Archivos para 31 octubre 2008

Desayuno sin diamantes

No paraba de sorprenderse Homper. Quizás se tomaba su nombre demasiado en serio, como si le predestinara para abrir los ojos, otear el horizonte y ver todos los días algo que le llevara a rascarse la mollera y asombrarse . Hombre perplejo, Homper, dime qué te preguntas hoy y te diré si filosofas. Sobre lo divino y lo humano, sobre las grandes cuestiones y las pequeñeces, sobre las hojas caídas en el otoño o sobre las causas de la crisis económica.

Y aquel día se preguntó qué sirvieron en el famoso Desayuno con diamantes.

Su amiga Chapita, tan coqueta y seductora, ni se lo había planteado. Desde hacía unos días vivía sin vivir en sí, porque en los medios se había anunciado a bombo y platillo que por fin Tiffany´s abría tienda en Madrid. Dios, cómo habremos podido vivir tantos años sin esa sofisticada joyería que Truman Capote y Audrey Heburn universalizaron. No es que Chapita necesitara demasiados aditamentos para hacer notar su poderío y su encanto, porque lo tenía todo. Por fuera y por dentro de su cuerpo, donde algún escultor de la silicona ya había dejado pruebas de su destreza. A las doce de la mañana de cualquier día el Audi conducido por Vidal, su mecánico -antiguamente chófer- se detendría ante el lujoso local de la calle de Ortega y Gasset, ya saben, el del hombre (y la mujer) son el hombre (y la mujer) y su circunstancia. Por cierto, que el pensador desde el más allá se preguntaba cómo él, el más profundo y sesudo filósofo de nuestro pasado siglo veinte sólo era para la mayoría la calle más pija de la capital.

-Tiene cojones-se quejaba a Platón- Tantos estudios en Alemania, tanta meditación, tantos años de El espectador y tanta Rebelión de las masas para que luego me acaben confundiendo con una marca de lujo.

Mucho me temo que sí, se decía Homper al ver salir a Chapita con la famosa caja azul de Tiffany´s. Ella la sacó de la bolsita y se la mostró apenas se reconocieron, se besaron y se fueron a desayunar a una cafetería cercana. Porque él, tan fetichista, nunca volvería a estar tan cerca de de emular al mito cinematográfico.

-Te invito a un desayuno…¿con diamantes?- le vaciló imitando la voz del doblador de George Peppard.

Ella se rió, y antes incluso de probar el café aclaró que la cajita azul no contenía el famoso diamantón amarillo de múltiples facetas coronado por ese pajarito azul moñudo, tan cursi, que es la joya de las joyas. Ni el famoso collar que lucía la impar Holy Golightly en la película, y que, por cierto, se expone en el escaparate de la tienda. Sino unos pendientes de apenas tres mil euros que, eso sí, se probó sin dejar de sacudir su rubia melena a diestra y siniestra y alargando sus morritos. Y no es que los pendientes fueran feos, se decía Homper, sino que en la mesa de al lado desayunaba Ana, aquella mujer de ojos claros a la que conoció veinte años atrás y que también diseñaba joyas más sencillas como las que esa misma mañana lucía su maravilloso cuello: un collar de plata que engastaba cuentas de vidrios erosionados por el vaivén de las olas y turquesas recogidas en las playas de Almería.

Y mientras Chapita largaba y largaba sobre lo ideal de la muerte que era la llegada de Tiffany´s a Madrid, a Homper se le iban los ojos a Ana viendo en ella a la mismísima Audrey Hepburn. Y se sorprendía del chollo de los emperadores del lujo con la bendita ingenuidad de sus clientas, cuando está claro que la única joya es esa mujer que sabe lucir con gracia y elegancia hasta una piedrecilla del arroyo, y hace bueno aquello de la mona vestida de seda que mona se queda.

Los paraguas son como la falsa moneda

(Foto de wheat in your hair)

-¿Ves? -le dijo al Duende su abuela Mercedes mientras le mostraba un lapicero con su capucha de metal- Me lo regaló el tío Augusto.

Lo único notable de esa observación es que el tío Augusto había muerto veinte años antes. Y que ese lápiz no era un portaminas, entonces objeto de escritorio realmente apreciable. Sino un Joan Sindel de esos cuyo olor impregnaba las papelerías antiguas. Entonces las cosas se hacían para durar. Aunque quizás no tanto como el lápiz, ya menguado por los años, que guardaba la abuela Mercedes como una reliquia.

La economía era antaño de tan buen conformar que no necesitaba fagocitar algo en uso para sustituirlo por un nuevo artículo. Entonces no se hablaba de la milonga esa que los vendedores llaman obsolescencia. Un reloj, una estilográfica y una máquina de coser eran para toda una vida.

Esas fidelidades marcaron a varias generaciones. Algunas de ellas hemos tolerado mal la cultura del usar y tirar, y hemos mantenido una larga relación con objetos como nuestro reloj de pulsera, nuestro transistor, nuestra maquinilla de afeitar eléctrica o aquella linterna de petaca que usaban los acomodadores de cine de la época y que alguien nos regaló el día de nuestra primera comunión. Pero aún con esa educación austera, pocos habrán mantenido consigo el mismo paraguas por muchos años.

El problema filosófico es saber quién es más infiel, si el paraguas que despista a su dueño o éste que lo olvida en cualquier paragüero. Aunque el resultado es siempre el mismo: todo el mundo, por cuidadoso que sea, pierde paraguas. Y a menudo usa como suyo uno que apareció en su casa, nunca fue reclamado por nadie y acaba siendo como esos amores que entran y salen en la vida de cada quisque sin avisar.

Tal vez, por no luchar contra los designios del destino y no quebrantar el derecho a la propiedad de nadie, debíamos de aceptar que cuando compramos un paraguas nuevo estamos haciendo una aportación a la comunidad. Un objeto que pasará de mano en mano, como el famoso regalo de boda del cuento de Chejov, y que tal vez, con el tiempo, acabe regresando a la de su legítimo propietario. Los alpinistas antiguos clavaban en su bastón unas chapitas con los nombres de los picos coronados con su ayuda. Algo parecido debíamos debíamos hacer con los paraguas. Por ejemplo, grabar nuestro nombre y la fecha en que lo abrimos por primera vez. Así, el siguiente propietario nunca pasearía solo bajo la lluvia.

Por cierto, el arquitecto Aguayo, que con otro nombre deja comentarios frecuentes en este blog, dice que se dejó el otro día un paraguas en la casa del Duende. Qué pena que sea el puño de aluminio, y no haya grabado en él su nombre para identificarlo. Pero tranquilo, que el paraguas es como la falsa moneda: de mano en mano va, y ninguno se lo queda. Quién sabe si en unos años, y después de muchos chaparrones, acaba volviendo a casa.

Paco Ibáñez canta a Zapatero

No era Homper un cristiano ejemplar ni un creyente a machamartillo. Pero estaba tan emocionado por el clamor de que Zapatero sea invitado a la Cumbre de Washington que aquella noche, antes de apagar la luz, se hincó de rodillas a los pies de su cama y mirando a la imagen del Niño Jesús de Praga que velaba sus sueños rezó como en su lejana infancia.

Jesusito de mi vida/ tú eres niño como y/ por eso te quiero tanto/ te ofrezco mi corazón/…¡Y te pido que a Zapatero/ le inviten a Washington!

Apagó la luz, se metió entre las sábanas y en los pocos minutos de vigilia antes de dormirse se preguntó perplejo cómo era posible que el presidente más de izquierdas que jamás conoció España suspirase por ser uno de los fundadores del nuevo capitalismo. Ni los Clicks de FAMOBIL, ni el disfraz de Batman, ni el Escalextric ni el último videojuego. Joseluisín quería ser parte del Cheminova del G 20, y demostrar que, así como era capaz de resucitar a los muertos, también lo sería de redimir al odioso becerro de oro herido por sus propios errores y torpezas.

Patriotismo obliga. Homper no sabía que, aunque el presidente cuestione el capitalismo, era consciente de que éste era el motor que movía el mundo. Lo sabía desde que, se le apareció Barbancio de Trebujena, apologeta del laicismo y de la revolución del proletariado, pero autor del opúsculo Cómo ser de izquierdas sin dejar de vivir como Dios, o la cuadratura del círculo. Barbancio no se anduvo por las ramas, y estuvo elocuente.

-Déjate de leches, José Luis. Con las cosas de comer no se juega. Así que trágate tu antiamericanismo y hazte un hueco en Washington para iluminar al memo de Bush, que no tiene ni puñetera idea de economía. Hazlo por España, por el progreso, sí, por la salvación del mundo.

Homper cayó rendido por el sueño. Y soñó, ¡oh sorpresa!, que en el Estado Vaticano, entre el fru frú de la vestiduras cardenalicias y las estancias perfumadas de santidad, cundía el nerviosismo. Se había convocado reunión de P-20, organización que agrupaba a los mandatarios paganos más importantes del mundo. Y Benedicto XVI, en un ataque de cuernos por no haber sido invitado, había ordenado que se pusiera en marcha la maquinaria diplomática para enmendar la afrenta.

Hasta la flemática Guardia Suiza, y los mismos ángeles de los cuadros de los Museos Vaticanos y del techo de la Capilla Sixtina se alborotaban por complacer al jefe. En lo más profundo del sueño, Homper escuchó una música que ambientaba aquella visión cuasicelestial. No era un Gloria de Vivaldi ni el Exsultate jubilate de Mozart, como cabía esperarse de la ocasión. Sino la voz de engrudo de Paco Ibáñez cantando algo revelador que despejó definitivamente la perplejidad de Homper.

Érase una vez un lobito bueno/ al que maltrataban todos los corderos/Había también un príncipe malo/ una bruja hermosa y un pirata honrado/ Todas estas cosas había una vez/ cuando yo soñaba un mundo al revés…

Todos podemos ser un poco Dudamel

Una pareja se entrega a un tórrido amor. En el culmen del orgasmo ella, fuera de sí, se retuerce y entre suspiros da rienda suelta a su ciega pasión: ¡Dios!…¡Dios!- exclama. ¡Vos podés llamarme Ricardo! -responde el caballero quitándose importancia.

El chiste, bueno o malo, sería políticamente incorrecto contado por un español. Pero en boca de un porteño tiene toda la gracia. Con todo, lo insólito es que no se escuchó tomando unas cañas o en la cola de las taquillas de un estadio de fútbol, sino en el ensayo semanal del coro Vía Magna, que, por cierto, se prepara con entusiasmo para cantar La Creación de Franz Joseph Haydn. Qué contraste, ¿no?

El chiste, claro, no era de una soprano ni de un tenor, sino de su director, Oscar Gershenssohn, un vehemente argentino que por su sensibilidad, su sentido del humor y hasta por su aspecto parece un calco de sus paisanos les Luthiers. Oscar suma a ello otras constantes del estereotipo con el que aquí imaginamos a los argentinos: pasión por el fútbol -Boca Juniors y, mucho me temo, Real Madrid son para él tan importantes como Bach o Beethoven- notable adicción al sexo, fascinación por el psicoanális y una irónica visión de la misión de su gloriosa patria en el mundo. Aún hay otro rasgo que matiza su peculiar personalidad, y es que Gershenssohn es judío woodyalleniano, lo cual le permite trufar sus ensayos de comentarios divertidos y de profunda cultura bíblica con apenas unos compases de por medio. El Duende puede certificar que entre cuarenta y cincuenta ciudadanos de ambos sexos, muchos de ellos jóvenes y algunos en la edad madura, sacrifican dos horas y media en el inicio del fin de semana para aprender y, de paso, divertirse haciendo música con él.

Su historia viene a cuento ahora que los premios Príncipes de Asturias acaban de reconocer el mérito de Juan Antonio Abréu, el impulsor del Sistema de Orquestas Jóvenes de Venezuela. Esta experiencia única, que ha conseguido llevar a la música clásica a muchos adolescentes sin recursos que probablemente se habrían convertido en delincuentes, ha generado un fenómeno llamado Gustavo Dudamel, presunto candidato, dicen, a dirigir la Orquesta Sinfónica titular en el Teatro Real. La música aprendida con rigor, pero también con el encanto que distingue a los grandes docentes, ha obrado lo que parece aún más imposible en el país dirigido por un milico mesiánico como Chávez.

Al Duende sin embargo no le parece menor la terapia que, en otros niveles, y salvando las distancias, administra Gershenssohn con su Via Magna. En su coro, y junto con el Duende, se reúnen gentes de muy distintas procedencias que pagan por cantar y ser simples ladrillos de esas catedrales sonoras que son las obras corales de los grandes compositores. Se puede ver en él, entre muchos otros, a una secretaria de Estado, a un astrónomo, a una funcionaria y a un empresario de Tomelloso. Este último, Antonio Morales Úbeda tiene estudios de guitarra, violín y piano, y además dirige su propio coro en la manchega ciudad donde el novelesco policía Plinio investigaba sus crímenes. Pero todos los viernes se pone al volante de su coche y hace cuatrocientos kilómetros en solitario para asistir al ensayo y cantar en perfecto alemán a Haydn. Qué lección.

Como se ve, todos estamos a tiempo de ser algo dudameles, y vivir en nosotros ese efecto maravilloso que nos permite sentirnos felices. Basta escuchar a los grandes genios con detenimiento, y buscar después a uno de esos abréus u óscares anónimos capaces de pastorear nuestras inquietudes y convertirlas pacientemente en ese milagro llamado música.

¿Saben que Moratinos también tiene blog?

Miguel Angel Moratinos no se limita a ser ministro de Asuntos Exteriores y Cooperación. Se ha dado cuenta de que Internet es un escenario ideal para proyectar su lado humano, y ha estrenado un blog. Otro que le va a robar lectores al Duende. Del ministro sus críticos no cuentan precisamente lindezas diplomáticas, pero todos los que le conocen dicen sin embargo que es un hombre bondadoso, muy trabajador  y bien intencionado. También es famoso por su fino paladar y por su afición a los vinos de Burdeos. Lo proclamó en una entrevista con una inocencia impropia de su cargo y los bodegueros españoles se molestaron mucho. Cuánta susceptibilidad, Señor.

Al ministro Moratinos se le suponen muy firmes creencias, y una considerable dosis de voluntarismo humanista. Por ejemplo, está convencido  de que nuestra política exterior es la que más le conviene a España en función de su propia historia y de su posición geoestratégica. También cree en el Atlético de Madrid, algo quizás más sólido y trascendente que lo anterior.  El Duende  le aprecia casi más como forofo rojiblanco que como versión actualizada de Metternich.. Le tenía una gran simpatía cuando se batió el cobre como representante de la Unión Europea para el proceso de paz en Oriente Medio, pero recién nombrado ministro se atrevió a imitarle en su presencia en un acto público -es verdad que sin malas intenciones- y parece que la broma no le gustó demasiado. Al Duende también le molesta molestar, así que desde entonces cada vez que ve por televisión su  mofletudo rostro de cumulonimbo, se siente señalado por el dedo acusador del ministro ofendido. Es natural, pero él debe saber que los duendes no tienen por qué ser diplomáticos.

Ha huroneado el Duende en el blog del señor ministro y se ha quedado muy agradablemente sorprendido. No sólo con su diagramación, sino por lo muy variado de sus contenidos. Don Curro no sólo sube posts breves, pero muy claros, sobre aspectos de su labor al frente del ministerio. Sino que habla de sus viajes, de su música preferida, de sus libros favoritos y hasta da algunas recetas de cocina. Con el ministro le pasa a uno lo que con César Vidal, ese hombre orquesta con gafas de empollón  que, mientras flagela al gobierno desde la COPE, escribe libros a dos manos, publica novelas históricas cada diez minutos, acumula premios literarios y hasta tiene tiempo de hacer en la radio una muy sesuda crítica de música pop. ¿De dónde sacan el tiempo para todo lo que hacen o todo lo que dicen que hacen?

El caso es que hoy se asomó al Duende al blog de Moratinos y le extrañó no encontrar ningún post tratando de convencer Bush de que no sea tan borde y tenga la amabilidad de invitar a España a la cumbre económica del 19 de noviembre en Washington. Y es una pena, porque con lo simple que dicen que es el yankee, seguro que las justas palabras del ministro le convencían. El Duende, que es tan ignorante o más que Bush, no ha levitado ante la Alianza de Civilizaciones, cierto. Pero sin embargo ha leído la receta de tartar  de atún rojo de almadraba que propone don Miguel Angel y mañana se acercará a la pescadería y comprará cuarto y mitad de delicias de Moratinos. Para que luego digan que nuestro ministro no tiene crédito.

Cartas de un desconocido. O incluso conocido…

La perplejidad de Homper esta vez era que una vecina pudiera ser tan romántica. Ella había anotado cuidadosamente toda la correspondencia depositada en su buzón el último mes y aún no había perdido la ilusión.

-¿Sabe?-le dijo cuando coincidieron en el portal- Algún día me llegará alguna carta manuscrita.

En sobre cerrado, como las cartas de toda la vida, sólo recibía la puñalada hipotecaria, la factura mensual de Telefónica, y la de Gas Natural. La de Iberdrola no tocaba ese mes. Lo demás era morralla impresa: dos folletos de una tintorería de alfombras, tres del Banco Santander, el valor de las ideas, dos ofertas de chalets adosados con el consabido Ahora 30.000 euros menos. La primera promoción, verdaderamente tentadora, en Altos de la Coscojilla, la segunda, de más alto standing, en el Cerrado del Vizconde, sin aclarar de qué vizconde se trataba. Una octavilla de JENARO, fontanería de urgencia, y otra de Pochola y Tirulete, Fiestas infantiles. También había gangas en las pizzas, con regalo añadido, por pedido telefónico, de un buñuelo de manzana y una miniensalada de col, y una tarjeta de EL CERRAJERO DEL SMOKING, un original cerrajero para urgencias nocturnas que, según su promesa comercial, atiende a sus llamadas vestido de etiqueta.

Pese a ello, la vecina de Homper, que desde 1968 trabajaba como secretaria en el Museo de Ciencias, metía su llavín en el buzón con la esperanza de encontrar algo distinto. De la misma manera que aquel pianista en la novela de Stefan Zweig recibía Cartas de una desconocida, ella esperaba que un día llegara a sus manos la carta de alguien, le daba igual que fuera desconocido o incluso conocido. No exigía que fuera tan apuesto como Louis Jourdan, aquel galán francés que lo encarnó en el cine: ella tampoco se parecía a Joan Fontaine. Ni esperaba frases de pasión incendiaria. Me ha encantado verte, fue un rato muy agradable el que pasamos juntos, la verdad es que ha sido una alegría conocerte, ¿sabes que, con crisis y todo, la vida no está tan mal?, te deseo que pases un buen otoño, gracias por ser tan buena amiga, da gusto saber que aún queda gente sensible que aprecia cuatro letras, qué pena lo de Paul Newman, ¿no? Cosas de mujer. O, mejor todavía: algún mensaje que le recordara que detrás de una consumidora había un alma.

-¿A usted no le sorprende que no escriba nadie?

Homper le contestó que alguien le quería tanto que todos los meses le escribía una carta de cuatro folios. El primero le contaba cosas tan bellas como que la coyuntura internacional se resiente de la crisis, y los mercados son tan volátiles que aconsejan variar la estrategia. En este contexto (esto lo decía en casi todas las cartas) es aconsejable pensar en el largo plazo sin asumir riesgos excesivos. Solía acabar diciendo algo así como esperamos que a medio plazo se corrija la tendencia. Y le tranquilizaba especialmente el párrafo en el que aseguraba que nuestros expertos tomarán las medidas oportunas para asegurar el mejor rendimiento de su inversión. A Homper le extrañaba sobremanera el cariño que le demostraba el firmante, porque los tres folios siguientes le recordaban lo que ya sabía desde el momento en que liquidó sus fondos bursátiles. Su inversión era cero, sus rendimientos eran cero, el porcentaje de revalorización era cero, y, en consecuencia, el saldo era cero.

-No obstante lo cual -le sonreía a su vecina soñadora-fíjese si me quieren que me siguen escribiendo todos los meses.

Y se echaron a reir. No sin antes acordar que escribirían a Zapatero el munífico para recordarle que el Ministerio de Sensibilidad -que será su próximo conejo de la chistera- debería de ocuparse de cosas como éstas. O sea, crear el CECAP (Cuerpo de Escribientes de Cartas para Animar al Personal) y prohibir la emisión de impresos innecesarios que saturan los buzones.

-Tal vez si le recordamos que esa celulosa de más está quitando la vida a muchos arbolitos inocentes…-apuntó Homper.

-Oh, sí- suspiró la vecina entornando los párpados-Le imagino contando su proyecto en el Congreso…Será tan hermoso su mensaje angélico, que casi me van a sobrar las cartas de amor…

Como niña con zapatos nuevos

Ayer domingo el Duende se propuso esquivar el desánimo de la crisis y aprovechar el otoño. Esta época del año tiene sus partidarios y adversarios. Hay algunos a los que les pesan los días cortos y la hoja amarillenta y caduca. Para otros en cambio, el ambiente húmedo y suave es como un ungüento mágico que lima las asperezas de la vida. Eso se nota muy especialmente cuando se deja el asfalto y se pisa la tierra, que a estas alturas de la estación se pone amorosa y delicada. Qué delicia pisarla y sentir que sólo el crujir de Les feuilles mortes – maravillosa canción, por cierto- rasga el muelle silencio del parque en otoño.

Por  esa joya  verde urbana que es el Retiro madrileño paseaba ayer domingo el Duende con Marina. Marina, de profesión nieta mimada, tiene tres años largos, y  está emocionada porque acaba de descubrir el termometro, que es como su lengua de trapo llama al metro. Tomar el termometro, bajarse en la estación de Retiro, comprarse unos ganchitos, mecerse en el columpio, dar de comer a los peces y los patos del estanque y ver los títeres es un planazo. Aunque hasta ahí, no demasiado original. Marina, que es tan suya como alguna de sus antecesores, había estrenado la tarde anterior, para una fiesta, unos zapatos blancos. Todas las niñas han estrenado alguna vez zapatos, pero los de Marina, cosa insólita, eran del estilo de los locos años veinte. Como los que llevaba Mía Farrow en El gran Gatsby, con su tacón alto y todo. Dicen que durmió con ellos puestos. Y, desde luego, por muy de paseo que fuera la mañana ella no estaba dispuesta a dejárselos en casa.

Lo cual  propició que el Duende, además de la nieta, tuviera que cargar una mochilita -rosa y de Hellow Kitty, para más inri- donde llevaba los zapatos ordinarios. Zapatos que le puso una vez que la niña se dio cuenta de que, como cantaría Nancy Sinatra, los nuevos are not for walking. Al cabo de un rato la operación fue a la inversa: la niña se casó de ser vulgar y quiso volver a presumir. En los parques ahora se ven cosas muy raras, pero no deja de ser curiosa la estampa de una niñita rubia sentada  en un banco mientras a sus pies un señor con el pelo blanco, como si fuera un heraldo del príncipe de La Cenicienta, le quita y le pone zapatos de princesa. No recordaba el Duende nada parecido de su abuelo, pero aquellos eran otros tiempos: ni traumas infantiles, ni complejo de culpabilidad del adulto, ni  Summerhill, ni derechos del niño ni pamplinas. Los niños entonces, cero a la izquierda y aguantoformo.

Por lo demás, disfrutó con los títeres como el que más. No exactamente mirando al Gato con botas y al Marqués de Carabás -algunos héroes infantiles no pasan de moda- sino, apostado tras el tinglado del titiritero, viendo las caras emocionadas de Marina y compañía. Como apostilla a menudo doña María, la felicidad va siempre en pequeñas diócesis.

Al regreso, abuelo y nieta se cruzaron con una columna de Hare Krishna.

-¿Y esos qué son?-preguntó la criatura aún más sorprendida que con los títeres.

A ver cómo le explicaba que, aún sin zapatos nuevos, hay otras formas de hacer el camino de la felicidad.

El día que el Duende fue portada en MARCA

El Duende de la Radio en Marca

El Duende de la Radio en Marca

Vanitas vanitatis…Tiempo ha que no colgaba sus colaboraciones en MARCA en este blog. Sin embargo no ha podido resistir a la vanidad de hacerlo hoy. Por primera vez, su nombre aparece en la portada del primer diario deportivo español (En pequeñito, eso sí: búsquenlo con lupa en la manga del presidente Enrique Cerezo). Y aunque no lo sea por hazaña deportiva alguna, el interés patriótico, atlético y, sin duda, literario que guiaba su pluma bien merecía el honor de la excepción.

Allá va.

CARTA A MONSIEUR PLATINI

Anda Saturio digamos que suliveyado contra la UEFA, contra Platini y, aún peor, contra Francia. Después de aquel añito en el infierno que han sido casi diez, su Atleti volvía a la Champions. Y ahora que se las prometía felices, viene Platini y, como si quisiera vengar tanto cachondeíto a cuenta del bicentenario del 2 de mayo, pega tres patadas a España en el culo del Atlético de Madrid. No hay derecho -me decía- no hay derecho.

Saturio trabajó en Francia de encofrador, y habla francañol, que es como el spanglish, pero en francés. Además es poeta, y le ha escrito una carta de protesta al presidente de la UEFA en verso y en francañol. Para que quede más fino y, de paso, lo entiendan aquí y en el país vecino. Dice así:.

1 President de l´UEF/ mon cher ami Platini/ ¿pour quois tantes cabronades/ a mon equipe l´Atleti?

2 Hay quien dit que cést le envide/ de mon pays que est l´Espagne./ Recient champion de Europe/ on le persigue avec sagne.

3 Pues d´autre forme no se entiend/ de l´Olimpique l´artimagne/ ni le veto au Bernabéu/ dels fils de la Grande Bretagne

4 Hasta monsieur Rubalcabe,/ qui se declare merengón/ il est plus que cabreade/ par l´abuse de votre sanción

5 Vous culpez nôtre police/violente, de severité /en reprimant les ataques/ des hinches desenfrenés

6 Mais si vois les reportages/ penserez, de verité…/sont les hinches de l´Olimpique/ Hermanites de Charité?

7 Voilá si es grave l´afrent/que provoque tal decisión /q´y s´ont pueste bien d´acord/ gobierne et oposition

8 Et piensent que c´est le fruit/ d´une locure, un colocón/ o de que vous, Platini,/ vous croyez Napoleón

9 A ma patrie, tante jéte,/ bien sur, les pelottes infle/ et ne plais pas que vous digue:/ á mois me la refanfinfle

10. Rectifiquez, Platini,/ ne le ciégue pas la pasion/ Vous avez metu la gambe,/… bien sur, hasta el corvejón

11 Et sur tout, n´humillez pas /a l´Atleti de Madrid/ Lo que nous avons sufrí/ pour arriver hasta aquí!

12 C´est por ça que recomende/ a vôtre poderose UEF/ plus respéte aux espagnols/ Ne touchez pas nôtres oeufs!

13 Grâce que vous suplique ce menda,/ colchonier de corazón/ que vous salue con afécte/ et grand consideración

Firma la carta Saturio López, lavacoches. Pero aunque en Francia, desde Voltaire a esta parte, tiene gran tradición la literatura epistolar, es muy probable que no la valoren. Motivo por el cual, y como una protesta más de contra esta barrabasada de la UEFA, hemos creído que era de ley publicársela aquí. A ver si convence.

¿Tendrá tiempo Garzón para hacer el amor?

Fusilamientos 2 de Mayo

Fusilamientos 2 de Mayo

¿Oyen los muertos run run del pueblo? ¿Interceptan desde el más allá las ondas hertzianas? ¿Captan los titulares de prensa? ¿Atrapan con su cazamariposas mágico esos sonidos que, según los físicos quedan flotando en el espacio eternamente? Homper no está seguro de ello, pero Juanita, la chica de su tahona, le ha contado algo que le da alguna pista al respecto. Y, una vez más, se ha quedado estupefacto.

Juanita va para cuarentona, pero es una guapa mollar. Mantuvo un largo noviazgo con un tipo que al final acabó saliendo del armario, y pese al disgusto, no le perdió la cara al amor. Después de varios idilios que sólo fueron pinceladas, ahora sale con un segurata que no le da los problemas habituales. No estuvo casado nunca, luego no tiene hijos ni obligación alguna de abandonarla los domingos para llevarlos al Mc Donald y al Parque de Atracciones. Tampoco caza, con lo que no la cambia por pelo ni pluma alguna. No juega al golf, ni la deja por el fútbol, pues sólo le apasionan los bolos montañeses. Es verdad que apunta algún michelín discreto y ronca por las noches. Defectos tan insignificantes que, teniendo en cuenta que a veces, después de un fogoso rato entre las sábanas, incluso le musita un te quiero, ella da por buenos. El segurata, además, es romántico, y le lleva a pasear por los parques madrileños, que en otoño se impresionan, o sea se convierten en cuadros impresionistas y, cómo no, acaban impactando en cualquier corazón sensible.

-Pero para impacto -le dijo Juanita sobresaltada- el de ayer en el Parque de la Tinaja-

¡Ay, señor Homper, qué susto!…Como La noche de los muertos vivientes, no le digo más…

El Parque de la Tinaja es un pequeño jardín que, de hecho forma parte del Parque del Oeste, una de las joyas verdes capitalinas. Se llama así porque alberga una enorme tinaja de ladrillo árabe que debe de ser la antigua chimenea de la Escuela de Cerámica, instalada allí. En uno de sus bancos se besaban Juanita y el segurata al dulce atardecer de estos impagables días otoñales cuando fueron interrumpidos por un débil carraspeo.

-Ejem, ejem…Perdonen que me presente…-se escuchó de una figura nebulosa- Soy Francisco Gallego Dávila, presbítero y sacristán del Convento de la Encarnación

Era una figura espectral, vestida con una sotana harapienta y hecha jirones. Dice Juanita que no pudo contener un grito, y que el novio sacó la pipa y apuntó a aquel individuo sospechoso. Pero éste juntó sus huesudas manos, se hincó de rodillas e imploró compasión.

-No, por favor, otra vez no…-sollozaba- Yo ya fui fusilado el 3 de mayo de 1.808!… ¡Soy de los que salen en el cuadro de Goya!….

Como Juanita y el segurata acababan de ver Sangre de mayo, una vez disipados sus temores, entraron en conversación con el aparecido. Y éste les contó que estaba enterrado en el Cementerio del Príncipe Pío, paredaño con su besadero. Y que había sido comisionado por el resto de los héroes madrileños que lucharon contra los franceses y ahí guardan descanso eterno para salir de su tumba y localizar a Baltasar Garzón.

-Nos han dicho que es un juez tan diligente que, en cuanto encuentre la quijada asesina de Abel, piensa sentar en banquillo a Caín…Y antes de que se meta en ese sumario queremos que, si no le sirve de molestia, procese a Napoleón, a Fernando VII, a Pepe Botella y a todos los gabachos que nos hicieron la vida imposible…

-¿Y eso cambiará vuestra suerte?-le preguntó Juanita.

-No, en realidad ya estábamos convencidos de haber pasado a la historia…Ya ve, gracias a Goya nos recuerda todo el mundo…Pero después de ver las ganitas de este juez inagotable, pensamos que a lo mejor también somos competencia suya. Y, si de paso le pone empapelar a Michel Platini, que también es francés y le está haciendo tantas putadas al Atlético de Madrid, vecino de la zona, mejor que mejor, ¿no?…

Se despidieron como amigos de aquel muerto tan simpático.

-¡Qué suerte que sólo seas segurata!-le decía Juanita a su galán mientras se daban los últimos besos- Pensar que si fueras como Garzón tu afán de justicia no te dejaría tiempo para el amor…

El patio de mi cárcel y el de Elena

Elena Cánovas

Elena Cánovas

No siempre es el horror, las contradicciones de la vida o la extravagancia lo que hace de Homper el perfecto Hombe Perplejo. A veces se queda pasmao por el mérito de mucha gente que la mayoría ignora. Lo descubrió en una boda, cuando conoció a una mujer francamente atractiva que se movía entre los invitados con la ligereza y la ingenuidad de una chiquilla. Era guapa, vestía con gusto y originalidad, destilaba coquetería y sonreía mucho. Uno hubiera apostado a que lo suyo era el mundo de la moda, o del diseño, o de la decoración. Pero las apariencias engañan a menudo.

-No lo creas-le advirtieron-Es una funcionaria de prisiones.

Uno piensa que para ese trabajo hay que ser como Judith Anderson, aquel palo de escoba astillado que ejercía de ama de llaves como señora Danvers en la película Rebeca. Falso cliché. Hay funcionarias de prisiones con encanto. Y quizás con bastante más que el encanto, como lo demuestra esa otra heroína de nuestro tiempo que es Elena Cánovas.

Elena Cánovas es Candela Peña, o más bien Candela Peña es parte de Elena en la película El patio de mi cárcel, de Belén Macías. Esta película retrata el grupo Yeses, una compañía concebida, creada y dirigida por Elena en la prisión de Yeserías para impulsar el teatro como vehículo de reinserción social para las reclusas. Corrían los años ochenta, y España ni imaginaba el buenismo que ahora respira bajo la égida de Zapatero. En los ministerios de Justicia e Interior se levantaron entonces muchas cejas: ¿qué carajo es esto de que las presas hagan teatro?

Pero Elena era una mujer de casta y una gran luchadora. A los veintipocos años y con un matrimonio fracasado se vio sola, con dos niñitas en sus brazos y la calle para correr. Se graduó en Criminología, se tituló en Interpretación y Dirección Escénica en la Escuela de Arte Dramático, ingresó en el Cuerpo de Funcionarios de Prisiones y sacó adelante su ilusionado proyecto. Como cualquier pedagogía innovadora, el suyo no fue un camino de rosas. Pero al menos fue reconocido. Fue distinguida con el Dionisos de la UNESCO y otros premios, y con la medalla al Mérito Penitenciario. Y la obra Mal bajío, de la que es coautora, obtuvo un accesit del Premio Calderón de la Barca.

Podía haber sido la guionista o incluso la protagonista de El patio de mi cárcel, pero el marketing cinematográfico tiene sus leyes. Y más si anda de por medio la llamada factoría Almodóvar. La deuda con la creadora del Grupo Yeses se salda con el consabido inspirada en…Pero nadie le podrá negar el mérito de encarnar un perfecto papel de heroína. El patio de Elena tiene más sustancia que la que dicen que se percibe en la película. Su reciente batalla contra la enfermedad, agiganta su figura. También ha sabido engañar al cáncer, poniendo a esta última putada del destino la máscara más alegre del teatro que siempre luce su sonrisa.

La naturaleza imita al arte, proclamaba Oscar Wilde. Pero cuando el arte cinematográfico se ha fijado en la gran aventura vital de Elena se ha quedado un poco escasito. Ella quizás merecía un oscar especial por su tenacidad. Y, por supuesto, un compañero de reparto con la apostura de George Clooney. Lo demás es minimizar el mérito de esta gran soñadora que tanto ha luchado por el teatro y por la dignidad de las reclusas.

El coñazo de Rajoy y el coco de Chacón

Vaya marrón, decir que el desfile es un coñazo y tragarse el coñazo al día siguiente sabiendo que tu rostro interesa más que la cabra de la Legión. Qué papelón, Marianito. Mañana vas y escribes cien veces a la pizarra: No se dicen inconveniencias a micrófono cerrado. Porque parece mentira que un político experimentado, varias veces ministro y con percebes en las barbas, no sepa que los micrófonos, cerrados o abiertos, no cambian de cara, y presentan siempre el mismo semblante de tocapelotas inoportuno. El pueblo podemos pasar de eso, pero un candidato lo debe saber. Lección número 1: donde hay un micrófono hay un enemigo en potencia. Lección número 2: en consecuencia, dígase del adversario todo lo malo y, de lo tocante a la patria, sólo excelencias. Ergo un desfile, y más en el día de la Hispanidad, no sólo no es un coñazo, sino que es uno de los espectáculos más emocionantes, vistosos y coloristas. Y, por ende, un planazo para el domingo.

Cabrá especular sobre si el desliz mariano cotizará en las urnas. Particularmente, uno piensa que el candidato sintoniza más con la mayoría cuando mete la pata que cuando ejerce de ángel exterminador. Es más, casi todos estamos de acuerdo en que un desfile es incluso más que un coñazo. Sin embargo los tamborileros del PSOE ya se lo han lanzado a la cara de Rajoy. (Por cierto, ¿cómo no le ha reprochado Bibiana Aído que un coñazo o, en aras de la igualdad,  también debería ser pollazo?)

Por eso destaca en sentido contrario la ministra de Defensa, Carmen Chacón. Dijo por la radio  la desafortunada frase de Rajoy no es más que una expresión coloquial que sin duda no expresa el verdadero pensamiento del líder de la oposición. El Duende coincidió ayer en una boda con Alfonso Ussía y, entre las infinitas coñas habituales en él,  le confesó que le había sorprendido muy positivamente una carta en la que la señora Chacón elogiaba y agradecía un artículo suyo dedicado a nuestras fuerzas armadas. Alfonso Ussía, que no es lo que se dice un palmero del gobierno.

Lo que viene a matizar aquello que en este mismo blog subrayó el Duende, y que fue criticado por varios comentaristas. Se escribió entonces que Carmen Chacón era la ministra más atractiva de nuestra democracia. Bueno, pues  donde dijo digo dice Diego. Y ahora precisa que lo suyo no es tanto cuestión de atractivo como buena cabeza. Buen coco ministerial para dejar el coñazo del candidato del PP en el lugar de donde su imperdonable espontaneidad lo sacó.

Martita vuelve a sonreir (Un cuento sobre la sensibilidad)

Se lamentaba Homper- el Hombre Perplejo- a su psicólogo. Mire, trato de encallecer mi sensibilidad y sin embargo creo que fracaso, ¿qué puedo hacer? El psicólogo le recordó que ser una persona sensible, como diría el padre Bonete, no es malo de suyo. Pero Homper replicó de inmediato: calle, no diga tonterías, tú blindas tu alma y el mundo te resbala. Sin embargo abres tus poros a lo que flota en el viento, a los sentimientos, a lo que ven tus ojos, a lo malo o a lo bueno de la vida, y siempre crees que te debe lastrar lo peor. Y acabas sufriendo innecesariamente, como mi amiga Marta.

Y añadió que parecía imposible que Marta lo estuviera pasando mal, con la carita inocente, tan rica y llena de ternura, que Dios le había dado.

Marta había entrado en la edad madura, pero seguía luciendo rostro de niña, y era tan dulce y cariñosa, que invitaba a que se le llamara Martita. Parecía una amiga de Mafalda, o una de esas criaturas con zapatitos, calcetines y lazo en el cabello que ilustraban las vajillas infantiles antiguas. Marta está bien casada con un marido estupendo, un ingeniero de esos que no sólo te quiere, sino que además es capaz de crear una empresa y, lo más importante, de arreglarte la plancha si se pone a ello. Un tipo tan bien organizado que incluso es capaz de entender ese artefacto diabólico para los bebés que se llama Maxi Cosi, no les digo más. Tienen cuatros hijos y esperan un nieto, y viven en una casa con patio ajardinado la mar de agradable. Además, trabajaba en una pequeña fábrica de felicidad, pues por sus manos pasaban niños de esos que antes llamaban incluseros y que, gracias entre otras cosas a sus buenos oficios, encuentran ahora padres adoptivos. Bonito trabajo Sin embargo, las cosas, se le habían juntado alifafes de salud, preocupaciones por el futuro de sus hijos -¿quién se libra de eso?- y alarmas derivadas de su extrema sensibilidad. Y ahora andaba triste, algo deprimidilla.

¡Qué compromiso, doctor!-le dijo Homper. Y el psicólogo se excusó. No se qué decirle, no la conozco, mi cliente es usted…Pero no creo que eso de echar una capa de cemento a la sensibilidad sea remedio…Y haga el favor de no complicarme la terapia con terceros, caramba, que bastante tengo con usted.

Y Homper se echó a la calle recordando el verso de Rimbaud que tanto recitaba su padre. Par delicatesse j´ai perdu ma vie…Y pensaba que, pese a la resistencia del psicólogo, sus esfuerzos por sofocar sus neurona de la sensibilidad no le habían ido tan mal. Pasaba por la Rosaleda del Retiro en su esplendor y conseguía que las rosas no le dijeran nada. Desfilaba ante los mendigos más dignos de compasión y se convencía a sí mismo de que eran farsantes. Veía precipitarse por un balcón a un especulador desesperado por la crisis bursátil y se encogía de hombros. (Hacía bien, el millonetis arruinado se había atado un tirante de los del puenting, por si en el descenso Wall Street rebotaba y salvaba los muebles). Se convencía a sí mismo: educo mi resistencia, me fortalezco, estoy preparado para afrontar el futuro sin ser víctima de mis sentimientos.

Sin embargo aquella noche tuvo un sueño inquietante. Había dejado sobre la mesa de la cocina una merluza en salsa con la que pensaba invitar a cenar a unos amigos. Ya se sabe cómo son de caprichosos los sueños. En esto aparece su nieta encima de la mesa, y mete un pie en la fuente de merluza. Suena el teléfono, Homper toma un rollo de papel de celulosa, limpia a toda prisa el pie de la niña y se precipita a descolgar. Cuando regresa, la niña no está. Sin lavarle el pie, que seguramente olerá a merluza en salsa verde, la madre le ha puesto los zapatitos y se la ha llevado a la guardería. Y Homper pasará el resto del día torturado por la culpa y las dudas. No sabe qué es peor, si que las monjitas miren extrañadas a su nieta porque huele a pescado guisado, o que a sus invitados esta noche no les guste la merluza con sabor a pie de niña. Qué horror: regresa a la sensibilidad.

Y aunque tenga que seguir pagando al psicólogo, se congratula con su suerte, y aún se atreve a rectificar a Rimbaud. Par delicatesse j´ai gagné ma vie, sí, eso debería haber escrito el poeta. Pues, pase lo que pase con el sueño, con el pie de la niña y la fuente de merluza, y a pesar de que el día es plomizo, Homper sabe que gracias a que aún no se le ha embotado el sentimiento conecta con su amiga Martita. Y está convencido de que ésta sonreirá cuando lea sus peripecias. Y pensará que, pese a todo, vale la pena abrir esos ojos con pestañas tan largas que hacen cosquillas a los ángeles y volver a mostrar su sonrisa de niña feliz.

Con el permiso de Jean Marie Le Clézio

Uno de los beneficios de la pérdida de la inocencia -me dijo Homper- es que dejas de creer que la mejor literatura es la que premia el Nobel.

Y luego confesó que en su primera juventud, creía que sólo se podía ser un hombre ilustrado si leías todos los libros encuadernados en falso cuero y estampados en orillo con los que las editoriales esmaltaban de cultureta los hogares españoles. Los Nobel, los Goncohurt, los Pulitzer, los Planeta, los Nadal…Tan lucidos en las estanterías, tan pesados, a menudo, para leer en la cama. Y tan aburridos muchas veces.

El día que comprendió que había muchos otros autores que le hacían más placentera la lectura y pasó de los marchamos oficiales de los premios, fue un poco más feliz.

Ahora mira con cierta distancia crítica a la Academia Sueca, tan suya al barajar los designios políticos, culturales y comerciales que guían sus decisiones. Si esperamos que premie a alguien cuyos libros gustan mucho y venden más, difícil. Si el escritor es de derechas, como Vargas Llosa, aún más crudo. Y si es un autor que conocemos y disfrutamos hasta los paletos, -salvo que el elegido sea un conspicuo procastrista como García Márquez o tan extravagante y ácrata como Darío Fo- a olvidarse. Nobel de Literatura que se aplaude universalmente, lagarto, lagarto.

Novelista de la ruptura, de la aventura poética y de la sensualidad extasiada…Así justifica la Academia las razones para premiar este año al francés Jean Marie Le Clézio. Recuerda Homper que en su adolescencia y leyendo Hambre, de Knut Hamsum -otro Nobel de Literatura hoy prácticamente olvidado- descubrió que unas líneas bien escritas podían resultar más eróticas que Ursula Andress en bikini emergiendo del mar en la primera película de James Bond. Si creía en los Nobel -explicaba- cómo no iba a creer en el pecado.

Lo cual que Homper cerró el libro y corrió a la iglesia más cercana para confesarse.

- Padre -le dijo al cura abriendo su alma-confieso que leyendo una novela, en una página que relataba una escena de amor, me he sentido turbado.

-¿Turbado o más que turbado?-preguntó el sacerdote.

-No -replicó Homper- dejémoslo en turbado.

-¡Ay, hijo mío!-resopló el mosén, que debía de ser primo de Torquemada-Como decía mi obispo, novelas no verlas.

Homper se quedó perplejo de la opinión de aquel ministro de la Iglesia sobre la literatura. Hoy asegura que la suya dista tanto de ella como de la que guía a la Academia de Suecia. Y, aunque está seguro de que Le Clézio es un gran escritor, sólo lee lo que le recomiendan amigas como Alfonsina, Beatriz, Begoña, Aurora, y Angeles. No es que sus amigos no tengan criterio literario, sino que las mujeres (se ve en el Metro) leen cien veces más, y suelen saber mejor qué libro le conviene a uno.

Los que se cagan en la res pública

Urinarios públicos en Amsterdam

Urinarios públicos en Amsterdam

(Foto de Tinkerbells)

Van unas feministas catalanas y reclaman el derecho a aliviarse en la vía pública cuando sientan la necesidad. No es la propuesta más honrosa de quien lucha por la igualdad de sexos. Incluso se puede catalogar en el capítulo de necedades diversas de los que no saben si arreglar el mundo o convertirse en bufones itinerantes allí donde van. Pero conviene analizar su puntito razonable, que a lo mejor lo tiene.

Doña María, tan realista ella, le ha comentado al Duende que ni tanto que queme al santo ni tan poco que no le alumbre. Se puede trabajar en otros frentes para que el sexo masculino no siga siendo primado por las leyes y la costumbre. Pero eso no quita la manifiesta insolencia y desprecio por la salubridad y el decoro públicos con los que los hombres aprovechan la mayor funcionalidad de su fontanería para hacer pis donde les peta.

Los taxistas abren la portezuela, disimulan mirando al horizonte con cara de poeta y en cualquier rincón urbano mean sin el menor remordimiento. Entre otras cosas, porque hacerlo como mandan las ordenanzas son treinta céntimos (urinario público) o un euro y veinte céntimos, precio del cafelito que da derecho a entrar en el WC del consabido bar. Café que, por cierto, es además muy diurético, con lo que alimenta el círculo vicioso. Los ancianos, algo más vergonzantes, aprovechan los arbustos de los parques y la  indulgencia que siempre provoca la mayoría de edad. Los jóvenes mal educados, que quizás no conocieron el viejo delito de escándalo público, ni se molestan en buscar tapujos u oscuridades. Cuando les aprieta la vejiga, sacan su grifo y que salga el sol por Antequera.

Aparte de la incuria ciudadana, el pretexto es que no es fácil resolver esa necesidad fisiológica cuando te sobreviene en la calle. Siendo mujer o aún hombre. Ni incluso pagando. Hace treinta años había urinarios públicos gratuitos atendidos por empleados. Como no hay manera de que el personal respete lo que es de todos, se convirtieron en nido de guarrerías y delincuencias de todo tipo, y acabaron por desaparecer. Supone doña María que una encargada de urinarios tampoco sería ahora el orgullo de los sindicatos. Pero frente a eso opone su pesqui y su gramática parda. Boberías -dice- Lo mismo que ahora a los porteros se les llama empleados de fincas urbanas, se les busca otro nombre más lustroso. Tiene razón. Si en lugar de empleados de urinarios son miembros del VIDU (Cuerpo de Vigilantes de Deyecciones Urbanas) ya no es lo mismo. Qué buena idea para crear nuevos puestos de trabajo. Incluso para dar acogida en ellos a todos esos caraduras de la Diputación de Almería que, bajo el socorrido título de asesores, han confesado ganar un sueldo por no hacer nada. Lo que es otra forma de cagarse en la ciudadanía.

Homper, nuestro Hombre Perplejo, también se ha quedado pasmado ante esta nueva muestra de desfachatez, aunque mantiene que se podría evitar con algo tan sencillo como la buena educación. Casi nada. Eso, como demuestra el increíble video que está difundiendo nuestra amiga Alfonsina, sí que  es una quimera.

Diputados en pelota y otras pesadillas informáticas

(Foto de d70focus)

Aquella noche se despertó Homper sobresaltado. Soñó que se encontraba en una playa nudista. Los dos primeros bañistas que se topó eran dos leones absolutamente bronceados. A continuación, diseminados por la arena, más de trescientas personalidades en pelota picada. Al contrario de lo que se siente en el sueño tradicional, donde uno se avergüenza por estar desnudo delante de la gente, a Homper se le subieron los colores, pues era el único que llevaba traje de baño. Echó a correr por la orilla y se dio de bruces con una pareja que caminaba de frente, agarraditos los dos: eran Rajoy y María Teresa Fernández de la Vega, que se besaban en los morros para escenificar el buen rollito frente a la crisis. Qué cuadro, mi madre, ni pintados por Lucas Granach. Despavorido, huyó en dirección contraria. Y entonces pudo leer un cartel que decía:

Playa Nudista de los Diputados.

El pueblo español en pelota picada

Homper se levantó, secó el sudor de su frente, bebió un vaso de agua y volvió a la cama. Tuvo suerte, y al cabo de un rato concilió de nuevo el sueño. Y esta vez cambió de escenario. Conducía su coche por un puerto y en la única recta donde estaba permitido apretó el acelerador para adelantar a un trailer. Venía de frente a lo lejos otro vehículo, pero había margen más que suficiente. Sin embargo, en pleno adelantamiento, el motor de su coche rateó, el carburador falló y en el cuadro de mandos se encendió un aviso aterrador: Carburador afectado por un virus. Despídase de la vida. Fue lo último que vio antes de estrellarse contra la furgoneta que avanzaba por el carril de la izquierda.

Homper quedó muy afectado por las pesadillas. Pero así como la primera le parecía una broma, la segunda le sonaba a presagio. Quiso escribirlo así en su bitácora personal. Se sentó en su mesa de trabajo, encendió el ordenador, abrió un nuevo documento de Word y comenzó a teclear. Anoche no soñé que volvía Manderley, qué mas quisiera. Soñé que me estrellaba en un coche después de haber soñado que me topaba con Rajoy y María Teresa Fernández de la Vega en bolas. Con todo, lo peor es que mi muerte no era por un fallo mío, sino porque mi coche había sido víctima de un virus como los que de cuando en cuando descarajan mi ordenador. Y mi  pregunta de Hombre Perplejo es…¿Cómo puede girar el mundo civilizado en torno a una tecnología que un matriculín de la informática manipula enviándote un virus desde Filipi…?

Faltaba la sílaba nas. No pudo terminar su post porque en ese momento el teclado dejó de funcionar. Ese mismo percance lo ha sufrido el Duende el domingo, provocando su enésimo ataque de ira contra las mil y una trampas que diariamente tiende el ordenador. Lamentablemente, esta vez no era una pesadilla. Sino alguna nueva jugarreta de la doctora en sadismos diversos que algunos llaman Informática.

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