Archivos para 11 enero 2009

La quimera de la igualdad entre sexos

¿es que  la incontinencia de orina es sólo un mal femenino?...

La tía Clota está indignada: ¿es que la incontinencia de orina es sólo un mal femenino?...

El último mensaje de la tía Clota le había dejado a Homper aún más perplejo de lo acostumbrado.

-¿Qué pasa en España?-preguntaba-No decían que hay una ministra de la Igualdad? ¿Y a qué se dedica?

Homper le contestó que a las buenas intenciones: a depurar las desigualdades entre los hombres y las mujeres que la legislación democrática aún no ha conseguido superar.

-Digamos que es un desideratum, tía-contestó Homper-Los buenos propósitos concentrados en una especie de brindis al sol del gobierno Zapatero. Igual que la Alianza de Civilizaciones…Son como el azafrán  que ponemos en el arroz: no cambian el punto, pero lo dejan más bonito.

-Pues hijo, no lo entiendo-Hay discriminaciones tontas que a mí como mujer me molestan y que serían bastante fáciles de evitar…

La tía Clota sigue por Internet muchos programas de TV españoles. Admira Cine de barrio, y considera que al cirujano facial de Carmen Sevilla le debían  de dar el Premio Nacional de Restauración. Pero no resiste ciertos anuncios que pasan en éste y otros programas que concentran en la mujer los  más feos oprobios de la edad.

-¿Es que los hombres españoles son inmunes a los achaques de los años?-preguntó airada.

Homper le replicó que ya tenía algún amigo operado de cataratas y varios con problemas de sordera.

-Sí, hijo,sí -admitió tía Clota- Pero no es lo mismo eso que la incontinencia de orina o que se te caiga la dentadura por picar una croqueta en un cocktail. ¿O crees que a Beethoven y a Goya les gustaría que se supiera que se contaran esas cosas de ellos?

Repasó otras bajezas de la condición masculina que raramente se airean. Reconociendo que su marido Oscar, que en gloria esté, pase a ser un granjero de Vermont, también dejaba los aledaños de la taza del retrete sembrado de gotitas cada vez que iba a cambiarle el agua al canario.

-Yo aguantando y limpiando, y nunca le dije nada…-refunfuñó-…Para que ahora los anunciantes españoles me hagan sospechosa de hacerme pipí mientras tomo el te con las amigas….¿Dónde está la igualdad?

-La respuesta está en el viento- le dijo silbando la famosa canción de Joan Báez-Pero no te preocupes, seguro que de un momento a otro Bibiana Aída toma cartas en el asunto.

Se quedó perplejo Homper de lo aguda que era tía Clota en sus observaciones. Y lo cierto es que la primera vez que visitó el cuarto de baño tras esta conversación, se esmeró en apuntar bien para no esparramar la amarillenta quintaesencia de la desigualdad.

Emilito Botín ya no es lo que era

Si no lo veo no lo creo...¡Botin devolviendo el dinero a sus inversores etafados!
Si no lo veo no lo creo…¡Botín devolviendo el dinero a sus inversores etafados!

Homper no era sino un visitante. Uno más de los que se quedó pasmado cuando Epulón Golden bajó de su pedestal al ver entrar en su sala a un par de periodistas con cámara fotográfica y micrófono. Aquel caballero bigotudo vestido con chaqué y chistera y fumando un imponente veguero, como siempre lo representaban los tebeos, carraspeó y, sin apenas esperar la primera pegunta, se precipitó a dejar sentada su opinión.

-Lo de Emilito Botín es intolerable-sentenció-Una vergüenza para lo que represento.

Los visitantes del Museo de Pesos y Medidas de París y los propios periodistas se sumaron al estupor de Homper. No podían imaginar tanta rotundidad en sus declaraciones.

-Ya no hay principios-se lamentó de nuevo Epulón-¡Un banquero que devuelve su inversión a los clientes porque les salió rana!…¿A dónde vamos a llegar?

Epulón era el patrón banquero que, como otros referentes -el metro, sin duda era el más famoso-se exhibía en el Museo de Pesos y Medidas en una barra de platino y de iridio, para que ni los cambios medioambientales mutasen la pureza de su aleación. Como banquero impecable representaba la codicia sin límites, el afán de exprimir cualquier oportunidad de negocio, y, sobre todo, la insensibilidad ante el pobre cliente perjudicado. Si subía el interés de la hipoteca, mala suerte para el hipotecado. Si se aprobaban nuevas comisiones, allá películas. Si un tal Madozz había salido gangster, a mí plim, nadie le obligó al inversor a que confiara en sus fondos. Si la cuenta corriente quedaba en números rojos, crujida de intereses leoninos, para que el iluso sepa lo que vale un peine. Gracias a su rigor y seriedad, el papel de Epulón  había merecido el aplauso del Banco Mundial, del Fondo Monetario Internacional, de la banca judía, del Foro de Davos,  de la Fundación Tío Gilito y de la Organización Millonetis sin Fronteras.

-Pero ahora…-suspiró-el prestigio del patrón banquero se verá perjudicado…

Se extendió lamentando las esperanzas frustradas en Emilito Botín, que hasta entonces siempre se había mostrado como el banquero impecable. Ni una concesión en las juntas generales a los accionistas disidentes. Ni una vacilación ante los empleados a la hora de exigir el cumplimiento de objetivos. Ni una muestra de sumisión ante el poder. Lo demostró en la última reunión con el Presidente del Gobierno y los otros grandes de la banca, y Homper se apercibió de ello. Don Emilione -como irónicamente le apodan sus propios empleados- posó entonces para los fotógrafos con la chaqueta abierta, mostrando los tirantes y con la soltura propia de quien se siente el verdadero protagonista. Parecía que mandaba más que Zapatero.

-Tan firme, tan sólido-farfulló Epulón conteniendo las lágrimas-Todavía recuerdo cuando de aquellas agendas birriosas que regalaba su banco por Navidad a los clientes de lujo eliminó la cinta que marcaba las páginas ahorrando unos cuantos miles de euros!…¡Eso era un banquero competente!…En fin, no puedo añadir nada más…Muchas gracias.

Los periodistas  cerraron el micrófono e hicieron las últimas fotos mientras Epulón Golden regresaba a su barra de platino e iridio para seguir desempeñando su papel de patrón banquero. Y Homper comprendió su consternación. Ya nada es lo que era-pensó-Cualquier día nos quedaremos perplejos comprobando que hasta  la banca tiene escrúpulos.

Una coincidencia con Dalí (2)

Borramos a Dios y seguro que hablarán de nosotros...

Borramos a Dios y seguro que hablarán de nosotros...

Al pobre Duende se le cortó la respiración al comprobar lo que pierden las leyendas en las distancias cortas.

Dalí ya era una caricatura de la propia caricatura exitosa que había sido siempre. Además de sus famosos bigotes engominados y una melena rala, lucía una especie de batín de terciopelo adamascado de color morado, un colorista pantalón de seda, unas babuchas, un bastón y, a modo de compañía,  un travelo horroroso  que respondía con nombre de mujer.

Le presentaron el Duende a Dalí sin que el nombre de aquel joven apocado le dijera nada. El Duende se sonrió. Recordaba el telegrama que, firmado por el presunto genio desde Barcelona, le había mandado el 15 de diciembre de 1951 a su padre, Luis Figuerola-Ferretti  Pena, a la sazón crítico de arte, que sin duda le había defendido en alguna de sus polémicas exhibiciones. El telegrama decía así: ANTE INICUA CAMPAÑA PRENSA IGNORANTE CON RAQUITISMO MENTAL TAN INCAPAZ DE COMPRENDER TUS SUTILEZAS TECTÓNICAS COMO MI MISTICISMO SURREALISTA TE ENVÍO CON UN ABRAZO UN MENSAJE MUNDIAL DE ADHESIÓN Y AMISTAD INVITÁNDOTE  A GRITAR CONMIGO ¡VIVA FIGUERAS!

En su disparatado estilo, le faltó añadir un si sale con barbas, san Antón, y si no, la Purísima Concepción, o algo por el estilo.

Porque Dalí estaba, o hacía creer que lo estaba, como una cabra. En medio de sus infinitas boutades la de que hablen de uno, aunque sea bien no es la más disparatada. Y si no, miren la que entre creyentes, agnósticos, ateos o mediopensionistas hemos armado por un anuncio en los autobuses municipales en el que nunca hubiéramos reparado si no hubiera sido por el eco que le han prestado los medios.

¿Probablemente no existe Dios?…¿Existe y está contigo?…No se entiende cómo han entrado al trapo Rouco y los creyentes. Algo tan íntimo, tan subjetivo, tan poco manipulable como son las creencias…¿queda afectado por lo que diga un anuncio?

Sólo se buscaba el ruido de un autobús. Y probablemente ni hubiéramos hablado de ello si no es por la ingenuidad de los que hacemos el eco a los pícaros que, como Dalí en su rollo, tanto partido sacan del escándalo.

Un encuentro con Dalí (1)

lo importante es que hablen de uno...

Tenía razón: lo importante es que hablen de uno...

Sólo una vez en su vida vio el Duende a Salvador Dalí en carne mortal. Fue en uno de los salones más elegantes y refinados que pisó en su vida, en la casa del inolvidable Luis Escobar, marqués  de las Marismas del Guadalquivir, un elegante chalet del Parque del Conde de Orgaz.

Por aquel entonces el Duende se buscaba la vida como publicitario. Como Luis Escobar, que se había hartado de hacer buen teatro, había cobrado gran popularidad por su papel de marqués rijoso en La escopeta nacional de Berlanga, al  Duende se le ocurrió tentarle para una campaña testimonial de Gastón y Daniela. El hombre no era lo que se dice un Adonis, pero rebosaba bonhomie, buen humor y mejor gusto. A cambio de un dinerete que, como buen aristócrata, simuló aceptar a regañadientes, se sentó en un sofá tapizado con las telas que había que anunciar y posó con su inconfundible sonrisa de buque rompehielos.

-Sáqueme del lado malo-dijo al fotógrafo ofreciendo la mejilla derecha-porque el otro es imposible.

Le dio mucho lustre a aquella casa de telas.

Luis Escobar, al que los de su generación apodaban el Panzas -viendo su figura esmirriada uno, con el clásico, pensaba que cualquiera tiempo pasado fue mejor- vivía como un Médicis de nuestro tiempo rodeado de muebles, cuadros, esculturas, bibelots y libros apasionantes. Pocos ratones de biblioteca habrán sido más felices que los que pasearan por los anaqueles de aquella casa. Compartía su exquisita soledad con un mayordomo de sospechosa hombría, un loro al que, en cambio, le faltaba  mucha pluma y una cocinera infatigable. Al fondo del jardín de aquella hermosa casa había una piscina adornada con grupos escultóricos italianizantes donde el marqués se bañaba en verano. Nadando, el simpatiquísimo marqués parecía un pollo de pelícano.

¿Cómo iba a perder el Duende la oportunidad de curiosear en un ambiente así? Recibió la invitación al cocktail, se puso su mejor traje oscuro y se plantó en aquel enorme salón -biblioteca donde no hubiera sido extraño que apareciesen los fantasmas de la Pardo-Bazán, de Oscar Wilde o de Marcel Proust. No se presentaron. El único fantasma vivo que se personó fue el ínclito pintor llamado Salvador Dalí.

Del que, a la vista de un polémico anuncio rodante, hoy cabe extraer uno de sus pensamientos más lúcidos. Tenía razón el bufón de los pinceles: lo importante es que hablen de uno. Aunque sea bien…

El amor a la luz de una bombilla halógena

Y si no te puedo cambiar la bombilla halógena, Polita mia, siempre nos quedará la luna...

Y si no te puedo cambiar la bombilla halógena, Polita mía, siempre nos quedará la luna...

Sus tarjetas de visita decían simplemente: Alejo Faber, Escritor Romántico. Sólo había maquillado levemente su verdadero apellido porque Fabra le emparentaba con Fabra y Coats, hilaturas. Y, peor aún, con un presidente de diputación, lo cual  sonaba aún menos lírico. Alejo Faber había sido un hombre serio y se había ganado la vida con cierta comodidad. Pero llegado a una edad,  sólo disfrutaba enamorando por escrito. Lo de menos era la recompensa al final de la conquista. Lo de más era el placer de convertir a la mujer que le miraba con cara inocente en una heroína romántica.

-Tú te crees una simple funcionaria nivel 20-le dijo a Polita, adscrita al Servicio Nacional del Trigo en el Ministerio de Agricultura- Pero Ingres hubiera hecho con tu cara su retrato más poderoso.Y, de haberte conocido,  Beethoven hubiera cambiado su Para Elisa por Para Polita.

Alejo intentó convencerla para que cambiara su nombre por el de Alba, Lía, Silvia o Virginia, que le inspiraban mucho más. Pero ella argumentó que llevaba cincuenta y dos años llamándose Polita sin que los hombres se hubieran arrugado por tal circunstancia.

-Tuve muchos que me cortejaban-le confesó una tarde tomando una horchata en la terraza del Café Gijón- La mala suerte es que el que verdaderamente me gustó,  un oficial de la marina, fue un amor a distancia. Y se estropeó definitivamente porque en el último viaje salió del armario y se enamoró de un maquinista del barco…

-Dentro de un par de horas-replicó Alejo al despedirse-mi inspiración te enseñará que el destino te había reservado para mí. Abre tu correo en dos horas y yo te haré olvidar ese desengaño. Te  convenceré de que Ana Karenina, Margarita Gautier y Madame Bovary a tu lado son unas zafias sin clase…¡Viva el romanticismo!

No había caído Alejo en que al pequeño plafón que iluminaba su mesa de trabajo se le había fundido la bombilla. Ni que era tan complicado cambiarla. Lo que en la maravillosa bombilla de Edison parecía tan sencillo como enroscar, era ahora enhebrar en los invisibles agujeros del casquillo dos delicadas clavijas de alambre, que, al no atinar a la primera, se doblaban y hacían imposible el machihembrado que traería la luz y, con ella, la inspiración.

Alejo lo intentó una y otra vez. A riesgo tortícolis en grado tres  o de caerse desde lo alto de la escalera, logró pegar su cuello al techo para intentar ver por el rabillo del ojo y encajar así la dichosa bombilla. No tuvo éxito. Para más complicación -las cosas modernas- no podía cogerla directamente con los dedos, porque le habían advertido que se estropeaba. Y así estuvo, tanteando a ciegas y corrigiendo continuamente con unos pequeños alicates los alambres que se deformaban a cada intento, hasta que en una de estas la fortuna quiso que al fin las clavijas encajaran en su sitio.

Cuando bajó de la escalera, Alejo estaba jadeando y al borde del ataque de nervios. Se tomó un ansiolítico, se sentó en el sillón, se secó con un pañuelo el sudor que le coría por el rostro y se abanicó con el periódico. De repente se acordó de su reto, y miró el reloj. Sólo le quedaban cinco minutos para cumplir su promesa. Se precipitó al ordenador.

Seis minutos después una Polita ilusionada abría su correo electrónico. Lo que leyó del escritor romántico le dejó literalmente muda. Querida Polita -decía el correo-Si no asoman esta noche las estrellas, es porque tienen miedo de palidecer frente a tus ojos. Eres una criatura maravillosa, pero…¡y lo putas que son las bombillas halógenas!

La Conversión de san Pablo y otros esnobismos de familia

Como san Pablo, acabaremos cayendo del caballo y reconociendo que, en el fondo, somos unos esnobs...

Como san Pablo, acabaremos cayendo del caballo y reconociendo que, en el fondo, somos unos esnobs...

Nadie sabe por qué aquella familia sin pretensiones conservaba algunas tradiciones que hacían presumir lo contrario.

El abuelo Pablo tenía en sus rasgos  una notable elegancia natural, pero ese era el único detalle que le asimilaba con la nobleza. Como primogénito de la casa  era el sucesor del marquesado al que, nadie sabe por qué meritos, era acreedor su apellido. Pero el abuelo pasaba. De hecho no movió un dedo por eso, ni aún cuando su hermano Manuel -diplomático y, por ende, más propicio a las pompas y vanidades- lo rehabilitó a su nombre sin decirle esta boca es mía y con algún presumible tejemaneje en el Ministerio de Gracia y Justicia. El tío Manolo, por cierto, aprovechó  la pusilanimidad de su hermano para arramblar de paso con los pocos cuadros buenos de la familia, lo cual no le impidió figurar en el Espasa Calpe de la época -el de los cien tomos, no la versión reducida- con una hoja de servicios relevantes en Asuntos Exteriores y una foto de uniforme más propio de archiduque austrohúngaro que de pícaro con estudios, que es lo que era. No es oro todo lo que reluce.

El señor marqués se casó con una rica de la isla de Cuba, donde fue embajador, y él mismo cuidó su fortuna con tanto cariño como el que escatimó a su familia. Cuando engrosó las filas de los más ricos del cementerio no dejó una huella precisamente profunda en los que llevamos su apellido.

Entretanto el abuelo Pablo consumía su vejez con una precariedad de medios que no le impidió conservar, hasta el final, la dignidad del hombre sencillo. Siempre encorbatado -mantenía que la corbata no era ningún símbolo, sino una pequeña bufanda que prevenía los enfriamientos de garganta- era feliz paseando, nadando en verano,  declamando a Rubén Darío y leyendo novelas policíacas en su butaca reclinable. mientras  fumaba su pipa con el orgulloso gesto de un general después de haber vencido en la batalla. El hombre sólo supo ganar lo suficiente para sobrevivir y educar a sus hijos. Que se sepa, nunca tuvo una casa de su propiedad. Cuando un cinco de enero el Duende le preguntó qué deseaba que le dejaran los Reyes Magos su respuesta fue tan desconcertante para un niño como elocuente para cualquiera que sepa de la vida.

-Sólo quiero que me dejen en paz.

Y sin embargo, no celebraba su santo el día de san Pedro y san Pablo, como hubiera sido lo habitual. Sino tal día como hoy, 25 de enero, que es la Conversión de san Pablo. De la misma manera que los luises de la familia tampoco éramos del 20 de junio, san Luis Gonzaga. Sino del 25 de agosto, san Luis de los Franceses, que además de santo fue rey. O sea, marcando diferencias con la mayoría.

Qué contradicción en una familia de tan baratas ínfulas. Debe de ser que aquí, como en el caso del tío Manolo, también las apariencias engañan.  Cuándo caerán del caballo, como san Pablo, y reconocerán su esnobismo. ¿O es que no han caído en la cuenta de que en realidad  el abuelo Pablo estaba convencido de ser Rothschild y  su nieto, el Duende,  más importante que Puck?

Buscando a Beethoven desesperadamente

¿En qué rincón de Radio Clásica de RNE se habrá escondido Beethoven?

¿En qué rincón de Radio Clásica de RNE se habrá escondido Beethoven?

Clod Monter -nacido Clodoveo Montero- no iba a actuar esta vez por cuenta de ningún cliente. Esta vez buscaría por interés propio.

No se trataba de dar con una mujer raptada, con una hija perdida,  o con un socio infiel que se fugó llevando bajo el brazo un maletín lleno de dólares. Tampoco había que buscar al espía, al chantajista, al ladrón de planos de centrales nucleares o de fórmulas mágicas, al traficante de armas o al canalla que le quería guindar la novia.

Era algo mucho más personal. Clod se alejaba de la imagen del investigador astuto, pero tosco en sus gustos personales. Desde hacía años, a  la una  de la madrugada, y después de ordenar sus carpetas con las investigaciones en curso y de repasar la agenda, se lustraba los zapatos con los que habría de echarse a la calle al día siguiente, se desvestía, se ponía el pijama, se metía en la cama y, tras abrir el libro que estaba leyendo, conectaba su aparato de radio. Invariablemente anclado, por cierto, en el dial de lo que siempre había sido Radio Clásica de Radio Nacional de España.

-No puedo conciliar el sueño sin escuchar música clásica, muñeca -le dijo en plan Bogart a aquella clienta ninfómana que, desgraciadamente, no se parecía en nada a Lauren Bacall.

Envuelto en la atmósfera mágica que recreaban los grandes de la música, Clod se embarcaba en la novela o imaginaba encuentros en un faro con algunas de las mujeres fascinantes que había conocido en su laga vida profesional. La música clásica le daba lo que la vida le escatimaba. Romanticismo, pasión y aventura.

Hasta que hubo un relevo y, por ese afán tan inquietante de cambiar lo que está bien, alguien transformó lo que antes era música clásica pura en una mezcla de música atonal, dodecafónica, étnica, folklórica, experimental y, a menudo, chirriante hasta la desesperación.

-No sé por qué le siguen llamando Radio Clásica-se decía- Tendrían que llamarla, más bien, Radio Música Alternativa.

Desde hacía muchos meses Clod Monter no dormía de puro desasosiego. No es que persiguiera a delincuentes o a gente peligrosa. Es que, a la una y media de la noche, buscaba a Beethoven y a los demás clásicos desesperadamente y  no les encontraba.

Los andamios de la grandeza según tía Clota

¿Sabes, Homper?...Si ellos no creen, hacen por creer en su pais...

¿Sabes, Homper?...Si ellos no creen, hacen por creer en su país...

A Homper lo que más le llamó la atención de la toma de posesion de Obama secundum Clota fue la puesta en escena. No la del acto en sí, sino la del seguimiento de su anciana tía que, lógicamente, no quiso perdérsela ni verla sola. Le había llamado su amiga Thelma, también viuda, que acudió a la hora prevista con su bolsa de punto. Thelma le está haciendo un jersey  a su nieto, hijo de un hijo vietnamita que su difunto marido había adoptado en aquella lejana guerra.

-El bebé ha salido muy orientalito-subrayó Thelma-Pero es una ricura. Además, Estados Unidos ya no es ese país de rubios como Gary Cooper que veíamos de niñas. Ya ves tú, el nuevo presidente…

Thelma es de las que se ha obamizado por la fuerza de los hechos. Ella hubiera querido otro Kennedy clarito y de familia bien, pero se ha dado cuenta de que la grandeza del tío Sam es que asimila a todo el que tiene claro lo que hace grande a un país. Según le contó Clota a Homper en su correo electrónico -la tía ya chatea y manda emilios, porque se ha convencido de que Internet es más barato que el teléfono- Thelma también se quedó perpleja cuando ella apareció con tres cebollas, un cuchillo, un plato y la tablita de cortar.

-Si no te importa-le dijo a su amiga-yo aprovecharé para hacerme una sopa de cebolla.

Thelma no le dio demasiada importancia. En realidad, no tuvo ojos más que para lo que mostraba el televisor, y apenas avanzó dos centímetros en una de las mangas del jerseycito. Thelma  no es, según la tía, una mujer sensiblera. Pero cuando escuchó los juramentos,  el discurso del nuevo presidente, la oración del pastor metodista y el Barras y Estrellas coreado por todos los asistentes, se enjugó una lágrima delatora que corría por su mejilla y moqueó un par de veces. Nada al lado del borbotón de lágrimas que fluía de los ojos de la tía Clota.

-Pero hija-le dijo Thelma sorprendida-Yo creía que a los europeos estas cosas no os decían nada…

-No, si lloro por las cebollas-respondió Clota disfrazando sus sollozos con una sonrisa fingida.

Mentía como una bellaca-le contaba luego a su sobrino en el emilio. Lloraba porque de verdad me emocionaba, y al mismo tiempo lloraba porque en España nunca me atreví a llorar por eso que llamamos Dios, patria, y bandera. ¿Sabes, sobrino? La ley es esencial, pero no es nada romántica. Los anglosajones lo han entendido muy bien, y están convencidos de que su fuerza es estar unidos por algo más. Si no creen en esos valores, hacen por creer en ellos. Y todo eso que despreciamos en nuestro país son los andamios de su grandeza. Te lo digo a ti porque, como ya soy vieja, no me importa hacer el ridículo.

Se acordaba de estas palabras Homper cuando, camino de su tertulia, le sorprendió   la ceremonia del cambio de guardia en el Cuartel General del Ejército. Mientras desfilaba la guardia entrante, la banda de música interpretaba Suspiros de España. Sintió en el corazón algo así como un pellizco,   un amago de sensiblería.

-Bah, tonterías-se dijo mientras con los dedos se secaba un testimonio inoportuno que fluía del lacrimal.

Y siguió su acostumbrado paseo hacia el Ateneo.

Obama le guiña un ojo a Alfonsina

Tranquila, Alfonsina. Todo irá mejor a partir de ahora...

Tranquila, Alfonsina. Todo irá mejor a partir de ahora...

Una vez al año disfrutaba viendo en directo el Concierto de Año Nuevo. Los valses de Strauss le encantaban. Y además los profesores de la Filarmónica de Viena, que por lo que dicen son habitualmente serios, juegan ese día a ser un poco como los payasos de la tele, y los espectadores, como niños. No hay nada más bonito que empezar el año viendo a una nube de turistas japoneses y americanos palmeando a ritmo de tres por cuatro. Da igual lo que esté pasando entretanto en Gaza o en Darfour, porque, como dice a menudo Homper bastante tiene uno con lo que tiene.

-Tranquila, mujer-le dice a su querida amiga Alfonsina-Esta tarde nos ponemos una meriendita de chocolate y vemos la toma de posesión de Obama, que es como lo de Viena, pero cada cuatro años. Y nos olvidamos de todo.

Homper, como es sabido,  se queda perplejo de que esas exaltaciones del furor colectivo sigan entusiasmando a la masa. Pero reconoce que al gran teatrillo del mundo y de la llamada civilización lo mantienen los que son ingenuos como niños. O sea, los que creen en la bondad intrínseca del género humano, los que respetan las leyes, los  que votan con fe, los que creen en la nobleza de los políticos y los que luego, por si las cosas fallan, se encomiendan a la poesía.

-De acuerdo -le dice Alfonsina sujetando el móvil con una mano mientras con la otra mete en el horno un plum-cake para la merienda- Obama es de los que no pueden decepcionar.

Según Alfonsina Obama se parece a un oficial americano uniformado que ilustraba una caja de galletas enorme que vendían en Germán Navas, Ultramarinos y Coloniales. Era un hombre alto, guapo y sonriente. Por sus piernas abiertas, larguísimas, trepaban niños y niñas que querían arrebatarle la caja de galletas que el apuesto galán mantenía en sus manos. No recuerda la marca, sólo la imagen, quizás impregnada del mismo espíritu iluso de Bienvenido Mister Marshall. Poco antes de que Afonsina entrara en el cole, por las escuelas aún se repartían botellines de leche. La ayuda americana a la España de Franco. Pero ahora es otra cosa, Obama es negro, como el tío Tom, como Martín Luther King como el rey Baltasar y como los angelitos del bolero de Machín. Y lo que el mundo espera de él es mucho más que lo que se le pediría a un blanco. Sustento para la moral colectiva y un milagro para la economía. Lo demás será una decepción.

-Porque ésto tiene arreglo, ¿verdad?-le dirá a Homper mientras desfilan los marines por la Avenida Pensilvania o mientras la diva de turno canta solemnemente ese América, América que emociona incluso  al puntillero de Las Ventas.

Quedará para más adelante la entrega de los Oscar de Hollyood, otro ritual obligado para el escapismo, y eso que este año ni Javier ni Pe van a vender una escoba. Pero entretanto Alfonsina tiene que seguir alimentando su esperanza. Es una mujer inteligente, con título universitario, habla tres o cuatro idiomas y además es guapa. Y encima, sin ser especialmente devota de Zapatero hasta hace caso al Merlín de la Moncloa. Ayer le ha escuchado sus sabios consejos económicos y, como él quiere, se ha lanzado a consumir lo normal: un par de huevos, harina, algo de levadura y los watios necesarios para hornear el plum-cake. Más no puede, porque, como tantos españoles, está en el paro.

Pero mañana, después de que Barak Obama se siente en el despacho oval de la Casa Blanca, será otro día.

Del cumpleaños de Mingote y otros milagros

Bendita esclavitud de la que esperamos disfrutar muchos años más...

Bendita esclavitud de la que esperamos disfrutar muchos años más...

La noticia del sábado es que Antonio Mingote cumplía noventa años. Antonio es un señor español de origen aragonés, pero nacido en Sitges, de los que de verdad saben de la vida. Bonancible, sereno, humilde, de una ironía tan fina como el filo de una navaja albaceteña que, sin embargo, no hiere, aún pasea por el Retiro . Cuando el Duende inició sus travesuras en Clarín Publicidad aquella empresa presumía de haberlo tenido en su plantilla (también trabajaron allí  Borau y Cruz Novillo: sin duda no era una agencia vulgar). Muchos años más tarde lo conoció personalmente, a él y a Isabel, su mujer, Isabel, una mujer guapísima y elegantísima que le da cuerda. Cuando veía esta Navidad el spot de un perfume de Loewe donde aparecen hombres movidos como los juguetes de hojalata antiguos, el Duende imaginaba a Isabelita dando vueltas todas las mañanas a la llave invisible que el buenazo de Antonio lleva a la espalda. Él es más tranquilo, y seguramente, se quedaría en casa más tiempo. Pero Isabelita es carpe diem con encanto, y no le deja renunciar a lo mucho que la vida le ha devuelto a Antonio. Él se deja llevar y sonríe con resignación.

El más original y discreto académico de la Lengua es un encanto de persona. Ha dibujado todo, ha escrito, ha pintado –el Duende descubrió asombrado en una sala de subastas un falso Van Gogh que llevaba la firma de un Antonio Mingote jovencísimo- y hasta en  la película La colmena, aquella obra maestra de Cela que Mario Camus plasmó tan dignamente en el cine, hacía de cliente de una casa de citas. Afortunadamente el guión no exigía el desnudo, lo cual a la tía Clota le tranquilizó.

-No sabes la angustia que sentí cuando pensaba que un hombre tan elegante como él iba a enseñar sus calzoncillos, como los actores de ahora-le contaba a Homper en su llamada de la semana-Pero sigue siendo el de siempre, me alegro…

La tía Clota dijo también que es una pena que desapareciera el perrito de Xaudaró, que también le hacía mucha gracia. Y las películas de Harold Lloyd y de Buster Keaton. No es que esté contra el humor actual, es que no lo entiende, y por eso sigue idolatrando a Antonio Mingote.

-Me encantaría que fuera muy feliz en su aniversario-dijo.

-Si, tía-respondió Homper sin demasiada convicción mientras recortaba del periódico un anuncio por palabras en el que ofertaban una vieja máquina de hacer cigarrillos.

-Te noto distraído-le reprochó la tía Clota-¿Es que para tí cumplir años no significa nada?…

-No mucho, tía. Lo veo como un trámite biológico. Uno va haciéndose mayor y acumula años, y ya está. No tiene más trascendencia. Es como cuando adviertes que te han crecido las uñas. Bueno, pues te las cortas y ya está. Hasta el próximo año.

-Qué poco romántico, sobrino-rezongó la tía-El último día de mi cumpleaños, soñé que, al despertar, estaba al pie de mi cama a un ángel guapísimo uniformado como un camarero del Ritz…Imagínate, por ejemplo, a Paul Newman. No le hacen falta ni alas.

-Si, tía.

-Empujando con una mano, el carrito del desayuno: su café, su zumo, sus panes especiales, sus mermeladas exquisitas…Un termo con chocolate y roscón, que fuera de temporada aún me sabe mejor.

-¿Todo eso?

-Y en la otra mano-seguía la tía Clota-una pequeña cesta redonda envuelta en papel transparente y rematada por un lazo precioso conteniendo cinco pares de medias, un perfumador y una caja de esas deliciosas Moscovitas que hacen en Oviedo, y que son mi debilidad…

-¿Estaba el ángel en su sano juicio?-preguntaba Homper mientras miraba de reojo las esquelas del día.

-Pues sí me lo pareció, sobrino-replicó la tía Clota mosqueada-Además, te diré que se arrodilló, y me pidió que le mostrara una pierna para probarme la talla de las medias…Me dijo que me quedaban estupendamente, que tenía unas piernas tan bellas como las de Cyd Charisse y que había venido a felicitarme para demostrarme que no hay que cerrar nunca las puertas a la sorpresa.

Homper estaba de morros y se empeñó en chafarla, pero ella dijo que seguía soñando, y aún no sabía cómo acabaría la historia. Y la cosa es que, pese a su escepticismo, el sueño de tía Clota prendió en él. Y el día de su cumpleaños también soñó lo mismo, salvo que el ángel que se le aparecía era un híbrido de Fraga y de Fernández de la Vega, y los calcetines de esos con elástico flojo que acaban engullidos por los zapatos. Y una vez más, Homper se quedó perplejo comprobando que, hasta en sueños, Dios premia a los buenos como Mingote y la tía Clota y castiga a los que, sorprendiéndose de casi todo, no creen que la vida aún puede darte sorpresas casi milagrosas…

Calderón de la traca (Publicado en MARCA)

Dimitido. A estos presidentes, se les da la mano y se toman hasta el codo...

Dimitido. A estos presidentes, se les da la mano y se toman hasta el codo...

Prócer de gran vocación populista que, volcado en el mundo del deporte y el espectáculo, dio fama, glamour y aureola de felicidad a todo aquello que fue objeto de su atención. Criado en el seno de una familia numerosa de la burguesía palentina  y abogado de profesión, fue un hombre de gran elegancia y encanto personal que  alcanzó su mayor notoriedad pública como presidente del Real Madrid Club de Fútbol. Gran aficionado a los toros, no cortó muchas orejas como empresario de las Ventas, pero tuvo que lidiar con una de las situaciones más esperpénticas que se recuerdan en la directiva del Madrid, donde fue empitonado por Asamblea, toro bragado, tuerto y corniveleto que derrotaba peligrosamente y que, haciendo caso omiso del engaño, le desgarró la taleguilla dejando sus vergüenzas al aire. Sólo el quite al alimón de Barcenilla y Nanín, sus peones de confianza, pudo salvarle del lance…

Como dice la tradición italiana “si non é vero e ben trovato“. Así se imagina Homper, (acrónimo del Hombre Perplejo) lo que algún día  dirá la Wilkipedia de Ramón Calderón, el hombre que ni los atléticos podemos dejar de tener presente en un día como hoy. Homper, como su propio nombre indica, es el hombre perplejo. Y no por lo que pasa en el club del Calderón, don Vicente, sino por la que está cayendo en el Madrid del Calderón, don Ramón.

Fíjense que, como atléticos convictos, deberíamos de estar llorando hoy por la cuarta derrota en el 2009 del otrora llamado “Glorioso”.

Advierta el lector que lo que procedía tras el enésimo repaso de uno de los equipos grandes -sin duda el más en este momento- era rasgarnos las vestiduras, flagelarnos y hacer una nueva muesca en el revólver que acabará con nuestra autoestima.

Coincidan con el abajo firmante en que deberíamos estar haciendo vudú a Maradona, ese amigo que ha aconsejado a su yerno que nos ponga los cuernos con el Inter.

Piensen que quizás nuestro deber sería hincar las rodillas ante la Virgen de Lourdes e implorarla con la mayor devoción que  nunca: virgencita, virgencita, que Seitaridis y Maniche, que Perea y Pernía, que Heitinga y Luis García no nos hagan aún peor de lo que somos.

Estarán de acuerdo en que normalmente habríamos llenado la bañera de agua caliente, nos hubiéramos sumergido en ella y, con la dignidad de Sócrates, nos habríamos abierto las venas con el bono-bus aceptando el destino fatalista que nos persigue.

Pero no: como dice el refrán -vaya suerte que tiene Cerezo- otros vendrán que bueno te harán. Lo del Calderón del Manzanares tiene tela. Pero anda que lo del Calderón de Concha Espina

Perplejo le deja a Homper que el afán de medrar trastorne a los que sólo quieren ser gente honrada, al punto de ignorar que se están metiendo en un trapicheo indecente. Perplejo le dejan esos pretorianos de la directiva que en la rueda de prensa de anteayer ponían cara de mascarones de proa por simular respaldo al elegante cordero pascual de los ojos azules. Perplejo, más perplejo y  requeteperplejo le tiene a uno que en esa ingeniería compromisaria se haya filtrado un socio del Atleti. Hasta puede tener su gracia, pero que de verdad desearíamos es ganar al Madrid en el terreno de juego, y sin trampas. Perplejidad le causa también la sospechosa sordina que al caso han aplicado algunos  medios expertos en detectar escándalos. Y perplejo le deja, por último, que un jurista quiera emular la de Santa Gadea, y jure por su honor que no mató al rey Sancho, digo a la dignidad del honrado socio madridista. Este don Ramón, que ya ha metido patas variadas, tiene las ínfulas de un personaje de Calderón de la Barca. Pero si Dios no lo remedia se quedará en Calderón de la Traca.

El hombre que quería vestir como Sherlock Holmes

Si hace frio,  trajes de lana. Elemental, querido Watson...

Si hace frío, trajes de lana. Elemental, querido Watson...

Cuando colgó la placa en la puerta de su despacho era invierno. El más crudo e implacable de las últimas décadas. La placa  era más bien escueta. Decía simplemente Clod Monter, Investigador Privado. Había querido ser más explícito, pero antes de encargarla le mostró a su amigo Homper el boceto y éste, una vez más, se quedó perplejo.

-Hombre, Clodo-le razonó con amistosas buenas maneras-Que camufles tu nombre me parece bien, porque el tuyo propio no suena mucho a detective clásico. Pero que añadas Intuitivo, Competente, Diligente es un poco grosero. El movimiento se demuestra andando, y el  talento del investigador, investigando.

Clodoveo Montero era, en efecto, un detective competente, pero algo ingenuo y novelero. Para empezar, y a pesar del pogrom antitabaco, fumaba en pipa. Su primer éxito había sido el descubrimiento de que Nick Taylor -en realidad Nicolás Sastre- el marido de la rica propietaria de la Cerería de santa Natalia, hombre de preclaras virtudes cristianas que llevaba a sus hijitos al Circo Price y desfilaba en Semana Santa como nazareno, engañaba a su clienta con otra mujer. Lo averiguó después de una muy meticulosa investigación, pero no se lo había revelado aún a Melani Berg -en realidad Melania Colinas, que así se  llamaba realmente la cerera- porque Jacqueline, la otra, que en realidad era Santiaga en el registro civil, al contrario de lo que se ve en las películas de género, no era bella e irresistible, sino todo lo contrario. La Santiaga era más bien hombruna, alta, gorda, fanática de las carreras de galgos y coleccionista de rumbas de Peret, y además se desayunaba a media mañana tres porras y una copa de Anís Machaquito. Santiaga, o sea, Jacqueline conducía la furgoneta de su marido, proveedor de casquería fina de los mejores restaurantes de la ciudad. A mitad de reparto, y en enclaves estratégicamente elegidos por su discreción, los amantes se entregaban al frenesí amoroso rodeados de callos, mollejas, riñones y criadillas, eso sí, de la mejor calidad. Lo cual deprimía aún más al preclaro detective.

-Es tremendo-le confesaba a Homper mientras daba bocanadas a su pipa en torno a una taza de té-Cómo voy a destrozar un matrimonio y una investigación tan brillante con esa verdad tan antiestética.

Porque, al contrario de lo que ahora se estila, Clod creía que el hábito hace al monje, y llos clichés siguen funcionando en una sociedad tan superficial como la nuestra. Si eres argentino estás muy bien de psicólogo, si eres broker o financiero de postín ponte un abrigo de cuello de terciopelo, si eres sastre tu taller debe oler a jaboncillo, si eres creativo publicitario déjate melena y fuma hierbas, si eres decorador afemina tus modales, si eres notaria no vistas trajes de Agatha Ruiz de la Prada. Y así. Cloe creía que, aparte de  encontrar otra amante más lucida que Jacqueline, debía redondear el efecto de su pipa comprándose un traje grueso. En primer lugar porque era el invierno más helador de las últimas décadas. Y en segundo lugar porque tanto Sherlock Holmes como Maigret componían mejor el tipo vistiendo un traje de paño de cheviot o de  tweed.

-¿Me acompañas a comprarme un traje apropiado?-le dijo a su amigo Homper.

Homper le acompañó. Inútil intento, porque ni en Zara, ni en Mássimo Dutti, ni en Springfield ni en Milano, ni en Cortefiel ni en muchas tiendas más de moda masculina había trajes de este tipo. Homper se quedó perplejo de que la moda considere que todos los hombres pasan de su coche a su despacho sin pisar la calle, y decida que el caballero de hoy no tiene derecho a vestir de invierno.

-La simplificación-resopló Clod frunciendo los morros mientras atacaba la cubeta de su pipa con una nueva carga- La falta de matices, tan necesaria en la vida como en mi trabajo…El desprecio por la estética…Ahora nos quieren uniformar a todos como si fuéramos chicos de Zinzano o escoltas…¿Cómo voy a ser un buen investigador privado vistiendo un traje de entretiempo de poliamida y unos calcetines cortos que me dejan la pantorrilla al aire?

Salieron de la última tienda desencantados y, al doblar la primera esquina, Clod le cogió del brazo a Homper y le frenó en seco. Sigilosamente, se puso unas viejas gafas de lente redonda y montura de carey y señaló con un gesto la cristalera del Café Comercial, donde creía haber visto algo que daba un nuevo sesgo a  su investigación. Allí Nick tomaba café con una rubia escultural tipo Scarlet Johanson, que le miraba embobada mientras discretamente le manipulaba la bragueta bajo el velador.

-Fíjate qué pena- le dijo a Homper llevándose las manos a las solapas -Al fin puedo demostrar que la otra es una arpía de la mafia rusa… ¡Y voy a tener que contárselo a mi clienta con esta  mierda de traje!…

Vivir para ver. Homper pensó que, definitivamente, nunca dejaría de ser el hombre perplejo.

-

Diván el amable

Largar y largar en el diván para sanar el alma...

Largar y largar en el diván para sanar el alma...

-Pues es verdad que eso de largar y largar tus problemas alivia las penas-le dijo la tía Clota a su sobrino Homper.

Ya andaba mal desde que enviudó de Oscar, el granjero de Vermont. Pero a partir de aquel nefasto día de Navidad en que el mismo asesor financiero que la había arruinado  le rapiñó su cubertería de plata, la tía Clota estaba tan decaída que su amiga Edwina le aconsejó ponerse en manos de su psicólogo.

-Para los americanos el psicólogo y el psiquiatra son como Dios -le decía a su sobrino-Así que le hecho caso a Edwina y ahora me desahogo ante el tío Jacob, que no es ni lo uno no lo otro, pero se parece a Freud y me escucha todo lo que le cuento sin cobrarme un solo dólar.

En realidad el tío Jacob era sólo un retrato en forma de medallón que colgaba en el salón. Había sido el padrino de Oscar, el marido de la tía Clota y sobrino suyo que a esas horas, como él,  descansaba en la paz del Señor. La tía Clota se tumbaba en el diván debajo del retrato y le abría el alma. El tío Jacob se parecía, en efecto, al creador del psicoanálisis, y aunque no decía ni una palabra -los cuadros no hablan- le servía de consuelo a Clota.

-Me he liberado, Hom-le confesaba-Le he contado que de joven me enamoré de un guardiamarina del Ferrol. Un día, paseando por la playa descalzos, pisé un erizo medio enterrado en la arena y él me quería tanto que sacó todas las púas con los dientes. Mordía una púa, la sacaba, besaba el pinchazo y la herida dejaba de dolerme…El tío Jacob, al escucharme, ni siquiera torcía el bigote…No lo dudes, hijo. Si has perdido las ilusiones y estás decaído,  cuenta tus problemas al psicólogo…

Homper recordaba este consejo mientras con los dedos de sus manos tocaba la punta de sus pies. Así hacía saludables ejercicios  de gimnasia sueca, al tiempo que probaba que las presillas de los tirantes que le había traído un amigo de Suecia eran más fiables que las de los tirantes nacionales, que saltan cuando les parece. Homper jamás había ido al psicólogo. Pero aquella mañana concurrieron dos hechos significativos. De una parte, el guacamayo jacinto que había en la elegante jaula decimonónica del salón de la casa de enfrente había desaparecido. No podía haberse muerto, porque ya lo estaba de antemano. Y no podían haberle sacado de paseo, porque nadie pasea con una momia de loro. El no saber qué había sido del guacamayo jacinto le descentró. Y, cuando al flexionar la cintura y tocar la punta de sus pies por enésima vez le saltó una de las presillas traseras de los tirantes, comprendió que tanta desazón sólo sería curable en el diván del psicólogo.

Y acudió al de su amiga Crisatina.

Crisatina era una psicóloga tan rápida y tan espontánea que ni siquiera se detenía a corregir su nombre cuando al escribirlo precipitadamente en el ordenador le sobraban o le faltaban letras. En realidad se llamaba Cristina, pero unas veces le salía Critina, otras Cretona, otras Crestina, otras Crisanta e incluso una vez firmó como Crisolinfa Paladiana, que es la metáfora de Eugenio D´Ors para denominar al aceite (líquido de oro de la tierra). Cristina mantenía que para curar los males del alma había que ser sincero y natural, así que Homper se tumbó en su diván y no le anduvo con rodeos.

-¿Tienes idea  de la causa por la que las presillas de los tirantes actuales saltan a las primeras de cambio?-preguntó Homper

Crisatina se llevó el lápiz a los labios  y puso cara de pensar la respuesta.

-No-respondió.

-¿Crees que de la desaparición de un guacamayo jacinto disecado en la casa de enfrente tiene relación con la crisis económica, con el cambio climático, con el desasosiego existencial? ¿Puede presagiar el fin del mundo?

-No tengo ni idea, pero más bien pienso que no.

Homper suspiró.

-Bueno, pues ya que no me aclaras estas y terribles dudas, te diré que eres muy guapa y muy simpática, y que con sólo decirte eso ya se me esponja el alma.

A la tía Clota le pareció que su historia con el guardiamarina tenía más enjundia. Pero ambos se congratularon de haber encontrado divanes amigos donde apacentar sus inquietudes.

De la condenada manía de cambiar lo que funciona

Esas webs que cambian de cara como Lon Chaney Jr....

Esas webs que cambian de cara como Lon Chaney Jr....

Pedro Chaney es un amigo de Homper de presencia variable. En realidad se llama Pedro Fernández de la Estaca, pero decidió cambiar de nombre por asimilarse aún más a Lon Chaney, un actor que se hizo famoso en el Hollywood por sus sucesivas mutaciones en personajes míticos como El fantasma de la ópera o El hombre lobo. Ya en el declive de su carrera, Lon Chaney Jr. -buena costumbre anglosajona la de posponer el junior para distinguir a los hijos de padres con igual nombre- protagonizó El hombre de las mil caras. La película impresionó tanto a Pedrito Fernández de la Estaca, que se propuso emular la suerte de este mítico actor. Años después, después de hacerse millonario como broker del petróleo emprendió una carrera desenfrenada hacia el cambio continuo, que es lo que la mayoría interpreta como síntoma de vitalidad, imaginación y, al cabo, felicidad. Cambiaba todos los años de coche, de residencia, de barco, de avión, de mujer, de amigos y, una vez que le cogió el gusto a la travesura, también de cirugía facial.

En la órbita en la que se movía, Pedro Chaney se topó con el inconveniente de que las mujeres con las que flirteaba eran en su mayoría adictas al tuneado, de tal manera que, entre uno y otras, el paso de los años le empezaron a provocar trastornos en su personalidad. Veía fotos suyas con sus sucesivas parejas y no recordaba ya quiénes eran los personajes que se filtraban en su album. Su psiquiatra le aconsejó entonces que pusiera freno a su peligrosa adicción transformista. Pedro pagó entonces al mejor cirujano facial del mundo y le pidió que le transformara su cara en la de Jack Nicholson, que le parecía un buen prototipo para su edad. Y, con esas presencia, se enamoró entonces de Josefina, una mujer tan estable que llevaba treinta años de directora financiera de una compañía eléctrica y no había cambiado ni de corte de pelo. Josefina era guapa, pero discreta y modosa. Tanto, que aún llevaba rebeca, ponía espumillón en su árbol de Navidad y conservaba un Golf de primera generación que pasaba, año tras año, la ITV. Pedro le reveló entonces su verdadero nombre.

-No me llamo Pedro Chaney, sino Pedro Fernández de la Estaca. Es un apellido menos bonito, pero más fiable.

Tras la boda, cambiaron las costumbres de Pedro. Nunca había sido casero, porque ni llegaba a tomarle las medidas a sus residencias. Pero, convertido en un hombre tranquilo y sedentario, incluso con la barriguita que ya forma parte de la personalidad de Nicholson, decidió arrostrar el  peligro de aficionarse a la informática. A su edad le costó un horror aprender lo básico. Y varios horrores más moverse en ese mundo proceloso que llamaban Internet. No obstante se hizo adicto a Fósiles Digest una web dedicada a difundir algo tan poco mutable como los fósiles, que, como todo el mundo sabe, no cambian nada. Casualmente, la editorial de esta web renovó su equipo, y, por esos caprichos del destino, le hizo una oferta tan tentadora a Josefina que ésta dejó su trabajo de toda la vida y se incorporó a Fósiles Edition Company. La primera decisión del nuevo comité de dirección fue, naturalmente, renovar el diseño corporativo de la compañía y, cómo no, el de su página web. Pedro, que ya había sufrido los cambios de otras webs que ya creía dominadas como auténticos mazazos,  salió de su casa desesperado y, saltándose todos los controles que hoy protegen a cualquier ejecutivo de prestigio, se plantó en el despacho de Josefina.

-¿Por qué has cambiado el diseño de la web?….¿Por qué me quieres volver loco, si ya había decidido no cambiar nada en mi vida?…

Josefina continuó leyendo el informe que tenía entre manos.

-Pedro-dijo sin inmutarse- Renovarse o morir.

Fósiles Digest se renovó a fondo. Pero al amigo de Homper le mataron el propósito de ser él mismo. Eso sí, murió con la prestancia de Jack Nicholson..

Dios, probablemente…

¿No será una pura operación publicitaria?

¿No será una pura operación publicitaria?

La tía Clota volvió a llamar a Homper desde su casa de Vermont. Creía que el aeropuerto de Barajas era la estepa siberiana, y que  su sobrino no podía salir del igloo en el que se había convertido su pequeño chalet. Lo imaginaba aislado por la nieve.

-¿Qué pasa, Hom, qué pasa?-le decía asustada-las radios españolas no hablan de otra cosa que la nevada sobre Madrid. ¿Tan grave ha sido?…¿Tan torpes son las autoridades?

Homper le quitó importancia. Lo del aeropuerto era un carajal, cierto –algunos periódicos lo llamaban barajal- pero lo de cargar contra la ministra no era nuevo.

-Recuerda lo que se decían los agricultores en tiempos de Franco-bromeó Homper-Los tres enemigos más peligrosos del campo son, en primer lugar la sequía, en segundo lugar el pedrisco y en tercer lugar el propio ministro….

La tía Clota se echó a reir.
<-Se llamaba Cirilo Cánovas, ya recuerdo…Pero ésta de la cosa del tiempo y de los aeropuertos es mujer…Pobre, cómo la están poniendo. Yo rezo por ella, porque me da mucha lástima…¿Se meterían con ella igual si fuera hombre?…

La tía Clota rezaba por casi todo. Después del frío polar que afligía a España, su gran preocupación era que los autobuses urbanos pasearan con un anuncio que decía PROBABLEMENTE DIOS NO EXISTE. DISFRUTA DE LA VIDA. Eso era para ella el quinto jinete del Apocalipsis campando por las calles de las ciudades españolas.

-Hijo, mío, Hom –exclamó alarmada-¿Qué va a ser de vosotros?…

La tía Clota describía ese autobús diabólico como un infierno rodante conducido por un demonio clorado con cuernos y barbas de chivo. Y no ocultaba su desazón imaginando que su único sobrino fuera engullido por el ateísmo al abismo de la condenación eterna.

-Tranquila, tía, no será para tanto-ironizó Homper- Verás…La gente no es tonta, y desde que tenemos al presidente Zapatero sabe del valor tan relativo de la expresión probablemente. Él afirmó que probablemente en 2008 seríamos campeones de la economía mundial, y gozaríamos del pleno empleo. Y ahora dice que probablemente en el segundo semestre remontaremos la crisis. Probablemente…¡Je!…

<-No te entiendo, Hom-farfulló la tía Clota al otro lado del teléfono.

-Está claro, tía. Se ha devaluado tanto este adverbio que la gente lo interpreta en sentido contrario al posibilista. Y ya cree que significa simplemente no. No, no, ni de coña. Y ya sabes, tía: dos negaciones equivalen a una afirmación…Lo que el autobús viene a decir, más o menos, es que no es cierto que Dios no exista. Luego afirma que Dios existe…

La tía Clota guardó silencio unos segundos. Homper no lo advirtió, pero es que estaba consultando el diccionario.

-No me digas pamplinas, hijo…Aquí dice con verosimilitud o fundada apariencia de verdad…Esos autobuses os quieren convertir a todos en unos ateazos, no lo dudes…Y a mí ya no me va a quedar tiempo para rezar por tantas salvaciones, te lo aseguro.

Y se echó a llorar.

Homper rebobinó entonces y cambió de argumento para intentar consolarla. Le dijo que no se recordaba en el mundo a nadie que conociera nadie que conociera a nadie que hubiera reproducido un mensaje publicitario plasmado en la carrocería de un autobús urbano. Quizás alguna marca o algún logotipo, pero ni uno solo mensaje. Y, conociendo la debilidad de su tía por las historias románticas, le contó que Karl Otto, el hijo del gran Duque Archibaldo de Pomerania, se quedó prendado de la dueña de un salón de te que se llamaba Franziska. Incapaz de declararle su amor por su extraordinaria timidez, contrató la publicidad de la línea de tranvías de mulas que circulaba por delante del salón de te para pasear un llamativo anuncio que decía así: Ich liebe dich, (te amo) Franziska. Firmando con sus iniciales K.O. El hijo del gran duque esperó pacientemente la respuesta de la distinguida dama, pero dos años después, aburrido y preocupado por la bancarrota a la que le conducía ese amor no correspondido, le envió un mancebo con un mensaje verbal muy claro.

-Que dice Karl Otto, el hijo del gran Duque Archibaldo, que hace dos años estaba usted buenísima, y se quería casar con usted. Pero como la publicidad en los tranvías no la lee nadie, se ha casado con su prima Gunilda, que es muy fea, pero al menos tiene tierras y castillos.

La tía Clota se rió. A decir verdad, no estaba absolutamente segura de que su Dios existiera, pero al menos quedó convencida de que la gente pasa de lo que cuentan los autobuses.

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