No sabía cómo ni por qué, pero al menos una vez cada dos meses la modista de la ventana de enfrente faltaba al trabajo. Eso en sí mismo no era grave, porque aunque la modista cosía para reinas no le alegraba el ojo al voyeur. Lo peor es que, en su lugar, aparecía una figura espectral, toda vestida de negro, que se sentaba a la máquina de coser, se acodaba ante ella y dibujaba una sonrisa tan diabólica como estúpida. De vez en cuando levantaba la vista de máquina, y fijaba sus ojos acerados en el balcón desde donde espiaba el observador. Este, no pudiendo resistir aquella mirada horripilante, cerraba los postigos, echaba el pasador y salía corriendo a la calle. Hay días que uno lo ve todo negro, y necesita hallar como sea una salida para huir y caer en otro paisaje radicalmente distinto.
En casos como éste, el Duende intenta frotarse los ojos y descubrir cosas nuevas. Mala cosa el desasosiego. Altera de tal forma la visión que uno acaba creyendo que el horizonte está tapizado de clavos como la alfombra del fakir. Jesús, qué panorama. Pero qué suerte que haya tantos amigos que saben ver lo que uno es incapaz de distinguir a un palmo de narices. A veces bastan unas palabras amables, otras veces te recomiendan un libro, una película, una música, un cuadro. Hay que embarcarse en esa terapia de la evasión, recrearse en ella y a otra cosa, mariposa.
Uno de esos remedios para días erizos como los citados es lanzarse a las calles de Madrid y buscar lo que ahora llaman el barrio de las letras. Ahí en la calle de San Pedro número 1, a espaldas del nuevo centro cultural Caixa Forum -que tiene mucho digno de verse- hay una sencilla galería de arte que se llama Tercer Espacio. Muchas galerías de arte espantan tanto como el espectro ese que sustituía a la modista. Exhiben cosas feas, otras que no se entienden, y algunas que incluso parecen tomar el pelo al espectador. El paleto, como el Duende, se defiende mal en estos casos: si las mira y calla, parece que otorga. Si se atreve a preguntar teme que quedará como un perfecto borrico. Afortunadamente no es ese el caso de Tercer Espacio, volcada en artistas jóvenes que cultivan la imaginación y el buen gusto sin que uno tenga la sensación de que le toman por tonto. En su fondo de galería hay mucho realismo mágico, bastante pop art y cuadros originales y divertidos que se pueden comprar por no mucho más que lo que cobra un superchef por una cena o por lo que se bebe nuestro coche en un mes. Aún se puede ver una exposición composiciones fotográficas de Carmen Van den Eyden que, con un tema tan poco original como las flores, ofrece unos resultados sorprendentes. Es una demostración más de que, como afirmaba Oscar Wilde, la naturaleza imita al arte. Una auténtica preciosidad.
Esta especie de jardín sedante lo muestra con sonrisa permanente una galerista encantadora que se llama Rosi Rubio. Es rubia, como su propio apellido indica, y tiene los ojos azules. Factor que acentúa los efectos de esta sencilla terapia contra los fantasmas cotidianos. Oxígeno nuevo, que mañana será otro día.




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