
Qué estarán pensando esos que nos cruzamos cuando caminamos...
Una carta no publicitaria ni encerrada en el sobre de un organismo oficial era ya un suceso en la vida de la tía Clota. La última que había recibido venía fechada en su pueblo natal, allá en la provincia de Granada. Era de Vidal, el hijo del peluquero. Y le decía que aunque el pueblo seguía careciendo de depuradora para las aguas residuales, había inaugurado un flamante camino peatonal que rodeaba la villa, bordeaba el río a lo largo de seis kilómetros y estaba flanqueado por árboles de nueva plantación. La nueva ruta turístico/ deportiva ofrecía bancos para sentarse a tomar el sol y aparatos de gimnasia, para aquéllos que quisieran seguir un programa de mantenimiento.
-Estaba encantado- recordaba la anciana a su sobrino Homper- También estaba orgulloso de que en la entrada del pueblo unos flamantes carteles anunciaran que el viajero entraba en un municipio no nuclearizado, hermanado, además, con una villa sueca de nombre imposible. Y que en el paraje del Canchal, donde hay un bosquecillo de pinsapos, hubieran creado un Centro de Interpretación de la Naturaleza…¿Es que a la naturaleza hay que interpretarla? ¿No sería más útil lo de la depuradora?
Homper le recordó que desde que ella se marchó a vivir a Estados Unidos, los pueblos de España habían cambiado mucho. El milagro de los Fondos de Cohesión, de los FEDER y de esa chistera que los alcaldes encuentran en el endeudamiento público. Cualquier villa gozaba ya de biblioteca pública, de polideportivo y, sobre todo, de piscina municipal. Aunque, efectivamente, aún había muchos que carecían de depuradora.
-Pero la verdad es que esos caminos peatonales han tenido mucho éxito -le contaba Homper a su tía- Se llenan de hombres y mujeres que antes no habían dado un paso y que ahora hacen deporte y creen que además prolongan su vida. En algunos sitios les ponen nombres graciosos. La ruta del Colesterol, la Alameda Coronaria, el Paseo de los Infartados…
Homper le confesó a la tía Clota que él también ha comenzado a andar a cien pasos por minuto, el ritmo que le recomendó el cardiólogo. Su gran problema es que no sabe qué cara poner mientras camina. Observa que la mayoría de los paseantes con los que se cruza lucen una expresión seria, con el ceño fruncido y un rictus de determinación en los labios, como si hacer kilómetros fuera un empeño que va a salvar el mundo. Y no quiere tener esa cara.
-Ya lo habíamos pensado nosotras -dijo Clota refiriéndose a ellas y a sus amigas-Nosotras también paseamos, ¿sabes?…Para lo de la osteoporosis…Y cuando vemos a alguien de lejos, jugamos a ponerle cara…Ese se parecerá a Henry Fonda…Esa, a Katherinne Hepburn…Ese seguro que se da un aire con Sean Connery…Luego, al cruzarnos con ellos, acaban siendo muy vulgarcitos, pero hasta ese momento nos mueve la ilusión, y pensamos que estamos más monas…
Este puente los nuevos caminos peatonales se habrán abarrotado de paseantes. Bonita experiencia interpretar sus rostros mientras caminan. Qué pensarán, qué querrán decir con su gesto. Y cómo nos verán cuando, cruzándose con nosotros, comprueben que tampoco sabemos con seguridad de qué huimos y adónde vamos.

Me gustaría hacerle una precisión a Homper, y es que los paseos peatonales con sus correspondientes plátanos de sombra no los pagan los FEDER, los pagan Nike, Reebok y Adidas, y lo que invierten lo reciben decuplicado en ventas de ropa deportiva a prejubilados de banca y amas de casa con síndrome del nido vacío, que han sustituido a los yonquis como principales usuarios del chándal.
Por otra parte, los centros de interpretación de la naturaleza son una filfa. Mi primo José cuida en la aldea unos hermosos maizales a los que últimamente acude a comer una piara de jabalíes. Así pues se fue a la vistosa caseta de madera que constituye la sede del centro de interpretación de la naturaleza, a por un intérprete que pudiese traducir sus palabras al porqueño (idioma de los puercos), a fin de llegar a un arreglo amistoso, porque el José salió muy de talante y muy de Zapatero y poco de escopeta. Cuando la chica con rastas que atiende el centro amenazó con llamar a la Guardia Civil, mi primo se marchó sin entender nada.
Idò! mi amigo Ramonet se ha comprao una sinta de caminar y ya lleva puesto todo, el sircuito con los bancos pa sentarse y el sentro de interpretasión, él dise que es fabulosa y ensima con esto de la globalisasión la ha compra más barata de segunda mano a uno de Selva (el pueblesito que viene después de su casa), la cara que pone me parese es de consentrasión porque tiene un caliportal de botones!,y me parese no se crusa con nadie, be! a veses con su señora, que ha tenio de quitar la mesa del comedor pa poner la máquina, y se miran y lo que piensa cada uno…ya es más difísil de interpretar, yo creo que es amor a la pasiensia!
Y las caras de los perros de los que pasean?, algunas de ellos son para poner sillas y sentarse a verlo, como un perrillo caminando a tres patas con la cuarta levantada y el pipí a medio hacer, iba dejando un caminito de gotas mientras su dueño seguía tirando de la correa a su ritmo con las prisas de llegar, otro se iba parando a cada florecilla para olerla apresuradamente a través del bozal. Me suele pasar que los estrangeros ponen cara de amabilidad o saludan con un gesto, algunos se paran a charlar con mi perra y luego con migo, parece que disfrutan más del entorno y lo de menos es llegar a ningún punto.
Nunca he entendido porque cuando se hace un ejercicio, aunque sea placentero o incluso muy placentero hay que poner caras raras y circunspectas . Lo de correr con cara de pocos amigos puede tener una explicacion, pues cuando te enfrentas a un repechito, despues de un rato de trotar, toda energia es poca para subirlo y no queden ganas de sonreir, pero cuando paseas , incluso a 100/minuto, o tiras bolas de golf, o juegas a la petanca no entiendo la cara de cabreo.
Todo ello puede venir de ver tanta television y tanta escena de las llamadas torridas, en ellas se hace un buen y sano ejercicio y siempre los actores ponen caras muy raras.
Sera por eso….¡
Muchos paseeantes y caras diferentes, muchas caras diferentes las que recorren caminando nuestra geografía. Yo siempre pensé que me encantaría hacer el camino de Santiago, pero a la inversa; es decir, saludando gente. Seguro, mucho más entretenido. De cualquier forma, lo que sí se nota muchísimo es a los que caminan por prescripción facultativa.
Ángela, me ha encantado tu idea de hacer el camino de Santiago a la inversa. Sobre todo porque es extrapolable cualquier aspecto de la vida, para compensar el “efecto revés” al que estamos sometidos sin ser conscientes. Efecto que nos va a devorar si no somos capaces de percibirlo.