Después de pagar sus impuestos, ayudar a la anciana del quinto a cambiar la botella de butano, enviar una carta de pésame al frutero de la esquina por la muerte de su hermana y llevar a su perrita al veterinario para que le sacara un espiga que no se sabe cómo se le había alojado en lo más profundo de uno de sus pabellnes auriculares, se sentía libre de toda obligación moral. Como no fuera la de ser cariñoso consigo mismo.
Hacía treinta y cinco años que no se había dado el gusto de pasear por los jardines de Aranjuez. Cuarenta años que no comía pipas de girasol en el cine mientras veía una película de la Hammer Films -siempre protagonizadas por Peter Cushing y por Christopher Lee. Sólo se acordaba de haber visto el arco iris una vez en su vida, y casualmente mientras acompañaba a su padre al médico de Mondoñedo para que administrara un Urbason. Mal panorama, cuando un cólico nefrítico te sorprende de viaje. ¿Para qué sirve un arco iris en esos casos? Otros placeres de la vida, cierto, no quedaban tan lejos. Hacía seis años que había escuchado en directo a Dulce Pontes cantando fados, tres años que le había dado masajes en la espalda una haitiana preciosa que luego resultó ser de Salamanca, dos años y medio que extrajo de su espalda una espinilla del tamaño de un alcaparrón y tan sólo un año que estrenó calcetines de hilo de Escocia, de los bien largos, durante dos semanas seguidas. Ese había sido su último exceso reconocible. No por el tacto de los calcetines, que él era austero y poco dado a los regalos corporales, sino porque la mercera que se los vendía era un encanto, y cada día que se los envolvía cerrando el paquete con una etiqueta dorada de Mercería Galíndez- Novedades, le sonreía un poco más pícara, y advertida o inadvertidamente enseñaba más escote.
La historia de amor del ciudadano sensible no llegó mucho más lejos. Cuando ya había agotado las existencias de calcetines de su número y le molestaban las ampollaslas producidas por las arrugas de los del 43, que le venían sobrados, ella le comunicó, radiante de alegría, que ese viernes era su último día de mercería. Al día siguiente se casaba con un piloto argentino.
Así que aquella noche en la que necesitaba homenajear a su autoestima, tras comprobar que la tortilla de patata que le habían dejado para cenar estaba reseca y ver en el telediario los desastres nuestros de cada día, se puso a picar cebolla para una salsa casera que aliviara la desmañada pitanza. Las novedades eran de color cárdeno: hundimiento de la bolsa, ruina del sector inmobiliario, desesperación de millones de ciudadanos atrapados por su hipoteca, guardias de seguridad tiroteados en un atraco, terroristas libres alojándose en el mismo edificio que sus víctimas, más pateras transportando muertos, más hombres asesinando a sus parejas..Miraba a su entorno inmediato para consolarse. Y se enteraba de que nuevos amigos, del mismo modo que recientemente lo habían hecho famosos como Paul Newman o Eduard Punset, se confesaban también enfrentados al cáncer.
Gruesos lagrimones se le caían al ciudadano sensible. Quiso creer que no eran reacciones del lacrimal a los gases que desprende la cebolla cuando se la corta, sino simple dolor del alma. Pero no estaba tan seguro de eso: a fuer de desvaríos quizás se le había acorchado el sentimiento. Menos mal que la tortilla, eso sí, quedó de rechupete.

Duende, quiero creer que el protagonista de tu relato es de ficción.
Se me ocurren algunos comentarios, pero no diré nada hasta que nos asegures que no eres tú, y que estás estupendamente bien.
(Perdonadme todos. No puedo editar lo que he escrito, ni borrarlo. Lo siento. Dadlo todos por no escrito. He releído el texto del Duende y el detalle al que he aludido antes no lo había entendido bien).
“Me cago en la pena negra”,masculló el ciudadano sensible, acordandose de la frase preferida de su padre cuando la pena era tan grande que sobraban las palabras.
Seguro que la cebolla se puso sentimental porque mientras estaba siendo cortada, pensaba en una canción de Dulce Pontes, “Lágrima”:
Se eu soubesse
Se eu soubesse que morrendo
Tu me havias
Tu me havias de chorar
Por una lágrima
Por una lágrima tua
Que alegría
Me deixaria matar
Por una lágrima
Por una lágrima tua
Que alegria
Me deixaria matar
Me gustaria consolar al ciudadano sensible, pero por desgracia después de tener mes y medio a mi jefe sin parar de darme el follón y muy cansada y con ganas de coger vacaciones no encuentro las palabras que lo ayuden.
Por lo menos la tortilla le quedó rica.
La letra de “Lágrima” es de la gran gloria nacional portuguesa Amália Rodrigues, según muchos la mejor cantante del fado lisboeta de todos los tiempos, y que interpretó “Lágrima” como nadie. La versión de Dulce Pontes se sale un poco del canon clásico del fado, pero es una preciosidad.
Como bien sugiere Lolinha, el fado sería la banda sonora ideal de algunos de los artículos del Duende.
Amor, ciúme
Cinzas e lume
Dor e pecado
Tudo isto existe
Tudo isto é triste
Tudo isto é Fado
(amor, celos, cenizas y fuego, dolor y pecado, todo esto existe, todo esto es triste, todo esto es fado)
El siudadano sensible estaba solito y fué su amigo Bob y le dijo; au! enga!aixeca el culo! y no llores por una mujer!, se fueron los dos a Sa Xarxa y se comieron unos crepes con helado y dulse de leche que…te cagas en la pena negra!! del padre de Joselepapos, y las lusesitas del mar y la música de Xanadu de Olivia Neuton Jon, le alegraron la vida
Que bonito es el ciudadano sensible!, que decide “ser cariñoso con sigo mismo”, es un hombre sabio, inteligente y bondadoso que sabe recoger sus pedacitos rotos y con la mayor paciencia del mundo ir buscando donde encajan para pegarlos sin que se vean mucho las grietas porque aun sirve el único invento que posee. Yo le daría un pañuelo y le pondría la mesa con una copita de vino blanco Son Bordils ( es el que le gusta a Bob) llamariamos a Macu y nos comeriamos la tortilla, llorando todos juntos
Quitando algunos seres, pocos, a los que parece mortificar la alegría de los demás, otros, algunos más, en los que parece resbalar el dolor ajeno, y algunos, muy contados, en los que se producen las dos cosas, el común de los mortales nos vemos afectados por los llantos y las risas ajenas todos los días. Eso es muy bueno. Entre otras cosas demuestra que somos un solo organismo, aunque parece que todavía nos cuesta mucho reconocerlo.
Pero ante estos dolores y alegrías, con las posibles combinaciones que se producen entre ellos y los ámbitos de distancia física entre los humanos, cabe un sinfín de preguntas:
¿Tenemos más capacidad para absorber las radiaciones de color cárdeno o las de color rosa? ¿Qué es mejor, o peor, el dolor cercano y la alegría lejana, o la alegría cercana y el dolor lejano?
El dolor se agranda en intensidad con la cercanía, pero si miramos a lo lejos, aunque el de un solo ser nos llegue atenuado por la distancia, si lo multiplicamos por el número de seres afectados, ¿es menor o es mayor la desdicha que sentimos? Seguramente sea mayor la cercana mientras dure, pero si la mayor parte de nuestro tiempo transcurre sin una desgracia cercana, el resto del tiempo que permanecemos afectados por muchísimos dolores lejanos, ¿a la larga, nos desgasta más o menos que lo anterior?
Cabe decir lo mismo, o parecido, con las alegrías, aunque lo que éstas nos afectan parece que es absorbido más por el subconsciente a modo de defensa, y que no desgastan, al menos aparentemente, aunque sí es cierto que muchas veces actúan de antifaz y eso, que debe ser necesario, digo yo, tiene también su parte negativa, pues nos priva de la capacidad de acometer soluciones para disminuir el llanto.
La globalización nos capacita para percibir el dolor lejano, y también para asumir nuestra responsabilidad en él. Creo que si a cada persona le corresponde equis cantidad de llanto por día de existencia, a estas alturas de siglo XXI debería de ser por lo menos la mitad, estaríamos obligados a ello, porque es posible. Sólo hay que repartir la dicha y la desdicha de forma uniforme por el tejido humano del planeta. O que todos cortemos las mismas cebollas.
De acuerdo Wallace97. Todo es más fácil cuando se comparte y se reparte. El dolor se minimiza y la alegría se agranda. Te agradezco tus atinadas reflexiones y sobre todo la compañía en estos momentos en que parece que el tiempo se hubiera suspendido sobre el blog.
Un abrazo fuerte para el duende. Gracias José Ramón, Lola, Macu, Zoupon, Bob de Ca’s Barber, Adela y Wallace97, y todos los demás globoadictos.