
Vicente Marco
Era el hombre del domingo por la tarde. Algunos de ellos se hacía adorable, otras no tanto. Sobre todo cuando daba paso a Pepe Bermejo, y éste, desde el Metropolitano resumía el mal partido del Atleti con notable displicencia. Al Duende siempre le parecía que en Carrusel Deportivo también se le trataba mejor al Madrid, porque ganaba más partidos que el equipo de enfrente. Porca miseria. Entonces la SER, ya era cadena, pero no escuchábamos tanto la SER como Radio Madrid. Apenas se cuidaba el lenguaje empresarial, y las emisoras de radio no buscaban tanto impresionar por su tamaño como por su cercanía. Radio Madrid quedaba a un paseo de casa, en la Gran Vía. Y sus voces de referencia eran todas amigas de verdad. Pedro Pablo Ayuso, Juana Ginzo, Matilde Conesa, Boby Deglané, Joaquín Peláez…Y Vicente Marco.
A Pedro Pablo Ayuso, que era algo así como el Gary Cooper de las ondas, no le vio el Duende en vida más que una vez. Resultó que tenía barriga, como cualquier funcionario de la época. A Boby Deglané le vio más veces, porque veraneaba en el pueblo de su mujer, que era Arenas de san Pedro. Los chiquillos de entonces adorábamos a Irma, su hija, a la que sólo volvió a ver el Duende una vez desde entonces. Juana Ginzo -ya visualizada por un pequeño papel cinematográfico en Los ladrones somos gente honrada, con Pepe Isbert, José Luis Ozores y Antonio Garisa- le encajó tal cual la abocetaba, solo que resultó ser más rojilla de lo que daba por las ondas. A Joaquín Peláez se lo encontró en el vetusto ascensor de Gran Vía 32, cuando hacía sus primeros pinitos en aquella radio, que ya era claramente la SER. De entonces data su convicción de que no hay que ponerle cara a la voz que te subyuga, porque siempre es mucho peor que la ilusión. Y al muy admirado Vicente Marco, que se inventó Carrusel Deportivo le saludó varias veces, cuando, ya retirado asomaba por la radio como parte viva de su historia.
Era un hombre menudo, de voz ya algo tenue, discreto, educadísimo, siempre sonriente y amable. Le dijo el Duende entonces que era la voz de sus domingos por la tarde, cuando en la monotonía de lluvia, merienda de pan con mantequilla y deberes escolares uno buscaba en el gol de Escudero o en el regate de Enrique Collar la única alegría que por ahí daban gratis. El sueño de la radio, tan inocente entonces que para acuñar el nombre del primer gran programa de deportes acudía a un carrusel como aquel de caballitos que plantaban en los solares de Moncloa, delante de la cervecería El laurel de Baco.
Es tramposa tradición la de escribir la necrológica de una persona notable ad majorem gloriam del abajo firmante. También el Duende es carne mortal, y reconoce su pecado de vanidad. Pero debe confesar que guarda como uno de los mejores recuerdos de su vida radiofónica el afectuoso apretón de manos que le dio Vicente Marco cuando se lo presentaron. Mi señora y yo escuchamos a doña María desde casa -le dijo el veterano radiofonista- y nos divierte mucho…No la abandone nunca.
El caso es que doña María montaba sobre uno de los caballitos del carrusel y éste se ha detenido con la muerte de don Vicente. Desde la grupa de madera pintada en vivos colores, y enjugando una lagrimita que le emborrona la sombra de los ojos, ve cómo el tiempo se nos escurre entre los dedos, y recuerda con cariño aquellas tardes de domingo en que aquella voz amistosa, todo equilibrio y señorío, anunciaba la victoria del Atleti.





Esta noche cenaba en Duende al aire libre en el porche. Tres faroles adosados a la pared acogían a otras tantas salamadras o salamanquesas- aclárenselo los comentaristas que lo sepan- cenando a su vez un variado menú de moscas, mosquitos, polillas y chinches de campo. Qué admirable técnica de observación y rececho de las víctimas. Qué rapidez de movimientos. Y qué adherencia la de las ventosas de sus dedos. Saltaban de uno a otro cristal de las farolas como la agilidad de Spiderman, para caer en el lugar exacto con la misma precisión que uno acababa de ver en la prueba de gimnasia de suelo que ha bordado ese fenómeno olímpico llamado Gervasio Defer. Abrían la boca, atrapaban la presa y a otra cosa, mariposa. Y sin medalla alguna como la que ha ganado nuestro gimnasta.


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