Archivos para 8 septiembre 2008



Más diseños “de espaldas al pueblo”

(Foto de marceljanus)

La queja del muy honorable marqués de Betanzos demostraba que la sangre azul no exime de las servidumbres que padecemos el resto de los mortales.

-Dígalo en su blog, apreciado Duende-el señor marqués siempre se expresa con los modales propios de la nobleza- O los fabricantes de teléfonos móviles son necios, o los que diseñan los automóviles modernos son unos ignorantes.

El señor marqués acercó su mano derecha a la cara del Duende. Terribles desolladuras afeaban la mano que  otrora, con mimo no exento de coquetería, cuidaba Dori, la manicura.

-Y esto es lo de menos-se quejaba- No es que a uno le importe el dinero, quiá. Pero estaba hablando con mi socio en Australia sobre la posibilidad de poner una granja de avestruces en mis propiedades del Barco de Valdeorras, y hasta que un prestidigitador con una ganzúa robotizada no pudo enganchar el terminal, el contador corrió implacable.

Los autos -y nunca mejor dicho- se desarrollaron así. Sonó el teléfono. El señor marqués, conductor responsable, detuvo el coche en el primer hueco que encontró en la calle, y sólo atendió la llamada para decir  que no podía hablar. En ese momento se deslizó el aparato de su mano, quedando medio atrapado entre la caja de cambios y el costado del asiento. En un primer momento cantó victoria: estuvo a punto de sujetarlo con las yemas. Pero se le escurrió nuevamente y aunque luchó lo indecible por  salvarlo del descenso a los infiernos, fracasó en su intento. No había cristano que sacara aquéllo.

Salió del coche, se quitó la chaqueta del traje oscuro de raya diplomática con el que se dirigía al cocktail que la embajada de Suecia celebraba su fiesta nacional, abrió la puerta de atrás, apoyó su barriga sobre la banqueta del asiento trasero, buceó en los bajos del asiento del conductor, alargó la mano para tratar de llegar al objeto perdido. Inútil. Entre el teléfono móvil y su mano, tan desesperada como la de los náufragos del Medusa, se interponían el regulador de inclinación del respaldo, la palanca que sube y baja la banqueta, una funda de gafas de aluminio perdida desde hacía meses en la misma sima, dos estuches de pastillas de eucaliptus y un cartucho donde la señora marquesa guardaba las agujas con las que hacía ganchillo en los viajes a Galicia.

Lo peor, con todo, no fue eso. Unas marujas escucharon los gritos desesperados -en correcto inglés, eso sí- del señor marqués implorando a su socio que colgara para no arruinarle. Y mientras veían su noble trasero en postura tan inadecuada para la vía pública, sacaron sus propias conclusiones.

-Pobrecillo…Y parece que es gente muy principal.

-Ya ves tú-dijo la otra- Igual es el endocrinólogo de María Teresa Campos, que se ha vuelto loco del todo.

Y todo por chorradas de espaldas al pueblo. Teléfonos móviles sin garfios de sujeción para caídas  inoportunas y huecos inaccesibles para desesperación del automovilista. En qué estarán pensando los genios del diseño.

Hope llora el pan nuestro de cada día

(Foto de luluidigom)

Lo primero que hizo fue cambiarse el nombre en el Registro Civil.

Le daba igual la grafía o el sonido de su patronímico, lo importante para él era el concepto. A estas alturas de la vida -tan larga ya para él, y entendiendo cada día menos de todo lo que veía- creía que no podía llamarse otra cosa que el Hombre Perplejo. Como era consciente de que resultaba extraño, probó con las iniciales. HP era la marca de una salsa inglesa (Houses of Parliement) que le gustaba mucho, cierto. Pero también la abreviatura de hijo de puta. Entonces contrajo las dos primeras sílabas de cada palabra y bordó Hope. Aún recordaba a un cómico estadounidense bastante bobalicón que se llamaba Bob Hope. Pero el nombre le gustaba. Al fin y al cabo hope en inglés es esperanza, y él confiaba en que sus denuncias hicieran reaccionar a la humanidad confundida.

Comenzó su labor con un ideario planteado en forma de interrogante. La pregunta del filósofo -escribió- invita al pensamiento. Y el pensamiento cambia el mundo. No de forma abrupta, sino poco a poco. Un pensamiento acertado engancha a otro, este convence al de más allá, este le baja del guindo a un tercero. Y razonando así, en pequeñas dosis, el mundo, como un policía municipal brutote cuando cae en el error de pasarse en la multa con un pobre motorista, se rasca la mollera, enarca una ceja, tuerce el morro y rectifica.

Hope era consciente que por cuestión de jerarquía debería empezar sus reflexiones por alguno de los grandes temas que preocupaban al mundo. La crisis económica, la lucha por la igualdad de sexos, los derechos de los inmigrantes, la nariz de la princesa…Pero aquel día pasó por un pueblo cualquiera de los muchos que hay en España, y se detuvo en él para comprar pan. Albergaba la ilusión de que fuera tan bueno como eran en su infancia todos los panes que se hacían en cualquier pueblo. Pero el pan era tan seco, tan insípido y tan insustancial como los de cualquier tahona de chinos.

Es verdad que no sólo de pan vive el hombre, y menos en estos tiempos de tanto progreso y tanto rollo de I más D (Hope, por cierto, no sabía dar con el signo del mas en el teclado del ordenador prestado). Pero la reflexión, para empezar, tampoco estaba tan mal. ¿Por qué cuando se avanza en el bienestar se tienden a olvidar las cosas que, en la España pobretona, se hacían tan requetebién y sabían tan ricas?

Y recordaba aquellas madrugadas de verano en el horno del Tumba, al que llamaban así por el enharinado permanente de su rostro, blanco como un cadáver. Paraban Hope y su pandilla allí para comprar el pan antes de ascender al pico de la Mira. Caía la primera barra antes de salir de la panadería. Eran tan delicioso aquel pan candeal de miga prieta recién cocida que no estaba seguro de que nada se le pudiera comparar. Ni el tonteo con aquella chica tan mona a la que le dabas la mano para ayudarle por las trochas, ni la siesta al sol sobre la hierba al borde de los regatos de agua limpia y helada que escurrían de los neveros, ni el gusto de la tortilla de excursión, ni la vista bíblica de media España que se divisaba desde lo alto. Todo sabía a poco al lado del pan candeal reciente.

El Hombre Perplejo se relamía con aquel recuerdo. Y lamentaba que el progreso agilipollado se haya llevado por delante el placer de tomar un pan como seguramente Dios manda.

Colores de un 9 de septiembre

(Foto de SilverBee)

Le han contado al Duende que no son sicarios de Murphy, sino troyanos. Estos granujas que se enmascaran en no se qué caballo informático han mandado al taller al factotum de este blog, que no es tanto su autor como la máquina diabólica llamada ordenador. No hay mal que por bien no venga. Refrescar La Odisea suscita la primera pregunta el día. Si los que se camuflaron en el gigantesco caballo de madera eran los griegos para invadir Troya…¿por qué a estos virus engañosos se les dice troyanos? Un poco más de rigor: a Ulises lo que es de Ulises, y a los canallas que inventan estas plagas, cadena perpetua. (Ya saben: aquel antepasado del Duende que decía si yo fuera rey absoluto reaparece de vez en cuando).

Sabe uno que eso le importa tres pepinos al lector. Pero no puede dejar de mencionarlo el Duende. Desde hace tres días el género que cultiva en el blog -ensayo de ensayo, sombra chinesca, fogata de viruta, podría titularse- anda a ciegas, patina, se diluye. El hombre anda por ahí pidiendo hospedaje: ¿me dejas tu ordenador? Y no se concentra en ese estilo errático que a partir de la crisis del pirulí -¿cuánto tiempo hace que no hablamos de los pirulíes?- puede acabar en el retorno de la guerra fría. No puede. Tiene prisa, mala compañera para deshilacharse por escrito.

Al grano, vayamos al clásico: claridad y sencillez, Sancho. Qué imaginación la de estos periodistas marroquíes traviesos que ven en el lacónico ex presidente Aznar un irresistible inseminador de ministras guapas. Qué agradable es descubrir de vez en cuando una película de esas que ahora llaman pequeñas que se ve con una sonrisa en los labios y se entiende de principio a fin. Se llama Uranya, y es griega, como el caballo de Troya. ¿Le habrá gustado a nuestro amigo Blogmaster? Más impresiona saber que la empresa Freshuelva cita a 560 desempleados para recoger la fresa y acuden 260. No se alarmen: de ellos sólo 32 aceptan el trabajo. Qué señoritos nos hace el estado de bienestar.

Y qué alegría que hoy haya amanecido lloviendo. Da cierto reparo moral sentirse feliz por eso cuando en Haití  lloran por culpa de unas inundaciones bíblicas. Nos guste o no, cada cual es un pequeño mundo. Y quién controla el rumbo que un abrir y cerrar de ojos, y a veces sin saber por qué, toma el alma.

Un encuentro en el Museo del Prado

No es el Duende un ciudadano eresionado, neologismo que quiere decir lesionado en su capacidad laboral por un ERE. En realidad ya no sabía si trabajaba o no, pues lo que consideraban como prestación laboral era lo único que en su vida logró sin esfuerzo alguno.  Además, tampoco era fijo en plantilla alguna, como no fuera en ese organigrama tan flexible que marca la ley de la oferta y la demanda. Sus jefes son ésta y el Dios dirá. No tiene queja de ellos.

Hasta cierto punto, se han portado muy generosamente con él. No tanto en la oferta de trabajo como ahora en la de tiempos libres. En la agenda de este día tenía sesión con Javier Capitán de nueve a diez menos cuarto. Como la próxima comparecencia obligada era a las doce y media, se permitió uno de esos pequeños lujos que siempre añoran los sobreocupados, y que sistemáticamente olvidan cuando les llega el asueto. Como si fuera un turista japonés después de ponerse feo en el buffet libre del hotel, se dirigió al Museo del Prado -sin botella de agua mineral en las manos-y adquirió un ticket para ver la exposición El retrato en el Renacimiento.

Carece este duende de adjetivos para añadir algo nuevo a lo mucho que enriquecen estas visitas casuales  a los templos del arte. Lo delicioso es caer por ahí y dejarse arrastrar sin prisas por el flujo de belleza, que unas veces se remansa en consideraciones sobre el buen gusto y otras en pensamientos que van más allá. Hoy le dio por agradecer a Rafael, a Tiziano, a Bronzino, a Ghirlandaio, a Durero, a Pantoja de la Cruz y a Sofonisba Anguissola  y a todos los representados en esta exposición lo muchísimo que trabajaron por legar al futuro esas joyas de las que hoy disfrutaba como simple observador. No siempre pica tan alto. A menudo, viajando por esas carreteras perdidas, uno ve un puente añejo o una simple pared de piedra maravillosamente construída  y también da las gracias a la mano anónima que allí trabajó. Bien mirado, hay estética en casi todo.

La segunda reflexión era más prosaica. Pensaba en lo poco que hubieran cundido esos ocho euros en el Corte Inglés, donde, por contra, sí hubiera encontrado a mucha más gente conocida con la que compartir impresiones. En museo sólo dio el Duende con Feli, una buena amiga de tiempo atrás, que, como  farmacéutica de formación, sabe de recetas para esquivar los navajazos del destino. Una de ellas es fugarse de vez en cuando al Prado y olvidarse de todo lo demás. Ella es también la que aseguró lo que mi doña María adoptó como dogma de fe, y es que la mujer que no ha hecho régimen en esta vida forzosamente irá al infierno. Tan alta filosofía en el templo donde habita la belleza. Para que luego digan que no aprovecha uno las mañanas…

Todos éramos logotipo

Nuevo logotipo de RTVE

Nuevo logotipo de RTVE

Ejércitos de Murphys rodean al Duende. En su noble afán de que no se note demasiado ni que es verano ni que estamos inmersos en la crisis, trata de animar el blog como buenamente puede. Pero un nuevo traidor camuflado en su ordenador se lo está poniendo difícil. Cuando y como le parece, le deja sin acceso unas veces a su servidor -WORDPRESS- y otras al propio Duende. Qué ironía del destino: puede leer todas las webs del mundo menos la suya.

Mañana trataremos de arreglarlo.

Entre tanto, pasmado le deja el autobombo del presidente de RTVE para justificar un cambio de diseño corporativo. Es más fresco, más imaginativo, el símbolo de una nueva etapa, mantiene Luis Fernández. Tuvo el Duende un jefe en su primera agencia de publicidad que mantenía un curiosa teoría al respecto. Decía que el anunciante era un náufrago que encontraba la razón de ser de su producto a partir de su campaña de publicidad. Exagerado, seguro. Pero algo de eso hay cuando a la mayor reducción del lenguaje publicitario, que es el logotipo, le sacan tanta punta. Quizás olvidan decir que todos éramos logotipo, puesto que todos, mejor o peor encarnábamos al ente público. Borrón y cuenta nueva.

Por cierto, el Duende pensaba que les dieron la boleta de RNE por no ser ni lo modelnos ni lo políticamente correctos que pedía la nueva etapa. Ya saben, le teoría general de la caspa nacional. Ahora sin embargo se entera de que en la nueva programación, para alegrarle el programa a Juan Ramón de Lucas, fichan a Florentino Fernández, excelente cómico más cerca de Martínez Soria y de Esteso que de Woody Allen o Roberto Benigni. Nuevos aires en la radio, ya les digo…

¿Por qué se llevan las bañeras a los prados?

(Foto de La Mirada Perdida)

En el día diecisiete mil cuatrocientos setenta y cinco millones doscientos catorce mil setecientos tres después de la creación, al Señor se le ocurrió echar un vistazo al estropicio nuestro de cada día. Afinó la vista y miró al planeta, todavía azul.

Ya estaba resignado al abuso de rascacielos, chimeneas industriales, molinos, campos de plástico, balsas de líquidos peligrosos, antenas, torres eléctricas, baterías solares y esbeltos molinos blancos plantados en las crestas de las montañas. De vez en cuando, y con la lente de aumentos, entretenía espiando la intimidad de algunos jardines. No entendía por qué se concentraban ahí tantos gnomos, enanitos, tritones, bambis y ranas, todos ellos en tamaños desproporcionados a lo que El había diseñado. Pero le hacía  cierta gracia que quisieran imitarle, aunque sus criaturas estaban más logradas, y además se movían.

Lo que no era capaz de interpretar era por qué en tantos prados de aquel país medio del sur de Europa llamado España había unos puntitos blancos de forma rectangular que destacaban poderosamente sobre el tapiz verde de hierba. Pidió sus lentes de aumento y la asesoría de algún santo moderno. Y san Pío Décimo, que pertenecía a lo que los hombres aún llamaban la edad contemporánea, le informó que eran bañeras.

-¿Se baña ahí el ganado?-preguntó sorprendido.

-No, Señor-contestó san Pío-Las utilizan para que beban las bestias.

-Para eso…¿no se habían inventado las pilas?

-Señor, ahora las pilas se las llevan de adorno a esos jardines que no tienen enanos de los que tanto le divierten.

Y el Señor frunció el ceño y se rascó las barbas. No entendía qué era más grave. Si que el hombre se hubiera vuelto sucio y desaseado y ya no se bañase, que los ganaderos no tuvieran más cariño decorando sus verdes prados, que hubieran desaparecido los antiguos bebederos de los prados o que los fabricantes de bañeras no se molestaran en hacerlas imitando el granito de las antiguas pilas.

-Qué desbarajuste, ¿no?- dijo el Señor.

-Ay, Señor. Si sólo fuera eso…

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