Archivos para 6 marzo 2009



Un amor sin reservas

menu-del-dia-en-pizarraDesde que la sensibilidad social y el gobierno habían hecho posible su matrimonio, Manolito e Isaac eran relativamente felices. Isaac era un hombre sencillo, y hubiera podido acercarse a la felicidad absoluta. Manolito en cambio no podría llegar a más, pues como catedrático de filosofía, era consciente de  que la sabiduría era patrimonio del hombre, y coincidía con el marxismo (de Groucho) en que cuanto más se conoce al género humano más hay que amar al perro.

-¿Y por qué no podemos tener perro? -le preguntaba a Isaac con la misma angustia con que Schopenhauer se planteaba la naturaleza del ser-Lo necesito para medir mi capacidad de amar.

-Me tienes a mí, Manolito -respondió Isaac- Además, un perro sería incompatible con Titín, y no es nada sano para mis pinitos de restaurador.

Titín era el mochuelo disecado que recibía a los visitantes desde la consola del hall del pisito donde vivían. No era la compañía más grata para una pareja enamorada, pero para Isaac era la encarnación del padre, coronel de artillería  y gran aficionado a la taxidermia. El coronel nunca le perdonó su condición  de homosexual, y en consecuencia él hizo caso a Freud y mataba al padre, aunque sólo fuera en sentido figurado. Titín era el sucedáneo de un parricidio vengativo perpetrado cada vez que desahogaba su resentimiento al entrar en casa.

-Titín, hijoputa -le vomitaba al mochuelo disecado apenas abría la puerta- ¡Bien muerto estás!

A Manolito, que era más trágico en el fondo de su ser, pero mucho más pastueño en sus modales, le irritaban sobremanera los raptos de ira de su pareja. Pero a  Manolito se le ganaba por su hedonismo facilón. Cuando Isaac se definía como restaurador no quería decir que restaurase edificios, cuadros o muebles, sino que daba lustre a su pasión por la cocina. Al salir del armario, Isaac rompió a cocinar. Y con tan buena mano que no sólo terminó de conquistar a un Manolito que, como buen pensador- estaba indeciso, sino que decidió abrir un restaurante.

-Yo quiero ser yo -le dijo Isaac a Manolito mirándole a los ojos- Y no sólo tu circunstancia.

La cocina no iba a ser un camino de rosas para aquella pareja. A medida que Isaac se metía en harina, se sofisticaban sus recetas. Y cuanto más se adentraba en la nouvelle cuisine, más pequeña se le quedaba la encimera de la cocina. El plato más sencillo de Adriá, de Subijana o de Sergi Arola, necesitaba reservar una reducción de hígado de pato, un sofrito de pelusa de col, una emulsión  de almendra con tinta de calamar, un fumet de calabaza al estragón, una compota de mollejas de avestruz con cilantro, una mahonesa de huevos de oropéndola con aceite palma y una gelatina de caldo de cocido, amen de un metro cuadrado más para las salseras y las guarniciones. Reserva a reserva, Isaac había desbordado la cocina para ir invadiendo el pequeño pasillo que conducía a la  zona de estar. Manolito tuvo que desmontar, primero, la bicicleta estática con la que trataba de limar sus michelines. Después la librería donde dormían su sabiduría todos los números de la Revista de Occidente. Luego retiró la colección de Clásicos de la Filosofía. Hasta que un día se armó de valor y se plantó ante Isaac con los brazos en jarras.

-Está feo que lo diga, amor mío -le espetó- ¡Pero ya está bien de mariconadas!…Yo te amo sin reservas…Por ti me he privado de tener un perro, por ti he aguantado al mochuelo disecado, por ti he dejado la bicicleta estática y he retirado a mis maestros…Pero tus reservas no pueden acabar conmigo. ¡Seríamos tanto o más felices si cocinaras lo de siempre!…Un asado, un estofado, un buen plato de cuchara…

Se acercó a él y le abrazó.

-Además de pensar en ti y en tu carrera  -suplicó sin poder contener las lágrimas-…¿No podrías pensar más en mí y evitar que la cocina invada nuestra existencia?

Meses después, en una de las calles más acogedoras de la zona vieja de la ciudad, se inauguró un figón de aspecto muy agradable y acogedor. Con una grafía tradicional, el rótulo decía así: Por un amor sin reservas – EL FIGÓN DE ISAAC-  Cocina sin reservas

Dicen que fueron felices. Y, naturalmente, comieron perdices.

A Zapatero le folla el discurso

Zapatero quiere firmar acuerdos para apoyar el turismo con Rusia. Pero palabra que su discurso sonó a otra cosa...

Zapatero quiere firmar acuerdos para apoyar el turismo con Rusia. Pero palabra que su discurso sonó a otra cosa...

La FLIR (Federación de Libertinos  Impenitentes de Rusia) no daba crédito a la traductora simultánea. Pero cuando se convenció de  que Tatiana Goncharova, filóloga y lingüista, quería decir lo que decía, y que sólo había traducido fielmente el palabro del presidente Zapatero, se manifestó alborozada en la Plaza Roja de Moscú, y allí mismo convocó a sus simpatizantes para improvisar un botellón que acabó en bacanal.

En Barajas, los viajeros que esperaban la llamada para embarcar en el vuelo a la capital rusa, se precipitaron a la farmacia del aeropuerto y agotaron la existencia de preservativos.

Mientras tanto, en el remoto pueblecito de Tinmouth, condado de Rutland, estado de Vermont (USA), a la infatigable tía Clota, que seguía las noticias de España por el Canal Internacional se le cayeron las gafas cuando escuchó del siempre impecable verbo del presidente español ante el presidente Netvedev la necesidad de un “acuerdo para follar” con Rusia.

-Con lo pulcro y redicho que es  este chico -le preguntaba al  perplejo Homper- ¿Tanto le han afectado los últimos acontecimientos?

Homper le quitó importancia. ¿Quién no ha caído alguna vez en un lapsus linguae sonrojante?

- De apoyar a follar no hay tanta distancia fonética, tía -le explicaba- Y en cualquier despiste se puede pasar de un verbo a otro. Pero al presidente se ve que ahora le acucian los problemas,  está nerviosillo, y por una vez no ha dicho el discurso perfecto.

-Ya lo entiendo -la tía Clota, siempre tan buena y comprensiva- Vi en el telediario que está la cosa imposible…Más ruina, más paro, los del PNV que complican la vida y hasta esos sindicatos, siempre tan dóciles, que le ahora le enseñan los dientes al gobierno- y se quedó pensativa- Oye, Hom…Donde dijo que quería tacatá…¿no estaría queriendo decir que teme ser tacatado?

A Homper le dejó estupefacto el aventurado y sutil análisis de su anciana tía. Camilo José Cela dejó dicho una vez que no es lo mismo estar durmiendo que estar dormido, como tampoco lo es estar jodiendo que estar jodido. Y para la tía Clota, Zapatero empieza  a sufrir el segundo de los supuestos.

Touriño y los dimitidos felices

Una dimisión a tiempo puede ser la puerta de la felicidad

Una dimisión a tiempo puede ser la puerta de la felicidad

Ayer Homper volvió a ser el Hombre Perplejo gracias a la tía Clota.

-Pobre Touriño –se lamentaba ella-¿Sabes si tiene algo que hacer?…

Homper la tranquilizó. Emilio Pérez Touriño no ha sido una personalidad política arrolladora, pero es economista y profesor de la Universidad de Santiago de Compostela, y ha publicado incluso numerosos estudios.

-Volverá a la cátedra, supongo-le respondió Hom.

-El hombre estará triste, pobre. ¿Sabes si hace el Damero Maldito, o colecciona sellos?…El marido de Edwina, que también tuvo que dimitir en su compañía, ha conseguido criar una variedad de rosas pintonas muy premiadas en los concursos, y Bob, el que tenía la gasolinera de Tinmouth, cocina pizzas para el Ejército de Salvación. ¿Sabes?…Es importante que los dimitidos, como los jubiletas, se impongan labores que les mantengan la curiosidad y les permitan sentirse vivos.

A Homper le extrañó sobremanera que a la anciana tía Clota le preocupara la suerte de una persona tan anodina como Touriño. Pero ella le razonó que era parte de la terapia que se aplicaba para no convertirse en un bicho raro.

-Los viejos nos vamos obsesionando con nosotros mismos a medida que cumplimos años, y acabamos siendo unos egoístas de tomo y lomo. Yo los martes de cada semana me propongo pensar en alguien que me traiga sin cuidado, para contrarrestar esa tendencia. Y le vi tan educado, tan elegante al reconocer su derrota electoral, que he decidido dedicarle el día…¿Sabes si pesca, o si monta en bicicleta?…

Homper le dijo que no se obsesionara por el dimisionario, que tampoco la cátedra le dejará tiempo para tanto. Entonces ella amplió su jornada de meditación a Bermejo.

-¿Y qué hace el ministro que dimitió la semana pasada, si ha terminado la temporada de caza?…Dile que lea a Galdós, que es muy entretenido. O a Patricia Highsmith, que es apasionante…Sobre todo, que no le de tiempo a pensar que metió la pata…

Homper tuvo que falsear su agenda –a decir verdad, no demasiado cargada- para excusarse. No podía dedicar su jornada a llamar a todos los dimisionarios conocidos para transmitirles la preocupación de la tía Clota.Y le contó el ejemplo de Joaquín Almunia, un político honrado, competente y simpático que perdió unas elecciones, dimitió y ahora es feliz como Comisario en la Unión Europea.

-Vive tan relajado –le explicó a la tía- que el sábado pasado acudió a la inauguración del Museo de la Casa de las Flores en Candeleda. Sorprendente, ¿no?…Un hombre tan importante en Europa dedicando unas horas de su sábado a ver juguetes de hojalata en un pueblo…

La anécdota acabó reforzando el sermón piadoso de la tía Clota. Antes de dar por cerrada la sesión de Skype, le insistió a su sobrino para que localizara a Touriño y le contara que Aaron, un hermano de su difunto marido que fue prejubilado en Texaco, amaestró a su hamster a ritmo de su armónica.

-Yo no lo ví, pero dicen que cuando tocaba Oh Susana! el hamster marcaba unos pasos de baile…

Se despidieron. Y luego, por la noche, la tía Clota no podía conciliar el sueño atormentada por las dudas. Dudaba si Touriño tendría hamster, si el presidente dimitido tocaría la armónica o si el animalito, gallego él, preferiría bailar la muñeira.

Cuando lo pequeño es lo más grande

Algunas cosas pequeñas nos pueden parecer grandes...

Algunas cosas pequeñas nos pueden parecer grandes...

Nunca sabe uno qué importa más, si lo que pasa o lo que nos pasa. A veces nos pasa algo pequeño, acaso insignificante para la mayoría. Y para nosotros eso es lo grande, lo verdaderamente importante.

Estaba el Duende encantado porque al fin Paco Gil había abierto su Casa de las Flores de Candeleda al Museo del Juguete de Hojalata, y exponía en ella su propia infancia, Una infancia de hojalata. Fue un acto simpático, con encanto, como es esa casa convertida ahora en una versión lúdica de la de Hansel y Gretel, pero sin bruja. En ese cuento la casa era de caramelo, de chocolate, de golosinas. Aquí la ilusión es el juguete de hojalata, tan bonito, tan ingenuo, enhebrado con los sueños de un tiempo en el que un botón de ancla o la caja de hojalata de Laxen Busto o de las agujas de la Voz de su Amo, con el perrito escuchando el gramófono, eran un tesoro para un niño.

-Los he cedido para que los vea más gente-le comentó el Duende a Homper- ¿Qué sentido tiene guardar algo que te parece bonito si no puedes compartirlo con los demás?

-Bien pensado- dijo Homper- Además así no tienes que limpiarles el polvo.

En este caso el que se quedó perplejo fue el Duende. Incluso admitiendo que quitando el polvo de estos juguetes delicadísimos había arrancado la cola de un caballito o el la figurita del Espíritu del Éxtasis de un Rolls Royce que se habían enganchado en la gamuza. Un desastre.

En la inauguración intervino Javier Capitán, y estuvo sembrado. Es capaz de aplicar la enjundia de sus personajes a los juguetes de hojalata, a la física cuántica o al Código de Hamurabbi, y siempre logra sorprender. También acudió Raimundo Payá, uno de los herederos de la firma que para los amantes de los viejos juguetes de hojalata es casi un mito. Raimundo sueña con restaurar la fábrica de sus mayores, pero de momento se entretiene escribiendo en revistas especializadas y brujuleando por Internet. Le preguntó al Duende por Clota, esa anciana que de vez en cuando asoma por este blog.

-¿Dónde está?-se preguntaba-¿Cómo no ha venido, con la curioidad que tengo por conocerla?

Todos vemos el mundo desde nuestro particular punto de vista. El Duende y Paco pensaban que este fin de semana el mundo era un juguete de hojalata, pero la tía Clota estaba en otra cosa. Por ejemplo, hace un ratito le llamó Icíar, una compañera de estudios que vive en el País Vasco desde cuarenta años y no era feliz.

-¡Clota!-le gritaba por teléfono- ¡Que a lo mejor nos quitamos de encima al PNV!

-Caramba -respondió la tía-Pensaba que llamabas para decirme que ya ha florecido la mimosa.

Todo era verdad. Unas elecciones, un pequeño museo de juguetes de hojalata y la mimosa estallando en amarillo, precursora de la primavera. Pero es legítimo que a veces lo pequeño, siendo una ilusión tan nuestra, nos parezca lo más grande del mundo.

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