Archivos para 4 mayo 2008



Sin Calvo-Sotelo, menos Duende

Todos los que han seguido al Duende desde su paso por la SER saben los motivos por los que le debía estar tan agradecido a Leopoldo Calvo-Sotelo (así, con guión, que no se sabe por qué se tiende a suprimir ahora en los apellidos compuestos). El caso es que aquel presidente de gobierno que después de la labia de Felipe González y el gracejo malvado de Alfonso Guerra, tan fácilmente imitables, aparecía como la dignidad marmórea inasequible a la caricatura, propició algunos de los chispazos más hilarantes de la larga colaboración entre Javier Capitán y el Duende. Primero haciendo un dúo de expresidentes con Adolfo Suárez, luego con un pintoresco representante que promocionaba al aparentemente severo Calvo-Sotelo como humorista. Qué buenos ratos pasamos con el Poldo Mix.

Está muy feo echarle de menos sólo por la punta que le sacamos en la radio. Sin embargo lo bueno de la caricatura es que te obliga a fijarte en el personaje y garrarte a sus flecos amables. Dejando a un lado sus rasgos más fácilmente parodiables, uno estudia su biografía y los breves contactos que tuvo con él no puede evitar el respeto y hasta el afecto. El Duende le escribió dos o tres ocasiones. Siempre respondía con un tarjetón escrito a mano, y con detalles que individualizaban el mensaje. Es decir, que se tomaba la molestia de recordar a quién se estaba dirigiendo para no hablar con simple cortesía formularia.

En una de mis misivas le pedía disculpas por un exceso que no se si fue de los imitadores o de Julio César Iglesias, tan amigo de poner en riesgo el temple de su entrevistado con una humorada no siempre oportuna. Acababa de salir Leopoldo bis en una de las viñetas matinales que hacíamos hace unos años. Y a continuación había preparada una entrevista con Calvo-Sotelo, el de verdad. Evidentemente, éste había escuchado la parodia y, ni corto ni perezoso, Julio, para abrir boca, le preguntó qué le parecía. Como toda caricatura -contestó el ex presidente con su sorna habitual- evidentemente exageradaPero si tiene usted tan buena imitación, no se para qué quiere el original. No fue nuestro mejor día en la radio. Pese a la buena educación y a la tolerancia para la ironía de don Leopoldo, el hielo se cortaba. Julio, como su tocayo Aparicio, tuvo que hacer faena de aliño.

Pero el almario del Duende es a veces muy escrupuloso. Y, no pudiendo acallar su mala conciencia le escribió disculpándose por el rato incómodo que le habían hecho pasar. Utilizó para ello una frase un poco afectada, algo así como me encocora que a usted le pueda haber sentado mal la imitación. A lo que él contestó: me encocora que te encocore, y que no encocore a quien debería encocorar.

Hoy el Duende siente muy suyas las famosas palabras de John Donne: nadie es una isla, lo que le pasa a otro también te afecta a ti, la muerte de todo hombre te disminuye. Don Leopoldo, tan maltratado en su día por la suerte política y por un pueblo que no repara en los matices, se va quizás sin el afecto que España le debía. Y se lleva una de las cuerdas del violín que más le gustaba tocar a uno. Lo que decía el poeta, que al final las campanas acaban doblando por todos, y que al mosaico de las ilusiones radiofónicas del Duende se le van cayendo teselas irreemplazables.

Las cosas que hace nadie

Cualquiera que tenga familia lo sabe. Todo el mundo hace algo en la casa, pero a veces  un gran Houdini inconfeso que surge en cualquier grupo humano obra el milagro de las  cosas que no son hechas por nadie. Por ejemplo, en una casa de campo es esencial tener localizadas las linternas, por si hay un apagón. A un soi dissant  jefe de la familia le puede gustar además tener la suya propia, que es la mejor, a buen recaudo. Pero, ay, si una noche se va la luz y el iluso del jefe quiere echar mano de ella es muy normal no encontrarla en su sitio. Las linternas no vuelan, pero no se procupen: no ha sido nadie. A veces los cuerpos inertes se trasladan por impulso de  fuerzas extrañas que la ciencia no ha sido capaz de describir.

  Tampoco ha sido nadie el que apuró la última cerveza del frigorífico, ni  el que se llevó para siempre las pinzas de la batería porque el coche de su amigo le había dejado tirado, ni el que perdió el mando del garaje , ni el que consumió la botella de malta de veinte años hasta dejarla justo con un dedo de preciado líquido. Este último detalle es muy importante, porque mientras no está totalmente vacía la botella se puede considerar que uno no está moralmente obligado o a reponerla o, como mínimo, avisar de que hay que comprar otra botella del whisky de malta que le gusta a papá. Mejor así, en impersonal: hay que, no se que alguien sugiera que tienes que, lo cual es mucho más molesto.

 Nadie deja los CD y los DVD fuera de su funda. Nadie se llevó el segundo tomo de los Cuentos de Allan Poe. Nadie abandona colillas en el cenicero sin hacerse cargo de ellas. Nadie es tan desalmado como para no  cerrar los tubos de pasta de dientes, horrible felonía donde las haya. Aún así, siguen amaneciendo abiertos. Nadie se va a la cama sin molestarse en apagar las luces, y sin embargo alguien que se levanta temprano se las encuentra encendidas…¿Por qué ese Nadie no se responsabiliza de todo lo que apuntamos?

 Supongo que ayer era el día para recordar al alcalde de Móstoles, a Daoiz, Velarde y el Teniente Ruiz. Pero como a fuerza de efemérides tan gloriosas como abusadoras le acaban aburriendo a uno, hoy el Duende cree que cumple mejor servicio a la sociedad anunciando que a su simpático caballito de madera de color rojo, unos treinta centímetros de alzada, montado sobre una plataforma del mismo material y con unas ruedas parecidas al del caballo de Troya, fabricado artesanalmente en Polonia y comprado en la tienda de souvenirs de  Naciones Unidas en diciembre de 1974, le han cortado la cola. Era lo único de su cuerpo que probablemente había tomado prestado de un conejo, y, por tanto, fue tan fácil de afeitar como agarrarla y tirar de ella. Por la índole del atentado y por la altura del anaquel donde estaba el muy apreciado caballito, el Duende pensó que podía haber sido su nieta Marina la culpable. Pero cuando se lo preguntó sin rodeos, la niña se limitó a abrir los ojos mirando a otra parte mientras paseaba la lengua por sus pequeños labios. Algunos silencios son elocuentes. Le estaba diciendo, Duende, con lo mayor que eres…¿aún no sabes que esas cosas siempre  las hace nadie?  

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