Archivos para Septiembre 2008

Croquetas frente a la crisis

El presidente Zapatero está reunido con sus dos vicepresidentes (vicepresidente y vicepresidenta). Y, como es lógico después del fiasco del plan Bush para salvar la economía, dan vueltas a cómo vadear la crisis. En esto tercian las croquetas de Puri, que el Tesoro Público ha sacado a colación en una campaña de publicidad y que tanto ha mosqueado a la ministra de Igualdad. Qué error, qué inmenso error: abundan en la imagen de la mujer que ella trata erradicar. ¿Una mujer que hace croquetas? ¿De qué estamos hablando? Puri se dedica a la física cuántica, a la investigación de células madre o, como poco, a hacer desmontes con la pala excavadora. El presidente da la razón a Bibiana Aído, pero, como gran prestidigitador dialéctico, da la vuelta a la croqueta y ve en ella una buena idea -¡al fin!-para aliviar la situación que nos aflige. Recordemos el valor de la croqueta -le dice a Solbes- Difundamos el mensaje de que la desaceleración -nunca crisis- es más llevadera si las familias (y los familios) aprovechan a fondo el hueso del jamón, el pescuezo del pollo y las raspas del pescado para dar más sabor a este espléndido plato de la cocina tradicional. Contra el muermo de los pusilánimes y el catastrofismo de los antipatriotas, croquetas, croquetas para el bienestar.

Esto es un delirio, o una parida de las que Javier Capitán y el Duende aún se guisan a diario. Pero tiene su sustancia. Mientras que Forest Gump decía que la vida es como una caja de bombones, el Duende piensa que cada día es como una croqueta. El rebozo pinta más o menos parecido, pero luego le metes el diente y la cremosidad y el sabor de la bechamel marcan las diferencias.

Curiosamente en croquetas los grades pontífices como Adriá, Arzac o Subijana tienen mucho menos cartel que la Puri del spot o nuestra madre, pues de la misma manera que todos los españoles creen jugar al mus mejor que nadie, las croquetas que hacían sus mamás son siempre las mejores del mundo. Sólo tenían un inconveniente, al menos en los tiempos de austeridad que marcaron aquellas infancias de posguerra: eran demasiado pocas. En las cenas de familias numerosas, raramente sobraban, con lo que eliminaban el placer de la tornacroqueta, esa croqueta trasnochada que, a mitad de la mañana siguiente y con un vaso de vino, hace un tentempié insuperable. La croqueta, como el frito de merluza, es de los pocos manjares que dejá vue, gusta tanto o más que la primera vez.

En su simpleza, la croqueta -o cocreta, o cocleta, que de todas formas se dice- nos acabará dando una lección de filosofía práctica. Y es que no hace falta gastar mucho para ser feliz en la mesa. Al menos los diez minutos que puede durar un plato de ese manjar del que, como santa Bárbara, sólo nos acordamos cuando truena la economía.

Una dama entre hoyancos

Poyales del Hoyo

Poyales del Hoyo

(Foto de Joyanco)

Soledad es una distinguida dama malagueña de ojos azules y porte de heroína de cuento de Chejov. Buscaba su refugio en el campo. Soledad se crió en la vega de Antequera, pero ha ido a dar por lo que al sur de Avila llaman las vegas del Hoyo. El Hoyo es la forma coloquial con la que los paisanos hablan de Poyales del Hoyo, un pueblín tranquilo y guapo aún no masacrado por los desmanes urbanísticos, que queda entre Arenas de San Pedro y Candeleda. Poyales se queja desde tiempo inmemorial de ser un pueblo sin término municipal. Toda la tierra que se extiende a sus haldas se reparte entre Arenas, cabeza de partido, y Candelada. A cambio, sale en algunos escritos de Pío Baroja, que en su novela La dama errante describe minuciosamente un viaje en caballerías por lo que hoy es el trazado de la comarcal Alcorcón-Plasencia. El impío don Pío, como le llamaban los observadores del antiguo Indice de los libros prohibidos, mencionaba las alcantarillas a cielo abierto de Poyales que, como en tantos pueblos con arroyos serranos, corrían por entonces sin el menor complejo contaminante. No se preguntaba en cambio el gentilicio de los lugareños. ¿Poyalenses? ¿Poyaleros? ¿Hoyeros?

-Hoyancos-aclara Soledad al Duende.

Velay, para esto sirve un blog. No te acostarás sin saber una cosa más, que decían las abuelas. Y hasta ayer no sabía el Duende que los nacidos en Poyales del Hoyo eran hoyancos. El patronímico debe pronunciarse con hache aspirada, como se habla en esta tierra, que modela una especie de extremeño-toledano peculiar. Algo así como un castellano levemente glaseado de sonidos lejanamente andaluces. Se escribirá hoyancos, pero se pronuncia joyancos. Lo cual al Duende le remite al pueblo de Julio César Iglesias, zamorano de Fermoselle, quien públicamente confesó en antena que a sus paisanos les llamaban foyacos o follacos, que malsuenan igual. Hay que ver lo que mandan determinados instintos, con lo fermoso que podría resultar el gentilicio de Julio.

Soledad es lectora de este blog, y en la conversación terminológica se le filtra la curiosidad por la aparición de Homper, del que sospecha que es un trasunto del Duende. Le cuenta éste que está entre el uno, su circunstancia y la teoría de las matriuskas literarias: el que escribe va sacando de sí criaturas que, por no dar pistas, alumbran otros hijos que, a su vez, prolongan la descendencia con la esperanza de camuflarse del todo. Homper es, sobre todo, el hombre perplejo. Y ya que va el día de gentilicios, su pregunta es cómo se llamarán los de Jódar, los de La Mamola, los de Guarromán, los de Cabezón de la Sal y los de una aldea asturiana por la que pasó este verano que se llama Las Puercas.

En todo caso el topónimo no condiciona el carácter. Nadie podría imaginar si no que el alma sensible del gran Federico García Lorca también bebió de un pueblo que se llamaba Asquerosa, donde su familia poseía tierras y él pasó muchas temporadas. Hoy Asquerosa se llama Villarrubia o Valderrubia, pero por los pueblos que han cambiado de nombre ya se preguntará otro día nuestro gestor de perplejidades. Y si es alrededor de un café con porras recién hechas, como en la mañana de ayer con Soledad, mejor. Lo recomienda el adagio latino: primum vivere, deinde filosofare.

La estatura de Paul Newman

Tendrán que hacer con la de Paul Newman otra cara como las de Mount Rushmore - piensa Homper. Ha visto Homper esas caras, como las hemos visto todos, en muchas películas. Cuatro enormes rostros tallados en las rocas, que corresponden a Washington, Jefferson, F. Rooswelt y Lincoln. Se supone que era grande el mérito de los así representados, pero…¿y el de los canteros que los esculpieron? No han pasado a la historia, aunque los dueños de esos rostros sí lo hicieron. Fueron políticos. Y a pesar de eso, pásmense, héroes de la joven nación estadounidense.

Los americanos son así, tienen sus héroes y están encantados con ellos. Hasta John Wayne, vaquero eterno apodado el Duke, sobrevive en una estatua ecuestre en el pueblo donde nació. Wayne era alto, y en sus western crepusculares claramente barrigón. El caballo le quedaba canijo, como de juguete (casi todos los caballos de las películas del oeste lo son, fíjense), pero aunque en Europa nos cargaba por ser de derechas y amigo de los boinas verdes, en el país del tío Sam era considerado como un símbolo. Y allá -o más allá- le tienen, inmortal en su estatua, como si de un emperador romano se tratara.

Había sin embargo en Wayne un pelo de gañanía y unos andares de chusquero que le impedirían ascender hasta el Olimpo. Se entiende que los dioses, además de sabios, inteligentes y bellos, deben irradiar bondad y nobleza, y de entre todos los astros del cine nadie se pudo comparar en este aspecto con Paul Newman. Sus azules ajos hacían derretirse a las mujeres. Su sonrisa, directamente, las desmayaba. Homper mismo ha tenido que hacer esta noche de SAMUR psicológico a distancia: alguien le había dicho que en el popular bloque de Los Arándanos su muy querida doña María cerraba un sobre destinado al Señor Juez conteniendo un lacónico mensaje. Señor juez, por la presente le comunico que servidora se dispone a suicidarse ingiriendo un cotail de Fairy con barbitúricos, pues con todos los respetos pa mi Manolo, la vida sin Paul Newman no tiene sentido. Se despide de usted suya afetísima suicida y servidora, María, gladiadora del hogar y gruesa de los nervios. No se precipite, María-le dijo Homper. Si usted se había enamorado de él sin verle jamás, ahora aún sentirá más intensamente. Porque vamos a tener Paul Newman hasta en la sopa.

No en la sopa, pero sí en una salsa con su rostro impreso en la etiqueta está desde hace tiempo el inolvidable actor. Como es sabido, creó una salsa que en Estados Unidos se vende como churros, y el dinero lo destinó a fines sociales. Por eso, y por sus excelencias como actor, nos caía bien incluso a los hombres. Sólo en Camino de perdición le recuerda uno de villano, pero su físico desparramaba tanta nobleza que costaba creer que sus víctimas no merecieran morir asesinadas.

Un amigo de Homper, más bajito que él, pero bastante más importante, asegura que en un ascensor de San Francisco coincidió con Newman, se puso a su lado y se quedó encantado al ver que le superaba en algún centímetro. Dará igual: desde la tierra  todos los del Olimpo parecen igual de altos. Aunque éste, por ser del mismo país donde esculpen a sus glorias en las montañas, merecería la misma grandilocuencia monumental aquí en la tierra como en el cielo.  Newman  del lado derecho, Newman de frente, Newman del lado izquierdo. Talladas en piedra y para la eternidad. Tres versiones como las de Mount Rushmore de un tipo más bien bajito que supo alcanzar la estatura de los dioses

¿Qué te vas a poner para la boda?

Le cuenta doña María al Duende que eso de la igualdad entre el hombre y la mujer es mu correlativo. En su jerga, quiere decir que regulín regulán, unas veces más y otras menos, y se apoya en el ejemplo de Meli, una vecina del bloque los Arándanos que se queja de que mientras los hombres llevan generaciones solucionando el problema de qué ponerse en las bodas con un traje oscuro del que nadie comenta nada, ellas tienen que desvivirse por aparentar que estrenan uno cada vez. Otra injusticia, otro sinvivir, otra poblemática más de de espaldas al pueblo y, mayormente, a la mujer.

Da la casualidad de que Meli trabaja como señora de la limpieza en el complejo de Moncloa, como llaman los periodistas al conjunto al palacio presidencial y los edificios anejos. Entre sus compañeras de trabajo causa asombro el fondo de armario de la principal impulsora de la igualdad, que es la vicepresidenta María

Fernández de la Vega... ¿vestida de Dña Maria?

Fernández de la Vega... ¿vestida de Dña María?

Teresa Fernández de la Vega. Ellas han hecho circular la leyenda de que bajo sus oficinas existe un túnel secreto que perforaron en la guerra civil para el asedio de Madrid que ha sido acondicionado como armario ropero de la vice. Ya ves si tiene fondo su armario pa que pueda estrenar un modelito cada vez que da una rueda de prensa. La vice tiene fama de trabajadora discreta y eficaz, y probablemente lo sea. Pero a Meli y a doña María no se les escapa que es, además muy coqueta. Tanto como profundo es su fondo de armario, donde deben de caber un número de  modelitos al  que las gladiadoras del hogar corrientes y molientes difícilmente podrán aspirar.

Así las cosas…¿cómo van a lucir igual todas las mujeres, si la más importante de las españolas parece que estrena un modelo cada día? Podía neutralizar esa injusticia la señora de la Vega insistiendo en que sus aliños indumentarios son  servidumbres del cargo, y difundiendo el mensaje de que las distancias entre el hombre y la mujer se acortarán cuando las doñasmarías pasen y puedan ponerse un único traje suntuario sin ser  objeto de comentarios malignos. Pero nadie dice eso, y tanto a Meli como a doña María se les presenta un otoño picudo. Ya ves -se quejan al Duende- Estamos en crisis, cuatro bodas a la vista y el armario de servidoras con menos fondo que una caja de bombones. ¿A qué espera Zapatero para ayudarnos a mantener la buena imagen de la mujer española?

Lo que nos faltaba. Un Cheque Model guay con cargo al déficit público  para que Meli, María y compañía se acerquen, al menos por el forro, al ideal igualitario que persigue nuestro gobierno. Y aún así, ellos en su traje oscuro reventón no ocultarán su tripa cervecera, mientras que ellas seguirán haciendo régimen por lucir buen tipo. ¡Ay, Señor, cuán largo es el camino de la igualdad!…

Diego I el Grande

Perplejo está hoy Homper por la falta de sensibilidad social. ¿Cómo es posible?-se pregunta- que no figure con letras de oro en el gran libro de la historia? ¿Cómo no se le ha levantado un monumento? ¿Cómo no se le estudia en las facultades de ciencias políticas? Y tira de ejemplos: Alfredo el Grande: rey de los anglosajones (849-901): Consiguió la unidad de Inglaterra. Federico el Grande (1712-1786): impulsó la prosperidad de Prusia tras la guerra de los Siete Años. Pedro el Grande (1672-1725), el gran reformador que modernizó Rusia y la abrió a Europa. Catalina la Grande (1684-1727), anexionó Crimea y gobernó difundiendo los principios de la Ilustración. En diversos y distantes puntos del globo terráqueo, todos los citados tienen un monumento que recuerda su aportación a la humanidad. Pero bien mirados -añade Homper- todos se quedan en nada cuando se les compara con Diego I el Grande.

Consulta el Duende la enciclopedia y no encuentra entrada alguna dedicada a este prócer. Lo que Homper, que se afana en hallar respuestas a todas sus perplejidades, está dispuesto a enmendar subiendo a la Wilkipedia una biografía que podría quedar más o menos así: Diego I, conocido como el Grande. Rey de la dinastía de los Desfachatoff especialmente relevante por su cinismo y caradura. Aportó a la historia de los gobernantes el dontancredismo, complementario de las virtudes de El príncipe de Nicolás de Maquiavelo, consistente en la facultad de mentir y desdecirse (dígase mejor “matizar lo dicho”) sin sentir el menor rasgo de vergüenza o remordimiento.

Aplicaciones recientes: Zapatero, Bermejo y Conde Pumpido ven con otra óptica a Arnaldo Otegui. Ya no es un hombre de paz, sino un terrorista. ANV deja de ser una organización política y pasa a ser un cubil de delincuentes. Gallardón olvida sus promesas faranoicas de convertir la orilla del Manzanares en los jardines de Babilonia y entierra el proyecto hasta que la crisis escampe. Y por último el ínclito, el prestigioso Pedro Solbes, el sabio de los sabios que, o no sabía nada de economía o lo que tenía no era un ojo caído, sino más bien los dos cerrados, dice que nunca negamos la crisis. Donde dije digo, digo Diego: Santa Coloma parió por un deo-remata Homper-y no me lo creo.

Lo dicho, tantos grandes con su estatua y con su hueco en la Enciclopedia y para este socorrido héroe civil ni una plaza, ni una calle, ni una mala estatuilla. ¿Para cuándo la reivindicación de Diego I el Grande?

Fantasmas encantadores

El Castrillin

El Castrillín

El arquitecto Carlos Aguayo, que es además un fino dibujante y acuarelista, comentó una vez que en la casa que comparte con su muy distinguida esposa Maribel en el asturiano concejo de Cudillero hay fantasmas. La casa es un sólido edificio de planta cuadrada arreglado con gusto y con el espacio y la pátina suficiente para que en él moren leyendas y retoce algún espectro travieso. De hecho varios huéspedes aportan testimonios de sus misteriosas visitas. Aldabonazos, ventanas que se abren solas, llamadas a la puerta del cuarto de baño que no hace nadie. No asustan, pero intrigantes sí que son, caramba.

Los dueños de la casa no le dan la menor importancia. El inquieto señor del Castrillín -es el nombre de la finca-que anda con el síndrome de la ansiedad del lápiz y lo garabatea todo a nada que encuentre un minuto de reposo, dice que no ha captado en sus cuadros una sola sombra sospechosa. A él, que no se le escapa una. Además hace unos meses realizó una prueba definitiva para despejar sus dudas. Por la noche dejó a la entrada dos bandejas con dos aperitivos distintos. En una bandeja preparó un plato de jamón de la sierra de Huelva en finas lonchas junto con una botella de Viña Ardanza de 1992. En la otra, un plato de mortadela de economato, de esa rosácea trufada con aceitunas, junto con una botella de Ponche Caballero. A la mañana siguiente la primera bandeja apareció intacta, mientras que no quedaba ni rastro del contenido de la segunda.

-No hay fantasmas, está claro-concluyó- No serían tan tontos como para elegir la bandeja número dos.

Anwar Rashid, un hombre de negocios árabe sólo ligeramente menos próspero que el arquitecto Aguayo, había comprado una mansión en Nottinghamshire por el módico precio de seis millones y medio de dólares. Se ha desprendido de ella porque dice que hay fantasmas. La noticia sorprende al menos por dos razones. La primera es que cómo podía imaginar Rashid que una mansión inglesa de categoría careciera, como mínimo, de un fantasma de plantilla. La segunda es que en realidad el hombre ha renunciado a su propiedad, pues había comprado la lujosa residencia con una hipoteca cuyos cuantiosos plazos no está dispuesto a pagar.

Y es que la crisis no es que esté fulminando al sector inmobiliario, sino que a este paso acabará hasta con los fantasmas. Homper se quedó perplejo hace unos días cuando un amigo que vive en un modesto chalet le contó un suceso vivido digno de un cuento de Nataniel Hawthorne o de Stevenson. El día de la gran granizada alguien llamó a la puerta de su casa. Contó que abrió y que se encontró a una dama de pelo blanco y porte distinguido, elegantemente vestida, que se protegía de la lluvia con un largo capote y un paraguas de puño de marfil labrado. Nada más verla comprendió que era un espíritu del pasado. La dama pidió refugio, y él le dejó pasar y le ofreció un te caliente. Lo aceptó encantada, y entraron en conversación. Y ella le contó que era un fantasma sin casa donde aparecerse.

-Ha venido esa enemiga que llaman hipoteca, que está imposible, y está acabando con mis colegas…¡Ya ve usted lo de Rashid en Clifton Hall!…¿Qué va a ser de nosotros?

El amigo de Homper la encontró tan educada y encantadora que le ha hecho un hueco en su chalet. Y antes de devolvérselo al banco, como el millonario Rashid, ha llegado a un acuerdo con ella y ahora es la mujer fantasma la que paga la mitad de su hipoteca.

La coronilla de Ibarreche

Una de las cosas que más perplejidad le causó en su día a Homper -el Hombre Perplejo, no lo olviden- fue un ascensor del Banco Santander donde por primera vez pudo verse al completo. No fue la suya una visión tan desalentadora como la del retrato de Dorian Gray, pero tampoco precisamente agradable. Los bancos siempre deben mostrar su opulencia en cualquier detalle. Y aquel ascensor no se conformaba con espejos en las cuatro paredes, que tanto alivian el gesto de bobo serio que indefectiblemente pone el viajante de Schindler, Otis Zardoya o Thyssen. Aquel ascensor lucía además un espejo en el techo que reflejaba en sus paredes la primera visión cenital del visitante.

-Horror-exclamó Homper-¡Me apunta una coronilla como la de Ibarreche!

El lendakari Ibarreche es el más alto representante del pueblo vasco. Eso no es incompatible con su aspecto de fraile figurante en El nombre de la rosa. En esa cabeza, lo que empezó siendo una digna tonsura monacal se va convirtiendo en un casquete polar que día a día gana paralelos hacia el sur. Sin embargo, la coronilla de Ibarreche es selectiva. Se supone que, a más superficie de la misma, mayor sensibilidad para el hartazgo. Y no es exactamente así.

El Lendakari está hasta la coronilla de España, el estado, la Constitución, el Tribunal Constitucional y la rigidez de esta democracia que no permite el ejercicio del derecho de autodeterminación. Pero sin embargo no parece que su coronilla extensiva llegue a percibir los excesos del nacionalismo que dan alas a ETA. Estos siempre le sorprenden como si él hiciera todo lo posible por evitar los desmanes terroristas. Si no, algún día declararía tajantemente que también está hasta la coronilla de ETA y sus marcas blancas, le den o le quiten votos y poder en el gobierno autonómico, los ayuntamientos y las diputaciones.

Otro alopécico vergonzante como Anasagasti descubrió que los etarras eran terroristas el día que su anciana madre casi se chamusca en un autobús urbano que incendió la llamada kale borroka. Hasta entonces quizá confundía a los cachorros de ETA con los boy scouts. Y Homper tampoco lo entiende. Cuántas coronillas, tan despejadas o más que la suya, y sin embargo tan insensibles para lo que no les interesa.

Homper hace tiempo que no ha vuelto por aquel ascensor delator. Y aún sin ese testimonio visual se ha dado cuenta de que con su calvicie también avanzan los límites de su paciencia. Por eso hoy puede afirmar con absoluta seguridad que está hasta la coronilla de todos los tontos, cínicos, hipócritas y engañabobos que cuando les convienen disfrazan la suya bajo la chapela.

-Ya se que no sirve de nada decirlo-aclara Homper-Pero en días tan aciagos como hoy, al menos desahoga…

Reivindicación del higo

(Foto de JCuerva)

Homper hubiera querido ser de pueblo. El que nacía en un pueblo en la España de la posguerra quizás tuviera menos oportunidades de hacer carrera que el urbanita, pero al menos tenía muy claras sus referencias. Aquí el ayuntamiento, allá la torre de la iglesia, más allá el prado de la tía Tomasa, en el pilón de la plaza el burro del tío Culomelón abrevando. Arriba el cielo, con el sol y las estrellas, abajo el camino, el río, la siembra, el huerto. Si trabajabas, sobrevivías.¿Y en la ciudad? Si la aventura salía mal, vuelta al pueblo. Era mejor y más entrañable ser de pueblo.

Además, los pamplonicas o los de Salamanca estaban orgullosos de su ciudad, pero a los madrileños les parecía que ser de la capital era como no ser de ningún sitio. Tan grande, tan embarullada, tan desparramada. Luego se puso de moda y alguien sentenció que Madrid me mataba, no se sabe si de un colocón, de quedarse sin respiración al ver el precio de la vida o de un ataque de nervios en cualquier atasco. A Homper sin embargo le seguía molando más pensar que tras guardar el tractor y lavarse para vestirse de bonito, en el pueblo quedaba la alameda. Por ella se podía pasear abrazando a la moza mientras se escuchaba el murmullo del río y del viento en las hojas de los álamos.

Pero en último lugar, como argumento definitivo, estaba el hecho de que en Madrid no era posible encontrar una higuera cuellodama y coger de sus ramas un higo en sazón para comérselo allí mismo. Sin pelarlo siquiera, que es más saludable para el tráfico intestinal.

Homper se lo recomienda vivamente. Un higo maduro robado directamente a su higuera madre es uno de los bocados más deliciosos del paraíso, y un argumento de peso que abona el buen tino de su inventor. Es el fruto perfecto: sabroso, nutritivo, fácil de comer y no demasiado caro. Pese a ello, en su pueblo de adopción, que es Candeleda, donde hay higueras por millares, no hay manera de que lo sirvan de postre en los restaurantes. Parece que mola más la tarta al whisky de Comtessa. Qué ninguneo al exquisito higo.

Reividiquemos su gloria: coman higos. No está muy claro de si se los debemos a Dios o al big bang, pero en tanto aclaramos las dudas, disfrutemos del placer de esta fruta maravillosa que, a pesar del deleite que produce, no es pecado mortal.

Sexo, Revilla y citas de Gala

Fiel a su condición de hombre perplejo, se pregunta Homper a menudo cómo es posible que en este blog se hable tanto de Freud y tan poco de sexo. ¿Pues no decía don Sigmundo el del diván -se pregunta- que el sexo condiciona todas nuestras conductas? Le explica el Duende que él es hijo de la generación del pudor, que otros exageran y llaman sencillamente represión. Cuando él se cocía como el pan en el horno, el sexo tal vez se practicaba poco. Y fuera del matrimonio, casi siempre en las casas de citas. Algunos mantienen que eso no es cierto, y que se disfrutaba tan fervorosamente como ahora. Pero si eso es verdad, se aireaba mucho menos.

El caso es que por aquello del temor a las llamas del infierno o al soplamocos del confesor, las pulsiones del erotismo se pasean desde entonces muy discretamente por uno y su circunstancia. Después de más de medio siglo de desinhibición relativa, al Duende le encanta recordar que el sexo, como decía Parménides, sólo debe ser desenfrenado e hiperbólico dentro de la alcoba. La cita es absolutamente inventada, y su autor no tiene ni idea de si Parménides echó polvo alguno a lo largo de su vida. Entiendan sin embargo los amables lectores que hacer filosofía del sexo sin apoyarse en un clásico es como ligar una salsa española sin ajo y aceite, motivo por el cual la licencia es disculpable. Tan disculpable como el histrionismo de Revilla contando en el programa de Buenafuente el desprecintado de su virginidad o los subterfugios perfumados de Antonio Gala para abordar el espinoso asunto de la sexualidad de sus heroínas, tras las que probablemente late la suya propia. Qué tormento. Se lo imagina uno como el idilio de un tocino de cielo con un erizo de mar.

Antonio Gala ha salido de la Baltasara para promocionar Los papeles de agua, con el que probablemente no le darán el Premio Cervantes ni tampoco el de la Crítica. Es presumible que se la refanfinfle, si es que en él cabe expresión tan grosera, porque a Antonio, aunque le niegue el pan y la sal la Academia, es idolatrado por el pueblo, al que ha sabido venderle muchos libros emulsionando historia de España con suspiros y sollozos á la maniére de Corín Tellado. El presume de ser besado como un santo, y de recibir a diario no menos de cien cartas de admiradores y admiradoras que le expresan su cariño y solicitan su consejo. Gala, a fuer de irse convirtiendo en la caricatura de su propia caricatura, se le ha hecho tan entrañable al Duende que hasta le perdona su engolamiento y su narcisismo. Dicen de él que es, a un tiempo, encantador y el rey de la mala leche. Empalaga, desde luego, o empagala, que tanto da. Pero es culto, refinado, entretenido y educado, aunque a Homper, que es algo cateto, le gustaría escuchar alguna vez de sus labios aquello tan prosaico de la jodienda no tiene enmienda.

Y es que la poblemática del sexo es tan abstrusa y poliédrica -toma del frasco, Carrasco- que ni las lumbreras de nuestro pensamiento saben cómo administrar ese fenómeno que tanto nos excita, nos embelesa y, por qué negarlo, a veces nos complica la vida. Anda, Antonio, a ver si te aclaras y nos lo cuentas antes de que dejes de creer en el amor.

Maleni abre el camino a Braulio

No le gusta al Duende destacar las torpezas expresivas de nadie. Bastantes sarpullidos habrán ocasionado sus diabluras radiofónicas a lo largo de tantos años. Además, quién no ha metido la pata alguna vez hablando o por escrito. Lo que ocurre es que a un miembro del gobierno presidido por un Scaramouche del verbo florido como Zapatero se le debe exigir que, como poco, se exprese bien.

No es éste el caso de Magdalena Álvarez , cosa rara en una mujer que ganó una oposición muy seria -es inspectora de Hacienda- y habrá apechugado con discursos comprometidos en los múltiples cargos importantes que ha desempeñado. La ahora ministra de Fomento puede ser: competente, trabajadora, lista, e incluso eficaz. Pero aún a riesgo de subir al patíbulo de los acusados por la opinión pública como reo de machismo, este Duende se atreve a decir que lo que es propiamente tino, gracia y finura oratoria, no lo tiene.

Nuestra amiga Alfonsina ha atrapado en el cazamariposas de la red una intervención suya especialmente pintoresca sobre la que pide un comentario en el blog. Como el Duende ha metido tantas patas, al mismo tiempo que se solidariza con ella -con la ministra, a despecho de que se nos mosquee Alfonsina- omite cualquier otro adjetivo descalificador. Más bien al contrario, la felicita efusivamente por ser el suyo un discurso claro y decidido a favor de la igualdad.

¿De qué se ocupa el ministerio de Fomento? Como diría el inefable amigo Braulio, mayormente de las infraestructuras, el transporte y toas las chapuzas que pide el pogreso. ¿Qué es el Acelerador de Partículas que la semana pasada se estrenó? Mayormente pogreso. ¿Quién lo explicó en la tele (Mobuzztv) con claridad, autoridad tecnológica y, sobre todo, precisión y elegancia expresiva sólo comparable a la de Magdalena Álvarez? El propio Braulio. Sin embargo…¿qué cargo ocupa esta buena mujer? Ministra del gobierno. ¿Y Braulio? Ninguno: es un maestro chapuzante free lancer.

Conclusión: lo de Maleni es una proclama decisiva a favor de la igualdad por la que tanto se desvive el gobierno. Si gobernar hoy es, sobre todo, saber comunicar, Braulio se explica al menos tan bien como la ministra de Fomento. ¿Para cuándo su entrada en el gabinete?

Lehman, Hirst y otros elementos de pesadilla

Homper -siempre el Hombre Perplejo- se preguntó aquella noche cómo se combate el insomnio. Homper era de siempre un excelente dormidor. De sueño corto, pero intenso, rara era la noche  que tardaba en conciliarlo. Cuando ésto ocurría, y siguiendo la receta clásica que aparecía hasta en los tebeos de su infancia, abría la majada imaginaria y hacía que las ovejitas saltaran la consabida valla.

Durante un rato contaba las lanosas, hasta que se daba cuenta de que eran todas iguales, y el ritual resultaba aburrido. Entonces se imaginaba que saltaban los futbolistas de sus cromos. Cuando ya había saltado toda la colección y seguía sin dormirse, cambiaba los personajes. Y hacía comparecer a las artistas de cine que le gustaban. Para añadirle encanto al ejercicio final, éstas saltaban ligeritas de ropa, casi desnudas. Entonces el proceso resultaba más estimulante. Tampoco se dormía  Homper así, pero el despertador corría y él, aún desvelado, lo pasaba muchísimo mejor.

Hacía mucho tiempo que Homper no rozaba el insomnio, pero de repente se presentó esta noche. Demasiados ingredientes explosivos en esa ensaladilla rusa que es el menú nuestro de cada día: crisis económica, incertidumbre política, procupación social, proyectos atascados, dudas sobre el futuro…En La interpretación de los sueños -un libro apasionante que Homper había devorado en su primera juventud- Freud describe que éstos se forma como una especie de olla podrida compuesta de materiales muy diversos. Puede haber un factor psíquico dominante, como, por ejemplo, una obsesión o una ansiedad que forma parte de nuestra personalidad. Pero éste se adoba luego con un suceso reciente, algún problema en el trabajo, el protagonismo de un viejo amigo que no veíamos desde hacía treinta años y que ayer nos encontramos en la calle de Barquillo, algún turbio deseo del subconsciente y hasta un uñero que nos lleva molestando varios días. Todo se puede revolver y presentarse en un plato indigesto para el sueño. Una mancha de mora con otra mora se quita. Quizás ceda el insomnio y uno acabe en una pesadilla.

Homper, que tiene un hijo con aspiraciones de artista, se fue a la cama con la obsesión de que un fenómeno llamado Damien Hirst ha conseguido subastar su obra El becerro de oro en Sotheby´s por trece millones de euros. Más que lo que han cotizado Jeff Koons y Lucien Freud -el nieto de don Sigmundo-, que eran hasta ahora los artistas vivos más rentables. El becerro en cuestión es una bestia de verdad con pezuñas y cuernos de oro conservado dentro de una urna  llena de formol. La obra de arte ideal para exhibirse en el hall de cualquier piso del bloque los Arándanos. A este datos se añaden otros no menos reseñables. Por ejemplo, el hundimiento de Lehman Brothers y de las bolsas, la cara de una amiga muy querida por Homper que le invita a cenar de cuando en cuando, el viaje de Zapatero Turquía para celebrar con Erdogan el final del Ramadán, el Circo del Sol -del que le hablaban ayer en un correo electrónico- y la preocupación porque algunas de las primeras albóndigas que cocinó en su vida le habían salido no del todo redondas, sino más bien cuadradas. Qué desasosiego.

Total, que el insomnio de Homper derivó en pesadilla. Y durante tres horas vio un cuadro que sólo el pincel calenturiento del Bosco o de Dalí sería capaz de recrear. Mientras su hijo artista pilotaba por el espacio cósmico un diplodocus con el espinazo de oro, dos funámbulos en monociclo cruzaban el orbe celestial  haciendo juegos malabares con  los euros, medias lunas turcas y albóndigas de distintas formas geométricas que les lanzaba desde un trapecio la amiga guapa del sueño. Homper lo pasaba mal. Qué lío, cuánta tensión, qué inquietud. Pero miraba al suelo y encontraba el bálsamo tranquilizante. Allí, al pie de pista, un Zapatero sonriente abría sus brazos dispuesto a acoger en cualquier resbalón de la Alianza de Civilizaciones, al tiempo que Solbes nos tranquilizaba a todos asegurando que nuestro sistema financiero es seguro. Además atrapaba al vuelo varias albóndigas caídas y comprobaba que, afortunadamente, eran redondas. La amiga guapa le lanzaba un beso a Homper, y aunque el hijo artista no colocó el diplodocus ni en el Rastrillo la pesadilla llegó a su final.

Una hora después se ha transcrito tal y como el Hombre Perplejo la contó.

Olvidables, pero imprescindibles

Carmen Gil Lletget

Carmen Gil Lletget

Es una suerte que hasta la más notable de las personas que conocemos sea perfectamente olvidable- le dijo un gran humanista al Duende-Imagínese si no la de placas conmemorativas que habría en las calles. No habría panteón de hombres ilustres para todos, ni Espasa donde cupieran sus biografías, ni concursos de la tele suficientes para que, poco a poco, se desgranaran sus nombres. Bendito sea el olvido, de verdad se lo digo.

El personaje en cuestión estaba sobrado de sentido del humor. Pero ponía el dedo en la llaga sobre la obsesión del ser humano por trascender a lo efímero de la vida. Los que se van no dicen ni pío, pero los que estamos en situación de disponibles para la parca no concebimos que después de nosotros venga no ya el diluvio, sino ese sutil sirimiri del día a día a borrarnos del recuerdo. Vano empeño. Lo mejor es adoctrinar a los hijos para que éstos recuerden a los suyos que tuvieron unos abuelos y unos bisabuelos -no más ascendientes, para no estresar sus neuronas- inolvidables. Aunque las nuevas generaciones no estén demasiado interesadas en preguntar por qué. La nostalgia no es que sea un error, es que, como sólo cuenta el futuro, acabará por no existir.

Curiosamente se quiere combatir esta ley biológica con otras positivas que imponen la memoria histórica. No es ésta recordar a Wilfredo el Velloso o a Recaredo, que ya tienen su estatua y su sitial en los libros de historia. Sino a quien no dejó más hueco que en el corazón de sus seres queridos. Se supone que éstos se consolarán cuando se limpie el nombre de sus parientes desaparecidos en la Guerra Civil de ciertos registros y archivos humillantes. Y sobre todo, cuando se les entregue los restos que nunca llegaron a recibir honrosa sepultura. Puede ser que, en efecto, así sea. Otras leyes algo menos apasionadas por la vida -aunque sí por ese sagrado derecho a disponer de ella según conveniencia- pretenden ampliar los supuestos de aborto legal y de auxilio para morir dignamente. O sea, queremos vivir y dejar vivir o morir: el cuerpo y también el espíritu o el recuerdo. Eso sí, según nos pete. Todo menos causar problemas a los que por edad y por salud -no tanto por saber- manejan el mundo.

Hoy hace trece años que murió la madre del Duende. Era un día tan luminoso y soleado como este 15 de septiembre. Carmen Gil Lletget, pintora, diseñadora de alfombras y escritora aficionada en su juventud, y abnegada madre de seis hijos y abuela de una caterva de nietos, era una mujer que amaba muchas cosas de la vida y, una de ellas, molestar lo menos posible. Cuando a los ochenta y ocho años presintió que el corazón comenzaba a fallar y su mundo a desdibujarse, se echó a morir delicadamente. Y se fue tan discretamente como había vivido. Ahorró a todos el sufrimiento de la decadencia física, y a sus familiares y gobernantes el marrón de decidir cuándo el moribundo merece un empujoncito final. Su memoria, tan rica y emocionante para los que la conocimos, no es histórica, ni falta que hace. Sino profunda e indeleble, como la de todos los olvidables que, por ser nuestros seres queridos, se hacen imprescindibles en nuestro recuerdo.

Los que amamos a Lilí Marleen

Se le ponen al Duende los pelos de punta cuando lo piensa, pero es cierto que algo en común tiene con los gustos de Adolf Hitler. Ambos amaban a Lilí Marleen. Más agrava la cosa que esta maravillosa balada, tan perfumada de melancolía, fuera la canción favorita de Augusto Pinochet. Por lo que uno no sabe si debe cabrearse con la propia Lilí, con el autor de la letra, -se llamaba Hans Leip, y un pianista llamado Schultze dicen que improvisó la música en la nefasta noche de los cristales rotos- con Marlene Dietrich que la universalizó con su voz doliente, con los citados tiranos, por glasear su crueldad aparentando sensibilidad por la música, o con él mismo. En este caso por no tener valor para desmarcarse en todos los órdenes de semejantes bellacos.

¿Amaría Lilí Marlen Federico García Lorca? ¿La hubieran cantado Víctor Jara o Violeta Parra? ¿Se la toleraríamos a Pablo Milanés? El Duende está en otros niveles, y además dejó de ser militarista cuando se le pasó la edad de los soldados de plomo, que en su tiempo eran ya de baquelita o de goma. Pero siempre que le tocó hacer guardia nocturna recordaba la vieja historia del centinela que desde su puesto a la entrada del cuartel observa la farola donde se encontraba con su amor. El amor probablemente perdido, para que alcance el éxtasis. En los años cincuenta se estrenó una película con el mismo título. No la vio -debía de ser para mayores con reparos- pero sí el trailer en el cine Carlos III de Madrid. Le parece que el galán era un guaperas alemán llamado Adrian Hoven -que levante la mano el que se acuerde de él- y que sonaba la voz de la siempre seductora Marlene. Hace unos años se estrenó otra versión. Pasó sin pena ni gloria.

Y así ocurriría en este blog si no fuera por dos circunstancias bien diferentes. La primera es que la luna está otra vez llena, y propicia el desfile imaginario de las Lilíes de cada quisque. ¿Hay mejor farola para conjuralas? La segunda es que como hoy se escribe de todo hay una escritora germanista llamada Rosa Sala Rose que ha lanzado un prolijo libro sobre el tema. Lili Marleen: canción de amor y muerte. Viene a demostrar que, pese a su origen impuro, la canción se hizo tan popular y arraigó tan profundamente en el corazón de los combatientes que fue coreada tanto por nazis como por aliados. Un alivio para el que se sienta culpable de haber coincidido con el Führer.

No sabe añadir el Duende mucho más al respecto. Sólo que, aparte de sus dos primeras frases -Vor der Kaserne/ vor dem grosen Tor-ignoraba todo de esa mítica canción. No obstante le gustaba tanto, y adivinaba en ella una historia de amor tan romántica, que no podía evitar improvisarla en un alemán macarrónico más propio de Holderlin que de un recluta madrileño enamoradizo. La música, siempre mágica, capaz de poner algún paño caliente en las terribles heridas de la guerra. Y de hacer creer al Duende, en las inhóspitas noches de guardia, que el mosquetón que acariciaba su mejilla no era sino la melena sedosa y rubia de Lilí Marleen. Esa huidiza canción/mujer a la que los nacidos en la Europa temblorosa de la primera mitad dek siglo XX siempre seguiremos amando.

Homper y el acelerador de partículas

Corría  la Era de la Información, en su período de la Divulgación Superior. Se caracterizaba éste por la creencia de que, rebasado el tiempo del subdesarrollo y las tiranías, se había consagrado el derecho universal de los hombres a saber de todo. El que no lo había aprendido en los libros lo sabría por los periódicos, las revistas, los programas de radio y de televisión y esa etérea red de eruditos que se ocultaban en Internet.

Hasta en los kioscos de prensa se aprendía sin comprar nada: llegaba el ignorante, se paraba a mirar las colecciones de fascículos y se doctoraba en temas tan interesantes como insectos, minerales, personajes de la historia modelados en plomo, teteras, casitas de muñecas, historia de la aviación, el cine a través de sus películas, premios Nobel de literatura,  y hasta los huevos de Fabergé. No es que éste es que fuera tan viril como el maltratado Javier Bardem. Sino que, joyero iluminado por el buen gusto suntuario, diseñó para el Zar de Rusia una colección de huevos con materiales preciosos que, colgados a modo de dije en el cuello de la zarina o expuestos en la vitrinita de cristal de un piso del bloque de los Arándanos, quedaban  preciosos.

Pero esta vez la avalancha de ciencia y sabiduría  le aplastaba a Homper (el Hombre Perplejo: hemos perfeccionado su nombre, que así se parece más al impar Homer Simpson).

Los científicos habían decidido emular la creación del mundo poniendo en marcha un acelerador de partículas que iba a revolucionar la física y a demostrar de una vez por todas que la vida es pura evolución. Lo más llamativo no era que hubieran imaginado ese invento tan asombroso. Sino que todo lo que no tenían de fe en Dios lo tenían de fe en el hombre. Sorprendentemente, los científicos lo contaban convencidos de que el resto de los mortales lo entenderíamos. La razón, al cabo, lo ilumina todo.

Así, el concienzudo Homper, que se empeña en comprender cuanto llama su atención, había  intentado ordenar en su cacumen conceptos como ITER, CERN, y LHC. Añadiendo a ello datos tan espectaculares como el paquete de mil millones de protones circulando por un Donut hueco y subterráneo de 27 kilómetros de longitud a la velocidad de la luz que chocaría contra otro haz de partículas del tamaño de un  pelo. El asombro no acababa ahí. Sino que del choque entre esas partículas enloquecidas se producirá un fenómeno como el del Big Bang (no confundir con el Big Ben, como hace Braulio). Con la posibilidad de encontrar en el camino al Bosón  de Higgs -nadie nos ha explicado qué carajo es un bosón ni quién es ese Higos- y, lo que es más grave, un agujero negro por donde nuestro universo podría ser succionado como el agua por el sumidero. Menos mal que contra eso el pesqui de Braulio ya ha planeado un una malla de cables interplanetaria que retenga a nuestro planeta donde está, a ver si encima de la crisis vamos a tener que soportar el sinvivir del fin del mundo, ¿no te digo?

Oprimido y preocupado por tan descomunal dosis de conocimientos científicos que pulverizaba su fe en la ciencia, Homper aprovechó estos días tormentosos de septiembre y se dirigió al castillo de Gormaz, una ruinosa ciudadela solitaria asomada a un bello arco del Duero desde donde se ve la grandeza de la mística Castilla. El escenario perfecto para otro Sinaí donde vuelva a hablar Dios. Un rayo rasgó la espesa cortina de nubarrones, y Homper entendió que el creador se hacía presente.

-Señor, he venido a reencontrarme contigo-dijo Homper postrado de hinojos.

-Qué raro -musitó el Señor-Si ya casi todos me han sustituido por la razón y la ciencia.

Se hizo un silencio cósmico en medio del fragor de la tormenta. Homper abrió sus brazos y se disculpó implorante.

-Pues ya ves, Señor…Es difícil creer en ti, pero…¡anda que en lo que cuentan los físicos!…

Todo por el Mercedes

(Foto de Vedia)

La crisis será la crisis, pero a mí el coche que ni me lo toquen, le dijo a Hope el vecino humilde. Y Hope -el Hombre Perplejo- tuvo ocasión de comprobarlo anoche, cuando la Némesis de la atmósfera le dio a Madrid un repaso, para que se recuerde que nadie debe librarse de su mal genio.

En el Caribe sufren huracanes y ciclones, que son bastante más trágicos, pero lo de anoche en la capital fue como la apoteosis de la Furia dels Baus en versión meteorológica. La mundial, que dicen los castizos. El amplio panorama que se divisa desde el palomar del Duende no había skyline, que es como queda ahora bonito llamar al horizonte urbano. Sino un festival apocalíptico de efectos especiales de esos que sólo se ven en el cine y que tapaba por completo el cuadro habitual del Palacio Real, la Almudena y San Francisco el Grande. Bolera constante en el cielo -no esos estampidos secos de los rayos fulminantes, sino un tronar mitigado y continuo- cortinones de agua, ráfagas de metralla helada, viento que amenazaba con quebrar los árboles. Y, dentro de casa, la sensación de que el enemigo nos batía desde todos los frentes.

Teme el Duende las tormentas en campo abierto, pero nunca piensan que puedan ser peligrosas en la ciudad. Y su sueño, denso y pertinaz, suele vencerlas sin apenas alterarse. Pero la de anoche rompió apenas apagada la luz, y le fue imposible dormirse. Al poco de cesar el ataque de la tormenta, sonaron las sirenas. Cuántos pequeños desastres urbanos, qué marea de partes al mutirriesgo hogar. Estaba de Dios, porque Hope había lavado su Vespa y comido fuera, y apenas volvía a casa le sorprendió la primera manta de agua a las cuatro de la tarde. Al pequeño burgués siempre le llueve cuando lava el vehículo. Y tal vez por empatía, Hope pensó en ese vecino del barrio que no tiene garaje, pero sí un espectacular Mercedes, habitualmente reluciente, que, saltándose todas las normas de prohibición en una acera peatonal, aparca habitualmente delante del portal. Para que nadie se olvide de su poderío.

Abre el día, además, con negros presagios económicos. Dicen que Pedro Solbes no descarta ya la recesión- se va a enterar de lo que vale un peine cuando la vicepresidenta de la Vega le eche una bronca, por mal pensado. Y que el sector automovilístico se hunde. Así que hay que cuidar el coche, por lo que pueda pasar. Como el vecino de Hope, en el que éste pensaba anoche cuando huevos de paloma de hielo granizaban del cielo. ¿Qué sería de su Mercedes?

La respuesta, esta mañana, cuando amanecía el día después y se podía abrir la ventana para percibir el agradable olor de la tierra mojada. Hope bajó la vista y pudo ver que el flamante coche había dormido bajo un manto de edredones, toallas de playa y colchas que le protegieron de la granizada. Todo por el Mercedes. Al coche, ni un arañazo, no vayan a pensar que por culpa de la crisis uno pierde categoría.

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