Archivos para Julio 2008

El ciudadano eléctrico secundum Braulio

(Foto de nillo86, convierte la energía en música)

Mientras el Duende y sus lectores se desparraman por ahí para huir de la canícula, el mundo sigue. De manera irresponsable, algunos se han  tomado a chufla las propuestas del ministro de Industria Sebastián para ahorrar energía. Sin tener en cuenta que con sólo levantar el pie del acelerador, incrementar la duración de su viaje por carretera a Alicante en unos cuarenta minutos -los atascos no se contabilizan- y sudar un poco más podríamos ahorrar muchísima energía y aliviar nuestra balanza de pagos. Por cierto, nos regalan (nos regalamos) dos bombillas de bajo consumo con cargo al déficit. Pero de las nucleares, ni palabra. Eso sólo queda para los irresponsables de los franceses, a los que luego les compraremos electricidad convencidos de que proviene  del compostaje de la lavanda. Los gabachos entretanto, comme d´habitude: el corazón a la izquierda, y el bolsillo a la derecha.

Sin embargo, todo ha cambiado tanto en la España actual que ya no cabe el irónico que inventen de ellos de Unamuno. A Braulio, ese perpetuum mobile del ingenio chapuzante/tecnológico, se le ha ocurrido ofrecer al ministro novel su proyecto PEITOM, un plan de Producción de Energía Individual en Todo Momento. A falta de precisión de algunos aspectos puramente técnicos, avanzaremos que consiste en optimizar al ciudadano responsable convirtiéndole en una minicentral personal que producirá energía de diversas formas, según la hora y la actividad de día.

El ciudadano solar saldrá a la calle panelizado por placas fotovoltaicas, de modo similar a los curas baberos (baberones, más bien) o a esos hombres-anuncio que se pasean por las calles entre dos cartelones de Compro joyas o Pies sanos con SALFUMAN. El ciudadano eólico ha de equiparse con unos atalajes en los que van anclados varios molinillos, que moverán sus aspas a la velocidad del viento, a la del desplazamiento del individuo o a ambas sumadas, produciendo energía eléctrica como esos  miles de molinos gigantes que ilustran los paisajes españoles. Además, esta variante de  nuestro I+D es sumamente saludable. Rebaja la tripilla cervecera, reduce el colesterol, combate la osteoporosis y desatasca las coronarias. Finalmente el ciudadano hidráulico deberá instar unas miniturbinas en lugares claves del hogar, como bajo los grifos o en las paredes de la taza del retrete. Este sanitario, de no muy buena reputación, puede ser pieza clave en el sistema, pues producirá energía hidráulica cada vez que se vacíe la cisterna. Y además dará origen a la energía orínica, que será la generada por el chorro de orina percutiendo y haciendo girar las palas de la miniturbina. Desgraciadamente para el gobierno, aquí no cabe seguir el plan de igualdad, pues la fuerza de caída del chorrito no es igual en el hombre que en la mujer, por razones obvias. Como tampoco transmite el mismo impulso un pis de Pau Gassol o del sindicalista Fidalgo que otro de Jiménez Losantos, cuya cota de micción es sensiblemente baja.

En fin, parece  un invento del profesor Franz de Copenhague, pero es del gran Braulio. Y aunque según los ingenieros de ENDESA, hay que perfeccionar aspectos como la acumulación y la distribución de los kilowatios así producidos, los expertos coinciden en que el plan está en la misma línea compromiso con el progreso y, sobre todo, de rigor y realismo, que sigue el gobierno. Si es que nos quejamos sin saber lo que tenemos, ya les digo.

Wagner ¿divino o inhumano?

(Foto de John and Keturah)

En Bayreuth, la meca de los wagnerianos, levitan este año con Tristan e Isolda. Como cualquier puesta en escena que se precie hoy día, ahí no aparece ni un barbudo, ni un vikingo con cuernos, ni un guerrero, ni una deidad como las que nos enseñaban los santos de los libros de las leyendas germánicas. (Por cierto, gracioso: ¿se acuerda alguien de cuando a las imágenes de los libros se les llamaba santos?). Es la modernidad. La música es la misma que escribió don Ricardo. El mismo texto. Pero se aligeran los decorados y el vestuario. Mientras el cine engaña cada día más con efectos especiales, el teatro, y especialmente el musical, se desnuda, y engaña cada día un poquito menos. A los nibelungos y a las walkirias ahora les visten gente como Tony Miró o Adolfo Domínguez. Viva el minimalismo.

Mientras tanto, en Radio Clásica -una de las que aún no ha desfigurado del todo la nueva dirección de RNE- reproducen esta tarde El anillo de los nibelungos. Como suele hacerse antes de cualquier audición, una voz resume el argumento antes de que empiece a sonar la música. Resumir…¡ja! ¿Hay alguien que haya podido retener alguna vez el espeso argumento de una ópera de Wagner?

En las orillas del Rihn, la doncella Trunilda depila sus pantorrillas con cera de abeja perfumada con esencias de malvavisco. Al paso de una barcaza, los marinos la obsequian con cánticos varoniles que pretenden llamar su atención. Pero, persuadida de sus perversa intenciones pecaminosas, Trunilda se lo advierte a Roderico, que, como camarero mayor de Odine, tiene el privilegio de manejar la espada sagrada en contra de los herejes, y le promete bordar su capa con hilo de oro si hace naufragar la nave. Roderico parece seducido por la posibilidad de ganarse así el corazón de Trunilda. Pero desde la torre almenada del castillo de Junglfrüchte Cunegunda, que persigue desde tiempo atrás los favores de Roderico,  observa la maniobra. Y, despechada, escribe un billete que enrolla en la pata de una paloma mensajera para enviárselo a Wothan, famoso por sus regurgitaciones de codillo con schucrut y por su odio a Roderico. Wothan, antes de tomar decisión alguna, consulta con la sacerdotisa Sisemutten, que abre las entrañas de una garduña para leer en ellas la voluntad de los dioses. Según los idus de julio y las pestilentes heces de la garduña, sólo si antes rescata el sagrado nabo que crece en las laderas del gigantesco monte Kokonutt y se lo ofrece como holocausto a la walkiria Hildegarde conseguiría sus propósitos. Wothan recluta una compañía de genízaros y otra de lansquenetes que, capitaneados por el endriago Bertoldo, rescatan el nabo sagrado, no sin que las laderas del Kokonutt queden empapadas en sangre. Sin embargo Hildegarde, prima segunda de Sisumutten, no ha olvidado la humillación de Wothan, que había difundido entre los maestros cantores  de Nuremberg la especie de que ella  disimulaba sus pechos planos con ovillos de estopa ocultos bajo sus hopalandas. En consecuencia decide vengarse engañando a Wothan diciendo que nunca conseguirá a Trunilda, porque ella reniega de los pelirrojos, y Wothan tiene el cabello como la zanahoria. Desesperado éste, devuelve la paloma mensajera diciendo que Cunegunda se busque la vida, a lo que ésta, despechada, responde seduciendo al tritón Nepomuzenen para que se sumerja en lo más proceloso del Rihn, ancle la barcaza justo frente al remanso donde Trunilda se depilaba y, emergiendo de las profunidades ya encarnado como un gallardo príncipe, conquiste a la doncella de las bellas piernas mientras los marineros celebran el encuentro entonando el famoso coro “Ich liebe Trunilde depilatten”. Al ver Trunilda que los marineros no son tan obscenos como creía, cede su irritación, y empieza a mirar a Nuepomuzenen como algo más que un anfibio, por lo cual advierte a Roderico que ha perdido la aguja y el dedal, y no podrá bordarle la capa con hilo de oro. Decepcionado, Roderico se retira a la Walhalia a comprar un boleto de la Primitiva mientras Cunegunda se arroja al vacío desde la torre almenada, cayendo sobre el nabo sagrado que era portado por las huestes de Wothan. Este, indignado por el final de Cunegunda, abandona su plan de venganza y decide tomar los hábitos en el convento  de Beda el Venerable. Finalmente, Trunilda y Nepomuzenen se casan, y son aclamados por los genízaros, los lansquenetes, Bertoldo y los paisanos ribereños del Rihn en el banquete cuyo plato principal es el nabo sagrado con galantina de faisán de Westfalia. El anillo del nibelungo, por cierto, aparece en la sección de objetos perdidos del Ayuntamiento.

Parece un absurdo, un rollo o un galimatías sin pies ni cabeza. Pero en realidad no difiere tanto del resumen de cualquier libreto de Wagner. Y es que no hay que simplificar sus puestas en escena. Para que este genio, tan divino, fuera asimilable por los humanos, alguien debía de atreverse a aplicar el minimalismo extremo al  despelote superlativo que son sus óperas. Lo demás es abundar en esa oscuridad que sólo ilumina a los privilegiados wagnerianos malgré tout.

La hija del capitán Figuerola-Ferretti

-¿Tiene algún parentesco con el capitán Carlos Figuerola-Ferretti?-le preguntó el general Gutiérrez Mellado el día que un amigo común les presentó.

 -No llegó a ser mi tío -contestó el Duende-Yo nací en 1946.

 -Pues sepa usted que aunque no fue de los primeros de la promoción, sí fue de los más valientes.

 Y el Duende respiró feliz.

 De repente releía sin nostalgia aquel emotivo -y bellísimo, no se lo pierdan- poema de León Felipe que se titula ¡Qué lástima!. Qué lástima que yo no tenga un abuelo /que ganara una batalla/ retratado con una mano cruzada/ en el pecho, y la otra en el puño de la espada. El Duende tampoco tuvo ese abuelo, pero quedaba la memoria del tío Carlos, que ganó varias batallas antes de una granada le segara la vida en el frente ruso. Y justo unos días antes de repatriarse.  Los abuelos llevaban con tanta resignación su dolor por la muerte del hijo en aquella guerra lejana, que preferían no hablar mucho del asunto. Y tuvo que ser el admirable general que plantó cara a Tejero el que le recordara el honor y la gloria de su compañero de armas. Desde entonces, la prima Ana María, a la que sólo había visto con su padre en una diminuta foto en blanco y negro de la época, pasó a ser la hija del capitán Figuerola-Ferretti.

 Y la niña no salió menos valiente. Vivía con su madre viuda en Toledo cuando, como ella, se enamoró de un militar, esta vez teniente del Ejército del Aire. Se casaron y tuvieron cinco hijos. Desgraciadamente, su marido Juan Remírez de Esparza, que ya había ascendido a comandante, murió pilotando el primer Phantom que se estrelló en España. La prima Ana María reeditaba así la tragedia de su madre con cinco chiquillos agarrados a su falda. Pero, como la Madre Coraje tirando del carro en el drama de Bertold Brecht, no le volvió la cara al destino, y sin una sola lágrima de más, tuvo arrestos para sacar adelante a la familia con notable éxito. Aún le quedaba a ésta sin embargo el trago más amargo. Uno de los hijos, que continuaba la tradición de aviadores, también perecería años después en el accidente de un vuelo militar que ayudaba a sofocar un incendio en Galicia. Padre, esposo e hijo perdidos en acción de servicio. Demasiado para cualquier mujer. Siempre que no sea como la prima Ana María, que ha sabido sublimar su dolor y convertirlo en balsámicas sonrisas para los demás. Qué mujer. 

 En casos cómo éste siempre se pregunta uno qué puede hacer por las personas que sufren tanto infortunio. Nunca lo ha sabido el Duende. En cambio sí tiene claro lo muchísimo que ellas hacen por los demás. Basta ver cómo mantienen el tipo, sin que el llanto yugule la mucha vida que llevan dentro, para que todos tomemos conciencia de lo importante que es la voluntad y el coraje. Como ocurre con otra muy valiente Ana -Ana María Vidal-Abarca, viuda del comandante Velasco, asesinado por ETA- cada encuentro con ellas es una loción de tónico vital. Por muchos años.

 Así que fue doble alegría felicitarle por su santo y saber que lo disfrutaba en una playa gallega. Porque la prima no se resigna, y, consciente de que el destino le debe tanto, está dispuesta a cobrárselo con creces. De momento, en su Administración de Lotería de la calle de Narváez 56 ya ha repartido varios gordos de Navidad que su primo el Duende no pilló por los pelos. Y mal harían los lectores de este blog si, a partir de ahora, no compran ahí los décimos que sin duda acabarán recompensando la meritoria historia de la hija de este noble capitán de apellido tan familiar.

El día de santa Ana

(Foto de Cosmovision)

En esta España laica nos inventamos más patronos que santos y santas hay. Ayer, 27 de julio, resulta que era el día de los abuelos. Gracia que han alcanzado san Joaquín y santa Ana, padres que fueron de la Virgen. Era por tanto el día del Duende, abuelo por dos y que pronto lo será por cuatro. No le felicitaron sus nietas porque, aún con su buena voluntad y sus derechitos humanos, todavía no alcanzan el privilegio de ser criaturas de Isidoro Álvarez, e ignoran que en días como el de ayer hay que festejar a los abuelitos, decirles poesías, regalarles un dibujo de una palomita y, para ponerle laguinda, un buen cheque-regalo del Corte Inglés que incremente el consumo y alimente la recuperación de nuestra lánguida economía. Cuánto les queda a lasmuy inocentespara aprender a ser ciudadanas ejemplares.

El Duende no siguió el rito consumista, por miserable y por objetor de conciencia. Pero sí cumplió con algunas de las Anas conocidas. El Duende lleva a unas cuantas en el listín del móvil. Unas primas, otras amigas, unas serias, otras no tanto. A ellas, lógico, les felicita la onomástica, que es algo que en estas generaciones se celebraba bastante más que el cumpleaños. El Duende pertenece a ese género de mortales que no sabe hablar por teléfono. Le cuesta ser amable, y no digamos entrañable. Por eso, en ocasiones festivas se transforma para sorprender de otra forma.

-¿Doña Ana Fulánez? -pregunta- Le habla Jorge Casadell, director de Comunicación y Relaciones Públicas de Lencería Clemente, su cuerpo resplandeciente.

Por el momento, silencio al otro lado del teléfono.

-Mire usted -continúa la voz atildada y untuosa, como corresponde al cargo y al apellido- Ha tenido la fortuna de ser seleccionada entre un grupo realmente escogido de damas de nuestra sociedad para recibir como regalo por su onomástica un lote de productos de nuestra marca de la línea Top Charme consistente en un conjunto de sujetador, braguita, liguero, medias,  salto de cama y picardías, completado todo ello por un par de pantuflas de tacón forradas en raso y con borlón de marabú tipo Zsa Zsa Gabor.

Aquí alguna se mosqueó y le mandó al Duende a hacer puñetas, pero las demás tomaron el número y agradecieron la felicitación, al margen de prometer que aceptarían encantadas el regalo de Lencería Clemente.

Nadie es `perfecto, y el Duende no pudo llegar a todas sus Anas con esta impostura. Una de las más bellas es Ana Arámbarri, amiga de verdad en tiempos difíciles, y hoy diseñadora de joyas de gran éxito. Otra de las más admiradas es Ana Vidal-Abarca, a la que ya dedicó en su día un post. ¿Les dirá alguien que en día como ayer el Duende las recordaba con  inmenso cariño?

Y finalmente quedaba su prima Ana María Figuerola-Ferretti. Una historia tan digna de admiración que se merece un post aparte. Léanla, que a lo mejor les trae suerte.

El honor de ser pregonero

(Foto de Juanele)

Para hacer el pregón de unas fiestas -le aconsejaron una vez al Duende- mejor ser el hombre de la tónica que Demóstenes. Demóstenes era, según la tradición, un maestro en la oratoria, que es algo teóricamente muy apreciable a la hora de pregonar. El hombre de la tónica en cambio era un actor francés cuyo nombre ahora no se recuerda, pero que en una época fue considerado popular. Unas veces, porque otras se le diría simplemente famoso. Y famoso, lo que se considera famoso de verdad, es sólo el que sale en la tele. Corolario final: da igual en calidad de qué salgas por la pequeña pantalla. Si la gente identifica tu careto serás la sensación del pueblo, y al menos una o dos niñas te señalarán alborozadas como al mono de la casa de fieras.

-Mira, mama -no mamá- ¡Un famoso!

Eso al parecer prestigia a las fiestas populares.

Suele oponer este argumentario el Duende siempre que han reclamado de él el favor - preséntese como honor, por no faltar al prestigio de la muy honorable villa de turno-de ser pregonero de las fiestas de una ciudad, villa, pueblo, aldea, villorrio o pedanía, que en todas las garitas se ha hecho guardia ya a estas alturas. Pero que si quieres arroz, Catalina. Si el edil de turno te conoce y confía en ti, presume que todo el pueblo lo hace. Sin embargo el personal se pasa el día pastoreando cabras, o cultivando espárragos, o bordando mantelerías, o labrando las higueras con el tractor. Y cuando vuelven a casa o al bar, prefieren ver la tele, que es lo que les distrae más. Veinte años de radio no dan la popularidad a nadie. La pedanía de El Raso, un barrio de Candeleda, escuchó del Duende el pregón de las fiestas del Apóstol Santiago como quien escucha a un loquito a las puertas del mercado. ¿Eso qué es lo que es?-que diría Carlos Herrera con su acento almeriense. Una oreja, sólo una oreja, de Jesús Vázquez que se hubiera asomado al micrófono, habría tenido más éxito. Y no digamos nada si aparece una uña de Casillas, una papada de Isabel Pantoja o una teta de Belén Esteban.

No sabe el Duende en su perspicacia si se habrá notado que no le gusta nada dar pregones. Como suele predicar cada vez que le piden ser duende sin poder hacerse el invisible, y careciendo de la popularidad del hombre de la tónica, sólo lo haría o por mucho cariño o por mucho dinero. Espero que esta vez al menos quede claro su inmenso afecto por el Raso, un lugar que aunque sólo fuera por su castro celta, tan hermosamente plantado en las laderas de Gredos,  bien merece una visita. Aunque sea pasadas las fiestas, y el viajero se pierda esos pregones de famosos que no dicen demasiado.

Divagaciones de un puente de verano

No era del todo cierto que la ciudad se hubiera quedado vacía. Nadie entre sus familiares y amigos había dejado de aprovechar el puente de Santiago Apóstol, pero, a pesar de conocidas ausencias, y de que eso acrecentaba su sensación de soledad, aún quedaba mucha gente en Madrid.

-Tampoco vives solo en el mundo -le había dicho su psicóloga, en una de las primeras sesiones- Has de acostumbrarte a que tu asimetría en el espejo no es lo más importante que le sucede a la humanidad.

Fue aquel el primer brote de Salvacentrismo, como familiarmente bautizaron entre él y la doctora el complejo que le inquietaba y que le había llevado al gabinete de consulta de aquella prestigiosa especialista. De repente un día, mientras se administraba la loción aftershave,  Salvador advirtió que si una línea ideal dividiera su cara por la mitad del entrecejo siguiendo la  línea del lomo de su nariz, y las dos mitades de su rostro se plegaran sobre sí, el área facial izquierdo no coincidiría exactamente con el derecho. Santo cielo, qué sinvivir. A este imperdonable error de la topografía corporal se añadió lo que le apuntó el sastre.

 -No es que esté mal hecho, don Salvador -comentó mientras marcaba la tela con su jaboncillo- pero tiene usted la cadera derecha más subida que la izquierda. Y si no le alargo un centímetro y medio la pernera del pantalón, aparte de quedarle pesquero esa prenda va arruinar mi prestigio.

 No pudo tolerar Salvador tamaño desafío a la lógica que guiaba su vida, e insistió en que el sastre le dejara el largo del pantalón por igual, cayese quien cayese. El pantalón se remató según su santa voluntad, y no cayó nadie, ni tampoco la pernera derecha que, como denunció el honrado profesional, quedó corta, pesquera y exhibiendo vergonzosamente el canalé del calcetín. Tampoco llegó a caer el prestigio del tijeras, pues Salvador, al verse aún más ridículo ante el espejo, le rogó de inmediato que rectificara, y camuflara así a los ojos de los demás el dolor íntimo de saberse asimétrico.

 Fue salir del sastre y ponerse en manos de la psicóloga, a la que ahora le consultaba las múltiples obsesiones y dudas que acarreaba el Salvacentrismo : por qué me preocupa tanto la asimetría corporal, por qué creo que  en los puentes la ciudad está vacía cuando me consta que el parque hay varias timbas de jubiletas que juegan al tute subastado, por qué no tengo valor para decirle a la vecina del cuarto que, por Dios, se arranque esos dos pelazos que hacen impresentable el lunar  grande que se le extiende cabe la nariz, por qué no hay doctrina clara sobre el modo de conservar el chocolate en verano.

 -Verá, Gladys -la psicóloga, que le atendió por teléfono desde una playa canaria, naturalmente, es argentina y se llama Gladys- Según los chocolatófilos el chocolate en frigorífico pierde sabor. Pero a partir de los veintiséis grados, cosa habitual en el verano de Madrid, es casi imposible manipularlo sin dejar las huellas dactilares en él, y pienso que se estropea. Y no se qué hacer, y la duda me quita el sueño, y lo relaciono con el deshielo del ártico, y la negra suerte del oso polar, y el cambio climático…Total, que me veo como una de esas criaturas monstruosas que pintó el Bosco. Y peor aún: me dan ganas de arrojarme a la sima del Averno y escapar del cuadro…

 Gladys le calmó. Le recordó que, pese a sus asimetrías, era un hombre mucho más guapo que las criaturas del Bosco, y que en modo alguno debían pensar en quitarse de en medio.

 -Este….sobre lo del chocolate puedo opinar poco, porque a mí me gusta más el dulce de leche, vos sabés.  Pero creo que sería una buena terapia dedicar la tarde a comentarlo  con muchas de esas personas que quedan en la ciudad. Recuerda, Salvador- insistió- No estás solo, ni eres el eje alrededor del cual gira el mundo.

 Suspiró aliviado, antes de colgar el teléfono. Consciente de que, al cabo, lo que en verdad le oprimía era el tedio de un puente veraniego en la ciudad, se echó a la calle dispuesto a ventilar de una vez sus ridículos problemas. Pero cuando llegó al parque donde los jubiletas jugaban al tute, la tableta de chocolate  que llevaba como referencia se había derretido tanto que no daba ni para el debate.

 Y volvió a casa convencido de que el hombre feliz quizás no tomara chocolate.

 

 

Durmiendo abrazado a un botijo

El cronista Concordio Bezal lo tenía muy difícil. Esperaba a que la luna del 24 de julio, jueves, despuntara por encima de los tejados para liberar a la musa.

  La musa tenía trabajo. Debía de inspirarle tres artículos de distinto calado. Uno para la Gacetilla Local, en la que tenía pensado denunciar la dificultad para pulsar el botón que abría el caño  de las fuentes públicas. Según sus trabajos de campo, ningún niño de menos de ocho años ni nadie por encima de los setenta tenía la fuerza suficiente para percutir sobre el endemoniado botón de latón que abría el chorro. Su muelle ofrecía tanta resistencia que incluso Barbatán González estrella del catch madrileño de los años cincuenta y primo segundo del gran Hércules Cortés había renunciado a beber agua gratis. Ahora, como los turistas, paseaba por Madrid añorando su gloria perdida con una bolsa del Corte Inglés en una mano y un botellín de agua mineral en la otra. Qué deterioro de su prestigiosa imagen.

 El segundo artículo iría destinado a El afinador, que al contrario de lo que indicaba su nombre, no era el órgano de expresión de los fabricantes de pianos, sino una revista literaria donde se limpiaba, se fijaba y se daba esplendor al idioma. Según Concordio, estas funciones habían sido abandonadas por los académicos porque la Academia de la Lengua era una casa de putas. Los amigos del cronista pensaban que esto lo decía en sentido figurado, y le disculpaban. Pero un día Concordio explicó que no, que lo decía en sentido literal. Según sus noticias, el barrio de los Jerónimos acogía en los años cuarenta a buen número de mujeres que, aprovechando la timidez de las farolas de esas calles tranquilas, hacían manualidades sotopantaloneras a cambio de tres pesetas y la voluntad. Algún académico rijoso apuntó que había que regenerarlas, y solicitó que fueran admitidas como aprendices de archiveras y documentalistas. Esto lo contó Concordio en el Café Gijón, y le valió la reprimenda de otro académico que, casualmente, tomaba un gin fizz, y que amenazo con querellarse contra él por calumnias. A partir de entonces Concordio templó sus acusaciones, y las calificó sólo de leyenda urbana.

 Como, con querella o sin ella, Concordio quería hurgar en el idioma para mejorarlo, pensaba escribir el artículo de aquella noche sobre la necesidad de afinar el término tatarabuelo (a), que según el diccionario es el padre o madre del bisabuelo o bisabuela. Comoquiera que sus conocimientos de griego le decían que en la lengua de la antigua Hélade tétares es cuatro, y tatarabuelo era una clara derivación de esa palabra, entendía que el así llamado debía ser el abuelo de cuatro generaciones. Por lo que era urgente crear el neologismo trisabuelo/trisabuela, que sería el padre o madre del bisabuelo, hoy incorrectamente llamado tatarabuelo, y reservar esta palabra para el progenitor de aquellos. Concordio esperaba que por esta brillante reforma le dieran algún premio, a ser posible pensionado.

 Finalmente el tercer artículo estaba destinado a poner al gobierno a caer de un burro. En este caso el trabajo era menor. Bastaba rescatar de su archivo cualquier otra de sus celebradas columnas políticas, adecuar las fechas a las actuales,  cambiar el Proyecto de Ley de Paso a Nivel por el PREBO  (Plan de Relanzamiento del Encaje de Bolillos, que tanto se debatía en esos días) y mandarlo a la redacción.

 Esperaba Bezal, en efecto, que con la luna despertara la inspiración. Pero era la noche más calurosa del verano,  en el bar de copas de la esquina sonaba machaconamente La barbacoa  de Georgi Dan, y las ventanas abiertas para ventilar el sofoco disipaban a la musa. Mientras una de ellas ofrecía la estampa de una sueca jamona que repasaba sus piernas con la Epilady a la luz de un flexo, otra mostraba a un conductor del Parque Móvil  en camiseta fumando un cigarro con el mismo gesto dramático del príncipe Segismundo  en La vida es sueño.

 La luna, mermada, acabó por salir con desgana. Y un gato negro corrió por el tejado para festejarla. Pero el termómetro no bajaba de los veinticinco grados, y Concordio concluyó que con ese panorama la musa nunca podría estar a la altura de su categoría intelectual. Así que se abrazó al botijo y se metió en la cama con él esperando conciliar el sueño.

 

 

Esplendor y gloria de Don Régulo

Nokia, conecting peeople. Podrían haber dicho conectando a la gente, pero queda más guay en inglés. La globalización impone a veces la memez solidaria con la lengua inglesa. O la gilipollez anglosajónica universal, valga la expresión Y así, ejemplos mil que a buen seguro aportarán los comentaristas.

Por eso, observación intrancescendente como una cotufa, al Duende le ha llamado la atención este nombre de cierto producto que de vez en cuando se anuncia por la radio. Don Régulo, vientre plano. Todo indica que es un laxante, pero camufla levemente su escatológica función terapéutica apelando a un nombre que ni pintado para un boticario de pueblo. Don Régulo seguro que no sabía de ansiolíticos ni de antidepresivos sofisticados. Se dedicó a ´regular el tráfico intestinal y aliviar el vientre, y  se ve que el invento le salido bien.

 No me digan que no tiene gracia imaginar a este nombre sonando en las farmacias de Pollensa, de Marbella, de Sotogrande, de Comillas. Las Pititas, las Gunilas, las Pocholas, las princesas de Montegardini, las baronesas a gogó y demás estrellas de la beautiful. ¿Me da una caja de Don Régulo, vientre plano? El partido que le hubiera sacado Alvaro de Laiglesia. (Por cierto, de aquel gran director de La Codorniz puede que ya  no se acuerde casi nadie. Ahora lo hará, si cae en ello, Maruja Torres).

El Toisón de Oro y otros fuegos de artificio

Las cosas cambian. En un tiempo fue ninguneado por muchos, pero desde hacía años los mismos que en otro tiempo le despreciaron le elevaron después a los altares de la patria. Lamentablemente, Adolfo no se acordaba ni de lo uno ni de lo otro. Sólo de que esa tarde, un señor alto, rubio y muy simpaticote se había acercado a verle, le había colgado un collar del que pendía un vellocino de oro y había paseado con él por el jardín.

 Alguien les retrató de espaldas. El señor rubio, con su mano derecha sobre el hombro izquierdo de Adolfo. Las miradas de ambos convergiendo aparentemente en el futuro, quizás tan solo unos pasos más adelante. La imagen no dice nada, pero dice mucho. Habla de la ingratitud de la vida, de la ironía del destino, del sinsentido de no decir las cosas a tiempo, de la lealtad, la discreción y el silencio como virtudes políticas. Y ofrece un digestivo de ternura para el sapo que la misma política nos hará tragar mañana.

 El Duende a veces cree que Adolfo es ahora más feliz que cuando él entendía y muchos, sin entenderle a él, le pasaban por el masticateur de su implacable crítica.  Quizás sea mejor quedarse con la última visita, la última sonrisa y el último abrazo que  uno recibe, y olvidar todo lo que ha pasado hasta cinco minutos antes. El carpe diem puede quedar tan lejano ya como la utopía. Mejor carpe ultimum minutum.

 Y se va a la cama con el consuelo de esta foto y los tres castillos de fuegos artificiales que, al dar las doce,  coronaron simultáneamente el cielo de la noche de Madrid. La luna también salía exultante  en busca de enamorados. Al final se ha dado cuenta de que ni ella ni las chiribitas pirotécnicas brillaban hoy tanto como ese Toisón de Oro que Adolfo Suárez ha recibido de un señor alto y rubio al que ya no recuerda.

Reinventando a Dios

Los caminos del Señor son inescrutables. Todo lo contrario que los  de las rapaces de los negocios, que son perfectamente escrutables. Basta otear por dónde viene la pasta y ponerse a trabajar para que la caja funcione. No hace falta fe en Dios, sino sólo fe en el éxito.

 Esto no es eso lo único que ha concluido el Duende de su visita al Monestir de San Benet de Bages, un precioso enclave en el Bergadá catalán, al norte de la provincia de Barcelona. Pero tampoco es lo menos importante Ahí, en un frondoso valle se alzaba a principios del pasado siglo  un monasterio románico cuyas primeras piedras datan del siglo XI. Primero dependiente de Roma, luego noviciado de los monjes de Montserrat y finalmente residencia de éstos cuando la ancianidad les retiraba del culto, fe adquirido en 1907 por la familia del pintor modernista Ramón Casas. Como sólo `pueden y deben hacer los ricos cuando consiguen algo así, la familia Casas invirtió mucho dinero en su restauración, convirtiendo buena parte de la fábrica en una magnífica residencia de verano. Ahí el afamado pintor, entonces en la cumbre de su carrera, reunió una variada colección de cuadros, cerámicas, muebles, cristalerías y todo ese equipaje de buen gusto que acompaña  los estetas cuando, además, andan sobrados de tesorería.

 Hoy el  monasterio es lo que podríamos definir como un pretexto cultural.  Lo que, en una comunidad autónoma cuyo gobierno respira progresismo y espíritu nacionalista, quiere decir que es un pretexto para inocular al turista la moralina imperante. Unas encantadoras guías explican de viva voz rincones como el delicioso claustro - con un jardín interior cuidadosamente asilvestrado- o una bellísima galería revestida de azulejos antiguos, que a través de amplios arco se asoma al jardín. El resto corre a cargo de los efectos especiales. Según se atraviesan las variadas estancias del recorrido, mágicas proyecciones y muy cuidadas ambientaciones musicales nos explican los cuadros de Casas, y la historia del monasterio benedictino en una Cataluña de guerras y conquistas donde els segadors buenos se alzan contra las tropas borbónicas, tan malas ellas.

 A estos ámbitos culturales hay que dotarles del contenido suficiente para que justifiquen el autobús de turistas. Botiga, cafetería, hotel, restaurante… Pero eso no llena el vacío del objeto principal de esta  visita, que es la de un templo. Su retablo fue desmontado por el propio Ramón Casas para decorar con sus piezas las numerosas habitaciones de su mansión. Y ahora está tan ayuno de imágenes religiosas, que la ingeniería de luz y sonido ha tenido que improvisar a un monje fantasmal que durante unos minutos oficia una consagración en latín. Puede ser una aparición, un truco tipo David Copperfield o una ingeniosa proyección, pero hay que reconocer que está logrado.

 Lo que no se sabe es si hubiera resultado más eficaz conservar el monasterio como lo que fue, un lugar de culto. para los creyentes. Quizá disguste a los gobiernos actuales, y el laicismo emergente no estará muy de acuerdo con ello. Pero mantener esta tramoya mentirosilla acabará dando la razón a Unamuno cuando decía que si no hubiera Dios habría que inventarlo. Aunque sólo par atraer turistas, y acabar con montajes que, a fuer de políticamente correctos, acaban produciendo vergüenza ajena.

¿Cebollas sentimentales?

Después de pagar sus impuestos, ayudar a la anciana del quinto a cambiar la botella de butano, enviar una carta de pésame al frutero de la esquina por la muerte de su hermana y llevar a su perrita al veterinario para que le sacara un espiga que no se sabe cómo se le había alojado en lo más profundo de uno de sus pabellnes auriculares, se sentía libre de toda obligación moral. Como no fuera la de ser  cariñoso consigo mismo.

 Hacía treinta y cinco años que no se había dado el gusto de pasear por los jardines de Aranjuez. Cuarenta años que no comía pipas de girasol en el cine mientras veía una película de la Hammer Films -siempre protagonizadas por Peter Cushing y por Christopher Lee. Sólo se acordaba de haber visto el arco iris una vez en su vida, y casualmente mientras acompañaba a su padre al médico de Mondoñedo para que administrara un Urbason. Mal panorama, cuando un cólico nefrítico te sorprende de viaje. ¿Para qué sirve un arco iris en esos casos? Otros placeres de la vida, cierto, no quedaban tan lejos. Hacía seis años que había escuchado en directo a Dulce Pontes cantando fados, tres años  que le había dado masajes en la espalda una haitiana preciosa que luego resultó ser de Salamanca, dos años y medio que extrajo de su espalda una espinilla del tamaño de un alcaparrón y tan sólo un año que estrenó  calcetines de hilo de Escocia, de los bien largos,  durante dos semanas seguidas. Ese había sido su último exceso reconocible. No por el tacto de los calcetines, que él era austero y poco dado a los regalos corporales, sino porque la mercera que se los vendía era un encanto, y cada día que se los envolvía cerrando el paquete con una etiqueta dorada de Mercería Galíndez- Novedades, le sonreía un poco más pícara, y advertida o inadvertidamente enseñaba más escote.

 La historia de amor del ciudadano sensible no llegó mucho más lejos. Cuando ya había agotado las existencias de calcetines de su número y  le molestaban las ampollaslas  producidas por las  arrugas de los del 43, que le venían sobrados,  ella le comunicó, radiante de alegría, que ese viernes era su último día de mercería. Al día siguiente se casaba con un piloto argentino.

 Así que aquella noche en la que necesitaba homenajear a su autoestima, tras comprobar que la tortilla de patata que le habían dejado para cenar estaba reseca y ver en el telediario los desastres nuestros de cada día, se puso a picar cebolla para una salsa casera que aliviara la desmañada pitanza. Las novedades eran de color cárdeno: hundimiento de la bolsa, ruina del sector inmobiliario, desesperación de millones de ciudadanos atrapados por su hipoteca, guardias de seguridad tiroteados  en un atraco, terroristas libres alojándose en el mismo edificio que sus víctimas, más pateras transportando muertos, más hombres asesinando a sus parejas..Miraba a su entorno inmediato para consolarse. Y se enteraba de que nuevos amigos, del mismo modo que recientemente lo habían hecho famosos como Paul Newman o Eduard Punset, se confesaban también enfrentados al cáncer.

 Gruesos lagrimones se le caían al ciudadano sensible. Quiso creer que no eran reacciones del lacrimal a los gases que desprende la cebolla cuando se la corta, sino simple dolor del alma. Pero no estaba tan seguro de eso: a fuer de desvaríos quizás se le había acorchado el sentimiento. Menos mal que la tortilla, eso sí, quedó de rechupete.

Zapatero asunto a los cielos

(Foto de Izarbeltza)

Tanto en el Palacio de la Moncloa como en la sede de Ferraz reinaba el estupor y la confusión. Sin saber cómo ni por qué, el presidente Zapatero había sido asunto a los cielos.

 -¡Milagro laico! -clamaba la vicepresidenta por los pasillos enmoquetados presa de una gran excitación- Estábamos despachando asuntos de la desaceleración cuando bajaron el cielo un ángel y una ángela, se apostaron a ambos lados del sillón presidencial y, prendiendo a nuestro líder por las axilas, lo elevaron a las alturas en olor de santidad.

 En el gabinete ministerial y en el Comité Federal del PSOE  debatían el alcance del asunto con enorme procupación. Se tenían pruebas más que sobradas de la  sensibilidad y bondad casi sobrenaturales de este hombre. La máxima ignaciana nada humano me es ajeno resplandecía en su rostro que, si los más perversos asimilaban al de Mister Bean, las gentes de bien identificaban con el del Niño Jesús de Praga. El presidente, modestamente, rechazaba cualquier similitud con la Virgen, los santos y los ángeles, que eran a quienes normalmente les pasaban cosas cómo esas. El se encogía de hombros, sonreía como un jefe de planta del Corte  Inglés, abría las manos igual que el sacerdote en el  Dominis vobiscum, y se limitaba a repetir una vez más la clave de lo que la divina providencia debían de haber interpretado como virtud.

 -Diálogo, amigos. Talante, sólo talante.

 El suceso rompía los esquemas del gobierno y del partido en un momento clave en el que se trataba de separar definitivamente al césar y a Dios. En un principio se atribuyó  el milagro a los buenos oficios del Embajador de España ante la Santa Sede, Paco Vázquez, conspicuo católico y firme defensor de un socialismo  cristiano. Paco a veces se pasaba algún pueblo. Luego se barajó la posibilidad de que fuera una intriga más del Presidente del Congreso José Bono, amigo de monjas, de curas rurales y, sobre todo de obispos. Sin embargo fue éste quien, apeló a sus profundos conocimientos teológicos y a su pragmatismo castellano manchego para señalar al responsable de tan insólito hecho extraordinario.

 -Me sobrejstimáijs, compañerojs -aclaró- Ejsto de convertir a un laico ilujstre como nuestro presidente en un asunto a lojs  cielojs,  sólo puede ser cosa de Diojs.

 Si consternación era lo que reinaba en la tierra -qué contratiempo, ser asunto a los cielos ahora que iban a poner a la Iglesia en su sitio- no era menor el pasmo del cielo. ¿A qué viene esto, Señor?-clamaban no sin cierta indignación contenida las almas de los justos y de las justas. Y dijo el Señor apuntando a la santa de Avila: cherchez la femme.

 Parece, sí es cierto, que fue la Santa Teresa de Jesús, doctora de la Iglesia, la que impresionada por los gestos de Zapatero, y para cortar de raíz el sarpullido laicista de la España que él gobernaba, había solicitado la asunción del presidente. Señor -expuso para argumentar su petición- Ha mostrado ser sensible con todos los humillados y ofendidos. Ha fundado una Alianza de Civilizaciones. Y no descansará hasta que el mundo entero sea la película de Utopía Productios que él tiene en la cabeza. Dios se rascaba las barbas: no parecía tenerlo muy claro.

  Además-añadió la santa- Ten en cuenta que hace un par de días se ha entrevistado con Ingrid Betancourt y le ha  regalado una biografía mía. Podía haberle ofrecido un libro de Manuel Rivas, de Suso del Toro o un poemario de Gamoneada, que son sus autores de cabecera, pero le ha interesado más mi vida…¿No es portentoso, Señor?

 A todas éstas Dios le había hecho pasar al recién asunto para explicarle que El no era el único responsable del ídem. Zapatero, sin perder la sonrisa beatífica, le saludó con impecable estilo al tiempo que, cortesía por cortesía, entregaba a Santa Teresa un ejemplar de la biografía de Ingrid Betancourt.

 -Y ahora, Señor -dijo  con su limpia mirada azul y con la correcta dicción que le caracteriza- si no le sirve de molestia, tenga a bien recolocarme en Moncloa, que aún me queda por arreglar algún tema con su Iglesia.

 Y el asunto tocó tierra y volvió  por donde solía.

Media luna para evadirse

El humorista  Tono, surrealismo puro, era un hombre cauto, y tenía sus dudas.  Cuando se iba a la cama llevaba siempre una bandejita con dos vasos. Uno lleno de agua, por si a mitad de noche se despertaba con sed, y otro vacío, por si despertaba sin sed.

Anoche el Duende se asomaba al balcón y se acordaba de él admirando la luna. Burla burlando, le vamos limando días al verano. Casi a mitad del siempre temible mes de julio, una regañina meteorológica por el noroeste ha bastado para refrescar y limpiar el cielo. Bienaventurados los días del estío que uno puede pasear quinientos metros sin sucumbir al sofocón. La luna, mediada, pero tan campante, invitaba a relajarse y no pensar en nada.

 Un experto en control mental  le contó una vez al Duende que el ejercicio clave  consistía en superar lo que les decía el maestro: cierren los ojos y durante cinco minutos no piensen en un camello. Trató de imitarlo mi alter ego evitando no al camello, que no pintaba nada en la noche, sino a la luna. No tuvo el menor éxito. Aún peor: se precipitaban siluetas de camellos en inmensas manadas, igual que las de los  knuts en el Serengeti, atravesando el campo de nuestro plateado satélite. Parecido a esas imágenes navideñas en las que el reno de Santa Claus cruza el firmamento y se perfila contra la luna.

 Y por encima de recuerdos románticos y de deseos entreverados para el futuro siempre incierto, le sobrevenía una duda parecida a la de Tono. Cuando luce la media luna, ¿hay que estar medio alegre o medio triste? ¿Se le debe agradecer lo que nos ilumina, o reprocharle lo que nos oculta? ¿Es una ilusión, o una frustración a medias?

 Se fue a la cama con la duda matasellada en la frente. Y aunque no se llevó la bandejita con los dos vasos de Tono, porque su mesilla de noche no da para tanto, durmió como un príncipe. Sin dar más que la mitad de sí misma, la luna siempre apacienta los mejores sueños.

Las necesarias gafas de alejamiento

-La felicidad es el estado de mayor irresponsabilidad concebible en el ser humano- apuntó el señor Mantecón, catedrático de Ética, mientras encendía la tercera parte del Farias que se fumaba diariamente por tramos.

 -No señor, querido amigo -rebatió el señor Filosofós apurando el café bombón, del bar del Casino- La felicidad es un deber social, y no se cómo se le escapó a Platón a Aristóteles y a esos pedantorros de filósofos consagrarlo como tal. Además, el que no es feliz es, o  bien porque no quiere, o bien porque no ha tenido la suerte de dar con gente positiva, como nosotros.

 -¿Gente positiva?- preguntó Mantecón frunciendo el ceño.

 -Oh, claro que sí…Usted, aunque no lo crea también lo es…Fíjese si no en Dora -dijo mirado de reojo a la señora del guardarropa, que además vendía el tabaco y las cerillas- Ella no podía aguantar el abandonar todas las tardes su casa dejando a su gata sola.

 -Dora ha subido el precio de los Farias cincuenta céntimos -advirtió el catedrático de Ética.

 -No sea miserable, Mantecón…Parece mentira que enseñe ética. Piense en la angustia de esa pobre mujer, y en la rigidez de unos estatutos del Casino que no contemplaban para nada la presencia de una gata en estos salones. Pero la junta directiva en la que estamos usted y yo tomamos en cuenta las razones de Dora e hicimos la vista gorda, como la hacemos permitiendo que aún se fume en esta casa… Eso es pensar en los demás. Eso es creer en la felicidad…

 -¿Y usted cree que Dora es más feliz por eso? La otra tarde se me quejaba de que la gata le había hecho una carrera en la media. Le dije que se comprara otro par con lo que me cobra de más por los Farias

 Filosofós no pudo reprimir un gesto de reproche.

 -Por Dios, Mantecón…Hay que tener más sensibilidad.

 A pesar de lo que podía inspirar la muy culta resonancia de  su apellido, el señor Filosofós  se había hecho rico patentando el SARAC, sigla de lo que él había inscrito en el Registro de Patentes y Marcas como Secador de Agujeros Recónditos por Aire Comprimido. Se trataba de un dispositivo instalable en los sanitarios de uso más íntimo para el perfecto secado de aquellos rincones de la anatomía humana que, tras la obligada profilaxis, suelen permanecer húmedos más allá de lo que exige el bienestar corporal y aconseja y el cuidado de las mucosas. El invento había recibido premios en varias Ferias de Inventos Singulares, pero aunque figuraba  a nombre de nuestro próspero industrial, se debía al ingenio de Toribio, un obrero suyo que, a falta de recursos, se lo ofreció a Filosofós una nochebuena a cambio de un jamón de recebo y de un SIMCA 1000. El coche, eso sí, estaba con el motor nuevo y la ITV al día.

 -Generosidad ante la vida, Mantecón. Y, en lo que se refiere al negocio, eficacia, calidad y respeto al medio ambiente- proclamaba Filosofós cuando hablaba de las claves de su éxito- No más metros de papel higiénico ni toallitas de celulosa que nos están dejando sin bosques. Aire comprimido, oiga…Y por sólo unos euros más, aromatizado al gusto: manzana, canela, sándalo, orégano, lavanda…Eso sí que es comprometerse con Kioto, amigo Mantecón. Yo me comprometo con todo: con Kioto y con la felicidad. Eso sí que es ética, y no lo que usted predica…

 Pagaron sus consumiciones y salieron del Casino, no sin que antes Filosofós rapiñase el periódico del salón del lectura.

 -Se pasa usted de simplista, ¿no?- rezongó Mantecón.

 -Y usted de escéptico, querido profesor- replicó mientras echaba un vistazo a la primera plana en la destacaba el titular  Quince inmigrantes muertos en un cayuco a la deriva.

 -¿Y cómo se puede ser feliz así? -preguntó el catedrático señalando el periódico mientras se despedía de la toba del Farias.

 -Con sentido común y espíritu positivo -explicó Filosofós mientras se cambiaba las gafas-…¿Ve usted estas gafas que me estoy poniendo? Se las encargué a mi óptico, que las hizo especialmente para  ser usadas cuando algo me quiere estropear la vida. Pruebe, pruebe, ya verá…

 Mantecón se puso las gafas, miró al periódico  y sólo vio un rectángulo blanquecino en el que era imposible leer nada.

 -Son las gafas de alejamiento, como un prismático al revés. Imprescindibles para la gente positiva que, por pura ética social, nos negamos a no ser felices malgré tout.

 Y mientras continuaban su paseo mirando a las chicas jóvenes y guapas que paseaban por la Alameda , Mantecón  pensó si no sería hora de reformar el programa de su asignatura. Quizás dividirlo en tres partes -rumiaba para sus adentros- Primer trimestre, Ética: teoría general. Segundo trimestre: Ética Práctica. Tercer trimestre, una vez que el alumnado se vaya aproximando a la realidad: Ética Cínica…

 Pasó volando cerca una oropéndola, ave vistosa donde las haya y muy poco habitual en la Alameda. Pero, enfrascado uno en las noticias que no veía, y el otro en el sentido de su magisterio, ni se dieron cuenta.

El día que callaron los Clásicos Populares

Su madre le cuidó mientras vivió, y le enseñó cuanto pudo a valerse por sí sólo. No mover las piernas no es lo peor que le puede pasar a un hombre- le consolaba- Puedes estudiar, leer, escuchar música y enriquecer tu imaginación. Y le regaló un magnífico equipo de música.

   Desde que vieron juntos por la tele no una, sino muchísimas veces, la película La ventana indiscreta, Samuel pasaba muchas horas espiando las de casa de enfrente. Pero corrieron dos años y en las habitaciones que cubría su mirada no  sucedió asesinato alguno sobre el cual investigar ni se asomó ninguna chica que se `pareciera, ni de lejos, a Grace Kelly. Qué pena. Su madre murió poco después. Y a Samuel tan sólo le quedó la ayuda de una asistenta que venía tres horas por las mañanas. Sin embargo su fe no decayó: a excepción de los asuntos del corazón, que exigen mucho salir, ya era capaz de despacharlo casi todo.

 Durante un mes las ventanas de la casa de enfrente permanecieron cerradas. Un día apareció un camión de mudanzas y allí se instaló una residencia de estudiantes de postgrado. Cuando Samuel se cansaba de hacer sus ejercicios y de leer, miraba a las chicas que estudiaban. A veces  le levantaban la vista. Algunas, incluso, sonreían. Samuel era alto y bien parecido, y mediaba la treintena. Recordaba que su madre veía en él más encanto que en el propio James Stewart. Se lo decía cuando le preparaba tarta de zanahoria y nuez con nata, su postre favorito. Y a él no le hacía mella su invalidez. Quería comunicarse con las chicas de la residencia, hablar con ellas. Demasiados metros: aunque la calle era tranquila y silenciosa, no llegaban las palabras.

 Un día que escuchaba la radio el dial se detuvo en el 96´ 5 FM. Sonaba, muy coqueta ella, La danza de las horas. En la residencia de enfrente, estudiaba con la ventana abierta  una chica de ojos rasgados y pómulos marcados, como de princesa rusa. Samuel subió el volumen, y la chica se quedó escuchando y cerró el libro que estaba abierto sobre la mesa. Lejos de enfadarse, sonrió, se levantó de la silla y ensayó unos pasos de ballet al ritmo que marcaba Ponchielli. Samuel la seguía con la mirada, de ventana en ventana.

  Desde entonces, semana tras semana, Samuel sintonizaba Clásicos Populares. Un tipo muy simpático llamado Fernando Argenta introducía temas musicales de compositores famosos que él no había escuchado hasta entonces, pero que producían efectos maravillosos. Unos eran una explosión de ritmo y colorido. Otros, puro lirismo. La tarde que sonó el allegretto de la 7ª Sinfonía de Beethoven la posgraduada de la tercera ventana de la residencia se le quedó mirando y se puso a llorar. Otro día cantó Alfredo Kraus  Vasconavarro soy, del valle roncalés…y al escuchar el zorzico una navarrica que preparaba oposiciones le dijo por señas que quería conocerle. Bajó de la residencia, cruzó la calle con un paquete de chistorras y a la hora de la cena se las tomaron entre vinos y risas. La música es un río que nunca sabemos dónde desemboca.

 Samuel hizo suya toda la que sonaba en aquel programa. De la misma manera que el cartero de Pablo Neruda le robaba poemas al poeta chileno para ofrecérselos a su amada como propios -la poesía no es de quien la escribe, sino de quien la necesita, argumentaba impecable- él  afanaba los mejores temas de los clásicos para comunicarse, animar la calle, vacilar con las vecinas de enfrente, declararlas su amor y, al cabo, sentir que, aún sin piernas, era capaz de volar y hacer volar en alas de la música. Seducida por una coral de Cantata nº 147 de Juan Sebastián Bach  que se apoderó de otra tarde , la estudiante, ya talludita, que trabajaba su tesis doctoral  sobre el protagonismo de la luna en el drama amoroso del siglo XVIII no pudo resistir más, arrancó una sábana de su cama, rotuló en ella un QUIERO HABLAR DE MÚSICA CONTIGO y la desplegó bajo su ventana. Samuel se quedó estupefacto, sin saber ni qué cara poner, durante varios minutos. No sabía si ella estaba interesada en el viejo organista de Leipzig o en él, y, en este caso, temía que ella no hubiera advertido su minusvalía.  Pero ella interpretó que el que calla otorga, y sin pensárselo dos veces apagó su ordenador y se presentó en el piso de Samuel con una falda y una blusa camisera a juego que, casualmente, llevaba sin abrochar los tres primeros botones. Tres horas después de haberse acabado la emisión de  Clásicos Populares, y según versión de Petra, que era la más cotilla de la residencia, se les veía besarse entre las lamas de la persiana.

 A todo esto, la calle, conquistada por la música, se había transformado. El portero del edificio paredaño con la casa de Samuel fue el primero en arrimar su receptor de radio a la ventana para amplificar el sonido de Clásicos Populares. Poco a poco lo hicieron muchos vecinos más. Una mujer de esas que soportan una mala salud de hierro durante lustros y que se muere todas las semanas, esperaba que Fernando Argenta le programara el Lux Aeterna dona eis  del Réquiem de Mozart para despedirse de este valle de lágrimas con la seguridad de haberse ganado la gloria. Entretanto, los jazmines y plumbagos, las vincas, las buganvilias y las damas de noche trepaban por los muros de las casas como si los clásicos fueran su mejor fertilizante, y los árboles respondían al milagro de la música  desarrollando sus copas hasta convertir aquel rincón de la ciudad en un remanso de frescura y de aromas embriagadores.

 Pero todo cambió cuando Fernando Argenta  anunció que Clásicos Populares  dejaría de emitirse. Razones empresariales, ya se sabe. Con él entraban en el ERE Beethoven, Bach, Brahms, Mozart, Haydn, Haendel, Vivaldi, Berlioz, Albéniz, Falla, Verdi, Wagner y hasta los Niños Cantores de Viena. Sabios gestores habían dado la razón al príncipe Salina de El gatopardo. Sí, el que sugería que hay que cambiarlo todo para que nada cambie. Al menos para que no cambie la necedad humana.

 El caso es que la voz de Clásicos Populares enmudeció. Y entonces Samuel, sin esperar siquiera a ver qué nuevas estudiantes habían llegado a la residencia de enfrente, cerró su ventaba, corrió los visillos y las cortinas y llamó al Servicio de Asistencia Domiciliaria para Minusválidos solicitando que se hicieran cargo de él.

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