Mi Bahamontes de cabecera

Medio siglo ya de aquel Tour de Francia que ganó Bahamontes

Medio siglo ya de aquel Tour de Francia que ganó Bahamontes

Los más viejos lectores de MARCA recordarán Marcelino pan y vino, primero cuento y luego película. Era un niño imaginado por José María Sánchez Silva que aparece abandonado a la puerta de un convento, se cría al amor de los frailes y, que,  además de fantasías en su cabeza, guarda en una cajita  sus tesoros particulares: el tres de copas de la baraja, unos botones metálicos de uniforme militar, un cepo para pájaros y una pata de gallina. Qué ternura, lo que podía ilusionar a un galopín de entonces.

Muchos años después, Amelie, la exitosa heroína de la película de Jean Pierre Jeunet, descubre bajo una losa de su cuarto de baño una cajita de hojalata. La caja contiene otros tesoros  guardados cuarenta años atrás. Entre ellos, un ciclista de plástico… ¡exactamente igual al que veneraba yo cuando Bahamontes ganó  el primer tour de Francia para España! Qué recuerdos.

Mi ciclista tenía su historia. En la década de los cincuenta sólo se podía seguir el ciclismo por el MARCA, la radio y el NO-DO. Para jugar a ciclistas, se juntaban las puntas de los dedos de las manos, se plantaban éstas sobre el terreno del patio del colegio y se trazaba una carretera en la tierra. En ella, percutiendo el dedo índice sobre las chapas bautizadas con nombres de ciclistas, se simulaba, golpe a golpe, la etapa del día. Para hacer más vistosa la carrera, compramos unos ciclistas de plástico que acompañaban el viaje de las chapas. Y así reproducíamos en miniatura la famosa “serpiente multicolor”. Ni el Scalextric, ni las  videoconsolas, ni  el IPOD  de moda habrán podido resultar tan apasionantes como nos parecía a nosotros aquel juego de niños.

En 1959 el abajo firmante pasaba el tórrido verano arrullado por las chicharras de los pinares de Arenas de San Pedro. Para bañarnos en el Charco Verde, había que subir por una carretera estrecha y tortuosa. Aquel mes de julio se barruntaba que Bahamontes, el Aguila de Toledo, ya varias veces Rey de la Montaña en el Tour, podía subir al podium del Parque de los Príncipes luciendo el anhelado maillot amarillo. Qué emoción. Nosotros seguíamos jugando a las chapas y sudando la gota gorda a lomos de una bicicleta Orbea. Pero algo sublimaba nuestro esfuerzo. En realidad, aunque íbamos a bañarnos, creíamos coronar, con Federico, el Puy de Dôme o el Galibier. Resoplábamos como cerdos conducidos a la matanza, y llegábamos al río Pelayo exhaustos. Era el precio de querer ser copartícipes de la hazaña.

Supimos que ésta se había consumado porque un domingo, al regreso, paramos en  el pueblo y los padres, que nos esperaban allí y que normalmente sólo invitaban a un vaso de gaseosa y patatas fritas, aquel día se estiraron y nos pagaron una Coca-Cola y unas gambas al ajillo. O sea, el despiporren. Lógico: un tipo enteco y renegrido que se había forjado en carreteras como las nuestras era el primer español en ganar el mítico Tour de Francia. Ese mismo día cogí mi Bahamontes de plástico que tantas metas había había cruzado de mi mano, y utilizando un pincelito de esmalte de uñas le pinté el maillot amarillo con el que ya pasaba a la historia. Puede parecer ridículo, pero durante años figuró en mi mesilla de noche junto a la Virgen de Fátima fosforescente que velaba mi inocente sueño. Dios, su madre y “el Aguila de Toledo”, todos me parecían la misma inmortalidad.

Se lo diré el martes, cuando acuda al merecido homenaje que le va tributar MARCA por el medio siglo de su proeza. Al igual que el niño de Amelie, perdí con los años a mi ciclista de juguete, mi Bahamontes de cabecera. Pero como compensación habré podido saludar al hombre que hace medio siglo se convirtió en el primer mito de nuestro ciclismo.

8 Respuestas a “Mi Bahamontes de cabecera”


  1. 1 Fred junio 28, 2009 a las 6:24 pm

    Hola a todos, nací en el 60 y muchas veces pensé que me pusieron Federico por lo de García Lorca… aunque cuando decía mi nombre a menudo contestaban: “Mira! como Bahamontes”. Lo del Puy de Dôme tiene tela, en 1982 lo subí con dificultad conduciendo un Seat Panda y al llegar a la cima en la que hay un parking y unas antenas le dió un recalentón al pobre coche (que me habían dejado) y fastidié la junta de culata… No me puedo ni imaginar como se puede subir esa cuesta pedaleando.

  2. 2 El Duende de la Radio junio 28, 2009 a las 6:39 pm

    Este artículo fue publicado en MARCA el pasado viernes. Lo he convertido en post porque entra dentro de lo intercambiable, toda vez que no es una columna puramente deportiva.Además, después de un fin de semana volcado en la música me sentía en deuda con el blog.

    Por cierto, he buscado en GOOGLE “Virgen de Fátima fosforescente” para hacer un enlace y apenas me han salido unas referencias como las de este artículo. ¿Tan insólito era, o es que ya es el Duende demasiado viejo?

    • 3 wallace97 junio 28, 2009 a las 7:06 pm

      No sé si será el Duende demasiado viejo o no, pero si es así, también lo soy yo, que recuerdo perfectamente aquellas imágenes fosforescentes que mi abuela se había encargado de traer, en distintos tamaños, para toda la familia, de un viaje a Fátima.

      Y tengo el mismísimo recuerdo de las figuritas de plástico de los ciclistas y de las chapas con la cara del ciclista (recortada de un cromo), con un cristalito encima y enmarcada por un anillo metálico rodeado de jabón prensado que hacía las veces de paspartús y que le daba el peso y la solidez a la chapa. En mis primeros tiempos de “corredor” llevaba a Bahamontes, siendo sustituído “cuando me retiré” por Ocaña.

      Eran muy preciadas las chapas de Martini, porque eran de un tamaño algo más pequeño que las normales, y pensábamos que podían escurrirse mejor por la arena y entre sus enemigos.

      ¡Y pensar que hoy día hay chavales que se aburren! ¡Qué paradoja!

    • 4 Angelus P. julio 2, 2009 a las 10:18 pm

      Oye, Duende, por casualidad ¿no sería la Virgen de Lourdes? Paréceme que la lusitana no debía de andar muy bien de escudos en aquella época…

  3. 5 Julio junio 28, 2009 a las 9:40 pm

    Querido Duende

    ¿Qué somos ‘viejos’? Más bien pienso que seguimos siendo niños. Como tú, como Wallace, yo también conocí aquellas imágenes fluorescentes aunque no las tuviera al lado de la cabecera de mi cama. Ya tenía ’4 esquinitas que guardaban los correspondienes angelitos’.

    Como tú y como Wallace recortaba cromos, los colocaba con cuidado en el ‘platillo’el cristal, recortado con una especie de pinzas de lata. Lo redondeaba hasta que se adaptarara a la pequeña circunferencia de la chapa. Luego, bien con cera o con masilla, fijaba el cristal. No siempre encontraba el anillo conveniente.¡Tenía tantos corredores!

    Cualquier terreno era apto para crear un ‘circuito’, con ‘montañas’ y todo. A veces trazabámos el circuito sobre arena con las manos, pero si el terreno era de piedra o de asfalto, ya nos encargábamos de encontrar un trozo de escayola para dibujar los trayectos más complicados.

    Ya sabes con qué manos y qué rodillas llegábamos a casa… Lo que después venía era otra ‘etapa’. Chapas para corredores, chapas forradas con equipos de fútbol y balones de ‘garbanzo’…

    Duende, ¿por qué nos devuelves el País de la Nostalgia?

    De todos modos , gracias por recordárnoslo.

  4. 6 José Ramón junio 28, 2009 a las 11:41 pm

    Soy quinto de Fred, y cuando nací ya España tenía su maillot amarillo. Por eso yo no pude sentir esa emoción de que Bahamontes ganara el Tour. Cuando algo ha pasado antes de que uno nazca, ese algo es “de toda la vida”. Por eso yo no he sentido primero el desamparo y luego la venganza con el Tour. (Sí la he sentido, por ejemplo, con la Copa Davis, y con el mundial de baloncesto, pero reconozco que son menores que el Tour).
    Desde niño he visto a Bahamontes como el mito que es, y que él es el primero en admirar y en celebrar. (Un poquito pesado sí se pone, ¿no?)
    Alguna vez le he visto de refilón en su tienda de bicicletas de Toledo, desde la calle, yendo al bar Ludeña a comer una carcamusa. (El bar sigue, pero la tienda ya no está).
    Yo no tuve Virgen de Fátima, pero sí un Valle de los Caídos de plástico fluorescente, que alguien de la familia dijo que esa radiación daba cáncer, y a la basura que se fue. (Podría apuntarme el tanto de resistente y contestatario político, que queda muy bonito, pero no fue así).
    Yo jugaba a las chapas con el cromo recortado y encajado en el fondo, pero sin cristal protector. Más cutre. Y al fútbol de chapas también, con garbanzo (para que no rodara demasiado), como Julio.
    Pues sí. Qué tiempos.

  5. 7 Palinuro junio 29, 2009 a las 8:45 am

    Adenda al capítulo de chapas: además de ases del ciclismo proliferaban futbolistas de éxito: Pahiño, Ramallets, Zarra, Gaínza, Escudero, Puchades…, todos ellos coetáneos del “águila de Toledo”.

  6. 8 Ángela junio 29, 2009 a las 2:12 pm

    De niña, yo tampoco tuve nunca virgencita de Fátima fluorescente, ni de Fátima, ni Moreneta, ni Santina. Y bien que me hubiera gustado. En las excursiones escolares a esos santuarios, sólo las más pudientes podían hacerse con una. Yo pasaba mucha envidia. De mayor, en algún rastro, me compré una, ignoro donde puede estar, pero supongo que se trataba de alguna ambición infantil. También me apasionaban los frasquitos de colonia de virgencitas.


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