Archivos para 3 febrero 2009

El delincuente heroico

Su delito será reprobable, pero él no dejará de ser un  héroe admirable

Su delito será reprobable, pero él no dejará de ser un héroe admirable

Había sido un ciudadano de esos que llaman modelo. Jamás había roto un plato.

De niño fue cuidadoso y aseado, respetuoso con sus padres y profesores, cariñoso con sus hermanos y buen amigo de sus amigos. Si veía a un ciego tanteando la acera con el  bastón, se ofrecía para ayudarle a cuidar la calle. Si tropezaba con un mendigo, se rascaba el fondillo de sus bolsillos hasta coger una moneda y depositarla en la mano del necesitado.

Compartía la bolsa de pipas, el cubilete de chufas, las bolas de anís, las chocolatinas Nestlé, el chicle Bazooka y hasta las chapas y las canicas con su compañero de pupitre. Y era tan respetuoso de la ley de Dios, que hasta corría a confesarse cuando Dori, la panadera, se inclinaba tras la barra de mármol para coger la pistola y, sin darse cuenta, dejaba entrever por el escote aquel glorioso par de tetas que le trastornaban.

-Padre-decía-me confieso de que me he deleitado mirando el canalillo del entrepecho de la  panadera.

-¿Tú, con lo bueno que eres?-le preguntaba el mosén incrédulo.

-Sí padre. Si hasta el más justo de los justos peca al día más de setenta veces siete, imagínese esta pobre criatura, con lo que requetebuena que está Dori…

Estudió derecho y terminó de forjar su personalidad aprendiendo las virtudes morales y cívicas que le faltaban. Se empapó del espíritu de las leyes. Y se convirtió un conspicuo adalid del estado de derecho, haciendo suyo el dura lex, sed lex de los romanos  y el famoso aforismo de odia al delito y compadece al delincuente.

Pero un día se enteró de que un vasco al que los amigos de ETA habían destrozado su hogar con una bomba, se había tomado cumplida venganza arrasando la herriko-taberna donde se reunían los autores de la fechoría. Cogió un bate de béisbol y la emprendió a estacazos contra aquel cubil de canallas.

Aquel vasco había cumplido escrupulosamente la ley del Talión haciendo a sus agresores lo mismo que ellos le habían hecho a él con la impunidad consentida de un gobierno que mira para otro lado cuando le peta. Pero, naturalmente, había quebrantado el respeto a la propiedad privada, y fue detenido como delincuente convicto y confeso.

Y, por primera vez en su vida, el hombre probo que nunca se había apartado de la ortodoxia, aplaudió con las orejas un delito. Luego se miró al espejo y vio ante él a su propia conciencia, antes tersa y limpia, cuarteada y putrefacta, como si fuera el retrato de Dorian Gray.

Pero le dio igual. Esta vez no sólo no confesó confesó su pecado cívico, sino que durmió feliz como un niño agradeciendo el arrebato justiciero del delincuente heroico.

Bermejo o el arte de callarse y hablar a tiempo

mariano-fernandez-bermejo-ministro-de-justiciapreview1Lo malo del poderoso es que impresiona tanto a su alrededor, que nadie se atreve a denunciar sus excesos

-¿Por qué nadie le paró los pies a este ministro?-le preguntaba la tía Clota a su sobrino.

-El poder nos ciega a todos. Hasta que se pasó, e incluso los suyos empezaron a fallarle.

La tía Clota le guardaba una cierta simpatía a Mariano Fernández Bermejo. Más que nada, porque es de pueblo, como ella, y aún en los años en que nació el hoy ex ministro eso de ser de pueblo y llegar tan alto era un meritazo. Además, una vez que fue de excursión a la Villa de Mombeltrán con unos amigos y pararon en la gasolinera de Arenas de san Pedro, ella tuvo que hacer uso del cuarto de baño y lo encontró limpísimo.

-Buena señal, y más en España -puntualizó la tía- Pero claro, la cacería, lo de no tener licencia, cenar con ese juez…¡Matar ciervos cuando a tu presidente aún le llaman Bambi…

Bendita ingenuidad.

La tía Clota sabe que el hoy  ex ministro es hijo del dueño de la gasolinera de Arenas de san Pedro, y que el señor Fernández estaba en las antípodas ideológicas de su hijo. Porque la sangre izquierdista le viene de su abuelo materno, don Emiliano Bermejo, dueño del Colegio del Carmen, un edificio con mucho encanto y un gran jardín que fue derribado por la piqueta para albergar unos horribles bloques de viviendas.

-Pero ya ves, tía. Legalizaba o ilegalizaba ANV, a conveniencia del Gobierno. Comprometía a Montesquieu a dos por tres. Y como era mordaz y daba caña a la derechona le jaleaban. Uno deslumbrado por el poder y otros porque no quieren ver…

-Pues acabo de escuchar a Victoria Prego, que tiene muy buen criterio, y dice que es un hombre muy inteligente y de gran preparación…

-Y simpático -añadió Homper-Que me lo ha dicho un amigo que le conoció en su juventud.

También le contó el amigo que el ex ministro tiene una hermana que se llama Pepita y era de las más guapas de Arenas de san Pedro. De cara muy bien dibujada, piel muy blanca  y silueta perfectamente proporcionada, tenía el aire delicado de un retrato de Madrazo o de una heroína de Chejov. Al contrario que su hermano, parecía tan discreta y tímida que el amigo no se atrevió a decirle que le gustaba, por si se asustaba. Tampoco se lo recordó cuando la encontró cuarenta años después, casada y profesora de matemáticas en un instituto de Valladolid.

-Lo que es no hablar a tiempo-concluyó tía Clota-Si alguien lo hubiera hecho, el ministro a lo mejor había salvado la silla, y tu amigo quizás hubiera acabado con Pepita.

Quién lo sabe. Pero es tan difícil saber callarse o hablar a tiempo…

Bach y el sonido del vino

El sonido del vino escanciándose puede ser tan bello como una catnata de Bach

El sonido del vino escanciándose puede ser tan bello como una catnata de Bach

La belleza de la música también va por barrios. Después de escuchar en una iglesia de la calle General Ricardos de Madrid el  Concierto de Branderburgo nº 5 y tres cantatas de Juan Sebastián Bach, Homper estaba aturdido, casi embelesado.

-¿Cómo se puede disfrutar  esta maravilla en un lugar tan  inesperado como éste?-se preguntaba a la salida  mientras a su lado rugía el motor de un autobús.

Siempre hay que criticar a los políticos, y más si hablamos  de gestión cultural. Pero hay que reconocer que estos lujos, si llegaban, se quedaban antes en los barrios buenos. Sonaba buena música en el Auditorio, en el Teatro Real, quizás en el Conservatorio, en las Academias, en las sedes de las fundaciones y otras instituciones culturales. No mucho lo que antes se conocían como los madriles. El bar de al lado de esta iglesia de Carabanchel anunciaba tapas y zarajos, que son tan castizos y obreros como aquel baile de chulapos y de horteras que cantaban en la zarzuela de La Gran Vía.

-Se puede porque es gratis-decía uno-Si fuera de pago y pa fardar yo no venía.

-¡A ver!-apuntaba otro-No habría localidades. Como cuando vienen el Baremböhm, el Zubin Metha, Iwa Mula o Juan Diego Flórez. Muchos de los que pueden pagárselo van para escucharles. Pero muchos más para que se vea que ellos están entre los elegidos que pueden darse ese lujazo, ¿no te digo?

Alberto Ruiz Gallardón es criticable por muchas cosas, pero lo de repartir la audición de  ese tesoro musical que son las cantatas de Bach por iglesias de Madrid y su periferia es mérito suyo. No sólo suyo, claro. Los coordinadores y directores artísticos son Oscar Gershensohn (director, además de La Capilla Real y de la Orquesta y Coro Vía Magna) y Alberto Martínez Molina, que a su vez  dirige el magnífico grupo Hippocampus, que era el  protagonista del concierto de ayer. También hay empresas aflojando la mosca, claro. Menos mal que Bach no tiene por ello que cambiar su pentagrama. Suena igual de sublime si se escucha en la catedral de Leipzig que si lo patrocina el Banco Santander.

-Los mejores placeres son siempre gratis-se decía Homper como corolario de la hermosa tarde que ya presagiaba primavera.

Se acordaba del chorro de la fuente, del murmullo del arroyo, del tremolar de las hojas de los álamos, del canto del ruiseñor. Y de otro sonido redondo, profundo, misterioso y poético como una atmósfera de Velázquez que suele pasar inadvertido porque aventura algo aún más esperado y deseado. Es el gorgoteo del vino cuando avanza por el cuello de la botella para ser escanciado en la copa. Glop, glop, glop. Escrito parece una broma, pero qué bello suena. Lo comprobó él mismo aún bajo el efecto de las cantatas.

-Incluso el vino más caro -concluyó Homper- regala el sonido de su viaje hasta la copa. Es otro placer añadido que nadie con sensibilidad debería dejar de apreciar, ¿no?

Pendientes del Oscar de Pe

penelope_cruzHagamos historia. La tía Clota tenía sus ahorros en una agencia bancaria. Su joven director -un hombre, por supuesto, encantador- le convenció de que abriera en su oficina una IPF y se beneficiase de una cubertería de plata a precio increíble. Años después la tía Clota se casó con Oscar, un viudo del Condado de Rutland, en Vermont. Oscar era un agricultor que había hecho fortuna. Vivieron felices quince años. Luego él murió, y ella se quedó desconsolada, pero rica. Entretanto, su banquero de confianza había dejado la banca comercial y vendía fondos de inversión. Era uno de los minúsculos tentáculos de un tal Madozz.

El día de Navidad de 2008 la tía Clota, convenientemente arruinada por aquel encantador geta, acababa de colgar el teléfono después felicitar a Homper, su único sobrino, bastante rarito, por cierto. La anciana se aprestaba a celebrar la Pascua con una sopa y un panettone. La nieve cercaba su casa de Tinmouth. Estaba triste: se veía  pobre y, sobre todo, sola. Se oyó el ruido de un coche todo terreno y alguien llamó a la puerta. La tía  Clota abrió y se encontró a su banquero de siempre que, arrepentido de sus fechorías, acudía a compartir con su clienta arruinada un espléndido almuerzo de Navidad  que él mismo había preparado y traía en el maletero de su coche.

-God bless you-le dijo emocionada.

A la tía Clota el detalle le iluminó la Navidad.  Atendió a su visitante como si fuera el hijo que nunca había logrado tener. Se emocionó con su gesto. Y al final estaba tan acongojada por haberse arruinado y arruinar así la carrera de aquel joven, que le acabó regalando la misma cubertería que él le vendió.

-Te hará mejor servicio que a mí, hijo-le dijo al despedirse con lágrimas en los ojos- ¡Feliz Navidad!

Cuando les contó a sus amigas Thelma y Edwina esta historia ellas no se lo creían. Las tres se disponían a ver por la tele la noche de los Oscar, que era el planazo del año. A Clota le emocionaba particularmente, porque la famosa estatuilla llevaba el mismo nombre que su difunto marido. Edwina y Thelma estaban pendientes de Brad Pitt y de Benjamín Button, les gustaba la película y el actor. La tía Clota deseaba, sobre todo,  que ganara el suyo Penélope Cruz.

-Fijaos-les decía a sus amigas- Hija de un ferretero de Alcobendas que llega a ser una estrella de Hollywood…¿No es eso una historia de cine?

Las amigas de tía Clota sonrieron. A ellas les gustaba el cine porque la fábrica de sueños glaseaba de azúcar las amarguras de su vida. Pero pensaban que el almuerzo de Navidad de Clota con su banquero seductor tenía más gracia que la de Benjamín Button o la de esa película con título de telegrama que es Vicky Cristina Barcelona.

Todos damos la lata

imagen12El Duende se confiesa al modo clásico.

-Me acuso, padre de dar la vara de forma inmisericorde con lo que me obsesiona. Desproporcionadamente, reconozco. Me acuso de estar volcado en el Museo del Juguete de Hojalata.

Museo según la enciclopedia es un edificio o lugar destinado para el estudio de las ciencias, letras humanas y artes liberales, primera acepción. Y, en segunda, lugar en que se guardan objetos notables pertenecientes a las ciencias y artes, como pinturas, esculturas, medallas, máquinas, armas, etc. Parecía, en principio, pretencioso para esta causa, pero no. Entra en el etcétera.

Debería de ocupar su mente en otras cosas, pero velay que el próximo sábado su amigo Paco Gil y él inauguran en la Casa de las Flores de Candelada un pequeño museo cuyo principal contenido son los juguetes. Juguetes de otro tiempo, juguetes de hojalata. Y más juguetes que se siguen fabricando por el mundo con el mismo espíritu ingenuo e incluso con la misma matricería. Y dale que dale, no piensan en otra cosa.

-Me acuso, padre, de dar la lata, la barrila, la brasa, la paliza a todo el que pase a su lado con este monotema. Ponga penitencia.

Pero el cura ha sido indulgente. ¿Dar la paliza con tu tema? Eso es el pan nuestro de cada día. Este periódico, esta tele y esta radio lo dan con la corrupción del PP. Estos otros con la intolerable cacería de Bermejo. Aquellos con la incompetencia del gobierno para atajar la crisis. Aquellos otros con la obsesión de la oposición por distraer sus problemas internos aventando los pequeños deslices del gobierno. Los empresarios, con su lucha por el crédito y sus problemas laborales. Los jueces se quejan de la situación que les lleva a la huelga. Los cineastas lloran por su industria ruinosa. Los ecologistas por el desprendimiento de una gigantesca placa de hielo en la Antártida. Los hoteleros por el descenso de turismo.  Aquél con su handicap de golf, ésta con sus dolores de espalda. Cada loco con su tema. Y mi prima Tere con los discos verdes, que duran demasiado poco para  cruzar tranquilitos sin que nos arrollen los coches.

-Todos hablamos de lo nuestro hasta aburrir a las cabras -le dijo el cura al Duende con la absolución final- Así que no te aflijas, hijo si, en lugar de dar la lata, tú nos cuentas lo que fue tu Paraíso de hojalata…

Celos de Esther Ferrer

¿No puede ser todo el mundo artista del "performance"...?

¿No puede ser todo el mundo artista del "performance"...?

Tía Clota o la  hermosa aventura de seguir aprendiendo cuando la vejez nos intenta doblar la cerviz.

-No te escandalices, sobrino-le advirtió a las primeras de cambio apenas se conectaron con el Skype – Me he dado cuenta de que soy una artista..

Homper se quedó más perplejo que nunca. Mientras la anciana tía hablaba, le mostraba un montaje fotográfico  en el que ella estaba sentada en un taburete, vestida tan sólo con unas bragas negras, un sostén cuyas cazoletas eran dos Donut  y un tricornio de guardia civil en la cabeza. En el regazo sostenía una vistosa caja de Membrillo de Puente Genil, y, sobre éste, una pecera con dos peces de colores. A su lado, su amiga Thelma, disfrazada de Hércules Poirot y con un gato en brazos, trataba de contener al minino que lanzaba una mirada asesina a los peces, mientras que  Edwina, enfundada en una camiseta con la imagen del Che Guevara, se ventilaba   las axilas con un abanico.

-Las caras las fotografió Thelma-precisó la tía- Edwina, que dibuja muy bien, estampó nuestros rostros en una cartulina y, con collages y el lápiz hizo el resto. Pero la idea es mía.

Homper no sabía qué decirle.

-No se por qué te quedas así-se revolvió la tía adivinando el estupor de su sobrino- ¡Somos artistas del performance!

Nuestro Hombre Perplejo creyó  por un momento que a su anciana tía le apuntaba ya la demencia senil.

-Hijo- insistió ella-¿No has estado en ARCO? ¿No sigues las nuevas tendencias del arte? ¿No sabes quién es Esther Ferrer?

Homper se acababa de enterar de que esta artista donostiarra afincada en París, sólo unos años menor que tía Clota, fue Premio Nacional de Artes Plásticas. Ahora los artistas de vanguardia no pintan ni esculpen: hacen composiciones e instalaciones. La que más se ha difundido estos días, por ser la estrella del stand que el periódico EL PAÍS presentaba en ARCO, muestra a la artista sentada en una silla con la cara triste, los pechos al aire y un perrito de peluche a modo de sombrero sobre su cabeza. Esther es coherente con su excentricidad estética. No se relaciona con nadie, no ve la televisión ni lee la prensa, apenas sale de casa y consume lo mínimo para sobrevivir. Cualquier observador diría que lo suyo son sólo mamarrachadas, y se preguntaría quién es el genio que hizo de ella un fenómeno artístico.

-Dime algo, Hom -volvió a la carga – ¿Qué tiene esta mujer que no tengamos nosotras?

 Homper no quiso desengañar a la pobre tía Clota. No se atrevió a recordarle que cualquier icono cultural de nuestro tiempo es, sobre todo, manipulación.  

 

 

La liga de los amantes de la perrunilla

Las perrunillas, tan ricas como mal envasadas, merecen mejor trato

Las perrunillas, tan ricas como mal envasadas, merecen mejor trato

El día 16 de febrero estaba siendo, como casi todos los días, trágico. O cómico, según se mirase. O irrelevante. El caso es que Homper se quedó perplejo una vez más al advertir que la realidad puede ser percibida de formas muy distintas, según las circunstancias de cada quisque. Su mala conciencia le conducía a la apreciación más nefasta. Su sentido de la supervivencia, le aconsejaba evadirse y elegir lo irrelevante.

En una sola jornada de lo que podrías denominarse como de responsabilidad social, Homper había llevado a cabo tres actos temerarios y un ejercicio de utopía. Los actos temerarios habían sido escuchar las noticias de las ocho en la radio, leer un periódico, y finalmente, ver un informativo en la televisión. Deprimente. Naufragio de una patera en Lanzarote con veinticuatro ahogados a cien metros de la costa. Asesinato de una chiquilla en Sevilla a manos de su novio y otros cómplices. Memorial de quiebras, cierres empresariales, despidos y otras llagas de nuestra economía. Repaso de procesos y actuaciones diversas contra chorizos, adictos a la mamandurria y corrupciones diversas. Repertorios de frases de políticos en campaña. Y el caudillo Chávez citando a San Pablo para justificar su afán de perpetuarse en el poder. Eso sí, no por interés personal, sino por el compromiso de que la revolución bolivariana pendiente redima al mundo.

El ejercicio de utopía fue ponerse en contacto con la tía Clota y consultarle si le gustaría que escribiera de ella y de sus amigas Thelma y Edwina en una novela que podría llamarse Días dorados en Tinmouth. El título le mosqueó bastante a la tía.

-No me dores la píldora -le espetó- Y nunca mejor dicho. Sería preferible que te busques otros temas que vendan más. Pero si vas a hablar de nosotras, cuenta la verdad sin el eufemismo ese de los días dorados. Tres ancianas de Tinmouth o Últimos días en Vermont sería más ajustado a la realidad. Mentiras, sólo las necesarias, que ya somos mayorcitas.

O sea, que no les hacía demasiada ilusión ser protagonistas de una novela. Y si ni siquiera ellas la iban a leer, para qué escribirla. El dilema eterno. ¿Escribir de qué, si todo lo que llamaba su atención ya había sido mucho mejor tratado por otros?

-Por cierto, sobrino-apuntó la tía- La última vez que me enviaste perrunillas me llegaron pulverizadas.

Qué gran verdad. Las perrunillas, esas deliciosas pastas campesinas que tanto echaba la tía Clota, se venden en bolsas de plástico o en cajas sin tapas, cubiertas sólo por una película de celofán plástico. Las galletas danesas o inglesas, que son mucho más duras, más empalagosas y engordan más, se venden en cajas de lata y se pueden mandar por paquete postal, porque están protegidas. Él tuvo que envasarlas en la primera caja de cartón que pilló, que era la del  router de su ordenador, y el blindaje no fue suficiente.

-No te preocupes, tía -respondió Homper- Encontraré una caja de galletas danesas para el próximo envío. Y gracias por la idea…La liga de los amantes de la perrunilla…¿Verdad que eso no lo habrá escrito nadie?

La crisis de Eny (Cuento para Diván el Terrible)

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Hasta una esclava del consumismo puede hacer frente a la crisis...

Lo último había sido querer emular el labio de Michelle Pfeiffer. El cirujano plástico se pasó de silicona, y en vez de un morrito voluptuoso modeló lo que el resto de los mortales interpretaba como un guardabarros labial. Pero  Eny -se negaba a ser llamada Eenedina-estaba encantada. Al fin y al cabo había consumido y gastado dinero, que era como afirmaba su personalidad.

-No entraré en el cielo-se decía-si antes no me aseguran que allí está el Corte Inglés.

Eny era la consumista por excelencia. Pero aunque estaba muy bien de dinero y nadie controlaba sus gastos se sentía condicionada por la crisis económica. Iba a las tiendas de siempre y ya no coincidía con las amigas de toda la vida. Fuera por necesidad o por mimetismo, la gimnasia del consumismo, tan placentera por sí sola, se estaba pasando de moda. Más se perdió en Cuba, decía su suegro. Pero ella lo encontraba insoportable.

-Creo que esta crisis va a acabar afectando a mi identidad-le confesaba al espejo mientras perfilaba con el lápiz el amplio perímetro de sus labios.

A los pocos días notó además una cierta rigidez en sus brazos. No salir a la calle con el bolso del que extraía a dos por tres la cartera, no tirar de la Visa, no pasear por Serrano con bolsas repletas de out let -así habían apijado el nombre de las rebajas- absolutamente inútiles, le estaban  precipitando el anquilosamiento de los huesos. Ya se lo había avisado Fifita, que era de las que competía en esbeltez y en pechugas con su hija de veinte años.

-Lo malo de la crisis es que acabaremos por no salir a la calle, y seremos víctimas de la osteoporosis.

Frunció sus labios -no sin esfuerzo- en un gesto de firmeza y se conjuró a sí misma que la crisis no haría mella en su personalidad. Primero, inventarió las compras de los últimos años que no había usado para nada. El cortador de chocolate de acero sueco, el kimono de la Casa de Té de la Luna de Agosto, la caja de quemadores de sándalo, el Manual de Cocina Desaborida de Ferrán Fabía, el abrigo de visón sintético copia del que llevaba Angélica Jolie en El intercambio, dos trajes tipo sota de bastos de Agatha, el frasco de sales del Salzkamergütt, el cuchillo musical con seis melodías distintas para cortar la tarta con la música adecuada a cada celebración, varios móviles en su paquete de presentación, la Historia de los papas del padre Apeles, un juego de doce posavasos con cromos de mariposas, un sintetizador de ajo y hasta un consolador con sonido que, en las vibraciones finales, dejaba escuchar la Marcha Radetzky para precipitar el orgasmo a todo ritmo. Todas estas compras fueron distribuídas en distintas bolsas con las que, durante varios días, Eny se echó a la  calle para no perder ni el hábito ni el ejercicio que había conformado su personalidad. Hasta la crisis, había sido una consumista. Ahora sería una contraconsumista, pero sin osteoporosis.

El proceso consistiría en parar a gente por la calle y regalarles todo aquello que había acumulado en casa sin saber por qué ni para qué. Y no fue nada fácil. La gente se quedaba aturdida, y desconfiaba  de que aquello no fuera un happening para uno de esos programas televisivos que ridiculizaban al personal. Y de repente Eny, que en su vida había ligado dos frases seguidas para razonar, tuvo que hacer acopio de toda su imaginación para persuadirles de que aceptaran lo que no era sino un regalo.

-Jesús, qué fatiga-se quejó ante el espejo cuando ya llevaba un mes de liquidaciones callejeras.

Fue una tarea ardua. Que finalmente remató colocando a una ancianita la Historia del Papado del padre Apeles. Lo cual tuvo especial mérito, porque la pobre mujer estaba al borde de la ceguera. Y eso le hizo ver a Eny que algo había cambiado en su personalidad: ya no era  una señora pija y consumista, sino una espléndida vendedora. Una contadora de milongas que, cuando amainara la crisis, podría  dedicarse a camelar a la gente vendiendo fondos de inversión como los de Madozz, para provocar así otra crisis económica que le arreglara su identidad en permanente crisis….

Revolutionary Rollo

El rollo de la vida, la angustia de vivir...

El rollo de la vida, la angustia de vivir...

No es que la película sea un rollo en sí mismo, que también lo puede ser. Es que va del rollo de la vida. O sea, según se mire. Y la película de Sam Mendes por la que avizoran un oscar para Cate Winslet es, sobre todo, un sinvivir.

-Es que son vida mu vacías-dijo nuestra vieja amiga doña María después de verla con las amigas- Con dos hijos que tienen, un buen trabajo que le ofrecen, lo bonitos que son su casa y su coche y se les  va en poblemáticas. Con esos mimbres, cualquiera de mi bloque se hace un cesto la mar de feliz, te digo.

Doña María mantiene que casi todo el mundo que conoce tiene más motivos para el desánimo que la pareja protagonista. Y sin en cambio, como subraya, saca pecho, tira para delante y al mal tiempo buena cara. La diferencia, dice, es que por la parte de España tenemos las vidas más llenas.

-Estos de la peli no hablan de Dios, ni de los niños, ni van al psicólogo, con lo atacaos de los nervios que están. Ni hacen deporte, ni hacen colecciones de dedales, o de cajitas de té, o de fascículos de la Transición…¡Si ni siquiera van al Corte Inglés de allí!

O sea, el desamor,  la angustia de vivir, la náusea sartriana. El cine dibujó con maestría el sueño americano en múltiples comedias costumbristas. Pero de cuando en cuando tira de bisturí y disecciona con crudeza el alma del americano medio. Recuerda el espectador American beauty, Las horas, aquellas secuencias familiares de Broubake Mountains, el vendedor de coches de Fargo. Hubo un cine feliz de Frank Capra, pero ahora hay  muchas películas que orillan el almíbar y oscilan entre el manifiesto por el desasosiego y la pura cabronada. Como Revolutionary Road -que, por cierto, es el nombre de la calle donde vive la pareja protagonista- son elegantes, estéticas, y perfectas desde el punto de vista técnico.

-Hija, ¡pero te deja tan mal cuerpo!…-concluye doña María.

Cate Winslet es una mujer mona, pero vulgarcita. Sus cejas oscuras deslucen junto a una melenita rubia del frasco, y le dan un punto de dureza en la expresión que no le facilita los matices. Sin embargo, sin que uno alcance a saber por qué, ha subido al altar de las actrices prestigiosas que ya ocupaba Meriel Streep. Ganará el Oscar por esta película, pero Revolutionary Road no dejará de ser por ello un Revolutionary Rollo. El rollo ingrato de la vida misma

La adorable Társila do Amaral

Salga de casa y pásmese descubriendo a una artista que irradia optimismo

Salga de casa y pásmese descubriendo a una artista que irradia optimismo

¿Hay escapatoria? ¿Dónde se puede  ver otro panorama menos sombrío? ¿Queda margen para la sonrisa? ¿Hay resquicio para el optimismo? ¿Hacia dónde dirigir la curiosidad para no deprimirse?

Se encontró el Duende con Homper, que iba camino del Ateneo.

-La mayoría no sale de casa por no gastar-se quejó éste- Pero es que además empiezan a morir hasta los tertulianos que no se morían nunca.

Dice Homper que la norma de cortesía es acudir a la tertulia ya llorados. Pero que ahora hay tan escasa concurrencia y tal desánimo que la precaución no sirve de nada. Sólo se juntan él y Vidal, y el diálogo aburre a las cabras, porque Vidal es filatélico, y no hace más que llorar por lo que se ha devaluado su colección.

-No se a dónde vamos a llegar, Homper-se lamentaba-Ya hasta Zapatero admite que lo peor está por llegar.

Siguió Homper su camino buscando alivio por las calles de Madrid. Algo había leído en los periódicos de una exposición novedosa. Sorprendentemente, siempre quedan recovecos de eso que dicen cultura donde nunca hemos puesto la atención. No está en el recetario oficial de lo que hay que ver, lo que hay que leer, lo que hay que escuchar. Para ser sincero, el Duende reconoce  que ni siquiera había escuchado jamás su nombre.

-Se llama Társila do Amaral-le contaría luego al deprimido Homper-Ni idea  de quién era. Pero vete a ver su exposición, porque de verdad que te cambiará el ánimo.

Ni  los más culturetas habían hablado jamás de esta pintora brasileña que explotó en el París y en la Rusia de entreguerras. Rebozada de cubismo, fauvismo, surrealismo y expresionismo -recuerda mucho al Joan Miró de la primera hora, pero con un sesgo folklórico de gran originalidad- es el mensaje más luminoso y optimista que uno ha encontrado en una sala de arte en mucho tiempo.

-Buen antídoto contra la depre-le insistió a Homper-De verdad que esta vez justificarás  tu nombre de Hombre Perplejo. Es de una belleza esdrújula.

Társila es una especie de Tamara de Lempika barnizada de ternura naïf. Sus cuadros junto con los de algunos contemporáneos y clásico brasileños, se exhiben en la sede de la Fundación March. El espectador se quedará pasmado al saber es su primera exposición en España.

Adorable Társila. Esta vez hay que agradecer que Woody Allen no haya acabado de una vez por todas con la cultura

Los buenos, los malos y los chorizos

¿Habrá tiempo en el Juicio Final para juzgar a tanto chorizo?...

¿Habrá tiempo en el Juicio Final para juzgar a tanto chorizo?...(El Juicio Final, de HANS MEMLING))

-¿Verdad que Moisés era bueno del todo?-le preguntó tía Clota.

Y Homper volvió a quedarse perplejo.

-No Charlton Heston, que por mucho que se empeñe Michael Moore fue un Moisés magnífico -subrayó la anciana tía- Sino Moisés el fetén, el de las Tablas de la Ley de Dios, el de la Tierra de Promisión, el que separó las aguas del Mar Rojo

En tiempos, la tía Clota había elaborado una lista de inatacables. Clark Gable, Gary Cooper, Albert Einstein y John F.Kennedy, por ejemplo, eran inatacables. Hasta que se enteró de que a Rhet Butler le olía el aliento en el famoso  beso a Escarlata O´Hara de Lo que el viento se llevó, porque los héroes apolíneos también padecen infecciones bucales. Se terminó de caer del guindo cuando supo que Einstein maltrataba a las mujeres, y que Gary Cooper y Kennedy , aunque eran católicos, golfearon con las las chicas más de la cuenta.

-Pero ahora ya no hay buenos ni malos- se quejaba tía Clota- ¡Con lo útil que es eso que  llaman maniqueísmo!…

Según dedujo Homper de la conversación con su anciana tía Clota, la merienda del día anterior con sus amigas fue demoledora. Edwina estaba escandalizada de que a Obama, sin ir más lejos, le hayan salido rana  algunos altos cargos tan pronto.

-¡Y encima sus hermanastros negritos pidiendo trescientos dólares por dar entrevistas! -se lamentaba Clota- ¿A dónde vamos a llegar, sobrino?…

Thelma por su parte lloraba porque del as del béisbol Alex Rodríguez, un ídolo en su familia, se conozca ahora que ha venido tomando anabolizantes. Y la tía Clota había puesto encima del tapete la última puñaladita que la hipocresía humana ha clavado en su limpio corazón.

-¡Qué chasco, Hom!-decía mesándose los cabellos ante la cámara de Skype- Tener que explicar a mis amigas que en la España de derechas también hay red sausages…

Añadió que, afortunadamente, lo de aclarar que en España se llama chorizo al granuja que afana el dinero público marcó una deriva amable en la tertulia de la merienda. Pero también dejó caer que a ella nadie le libraba de la vergüenza de los sepulcros blanqueados que nos rodean.

-¡Pensar que al pobre Oscar, que en paz descanse,  dejé de hablarle un mes porque me confesó que un día le dio un azotito a una camarera!…

La tía Clota añadió que no puede vivir en un mundo donde nada es blanco ni negro, y todo es relativismo. Se extendió en diatribas morales contra la moral acomodaticia. Y concluyó que si fuera reina absoluta , implantaría por decreto el Maniqueísmo, admitiendo, como mucho, cuatro categorías. 1.Buenos absolutos. 2.Buenos con matices. 3. Malos absolutos. 4. Malos con matices.

Homper se rió de la ocurrencia de la tía.

-No seas tan generosa, tía-ironizó entre carcajadas.

Y le contó que su amigo Carlos Loring, un abogado tan listo como mordaz, dividía a los sospechosos en sólo tres categorías. 1. Hideputas natos: los que tienen mala suerte con la madre. 2. Hideputas sobrevenidos: los que se ganan el adjetivo por su ejecutoria. 3. Hideputas esféricos: aquéllos que, se les mire por donde se les miro, son  hideputas.

La tía Clota se quedó llorando, no se sabe si de risa o de pena. Y antes de cerrar su conversación le dijo a Homper que esperaba que en este tó el mundo es malo que de repente sucede al tó el mundo es güeno, al menos Moisés, Gandhi y la madre Teresa de Calcuta, queden libres de toda sospecha.

El rostro del mendigo del Metro

Quizás hubiera sido más caritativo mirarle al rostro que darle una moneda...

Quizás hubiera sido más caritativo mirarle al rostro que darle una moneda...

Se lo había a escuchado Homper a aquella mujer que hablaba en la radio de las pequeñas poblemáticas cotidianas. Esto está hecho de espaldas al pueblo, decía doña María. Se acordó de ella en el metro cuando se le acercó un mendigo pidiendo, intentó extraer alguna moneda de ese pequeño bolsillo del pantalón que los sastres llamaban cerillero y comprobó que algún genio de la confección había decidido rediseñarlo para hacerlo más estrecho y más incómodo. O sea, más modelno.

-Coño-se dijo irritado ante aquella mirada espantosa-¡Otra cosa más de espaldas al pueblo!

El pordiosero era un quemado que extendía para pedir un par de muñones. Apenas le quedaban manos. Su mirada causaba espanto, porque era la de un rostro deformado por el fuego. El desdichado debía de haber ardido como las criaturas de Los crímenes del museo de cera, una de aquellas joyas del cine de terror que protagonizaba el gran Vincent Price y que tanto impresionó a  un Homper imberbe cuando la vio.

-Y sin poder sacar una moneda de este puñetero bolsillo…- refunfuñó entre dientes mientras buscaba afanosamente en el cerillero.

La situación era tan embarazosa para Homper como desalentadora para el mendigo. El bolsillo era a tal punto estrecho, que sólo permitía que cupieran en él los dedos índice y anular de la mano derecha. Se llegaba a tocar las monedas, pero era imposible atraparlas. Ante la mirada estupefacta del mendigo, Homper dobló la pierna derecha y la subió para presionar con la parte superior del muslo la columnita de monedas. Así ésta podría ascender levemente y sus dos dedos, a modo de pinzas, conseguirían coger un euro para salir del paso.

Homper lo intentó denodadamente una y otra vez. Ante el asombro de los viajeros que le rodeaban, se contorsionó como si  una pulga  bailase el rock en su ingle. Pero su gimnasia caritativa fue un fracaso: no recuperaría las monedas hasta que no se quitara los pantalones y los sacudiera boca abajo. El mendigo se percató de ello y siguió su camino. Homper pintó un gesto de contrariedad, recompuso su dignidad estatuaria -la  que lucen casi todos los viajeros en metro- y continuó su viaje como si allí no hubiera pasado nada.

Cuando sin darse cuenta se metió las manos en los bolsillos del abrigo, sus dedos detectaron inopinadamente una moneda escondida en el fondillo. Era el euro que había necesitado para no defraudar al mendigo. Entretanto, el pobre monstruo, quizás decepcionado por la escasa recaudación en el vagón,  volvía a pasar ante él pidiendo limosna. Homper no tuvo que repetir esta vez el penoso número contorsionista para darle una moneda. Pero lo hizo avergonzado, depositándola en los muñones y sin atreverse a mirar aquel horrible rostro deformado por las llamas.

-Gracias-se escuchó con dificultad de los labios del mendigo.

A Homper le quedó un amargo resquemor. Aunque tarde, se había dado cuenta de que lo que verdaderamente hubiera agradecido aquel desdichado no era una moneda, sino que alguien le mirase a la cara.

Esto huele peor que las heces del tigre

Y aquél detective concluyó que el hedor de las heces del tigre no era nada al lado de lo que se respiraba en el ambiente

Y aquél detective concluyó que el hedor de las heces del tigre era nada al lado de lo que se respiraba en el ambiente...

Paradójicamente, a pesar de la crisis se acumulaba el trabajo para el detective Clod Monter, inscrito en el Registro Civil como Clodoveo Montero. Había abierto en su ordenador varias carpetas de asuntos de actualidad que requerían su urgente intervención. Lamentablemente, y a pesar del sesgo novelesco que pretendía con su pseudónimo, el negocio tomaba nuevos rumbos que a su juicio vulgarizaban la profesión. Ya no le pedían seguimientos de infidelidades conyugales o investigaciones parapoliciales sobre robo de diamantes, desapariciones de niños, tráfico de órganos o sectas satánicas, sino que la demanda se concentraba en asuntos mucho más ordinarios.  Los dos archivos  más llamativos eran Espionajes y Corrupciones.

Dentro de éstas se acumulaban numerosas carpetas, según el matiz de la investigación y el carácter del cliente. En el primer archivo se habían abierto varias carpetas: Espionajes Oficiales, Espionajes Privados. En los oficiales, ya había tenido que abrir subcarpetas diversas: Espionajes del Gobierno Central, Espionajes de Gobiernos Autonómicos, Espionajes de Ayuntamientos. Dentro de los Privados Espionajes a Adversarios, Espionajes a Compañeros Sospechosos. Dentro de éstos, se agolpaban numerosos casos. Otras subcarpetas se identificaban por el nombre del cliente que había encargado el trabajo. Unas veces era un partido político, otras, un periódico, otras, un conseguidor  al que le había salido competencia y quería ocultar sus granujadas poniendo en marcha el ventilador de mierda.

-Santo cielo-se decía Clod mientras se fumaba la primera pipa del día y repasaba el archivo para programar su agenda-Esto es una pocilga…

Repasó el archivo de Corrupciones pendientes alternando bocanadas de su tabaco holandés con anotaciones a mano en su agenda Moleskine. Había seguido el mismo criterio que en el caso de los espionajes. Qué asunto, quién lo encargaba, a quién interesaba, ramificaciones. Corrupciones Financieras, Corrupciones Judiciales, Corrupciones Inmobiliarias, Adjudicaciones, Recalificaciones, Comisiones y Sobornos.  Saqueos, Mamandurrias Menores…

-¿Quo vadis, Clod?-farfulló para sí mismo mientras se prepara un te para despejarse-¿Te creer un supergarzón para poder arreglar el mundo a golpe de investigación?

Se sintió abrumado. Nunca había dudado de su capacidad, pero ahora no tenia claro que fuera posible poner el cascabel a tanto gato chorizo. Hablando de felinos…¿Por qué no oxigenarse cambiando de aires?…En otra carpeta ya casi olvidada, domía el caso del tigre. Una organización ecologista le había encargado que investigara a cierto circo que exhibía entre sus animales un tigre de Siberia, al que, para despistar, habían rediseñado las rayas con un spray. Se había comido recientemente la mano de su domador, por lo que, antes que nada, habría que localizar a un manco que, según informaciones dignas de todo crédito, ahora organizaba peleas de gallos clandestinas. Aunque la pista definitiva podría hallarse en las heces del tigre.

-We can-se animó como si fuera el Obama de los detectives-Yes…we can!…

Y aunque sabía que la investigación no sería un camino de rosas, se consoló pensando que la mierda de un tigre siberiano era un hedor más soportable que lo que tenía que respirar a su alrededor.

Un paseo por el duermevela

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Aquella imagen del duermevela era tan inquietante como "El grito" de Edvard Munch...

-Lo que más me fascina de Marcel Proust-dijo Homper- es la descripción  de ese territorio ambiguo del duemevela en el inicio de En busca del tiempo perdido.

A veces Homper soñaba que, yendo al colegio, veía caminar de frente a la misma mujer. Era una mujer joven, pobremente vestida, con la cabellera en melena desgreñada y cierto aire doliente en su rostro. En el momento de cruzarse, y reproduciendo exactamente un famoso cuadro de Dalí, en el pecho de esa mujer se abría una ventana. Por ella, a través del tejido de los músculos, asomaba un bebé y, al fondo,  podía verse una línea de fuga que se fundía con la barra del horizonte.

Como la herida de la ventana dejaba rastros de sangre en la acera, el pobre Homper, asustado, volvía la cabeza para interesarse por ella y ofrecerle su ayuda. Pero aquella dramática imagen de la madre había desaparecido. Homper se despertaba angustiado.

Aquel sueño se repitió varias veces. No tenía el pobre Homper ni noción de que había muchos libros que trataban sobre la interpretación de los sueños. Eso a él le traía al fresco. Lo que de verdad le inquietaba es que nunca sabía si lo había soñado mucho tiempo atrás o la noche anterior.

Un día se lo apuntó en la agenda: no lo he soñado ni anoche ni anteanoche, es un sueño lejano. Y al día siguiente, yendo al colegio, se volvió a encontrar de frente a la misma mujer y el mismo rostro doliente, caminando de frente con un niño en edad escolar cogido de la mano. Esta vez no quiso volver la cabeza. No estaba dispuesto a disipar la nebulosa de no saber bien si aquello era un sueño o un efecto  de la imaginación.

-No se lo puedo contar a nadie-se quejaba a Rafita, su amigo del alma.

-¿Ni a tu madre?-preguntó Rafita.

-Ni a mi madre. Un día le dije que había visto a las ánimas del purgatorio por la calle y no se lo creyó.

-¿Cómo son? ¿Y dónde las viste?

-Son como gatos negros, y viven agazapadas en los bajos de los taxis de Madrid. Se esconden en las tripas del coche, entre las transmisiones y todo eso. Y hasta que no cumplan su condena no saldrán de ahí.

Rafita se pasó la tarde agachándose ante todos los taxis que encontró por la calle, pero no encontró rastro alguno de las ánimas del purgatorio. Homper derivó en el hombre perplejo que todos nuestros lectores ya conocen. Rafita se convirtió en una eminencia de la psiquiatría.

La vaca que llora

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Ganas de llorar le entran a una al ver lo cabestros que son algunos madrileños con nuestras esculturas...(Testimonio de una de las vacas de la Cow Parade)

Era uno de los prados más bonitos que recordaba la manada. Un espeso tapiz de hierba abundante y fresca en el que se esparcían, amables y sonrientes, muchas margaritas que ponían una nota de color. Lo cruzaba un arroyo  cantarín en el que jugueteaban los pajarillos, las mariposas y las libélulas, y el sol radiante se sumaba a aquel paisaje idílico riendo como si ya fuera primavera. Para más felicidad, los dirigentes de aquel Prado del Bienestar lo habían adornado  con esculturas de hombres.

-El arte para quien lo muge-proclamaron- Somos un estado progresista, y la sensibilidad se demuestra en estos detalles incluso con los animales. En lugar de vaqueros de verdad, que suelen oler a cuchu sueltan tacos y visten fatal, vamos a instalar esculturas de hombres pintados de mil colores distintos. Cada artista decorará un vaquero  de fibra de vidrio a su antojo, y éste convivirá con las vacas para deleite y solaz de éstas.

Instalaron las esculturas de los paisanos y la mayoría de las vacas se mostraron encantadas.

-¡Oh, qué detalle de buen gusto!-decía la vaca Paca.

-Hasta la leche me sale mejor, fíjate-añadió la vaca Verónica.

-¡Y qué bonitos los hombres en escultura! -terció Manolita, lideresa del PVL (Partido para la Liberación de las Vacas)- No molestan nada: ni se mueven, ni arman ruido, ni dicen tonterías, ni acosan…

Aquella Arcadia feliz fue flor de un día. Las vacas felices -acaso por infelices- pronto advirtieron que eran minoría. Al poco, tropel de vacas locas, toros tontos, cabestros agilipollados y demás óvidos descerebrados se habían orinado en los hombres, les habían cagado encima, les habían arrancado los testículos a mordiscos, y habían embestido sus esculturas empintonándolas con más saña que el morlaco que corneó a Granero y le dejó con el ojo colgando. Las vacas más desvergonzadas, habían cargado al lomo con alguna de las esculturas y se les habían llevado.

-¡Pandilla de animales!-rezongó la Paca.

-¿Passa contigo, tronca?-contestaron las vacas vandálicas-¿No están haciendo eso con nosotras en las calles de Madrid?…

-Muuuuuuuuucha razón tienen, Paca -corearon Verónica y Manolita-Muuuucha razón. Que para bestias de verdad, como los seres racionales que se ponen a ello, ninguno.

-Ya te digo-admitió la Paca.

Y en lugar de la vaca que ríe, fue la vaca que llora.

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