita a nadie. O al menos eso parece. Destrasvasamos el trasvase que no era tal y nadie tiene que perdonar nada a los que juegan con el Plan Demagohidrológico Nacional. Debe de ser que miramos para otra parte.

 Se diría que España pasa de España. O más exactamente, de eso que llamamos la política. Elegimos lo que queríamos el 9 de marzo y en dos meses el maravilloso globito se nos empieza a desinflar. ¿De qué nos vamos a quejar? ¿Cómo vamos a protestar contra nosotros mismos? Una buena dosis de aguantoformo y a distraerse  esperando el vuelo de la oropéndola.

 No es tan malo, convénzanse. En este estado de bienestar que, querámoslo o no, acaba siendo un opiáceo  para la conciencia, hay que aprender a desmarcarse y a buscarse la vida y la felicidad por cuenta propia. Hoy, por ejemplo, el Duende encuentra miguitas de ésta en Alfonsina, una nueva comentarista a la que da la más cordial bienvenida.

  Está convencido de que, con comentarios tan bien traídos como los suyos, incluso podría superar el trauma de que el arte del Chikilicuatre  no fuera reconocido por el Festival de Eurovisión.

Contra ETA y otros motivos para la náusea

La bella dama confesaba que no podía vivir sin flores alrededor, sin ir a todas las fiestas y sin lucir su palmito en el hipódromo los domingos. Y al final se preguntaba si no debería de aprender algo de inglés para no parecer tan tontita. No se preocupe -le aconsejaba un anciano con  canotier, monóculo y perilla. Siga siendo una frívola: vivirá más feliz y dentro de cien años nadie se acordará de ello.

 Se acordaba en cambio el Duende de esta escena de película cuando repasaba los marrones generales y particulares que uno se tiene que tragar cada día. La bestialidad de ETA, el cinismo de sus defensores, la eterna patraña de los políticos encubridores, la crueldad inconsciente de los tifones y los seísmos, las angustias que nos trae la crisis económica, las guerras que ya casi nos resbalan, la intolerancia, la memez,  la miseria moral, la ceguera de buena parte del género humano.  La náusea existencial. Y lo que te rondaré, morena: cada cual con su problema, con su dolor particular, con la esquirla de una obsesión o una preocupación clavada en su alma.

 Y en estas que su Vespa, que enfilaba la Gran Vía, se elevaba como las bicicletas de los niños amigos de E.T. y seguía el recorrido de la calle a esa altura en la que uno puede ver uno de los paisajes urbanos más bonitos de España, que es la estatuaria que corona los edificios representativos de Madrid. Cuántos romanos, cuántas cuadrigas, cuantos ángeles, cuantas deidades, cuantos escudos y medallones. Qué bonito, qué sugerente, qué estimulante pasar a su lado y rascarles las barbillas de piedra. Qué sensación de pequeño dios.

 Y qué trampa. Todo era producto de la pura imaginación. Y de una estrategia que consiste en estrangular la Ley de Murphy a tu favor: toda situación grave es susceptible de ser burlada con una o varias cataplasmas de frivolidad.

 Al final, ya en casa, y no sin mirar un instante el estupendo coche de bomberos de hojalata que le ha regalado uno de los lectores del blog, el Duende se premió con una chocolatina 72% de cacao, se lavó los dientes, y con el spray de espuma de afeitar escribió en el espejo el cuarto de baño: ¡Viva la frivolidad!

 Si no falla la terapia, dormirá como un príncipe.

Noche de impudor

(Foto de pablodf)

Oviedo es una ciudad con mucho encanto y trasfondo literario, pero allí pasó el Duende una de las tardes más amargas de su vida. Una amiga de la infancia  que se había erigido en alma mater del Rastrillo local le lió para que colaborase en la justa causa de recaudar fondos para los niños sin hogar. Había que reproducir frente al público las mismas travesuras que entonces sólo ensayaba ante el micrófono. O sea, hacer el bufón  para entretener al personal y poderle endosar más fácilmente unas camisetas o una papeleta para la rifa de un viaje a Disneylandia a precio de cojón de mico.

  Nunca le ha gustado al Duende el vis a vis con el público, pero aquella jornada fue especialmente negra. Casi peor que otra en la que, por exigencia de la editorial de Las poblemáticas de doña María, tuvo que meterse en una de esas casetas de la Feria del Libro y sufrir tres horas de sauna mientras la gente pasaba de largo mirándole como si fuera un mono enjaulado. Tampoco en el Rastrillo de Oviedo sabían demasiado de aquel presunto famoso que, sin duda con buena intención, les habían prometido. No era tan famoso.

 Cristina, que así se llamaba la amiga, incurría en un error muy frecuente en los seguidores  del  Duende, que es confundir la familiaridad de una voz radiofónica con la popularidad prácticamente masiva que  da la televisión. La radio puede ser más intimista, y sus voces incluso más amigas que las que hablan desde aquélla. Pero vivimos en una civilización de imágenes, y la radio no la ve nadie. Un mes de tupé y matraca de Chikilicuatre en la pequeña pantalla  suman cien veces más fervor popular que veinte años de duendadas, por muy divertidas que le parezcan a sus incondicionales.

 Ese miedo al ridículo - qué  penoso le resultaba al Duende  tener que legitimarse como miembro de esa especie que llaman los famosos- asoma en cierta manera cuando uno de sus posts  rebasa su papel de Peepeng Tom  y, en lugar de mirar hacia fuera, mira hacia su interior. Esta noche debería haber reparado en esa Lady Godiva que es la luna, tan seductora siempre. Y tan socorrida, por cierto: cuando no te quede  ni una miasma de lírica, juega con la luna rielando en cualquier charco y parecerás  poeta.

 Pero no estaba la noche para delirios. Un dolor muy profundo que aflige a uno de sus mejores amigos le obliga a mirarse dentro y a contener el llanto. Aunque el Duende aborrece el impudor de airear sentimientos propios, hoy tiene que superar el miedo al ridículo y contar, lisa y llanamente, que no está para  bromas. Ni lo estará  hasta que su amigo Félix, siempre tan entrañable, tan gracioso y tan bien educado, se recupere  y pida perdón a la luna por no haberle contado aún el último de sus incomparables chistes.

 

 

Corriendo por la Serena y recordando Nueva York

(Foto de Kateimi)

No se puede perder uno por la inmensa, y siempre fascinante España profunda. No es recomendable al menos hacerlo esta primavera juguetona de lluvias, aromas y colores, porque  el viajero corre el peligro de caer en el síndrome del Duende  volandero. Consiste éste, más o menos, en  la necesidad de posarse en cualquier cuadro del paisaje que se ve por la ventanilla del coche o del tren e integrarse en él hasta que  el  verano asome la oreja y empiece a  agostarse el pasto. Luego, otra vez a volar buscando nuevos horizontes.

 El de este fin de semana queda por La Serena, en el término municipal de Siruela. Allí, en unos cerros llamados los Morros de Lesmes desde los que se divisa un paisaje que está entre los de Memorias de Africa y la tierra de promisión que Moisés ofrecía a los israelitas, asienta sus reales Rafael Ordovás, un amigo  con el que el Duende vivió una peripecia de las que no se olvidan. Corría el año 1990. Éste y otros insumisos a la edad le animaron a correr la Maratón de Nueva York. El Duende había vivido la soledad del corredor de fondo hacía ya bastantes años, y por cuatro veces. Corrió las cuatro primeras maratones de Madrid, consiguiendo rebajar sus tiempos hasta un honroso cronómetro de 3 h. 27′. Pero en aquel momento ya era un largo cuarentón,  y además había desmitificado la prueba. Hasta acabarla, creía que esa machada era sólo para los elegidos como Felípides o Abebe Bikila, pero una vez  superada, sintió una cierta amargura: si él, que nunca fue  un gran deportista, lo consiguió, es que la famosa maratón no era para tanto.

Aunque no lo fuera, Nueva York bien valía la pena. El Duende se conformaba con terminar,  así que fue devorando kilómetros y adelantando a alguno de sus amigos impetuosos al trote cochinero. Cuando, ya renqueante, doblaba ante el Hotel Plaza la penúltima curva antes de la meta, dio alcance al intrépido Rafael aún más fatigado. Y entraron, cuerentones exhaustos, pero encantados, los dos juntos en la meta de Central Park.

 Desde entonces  sus vidas han seguido caminos distintos. Rafael es un deportista compulsivo. Ha subido al Aconcagua o el Kilimanjaro, ha cruzado el Sahara en todo terreno, ha hecho rafting y alpinismo, lo ha probado casi todo. Se lo puede permitir porque su cuerpo siempre está en excelente forma física -para todo: Ordovás, ¿qué las das?, decía la leyenda- y su negocio le ha respondido como es de esperar en un tipo tan dotado para las relaciones sociales.

 Lo del fin de semana fue una exhibición de señorío y generosidad en una tierra que el amigo deportista mima como la niña de sus ojos. Nos reunió a unos cuantos en su feudo de los Morros, y allí nos empapó de naturaleza y primavera extremeña. Verdes de distintos matices -los madroños, las encinas, los algarrobos incluso algunos majestuosos castaños- amapolas pintonas, jaras sonriendo como palomitas de maíz, la retama con su floración amarilla…y caballos, ciervas, muflones, jabalíes con sus rayoncitos, conejos…Parece mentira que un monte tan áspero como el mancho mediterráneo encierre tanta vida dentro.

 Algo de esa le inocula al señor del Morro. Convencido éste de que los años no pasan por él, reivindicó la camaradería de aquella carrera de Nueva York  para liarle al Duende y meterle un tercio de maratón el sábado y otro tercio el domingo. Mamma mía, qué paliza. Resulta pintoresco acordarse de la ciudad de los rascacielos cuando se trota por una de las zonas rurales más despobladas de España, donde aún se ven campesinos en burro  y donde la mayor altura la marcan la espadaña de la iglesia de Siruela o el nido de la cigüeña en campo abierto. Pero aquella maratón tan recordada fue, además, una prueba de amistad. Y esa es una carrera en la que tanto Rafael como sus amigos aún tenemos mucho por recorrer. 

Dios entre E.T. y Einstein

(Foto de Max Sparber)

Los periódicos del pasado 14 de mayo hacían coincidir dos noticias llamativas. Por una parte, una afirmación de la Iglesia de Roma con algunas repercusiones en su doctrina oficial. Y, por otra, unas revelaciones de Albert Einstein sobre la religión de las que hasta ahora no se sabía nada. Más picadillo para la empanda mental que en materia religiosa siempre se está cocinando el Duende.

 La fuente en el primer caso es el astrónomo del Vaticano. Este jesuita, un argentino llamado José Gabriel Funes, parece tener más predicamento que el referido específicamente a su ciencia. Escudriñando el cielo con su preclaro telescopio, ha llegado a la conclusión de que se puede creer al mismo tiempo en Dios y en los extraterrestres. La afirmación ha llenado de gozo a gran parte de la grey católica militante en la zona gris de la fe, o sea, la fe fetén ma non troppo. Este tipo de creyentes vivía francamente atormentada por la obligación de creer que E.T. era menos criatura divina que canallas como los que integran junta militar de Birmania o pájaros como el jefe de la policía local de Coslada. No podía admitirse tanto contradios. 

 Pero claro, cualquier reforma en la doctrina viste un santo para desnudar a otra. A un creyente  a machamartillo, como los que tanto le gustan al padre Bonete, le asaltan ahora dudas que nunca tuvo. ¿En cuál de los siete días que relata el Génesis creó Dios a los extraterrestres? Otrosi,  si la oración del credo habla del Dios creador del cielo y de la tierra, en ella no caben estas extrañas criaturas, que tampoco estaban censados en el arca de Noé. Por otra parte, si es cierto que  Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza, ¿a semejanza de quién se le ocurrieron los extraterrestres?. Más dudas: cuando el astrónomo da carta naturaleza a los extraterrestres es porque, en buena lógica, tiene prueba de ello. Y si éstos se han manifestado es en razón de su inteligencia superior, puesto que el hombre no ha sido capaz de hacerlo sino en la Luna y en Marte, donde no hay bicho viviente. ¿Quién es ese Superdios que pilota a los extraterrestres? Jesús, qué lío.

 Al mismo tiempo, se desvela ahora que el gran cerebro del siglo XX creía que Dios y la religión no son más que una expresión de la debilidad humana. Y que la Biblia es una  colección honorable, pero primitiva (sic) de leyendas infantiles. Lo anota así en una carta enviada al filósofo Eric Gutkind el 3 de enero de 1954, y publicada esta misma semana por el diario The Guardian. Tal como se reproduce, parece que las afirmaciones del sabio alemán lo son para escándalo de los creyentes. Al Duende, que está lleno de buenas intenciones, pero que sólo cree que cree, no le escandalizan nada, y le parecen bien traídas. El encaje entre las grandes verdades de las religiones y las aún más enormes y sangrantes contradicciones que uno ve en este mundo son tan difíciles de racionalizar como el ratón Pérez o los Reyes Magos.

  Claro que Dios es muy superior a estos cuentos, y presenta mejor hoja de servicios. Pero hay que reconocer que, para ser tan bueno y tan sabio, a menudo se expresa bastante mal.

Nuevos milagros por san Isidro

(Foto de iesluisvelez)

Por san Isidro, a doña María le gustaba asomarse a ver los labrantíos que aún se divisaban desde el bloque Los Arándanos. A estas fechas, la siembra de primavera en estos pagos verdea de algo más que dos cuartas, y con el vuelo de los tordos, las cogujadas y las abubillas,  hacen una bonita postal que le evocaba al campo de su pueblo. Jura doña María que, recién instalados en el bloque, aún había algún labriego que faenaba en su tierra con una yunta de mulas, cosa difícil de creer si hablamos de los primeros años setenta, que fue cuando pararon por allí. Pero sí nos creeremos sus buenas intenciones.  Abría la ventana, se acodaba en ella, ensanchaba los pulmones, respiraba un aire de poniente que soplaba puro y creía ver entre las nubes mofletudas y azulencas que riegan la primavera madrileña al ángel que venía a echarle una mano a San Isidro.

Parece el inicio de una película de Jean Perre Jeunet (Amelie). Pero era la película que se hacía la pobre María, tan llena de ilusión como de sentido común, dos valores que se neutralizan. En realidad, la buena mujer soñaba que si hay justicia en el cielo, el ángel currante no vendría ahora a ayudar a los pocos isidros que quedan en esta contornada, sino a las numerosas gladiadoras del hogar como ella que llevan generaciones y generaciones trabajando como esclavas sin sueldo, seguridad social ni merced alguna de las que hasta las elecciones prodigó Zapatero.

 Ya conocen la leyenda: encargado el patrón de Madrid de labrar  las tierras de don Iván de Vargas, recibió la visita de un  ángel agricultor que se hizo cargo de los trabajos mientras el santo, se supone, sesteaba a la sombra de una encina. El sueño de san Isidro es, en rigor, el sueño de cualquier trabajador. Puesto que el campo se abandona a ojos vista, cada vez hay menos agricultores y el campesino es especie en extinción, bueno será que los ángeles de ahora cumplan su benéfica función echando una mano  a María y sus colegas.

 Claro que, como María sólo es creyente correlativamente, y es más bien escéptica ante milagro tan gordo, tiene pensado formular esta oración sustitutoria. San Isidro, bonito, si no mandas a un ángel que me resuelva toda la faena casera, haz que mis rodillas doblen al contrario,  como las de las cigüeñas. A  ver si al menos así llegan mis manos a remeter como Dios manda las sábanas del otro lado de la cama, que siempre me quedan fatal.

 Sabia conformidad con su condición, eso de pedirle un milagro menor. Pues por mucho que se haya transformado España, siempre habrá pastores y señores, añade la doña. Y cualquier manita de Dios o de san Isidro en favor de los más humildes, será bien recibido por esta su segura servidora y gladiadora del hogar. Amén.    

¿Cómo se controla el estornudo?

Lo tontamente que se le llenan a uno los días cuando se carece de organización. Pedir hora para un médico, para la cadena de análisis y pruebas que ordena el galeno, recoger las llaves que dejó perdidas, pagar el Impuesto de Circulación, llamar por teléfono para preguntar si olvidó allí los guantes de la moto que le condujo a recoger las llaves perdidas, retirar en la estafeta un certificado…Cuántas horas perdidas en ese eufemismo que encubre el hacer gestiones.

Un lector bien conocido de este blog, que firma como Wallace, asegura que pasa varias horas de la semana en una oficina de Correos sita en el Intercambiador de Transportes de la Avenida de América de Madrid. El problema es que su horario de visita coincide con el cambio de turno, en el que se produce un vacío de funcionarios perfectamente respetados por los dirigentes de este servicio público y, por supuesto, por los sindicatos correspondientes. Salta a la memoria el viejo chiste, tan políticamente incorrecto como injusto para el funcionario probo, pero no para los miles de escaqueitors que se registran en cualquier empresa pública o privada. ¿Puedo ver a don Simón? Lo siento, no está. ¿Es que no trabajan por la tarde? No señora, cuando no trabajamos es por la mañana. Por la tarde es que no viene nadie…Se echa de menos el protocolo del llorado don Leopoldo. Se acaba el chiste, ja, ja ja. La gracia estriba…

No es la gracia lo que hay que explicar aquí, sino el absentismo del Duende. Y la causa de los post que aún nos debe estriba en que, en sus circunstancias, cualquier recado se convierte en un tortuoso galimatías. Va uno a poner una carta y ya no sabe la dirección de nadie. Quiere comprar un botón de una chaqueta y resulta que sólo lo venden en la calle de Pontejos. Busca un cartucho de tinta para su impresora y hay que encargarlo, porque la papelería es modesta, y no lo tiene en stock. Y la pasta de dientes, que de repente se da cuenta de que se ha terminado. Queda pendiente, para cuando se pueda, animar el blog. Por la noche, antes de dormirse, se imagina en el techo los postit de todos los insignificantes asuntos que le llevarán varias horas del día siguiente. Y el Duende acaba durmiéndose para huir. Afortunadamente, no recuerda haber tomado un número de espera o haber hecho cola en un sueño nunca.

A esta inquietud se añade una última cuestión que le preocupa. Desea saber si hay método para controlar el estornudo y hacerlo con los ojos abiertos. Estornudar produce un cierto placer, pero puede convertirse en un riesgo. El Duende ha estornudado últimamente varias veces yendo en moto, y, en el momento supremo del atchís no puede evitar el cerrar los ojos. Qué mal rato: siempre piensa que en ese instante de ceguera se puede interponer un perro o, peor aún, un niño, y causar un desastre. Hace unos días, hojeando libros en una librería, cayó en sus manos una Enciclopedia de la Ignorancia, de Kathrin Passig, un divertido compendio de artículo de divulgación científica donde se explica por qué bostezamos o por qué el ratón duerme mucho más que el elefante. Lamentablemente, no dice nada sobre cómo ponerle estribos al estornudo, porque aunque la curiosidad del hombre es infinita, el número de dudas curiosas es ilimitado.

Total, unos por otros y el blog sin barrer. ¿Vale este plumerazo para un quitapolvos con buenas intenciones?

(Foto de Legdog)

La música gozosa de Nigel Kennedy

¿Música, ruido, empatía? No se sabe muy bien qué busca el público que va a un concierto. De entrada hay que recordar que esta palabra registra dos acepciones musicales. En la que se refiere a función, nunca, hasta hace unos treinta años, se aplicó a otro tipo de música que no fuera la clásica. Uno recuerda singularmente el primer cartel que rompió la tradición, porque le llamó mucho la atención. Anunciaba Concierto de rock y amor, y lo ilustraba una fotografía de Miguel Ríos llevando a un bebé a cuestas. Desde esta propuesta ligeramente pretenciosa a esta parte, aquí hasta el que hace sonar la carraca dice que hace conciertos. No desesperen, algún día lo verán, como si fuera una diva exclusiva de Emi o de Hispavox: Esmeralda Clamores en concierto.

Cree el Duende haber leído alguna vez de un músico eminente que despreciaba el rock., reduciéndolo a un repertorio de ruidos de mal gusto. Muy audaz debe de ser, pues de lo que no hay duda es de que este tipo de música ya tiene una larga historia, y arrastra multitudes. Ante fenómenos así, los que ya tenemos una cierta edad debemos ser prudentes. Cuando uno observa que la tarde de un sábado El Corte Inglés está a tope de gente y lo que más aborrece precisamente es pasar la tarde allí, lo correcto es pensar que el rarito es él, y no los demás. Y cuando abre el frigorífico, sale de los yogures el Chikilicuatre cantando y más que un premio lo considera una pesadilla, lo cabal es autoconvencerse de que ya habita en la marginalidad total.

El Duende hubiera agradecido que la música pop se pudiera escuchar a la cuarta parte de volumen que uno soporta en auditorios, discotecas o salas de concierto. Pero no, desgraciadamente el exceso de decibelios parece que es tan importante para ella como el contrapunto para Bach. Muy frecuentemente nos paramos en un disco y a nuestro alrededor varios coches atruenan con bakalao, música techno o no se sabe qué clase de tortura para los tímpanos. Luego se habla del alcohol o la droga, pero ¿hay quien haya calculado el efecto destructor de los decibelios en el cerebro de los jóvenes?

Cuando el Duende se lamentaba del divorcio entre la música pop con la clásica, ha tenido la suerte de descubrir a un genio llamado Nigel Kennedy, que hace una semana tocaba en el Auditorio de Madrid con la Orquesta de Cámara de España el Concierto nº 4 para violín y orquesta de Mozart y el único que para este instrumento escribió Beethoven. Kennedy sale a escena vestido de rockero, peinado de punki y con una gestualidad más propia de hincha del Aston Vila –equipo del que es forofo-que de un virtuoso del violín. El hombre se mueve sin cesar, ensaya torpes pasos de baile, saluda al público enfervorizado, lanza besos, baja al patio de butacas y vacila con el público. Y, entre medias, aprovechando las cadencias –espacios que los compositores clásicos dejaban para la improvisación y el lucimiento del solista- reinterpreta a Mozart en clave de jazz o al genio de Böhn como si fuera Elton John. Kennedy fue alumno predilecto de Yehudi Menuhin, a quien el Duende alcanzó a escuchar en directo interpretando el de Beethoven. Pero, aupado en su virtuosismo, se toma la música de los clásicos con tan entusiasmo y desenfado que magnetiza incluso al público tan estirado que llena los conciertos de los abonos caros.

No se cuándo volverá por aquí, pero si pueden, no se pierdan a Nigel Kennedy. Es para cerrar los ojos y volar o para abrirlos y divertirse. Es música de siempre interpretada por un genio de nuestro tiempo. Música y empatía que invita, nada más y nada menos, a sentirse feliz malgré tout..

Dos hamburguesas para William Lynd

Era el Duende tan ingenuo que creía que toda América es orégano. O, más bien, que esos Estados Unidos que inconscientemente identificamos como la América por antonomasia, eran los que se imaginó a partir de tres visiones maravillosas de su primera juventud.

 La primera se la ofreció una novela de un escritor hoy casi olvidado, llamado William Saroyan. Nunca sabe uno si el encanto de una obra literaria está más en el talento del autor o en talante y el momento de quien lo lee. A los diecisiete años el Duende era hijo espiritual de Peter Pan y de Alicia en el país de las maravillas, o sea, que estaba dispuesto a idealizarlo todo. De modo que sorbió las páginas entrañables de La comedia humana -el mismo título que el novelón de Balzac para un relato mucho más ligero- y creyó ingenuamente que si la felicidad tenía patria, estaba situada en el país de Homero Macaulay, su protagonista.

 Esta América de bombonería -presagio de  Forest Gump- conectaba directamente con las películas de Frank Capra, que empezaba a conquistar los corazones ilusos de la generación duendera  proyectando su célebre ¡Qué bello es vivir! por la tele todas las navidades. El Duende la ha visto tantas veces que incluso está investigando por qué Búfalo no puede dormir (un guiño a los lectores cinéfilos).

 La tercera versión risueña del gran país americano -parece uno José María Carrascal- es la que nos dejó Norman Rockwell, un fantástico ilustrador del Saturday Evening Post que con su estética luminosa y ternurista ha ejercido una influencia decisiva en la dirección de arte, la publicidad, el cine y la fotografía de nuestro tiempo. Quizás muchos no conocieran su nombre, pero sin duda reconocerán sus obras. Tienen el marchamo de esos genios costumbristas que, por haberse forjado como artesanos, tardan en ser considerados artistas. Rockwell sufrió por ello, pero las últimas cotizaciones de sus obras, astronómicas, le han vengado con largueza.

 Tras la admiración de Europa por el papel de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial y el Plan Marshall subsiguiente, y cuando ya nos había deslumbrado el american way of life, se oscureció la estrella del imperio americano. Qué les va a contar el Duende que ustedes no sepan. Hace uno una ensalada ideológica con recortes de Hiroshima, Vietnam, My Lai, Guantánamo, Irak, Afganistán, Bush, Schwarzenegger y el integrismo de la América profunda, lo baña con salsa Ketchup y como que se le revuelve el estómago.

 Igual que ante una noticia de esta semana, apenas reseñable entre el cúmulo de desgracias que nos afligen. Parecía apetitosa: una bandeja con un plato que contiene dos hamburguesas, pimiento y cebolla fritos, dos patatas asadas con crema y un gran batido de fresa. Podía ser la comida de Homero Macauley, o un primer plano de Capra, o una ilustración de Rockwell. Pero si uno abre el zoom  se entera de que esa ha sido la última cena de William Lynd. Rechazadas todas las apelaciones, y después de la moratoria de más de siete meses en la aplicación de la pena de muerte,  este americano fue ejecutado anteayer en Georgia por haber matado a su novia hace veinte años. El sueño americano desvirtuado: aunque el cocinero de la penitenciaría se esmeró, la salsa de las hamburguesas sabía a amargo sarcasmo.

La sobrina del poeta Muñoz Rojas

Empezaba a declinar la tarde esplendorosa del domingo 4 de mayo cuando se recibió una llamada en teléfono del Duende, que apuraba el puente en el sitio de Pedrojuan. La voz amiga era la de Soledad, una dama malagueña de porte distinguido y ojos claros cuyo rostro parece un retrato de Manet o, como mínimo, de Rosales o Ramón Casas. Soledad es profesora de inglés, esposa, madre, abuela y conquistadora de espacios de felicidad. Pertenece a una familia malagueña de abolengo, y se crió en un precioso cortijo de la vega de Antequera rodeada de olivares, piedras antiguas, fuentes, y plantas aromáticas. Más que un monumento nacional, aquello es un monumento sensorial. Si naces ahí y no te desbordan los sentidos, es que te parieron equino, que de eso, y de la más pura sangre española, también abunda por esos pagos. Ahora se propone crear otro pequeño paraíso propio a la falda de Gredos, donde el monte se empieza a juntar con la dehesa del valle del Tiétar

Soledad dice que no tiene dinero, como todos, pero por suerte ha ido disfrutando de todo lo que no hay dinero para pagar. Por tener, ni le ha faltado un poeta de cámara, y no precisamente un mindundi, pues es sobrina predilecta del gran José Antonio Muñoz Rojas, auténtica gloria de viva de nuestra poesía y otra más de las debilidades del que suscribe. Muy exquisita la dama amiga, dice que ya no abundan hombres que digan versos. José Antonio se los dice hasta en inglés, pues tradujo los de otros poetas mientras escribía los suyos propios. Por algunos de ellos, recopilados en su delicioso poemario Objetos perdidos, ganó el Premio Nacional de Poesía. El tío José Antonio pasa con largueza de los noventa años, pero su vida no corre peligro. Si es verdad que los viejos rockeros nunca mueren, con lo que gritan, ya me dirán por qué van a morir los viejos poetas como él, con lo sutil y delicado que es su canto. Se abre su libro de Sonetos a Rosa por cualquier página y se escucha como un ruiseñor enamorado inasequible al crepúsculo del tiempo. Hay que engancharse a la poesía para sobrevolar nuestras miserias.

Soledad se presentó en el feudo del Duende y familia cansada de patear su nuevo paraíso y de marcar con estacas lo que será su próximo coto de felicidad. El Duende le ofreció un te con perrunillas, un bocata de chorizo, un refresco. Los recursos habituales. Pero ella lo rechazó todo, y sólo se alimentó del olor de los jazmines, de la vista dorada por el atardecer, del agua de la fuente y de una hora de conversación sin hablar de política ni de la crisis de las hipotecas subprime.

Se bebía los vasos de agua de maniantal con la misma emoción que si fueran los versos de su tío. Como avisó Paul Éluard, sabe que hay otros mundos, pero están en éste. Eso sí, Soledad advirtió al Duende que, aunque lee todos los post de este blog y está muy de acuerdo con ellos, jamás hace comentarios. No tendrá valor…

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