Archivos para 7 julio 2008



Carmen Van den Eyden y su jardín sedante

Carmen van den Heyden - Flores

Carmen van den Heyden - Flores

No sabía cómo ni por qué, pero al menos una vez cada dos meses la modista de la ventana de enfrente faltaba al trabajo. Eso en sí mismo no era grave, porque aunque la modista cosía para reinas no le alegraba el ojo al voyeur. Lo peor es que, en su lugar, aparecía una figura espectral, toda vestida de negro, que se sentaba a la máquina de coser, se acodaba ante ella y dibujaba una sonrisa tan diabólica como estúpida. De vez en cuando levantaba la vista de máquina, y fijaba sus ojos acerados en el balcón desde donde espiaba el observador. Este, no pudiendo resistir aquella mirada horripilante, cerraba los postigos, echaba el pasador y salía corriendo a la calle. Hay días que uno lo ve todo negro, y necesita hallar como sea una salida para huir y caer en otro paisaje radicalmente distinto.

 En casos como éste, el Duende intenta frotarse los ojos y descubrir cosas nuevas. Mala cosa el desasosiego. Altera de tal forma la visión que uno acaba creyendo que el horizonte está tapizado de clavos como la alfombra del fakir. Jesús, qué panorama.  Pero qué suerte que haya tantos amigos que saben ver lo que uno es incapaz de distinguir a un palmo de narices. A veces bastan unas palabras amables, otras veces te recomiendan un libro, una película, una música, un cuadro. Hay que embarcarse en esa terapia de la evasión, recrearse en ella y a otra cosa, mariposa.

 Uno de esos remedios para días erizos como los citados es lanzarse a las calles de Madrid y buscar lo que ahora llaman el barrio de las letras. Ahí en la calle de San Pedro número 1, a espaldas del nuevo centro cultural Caixa Forum -que tiene mucho digno de verse- hay una sencilla galería de arte que se llama Tercer Espacio. Muchas galerías de arte espantan tanto como el espectro ese que sustituía a la modista. Exhiben cosas feas, otras que no se entienden, y algunas que incluso parecen tomar el pelo al espectador. El paleto, como el Duende, se defiende mal en estos casos: si las mira y calla, parece que otorga.  Si se atreve a preguntar teme que quedará como un perfecto borrico. Afortunadamente no es ese el caso de Tercer Espacio, volcada en artistas jóvenes que cultivan la imaginación y el buen gusto sin que uno tenga la sensación de que le toman por tonto. En su fondo de galería hay mucho realismo mágico, bastante pop art y cuadros originales y divertidos que se pueden comprar por no mucho más que lo que cobra un superchef por una cena o por lo que se bebe nuestro coche en un mes. Aún se puede ver una exposición composiciones fotográficas de Carmen Van den Eyden  que, con un tema tan poco original como las flores,  ofrece unos resultados sorprendentes. Es una demostración más de que, como afirmaba Oscar Wilde, la naturaleza imita al arte. Una auténtica preciosidad.

 Esta especie de jardín sedante lo muestra con sonrisa permanente una galerista encantadora que se llama Rosi Rubio. Es rubia, como su propio apellido indica, y tiene los ojos azules. Factor que acentúa los efectos de esta sencilla terapia contra los fantasmas cotidianos. Oxígeno nuevo, que mañana será otro día.

Por el Día del Orgullo de los sin Orgullo

Orgullo Gay Madrid

Aquella mañana Gregorio Samsa se despertó buscando sus antenas y sus hélitros. No los encontró, palpaba otra cosa que en nada tenía que ver con la cucaracha esperada.. Haciendo memoria,  Samsa cayó en la cuenta de que Franz Kafka había muerto en 1924, y que estábamos en 2008. La metamorfosis no podía ser la misma. Había escuchado por la radio la voz de un vejete que se  llamaba Miguel Ligero cantando Hoy las ciencias adelantan…¡que es una barbaridad!. Y vaya si adelantaban. vivíamos una era en que el hombre, harto ya del sentimiento de culpabilidad judeo-cristiana que le había afligido durante generaciones, había decidido amarse a  sí mismo diez veces más que al prójimo ese al que, según los mandamientos de la ley de Dios, debería de amar como a sí mismo. Gregorio Samsa quiso besarse para empezar el día, pero no pudo. No es que no le llegaran los labios, es que carecía de ellos. Ahora era sólo un ombligo. Humano, eso sí, pero, aislado del resto del cuerpo.  El pobre Gregorio se echó a llorar, echando de menos los días en que despertaba cucaracha. La cucaracha al menos era una criatura independiente. No muy agradable, cierto, ni muy apreciada socialmente. Pero bastante más digna que ese agujerito que, como decía Gila, sólo sirve para que en él se refugie la pelusa de la camiseta…Gregorio Samsa, replegado sobre sí mismo, como buen ombligo, elevó sus plegarias para que le concedieran el privilegio de volver a despertarse cucaracha. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

 Ombliguismo, mal del siglo. Ni tanto que queme al santo ni tan poco que no lo alumbre, como dice el refrán. Se pasaban cuando, por culpa del pecado original o vaya usted a saber por qué, nos colgaron el sambenito de que el hombre es el principio de todos los males. Pero de ahí  a que todo el mundo saque pecho creyendo que lo suyo es lo fetén, va a un abismo. Todos somos criaturas de Dios y herederos de su gloria, nos enseñaban en el colegio. Pero sin pavonearse, por favor, que empezamos a estar hartos de los que nacen epicentros. El resto de la humanidad  no tiene por qué girar alrededor de ellos.

 Los cocineros de relumbrón copan la actualidad como si fueran los Aristóteles de la modernidad. Los camioneros paran España porque sólo ellos son víctimas de la subida del petróleo. Los terroristas etarras que desfilan por la Audiencia Nacional siguen considerándose víctimas y proclamando su orgullo de gudaris  vascos. La ministra de Igualdad está tan convencida de su nuevo evangelio que no se recata en considerar memos por igual a todos los que no piensan como ella. Zapatero, encantado del haberse conocido, cierra el 37 Congreso del PSOE prometiendo que no va a cambiar. Porque nadie, ni siquiera Bush al despedirse, se arrepiente de sus errores. No me arrepiento de nada, es otra de las frases tópicas del ombliguismo del pobre Samsa. Nadie. Todo el mundo tiene que sentirse orgulloso de lo que es. Y si es homosexual, y tiene vocación de prima donna, puede tomar el centro de Madrid, universalizar su exhibicionismo y dar la murga hasta que se canse, porque nadie se atreverá a criticarle por ello. Viva el  Día del Orgullo Gay y todos los orgullos habidos y por haber.

 ¿Por qué esta esta odiosa palabra tiene tan buena acogida? Lee el Duende en el diccionario: orgullo. Exceso de estimación propia, que a veces es disimulable por nacer de causas nobles. Eso de sobreestimarse, más que virtud, debería de ser defecto. Aunque quizás olvidemos lo de nacer de causas nobles, si tal se considera mirarse al espejo y sentirse el ombligo del mundo.

 Pues no va a ser uno menos que nadie. Mañana mismo se lanza el Duende a la calle y  exige el Día del Orgullo de los sin Orgullo.

Por qué no soy del todo feliz

Lo ha dicho la Universidad de Michigan: somos bastante felices.

Primer dato interesante, cuando no hay  noticias, siempre surge algún científico chiflado o alguna universidad lejana que resuelve la papeleta y rescata algún tema pintoresco para el debate social. Unas veces apuntan que los meteorismos de una vaca contaminan más que un motor Diesel  a 100 kilómetros por hora. Otras, que el futuro de la masculinidad está seriamente amenazado por el alarmante  decrecimiento de la producción de espermatozoides. La causa no está clara: no se sabe si es por la invención de los calzoncillos sin bragueta que ha puesto de moda Calvin Klein o porque la testosterona quiere salir del armario. Un corolario de esta penosa realidad es  que, según las encuestas,  los hombres preferimos el fútbol al sexo.  Muchas mujeres ya lo intuían, pero algún estudio de la AFPT (Asociación de Fabricantes de Preservativos Tocapelotas), probablemente auspiciada por Bibiana Aído, nos lo recuerda. Más que nada para  avergonzarnos todavía más.

 Otro tema  muy socorrido el hongo ese que crece en Nuevo Méjico o por ahí, no lo recuerda exactamente el Duende: Se extiende tanto por el subsuelo que desborda el límite del estado donde nació.  También es muy interesante que las medusas molestan menos los años lluviosos, porque los ríos desembocan más agua fresca y las ahuyentan de la costa. Tan insensibles como nos parecía este bicho asqueroso y ahora resulta que el frío no le va bien para su flebitis.

 De un momento a otro se sabrá que un estudio de la universidad de Tubinga ha llegado a la conclusión de que la rana de san Antonio va perdiendo paulatinamente sus dotes de buena madre: últimamente  aborrece sus propios huevos, probablemente por el cambio climático. Y, para cuando ya no quede noticia con qué llenar el verano, siempre tendremos la aluminosis. Las apariencias engañan, usted ve su ciudad llena de edificios y cree que todo cemento es orégano, pero en realidad la mayoría de ellos están podridos por dentro. La culpa es esta misteriosa enfermedad de los materiales de construcción que, como la licuefacción de la sangre de san Pantaleón, se filtra en la actualidad tal que una serpientita de verano. Más que nada para inocularnos una preocupación suplementaria, como si cada quisque no tuviera suficiente con su propio marrón.

 Ahora resulta que somos felices, y que nuestra percepción de felicidad no deja de subir desde 1981. Parece que es de tal fecha la invención  del felicitómetro, ingenio que, como el famoso audímetro que mide las audiencias de TV, nadie sabe ni cómo funciona ni, mucho menos, dónde ha uno instalado. Interviene en esta apreciación muchos factores, sobre todo los referentes a la autoestima, así como los políticos y los económicos: percepción de la libertad, acceso a los servicios sociales del estado de bienestar, oportunidades de educación y de trabajo. Pero también otros como la salud, el clima, y, entrando en las variantes regionales, el desayunar churros, tostaítas con tomate o con manteca colorá  o, para bávaros, escoceses y otros pueblos del norte, el precio de la cerveza.

Sorprendentemente, el Duende no ha encontrado ningún estudio que refleje su caso: una felicidad, relativa pero posible, que no mella ni la inflación, ni el petróleo, ni el euribor. Sino una diabólica impresora BROTHER MFC-240 C que cuando le viene en gana, sin venir a cuento, deja de funcionar. Hay que volverla a configurar -le suele decir el Servicio de Atención Telefónica, quizás ya advertido de que la tecnología, lejos de solucionar problemas, tortura a menudo. Qué tormento escuchar cómo te explican lo que antes sabíamos poner en marcha con sólo leer instrucciones que se entendían.¿Se puede ser feliz con una  tecnología tan canalla y una impresora tan infiel?

¿Dónde queda la España casposa?

España casposa

(Foto de Dany 3D)

La vicepresidenta del Gobierno, que por su estilo Rottenmayer más parecería aficionada al bridge que al fútbol, saltaba de alegría como una niña en el palco.  Oh albricias,  España eliminaba a Italia y superábamos los cuartos de final.

Pérez Rubalcaba, el Fouchet del zapaterismo, aprovechaba una de sus habituales ruedas de prensa para ironizar con sus conocimientos tácticos.

Zapatero desafiaba a su fama nefasta para no perderse la final de Viena.

Y el mismo grupo de comunicación que puso a parir al alcalde -entonces quizá alcaldesa- de Madrid porque osó desplegar Colón una enorme bandera , ha inundado de españolismo esa plaza, el Campeonato de Europa y la actualidad jaleando el nombre de nuestra patria  y  repartido rojigualdas hasta el empalago. España, EspañaYo, soy español, español. español…

Como colofón, en la orgía del pasmo patriotero, contratan a Manolo Escobar para dedicar a nuestros héroes esa sublime canción que es Viva España.

Se despertaba el Duende del sueño y por un momento se echó las manos a la cabeza. ¡Cielos!…Esta no es mi España progre, que me la han cambiado. Repasó la prensa, los diarios digitales, escuchó las emisoras de radio, peinó la televisión. Al tercer día de éxtasis, los más flemáticos comenzaban a enfermar al ver camisetas rojas y al comprobar que la exuberancia verbal de Luis Aragonés podía alumbrarnos un nuevo Boris Yzaguirre. Sálvese el que pueda. Pero el milagro continuaba. Aunque pareciera imposible, a estas alturas nadie había mencionado aún el adjetivo tabú. Estábamos ante la España joven, con desparpajo, la que con sólo jugar bien al fútbol había echado siete llaves al sepulcro del Cid enterrado para siempre la Contrarreforma, el fantasma de la Armada Invencible, la leyenda negra, las sombras de Torquemada, el recuerdo de Aljubarrota, la pérdida de Cuba, los últimos de Filipinas, el desastre de Annual, la Marcha Verde, la ominosa dictadura franquista, la pifia de Cardeñosa, la cagada de Arconada y el episodio de Perejil. Todo de una tacada, y en nombre de algo que la progresía pronunciaba con cautela, porque hasta nos hacían dudar de que existiera. ¡España, España, España!…¡Ra, ra, ra!…

El Duende observa, constata, subraya atónito. ¿Se han fijado que, a todas éstas, nadie haadjetivado este estado de embriaguez colectiva como casposo? ¿No es ya casposo hablar de España? ¿No es casposa la bandera? ¿No es casposo tanto fútbol? ¿No es casposo Manolo Escobar? ¿No es casposo ese seleccionador nacional que tan sólo meses atrás era acusado de viejo, torpe, racista, machista y mal educado?

Por el interés te quiero, Andrés. Desde hace mucho tiempo los profetas de la utopía se han dedicado a romper las costuras de ese sentimiento colectivo que aúna a la gente. Dios, patria, lengua, religión, historia. Todo es relativo, hasta la noción de nación. El que tenga un hecho diferencial y quiera un estatuto, un río y una financiación propia que levante el dedo, y maricón el último. Si ganamos las elecciones, aunque se descomponga lo que nos unía, ya se arreglará con diálogo: abriremos la boca para decir al que venga detrás, que arree.

Afortunadamente, no hará falta.  Hoy, gracias al fútbol, se puede decir viva España sin caer en lo casposo, porque esto es otra cosa. Confirmado: somos como niños.

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