
Como san Pablo, acabaremos cayendo del caballo y reconociendo que, en el fondo, somos unos esnobs...
Nadie sabe por qué aquella familia sin pretensiones conservaba algunas tradiciones que hacían presumir lo contrario.
El abuelo Pablo tenía en sus rasgos una notable elegancia natural, pero ese era el único detalle que le asimilaba con la nobleza. Como primogénito de la casa era el sucesor del marquesado al que, nadie sabe por qué meritos, era acreedor su apellido. Pero el abuelo pasaba. De hecho no movió un dedo por eso, ni aún cuando su hermano Manuel -diplomático y, por ende, más propicio a las pompas y vanidades- lo rehabilitó a su nombre sin decirle esta boca es mía y con algún presumible tejemaneje en el Ministerio de Gracia y Justicia. El tío Manolo, por cierto, aprovechó la pusilanimidad de su hermano para arramblar de paso con los pocos cuadros buenos de la familia, lo cual no le impidió figurar en el Espasa Calpe de la época -el de los cien tomos, no la versión reducida- con una hoja de servicios relevantes en Asuntos Exteriores y una foto de uniforme más propio de archiduque austrohúngaro que de pícaro con estudios, que es lo que era. No es oro todo lo que reluce.
El señor marqués se casó con una rica de la isla de Cuba, donde fue embajador, y él mismo cuidó su fortuna con tanto cariño como el que escatimó a su familia. Cuando engrosó las filas de los más ricos del cementerio no dejó una huella precisamente profunda en los que llevamos su apellido.
Entretanto el abuelo Pablo consumía su vejez con una precariedad de medios que no le impidió conservar, hasta el final, la dignidad del hombre sencillo. Siempre encorbatado -mantenía que la corbata no era ningún símbolo, sino una pequeña bufanda que prevenía los enfriamientos de garganta- era feliz paseando, nadando en verano, declamando a Rubén Darío y leyendo novelas policíacas en su butaca reclinable. mientras fumaba su pipa con el orgulloso gesto de un general después de haber vencido en la batalla. El hombre sólo supo ganar lo suficiente para sobrevivir y educar a sus hijos. Que se sepa, nunca tuvo una casa de su propiedad. Cuando un cinco de enero el Duende le preguntó qué deseaba que le dejaran los Reyes Magos su respuesta fue tan desconcertante para un niño como elocuente para cualquiera que sepa de la vida.
-Sólo quiero que me dejen en paz.
Y sin embargo, no celebraba su santo el día de san Pedro y san Pablo, como hubiera sido lo habitual. Sino tal día como hoy, 25 de enero, que es la Conversión de san Pablo. De la misma manera que los luises de la familia tampoco éramos del 20 de junio, san Luis Gonzaga. Sino del 25 de agosto, san Luis de los Franceses, que además de santo fue rey. O sea, marcando diferencias con la mayoría.
Qué contradicción en una familia de tan baratas ínfulas. Debe de ser que aquí, como en el caso del tío Manolo, también las apariencias engañan. Cuándo caerán del caballo, como san Pablo, y reconocerán su esnobismo. ¿O es que no han caído en la cuenta de que en realidad el abuelo Pablo estaba convencido de ser Rothschild y su nieto, el Duende, más importante que Puck?

También yo he apreciado, en familias humildes, cierto grado de nobleza y educación que choca con el entorno en que viven y que parecen, más bien, restos del naufragio de una familia, otrora floreciente. Las fortunas desaparecen, la educación permanece.
Es lo que te permite conservar la dignidad aún en los momentos más bajos y frustrantes de la vida.
Si, menos mal que nos queda la educación. Y, a pesar de eso, la dignidad se pierde. Se puede ser muy educado y ser un perfecto snob, elitista y creerse el rey del mambo por tener unos cuantos cuadros y “un cacho de tierra”. Claro, que luego a la hora de la verdad “el lechón” que uno se pega es bestial.
Aperovecho este comentario, para dejarte la dirección de mi blog.
y aunque solo quede la educacion : ojala que no se pierda porque como estan las cosas ya veremos que nos queda……besos
El “esnobismo” tan amablemente administrado por el Duende se hace
certero bálsamo contra la uniformación y creciente ordinariez del
lenguaje y de los modales. Despojado de sus ademanes pretensiosos, el
calificativo “snob” pierde su ingrato sentido : la originalidad del
personaje se torna nobleza, en homenaje a la ejecutoria de nuestros antepasados o a la generosidad de nuestra tierra.
¡ Y que se caigan del caballo de la cursilleria tantos rastreadores de votos disfrazados de defensores y “rescatadores de las raices” del pueblo !
Hombre…y…si no hases mal a nadie! la sofisticasión no ha de ofender a nadie, es de esas superioridades humanas que solo hasen felis al humano que las entrena y de paso a los que sirculamos por alrededor, mi amiga Aurora (que yo la llamo, de Aurora) es fabulosa! vamos mucho de excursión y siempre es la encargada del pinki, ara eso si! pa quitarse el sombrero! ella no lleva vasos de plástico ni refrescos o agua, lleva cava y copas de cristal!, surtido de hibéricos, platos y cubiertos y mantel…el poblema es que yo elijo la ruta y es tambien de tanta clase que no va nadie! ( a la gente vulgar no le gusta caminar por terraplenes
) y con los bártulos a la espalda me…en la noblesa!, sólo le doy las grasias cuando brindamos al atardeser viendo como se pone el solesito
Creo que tu abuelo iba “sobrao” de nobleza, la tenía dentro, al contrario que tu tío abuelo, que necesitaba revestirse de ella por fuera para que la gente se percatase y consiguió ser “noble” de título pero ruín como persona birlándole a tu abuelo los cuadros de valor.Sus descendientes habrán heredado titulo y cuadros, vosotros habreis heredado un ejemplo de elegancia natural. No creo que con ello el diplomático haya conseguido ser más feliz.No es más rico quien más tiene sino quien menos necesita.En cuanto a las onomásticas,para eso tenemos un santoral tan amplio, se puede elegir.
Tiene razón Ayalga. Hasta donde yo conozco, el tio-abuelo Manolo tenía la nobleza solo en el título. A nadie le oí hablar bien de él y, al llegarle su hora, su hijo político y su nieta no mostraron precisamente mucho pesar por su desaparición.
A veces el destino juega a ser justiciero y hace penar en vida nuestras culpas.
Pues si, en este caso si hubo justicia social, que diría nuestro cuñado mayor…logró el título y puede que más cosas pero vivió y murió solo, según creo, nunca aprobó el matrimonio de su única hija. Nada parecido a los vagos recuerdos que tengo del abuelo Pablo con su evocadora pipa.