Por no saber escuchar

El hombre fino, manual completo de urbanidad, cortesía y buen tono. Traducido del francés al castellano por Don Mariano Rementería y Fica. Tercera edición, aumentada  (sic) con las reglas de Educación y decoro para las Señoras. Esta pequeña joya, editada en Madrid en 1837 y perfectamente encuadernada en piel con estampaciones en oro, era revisada por aquel caballero cada vez que era invitado a una boda en la que no sabía con quién acabaría sentado a la mesa del banquete.

  El sumario del libro era elocuente.1. El hombre de gusto en su casa- 2. Entre sus iguales-3. En casa de los superiores-4. En la de los artistas-5. En una tertulia-6. En el teatro-7. En el baile.-8. En la mesa- 9. En una boda 10.En visitas- 11.Corbata-12. Guantes, etc- 13. Equitación- 14 . Reglas y axiomas morales sobre el espíritu de sociedad. El caballero, en su infinita ingenuidad, daba por hecho que el gobierno incluiría sin duda todos estos epígrafes, a modo transversal, en la compleja y novedosa asignatura de Educación para la Ciudadanía.

 Sin embargo, se lamentaba de que sus muchos afanes le hubieran impedido esta vez profundizar en el muy importante capítulo de las conversaciones: modo adecuado de emprenderlas y dirigirlas `para el mayor agrado de los invitados. Según La Bruyère, muy impuesto en estos saberes,  el talento de la conversación no tanto consiste en manifestar el propio como el de hacer brillar el de los demás. Y el caballero no estaba seguro de haber cumplido con tal principio. Ya se sabe: el ego. Siempre demasiado ocupado en hablar de sí mismo. Incluso cuando la dama que se sentaba a su lado tuviera mucho que contar.

 La dama era, casualmente  experta en el arte de la encuadernación. Se decía que era tan sumamente  perfeccionista en estos menesteres, que según algunos había recibido del mismísimo rey el encargo de encuadernar  en piel de carnero la  Memoria descriptiva de las troneras de los castillos de la frontera, donde, entre datos técnicos aburridísimos que sólo interesaban al arquitecto real y a sus alarifes, se  podía leer en clave los nombres de todas las doncellas que cada jueves del año habían tenido el privilegio de servir a su majestad su postre favorito: piononos de Granada con una copa de malvasía. La dama también había encuadernado varios beatos -no a los mismísimos hombres de Dios, sino a los libros así designados supuestamente escritos por ellos- de altísimo valor bibliográfico, así como el supuesto Diario del palafrenero de la reina Victoria, ejemplar único, encontrado casualmente en la caja de té del deán de la catedral de Canterbury cuando su sastre se pretendía resarcir del impago de una sotana que le debía desde el diaconado. Este libro era   de contenido tan escandaloso que por decencia cristiana hubo de encuadernarlo a ciegas. Mérito que  sin duda apreció el jurado para concederle el Premio Nacional de Encuadernaciones Exquisitas altamente Meritorias.

 De todas estas apasionantes pinceladas biográficas de la dama se habría enterado el caballero si hubiera hecho caso  de lo que aconseja El hombre fino. Pero el caballero, como tantos de nuestro tiempo, no había sabido escuchar.

8 Respuestas a “Por no saber escuchar”


  1. 1 maribel junio 9, 2008 a las 6:26 am

    buenos dias DUENDE!!!!Que sepas que siempre consigues sorprenderme con tus inquietudes e historias!!!! algo sabia yo de ese libro pero claro no tanto….muy interesante.. feliz dia y besos

  2. 2 Adela junio 9, 2008 a las 8:28 am

    Buen dia caballero, quede usted con Dios! le habría dicho yo (egoisticamente) si fuese la dama! :)
    Saber escuchar es un arte escaso, que bien lo subraya el Duende “saber hacer brillar el talento de los demás” según La Bruyère.
    Para dejar de vivir en el ego, hay que conocerlo bien y no darle tanto de comer pero como siempre pide más y más…nos cuesta decirle NO, ha mi ego ha dejado de irritarle que no le escuchen, aunque lleva muy mal, que no le dejen acabar la frase, solo eso, hasta la última palabra :)

  3. 3 José Ramón junio 9, 2008 a las 9:33 am

    Creo que yo escucho bastante bien. Por lo menos tengo la virtud de que todo el mundo se me acerque a contarme sus cosas.
    Pero sólo conozco un par de amigos que sepan escuchar. Cuando doy con ellos nos quedamos escuchándonos en silencio.

  4. 4 Salvador junio 9, 2008 a las 10:16 am

    Gran virtud el saber y querer escuchar. Incluso santa virtud, diría yo… porque, hay que escuchar de cada cosa…

  5. 5 Zoupon junio 9, 2008 a las 10:32 am

    Había una vez una tertulia de café en la que un miembro nunca decía esta boca es mía, y pasaba por ser una persona educadísima y humildísima con esa rara capacidad de saber escuchar. En realidad era un gorrón, un vago comodón que absorbía los conocimientos que los demás compartían generosamente, sin aportar nunca un saber al fondo común.

    Hay que saber escuchar, de acuerdo, pero lo mismo hay que saber participar, para no ser un gorrón.

  6. 6 Charivari junio 9, 2008 a las 12:14 pm

    La conversación es un arte. Tiene sus normas y recomendaciones, como todo. Es verdad que muchas veces el resaltar al otro significa que no te dejan “meter baza ni una vez” y eso… rasca y hay que dominarlo. Como me encanta conversar mi ego se parece ahora al de Adela y también al del burro del gitano, aquel que cuando se acostumbró a no comer, se murió.

  7. 7 Ángela junio 9, 2008 a las 2:38 pm

    Como tampoco yo soy de las que sabe escuchar, os comento:
    El guitarrista de los Rolling Stones contrata duendes para la boda de su hija. Eso leo en la prensa del sábado. Ron Wood quiere alegrar la boda de su hija Leah de 29 años con atrevidos duendes. Busca cinco. Un abrazo a todos.

  8. 8 Angelus P. junio 10, 2008 a las 12:53 am

    Supongo que los duendes de Ronnie deberán hablar correctísimo british English. Y, a propósito, nada habéis dicho de quien no interviene por miedo a “meter la pata”, a no saber expresarse o por simple miedo escénico. A lo mejor, Zoupon, era lo que le pasaba a tu supuesto gorrón.


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