Archivos para 29 noviembre 2008

Enrique y las buenas formas

Dime que me quieres, aunque sea mentira. O miénteme, sólo me gustas cuando me dices que soy maravillosa. Joan Crawford, Rita Hayworth y algunas heroínas más del celuloide ya rancio recordaban que el arte de la seducción es básicamente disimular las asperezas de la verdad. Así sobrevivían el galanteo, la cortesía y otras costumbres que, según algunos, hacían más hipócrita a la sociedad. Ahora el dogma de la sinceridad nos ha decapado este barniz, que aunque ofendía al rigor hacía más gratos muchos momentos de la vida. Valores como el buen gusto, la finura, y los modales se interpretan como signos de decadencia, cuando no de prepotencia o de desprecio por los destellos más relevantes del ser humano. Como si la buena educación estuviera reñida con el amor al prójimo o la solidaridad.

Dime que me quieres, aunque sea mentira. Nos afanamos por exigir a nuestro alrededor claridad y sinceridad, pero luego rechazamos las verdades incómodas. En pleno fragor del terrorismo internacional y de la crisis económica, el maestro de maestros en el arte de la seducción sigue hablando de Alianza de Civilizaciones, se lava las manos en el asunto Repsol -ni una palabra de nucleares, no vayan a pensar que nuestra Jauja es un camelo- y derrama estado de bienestar sin dejar de sonreir. Once mil millones más para activar esa Viagra de la economía que ha resultado ser el ladrillo. Y el que venga detrás que arree.

-Ríete de Cary Grant -piensa el Hombre Perplejo.

Se sorprende Homper que viviendo España desde casi un lustro bajo el talante y en el conjuro de las buenas palabras sigamos perdiendo amabilidad social. Recuerden el viejo chiste de Mingote: se cruzan dos por la calle, hola qué tal estás, dice uno, ¡y tú más!, le responde el otro. La amabilidad: no arregla el mundo, como pretenden los taumaturgos, pero dulcifica el momento.

Y se acordaba Homper de Enrique Gil-Casares, muerto hace unos días por una de esas travesuras del corazón que no tienen vuelta atrás. Enrique no era, ni mucho menos, uno de esos sus amigos íntimos de los que tanto presumimos los españoles. Pero era un hombre extraordinariamente atento y bien educado, y siempre que se saludaron su sonrisa lucía espontánea y sincera. Había en su figura de galán clásico -siempre impecablemente vestido- una nobleza deferente que le mejoraba a uno cuando se lo encontraba. Homper, a su lado, hasta se sentía alguien. Y no era su gracia, sino el talento de Enrique para hacer la vida más agradable a los demás.

Tenía, sin duda, valores mucho más destacables. Pero no siempre la vida da oportunidades para contrastarlo todo. Lo admirable es que con sólo ser amigo de algunos de sus amigos, haber coincidido con él en varios festejos domésticos y cantado al compás de la guitarra que tan elegantemente tocaba, Enrique le hubiera dejado una huella marcada en sus sentimientos. Mientras asistía a su funeral, Homper, perplejo, se lo preguntaba. ¿Será que, en el fondo, las buenas formas también son importantes?

Superespe

esperanza
Paco Umbral, como buen genio o, como poco, ingenio, era bastante vitriólico con lo que él llamaba la derechona. Sin embargo siempre trató con admiración no exenta de cariño a Esperanza Aguirre. Quizás porque aunque la presidenta de la Comunidad de Madrid es de las que jamás oculta su pedigrí conservador -ella prefiere subrayar que es, ante todo, liberal- resulta poco rentable ser su enemigo.

Esperanza es una señorita con alma de luchadora, una currante infatigable y una populista con encanto. Es condesa consorte y juega al golf muy bien, sin ocultar esos detalles que otros preferirían mantener ocultos en su biografía. Y eso cala en el personal. A bastantes vecinos de los bloques de Los Arándanos que hay repartidos por España, la Espe les parece más del pueblo que mucho doctrinarios progresistas   Quizás porque en estos tiempos de camaleonismo, sensibilidades poliédricas e híbridos ideológicos, ella olvida el lenguaje políticamente correcto y se produce con la misma espontaneidad que la verdulera del mercado. Sabe lo que sabe y nunca se ha afanado por aparentar más ni engañar a nadie.

-Dime, querido espejito-dialoga a veces desde su coqueta- ¿Quién es más presidenciable?…¿Esperancita o el …… de Gallardón?

Y el espejito, que es muy cauto con los pareados comprometidos, despacha la consulta como buenamente puede.

-Tú eres la más querida, sin duda. Pero ya lo dirá el partido, hija…Que bastante suerte vas teniendo hasta ahora…

A Esperanza le pudo matar un helicóptero díscolo, y ayer quisieron cebarse en ella unos de esos descarriados que no creen en la Alianza de Civilizaciones. Sin embargo la fortuna le hizo un nuevo guiño, y volvió a salir ilesa. Lo suyo no es la baraka que según los moros protegía a Franco, pero sí un blindaje especial que el destino presta a quien se lo trabaja. Esperanza Aguirre es de esos políticos que, aún pudiendo vivir estupendamente, se desvive por algo en lo que cree, y que le quita el tiempo para otros empeños placenteros

Bien se merece Superespe ese plus de suerte que la acompaña. Aunque Umbral tenga que seguir esperando para piropearla en directo, este duende, entre otros muchos, respira aliviado y contento.

El sinvivir de la cultura que no cesa

¿Acabamos con la cultura antes de que la cultura nos aplaste?...

¿Acabamos con la cultura antes de que la cultura nos aplaste?...

No tenía nada que ver el título con su contenido, pero compró el Duende aquel libro sólo por el título: Cómo acabar de una vez por todas con la cultura.

Ya lo citó una vez al menos en este blog. Es una boutade más de Woody Allen. Y contaba historias pintorescas y divertidas, aunque no ahondaba en lo que uno creía que era tema sobrado para un buen ensayo. Sus variantes: cómo asimilar el alud de arte, de música o de literatura que diariamente producen el genio humano. Cómo no perderse en una librería, en un museo o en una cartelera de cine o teatro. Cómo meterse en el cuerpo un concentrado cultural adecuado al yo y a su circunstancia. Cómo separar la ganga de la mena. Cómo seleccionar sólo el pasto espiritual que vale la pena. O sea, cómo ser un discreto humanista de nuestro tiempo. Sin excesos, pero también sin llamativas lagunas.

El problema es saber cómo se elabora el criterio. Porque el territorio de la imaginación no conoce fronteras. Las musas no paran: en todo lugar hay ahora mismo un genio o alguien que aspira a serlo exprimiéndose el cacumen para alumbrar algo nuevo que incrementa el stock de nuestra asignatura pendiente. Ay, cultura, quién pudiera detenerte, a ver si así uno te echaba el cazamariposas y te asimilaba. Pero nada, no dejas de renovarte, extenderte y hacerte cada día más imposible para el pobre ciudadano bien intencionado. Por una parte, qué estimulante. Por otra qué desasosiego y, peor aún, qué irresponsabilidad la de quien no ha elaborado ese criterio. Así se acaba entiendo la propuesta de Woody: puesto que nunca llegará uno a abarcarlo todo, mejor le ponemos un petardo y liquidamos la cultura. Viva el consumo, Rodolfo Chikilicuatre, y el papel couché. Ah, y también Roldán, el último héroe mediático que está oscureciendo a Platón.

Uno canta la palinodia por una cena donde todos los invitados eran conspicuos curiosos. Repasaron y comentaron las lecturas, exposiciones y conciertos del momento, y al Duende acabaron por recordarle lo pequeño que se quedó el lindero de su pensamiento. Había él abandonado la lectura del thriller y el policíaco en su primera juventud, pero ahora, desde Henning Mankell a Haruki Murakami, los maestros del género resulta que son literatura de calidad. Al día siguiente se sumergió en esa balumba de acusaciones escritas que hoy es cualquier librería. Dios, decía Menéndez Pelayo: por mucho que viva, siempre me moriré con demasiada lectura pendiente. Compró un par de libros de los mencionados, pero al pasar por caja leyó en la faja de un volumen encuadernado en cartoné: Vasili Grossman, Vida y destino. La gran novela del siglo XX. Dice la solapa que es el Guerra y paz de la Segunda Guerra Mundial.

Avergonzado por no haber leído a su edad esa pieza esencial -nadie se lo había advertido antes, conste- la echó también a su bolsa de la compra. Y, como tantos otros libros, reposa en el anaquel del Duende, esperando el milagro de que el cerebro sea una esponja mágica y pueda absorber el infinito cultural. Ay Woody, por qué no vendrá quien ponga coto a este desmadre…

Cien mil millones de estrellas

Si nuestras estrellas fueran guisantes, llenarían el Bernabéu…
Si nuestras estrellas fueran guisantes, llenarian el Bernabéu...

Nos contaban de niños que, antes de morir, el hombre ve pasar como en una película rápida toda su vida. Nadie ha escrito ese guión, pero cabe suponer que será abrumador. Imagínense: todo lo bueno y todo lo malo. Un resumen de las obras por las que seremos recompensados, pero también de las fechorías que emborronan nuestra hoja de servicios. Las fotos con los seres queridos, las postales de los viajes, los gozos, las sombras. Y, quizás lo peor: la lista inacabable de asuntos pendientes que ya nunca podremos llevar a cabo. Qué fatigas, Señor.

Doña María, que como saben los lectores de este blog es una ama de casa gruesa de los nervios, dice que ya ha vivido pesadillas que anticipan ese momento. A menudo, sueña que ha muerto, y que el juez supremo, antes de condenarla por glotona y, sobre todo, por mentirosa, hace pasar ante sus ojos  una cinta transportadora que, desde el túnel del tiempo, trae todos y cada uno de los platos que ha ido engullendo a lo largo de su vida. Dejando aparte su etapa de lactante, teniendo en cuenta sus años y que tiene la mala costumbre de hacer dos comidas diarias a razón de primero, segundo y postre, pasan de cien mil los platos que levantan su dedo acusador contra ella. Ella se defiende argumentando que desde hace muchos años hace dieta mediterránea, toma leche desnatada y engaña sus cafés con sacarina. Pero ni por esas. Cuando despierta y vuelve a mirarse al espejo, se ve más bien como gruesa de los sueños.

Las grandes cifras siempre causan vértigo. Lo producen las de la macroeconomía, que asoman a diario en las noticias, las  de los parados, las del déficit público, las de las pérdidas empresariales. También, en el sentido contrario, las de las obscenas ganancias de los grandes ejecutivos, a los que el antiliberalismo piadoso quiere ponerles coto. Pero mucho más otros datos aún más escandalosos. En 1996 la FAO arrancó de las grandes potencias un compromiso en la lucha contra el hambre que no se cumple. Hoy hay ochocientos cuarenta y tres millones de hambrientos, veintitrés más que en aquella fecha. Y, para mayor inri, todos sabemos que nada menos que seis millones de niños mueren al año por malnutrición. A ver qué nuevo orden mundial acaba con esa lacra de una puñetera vez.

Homper -el Hombre Perplejo- no salía de su asombro  cuando su amigo Paco le vaciló con otros datos que relativizan aún más la importancia de cualquier problema personal de los bien alimentados. Paco Colomer es astrónomo, y le contó el otro día que sólo en nuestra galaxia  hay cien mil millones de estrellas.

-Vamos, venga ya-le replicó Homper-¿Y cómo visualizas ese disparate?

Paco le contó que, reduciendo el cálculo a ejemplos inteligibles, había llegado a la conclusión de que, si las estrellas fueran del tamaño de un guisante, todas juntas llenarían un estanque del tamaño del Estadio Santiago Bernabéu. Y a qué negarlo, sintió un cierto alivio. Pensó que, confundido nuestro insignificante planeta entre cien mil millones de guisantes, a lo mejor se disimula la espantosa responsabilidad del hombre contemporáneo por consentir  el hambre en la Tierra.

*V

La gracia de los “caganers”

Apareció por la zona centro el otoño, se trajo algún modesto temporal del Atlántico, espolvoreó de nieve las cumbres y hasta luego, Lucas.

Entretanto eligieron a Obama, se reunió el G-20, mataron a Alvaro Ussía, discutieron en el Congreso por la placa de la madre Maravillas, los fabricantes de automóviles se rasgaron las vestiduras, detuvieron a algún criminal etarra, se abrieron llagas en el Real Madrid y hasta se han encendido las primeras luces de Navidad. La vida sigue.

Un digno "caganer"er, bastante más gracioso que los de moda...

Un digno "caganer", bastante más gracioso que los de moda...

En Cataluña, los artesanos han renovado su parque de caganers para los nacimientos. Ya no están sólo los Príncipes de Asturias y Raúl en esa indecorosa posición. Como apunta el maledicente refrán, caga el Rey, caga el Papa y nadie sin cagar escapa: si eres alguien te ponen a defecar junto al pesebre. Hace días que no sabía de Homper, el Hombre Perplejo, pero el Duende se lo encontró menudeando por la calle de Arenal de Madrid, que ahora es medio peatonal. Traía la noticia recién vista en el telediario, y llevaba los ojos cuadrados y la boca abierta.

-Oye, ¿tú sabes por qué confunden el ingenio con el mal gusto?

Y relacionaba la presunta gracia de los caganers con los barrigones y gordas de las fallas. Una larga tradición de estética feísta que a unos les causa hilaridad y a muchos les pone los pelos de punta.

-Un hombrecillo discreto aliviándose junto al molino o a los pies del castillo de Herodes, pase-añadió- ¡Pero esos horribles caganers que tratan de parecerse a gente famosa!…

-No te preocupes- le dijo el Duende- Puede que ese mismo pueblo que ahora aplaude a la nueva legión de caganers luego se arrodille bajo la cúpula de Barceló en Naciones Unidas.

La cúpula corona ese hallazgo voluntarista que llaman Alianza de Civilizaciones. Algunas de las cuales, por cierto, lo serían más sin esa empanada mental en lo que consideramos como buen gusto.

Desde el palomar del Duende, frente a la fachada imperial de Madrid, y con una espesa cortina de árboles de por medio, la luz dorada compone todas las tardes una hermosa estampa otoñal. Noviembre seco y soleado que evoca pinceladas de Beruete. Llevamos muchos días seguidos de grandes noticias, no todas buenas, y algunas muy zafias. En cuanto falte material, ya verán, los medios volverán a hablarnos de la pertinaz sequía.

Un cuerno delicioso

El cuerno de la abundancia es una repostería casera que ponen el bueno de Bernardito y su mujer Martica para enjugar una deuda contraída para hacerse cargo de una fabulosa herencia. Tan fabulosa que…Ya lo pueden imaginar, dura poco la alegría en la casa del pobre. Pero no les contará más el Duende, como no sea que el tal cuerno es pura ficción cinematográfica empaquetada en una deliciosa comedia cubana con ese mismo título.

Véanla, por favor. Olvídense de la crisis, de Cheroki, de la depre del Real Madrid, de la polémica de la cúpula de Naciones Unidas que ha pintado Barceló y hasta de que Solbes es de los peor valorados entre los ministros de Economía que asistieron a la cumbre del G-20. Y comprueben cómo, pese a todo, aún puede soplar aire fresco de una isla tan castigada como Cuba.

Una pelicula muy recomendable

Una película muy recomendable

Como otras grandes películas -desde El gran dictador de Chaplin, El verdugo de Berlanga y To be or not to be de Lubitsch a, salvando las distancias, La vida es bella de Benigni- es una reflexión entre risas sobre la codicia humana y la cruel estolidez de cualquier dictadura. La crítica la ha comparado con las últimas comedias corales del autor de Bienvenido mister Marshall , película que, por cierto, aparece anunciada en el cochambroso pueblo donde transcurre la acción. Pero es bastante mejor que aquellas. El gran Berlanga se abandonó al gamberrismo a partir de La vaquilla (para este observador, la mejor ironía sobre el sinsentido de cualquier contienda civil). Todos a la cárcel o Moros y Cristianos eran flojitas. Y la última, París-Tombuctú era simplemente malísima.

Muy bien hecha, excelentemente interpretada por Jorge Perugorría y un elenco que, salvo Mirta Ibarra, está compuesto por actores desconocidos para la mayoría, devuelve al espectador el gozo de la comedia. Como las obras maestras de Capra, equilibra sabiamente el humor y la sátira con una finísima ternura.ternura No hay violencia, el hilo narrativo se sigue con facilidad, no deja hueco al bostezo y, además, reúne una cualidad de cuya falta adolecen la mayoría de las comedias españolas: se escucha muy bien. Aún hablando precipitadamente, como la gente de la calle, sus actores tienen tan buena dicción que se les entiende a la perfección. Y tanto el acento como la encantadora cadencia del habla de los cubanos en su salsa es una delicia.

Sólo le sobraba algo a este cuerno para haber traído, además de la abundancia, el éxito arrollador en taquillas: su inteligente, pero descarado anticastrismo. Con la iglesia hemos dado, Sancho. Juan Carlos Tabío, su director, no cuenta con el beneficio de Ken Loach o Michael Moore, distinguidos látigos antiimperialistas. ¿Cómo ha olvidado que, de Potemkim a esta parte, el buen cine sólo puede ser crítico con las dictaduras de derechas?

Bailar para amar y bailar para morir

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Cree el Duende que entonces se llamaba bôite, en francés, porque las canciones de amor más lentitas y calentonas venían del otro lado de los Pirineos. No era tanto para divertirse frenéticamente como para apretarse a una chica todo lo que permitían las buenas costumbres y, sobre todo, ella. Lo habitual era arrullarse en las canciones suaves y romanticotas de Salvatore Adamo, bailar poniendo cara de Alain Delon y sentir a continuación el codo de la chica clavado en el costillar. Hacer manitas ya era un éxito (a muchas no les dejaban salir jamás por la noche). Lo de bailar cheek to cheek, o haciendo caritas, que también decían los que no habían pasado por Berlitz o Assimil, era faenón. Y un apasionado tornillamen significaba salir por la Puerta del Príncipe. Qué ingenuos éramos en aquellas oscuridades cómplices, caramba. Pensar que ahora por algo semejante te pueden matar a patadas como al desdichado Alvaro Ussía.

-¿Y tú de donde eres?- le preguntaba el Duende a Josefina.

-De Ávila.

La primera chica con la que salió el Duende se llamaba Josefina y era abulense. Morena y de melenita tipo Rebeca, al Duende le parecía una dependienta de bombonería. O sea, que tenía un encanto especial, quizás porque uno gusta de irse por las ramas de los cuentos, y en realidad creía que el amor era una casa como la de Hansel y Gretel, pero sin bruja.

-Jo, qué frío debe debe de ser Ávila en invierno, ¿no?

Eso lo decía para abrir el baile. Luego, cuando Aznavour, Gilbert Becaud o el mismísimo Sinatra propiciaban el ligue, se ponía interesante y hablaba de La sombra del ciprés es alargada, de Miguel Delibes, que es Avila pura, fría y algo tristona. Pero a Josefina no le impactaba nada. Le gustaba uno que estudiaba para ingeniero industrial.

-Se llama Eloy-le contaba Josefina mientras aspiraba por la pajita un combinado de ron que ardía en una vasija en forma de calavera- Y además hace alpinismo El verano pasado escaló el Torreón de los Galayos.

Qué antiguos parecen estos cromos, cuando todo en España era peor, y las chicas apenas se dejaban tocar, y uno, aunque se dejaran, tampoco las tocaba, porque, como decían los castizos, era más parado que el caballo de un fotógrafo. Qué increíble lo de dar con un portero de bôite, quizás ya de discoteca, vestido de librea y gorra de plato, que te recibía con una sonrisa, te alargaba el mechero si entrabas con el pitillo entre los labios y te vigilaba el coche si eras pudiente y lo habías dejado mal aparcado.

La bôite se llamaba algo así como Kim Lom, y quería tener aire oriental, como esos tugurios de las películas de Indiana Jones. Tenues antorchas falsas iluminando la oscuridad, bebidas exóticas en cuencos de hechicero, y música tranquila que ilusionaba al amor. Ni los decibelios trepanaban el cerebro, ni las pastillas corrían ni los porteros eran matones. Josefina se ennovió con el de industriales, pero, ahora que compara, el Duende se quedó encantado de haber bailado con ella sin morir en el intento.

¿Será que Trujillo también es Euskal Herría?

Aquel anciano artista de la piedra estaba mosqueado. Años atrás había labrado a cincel un escudo en granito que debía rematar una de las esquinas de la torre cuadrangular de la iglesia. La iglesia románico-gótica, nada menos que del siglo XIII, era una maravilla que invitaba a creer en Dios y en los angelitos. Pero el maestro cantero no estaba para salmodias ni devociones cuando se lo encargaron. Las instrucciones que le habían dejado no estaban muy claras. Lo único que sí tenía claro es que si no entregaba su obra a tiempo, no la cobraría.

-Tiene que estar para el mes de noviembre- le apremió el arquitecto restaurador-Sin falta. Y si no, atente a las consecuencias.

El tiempo se le echó encima sin haber despejado sus dudas. De modo que aunque pensaba que quedaría mejor un escudo nobiliario o del obispo de la diócesis, decidió labrar el escudo del Atlético de Bilbao, que era el que mejor conocía y el del equipo de sus amores. Cuando lo tuvo listo, y sin esperar ni a la bendición episcopal ni al visto bueno del arquitecto restaurador ni a Cristo que lo fundó, lo recibió en el ángulo de la torre reservado al efecto. Era la fecha limite ‘para la entrega. Y desde entonces se puede admirar su obra en la torre de Santa María la Mayor de la ciudad de Trujillo.

Curiosidad heráldica en la torre de Sta.Maria la Mayor de Trujillo

Curiosidad heráldica en la torre de Sta.María la Mayor de Trujillo

-Y ahora estoy acojonado- le contaba a Homper resoplando.

Pues puede ser. La semana pasada, la plantilla del Athletic de Bilbao (ahora con hache) encabezaba una carta a la opinión pública firmada por una larga lista de futbolistas vascos en la que decía que ellos no jugarían en la selección de Euzkadi, como pretende el PNV, sino en la de Euskal Herría. Macario no tenía la menor idea de lo que significaba Euskal Herría, pero alguien le explicó que era, más o menos, el ámbito en el que se proyectaba la cultura vasca. Él tenía muy claro que lo que él hacía, además de cantería fina, era cultura. Y que el Athletic era de Bilbao, o sea, mayormente vasco.

-Así que por esa regla de tres, me da a mí que van a querer que Trujillo también sea Euskal Herría.

Homper le contó a Macario que él también estaba perplejo. Los nacionalistas vascos, tan encantados de haberse conocido, tan orgullosos de su RH negativo, de la singularidad de su lengua y tan deseosos de desengancharse de España, cada vez amplían más las fronteras de su utopía. Y cuando les interesa un futbolista de la Rioja, por ejemplo, que queda cerca, lo hacen vasco.

-No lo entiendo-dijo Homper.

-Yo tampoco -decía Macario- Y encima van y se pelean entre ellos: Euzkadi o Euskal Herría…¿Y a mí que me dice eso? Mi problema es que, sin saberlo, yo les di motivos para que ahora reclamen Trujillo…¿Es Trujillo Euzkadi? ¿Es Euskal Herría?…

Y ya en plena empanada mental anticipó que entre unos le están haciendo…

-Un pichoak liúa.

No será una expresión vascuence muy académica. Pero, aunque Homper sigue perplejo, la entiende perfectamente.

¡

Cómo arreglar el mundo en tres horas

Aquella mañana Homper, después de haber dormido profundamente, despertó feliz. Nunca había sabido de sus poderes taumatúrgicos, pero resulta el sueño que acababa de tener demostraba justo lo contrario.

En la primera parte de la noche soñó que había curado la depresión que afligía al mundo. Los ratios económicos cambiaron de cara. España crecía al infinito por ciento. El PIB estaba por las nubes, la inflación y el déficit exterior prácticamente a cero, los precios de la vivienda y de la cesta de la compra se habían moderado y puesto al alcance de las familias modestas. El petróleo había bajado tanto que los coches -ahora equipados con un motor que en lugar de CO2 emitía un combinado de oxígeno del Mont Blanc con perfume de rosas- volvían a circular. Definitivamente, la industria del motor había recuperado el pulso.

Y no sólo eso. Esa parte del sueño arreglaba también la crisis del ladrillo y, por ende, la de la vivienda. Al llamado Pocero Bueno, que va por ahí prometiendo construir pisos y venderlos con un margen de beneficio de sólo un tres por ciento, le habían salido competidores. El Pocero Buenísimo rebajaría el margen de los suyos al dos, el Pocero Solidario se conformaría con el uno, el Pocero Ejemplar los ofrecía al precio de coste. Y el Pocero Santo mejoraba la oferta del anterior amueblando la casa gratis, y regalando una semana de vacaciones en Marina d´Or junto con una caja de yemas de Santa Teresa y un par de botellas de Quina Santa Catalina, para que no hubiera dudas de su santidad.

En el segundo tramo del sueño desaparecía las colas del INEM. Todo el mundo trabajaba en lo que le gustaba, y además sin tener que pedir aumento de sueldo, porque los empresarios, antes negreros y sacamantecas, eran ahora justos, y se anticipaban a retribuir a cada cual según sus méritos. Gracias a las gestiones de Homper, los banqueros irresponsables y codiciosos que se habían forrado con las subprimes habían devuelto sus ganancias. Y también los sindicatos, viendo que ya no tenían razón de ser, dejaron de enredar para dedicarse a sociedades recreativas o asistenciales. Los sindicatos no devolverían el pastón que se han llevado de los presupuestos públicos durante años, pero al menos no nos costarían más.

En el tercer del sueño, asistió a otro hecho histórico. El era diputado del Congreso, y tras una magistral defensa de su proyecto de ley, había conseguido lo que muchos españoles consideraban esencial para mejorar España. Es decir, la reforma de la Ley Electoral.. Señoríajs -decía el presidente José Bono- Queda aprobada aprobada por unanimidad la la Ley de Defensa contra lajs Minoríajs Chantajijstas. Algunos juristas de prestigio sugirieron que no era el nombre más adecuado para ese texto legal, para ya se sabe cómo es Bono.

Así, de una tacada y en una sola noche, Homper se quedó perplejo de sus fantásticos superpoderes. En algún momento llegó a dudar de ellos, pero se convenció de lo contrario recordando que Zapatero y los miembros del G-20 -a razón de siete minutos cada uno- querían arreglar el mundo en tres horas. Bastante menos, al cabo, de lo que había durado su sueño.

Por cierto, éste, además, le había salido gratis a contribuyente.

Beethoven con polvorones

La crisis empezaba a hacer mella a su alrededor. Algunos amigos ya sabían lo que es madrugar para hacer cola en las listas del paro. Y aunque él procuraba seguir la máxima de necesitar pocas cosas -y las necesarias, necesitarlas muy poco- no conseguía sustraerse al ambiente de decaimiento general.

De repente se confiaba en que el Mesías, más que nacer para redimir nuestros pecados, redimiera este año las cuenta de resultados. Y aunque milagrosamente aún no era Navidad en el Corte Inglés, los supermercados ya se habían llenado de productos típicamente navideños.

-No todo van a ser malas noticias-se dijo Homper mientras llenaba la cesta de la compra- Ahora, puedes prescindir de esa filfa que se vendía como Surtido navideño.

Homper se sorprendía de que el Defensor del Pueblo no recibiera cada año miles de quejas por los variados horrores confiteros que se perpetran en nombre de la Navidad. Con lo ricos que son los turrones y los polvorones de siempre. Pero ni eso se libra del perpetuo afán del hombre por innovarlo todo. Bill Gates se empeñó en dar otra vuelta de tuerca al negocio y para sustituir al Windows XP impuso el Vista, que más que facilitarnos la la vida a los megatorpes nos la quiere hacer imposible. Los obradores de polvorones quisieron mejorar el tradicional estepeño, harina, manteca, almendra y ajonjolí, y lo han estropeado agregando sabores y vistiéndolos como si fueran vedettes del Folies Bergére. Pasen y vean, mantecados y polvorones de limón, de chocolate, de coco. Envueltos en fucsia, en plata, en oro y en lamé. Pues no señor, Homper es miembro de la SAPOTOV (Sociedad de Amantes de los Polvorones de Toda la Vida). Y a mucha honra: los experimentos, como recomendaba Eugenio D´Ors, con gaseosa.

Pero ahora, en los supermercados, puedes elegirlos uno a uno, y hacer tu propio surtido al gusto. De tal manera que Homper salió de la compra encantado de evitar los rellenos, las delicias, las marquesitas y otras golosinas intrusas que horterizan la Navidad. Dio la casualidad, además de que de repente llegaran a sus oídos los acordes de la Sonata a Kreutzer de Beethoven. Venían de una ventana de la casa vecina. Ya lo había notado otras veces, debía de vivir en ella un pianista-o una pianista:hay oídos que detectan el sexo del ejecutante por la calidad de las pulsaciones. Qué maravilla, se decía, algún día me quedaré a escuchar la pieza completa.

Y aquel día que tenía tiempo y que estaba tan contento por su elección se sentó en un banco al sol, posó su bolsa de la compra,  y se detuvo a escuchar el piano mágico de Beethoven interpretado por el pianista sin nombre mientras lentamente degustaba el primer polvorón de la temporada. Ni el fragor del tráfico urbano enturbiaba ese insólito, pero delicioso momento de solaz.

Quiso la casualidad que cuando el finale presto de la delicadísima sonata destila sus últimas notas, el bacalao congelado que junto con otros productos básicos acompañaba a los polvorones empezara a gotear. Lo cual sirvió de despertador a la conciencia de Homper. Mal que le pesara, estaba perplejo esta vez de haber caído en el insolidario pecado de vivir un rato de felicidad cuando tantos, en tantos sitios, lo están pasando tan mal.

Tendrán sentido, mas sólo serán cenizas

Aquella mañana Homper leyó en los periódicos que el la Audiencia Nacional había prohibido al famoso juez Garzón que continuara exhumando restos humanos de las siniestras fosas abiertas en la guerra civil. Los muertos nuestros que están en los cielos quizás no se enteraban, pero aquí en la tierra sus deudos no habrán recibido la noticia precisamente contentos.

-Vaya-se dijo-Lo siento por quien alentaba  de consuelo en encontrar algo de los suyos.

Cada cual es muy libre de hallar una reliquia mágica donde le peta. En el Lignum Crucis -hay que ver lo grande que debió de ser la cruz donde murió Cristo, para abastecer tantos relicarios con sus astillas-, en un botón de la chaquetilla roquera de Elvis Presley o hasta en una chapa de Coca-Cola. Pero le deja a uno perplejo  que de repente, en una sociedad básicamente materialista y cada día menos religiosa, se hubiera afianzado  la convicción de que unos huesos descarnados por el tiempo puedan restañar tantas heridas como se supone. Y, por añadidura, acabar con angustias y dolores por las afrentas sufridas.

Para que se le entendiera, Homper planteaba así la cuestión. Se puede creer en la inmortalidad del alma o no. Si la respuesta es negativa, poco da dónde y cómo se conserven los cuerpos de los muertos, porque a partir de su fallecimiento la persona desaparece del todo. Si la respuesta es positiva, también: el alma vuela, y el cuerpo, sin el espíritu que la anima, no es sino materia orgánica que en unos días ni recordará  a quien la poseía. La obsesión por ver en un esqueleto la persona que fue, va tanto contra los que creen en otra vida como contra los que sólo creen en ésta.

Y, para autoconvencerse,  Homper evocaba el día que tuvo que asistir a una reducción de restos familiares. Apenas hacía sesenta años que sus ancestros habían fallecido, y descansaban en una sepultura perfectamente acondicionada. Pero, ay, la abuela era sólo un cráneo pelado, unos huesos apenas reconocibles y el encaje de una mortaja ennegrecido por el tiempo, y el bisabuelo ni  siquiera eso: puro polvo apenas contenido en las maderas de un ataúd que se deshizo al primer contacto. Qué fiasco, tanta obsesión suntuaria en las empresas de pompas fúnebres para esto.

Recitó para sus adentros el final del famoso soneto de Quevedo:

Su cuerpo dejará, no su cuidado;/ serán cenizas, mas tendrán sentido/ polvo serán, mas polvo enamorado                                                                       

Enamoradas o no, aquellas cenizas ya no tenían nada que ver con sus seres queridos. Y aunque tuvieran sentido, lo que no lo tenía era removerlas. Los muertos no son los vivos.  Y donde  quedan mejor  es en la memoria, en el corazón o, si me apuran, hasta en ese retrato que nos mira desde la mesilla de noche o encima del piano.

¿Podremos?

Levantaba el nuevo presidente de los Estados Unidos los brazos agradeciendo su formidable victoria y sobre la tumba de su abuela, muerta unos días antes, se posaba un pajarillo.  ¿Dónde estaba Norman Rokwell para pintarlo?

Se escuchaba en el país el emocionante discurso de Obama y al reverendo Jesse Jackson, que fue el primer candidato negro en intentar su hazaña, se le corrían las lágrimas por las mejillas. Mientras tanto, otro Jesse apellidado Owens, que desbarató  ante Hitler la patraña aria deslumbrando  al mundo con su poderosa zancada, se colgaba otra medalla en el más allá. ¿Dónde estaba Frank Capra para filmarlo?

Salía por la tele esa anciana de 106 años llamada Ann Nixon Cooper, que no pudo votar durante años por ser mujer y además negra, y confirmaba que lo de ese cuatro de noviembre de 2008 había sido un milagro. ¿Dónde estaba William Saroyan para escribirlo?

Homper, el Hombre Perplejo, es de esa generación ingenua educada en el bonito engaño de que los Estados Unidos eran siempre los buenos de la película de la vida. Sus soldados salvaban a Europa de la bota de la Alemania nazi, Gary Cooper y James Stewart eran los delegados de Dios en la tierra. Ël particularmente había canonizado al tío Tom en su cabaña. Pensaba que no había melena rubia más seductora que la de Marilyn Monroe. Y sostenía, convencido, que el browni era el mejor pastel de chocolate inventado. Muy superior, por cierto, a la muy empalagosa tarta Sacher, a la que siempre le sobró la capa de mermelada de frambuesa. En ese país de película, Juan Nadie podía ser presidente. Y ahora un negro, que hasta hace apenas tres generaciones era menos que nadie, es elegido democráticamente  para sentarse en el despacho oval de la Casa Blanca y enderezar los muchos entuertos que afligen al tío Sam y, con él, al mundo entero.

Homper había anotado cuidadosamente lo que un día proclamó Martin Luther King: anoche tuve un sueño…El soñador pagó con la vida su empeño en luchar por lo soñado. Pero ya lo recordaba José Luis Garci en su  pésimo acento inglés, como corresponde a un chico de la calle de Narváez. Lo dijo cuando recogía el primer Oscar de Hollywood que ha ganado un cineasta español: sometimos dreams come trooth. O sea, que a veces los sueños se convierten en realidad.

Y a Homper le sorprende, sí,  pero también le alivia, y hasta casi le emociona que el pueblo estadounidense de vez  en cuando tenga el valor de creer que hay purga de Benito para curar las heridas del sueño americano. Entre otras cosas, porque, querámoslo o no, participamos del mismo.  Todo occidente fue moldeado a esa imagen y semejanza y Homper, aún en pañales, no fue excepción. Quizás ya es demasiado tarde para defenestrar los credos y los iconos de nuestra civilización.

Por eso, al menos mientras no aparezca ese feroz capitalista, ese memo iluminado, ese villano sin escrúpulos, ese Leonel Barrymoore que en las películas de Capra siempre jodía el viejo tinglado de la bella farsa, hay que mantener viva la llama de la esperanza. Pidamos paciencia a Wallace, el Pepito Grillo más contumaz entre los comentaristas de este blog. Don´t worry, be happy. Como insistía el nuevo presidente de los Estados unidos, podemos cambiarlo todo. Bueno, quiere decir Homper que quizás podamos…

Ocho pavos llorarán por Bush

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El aforismo popular era maligno a la par que engañoso. Decía que la mejor prueba de que en Estados Unidos cualquiera podía ser presidente, era su propio presidente. Se refería probablemente al que lo era en aquel momento, Gerald Ford, que de la noche a la mañana se vio en la Casa Blanca por la dimisión de Nixon tras el escándalo Watergate. El principio general se proyectaba sin compasión en aquel robusto prototipo del americano medio, antiguo jugador de rugby y, como casi todos los presidentes de la posguerra, excombatiente. Fue un congresista honrado, y al parecer buen negociador, pero tan poco brillante que se le presumía incapaz de andar y mascar chicle al mismo tiempo. Aquí en Europa, por lo visto, todos listos, cultos y, por más que Andreotti sospechara lo contrario, sobrados de finezza. Aunque en un solo siglo hubieran tenido que ser los norteamericanos los que vinieran a salvarnos los muebles por dos veces.

El antiamericanismo será en España el segundo motivo de descrédito para el presidente que hoy elijan los estadounidenses. El primero les viene por el sólo hecho de ser políticos, algo que en nuestro país no tiene mucha más estima social que el simple trepa. Olvidamos que la matemática parlamentaria, como el algodón, no miente. Nuestro amigo Homper -que se llama así por ser el Hombre Perplejo, no lo olviden- se queda con la misma cara que el bobo de Coria de Velázquez cada vez que escucha la consabida cantinela de no nos merecemos los políticos que tenemos. Él piensa, más bien, que si se comportan así es porque no dejan de ser como muchos otros españoles a los que representan. Los escaños vacíos y las frecuentes chorizadas nos devuelven la imagen de vagos y corruptos que nunca querríamos ver de nosotros mismos. Qué desconsideración: nos creemos el Canon de Polícleto y el espejo público nos muestra la estampa cuarteada del peor Dorian Gray.

Así y todo, como dice refrán, alguien vendrá que bueno te hará. Ni el más incapaz o mafioso de la fauna política mundial habrá acumulado tantos desprecios y descalificaciones como el próximo cesante en la Casa Blanca. No sabe Homper si Georg Bush acabará siendo tan malo como dicen, pero sutil, desde luego, seductor y con encanto no lo ha sido, sin duda. A su lado Ronald Reagan, tan denostado en su día por la izquierda española, le parecería a Zapatero una mezcla de Pericles y Disraeli. Y si hacemos caso del aviso evangélico – por sus obras les conoceréis- sólo tres palabras, Irak e hipotecas subprime, servirían para bloquear su acceso al cuadro de honor de la democracia norteamericana.

Sin embargo Homper está lleno de buenos deseos. Aunque es sabido que criticar une mucho, nos ha convencido de que no es elegante recordar los defectos del que se va, sino ensalzar su lado más positivo. Y hurgando aquí y allá ha encontrado un dato revelador y lleno de ternura. Por ejemplo, en su largo mandato Georg Bush indultó a ocho pavos, tantos como días de Acción de Gracias vivió bajo su égida el pueblo estadounidense. Sabe Homper que esa no es más que una tradición, como la liberación de un preso en Málaga por viernes santo. Pero en estos tiempos confusos no se la ha ocurrido nada más relevante para despedir con una amable sonrisa a quien probablemente no pasará a la historia como el mejor inquilino de la Casa Blanca.

A Homper le gusta el AVE

El vaso medio lleno. A pesar de lo que le gustaban aquellos trenes de su niñez Homper se quedó perplejo la primera vez que viajó en el AVE. Qué rapidez sin vértigo, qué comodidad sin alardes, cuántas ventajas sobre los pobres aviones, tan perjudicados por la obsesión de la seguridad y el gigantismo de los aeropuertos.

Tenían su encanto los trenes de la época, cierto. Aquel señorío rodante que te prestaba eventualmente la criticada RENFE, y que te permitía viajar en un compartimento con asientos de capitoné y redecilla de reposacabezas. Invitaban a sentirse uno protagonista de novela interesante, o, como poco, de thriller cinematográfico (Extraños en un tren, de Hitchcock, y El tren de John Frankenheimer son para él las películas de trenes favoritas)  Era como la habitación de un hotel lanzada a explorar el paisaje, que desfilaba infatigable, cromo a cromo, anunciado por los postes del teléfono o de la luz y al compás del metrónomo que marcaba implacable el tracatrá del caballo de hierro. Muchas veces, el compartimento lo completaba una familia.. Si quedaban asientos libres, te entretenías hablando con los demás viajeros. A menudo viajantes de comercio, curas ensotanados o policías secretos, lo cual daba más emoción al viaje. Alguno te  llegaba a contar que llevaba pistola,  y, si se hacía tu amigo, hasta ofrecía su tortilla.

-¿Ustedes gustan?

A Homper le sorprendía que le dijeran que lo educado era decir no. Pero lo debía de decir con tan poca fe que a menudo acababa probando de la oferta.

-Buen apetito, el peque.

En aquellos tiempos los trenes eran de carbonilla, y a los niños -ahora enanos- se les llamaba peques.

El vaso medio lleno, insiste Homper. Parecía un capricho modernoso de Felipe González, pero ahora, gracias al AVE,  viaja en tren después de no haberlo pisado durante lustros. Hasta la poblemática del WC de espaldas al pueblo, tan denunciada por doña María, parece en vías de solución. Ya se sabe, en los trenes, como en los aviones,  sólo hay una cabina para que se alivien los viajeros. Y si, a la tradicional mala puntería  del macho se le agrega el bamboleo del vagón en marcha, el efecto es como el de un aspersor o, con todos los respetos, como el del hisopo del señor obispo, pero en cochino. Más estable y, en consecuencia, menos propicio a estos desvaríos, la propia doña  María asegura que ahora el WC del AVE presenta normalmente menos problemas al respetive.

Lo dicho, que la modernidad avanza, y a veces con manifiestos progresos como el que ahora aporta el AVE. Homper  ha recuperado en él el placer de viajar en tren, leyendo plácidamente, observando el paisaje, analizando las caras de los viajeros, y lucubrando sobre sus vidas. Contando, como de niño, los postes de teléfono entre pueblo y pueblo. E imaginando dónde paran esos múltiples caminos que uno va dejando al paso meteórico del tren. Confiesa que le gustaría andarlos  hasta el final, pura curiosidad. Pero se teme que, por mucho tiempo que nos ahorre el AVE, quizás es algo tarde para recorrerlo todo.


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