Nadie que haya seguido la trayectoria profesional de Pilar Cernuda diría que es una pipiola. Tantos años de vuelo cubriendo viajes reales y acontecimientos políticos, quince libros publicados, infinitas crónicas, incontables entrevistas e intervenciones en tertulias radiofónicas y televisivas, numerosos premios profesionales. Proyectando siempre en su trabajo un estilo sencillo y directo, un criterio político sereno y aseado y una sensibilidad social característica de lo que llamamos buena gente. Nadie pensaría, cierto, que Pilar es una niña. Pero tampoco nadie que la vea en vaqueros, con su carita de rasgos pequeños y bien dibujados, sus ojos claros y su melenita corta imaginaría que ha cumplido los sesenta. La respuesta la dio su colega Raúl Heras mientras nuestra amiga periodista bailaba como una loca. Pilar insiste en que son sesenta, pero yo creo que en realidad está cumpliendo por segunda vez los treinta.
Para tal acontecimiento nos había invitado Pilar la noche del pasado sábado a un montón de amigos en Naturavila, un complejo deportivo provisto de varios pequeños hoteles rurales a dos kilómetros de la ciudad amurallada. El Duende se quedó pasmado de su capacidad de convocatoria: había políticos con mando en plaza, políticos cesantes, rebeldes con causa y melena rubia, figuras emergentes, periodistas compañeros, periodistas de otros medios, grandes comunicadores, gente de la tele y de la radio. Y amigos. Pilar es posiblemente una de las más trabajadoras de su profesión, pero aunque haya conseguido un merecido prestigio con la pluma, aún es superior su cosecha de afectos. Todos la celebramos, algunos nos aventuramos al bailoteo con ella, perseguimos la croqueta, quizás nos pasamos de copas. Y nos dimos cuenta de que hasta en verano se agradece tener a mano un jersey cuando se pone el sol y asoma la noche abulense.
No podría quedar el post en la crónica mundana sin aportar al menos crítica de utilidad social. Resulta que se alojó el Duende en un hotel rural más bien modesto que aprovecha una de las antiguas dependencias agrícolas del complejo. Uno exige lo justo para pasar una noche, pero lamentablemente, en los espacios pequeños como el de aquella habitación, siempre se acuerda de doña María y sus poblemáticas. Por ejemplo, la obsesión de optimizar cada centímetro cuadrado del cuarto de baño plantando un plato de ducha de sesenta por sesenta. Pretende el avariento constructor que una dama gruesa de los nervios, como nuestra gladiadora del hogar, pueda girar en esa cuadrícula y ducharse con normalidad. Y lo haría conteniendo la respiración si no fuera porque el mando de la ducha, que es de tipo picaporte, queda perpendicular a la pared y le roba, por tanto unos quince centímetros a su masa corporal. Resultado: cuando gira para enjuagar su cuerpo enjabonado, sus michelines mueven el mando y cambian la temperatura del agua. Qué agradable, qué bien inventado. Dirá el Duende lo mismo que dijo respecto a las lámparas de cabecera de las camas hoteleras: ¿hay alguien que las pruebe antes de instalarlas?
La cosa es que este post era, sobre todo, como homenaje a Pilar Cernuda y para agradecer su invitación a la fiesta. Y siente el Duende que haya derivado en queja. Pero sabe que una periodista de raza como ella, tan solidaria con los humildes, entenderá que doña María aproveche para felicitarla y, de paso, denunciar las duchas hechas de espaldas al pueblo.










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