Archivos para 7 agosto 2008



Vivan las madres y los bebés de agosto

Embarazada

Embarazada

(Foto de Dennster)

¿Hasta qué punto es presentable colonizar la atención de los demás con asuntos propios?¿No pecamos de egoísmo los blogueros? ¿No sería más lógico escribir posts a la carta, según el gusto que alternativamente vayan marcando los lectores?

Apunta estas cuestiones el Duende desde un lugar de la naturaleza tan retirado, tranquilo y agradable para la vista que casi forzosamente se olvida del resto del mundo. Está pasando en el Mas del Puig, una masía perdida en la cordillera prepirenaica del norte de Barcelona. Desde aquí sólo se divisan olas de montañas cubiertas de pinos negros y valles donde abundan los robles, los nogales, los avellanos y los fresnos. Hacia el sur, imponente, más allá del antiguo pueblo minero de la Pobla de Lillet, se yergue el Pedraforca, una inmensa mole de piedra que marca el punto más alto de la contornada. En lugar de la horca que sugiere su nombre, uno hablaría de una inmensa muela erosionada en su mitad. A sus pies hay una placa dedicada al izard, que en catalán significa rebeco. Es el orgullo de la fauna local.

No un rebeco, sino una cierva y su bambi fue lo primero que ha visto moverse el Duende cuando asomó por la ventana esta mañana. Ramoneaban apaciblemente en el pasto. Es siete de agosto, pero la hierba aún está verde en estos pagos. Por el fondo del valle se escucha el tímido correr del agua. Es un torrente tributario del joven Llobregat, nacido unos kilómetros más al norte. Al margen de ese tímido rumor, se escucha sólo el graznido de un cuervo. El resto es silencio, porque aunque el sol ya despunta por la cresta de saliente aquí no se ha levantado nadie.

En estas condiciones uno tiende a ser egoísta. Anoche, cuando gran parte de España se cocía y en Zuera y Honrubia se chamuscaban – ya verán cómo empiezan a salir ahora los pirómanos acomplejados que no quieren ser menos que el Nerón de ayer-, aquí el termómetro marcaba quince grados. Demasiado contraste. Así que por solidaridad uno tuvo que acordarse de quienes deben de estar pasando la fatiga de ser madre en verano. Ahora que, gracias a la ciencia, hasta los hombres podemos parir, está uno más obligado a rendir homenaje a las bravas madres de agosto. ¡Parir con estas calores!…En ese afán han coincidido dos sobrinas del Duende y su nuera Sara, que lleva en sus entrañas a la primera hija de Juan, el jefe de mantenimiento de este blog. Que salga bien. Si el amor al hijo es proporcional al sofoco de su nacimiento, esta chiquilla, Camila, va a ser muy bien querida.

Pero no se preocupen si le ven en la piel una mancha helicoidal. Es muy posible que la niña traiga el antojo de un ventilador.

Verano del 52

Charco Verde de Arenas de San Pedro

Charco Verde de Arenas de San Pedro

Si uno volviera a ser niño y tuviera que elegir su veraneo favorito elegiría el que describe Gerald Durrell en Mi familia y otros animales. No sabe el Duende si es éste un libro para todas las edades o si cuando lo leyó, hará veinte o veinticinco años, aún latía mucha infancia bajo su aparente madurez. El caso es que lo recuerda como uno de los más apasionantes y divertidos de su biblioteca particular. Hubiera dado oro por atravesar marcha atrás el túnel del tiempo, reencarnarse en Geraldito y repetir la inolvidable aventura de viajar en los años veinte del pasado siglo desde su Inglaterra natal a la isla de Corfú. El libro, por lo demás, no tiene desperdicio: es la descripción con muy fino humor de una pintoresca familia británica, una crónica de viajes retrospectiva minuciosa y amenísima, y la narración del fascinante proceso de descubrir de la naturaleza por parte de un chaval despierto y capaz de asombrarse por casi todo. Durrell habla del mar Egeo, de algún paisano que creo que se llama Spyros, de burros, ratones, sapos, lagartos, lagartijas y peces, pero lo hace con tal genio y gracia que las criaturitas acaban siendo tan fascinantes como Ana Karenina o el comisario Maigret.

El Duende no llegaban en barco a su paraíso estival, sino en el directo, un autocar que hacía el trayecto Madrid-Arenas de san Pedro por la misma carretera que Pío Baroja siguió para escribir su novela La dama errante. El directo, normalmente cargado de paisanos y paisanas, cestos y hasta gallinas era infiel a su apodo, pues paraba en casi todos los pueblos. Y el viaje se hacía tan interminable como el de Durrell. Sorprendentemente uno no recuerda el calor, pero es fácil imaginar lo insoportable que se nos haría ahora un viaje así en un viejo autobús de línea renqueante con las ventanas abiertas como toda refrigeración. Una vez, al cruzar el puente sobre el Guadarrama que estaba en obras, el conductor detuvo el vehículo.

-Se bajen los viajeros -dijo en el mejor de los tonos posibles- Y, si no les sirve de molestia, lo pasen a pie, que la empresa no responde.

Todo lo compensaba, sin embargo, llegar a la casa de señor Paco, que era el casero. El señor Paco León era el guardia civil encargado de vigilar la cárcel, porque entonces en España aún había malvados y se les condenaba, qué cosas. Pero además tenía un hotelito de tres pisos. En el bajo vivia su familia y mantenían un bar con pista de baile y pikú. El del medio lo ocupaba la familia del Duende a la que se sumaban la tía Toly y el primo Juan. Y el alto estaba alquilado a otros veraneantes.

En la casa de al lado vivían dos gemelas que se llamaban Isabel y Pilarín, y un niño más pequeño que se llamaba Felisín. No había Cristianes, ni Sorayas, ni Vanessas entonces. Si había suerte nos invitaban a bañarnos en albercas para riego que había en las fincas vecinas. Si sólo había fuerzas -porque coches no había-nos estirábamos hasta el río Cuevas, que pasa por el pueblo, o hasta el Pelayo. Ahí había una poza natural de color esmeralda que ofrecía un baño de príncipes. Le llamaba el Charco Verde. Junto con Valen y Toñi, n dos de los hijos del señor Paco y la señora Mercedes, íbamos a los aserraderos de pinos y cogíamos listones sobrantes para construirnos puñales y espadas de madera. Por la mañana, dábamos vuelta al manubrio de la heladera del señor Paco para fabricar la leche helada. Creo que echábamos horas, pero al final nos lo premiaban con un vasito de aquella ambrosía de dioses, deliciosa y refrescante. Eso sí, era el vaso más pequeño, de diez céntimos. Por la tarde regábamos la pista terriza para preparar el baile. Por el pikú sonaban las hermanas Fleta, La Cumparsita, España Cañí y puede que Gloria Lasso y Luis Mariano. En uno de esos veranos el primo Juan, que ya era un mozo y tenía una nuez prominente, se echó novia.

-Mira, el Juan ye le muerde la oreja a la Maribel-comentaba la Merce mientras les veía bailar agarraditos.

No escuchaba el rumor de las olas, como Gerald Durrell, sino el insistente cantar de las chicharras, que era el animalito que teníamos más a mano. Aquello no era Saint Tropez ni Costa de los Pinos, ni el Duende navegaba en más barcos que los que moldeaba con la navajilla en cortezas de los pinos resineros. No era un veraneo literario, ni propio de la beautifull people, pero era un tiempo feliz. Quizás porque, cuando despertaba por la mañana, sólo había que pensar en jugar, y además tenía toda la vida por delante.

No se queje del calor africano

(Foto de Victor Ferrer)

El cura de un pueblo de Rioja ha maquillado a Santiago Matamoros. Para dulcificarlo y acomodarlos a los nuevos tiempos, claro. Consciente de que no está el horno para bollos, ha desprovisto a la talla del apóstol de su espada. Ya no mata infieles: dialoga con ellos.

También en su día la RAE limpió de su diccionario algún término ofensivo. Si un listo le guinda el aparcamiento por un despiste suyo, usted puede ser víctima de una cabronada, pero no de una judiada, sustantivo que dejaba en mal lugar al pueblo hebreo.

Los doctos académicos no son tan políticamente correctos en otros vocablos, pues no consta que hayan acabado con los moros y cristianos como sinónimo popular de las judías pìntas con arroz. Claro, que hay que abrirles el camino. Si unos juerguistas contumaces le han orinado o vomitado a la puerta de su casa -¿qué alcalde le pondrá alguna vez el cascabel al gato del botellón?- llámeles sucios o cochinos. Pero no marranos, que aún permanece como sinónimo antiguo del judío converso español o portugués.

Por eso no entiende el Duende que a estos cuatro días sofocantes que nos afligen le llamen en los medios calor africano. Se ve que el sartenazo de la canícula le ha pillado a al Comité de Corrección del Gobierno de vacaciones, porque de otra manera hubieran actuado de inmediato. Aún así, conviene anticiparse, porque lo mismo que en democracia la forma es parte del fondo, el lenguaje también condiciona la realidad.

Y no es coña. Estas noches el Duende tardaba en conciliar el sueño. Erróneamente creyó que era por culpa del calor africano. Hasta que pensó que era el tiempo propio de la Alianza de Civilizaciones y, con el alma en paz, se durmió tan fresco.

Condenados a soportar al Hombre-Mierda

(Foto de Steve_Way)

El señor Jenaro Balanzategui había salido a la calle a sacar dinero del cajero automático. Cuando hubo retirado la tarjeta y sus doscientos euros notó a sus espaldas una pestilencia insoportable. Volvió la cabeza y vio un molde con rasgos y movimientos humanos encubriendo un montón de materia orgánica putrefacta.

-Qué asquerosidad-pensó tapándose las narices-Debo de estar en una de esas películas que tanto le gustan a mis nietos.

De Matrix a esta parte don Jenaro comprendía que una de las claves del cine que gusta a los jóvenes de hoy es que no hay que comprender nada. La costura de estas películas es en buena parte el absurdo, de manera que en un mismo filme pasan de la realidad a la ficción y nadie demanda un hilván de lógica. En la última a la que le llevaron mezclaban a La Masa con el Hombre-Arena, y aún creía que aparecían por ahí un Hombre-Fuego, Spiderman y la mitad del elenco de superhombres de Hollywood. Don Jenaro se permitió insinuar alguna vez a sus nietos que, puestos a rizar el rizo, los guionistas de Hollywood podían añadir a la merdée algún héroe de su época, como el Guerrero del Antifaz o Roy Rogers. Pero eran malos tiempos no sólo para la lírica, sino también para la épica. En la era de la provocación, lo que procedía era enriquecer esa merdée lanzando precisamente a la fama al Hombre-Mierda. Y ese era justamente el personaje que se había colado en su guión del día.

Aún no repuesto del susto, se dirigió a la confitería. Al entrar en ella notó que no le llegaba el delicioso aroma de crema pastelera, como era habitual. Y la respuesta se la dio una clienta que abanicaba a Loli, su dependienta favorita, que yacía desmayada en el suelo.

-¡Qué espanto!-le explicaba la señora- Ha venido por aquí el Hombre-Mierda y no ha podido soportarlo.

A lo largo del día corrió la voz de que este personaje había sido visto haciendo lo que muchos otros ciudadanos. A una hora leía el periódico en el Bulevar. Luego tomaba el sol en la playa. Poco después se le veía de poteo en el Barrio Viejo. Jenaro estaba escandalizado, pero después de comentarlo con varios de los conocidos con los que se cruzó en la calle, había llegado a la misma penosa conclusión.

-¿Y qué hacemos, si no contábamos con que la especie humana derivara en tanta mierda?

Con ese desasosiego y la bandeja de pastelillos para su señora regresó a su casa. Se disponía a pulsar el botón del ascensor cuando alguien abrió la puerta y se coló. El hedor que le había perseguido en su paseo mañanero se hizo aún más insoportable.

-Soy el nuevo vecino del tercero -se presentó aquélla hez en forma de hombre-Mi profesión es terrorista excarcelado, y soy responsable de haber matado a veinticinco personas. Así que si me necesita para alguna vileza, fechoría o canallada, ya sabe donde me tiene.

Jenaro Balanzategui recordó entonces que su apellido derivaba del símbolo de la justicia, y que su abuelo había sido magistrado. Errare humanum est -le decía cuando alguien criticaba los errores de los tribunales. Y él lo confirmaba ahora.

Cuando, con mano temblorosa, giró el llavín para entra en su casa, pensaba en voz alta.

-La sentencia que condenó a este vecino estaba mal redactada. Lo suyo es que hubiera dicho: condenamos al reo a veinte años de cárcel. Y otrossí condenamos a sus vecinos y conciudanos a soportar a ese hombre-mierda por el resto de su vida.

Esos amigos que se dejan caer por tu casa de verano…

(Foto de henribergius)

En el Congreso de Amigos de la Hospitalidad con los Amigos se debatieron ponencias de lo más variadas.

-Pues el amigo que se nos presentó en la casa de Marbella se ponía a tocar el clarinete en el porche. Mañana tras mañana machacándonos con El conejo de la Loles en versión John Coltrane. Tuvimos problemas con los vecinos, imagínate…¡Qué bochorno!

-Nosotros recibimos a unos íntimos amigos. La pena es que ella se negaba a tomar la ensaladilla rusa con mayonesa casera, y había que hacerle una especial con mayonesa de bote. Y él tenía la feísima costumbre de dejarse la dentadura postiza en un vaso de agua sobre el taquillón del pasillo. Vamos, quién lo iba a imaginar en una pareja tan estupenda…

-Nosotros hospedamos a un íntimo amigo de Alfredo que padece del mal de Stendhal. Mira que nos encanta quedarnos en el jardín y no hacer nada. Pues imposible: él no paraba, quería que le acompañásemos a todos los monumentos de la contornada. Aunque sólo fuera para comprobar que las piedras seguían ahí. Jesús, qué fatiga de verano.

-Queríamos dar la vuelta a Ibiza en el barco y resulta que nuestro invitado se mareaba. Así que, como es maratoniano, cubrió las etapas por tierra mientras nosotros teníamos que esperarle fondeados a que llegara. Un coñazo, para qué engañaros.

Todos los ponentes tenían amigos o parientes a los que gentilmente habían ofrecido su hospitalidad en verano. Con distintos matices. Los más prudentes, advirtieron de que llamaran antes para comprobar que había habitaciones libres. Otros, los más audaces, sin condiciones. Aquello tan espontáneo de cuando quieras, el tiempo que quieras y sin avisar, porque ahí tienes tu casa. Qué peligro. La inmensa mayoría de los congresistas reconocieron que nunca pensaron que los invitados cumplieran la amenaza de presentarse. Pero siempre hay alguien que le toma a uno la palabra.

En estos casos, el generoso anfitrión confía en que la sensibilidad del huésped coincida con la suya. Y que éste sepa ajustarse a los horarios, dar la conversación justa, colaborar incluso en la compra o en la cocina y, cuado llega la hora del reposo, retirarse a tiempo o tomar un libro y ponerse a leer bajo la sombra del tilo sin dar la lata a nadie. Desgraciadamente casi nunca es así. Y, entre los dos modelos extremos del visitante indeseable, no hay consenso sobre cuál es el peor: si aquel no se mueve de tu lado porque no sabe qué hacer, o aquel otro que no te deja parar porque cree que sus anfitriones son sus guías de viaje.

Sin haber asistido al Congreso, el Duende quisiera atender a las numerosas invitaciones que ha recibido para pasar unos días con sus amigos. Pero no sabe hasta qué punto lo son tanto para soportar sus flaquezas. Por eso verá pasar agosto con cautela, sin abusar del privilegio de ser el invitado que amaga y no aparece. En su memoria infantil, aún guarda el recuerdo de un cenicero de cerámica popular que algún invitado irónico había dejado en su casa paterna. Se veía a un paisano agitando el pañuelo a un tren que se alejaba con esta poética leyenda:

LOS VISITANTES DAN ALEGRÍA, Y CUANDO SE VAN, MÁS TODAVÍA

Sean sinceros…¿Y la alegría de no verles aparecer?

¿Quién jubila al jubilador de Fernando Argenta?

Dijo unas palabras, no muchas, y dejó hablar a la música.

Entre la gente de la radio hay gente de discurso y gente de pinceladas sueltas. Academia versus lenguaje de la calle. Fernando Argenta estaba entre los segundos, y, salvando las distancias, el Duende estima que también lo estaba él. Pretéritos imperfectos. Ambos se desmadejaban a mitad de frase, metían la gamba, bromeaban, se reían, a veces provocaban al personal. Pero el repertorio que asomaba por la chistera al compás de su varita mágica -más propiamente batuta- de Argenta era de otro calado que el de mi alter ego. No es lo mismo el sonido de los políticos, o de Braulio, o del padre Bonete o de la misma doña María, que la voz de Bach, Beethoven y Brahms. En la nebulosa en la que uno vislumbra su fe, no puede imaginar el cielo sin la música. Si algún día asoma por ahí y luego resulta que Dios no tiene oído, el Duende pedirá billete para el infierno. Aunque le condenen a escuchar al Chikilicuatre y a los del Río por los siglos de los siglos.

Siguió el Duende la despedida de Clásicos Populares con silencio, emoción y empatía por los que no quisieron pronunciar la palabra adios. El sublime allegretto de la Séptima de Beethoven, el adagio de Samuel Barber, el Ave Verum de Mozart, el tercer tiempo de la Tercera Sinfonía de Brahms -hay un post del Duende dedicado a este tema- un aria de la Pasión según san Mateo, el dúo más famoso de La Verbena de la Paloma, el tercer tiempo de la Novena -reenganchado después de que se interrumpiera misteriosamente en el fraseo más lírico de este tema…Sonaron interrumpidamente hasta el final. Sobran adjetivos. Si no lo escucharon la tarde del adiós, háganlo cuando puedan y entenderán por qué los creadores de estas joyas musicales consiguieron ser primero clásicos y, gracias a Fernando, también populares.

Debe confesar el Duende -y apela a los seguidores de Argenta para calmar su curiosidad- que no identificó dos piezas de la ofrenda musical de despedida. Una, la primera aria de ópera que sonó en el programa. Dos, la que lo cerró: una composición contemporánea que combinaba una preciosa voz femenina con los coros de una misa en latín. Algo muy sentido debía de cantar la solista, que probablemente -pura intuición- lo hacía en hebreo.

Por lo demás, la hora se fue en suspiros y reflexiones. Una sobre la estolidez de quienes acuñan una asignatura que se llama Educación para la Ciudadanía y no hacen nada por salvar en la radio y en la televisión públicas algo tan formativo para la sensibilidad y el entendimiento como lo que hacía Argenta. Y por cuatro perras. La otra recordaba el viejo adagio de que detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer. No le pega a Fernando eso de gran hombre. Tiene muchos defectos. Sin ir más lejos, es del Madrid, lo que al Duende le rompe todos los esquemas. Sin embargo no hubiera llegado tan lejos nuestro amigo sin tener a su lado a una mujer como Toñi. Lo importante no es que ella sea también una gran amante de la música y la mejor crítica de los programas de su marido. Sino que está tan enamorada de éste que ve en él la chispa de Mozart, el romanticismo de Beethoven, la hondura de Bach y la sensibilidad de Carlos Kleiber multiplicados por cuatro. Y todo ello envasado en un body que convierte a George Clooney en un pitufo. Va a tener razón Pascal: el corazón tiene razones que la razón desconoce. Lo que no desconoce la razón es que la de Fernando Argenta es una jubilación que debería acabar jubilando al jubilador.

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