La irresistible seducción de las cerezas

CerezasEl teólogo hacía tiempo que había archivado las grandes cuestiones de su disciplina. En realidad el argumento más sólido que al final de su carrera le convencía de la existencia de Dios era  muy liviano.

-Chico-le confesaba a un compañero de tertulia en el Ateneo mientras hacía anillos con el humo de su pipa- Yo lo tengo muy claro. Ni el Big Ban ni el evolucionismo podrán explicar jamás lo requetebuena que está Pepita, la estanquera. ¿Tú crees que una explosión, por mucho que se expanda,   puede convertirse en algo tan maravilloso?

Aunque nunca les contaría este argumento a sus alumnos, era el que más le convencía de la existencia de un Deus ex machina. Así que despejada la piedra angular de su credo, le gustaba andarse por las ramas  y aclarar otras dudas. Por ejemplo, no entendía cómo el árbol de la ciencia del bien y del mal del que habla el Génesis podría dar manzanas. Si respondía fielmente a su nombre, sus frutos deberían ser bondades y maldades. Pero no, sólo dio manzanas, o al menos una manzana. Vino la serpiente, se la ofreció a Eva, ésta la mordió y luego se armó la que se armó. Cuántos imprevistos nos había reservado el dichoso Dios.

Y no entendía, además, que la serpiente y Eva se fijaran en la manzana si en el Paraíso Terrenal, como es de imaginar, había cerezos. El teólogo ya se había maravillado cuando en el mes de abril se acercó al valle de los cerezos y los vio en flor. Pero ahora vivía uno de los momentos más gratos que puede ofrecer la naturaleza, que es el de coger las cerezas del árbol llevárselas a la boca y comerlas. Las cerezas. Tan bonitas, tan brillantes, tan jugosas, tan limpias, tan deliciosas. Y sin pedir cuchillo ni tenedor. Lo que se dice un placer.

-Es mi fruta favorita –pensó- Y no entiendo cómo Eva sucumbió a la manzana cuando incluso la más sabrosa es mucho menos tentadora que una cereza en sazón.

Le pareció tan convincente su teoría que olvidó preparar la clase del día siguiente  y se puso a llenar una cesta de cerezas. Se había pasado la vida escudriñando los grandes misterios de Dios y el amor divino y ahora, en la madurez, advertía que  había descuidado eso tan importante  que es el amor humano Así que terminó de llenar la cesta, se metió en el coche, puso rumbo a la ciudad y se presentó en el estanco de Pepita.

-Se que este numerito no es propio de un teólogo-dijo sin siquiera dar las buenas tardes-Pero vengo a ofrecer la mejor fruta de la creación a la mujer más hermosa que hay sobre la faz de la tierra.

Un señor que compraba Cohibas no daba crédito a  lo que veía y escuchaba. Pepita probó una cereza y le sonrió al teólogo de una manera muy especial. Éste suspiró feliz. Su fe no le daba la seguridad absoluta, pero muy probablemente la sonrisa de Pepita llevaba la misma malicia que propició el primer mordisco del Paraíso Terrenal.

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8 Respuestas a “La irresistible seducción de las cerezas”


  1. 1 José Ramón mayo 25, 2009 a las 12:46 pm

    Me alegro de leerte.
    Me gusta mucho la historia del árbol de la ciencia del bien y del mal. Yo creo que significa que Adán y Eva podían aspirar a todo lo que quisieran, excepto a saber.
    La Biblia no dice nada de manzanas, pero tradicionalmente se cree eso (y la iconografía representa manzanas). El arbolito ese de marras daba una fruta rara que a quien la probase le permitía conocer lo que estaba bien y lo que estaba mal.
    Y, en cuanto el ser humano la probó, perdió la inocencia y, por lo tanto, perdió el paraíso.
    (La maldita curiosidad, el maldito afán de conocimiento).
    Cada vez soy más descreído, pero, desde luego, si hubiera un argumento sobre la existencia de Dios que podría convencerme es el mismo que al del teólogo de esta historia. Hay mujeres tan guapas que yo no le veo otra explicación. Y hay cosas tan bonitas, tan agradables, tan alegres, que dan ganas de creer en Dios.
    (Lo contrario también me pasa. Hay gente tan mala, tan egoísta y tan miserable, y cosas tan feísimas, que uno tiene que creer por fuerza en el demonio).

  2. 2 Zoupon mayo 25, 2009 a las 12:52 pm

    Entre el espectáculo de ver los cerezos en flor y el del cuenco de las manos lleno de cerezas, yo lo tengo clarísimo: me quedo con el segundo. Pero habiendo hecho esta primera elección, se me presenta un dilema mucho más difícil: ¿cereza o picota?.

    En todo caso, las más ricas que yo he comido colgaban, ya bien entrado el verano, de los muchísimos cerezos silvestres que jalonan cierto camino (cuya concreta ubicación mantendré en secreto por puro egoísmo) de los Ancares gallegos. Chiquititas, pero sabrosas como ninguna. O quizá las hacía tan buenas la caminata y la ocasión de comerlas directamente del árbol, sin intermediarios de ninguna clase.

  3. 3 adela mayo 25, 2009 a las 2:31 pm

    Cualquier fruta, cogida directamente del árbol y comida en ese momento es un auténtico placer de dioses, mi padre decía que el cerezo necesita pareja, si siembras uno sólo, se muere. Supongo que tendrá un razonamiento científico aunque como siempre la romántica es más bonita. Me planteo que, si existen mujeres bellísimas y hombres bellísimos y tambien espantosos, ambos Dios y Demonio ciertamente existen tambien, aunque…quien es capaz de definir la subjetividad de la belleza?.

  4. 4 wallace97 mayo 25, 2009 a las 4:16 pm

    Como para gustos están los colores, y siempre me han atraído más los contenidos que los envoltorios, como las cerezas no me encantan ni mucho menos, ya pueden ser todo lo bellas que quieran por fuera, que me quedo con el higo, por poner un ejemplo, aunque deje mucho que desear su atractivo externo.

    Exactamente lo mismo me ocurre con las personas. Y más si se adornan artificialmente, porque es señal de que algo consideran que les fala en su interior, de lo contrario no lo harían.

  5. 5 lola mayo 25, 2009 a las 4:17 pm

    Adela, debía tener algo de razón tu padre. Planté un cerezo y está hermoso pero no da cerezas. Pregúntale a Bob cuando lo veas si todavía estoy a tiempo de buscarle pareja.

    Por esta tierra algunos campesinos ofrecen sus cerezas directamente del árbol, las recoges tú mismo y te invitan a comer las que te apetezcan, una delicia.

    Zoupon, mantendré en secreto lugar, me solidarizo contigo.

  6. 6 Palinuro mayo 26, 2009 a las 10:30 am

    Coincido con los que mencionáis la cereza entre vuestras frutas preferidas. Wallace, también el higo que, por cierto, está en el origen del apellido paterno del que suscribe. Añado dos frutas más: la piña, en sazón y la naranja que compro directamente al paisano en el mercado semanal de Vera, en Almería: nada que ver con la que te dan en una frutería de Madrid. Son tan feas como exquisitas y ademas pagas un precio irrisorio: lo contario que la primera pareja en el paraiso. El precio lo estamos pagando aun todos sus descendientes.

  7. 7 maribel mayo 26, 2009 a las 5:03 pm

    bueno viviendo en la comunidad valenciana la verdad esque la fruta esta toda como para pecarrrrr…..pero las cerezas en particular a mi me dan algunos problemillas por lo ansiosa que soy pa comerlas …jajaja

  8. 8 Angelus P. mayo 26, 2009 a las 11:59 pm

    Yo creo que Dios debe de existir, pues existe la música.

    Duende, si el árbol del Génesis era manzano, era el arbol del mal ;-) porque, en latín, malum=manzana.

    Gracias por recordarme que tengo que echar las redes a mis tres cerezos, que si no, esos pajarracos negros no me dejan más que las malas…


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