
(Foto de marceljanus)
La queja del muy honorable marqués de Betanzos demostraba que la sangre azul no exime de las servidumbres que padecemos el resto de los mortales.
-Dígalo en su blog, apreciado Duende-el señor marqués siempre se expresa con los modales propios de la nobleza- O los fabricantes de teléfonos móviles son necios, o los que diseñan los automóviles modernos son unos ignorantes.
El señor marqués acercó su mano derecha a la cara del Duende. Terribles desolladuras afeaban la mano que otrora, con mimo no exento de coquetería, cuidaba Dori, la manicura.
-Y esto es lo de menos-se quejaba- No es que a uno le importe el dinero, quiá. Pero estaba hablando con mi socio en Australia sobre la posibilidad de poner una granja de avestruces en mis propiedades del Barco de Valdeorras, y hasta que un prestidigitador con una ganzúa robotizada no pudo enganchar el terminal, el contador corrió implacable.
Los autos -y nunca mejor dicho- se desarrollaron así. Sonó el teléfono. El señor marqués, conductor responsable, detuvo el coche en el primer hueco que encontró en la calle, y sólo atendió la llamada para decir que no podía hablar. En ese momento se deslizó el aparato de su mano, quedando medio atrapado entre la caja de cambios y el costado del asiento. En un primer momento cantó victoria: estuvo a punto de sujetarlo con las yemas. Pero se le escurrió nuevamente y aunque luchó lo indecible por salvarlo del descenso a los infiernos, fracasó en su intento. No había cristano que sacara aquéllo.
Salió del coche, se quitó la chaqueta del traje oscuro de raya diplomática con el que se dirigía al cocktail que la embajada de Suecia celebraba su fiesta nacional, abrió la puerta de atrás, apoyó su barriga sobre la banqueta del asiento trasero, buceó en los bajos del asiento del conductor, alargó la mano para tratar de llegar al objeto perdido. Inútil. Entre el teléfono móvil y su mano, tan desesperada como la de los náufragos del Medusa, se interponían el regulador de inclinación del respaldo, la palanca que sube y baja la banqueta, una funda de gafas de aluminio perdida desde hacía meses en la misma sima, dos estuches de pastillas de eucaliptus y un cartucho donde la señora marquesa guardaba las agujas con las que hacía ganchillo en los viajes a Galicia.
Lo peor, con todo, no fue eso. Unas marujas escucharon los gritos desesperados -en correcto inglés, eso sí- del señor marqués implorando a su socio que colgara para no arruinarle. Y mientras veían su noble trasero en postura tan inadecuada para la vía pública, sacaron sus propias conclusiones.
-Pobrecillo…Y parece que es gente muy principal.
-Ya ves tú-dijo la otra- Igual es el endocrinólogo de María Teresa Campos, que se ha vuelto loco del todo.
Y todo por chorradas de espaldas al pueblo. Teléfonos móviles sin garfios de sujeción para caídas inoportunas y huecos inaccesibles para desesperación del automovilista. En qué estarán pensando los genios del diseño.





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