Un amor sin reservas

menu-del-dia-en-pizarraDesde que la sensibilidad social y el gobierno habían hecho posible su matrimonio, Manolito e Isaac eran relativamente felices. Isaac era un hombre sencillo, y hubiera podido acercarse a la felicidad absoluta. Manolito en cambio no podría llegar a más, pues como catedrático de filosofía, era consciente de  que la sabiduría era patrimonio del hombre, y coincidía con el marxismo (de Groucho) en que cuanto más se conoce al género humano más hay que amar al perro.

-¿Y por qué no podemos tener perro? -le preguntaba a Isaac con la misma angustia con que Schopenhauer se planteaba la naturaleza del ser-Lo necesito para medir mi capacidad de amar.

-Me tienes a mí, Manolito -respondió Isaac- Además, un perro sería incompatible con Titín, y no es nada sano para mis pinitos de restaurador.

Titín era el mochuelo disecado que recibía a los visitantes desde la consola del hall del pisito donde vivían. No era la compañía más grata para una pareja enamorada, pero para Isaac era la encarnación del padre, coronel de artillería  y gran aficionado a la taxidermia. El coronel nunca le perdonó su condición  de homosexual, y en consecuencia él hizo caso a Freud y mataba al padre, aunque sólo fuera en sentido figurado. Titín era el sucedáneo de un parricidio vengativo perpetrado cada vez que desahogaba su resentimiento al entrar en casa.

-Titín, hijoputa -le vomitaba al mochuelo disecado apenas abría la puerta- ¡Bien muerto estás!

A Manolito, que era más trágico en el fondo de su ser, pero mucho más pastueño en sus modales, le irritaban sobremanera los raptos de ira de su pareja. Pero a  Manolito se le ganaba por su hedonismo facilón. Cuando Isaac se definía como restaurador no quería decir que restaurase edificios, cuadros o muebles, sino que daba lustre a su pasión por la cocina. Al salir del armario, Isaac rompió a cocinar. Y con tan buena mano que no sólo terminó de conquistar a un Manolito que, como buen pensador- estaba indeciso, sino que decidió abrir un restaurante.

-Yo quiero ser yo -le dijo Isaac a Manolito mirándole a los ojos- Y no sólo tu circunstancia.

La cocina no iba a ser un camino de rosas para aquella pareja. A medida que Isaac se metía en harina, se sofisticaban sus recetas. Y cuanto más se adentraba en la nouvelle cuisine, más pequeña se le quedaba la encimera de la cocina. El plato más sencillo de Adriá, de Subijana o de Sergi Arola, necesitaba reservar una reducción de hígado de pato, un sofrito de pelusa de col, una emulsión  de almendra con tinta de calamar, un fumet de calabaza al estragón, una compota de mollejas de avestruz con cilantro, una mahonesa de huevos de oropéndola con aceite palma y una gelatina de caldo de cocido, amen de un metro cuadrado más para las salseras y las guarniciones. Reserva a reserva, Isaac había desbordado la cocina para ir invadiendo el pequeño pasillo que conducía a la  zona de estar. Manolito tuvo que desmontar, primero, la bicicleta estática con la que trataba de limar sus michelines. Después la librería donde dormían su sabiduría todos los números de la Revista de Occidente. Luego retiró la colección de Clásicos de la Filosofía. Hasta que un día se armó de valor y se plantó ante Isaac con los brazos en jarras.

-Está feo que lo diga, amor mío -le espetó- ¡Pero ya está bien de mariconadas!…Yo te amo sin reservas…Por ti me he privado de tener un perro, por ti he aguantado al mochuelo disecado, por ti he dejado la bicicleta estática y he retirado a mis maestros…Pero tus reservas no pueden acabar conmigo. ¡Seríamos tanto o más felices si cocinaras lo de siempre!…Un asado, un estofado, un buen plato de cuchara…

Se acercó a él y le abrazó.

-Además de pensar en ti y en tu carrera  -suplicó sin poder contener las lágrimas-…¿No podrías pensar más en mí y evitar que la cocina invada nuestra existencia?

Meses después, en una de las calles más acogedoras de la zona vieja de la ciudad, se inauguró un figón de aspecto muy agradable y acogedor. Con una grafía tradicional, el rótulo decía así: Por un amor sin reservas – EL FIGÓN DE ISAAC-  Cocina sin reservas

Dicen que fueron felices. Y, naturalmente, comieron perdices.

4 Respuestas a “Un amor sin reservas”


  1. 1 algodonsina marzo 6, 2009 a las 11:52 am

    Buenísimo, Duende.
    Lo he disfrutado. Y me he acordado de mi colaboración en ese mundo de gourmets…

  2. 2 Bob de Ca's Barber marzo 7, 2009 a las 1:57 pm

    Sabes que lo es de complicao esto de lamor, se piensan que es namás desir a todo que sí y ensima con buena cara sinos ya estamos de morros, y…no es fásil llegar al vive y dejame vivir tanbien, au! que mal le hase un perrito, hombre! es una compañía y es una discriminasión eso de que no es sano! y más veniendo del amigo Isaac, claro! como ya está liberao ara me puedo olvidar de los prejuisios, idò el perro de mi amiga Paquita! tiene hasta la seguridad sosial, au! dime tu si no está sano un perro si quieren los que lo cuidan!, la questión es no darle un dedo de miel al Manolito! eso es el verdadero amor, sin condisiones, yo comeré el pato con pelusa y almendras garrapiñas y me riego con la tinta del calamar y tu te vienes a pasear con mi perrito colorines, vale? :)

  3. 3 begoña marzo 8, 2009 a las 9:50 pm

    Mi enhorabuena a Manolito e Isaac que fueron capaces de encontrar el punto de equilibrio en su cocina de fusión.

  4. 4 Angelus P. marzo 9, 2009 a las 1:27 am

    Pero triunfó la cocina tradicional. Por algo será…


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