Archivos para 5 junio 2008



Un grabado precioso

En la España de los años cincuenta, sacabas la cámara en la plaza de un pueblo y cuando querías darte cuenta posaba el pueblo entero para la foto. Inútil decir que querías retratar a tu novia o a tus amigos. Se apostaban detrás de ellos y sonreían esperando el pajarito. La gente quería trascender de su momento y  de su pobre  circunstancia de posguerra. Les hacía ilusión  volar con la estampa de su lugar y ser vistos en él quién sabe donde ni por quién. El fotógrafo nunca los identificaría, pero a los figurantes anónimos les daba igual. Escapaban de sí mismos, trascendían, se sentían importantes.

  Es el mismo mecanismo psicológico por el que nos encanta encontrar nuestro paisaje particular recreado por un artista. Uno de los cuadros más famosos de Antonio López García es una perspectiva de la Gran Vía de Madrid que todos los madrileños han visto mil veces. Probablemente, todos nos sentimos parte del cuadro, pues por allí hemos pasado alguna vez. También en las películas nos encanta identificar nuestro paisaje. A veces lo intuimos, o creemos recordar que alguna vez paseábamos por el mismo escenario donde se han besado los protagonistas. El Duende es de los que no deja la sala de cine hasta que los títulos de crédito -por cierto, siempre los últimos- apuntan los emplazamientos del rodaje, por si se confirma que eran los que él creía haber reconocido. En las películas de la tele es inútil: la avaricia publicitara corta la emisión de la película en cuanto aparece la palabra FIN, al punto de que a veces te quedas sin saber el reparto ni, peor aún, el nombre del director. Qué mezquindad.

 A todos nos emociona que lo nuestro converja con la mirada del artista. Digamos que el testimonio de éste confirma nuestro buen gusto y nuestro criterio. El WW Escarabajo o la lata de Coca-Cola de Andy Warhol se ven colgadas en tantas paredes porque son  en pop art las mismas visiones  cotidianas de millones de personas de todo el mundo. La que desde su palomar disfruta el Duende de Madrid  es parecida a la que en su día plasmaron Goya  y Aureliano de Beruete. Demasiado caros para colgarlos en casa, aparte del feo que le haríamos al Museo del Prado. Sin embargo hace unos días el barón de Cap Llentrisca, buen amigo del Duende y asiduo del blog, le ha obsequiado con un grabado titulado Vista panorámica de Madrid (1752) coloreado con acuarela de la época que ofrece una vista de la capital en el siglo XVIII desde el mismo punto de vista desde el que la observa hoy. Algunos ciudadanos pasean placidamente por la ribera sur del Manzanares -tan crecido, por cierto, que hasta se imagina un islote en su centro- mientras  que al otro lado, asomada a la Cornisa Imperial, se extiende una pequeña ciudad en la que destacan muchas torres y cúpulas de iglesias y, en el lugar que  hoy se levanta e Palacio Real, el Alcázar de Madrid.

 A esas fechas el Alcázar había desaparecido, pues ardió por completo la nochebuena de 1.734, pero eso no empaña el encanto de una preciosidad de grabado. Además tiene otro valor añadido. El Duende lo mira como un simple amante del arte y, observado con detenimiento, de pronto ha descubierto  que en ese Madrid regalado también ha quedado grabada la huella de un afecto profundo.

Sobre el deber de escribir sólo lo necesario

(Foto de K!T)

El sabio Engibert subió a lo más alto del monte Karijuzn y  se asomó al abismo. Desde ahí, decía la leyenda, la caída era tan larga que cuando los huesos daban en el suelo habían crecido las uñas hasta enroscarse como matasuegras. O sea, en el descenso  pasabas hambre, sed, dormías, sentías apetito sexual, te desesperabas, deseabas morir y cuando superabas todas esas vicisitudes aún seguías cayendo. No obstante, Engibert cerró los ojos, dio un salto al frente y se precipitó al vacío.

 ¿Por qué había tomado Engibert tal decisión? Porque había cometido el crimen de escribir algo cuando en realidad no tenía nada de qué escribir. Por aquellos años, el clima ya había cambiado tres veces, se habían domesticado las emisiones de CO2, se había zurcido el agujero de ozono, los osos polares campaban por sus respetos por  el Ártico y ya no era primavera en el Corte Inglés más que cuando era primavera fuera del Corte Inglés. O sea, en primavera. Sin embargo un nuevo peligro acechaba al planeta. Desaparecida la era de la informática y de los soportes inverosímiles para la letra escrita, capas y capas de papeles escritos por todos los que no teniendo etiqueta de escritores se obstinan en escribir habían terminado por velar la luz del sol, alterando la función clorofílica de las plantas y, a partir de ahí y de la desesperación de los herbívoros, buena parte de la cadena alimentaria. Muchas especies de vertebrados e invertebrados habían desaparecido. Sólo sobrevivía, tan fresco, un omnívoro intelectual llamado Luis María Ansón, que como tiene que leerlo todo para seguir siendo Luis María Ansón, no se resignaba a desaparecer.

 En esas circunstancias, Engibert, consciente de que escribía casi todos los días sin razón aparente para hacerlo, había decidido quitarse de en medio. No podía superar la culpa que sentiría si alguien -seguramente Luis María Ansón- leyera lo suyo, frente a cosas mucho más importantes que nadie lee nunca. Había leído antes de un muy docto filósofo que la mayor obra de caridad que uno puede hacer a la humanidad es no escribir más de lo estrictamente necesario.

 Y cuando, aún en caída libre, Engibert se dio cuenta de que moría por haber escrito más de lo necesario y que, sin embargo, nadie sabría la auténtica razón, advirtió que en realidad sí tenía algo que decir. Quería haber aclarado que esta vez, excepcionalmente, escribiría para aclarar por qué no escribía. Aunque sabía que, llegado al final del trayecto, nunca más podría escribir.

 Algún escéptico podría creer que esto es una milonga, y que Engibert no es de verdad. Pero si lo inventó el escritor de esta historia …¿cómo no iba a ser real? Tan real como que el Duende esta noche estaba muy cansado, y, simplemente, no quería quedar mal con los que, sin razón o no, leen incluso lo que nunca  debió ser escrito.

 

Por qué el Duende no es Irving Berlin

Se puede descargar el álbum, pinchando en este enlace:

http://drop.io/zapatito

Sugiere el duende del Duende que éste de a conocer a los seguidores del blog su faceta de letrista. Inquietudes humanísticas, por cierto, más que respetables. Sus méritos como autor o coautor de lyrics -¡que bien suena así!- van, en efecto, más allá del villancico de las muñecas de Famosa. Aunque sólo por eso, sin exagerar, merecería un Grammy de platino. Escribió muchas letras para chinchines publicitarios -jingles decíamos, que quedaba más fino-, algunas para campañas políticas, y como dos o tres long play de canciones comerciales que fueron un completo fracaso.

La mayor parte de esas letras, por cierto, lo merecieron. Pero no fue así en el caso del disco que quiso lanzar al mercado a Zapatito. Creo que el Duende no lo vio hasta que lo saldaban en Galerías Preciados a cincuenta pesetas. Para entonces ya estaba tan deprimido que ni siquiera lo compró, de manera que no conserva ni un solo ejemplar de su mejor disco.

Lo de la música y la letra es lo más irrelevante del caso. Más interesante es a historia humana que había tras este disco. Zapatito era un personaje que se inventó Alvaro Nieto, un músico que después de haber hecho música pop en conjuntos como Los pasos o La pequeña compañía (aquélla que cantaba coros de zarzuela arreglados en modelno) derivó hacia la música publicitaria, consiguiendo muchos éxitos. Pero su ambición iba más lejos. Quería hacer música para niños, para lo cual se metamorfoseó en una especie de payaso con grandes zapatos y se inventó la leyenda de que bebía mucha leche (buscaba el patrocinio de Pascual, seguro). Gracias al valor nutritivo tan valioso de la leche, adquiría poderes sobrenaturales que le permitían cantar como distintos animales. El Duende no veía clara la relación causa efecto, pero era un mandado. Le pidieron que escribiera letras de canciones sobre animales dirigidas a un público infantil y cumplió. Y así es como nació Mis amigotes los animalotes.

Las canciones quedaron tan resultonas que una editorial pagó por anticipado medio millón de la época al músico y otro tanto al letrista -estamos hablando de la década de los ochenta- por el cincuenta por ciento de sus derechos de autor. O quizás por algo más. Porque la realidad es que Alvaro contaba con la promesa de que TVE iba a ser su trampolín. Lo de siempre, un buen amigo, un alto cargo muy interesado en el proyecto…

En ese momento cambió el Director General de RTVE. Destituyeron al amigo de Alvaro. Y Zapatito, que ya tenía el disfraz y el maquillaje preparados para tomar el relevo a Gaby, Fofó y Miliki se quedó en una simple ilustración para un disco sin sentido.

Alvaro Nieto se quitó la espina después haciendo la música de todos los retablos navideños que ponía en escena Cortylandia. Pero el Duende no alcanzó la misma gloria. Así que si alguno de los lectores aún tiene hijos pequeños y no sabe cómo animar su fiesta de cumpleaños, que se lo haga saber a Juan para que suba al blog alguna de las canciones que restauren a su padre la dignidad de autor.

Entretanto, el menda, muerto de sueño, se va a componer a sí mismo una nana para soñar lo que hubiera sido su vida si en lugar de escribir para Zapatito lo hubiera hecho para Papito.

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