Archivos para 9 agosto 2008

La voz del domingo por la tarde

Vicente Marco

Vicente Marco

Era el hombre del domingo por la tarde. Algunos de ellos se hacía adorable, otras no tanto. Sobre todo cuando daba paso a Pepe Bermejo, y éste, desde el Metropolitano resumía el mal partido del Atleti con notable displicencia. Al Duende siempre le parecía que en Carrusel Deportivo también se le trataba mejor al Madrid, porque ganaba más partidos que el equipo de enfrente. Porca miseria. Entonces la SER, ya era cadena, pero no escuchábamos tanto la SER como Radio Madrid. Apenas se cuidaba el lenguaje empresarial, y las emisoras de radio no buscaban tanto impresionar por su tamaño como por su cercanía. Radio Madrid quedaba a un paseo de casa, en la Gran Vía. Y sus voces de referencia eran todas amigas de verdad. Pedro Pablo Ayuso, Juana Ginzo, Matilde Conesa, Boby Deglané, Joaquín Peláez…Y Vicente Marco.

A Pedro Pablo Ayuso, que era algo así como el Gary Cooper de las ondas, no le vio el Duende en vida más que una vez. Resultó que tenía barriga, como cualquier funcionario de la época. A Boby Deglané le vio más veces, porque veraneaba en el pueblo de su mujer, que era Arenas de san Pedro. Los chiquillos de entonces adorábamos a Irma, su hija, a la que sólo volvió a ver el Duende una vez desde entonces. Juana Ginzo -ya visualizada por un pequeño papel cinematográfico en Los ladrones somos gente honrada, con Pepe Isbert, José Luis Ozores y Antonio Garisa- le encajó tal cual la abocetaba, solo que resultó ser más rojilla de lo que daba por las ondas. A Joaquín Peláez se lo encontró en el vetusto ascensor de Gran Vía 32, cuando hacía sus primeros pinitos en aquella radio, que ya era claramente la SER. De entonces data su convicción de que no hay que ponerle cara a la voz que te subyuga, porque siempre es mucho peor que la ilusión. Y al muy admirado Vicente Marco, que se inventó Carrusel Deportivo le saludó varias veces, cuando, ya retirado asomaba por la radio como parte viva de su historia.

Era un hombre menudo, de voz ya algo tenue, discreto, educadísimo, siempre sonriente y amable. Le dijo el Duende entonces que era la voz de sus domingos por la tarde, cuando en la monotonía de lluvia, merienda de pan con mantequilla y deberes escolares uno buscaba en el gol de Escudero o en el regate de Enrique Collar la única alegría que por ahí daban gratis. El sueño de la radio, tan inocente entonces  que para acuñar el nombre del primer gran programa de deportes acudía a un carrusel  como aquel de caballitos que plantaban en los solares de Moncloa, delante  de la cervecería El laurel de Baco.

Es tramposa tradición la de escribir la necrológica de una persona notable ad majorem gloriam del abajo firmante. También el Duende es carne mortal, y reconoce su pecado de vanidad. Pero debe confesar que  guarda como uno de los mejores recuerdos de su vida radiofónica el afectuoso apretón de manos que le dio Vicente Marco cuando se lo presentaron. Mi señora y yo escuchamos a doña María desde casa -le dijo el veterano radiofonista- y nos divierte mucho…No la abandone nunca.

El caso es que doña María montaba sobre uno de los caballitos del carrusel y éste se ha detenido con la muerte de don Vicente. Desde la grupa de madera pintada en vivos colores, y enjugando una lagrimita que le emborrona la sombra de los ojos, ve cómo el tiempo se nos escurre entre los dedos, y recuerda con cariño aquellas tardes de domingo en que aquella voz amistosa, todo equilibrio y señorío, anunciaba la victoria del Atleti.

El hombre que no supo bordar el amor

Foto de Ana999.rm)

El se enamoró de Judith en un taller de escritura. Era ya un hombre maduro, en esa edad en la que la gente entiende mucho mejor que te intereses por la numismática o por el bel canto que por una chica de ojos grises rasgados, fino talle y largas piernas blancas. A pesar de todo se enamoró. Se lo dijo decenas de veces: en prosa, en verso libre, en cuartetos, quintillas, décimas, madrigales, sonetos y en largos poemas que aprovechaban, lección por lección, las clases de literatura práctica. Ella consentía calladamente, sin excesivos arrebatos de pasión, pero sonriendo siempre.

 Al poco, le dedicaba algún cuento breve lleno de metáforas sugerentes. El le pedía algo más, pero ella parecía disfrutar apurando su papel de seductora inexpugnable.

 Con los años, y después de mucho trabajo, él consiguió encerrar todo su amor por ella en una voluminosa novela romántica ambientada entre los lagos de Escocia, las ruinas de Petra y el casino de Cartagena, donde el protagonista renuncia a ver una apuesta de dos mil euros con escalera de color de mano por puro despiste, al recibir justo en ese momento una llamada telefónica de Judith. Judith sólo le dirá me caes bien, pero el hombre, fuera de sí, no ve los dos mil euros. La novela se alargó hasta novecientas setenta y cinco páginas, y eso sin contar el prólogo de Sempronio Sistal -pseudónimo de sí mismo- que redundaba en el mismo tema durante cuarenta páginas más. Para que no hubiera lugar a dudas, el título de la novela era Yo amo a Judith desesperadamente. Pese a lo cual no consiguió sino que ella le llamara por teléfono para anunciarle una mala noticia.

-Ya he notado que me amas -se ve que la chica era muy perspicaz-Pero para saber si es verdad, deberías de seguirme allá donde vaya y demostrar que eres el hombre perfecto para mí.

Judith abandonó el taller de literatura y se apuntó a una escuela de bordado, punto, ganchillo y macramé. Entretanto él, a punto de cumplir sesenta, abandonó la escritura para matricularse en esta nueva escuela. Pero  a pesar de sus buenas intenciones, sus progresos fueron escasos. Cansado de pelear por ella, le pidió una última prueba para poder demostrar que era el hombre de su vida. Y Judith aceptó la propuesta.

 -Ven mañana a casa a las seis de la tarde.

 Llegó a las seis y cuarto porque antes tenía que ir al oculista, y éste se retrasó. Judith le recibió con sendos besos en las mejillas, le dio un paño de hilo rectangular del tamaño de una servilleta, una aguja y varios carretes de hilo de distintos colores.

-Ahora vas a poder demostrar lo que yo te inspiro -dijo abriendo las puertas de una habitación e invitándole a pasar dentro.

El suspiró y sonrió con visible satisfacción. Quiso abrazarla, pero ella dio un paso atrás y le señaló el paño de hilo.

-No te hagas ilusiones. Como escritor prometías algo, pero con la aguja y el dedal aún no me has demostrado nada. Te quedarás solo encerrado en esta habitación, y durante una hora bordarás en este paño algo que no me haga dudar de tu valía.

 Los diez primeros minutos se quedó tan estupefacto que no pudo reaccionar. Luego pensó durante algunos más. Y finalmente se puso manos a la obra, olvidando que el oculista le acababa decir que su vista cansada reclamaba una nuevas gafas. Cuando Judith reabrió la puerta una hora después, le encontró como un loquito, con los ojos estrábicos mirando muy de cerca a la aguja que intentaba inútilmente enhebrar.

 -Quería haberte bordado Eres una hija de puta, darling- le soltó a Judith completamente desquiciado- Pero, como tú misma sospechas, nadie es perfecto…

Qumram y la interpretación de la historia

La historia es una novela sujeta a la interpretación de algunos signos dudosamente fiables. En el último tercio del  pasado siglo el conde de Pinofiel rehabilitó un ala de su castillo roído por tiempo. El castillo se levantaba en la zona más suroeste de lo que entonces era Castilla la Vieja. Antes de colocar la primera piedra de la torre del homenaje encerró herméticamente en una caja de plomo algunos objetos curiosos: treinta monedas turcas con la efigie de Ataturk envueltas en una página de Camino, el libro de san Josemaría Escrivá de Balaguer, una liga de encaje negro anudando un sobre del Banco Vitalicio que contenía un mechón de cabello rubio, una reproducción de la famosa foto de calendario de Marilyn Monroe desnuda sobre una tela roja y una receta en sueco del pastel de zanahoria y nueces. Además introdujo una flor de edelwais seca y el fósil de un erizo de mar. Debidamente sellada y lacrada emparedó la caja en un hueco del muro mientras desafiaba al futuro. Me descojonaré desde el más allá-  dijo solemnemente antes de aplicar él mismo una paletada de mortero- el día que los arqueólogos y los historiadores interpreten este hallazgo. Y soltó una sonora carcajada para rubricar su travesura.

Se dató la época del año en que murió Tutankamón  por los restos de unas semillas que se colaron en su sarcófago. Ahora por unas muelas halladas en Newcastle  concluyen unos científicos que el hombre de Neandterhal no era tan bruto como lo pintábamos. Y el Duende, como el citado conde, se frota las manos imaginando los delirios historicistas que provocará el sorprendente contenido de la caja de plomo.

Uno supone que el deber del filósofo es buscar el por qué de todo. Pero la historia probablemente tiene muchas más razones que la razón también desconoce. Un ejemplo es un  amigo del Duende con ideas originales. Se trata de un castellano de nuestro tiempo, de origen humilde y sin estudios, que consiguió abrirse camino en la vida a base de trabajo y fino instinto de creador de empresas. A los cincuenta y tres años, después de haber vendido algunas ellas, había acumulado la fortuna suficiente como para retirarse en su pueblo natal. En todo ese tiempo había aprendido  de los libros como autodidacta lo que no le enseñó la escuela. Y entre esos saberes, precisamente, el propio conocimiento del libro y el deleite del bibliófilo. Su casa en la plaza de Peñafiel tiene tres pisos. Uno de ellos es para su despacho, otro para él, su perro y su gato. Y el tercero, acaso el más grande, para su formidable colección de libros. Jesús Solís posee además un pinar por el que pasea todos los días con sus animalitos de compañía, y una bodega de Ribera del Duero que produce un tinto que por la hondura y la calidad de su recio bouquet merecería aparecer en un bodegón de Velázquez.

 La gracia de esta historia es que el tinto de Jesús  se embotella con el enigmático nombre de Qumram.  Así se llama la aldea de Judea, a orillas del mar Muerto, donde en 1947 se descubrieron los novecientos rollos que contienen los documentos más antiguos que se conocen del Antiguo Testamento. En una descabellada hipótesis de futuro podemos imaginar a los sabios del siglo cuarenta y cinco de nuestra era interpretando el hallazgo de una de estas botellas en los sedimentos de un antiguo río desecado en el corazón de la Península Ibérica. ¿Fue Valladolid una provincia de Israel? ¿Pasaba el Jordán por donde hoy fluye el Duero?  ¿Fueron Isaías, Ismael, Samuel y Melquisedech finos sommeliers antes de convertirse en profetas? ¿Se escribieron algunos versículos bajo el influjo de Baco?

 Los que estamos en el secreto contemplaremos el despelote interpretativo con la misma guasa del travieso conde de Pinofiel. Ningún investigador podrá imaginar entonces que Qumram -la meca de los bibliófilos- encarna el sueño de un hombre que logró lo que todos soñamos y casi nadie consigue: retirarse a tiempo para disfrutar lo mejor de  la vida. Algo sorprendente en hombre sin cultura que, a la postre,  ha acabado siendo el más sabios de todos los sabios que uno ha conocido.

El Caballero Oscuro y el caso de las patatas podridas

(Foto de GuilleDes)

A mitad de proyección de El caballero oscuro, la última entrega cinematográfica de Batman, aquel tipo que siempre soñó ser guionista estaba ya aburrido. E incluso un pelín indignado.

Y no sin razón. Como muchas de las películas que antes se llamaban de acción y mucho antes de aventuras, los guionistas de esta película se separan de la simplicidad del comic original para enredar y enredar y justificar con una trama incomprensible y desmesurada el despliegue de explosiones, violencia y efectos especiales. El lío es tal que, aún suponiendo que el hombre murciélago es el héroe y Joker el villano, no estaba seguro de quienes eran los buenos y los malos. Se ve que Christopher Nolan y su hermano Jonathan tienen mala conciencia por haber inventado tanto fuego de artificio, y se largan una pretenciosa alegoría. Ya se sabe, el héroe fatigado y oscuro, el villano payaso, la ley ambigua. Qué falta de modestia la de los nuevos factotum de Hollywood. Con lo que agradecíamos la claridad del maniqueísmo en las películas de tiros.

Así que el espectador que soñó ser guionista desistió de entender aquel disparate e imaginó entretanto que él podría hacer una película mucho más interesante con sus propias vivencias. Éstas no eran tan espectaculares, pero sí más intrigantes. Ocurría que desde hacía unos días, cada vez que entraba en su casa percibía un extraño olor, nada grato desde luego. Al principio no le dio importancia. Lo había localizado en la cocina. Pensó que podría provenir del envase de un pescado congelado, que tal vez retuviera restos del mismo. Así que aunque apenas estaba llena la bolsa de basura amarilla, la cerró cuidadosamente la bajó a la calle y la depositó en el contenedor correspondiente.

A la mañana siguiente percibió que el desagradable olor persistía. Algo se habrá impregnado en el suelo-pensó. Vació dos tapones de amoníaco perfumado en el cubo y lo repasó furiosamente con la fregona. Un cierto aroma de química amable sustituyó por unas horas a los vapores mefíticos que ya invadían sus fosas nasales. Al atardecer, sin embargo, el inquietante olor había reaparecido.

Desesperado, vació el frigorífico y lo limpió a fondo. Siguió después con los muebles de cocina. No halló indicio alguno de putrefacción. Se arrodilló y acercó sus narices a la rejilla de ventilación del gas, que quedaba a la altura de sus rodillas. La fuente del hedor parecía más cercana. La rejilla daba al patio. Frente a ella se abría la ventana del dormitorio de Paco, el chino del la tienda de alimentación de la planta baja. Paco había adoptado ese nombre para hacerse más simpático a la comunidad, pero él y nuestro protagonista se odiaban desde que éste, como presidente de la misma, denunció las molestias producidas por las violentas reuniones que mantenía a menudo con otros chinos, amen de sus retrasos en el pago de las cuotas y otras irregularidades. Te matalé si das pol culo-se había atrevido a amenazarle.

Nuestro amigo el guionista frustrado advirtió que la ventana de Paco estaba semiabierta, y con la persiana bajada hasta diez centímetros del alféizar. ¿Qué puede guardar este cabrito ahí -pensó- para que huela tan mal? La realidad es que la tienda de Paco no abría desde hacía tres días. Según Conchita, la única que permanecía en Madrid aquel mes de agosto, se había ido de viaje. Tienes suerte, tu enemigo a lo mejor no vuelve…-le bromeó en el ascensor. Hasta aquella inocente funcionaria de Fomento era consciente de las tensiones entre ambos. Nuestro hombre sonrió sin poder disimular un fondo de preocupación.

Para evadirse, decidió ir al cine a ver la última película de Batman. Pero lo farragoso de la trama y la obsesión del cierto olor a podrido le apartaron de la película. Volvió a casa y al abrir la puerta una tufarada hedionda le azotó la cara. Desesperado, entró en la cocina, miró la ventana de Paco, se arrodilló de nuevo ante la rejilla y entonces, sólo entonces, se apercibió de que quedaba por revisar el cajón inferior del carrito auxiliar donde guardaba las patatas. Estaba al lado de la rejilla, pero no lo había abierto porque jamás había pensado que una patata pudiera degenerar tanto. Cuando lo hizo, tuvo que taparse las narices. En medio de una nube de bichitos, tres patatas blandurrias y medio desechas emanaban un líquido negro asqueroso del que brotaba el olor pestilente. Se puso unos guantes de plástico, tomó el cuerpo del delito, lo envolvió en una bolsa , metió ésta en un saco de basura que anudó cuidadosamente, extrajo el cajón, lo lavó con amoníaco, lo puso a secar sobre el fregadero y bajó a la calle a depositar en el contenedor los restos nauseabundos de las puñeteras patatas. Libre ya de la pesadilla, aprovechó la luna para darse un paseo y relajar sus nervios.

Pero al regresar a casa y abrirse las puertas del ascensor vio un cuadro inquietante. Por la puerta del piso del chino Paco salían un par de camilleros con mascarilla que transportaban un saco de plástico. Evidentemente, contenía unos restos humanos. Dos policías de uniforme, dos hombres más y Conchita, con la mirada extraviada por el horror y las narices tapadas, completaban el cuadro.

-¡Qué barbaridad!-se apresuró a disculparse el guionista frustrado- Y pensar que yo creía que las culpables del mal olor eran esas patatas podridas que acabo de dejar la basura…

Los dos funcionarios intercambiaron miradas. El forense comentó que jamás había oído que ese olor fuera más repugnante que el de un cadáver.

-¿Es usted el presidente de la comunidad? -le preguntó el otro, que se presentó como juez de guardia.

Nuestro hombre asintió. Y mecánicamente se puso a pensar después cómo un buen guionista podría librarle de la sombra de la sospecha que ya le empezaba a rondar.

Parecidos y caricaturas

A todas las mujeres les gustaría parecerse a Ava Gardner. Y a todos los hombres ser calcos de Paul Newman. Se ciñe a  esos cánones el Duende  por ser los más expresivos para la gente de su generación. Además, guapa por guapa y guapo por guapo, uno cree muy superiores a Ava y a Paul que Angelica Jolie o Johny Dep, espejos de las chicas y chicos de ahora. Pero la idea está clara: todos queremos vernos más guapos de lo que en realidad somos.

Lo aprendió el Duende desde el primer momento en que su inventiva empezó a a anotar y revelar parecidos razonables de las gentes de su alrededor. Si el epígono citado era notablemente bello, la reacción siempre era favorable. Si era considerado feo o fea, cabreo al canto. La gente suele ceñirse al resultante general, sin tener en cuenta que un guapo puede parecerse a un feo y viceversa. Por ejemplo, el  Muñeco Diabólico podría ser la caricatura del presidente del Congreso José Bono, y eso no desdice de la apostura del ilustre prócer

 Estos ejercicios de trasposición de personalidades eran muy habituales en la casa del Duende. Un día su madre le identificó con Manolo Gómez Bur, un cómico que habitualmente salía mal parado en sus papeles. Lo asimiló perfectamente, porque era verdad. Sin embargo tiene un amigo cuyo rostro es la clara inspiración de Shrek y no se ha atrevido a decírselo. Cuando era niño, encantado de su conclusión, advirtió a una parienta suya  que su niño se parecía al Pinocho de Walt Disney y se llevó un soplamocos de la madre ofendida. Y eso que se refería al muñeco de Gepetto antes de que le creciera la nariz, por mentiroso. Pero ni por esas: su hijo no podía ser comparado con la criatura de un carpintero. Qué vanidad.

Pero esa es una de las ventajas del blog en agosto, que puedes irte de la lengua -o de la pluma- y olvidarte de las represalias, porque no se entararán  los aludidos. Por ejemplo, Soraya Sáenz de Santamaría es como esos pececitos/pececitas coquetas que aparecen en las películas de dibujos animados. Y es que la imaginería de los estudios ha dado mucho juego. Su compañera de partido Isabel Tocino tenía el mismo perfil que Flor, la graciosa mofeta de Bambi. Y a Pepín Blanco es fácil encontrarle alter ego en los múltiples roedores (castores, ardillas, ratones, etc) que proliferan en estas películas para niños.

Hay otros aún más evidentes: Obama y Hamilton, Carrillo y el chimpancé bailarín de El libro de la selva, Zapatero y Míster Bean. Pero en este último caso es más fácil distinguirlos, porque uno de los dos piensa más lo que dice.

Félix hace honor a su nombre

El gran Félix

El gran Félix

San Martín de Luiña, concejo de Cudillero, Principado de Asturias. En este bonita aldea hay una iglesia del siglo XVII con un original campanario que se divisa desde cualquier lugar del Valle de las Luiñas. Alberga un importante retablo barroco, del correspondiente maestro que ayer recordaba y hoy la mala memoria del Duende ignora. Da igual. Pese a las desamortizaciones, las guerras napoleónicas, los ladrones como Eric el Belga, la simonía tolerada, la picardía de algunos anticuarios y la incuria de miles de turistas y aldeanos, muchas iglesias en España aún acogen piezas de are religioso más que estimables. La de San Martín no destaca pues por eso. Sino porque en el suelo de piedra, a la altura de su crucero, una muy visible inscripción recuerda que NO PASARÁN DE AQUÍ LOS VAQUEIROS DE ALZADA. No todos somos, o éramos, iguales a los ojos de Dios.

Los vaqueiros, como se sabe, eran un pueblo de origen celta que habitaba las brañas de esta zona y se dedicaba a la ganadería. Pero siempre hubo pastores y señores, de manera que eran vistos como una segunda división del escalafón social. Ahora los buscarían a lazo para sentarles en las primeras filas de la iglesia de San Martín, porque este templo, como casi todos, sólo se llena a tope el día de la romería local. Las iglesias se quedan vacías. Como los prados.

Porque, salvando las distancias, ese es otro problema de esta zona. Siguen estando tan verdes como siempre, pero al mismo tiempo, cada día más abandonados. Ya no hay apenas vacas (dígase vaques), ni demasiado equino que alegre el paisaje. Los paisanos se ven negros para segar, y si se obligan a ello se encuentran con el problema de deshacerse de la hierba, pues nadie la quiere ya. Así las cosas, muchos dejan de trabajarse, y son invadidos por las zarzas y las ortigas. Lo que en otras zonas de España sería un lujo, aquí también empieza a ser un problema. Qué hacemos con la agricultura. A ver cuándo se arregla la reforma territorial, la financiación de las autonomías, y el diccionario igualitario -ya saben; miembros y miembras- y entramos en estos detalles.

Mientras nace el político con la imaginación suficiente para abordarlo, el Duende ha aprovechado sus vacaciones nómadas y ha vuelto a ver a sus amigos de la contornada. Pese a la agresión del desarrollo, desde lo alto del monte aún se ve una hermosa muestra de lo que podría denominarse el paisaje completito, que es el que pintaban nuestros libros escolares. O sea, la naturaleza en su esplendor sabia y prudentemente disfrutada por el hombre. Desde Argatón, por ejemplo uno ve los prados milagrosamente moteados por las vacas, ovejas o cel ganado superviviente que corretea feliz. Bosques, ríos, maizales. Al fondo del valle, en forma de V, el mar surcado por algún barquito. También el trenecito del FEVE y los coches que recorren la carretera Gijón-Ribadeo por unos de esos espectaculares viaductos que se estudiarán en la Escuela de Ingenieros de Caminos. A la postal tradicional asturiana se añada en este caso un toque paisajístico tipo Edward Hopper, y el contraste, cosa rara, tiene encanto.

Pero lo que más encanto tiene es que una de las laderas del monte, Félix, el amigo herido por esa cosa llamada cáncer, apacienta su quimioterapia cuidando el jardín de su casita con pomarada y hórreo. Parece el protagonista de una película francesa de ambiente campestre, obsesivo en el cariño a sus plantas. Hemos tenido unos días de sol, y sus macizos de flores lucían esplendorosas. Todo va bien. Félix, con Begoña a su lado, se olvida del mundo y parece sereno y feliz. Es la mejor noticia de este viaje al Valle de las Luiñas.

Regreso a Luanco

(Foto de Jose Manuel González)

Alguien recomendó alguna vez aquello de no volver donde se ha sido feliz. Cuestión previa: ¿quién sabe cuándo se es absolutamente feliz?

La máxima puede valer en general, pero como matiza muestra siempre recordada doña María todo es mu correlativo. Volver a París o a Roma comporta pocos riesgos para el coleccionista de postales sentimentales, porque el núcleo de la ciudad, lo bonito del sello, se mantiene desde hace siglos. Pero regresar treinta años después a lo que era una  idílica aldea en la costa de Asturias -como supongo que pasaría en cualquier otra  zona de España- entraña graves riesgos. Uno puede sentir desolación, frustración, desengaño, pérdida de fe en la racionalidad del hombre. Y, aún peor, puede sentirse poseído por el espíritu del mismísimo Belcebú y querer mandar al fuego eterno a los enemigos del paisaje. Si es que hay sitio en el infierno para tantos.

En la familia del Duende hubo un antepasado que acuñó la expresión -muy usada por las generaciones siguientes- si yo fuera rey absoluto para condenar sin paliativos a todo lo que o los que a uno no le gustan. No es nada democrático pero es muy útil, y desahoga el espíritu justiciero que la evidencia absurda y estúpida despierta en el fondo de nuestra beatífica alma. Bueno, pues el menda fuera rey absoluto mandaría al Averno a todos los que de una u otra forma han conseguido que uno acabe aborreciendo a esos lugares donde fue uno feliz. Alcaldes cegados por el fantasma del desarrollismo, ediles corruptos, constructores corruptores, urbanistas abusones, especuladores insaciables, arquitectos venales, nuevos ricos exhibicionistas, aldeanos ineducados, cursis ostentóreos…Qué suerte para ellos que, al final, el Duende sea un perfecto demócrata y reniegue de los usos del tirano. Aún añorando, sotto voce, el poder llevar al infierno a los destructores de postales. Por bastante menos, arrastraba sus cadenas un pecador al que Woody Allen interrogaba en el infierno de una de sus películas. ¿Y usted por qué está aquí? -le preguntaba el cineasta- Yo fui el inventor de los muebles de metacrilato-respondía el infeliz condenado.

Espera el Duende que aún pase bastante tiempo antes de conocer en ese mismo infierno a los que se cargaron la pequeña villa de Luanco, entre Gijón y Avilés. Era un pueblo marinero bien guapín, con algunas casas nobles y bien pintadas, una iglesia con Cabildo asomada al mar, un largo espigón que llamaban el Gallo, muy apropiado para pasear amores adolescentes, y una pequeña playa donde lucían su palmito chicas muy monas. El Duende lo conoció en 1965, y lo desconoce ahora. Ya no hay reyes absolutos. Y quizás pecamos de ilusos. Pensar que en su lugar iba a reinar aquí el sentido común  es como esperar que Bush que se emocione leyendo las rimas de Bécquer.

Noticias terriblemente contagiosas

Pepita y Alejandro se hacen novios al ver la luna llena. Recupera el cariño de su hijo con un helado de chocolate. Manda flores a su amante agradecido por no ser celosa. Recoge ancianos abandonados y les lleva a pasear en barca. Parecen noticias banales, y ningún periódico las incluiría en sus titulares por no ser considerados estúpidos. Pero, si se piensa,  podrían ser importantes para la moral colectiva. Al menos, si son tan contagiosas como las noticias dramáticas o extravagantes.

 Ejercicio de memoria colectiva. ¿Recuerdan la de niños que se lanzaban a volar por la ventana después de haber visto Superman? ¿No les parecía que cada uno de ellos impulsaba al siguiente a hacer el mismo disparate? ¿Recuerdan aquella vez que de una nube sobre un pueblo se desprendió un pedazo de hielo del tamaño de una de un ladrillo? ¿No les llamó la atención que durante unas semanas el mismo fenómeno insólito se repitiera en muchos puntos de España? ¿Y cuando aparece una cucaracha en una botella de cerveza? ¿No es cierto que a partir de entonces, tonto el último, la gente compite por encontrar bichos y objetos  non gratos en los envases y productos más sorprendentes? Un escorpión en un bote de pimientos, un preservativo en un tarro de yogur, una muela picada en un sobre de sopa de cebolla. Todo vale: cuanto peor, mejor noticia. Aquí lo importante es que se fijen en uno por lo que sea.

 Lanza esta hipótesis el Duende después de observar que este verano, sorprendentemente, no menudean los grandes incendios. Apenas se ha sabido de dos, concentrados en la misma semana en las provincias de Zaragoza y Soria. Hace unos días se leía en la prensa que en toda Cataluña sólo habían ardido veinte hectáreas.Y eso aún después de una primavera lluviosa que hacía prever lo peor. ¿Será que ya nadie se siente obligado a ser más tonto, borrico o machote que el pirómano anterior? La otra prueba, a contrario sensu, es el rosario de casos de violencia entre parejas. Cuando más se propalan, más se excitan los canallas para no ser menos que ninguno de esos bárbaros que saltan a la actualidad. En unos días asesinatos de mujeres por sus machos feroces  en Tenerife, Vigo y Alicante. Se extiende la fiebre enloquecida. Ell último caso, de ayer mismo, en Onteniente. Puaf.

 No será este duende quien recomiende censura previa por aparentar  que somos mejores que lo que somos. Pero si cunde y se contagia el mal ejemplo, ¿por qué no probar con el bueno? Miren que titular estimulante para el verano: Le dice qué guapa estás, cordera, y ella le besa en lo alto de la noria. Hasta entran ganas de volver a los parques de atracciones.

Las montañas azules y otras verdades relativas

Desde  Arenas de san Pedro, el Duende miraba a la sierra de Gredos en verano y veía las montañas azules. Luego ingresó en aquella cárcel educada que era el colegio, vino don Pedro, un marianista dentón y con una nuez prominente como el torreón de los Galayos y mandó pintar en la clase de dibujo un paisaje. Aquel niño inocente pintó una cordillera de azul y su compañero Javier Camuñas le corrigió.

 -Están mal. Los montes son marrones.

 El Duende se defendió tímidamente. Los montes, de cerca, pueden ser marrones, grises, pardos, verdes, según la época y la latitud del planeta donde se alcen. Pero de lejos son azules, como apuntó el capitán sir Richard Burton cuando se empeñó  en demostrar que el Nilo tenía sus fuentes en las montañas de Etiopía. Hace unos diez o quince años se estrenó una buena película sobre este tema que se llamaba Las montañas azules, y aquella coincidencia de puntos de vista apasionó al Duende por el asunto y el personaje de este aventurero.

Entonces leyó una magnífica biógrafa suya firmada por Edward Rice, altamente recomendable para todos aquellos que, al contrario que el capitán, sean, como este bloguero, viajeros teóricos, de secano o de libro. O sea, que se limitan a volar con la imaginación. Ahora acaba de salir otro libro que se llama precisamente El coleccionista de mundos, de Ilija Trojanow. Novela la vida del capitán, si es que personaje tan culto, vigoroso, intrépido y de tal exuberancia creadora cabe en la cabeza de un escritor. No la ha leído el Duende, pero ha se tirado el farol de regalárselo a su amiga Beatriz, que, a su manera, también colecciona mundos, exteriores e interiores. Se iba de viaje a Salta y a Bariloche, por donde no fue nuestro héroe porque seguramente no tenía tiempo para esquiar.

En el fondo uno admira a los que saben recomendar libros, y se siente a menudo tentado por la vanidad de hacerlo sin más razones que el puro olfato. Cree ver montañas azules donde, a lo mejor, sólo hay peñascos de  granito. Le hubiera gustado revisar el debate con su compañero de colegio, pero no volvió verle nunca desde los tiempos de escuela, y hace unos meses se enteró de que había muerto de cáncer. Quizá él lo vea ahora todo más claro, mucho más allá de las lejanas montañas azules.

Por no acabar en clave nostálgica debo mencionar a otra amiga estupenda que lee mucho y sabe recomendar libros. Se llama Aurora, es corresponsal en Berlín, y el otro día, ante una librería, señaló uno que lleva por título algo así como Los hombres que no amaban a las mujeres, de Stieg Larsson.

-Te lo recomiendo -le dijo al Duende- Es una novela magnífica y muy amena.

 ¿Reflexión objetiva? ¿Denuncia? ¿Reproche elegantemente disfrazado? En esta ocasión no está uno tan seguro como la primera vez que advirtió que las montañas son azules.

Gervasio Defer y otras criaturas extraordinarias

Mientras algunos tienen la suerte de ver el mundo desde la cumbre de un ocho mil, otros como Fray Luis de Granada se fijaban en las hormigas. Se supone que los primeros deben de sentirse más importantes, aunque no hay desdeñar a quien mira la realidad al microscopio. Todo tiene su encanto.

 No entendía el Duende entonces -era en quinto de bachillerato cuando le salió al paso este Fray Luis, menos famoso que el de León- qué pintaba un asceta observando a estos insectos, pero supone que era una manera más de admirar la obra de Dios. Los ascetas son así, y seguramente tienen tiempo de sobra para estudiar a los bichitos más insignificantes Lo decía su libro de literatura, firmado por Guillermo Díaz-Plaja. Fray Luis de Granada escribía El libro de la oración y de la meditación y la Guía de pecadores, y cuando le petaba salía al huerto a regar las berenjenas y como no tenía que ir a pagar el IBI ni reunión de trabajo alguna se entretenía luego espiando a las hormigas. Era un voyeur de lo minúsculo, alternativa de ocio, por cierto, más que recomendable en tiempos de crisis. 

 Ver el horizonte desde una cumbre de ocho mil metros es, efectivamente, grandioso.  Contemplar las cataratas de Iguazú o el Salto del Angel, o el derrumbe del Perito Moreno o, sencillamente, cualquier mar embravecido rompiendo su ferocidad contra un acantilado,  es como para pensar que el diseñador de la creación tenía muy buen gusto. Sin embargo hay otros puntos de vista que no son menos fascinantes. No los guardamos en la memoria, porque apenas les concedemos importancia. Pero el que más y el que menos ha pasado horas siguiendo el vuelo de una mosca, la cópula del gallo con las gallinas o el mamar de un corderillo. Pónganse en esa espera estólida a la que estamos obligados los ciudadanos actuales: la media hora de rigor en la consulta de cualquier médico que se precie o en la antesala del despacho del notario. En esas circunstancias, el vuelo el moscardón o la gimnasia de una araña tejiendo su malla a entre la barra de la cortina y el marco de la ventana nos puede parecer un espectáculo de lo más interesante. Lo es,  a buen seguro.

Esta noche cenaba en Duende al aire libre en el porche. Tres faroles adosados a la pared acogían a otras tantas salamadras o salamanquesas- aclárenselo los comentaristas que lo sepan- cenando a su vez un variado menú de moscas, mosquitos, polillas y chinches de campo. Qué admirable técnica de observación y rececho de las víctimas. Qué rapidez de movimientos. Y qué adherencia la de las ventosas de sus dedos. Saltaban de uno a otro cristal de las farolas como la agilidad de Spiderman, para caer en el lugar exacto con la misma precisión que uno acababa de ver en la prueba de gimnasia de suelo que ha bordado ese fenómeno olímpico llamado Gervasio Defer. Abrían la boca, atrapaban la presa y a otra cosa, mariposa. Y sin medalla alguna como la que ha ganado nuestro gimnasta.

 Así permaneció media hora el Duende, embobado en estas chorradicas que ofrece el kaleidoscopio de la vida. Estaba tan pasmado como si viera el más grande espectáculo de la creación. Los de Radio la Colifata terminan sus mensajes diciendo que el mundo está lleno de gente extraordinaria, pero habría que matizarles. Digan, mejor, de criaturas extraordinarias, como estos amables reptiles que nos libran de insectos sin pedir a cambio ni una simple mirada de cariño.

Solbes se desmelena

Paseando por la orilla de aquella concurrida playa alicantina, Pedro se olvidaba de los problemas y era un hombre feliz. Vestido sólo con sus discretas bermudas y calzado por un par de calcetines deportivos y unas sandalias de fraile franciscano en versión moderna, dejaba ir sus pasos por la arena encantado de no ser reconocido entre aquel enjambre de contribuyentes desollados por la crisis.

 -Crisis-pensó sonriente-Ya lo puedo decir sin que me fustiguen. Crisis, sí…¿pasa algo?

 La brisa del mar masajeaba sutilmente su tripilla profesoral y sus harinosas piernas en las que se dibujaban, como ríos en un mapa, algunas venillas moradas.

 -La circulación- se recordaba a sí mismo por no olvidar los deberes con su cuerpo-Es bueno que circule todo, y también el dinero…Por Dios, que no siga decayendo el consumo.

 En los últimos días había añadido  nuevos datos para no abundar en el pesimismo, que aflige psicológicamente al personal y no crea puestos de trabajo. En primer lugar, los calcetines que llevaba, comprados e un lote de cinco pares en Carrefour, sólo le habían costado dos euros. A una sesenta de las antiguas pesetas el par. Los últimos frascos de goma arábiga que quedaban  en la papelería del pueblo, seguían anclados en el último precio que les marcaron a la llegada del euro.

 -Noventa céntimos, don Pedro-le había dicho Paquita, la dueña, riéndose- ¡Ya puede usted decir que no todo sube!…

 Además a Joshua, el hijo del que le cuidaba el jardín, le había contratado como socorrista el ayuntamiento, prueba de que al menos el sector público no se arrugaba y dinamizaba el mercado de trabajo. Por último un emigrante magrebí, de esos que en Sevilla y otras ciudades ejercen como gorrilla, había devuelto a su dueño una cartera con dos mil euros.

 -No estaremos tan mal-se consoló-cuando los más necesitados siguen siendo tan honrados.

 Pero no sólo de pan vive el hombre. A un tipo sesudo, responsable y competente como él le debían de asistir otras razones para poder sentirse serenamente alegre y confiado. Y existían. Por una parte se había enterado de que los del Río iban a hacer un tuneado a su famosa Macarena quince años después de que esa joya de la música popular provocara el éxtasis del mundo entero, incluída  la Casa Blanca y el matrimonio Aznar. Ahora Macarena sería mucho más moderna y actual, y Victorino un cabrón mucho más sofisticado, como mandan las nuevas tendencias. Más motivos para elevar la moral colectiva. Por otra, se cumplían veinticinco años de la muerte de su ídolo de juventud, Elvis Preysler. Excelente ocasión para rendirle un homenaje y disipar así, emulando a aquella voz y pelvis prodigiosas, su leyenda negra de hombre triste, soso y aburrido.

 Tomó la determinación cuando, al abrir el coche y retirar el quitasol de cartón con publicidad de la Caja de Ahorros del Mediterráneao, apareció la figurita del mítico rockero sujeta al salpicadero por una ventosa.

 -Alquilaré un disfraz de Elvis- su rostro dibujaba un rictus enérgico-Botas negras de tacón, apliques capilares de tupé y patillones, guitarra eléctrica…Y entraré en el Consejo de Ministros estrenando una coreografía de fusión que va a arrasar…Dale a la crisis alegría Macarena, que la crisis es pa darle alegría y cosas buenas….

 Dicen que la cara que pusieron el presidente y la vicepresidenta al verle de esta guisa no tiene descripción posible.

 

El cuento de los nombres

Camila Figuerola-Ferretti

Camila Figuerola-Ferretti

No era por Shakespeare ni por el Kaiser. Tampoco por el significado de su etimología, que descansa en el will anglosajón, y que hace referencia a la voluntad. El Duende puso Guillermo a su primer hijo como homenaje a Guillermo Brown, el niño travieso que él no se atrevió a ser.

Pero el hombre propone y Dios dispone. Pasó el tiempo y el muchacho, que intentó leer alguna de las aventuras escritas por Richmal Crompton -pseudónimo que encubría a una mujer- no se interesó nada por el héroe que le había prestado su nombre. A su padre le parecía una creación genial, y sus aventuras, con unas ilustraciones de inconfundible estilo, divertidísimas. Pero para la generación siguiente, moldeada por Locomotoro, los payasos de la Tele y Matzinger Zeta, esa literatura ya no tenía sentido. Quedó el nombre descolgado, como le explicaba un día a su buen amigo José Luis Borau.

-¿Y si luego nace una niña le pondrás Celia?- le preguntó éste muerto de risa -Y al pequeño…¿Cuchifritín?

Creía el cineasta, no sin cierta razón, que el Duende quería bautizar a sus hijos en el fascinante mundo de la fantasía.

Vaya a saber por qué razón se eligen los nombres de los hijos. Unas veces, por recuerdo a alguien que se llamó así. Otras, por simple eufonía: suena bien y a los padres les llena de satisfacción pronunciarlo. El caso es que en la memoria de la niñez, que es la que manda en las convicciones iniciales, el nombre queda marcado por la personalidad del primer onomástico que conocimos. El Duende se sorprendió al saber que Catalina es nombre de emperatriz, porque la primera Catalina que él conoció era cocinera, y la segunda, pipera. Su suegra, gran mujer, también se llamó Catalina. Obviamente, sólo le recordó su parentesco con Catalina la Grande, que le parecía más fina.

Ahora nace la tercera nieta del Duende, que se llamará Camila. Algunas vecindonas del Bloque los Arándanos creerán que es por la Parker-Bowles. Nada que ver. La primera Camila de su vida era una de Las niñas modelo, uno de las numerosos relatos infantiles de la Condesa Segur. Parece que los está viendo en unos libros con cubiertas de cartón, primorosamente editados por la Editorial Aguilar. Memorias de un burro, Mauricio el jorobado, Las desgracias de Sofía…La familia creía que había venido al mundo sólo una niña, y los padres probablemente eligieron su nombre por motivos bien distintos de los que uno cree. Allá cada cual con sus razones. Pero la verdad es que lo que ha nacido con Camila, sana, redonda y con chapetas coloradas como un botijillo, es otro precioso cuento. Al tiempo.

Una caja de galletas es para siempre

 La mer, la mer, toujours recomencé…, dice Paul Valery en su Cimetier Marin. Y era verdad. Fue la gran sorpresa de descubrir el mar en el verano de 1954. Aquella eternidad de azul y sal incansable, en movimiento constante, dejaba al Duende sentado en la arena, estupefacto, largos ratos. Sólo la caprichosa versatilidad del fuego embelesa tanto. Las otras sorpresas eran más prosaicas. Una, las sábanas de la cama parecían siempre mojadas. Dos, el pan de Somo estaba gomoso. Tres, lo peor: no había manera de que mordieras las galletas sin encontrarlas blandas y húmedas. Y eso sólo se lo perdonas a la galleta cuando la has sumergido en el vaso de leche, de café o de chocolate. Lo demás es humillar a la galleta.

 Desde entonces una buena caja de galletas de chapa, de esas que cierran herméticamente y preservan de la humedad o sequedad excesivas, ha sido siempre un tesoro en la modesta hacienda de un hogar cualquiera. Un tesoro que, a su vez, sirve para guardar otros tesoros. El primero de ellos, la propia galleta, uno de los grandes inventos de la historia de la alimentación. Y cuando ya dispones de otra, también esos pequeños objetos útiles o de recuerdo grato. En una caja de galletas se guardan botones, llaveros, soldados de plomo, llaves, sellos, cromos, postales. Hay cajas de galletas convertidas en costurero donde aguardan su tarea carretes de hilo, dedal, cinta métrica, tijeras, alfileres, corchetes y agujas. Otras son pequeños escritorios. Otras, archivos de postales o fotografías. Las hay redondas, rectangulares, cuadradas, ovaladas. Y casi todas tienen una estética curiosa, a veces nostálgica, casi siempre entrañable.

 Fue de Ricardo García-Nieto la idea de coronar su invitación a Camprodón con el regalo de una caja de Galletas Birba al Duende y sus acompañantes. Sin que uno lo supiera, las galletas Birba son el producto emblemático de esa villa tan hermosa del Ripollés. Ricardo está casado con May Serratosa, una sobrina del Duende que ha superado una difícil prueba de salud con voluntad admirable. Alta, rubia, sonriente y con una espléndida figura, hoy luce un palmito de belleza de la jet-set. Sin exagerar. Gran idea la de las galletas, insisto, porque de esa ciudad uno recordará siempre su espectacular puente medieval y la elegancia incomparable del Paseo Maristany, con unos árboles que son monumentos botánicos. Junto con otros recuerdos de esos que uno va acumulando sin saber cómo, serán guardados éstos en la vistosa caja de Birba una vez que su delicioso contenido se haya consumido.

 Porque, recuérdenlo, una buena caja de galletas de chapa es casi como la mar que cantaba el poeta Valery. Para siempre…

Una duda inquietante a la hora del desayuno

  A menudo se le plantean a uno dudas metafísicas de difícil resolución. Suelen sobrevenirle en verano, cuando el ciudadano está de vacaciones y otorga más licencias al cuerpo. Se levanta con espíritu positivo, con deseos de no privarse de esos pequeños placeres de la vida y de olvidarse del reloj. Quizás con la compañía del periódico o en una buena conversación. Y casi siempre en torno a un humeante café con leche.

 Entonces el ciudadano responsable y educado, tan compenetrado con los ideales de justicia, solidaridad, respeto a los valores humanos y amor al medio ambiente, puede darse una patente de hedonismo y elevar los ojos al cielo preguntando a los dioses: ¿cuál es el mejor acompañamiento para el café con leche? Qué difícil pronunciarse.

 Cree el Duende que ya hace casi un año escribió un post por estas fechas dedicado a las tostadas. Pero cada cual habla de la feria como le va en ella. Cae uno en un pueblo con un obrador que hace delicias en el suizo o en el croissant y no puede resistirse a su encanto. En otro podrá ser el bizcocho. Más allá las perrunillas. O el pan de borona con mantequilla. O mantecadas. O, cómo no, los churros y porras.

 La biografía de cada quisque se va alicatando con los años de recuerdos variados. Unos, los más decisivos, pertenecen al sentimiento. Pero hay muchos más de carácter anecdótico que vienen a redondear el encanto de la vida. Y entre ellos, claro, está el complemento del café con leche. Habrá mil teorías al respecto. El Duende citará algunos que le parecieron exquisitos y que llevan incorporados, además, el efecto imperdible. O sea, el recuerdo del momento, el lugar y la compañía, que a veces enriquece el sabor del desayuno. Pa amb tumaca en el Manso del Puig, ensaimada en Cala Ratjada, enfiladas -maravillosas- en Asturias, pan con manteca colorá en Tarifa, tostadas con aceite en Baeza (por cierto, Antonio Gala en su tronera de ayer denunciaba el mal trato urbanístico y medioambiental que, junto con Úbeda reciben estas dos ciudades, patrimonio de la UNESCO), aceitadas en Zamora, sobaos en Cantabria…Y churros, insuperables, en el Puerto de santa María.

 Desayunos todos tan ricos. Y compartidos en grata compañía. ¿Y si resulta que, dentro de todo, y aún con el desasosiego de no saber cuál la mejor compañía para el café con leche, la vida no está tan mal?

Where Christ gave the three voices

(Foto de Jose Antonio Dastis)

El guiri le preguntó al conserje del hotel donde quedaba aquella iglesia románica tan bellísima que recomendaba su guía.

-¡Uf!-respondió el empleado torciendo el gesto- where Christ gave the three voices.

Y al Duende que lo escuchaba se le plantearon dos dudas razonables. Una, la de si el guiri entendería al conserje. Otra de carácter bíblico: ¿dónde dio Cristo las famosas tres voces? Y una tercera imposible de contestar. Si el Señor dio tres voces por cada templo escondido, ¿cuántas voces se escucharon en el mapa arquitectónico de nuestro país?

Habrá que suponer que el empleado del hotel quería decir que la iglesia estaba lejos. Y seguramente tendría razón. Como poco estaría en un lugar recóndito, escondido, singularmente hermoso, y desde luego especial. Lo podrá contrastar cualquier viajero curioso: a medida que va uno descubriendo España, más asombro le causa seguir encontrando maravillas en las que algo tiene que ver la fe. Son rincones sorprendentes donde hace siglos algún hombre de Dios determinó levantar un templo. Y para ello eligió un risco, el fondo de un valle umbrío, un alcor sobre la limpia meseta castellana, un acantilado contra el que se estrellan las olas del mar, un prado manso, un bosque espeso, la orilla de un río caudaloso, un cigarral, un vergel o un campo sencillo y limpio de olivos y amapolas. Lugares con ese algo más que pellizca el alma.

Cualquier estudioso de la arquitectura puede ser feliz visitando los centenares -quizás miles- de iglesias perdidas que salpican nuestra tierra. Disfrutará en románico, gótico, mozárabe, mudéjar, barroco, neoclásico o en muchos otros estilos que nuestro amigo José Ramón podría contar al detalle. Pero nada en opinión del Duende es comparable a la emoción de descubrir el sitio donde se erigieron y la fuerza que impulsó a levantar allí, piedra a piedra, algo que la mirada actual, tan escéptica, es incapaz de comprender.

El último pasmo de esta clase lo ha vivido el Duende en el diminuto pueblo de Beget, unos kilómetros al oeste de Camprodon, adonde se llega por una carretera estrecha y tortuosa que en apenas doce kilómetros desciende casi quinientos metros. Ahí, en el fondo de un valle de asombrosa frondosidad, se alza Sant Cristófor, una perla del románico en el que luce la Majestat, una talla de madera del siglo XII que presenta un Cristo vestido. Fue salvada por los palleses del lugar de unos milicianos de la CNT que la quisieron quemar en la guerra. Y hoy recibe a los visitantes incrustada en un retablo barroco policromado que corona San Cristóbal.

-Ya ves donde me vine a dar las tres voces-parece insinuar el Cristo en su hieratismo-Podrás creer o no creer en mí, pero…¿verdad que valía la pena llegar hasta aquí?

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