* Publicado en MARCA 8-5-09
Hay que cambiar algo para que nada cambie. En las alturas también dijeron la famosa frase de “El gatopardo”, y la suerte de los campeones le ha dado al Barcelona lo que antaño reservaba al Madrid. La divina Providencia, tradicionalmente merengona, ha decidido no poner todos los huevos en la misma cesta, y desplaza este año sus favores al Barça. Al fin y al cabo ganaría igual tanto sin esos árbitros que acuden en socorro del vencedor, como sin que se le encojan los grandes cuando se enfrentan a él.
En el descuento, y con uno menos, el Barça ganó al Chelsea con esa chispa de fe, de raza y de genio que asistía al Madrid de las grandes noches europeas. Ahora al Barça, si se le atascan las toberas de su talento, también le sonríe la suerte: un disparo a gol en todo el partido y un gol que vale por dos y por una final. Había que pasar la inveterada chorra del Madrid al Barcelona para que nada cambie. Es decir, para que siga ganando el mejor aún en su peor partido.
Todos vimos la euforia que prendió en la hinchada culé en Stamford Bridge. E imaginamos lo que habrá sido otra vez la Rambla de Canaletas. Pero mucho más divertido y emocionante es recrear, como en el sueño de una de aquellas entrañables películas en blanco y negro del gran Berlanga, la noche en Fuentealbilla. Fuentealbilla, sí: ¿aún no lo conocen? Es el pueblecito de Albacete donde nació el héroe de la noche, el príncipe del fútbol español. Un tal Andrés Iniesta.
Se lo imagina uno, sí. Mete el gol el príncipe y el alcalde, desde el balcón del Ayuntamiento, lanza varios cohetes. A continuación se reclama a la Banda Municipal y al Coro Polifónico de Fuentealbilla y, sobre la marcha, sin ensayar apenas, se les invita a recorrer el pueblo al frente de la corporación cantando Andrés…¡Tú eres el más grandes!…/ Andrés…¡Tú eres el mejor! (es el pasodoble de Marcial Lalanda, adaptado a las circunstancias). A continuación se convoca un pleno de urgencia en la Casa Consistorial y se le declara hijo predilecto del municipio, fuentealbillero de oro, Quijote universal, embajador del queso, del gazpacho, de las migas y de los duelos y quebrantos manchegos. Y como remate, se insta al cura a que, sobre la marcha, declare a Andresín santo. Así, sin más, y sin pedirle permiso al Vaticano. ¿No es santo Casillas? Pues más santo es Andrés Iniesta, que supera el milagro de que el Barça no tire a gol en noventa minutos marcando un golazo en el noventa y dos. A milagro, milagrazo.
Pero hay más. Al tío Tiburcio, que es alfarero y escultor de santos de iglesia populares, no se le ha pasado por alto la cara de bueno del Andresito. Le recuerda a aquel Niño Jesús de Praga sonriente, que hace años, cuando España era tan católica, estaba entronizado en muchos de nuestros hogares. También sabe que ahora hay creyentes con una estatuilla de San Pancracio en su mesa de trabajo, o encima del televisor: trae buena suerte, y trabajo si no lo tienes. Y así, ni corto ni perezoso, inflamado de fe tras ver el milagro de este paisano ejemplar que es el Andrés, ha diseñado la estatua de un santo que tiene su carita, viste túnica azulgrana y tras la cabeza, en lugar de un halo, luce un balón resplandeciente.
La va a bautizar con un nombre popular, de santo pequeñito y entrañable, como de andar por casa. Le va a llamar “el Iniestín” (como a la Virgen de Covadonga le dicen “la Santina”). Y está convencido de que en pocos años todos tendremos un Iniestín. Tiene razón el tío Tiburcio, porque está claro que a este santo humilde, que hace maravillas, todos lo necesitamos para que nos vuelva a alegrar la vida con milagros como el de anteanoche.

Qué poco me gusta el fútbol por no decir nada en absoluto. Pero leyendo los artículos de… no sé como se llama el autor, no recuerdo el nombre ahora mismo, sí hombre, un señor con gafas. Puedo afirmar que jamás he leído un periódico deportivo y ahora, vete aquí, he cambiado mis costumbres y hasta consigue interesarme.
Enhorabuena duende. Iniesta es uno de esos pocos jugadores que se ganan el respeto y la admiración de todos, sobre todo del equipo rival y eso, por sí solo, ya les hace grandes.